Esta es una historia que escribí para Aceite en un cumpleaños hace mil años y que nunca terminé.
Es un Universo Alterno en el que los personajes son así como ángeles y demonios, pero no hay humanos en este mundo, no tiene nada que ver con Good Omens, la escribí antes de eso fuera mainstream y ahora tengo que hacer esta explicación por pendeja.
Las reglas más o menos ya las iréis viendo a lo largo de la historia.
Ehm. A lo mejor Himaruya tiene algo que ver en esto, como en el aspecto de los personajes, por ejemplo. Más o menos. Supongo.
Un violín hecho de luz
1. Infancia
La sala es blanca y aséptica: completamente vacía salvo por la mesa de aluminio, las dos sillas incomodas, la ventana alta por la que se cuela la luz, la bombilla apagada, el enorme espejo a doble cara y obviamente yo.
Las esposas me duelen en las muñecas, pero al menos me han dejado suelta la cola que hago bailar impaciente de un lado a otro cuando mi abogado entra por la puerta con cara de agobio y susto, intentando ordenar sus papeles mientras evita mi mirada.
Un chico rubio de pelo largo y ojos azules. Tiene las alas echadas hacia adelante para cubrirse parcialmente en una postura defensiva un poco subconsciente mientras se sienta en la silla.
Yo echo la cabeza atrás con hastío poniendo los ojos en blanco. Desde luego, un muchacho ángel iba a ser mi defensor en la corte celestial, podía apostar a que ni siquiera era uno de los altos ángeles. Mi caso está más que sentenciado y el pobre chico, seguramente un estudiante aun, solo está aquí por la formalidad y por dar la idea de que, a pesar de las atrocidades, la cúpula angelical son criaturas de justicia y bien.
—Ahm... Disculpe el retraso, señor... ¿Edelstein? —se decide a hablar por fin el chico y a mirarme sin poder evitarlo, dudando de mi apellido.
—Edelstein es correcto. Mis padres eran de los suyos —respondo casi de forma programada, la mayoría de personas que me conocen por primera vez tienen ese mismo problema. Los apellidos de los demonios suelen hacer referencias a cosas oscuras como el fuego o las víboras, mientras que los de los ángeles hacen alusión a las cosas bonitas como... en este caso, las piedras preciosas.
—Ehm. B-Bien —vacila de nuevo el muchacho sin mirarme—. Yo soy su abogado en este caso que nos compete, puede, ehm... llamarme señor Williams.
Desde luego no es su nombre real, en un mundo en el que los nombres tienen poder no iba nadie a ser tan estúpido de darle a alguien como yo su nombre de verdad, pero tendría que ser suficiente para mí a pesar de los manifiestos que se podrían hacer al respecto.
—Gracias —respondo un poco sarcástico.
—Ehm... Bueno, s-si no le importa, para empezar, quisiera que me confirmara sus datos y me relatara un poco el caso por el que se encuentra aquí para comprobar que está todo correcto —pide mirando sus papeles.
—¿Qué datos son los que tiene, señor Williams?
—Pues... Su... su nombre completo, edad, dirección, profesión, c-condición...
—Roderich Edelstein, mil cincuenta y dos años, vivo en el número diez de Schubertring en Wien y soy violinista.
Williams asiente a todo eso repasando el documento y se humedece los labios porque faltaba el último dato.
—Me parece obvia mi condición demoníaca —aseguro. A pesar de todo, es más sencillo así. A pesar de lo estúpido que puede parecer preguntar eso, todos sabemos bien que es una práctica común entre los de mi clase el disfrazarse de ángeles. Limándose los cuernos, cubriéndolos con el pelo, enrollándose la cola en la cintura y algunos hasta realizándose peligrosas cirugías oculares para volverse blancos los orbes.
A alguien un poco sensible hacia ciertos temas podía parecerle extraño que en una sociedad justa y sana como la que la corte celestial aseguraba gobernaba, la mitad de la población intentara ser como la otra mitad para conseguir los mismos beneficios sociales que los ciudadanos de primera, como conseguir mejores trabajos, poder poner a los niños en las mejores escuelas, ser confiables y respetables al pedir dinero en el banco o simplemente evitar las miradas en la calle... pero no es el tema que nos trae aquí hoy.
—Ah... S-Sí, claro. Gracias —responde Williams asintiendo de todos modos y vuelve a vacilar—. Y... ¿Y el motivo por el que está aquí?
Le miro a los ojos durante unos instantes con esa pregunta, intensamente y noto como él solo es capaz de sostenerme la mirada de reojo y durante periodos cortos de tiempo, nerviosamente.
—Puedo imaginar lo que dice en su papel y no podría estar más lejos de la realidad —explico finalmente con lentitud.
—¿P-Perdone?
—Seducción y perversión, ¿no es así?
—¿Eh?
—Las palabras que utilizan, "Seducir y hacer sucumbir a las perversiones infernales a un... respetado miembro de la comunidad angelical."
—B-Bueno... S-Sí —susurra intentando desaparecer un poco tras sus alas otra vez.
—Nada más lejos de la realidad.
—¿Insinúa usted que en realidad no mantenía una relación clandestina con el señor Zwingli? —pregunta un poco descolocado.
—Desde luego que no, si aún pudiera declararme inocente no estaría yo aquí —respondo volviendo a mecer la cola al oír su nombre.
—No estará presuponiendo que estamos equivocados al considerar al señor Zwingli de condición angelical.
—No creo que haya una sola persona en la tierra que merezca más semejante consideración.
—Entonces no entiendo a qué se refiere.
Suspiro y tiro de mis manos para tocarme la cara sin recordar las esposas que vuelven a lastimarme. Tuerzo el morro con desagrado y vuelvo a mirarle usando la cola para rascarme un poco el ojo y acariciarme un cuerno como quería hacer.
—No creo que esté aquí para oír el manifiesto demoníaco por la igualdad ciudadana, Señor Williams.
—Pero por lo visto parece que usted sí está aquí para contármelo, así que no veo porque no —responde amablemente a pesar de lo que pudiera parecer.
Suspiro tomándome un momento para organizar las ideas en mi mente.
—Será mejor empezar por el principio —termino asegurando y Williams me hace un gesto con la mano de "adelante entonces".
—Nací en un pequeño pueblo en mitad de los Alpes, uno de esos aislados en los que cuando en octubre caen las primeras nieves es imposible acceder... o escapar. Una comunidad muy cerrada exclusivamente de ángeles de las que quedan muy pocas.
Mi padre, un soldado retirado de la última guerra entre ángeles y demonios, un héroe celestial que ahora ejercía la profesión de herrero. Puede parecer una extraña profesión para un ángel algo tan relacionado con el hierro y el fuego, pero a la vida le importa poco si no hay gente específica para ello, los carros, jarras, armas de caza, cerraduras, herramientas del campo y utensilios de cocina se rompen y estropean igual. Y alguien debía arreglarlos.
Muchos años dijeron que por dedicarse a eso que había acabado naciendo yo así.
Mi madre, un ser delicado y hermoso como nunca he visto otro... y a pesar de todo, ama de casa, devota creyente y abnegada esposa. Amante de todas las artes, pero lo bastante insegura para no dedicarse a ninguna.
Casi muere en el parto, del esfuerzo y luego la vergüenza y el deshonor —hago una pausa mirando a Williams, que asiente suavemente de modo inconsciente a mi explicación. Suspiro de nuevo antes de seguir con mi relato.
— ¿Quién podía predecir que de semejante pareja nacería alguien como yo? Un error de la naturaleza, una equivocación genética. Una estadística ínfima. Solo una entre un millón de parejas tiene hijos de la condición contraria.
Todo habría sido más fácil de haber nacido yo en una ciudad o en una comunidad más acostumbrada a la diversidad. Hubiera sido sencillo hacerme desaparecer. Me hubieran dejado en el orfanato tal vez.
O por lo menos mi padre no hubiera intentado asesinarme. No sé si fue su falta de conocimiento de la naturaleza de mi condición o que realmente su subconsciente no le permitía perpetrar semejante atrocidad, pero desde luego intentar quemarme vivo en el alto horno no fue el movimiento más inteligente.
Por supuesto nada me sucedió, de hecho, me insufló la vida como una incubadora, aunque mi madre nunca ha dejado de echárselo en cara a mi padre —explico, por lo menos con esto he conseguido una respuesta horrorizada un poco más favorable.
He conocido a lo largo de mi vida muchos ángeles que, a pesar de su aparentemente intrínseca bondad, tenían también una inclinación a la crueldad hacia los de mi especie. No parece del todo el caso de Williams y su desagrado a la idea de matar a un niño recién nacido, fuera cual fuera su condición.
Por supuesto mi padre no intentaba matarme al hacer eso, era un hombre de mundo habiendo sido soldado y habiendo visto un montón de cosas en la guerra. Gracias a dios sabía bien qué hacer con un demonio nacido muerto de frío... pero plantear la historia de este modo me ayuda a juzgar a mi interlocutor.
—Sobra decir que nunca fui al colegio con el resto de los niños del pueblo —continuo mi relato utilizando la cola para gesticular, sin mover las manos—. Mi padre me mantenía escondido en la fragua mientras mi madre me enseñaba a leer y a escribir.
Todo parecía ir bien después del susto inicial de mi nacimiento y la calma y rutina parecían haber vuelto al pueblo con el paso de las estaciones.
Nadie hacía demasiadas preguntas y tampoco eran respondidas, aprendí a trabajar el metal con mi padre con la facilidad en la que los demonios trabajamos el fuego, pero pronto supe que eso no era para mí.
Lo que a mí me llamaba la atención era la iglesia a la que mi madre acudía con regularidad.
De nuevo un asunto un poco irónico —sonrío de lado haciendo un gesto con la mano—. Más bien era el sonido que salía de ella y no tanto la liturgia o las palabras sin sentido lo que llamaba mi atención.
Había un coro infantil y un órgano enorme. Recuerdo que durante mi infancia creía que de él emergía la mismísima voz de dios, profunda y solemne. Hablándonos en unas palabras incomprensibles que llegaban directamente al corazón sin pasar por el cerebro.
Tal era mi fascinación por la música, que mientras por lo general siempre fui un niño tranquilo y obediente, en este aspecto era superior a mí la necesidad de estar más cerca de todo ese mundo y escapaba de la fragua a esconderme entre las cortinas de la sacristía para oír cantar al coro.
A menudo imitaba los cánticos yo solo en casa imaginándome vistiendo una de esas túnicas blancas y cantando con el resto de los niños.
Pensaba, en mi inocencia infantil, que tal vez si podía lograr hacerlo tan bien como ellos, si conseguía convencerles con mi talento, me perdonarían y aceptarían dejarme formar parte de tales maravillas.
Y un día, durante un ensayo, no pude resistirlo más. Uno de los niños tenía una voz preciosa pero siempre desentonaba yendo él solo sin seguir al resto y sin trabajar en la armonía conjunta. Todo el mundo lo adoraba por su don y le dejaban hacer lo que quisiera.
Yo... quería cantar como él. No sin seguir a los demás, pero con una voz como la suya.
Así que por encima de él canté su parte perfectamente entonada y con toda mi potencia de voz, que no sabía cuanta era en realidad de nunca haberla podido usar.
Era más de la que me esperaba, pero tenía miedo que las cortinas amortiguaran demasiado el sonido. No pasó.
Desde luego todos me oyeron, aunque la reacción no fue la que yo esperaba. Mi madre afortunadamente estaba ahí y reconoció mi voz enseguida, yendo a sacarme a escondidas sin que pudiera ver siquiera las caras de los otros niños.
Me regañaron, me regañaron mucho. Recuerdo a mi padre sumamente furioso y a mi madre tremendamente decepcionada.
Pero a pesar de todo se corrió la voz en el pueblo de que en la iglesia se había aparecido la mismísima voz de Dios a cantar con el coro infantil.
No entendí que significaba eso hasta mucho más tarde. La voz de los demonios, por naturaleza, es más áspera y grave, incluso la de los niños. E igual que los ángeles tienen el don de inspirar pureza y belleza con su música de modo innato, los demonios lo tenemos de inspirar atracción y tentación.
Además, aquella gente no estaba para nada acostumbrada a oír voces infernales, la sensación hipnótica de una voz grave como la mía entonando un cántico celestial no podía llevarlos a ninguna otra conclusión que la de haber oído al mismísimo padre de todos.
Como he dicho, yo no entendí esto hasta más tarde, pero tanto se hablaba de ello que llegó hasta mis oídos, hasta el punto en que malinterpreté el verdadero origen de la creencia.
Para mí la voz del señor no era otra que el órgano, así que si Dios estaba cantando en la iglesia era obvio que tenía que ser a través de dicho instrumento.
Así que se me planteó una idea. Ya que Dios se había tomado la molestia de elegir nuestra pequeña villa para pasar unos días de reposo, tal vez podría aprovechar la ocasión de ir y cuestionarle por los motivos de... haberme hecho así como yo era, condenándome a una vida de ocultación y vergüenza.
Ni corto ni perezoso, volví a escapar de la fragua a la iglesia intentando encontrar al creador y sobretodo, intentando encontrar respuestas.
El intento fue en vano, puesto que al asegurarme de ir cuando no había nadie, no encontré a nadie, ni coro, ni sacristanes, monaguillos, sacerdotes o curas, ni, por supuesto, organista.
Así que a pesar de mis oraciones los inmensos e imponentes tubos de metal permanecieron en silencio ante mis ruegos y preguntas.
Pronto me retiré frustrado ante la idea de que Dios tal vez me odiaba o desde luego, estaba enfadado conmigo y no pensaba hablarme... pero no era tan sencillo quedarme de brazos cruzados.
Decidí esperar a la siguiente misa del domingo, siempre cantaba en misa, así que, si seguía el sonido hasta su origen durante la liturgia, tal vez le encontraría a él en persona y podría interrogarle.
Así lo hice, escabulléndome entre capillas y pasillos, encontré las escaleras que subían hasta el cuarto del organista y ahí lo encontré, sentado frente a las teclas.
Un viejo ángel sin apenas dientes o pelo, con las alas medio desplumadas y completamente tembloroso. Me cubrí la boca con las manos intentando no emitir sonido alguno, demasiado impresionado de estar realmente viendo a Dios... y que no se pareciera en nada a mi idea del ser divino.
Él no se detuvo hasta al cabo de un rato, presionando las teclas con los dedos al mismo tiempo que sonaban las distintas notas. Me costó un poco entender que una cosa era consecuencia de la otra, hasta que terminó la pieza y se volvió hacia mí sonriendo, mirándome sin mirarme con esos ojos vidriosos y entelados de ciego.
Me saludó con voz temblorosa, supongo que debía creerme uno de los niños del coro porque me invitó a sentarme con él y me mostró cómo funcionaba la voz de Dios.
Fue un asunto bastante decepcionante al principio, como descubrir que los reyes magos son en realidad los padres.
Salí corriendo esa vez en mi tremenda crisis de fe, pero pronto me di cuenta que tal vez yo mismo podía ser el organista. Una figura secreta e invisible a ojos de todos pero que creaba belleza y fe a la que todos respetaban.
Era la profesión perfecta que realizar para que todos olvidaran mi aspecto y creyeran en mí ciegamente como se creía en Dios.
Estuve yendo cada noche que podía a colarme en la iglesia para practicar con el órgano, mi padre tenía que arreglar la cerradura cada semana, así que era bueno también para el negocio familiar.
Me sentaba frente a los teclados y más por instinto e intuición que por técnica, intentaba aprender de memoria como sonaba cada una de las teclas para poder combinarlas de modo armónico hasta que el párroco se despertaba gritando.
Por suerte tenía buen oído... tengo, un oído absoluto, en realidad y perfecta memoria auditiva. Pronto no necesité tocar las teclas o estar frente al teclado para componer.
Mi problema era que no sabía solfeo. Ni leer ni escribir música.
Me inventé una manera rudimentaria y poco práctica de escribir mis composiciones, dándole un número a cada tecla y apuntándolos uno tras otro en el orden que me parecía se debían tocar, con unas breves anotaciones sobre el tiempo en casos concretos, pero todo completamente falto de precisión.
También me entretenía transcribiendo la música que oía del maese organista o de incluso el coro a mi método para poder practicar, sin saber que lo que hacía era educar mi oído a escuchar.
Eso me mantuvo ocupado y tranquilo durante bastantes años hasta que empecé a sentir que no era lo suficiente y les expliqué a mis padres sobre mis aspiraciones profesionales.
Por supuesto, mi padre se opuso desde el principio asegurando que el párroco nunca iba a dejarme siquiera pisar la iglesia cuando supiera de mi condición, mucho menos pagarme para que tocara el órgano en misa.
Él creía que la fragua era el lugar perfecto para un demonio y que la gente aprendería a tolerarme y hasta a apreciarme si demostraba ser lo bastante constante y trabajador.
Admitirían que nadie trabaja el fuego y el metal como los demonios y tal vez fuera la forma de abrir un poco la comunidad a la inclusión de más como yo.
Sin embargo, mi madre... ella estaba hecha de otra pasta.
Discutieron. Discutieron mucho, ella nunca había considerado que yo viviera escondido de todo como una vida de calidad y mi padre insistía en que qué otra cosa iba a hacer, por lo menos esto era mejor que estar muerto.
Unos días tras la discusión, mi padre me hizo un violín de metal que más tarde descubriría yo la cantidad de problemas de sonido que tenía.
Y mi madre me compró un billete de tren y una maleta.
