Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer, la trama es completamente mi invención.

Capítulo 23

Edward

En los días siguientes entablamos una conversación seria. Teníamos que llegar a una concordancia, a un punto en común para nuestro compromiso con Emmy. Y quedamos que mientras Bella asistiera a entrevistas de trabajo yo cuidaría de Emmy.

Estaba trabajando desde casa, gracias a un permiso que me habían otorgado en la corporación de aviación donde laboraba. Tenía tiempo suficiente para cuidar de mi hija.

Así que era nuestro primer día solos. No negaba que estaba nervioso, pero también entusiasmado por tener un gran día con ella.

Había cumplido con las tareas que Bella me había encomendado. Mi hija estaba fresca y recién duchada, alimentada y yo trataba de que estuviera presentable.

Observé a Emmy desde todos los ángulos.

Algo en mi interior me decía que las coletas no estaban bien estructuradas, según mi nulo conocimiento de estilista; las coletas debían estar bien proporcionadas con el mismo cabello y a la misma altura.

En cambio, las coletas de mi niña eran un desastre en su cabeza. Como un nido de pájaros a punto de colapsar.

Ella se rio siendo tan inocente y no teniendo idea que tenía una coleta arriba y otra abajo.

Con una línea larga en mis labios decidí hacer FaceTime con mi madre. Busqué su contacto en mi móvil y llamé: Esme apareció con una sonrisa en la pantalla.

― Hola, cariño, ¿cómo estás?

No respondí sino que le mostré a Emmy en la pantalla. Mamá exclamó un gemido de sorpresa.

― ¿Qué has hecho con el bonito cabello de la princesa?

Emmy abrió los ojos muy amplios, escuchando con atención la voz de su abuela. En sí mi hija no sabía absolutamente nada de parentescos por el momento, aunque mis padres estaban completamente ilusionados con la idea de ser abuelos.

― Estoy intentando dar lo mejor de mí ―respondí, viendo directamente la pantalla. Mamá estaba cubriéndose la boca acallando su risa―. Busqué tutoriales en Google, pero veo que no soy bueno siguiendo el paso a paso.

Mi madre rio sin ninguna vergüenza. Miré por el fondo del lugar que estaba en su oficina de trabajo. Mi madre tenía un pequeño negocio de pastelería, algo que había iniciado por mero ocio y que hoy rendía frutos para ella.

― No importa, Edward. Un día serás un experto en peinados, por ahora lo estás haciendo bien. ¿Cómo te sientes con la paternidad? ¿Pudieron resolver lo del nuevo registro de la niña?

― Estoy bien ―respondí― me pongo nervioso porque no quiero fallar.

Me dejé caer en el sofá soltando un bufido. Emmy siguió en su mundo de juegos con su muñeca y tacitas de té. Podía observarla desde mi vista periférica.

― Solicitamos el registro ―expliqué―. Aún nos falta que nos llegue, aunque los trámites no están siendo sencillos. Necesitamos muchas pruebas con las que Bella no cuenta.

Mamá frunció los labios. Por la cara que hizo sabía que hablaría de algo que me incomodaría.

― Puedo entender que Emmy sea tuya ―opinó―. Lo que nunca comprenderé es porque ella guardó silencio por dos años.

― Ya te expliqué, mamá. Lo he repetido en más de una ocasión.

― ¡Y le creíste a la primera, Edward! Ni siquiera pusiste en tela de juicio su relato, ¡nada! Simplemente decidiste creer lo que esa chica decía.

Exhalé molesto. Íbamos de nuevo a discutir por la misma razón.

― Por eso tu padre y yo nunca estuvimos de acuerdo que te casaras de esa forma tan abrupta, no era necesario ―continuó― lo mejor era hacerlo por bienes separados, no sabemos qué clase de mujer sea esa chica, ni qué costumbres tiene. Debiste ser más precavido en ello.

Pasé una y otra vez la mano por mi pelo.

― Por Dios, mamá. No empieces.

― Ella se va tres años, regresa con una niña y diciéndote todo un disparate y tú le crees con tanta facilidad. ¿Acaso eres tonto? ¿No se te ha ocurrido saber la otra parte de la historia?

Escuchar a mi madre me hizo recordar el porqué llevaba días sin comunicarme con ellos. Estaban rehusos en aceptar mi unión con Bella, parecía que no lograban entender que Emmy podría ser arrebatada de nosotros en cualquier momento. Teníamos que usar todas y cada una de las tácticas que pudieran impedirlo.

Escuché el llanto de Emmy y me puse en alerta. Me levanté del sofá comos i de resorte se tratara y fui hacía ella.

― Te hablo luego, mamá ―no esperé que dijera nada, solo terminé la videollamada lanzando el celular al sofá.

― ¿Qué pasa bebé?

Mi niña empezó a llorar más fuerte refugiándose en la esquina de la cocina. Quise consolarla, pero ella se negaba a salir de ese lugar y yo me sentía en la necesidad de no abrumarla más.

Me puse a su altura:

― No llores por favor ―limpié las gruesas lágrimas que rodaban por las sonrojadas mejillas de Emmy.

Ella me miró tan fijamente mientras su labio inferior y sobresaliente, temblaba. Era en momentos así donde mi desesperación fluía con enfado por no saber qué hacer.

Mi hija y yo estábamos en un proceso de conocernos. Era evidente que para Emmy continuaba siendo un total desconocido y por ende no estaba lista para quedarse conmigo el día entero. Entonces ¿qué podía hacer?

Miré la nota adhesiva en el refrigerador; releí las tareas de Emmy para el día de hoy:

-desayuno.

-ducha.

-jugar.

-siesta.

― ¿Y mami?

Ignoré la lista de tareas y cargué a Emmy en mis brazos. La llevé a la encimera y la senté ahí. Pasé de nuevo mis dedos borrando todo rastro de lágrimas.

― Mami fue a una entrevista de trabajo ―traté de explicarle mientras hacía exagerados ademanes―. Sé que no tienes idea de qué es eso, pero es importante para que mami se sienta bien.

Mi explicación no fue suficiente porque el puchero en sus labios continuó temblando y sus ojos seguían cubiertos por lágrimas. Iba a soltar el llanto en cualquier momento, y yo lo haría junto con ella.

― Por favor ―la abracé con todo el amor que tenía para ella― dime qué quieres, enséñame a ser tu papá y te prometo que seré el mejor. Por favor, tenme paciencia, Emmy.

― Mira… ―su tierna vocecita me hizo mirar su pequeño puño que se abría mostrando la sangre que corría por su mano.

― Dios, Emmy ¿qué te pasó?

Traté de modular el tono de mi voz para que ella no captará que estaba entrando en pánico.

― Duele ―contó, volviendo a llorar.

Alarmado y con el corazón latiendo por salir por mi boca, la tomé en brazos y la llevé al fregadero, puse bajo el chorro de agua su pequeña mano hasta que la sangre cesó.

La examiné y miré la herida en la palma. Una pequeña abertura que indicaba se había cortado con un objeto punzocortante.

Angustiado miré hacia sus juguetes. Aún con Emmy en mis brazos busqué entre las muñecas y tacitas de té… encontré unas pequeñas tijeras, eran las mismas que venían en botiquín de emergencia, las reconocí de inmediato.

Me seguí hacia el baño: el botiquín estaba deshecho con todos los objetos esparcidos en el piso. Levanté una tirita y antes de ponerla en la pequeña palma, desinfecté la herida.

¿En qué momento había tomado las tijeras? ¿Cuándo entró al baño?

Le di un beso a su manita y fui recompensado con una alegre sonrisa blanca. Las lágrimas de Emmy seguían corriendo por sus pómulos, pero su expresión parecía tener un poco de consuelo.

― Nota mental ―murmuré para mí mismo― mantener todas las puertas cerradas.

Ella me miraba con atención y yo sintiéndome tan culpable.

― Mi vida… ―le dije viendo sus ojos empañados en lágrimas― perdón por ser tan descuidado. Prometo mejorar, Emmy, te juro que seré el mejor papá que puedas tener.

Apoyó su cabeza en mi hombro mientras sus cortos brazos rodeaban mi cuello.

Froté su espalda y suspiré liberando toda la tensión acumulada por el miedo y culpabilidad.

― Mi niña ―exhalé.

Por ahora no sabía quién consolaba a quién.


Edward está intentando ser un buen papá, pero aún no tiene idea que a los niños no se les puede dejar solos. Disfruten mucho estos capítulos tranquilos, háganlo con mucha ternura.

Gracias totales por leer