Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer, la trama es completamente mi invención.
Capítulo 25
Edward
Me paralice mientras tomaba una larga bocanada de aire.
No me enojaría. Respiré hondo y me prometí a mi mismo ser paciente. Emmy era solo una pequeña de dos años que no se le podía descuidar y yo lo único que hice fue archivar mi trabajo, solo me centré en la pantalla un par de minutos que equivalió exactamente el tiempo que ella necesitó para hacer de las suyas.
Emmy se acercó tímidamente con cortos pasitos. Porque claro que sabía que estaba mal lo que había hecho y siendo aún valiente dejó en mi mano el crayón color rojo que había utilizado.
― Para tú…
Resoplé.
Esperen… ¿qué? Pude sentir que el coraje empezaba a desaparecer de mi sistema y una tonta sonrisa presumida adornó mis labios.
Mis hombros cayeron y resignado miré hacia la pared blanca ahora rayada con crayón rojo. Eran los más… hermosos garabatos, no sabía si esas rayas mal hechas se le podía llamar así, pero eran hechas por Emmy y, eran para mí.
Sentí mi corazón hincharse de emoción y necesité tomarle una foto. Quería guardar este momento y mantenerlo en mi galería.
No soporté las ganas de cargarla, la tomé en mis brazos.
Emmy me miró sonriente, dejando sus pequeños dedos arrastrarse por mis pómulos. Era la caricia más jodidamente gratificante.
― Mamá querrá patear mi trasero en cuanto vea lo que has hecho ―le dije―. Y aquí me tienes a mí, tendré que defenderte con alguna excusa con tal de que no te reprenda.
Emmy arrastró su pequeña nariz por mi mejilla, desarmando mi corazón que no tenía voluntad para regañarla.
― Me tienes en tus manos ―murmuré, arrullandola―. Y sin darme cuenta me convertí en tu esclavo, puedes hacer de mí lo qué quieras pequeña bebé.
Así me sentía. Solo una pequeña criatura era capaz de hacer lo que quisiera conmigo y dejarme sin voluntad. Empezaba a dudar si hacía bien o no, tampoco quería volverme un padre permisivo, pero Emmy era una bebé mientras yo tenía cero conocimiento de cómo criarla.
― ¡Estoy en casa! ―anunció Bella sacándome de mi monólogo interior. Emmy levantó el rostro, mirándome fijamente con una carita asustada cómo si entendiera lo que nos esperaba―. Hola, chicos… ¿qué ocurrió aquí?
Me giré lentamente sosteniendo a Emmy conmigo. Bella tenía los brazos cruzados y miraba con una mueca la pared arruinada con crayones.
― Tenemos una artista en casa ―pronuncié inocente.
Bella puso los ojos en blanco por algunos segundos.
― Te dije que no era buena idea comprarle crayones ―suspiró, acercándose. Parada frente a mí, me observó detenidamente, era obvio que no estaba enojada sus ojos no mentían―. Pero fuiste tan terco.
― Se trata de fomentar su creatividad, Bella. Además dijo que era para mí ―presumí.
Ella hundió sus hombros. Me sostuvo la mirada por un segundo más y luego alargó los brazos hacia Emmy.
Mi niña no dudó en arrojarse en los brazos de su madre. Dejando que la llenara de besos. Era de esperarse que Bella no sería cruel con una bebé.
― Emmy, las paredes no son pizarras ―le explicó dulcemente tomando una de las manitas mientras los ojos de Emmy seguían sus movimientos―. No puedes rayar todo lo qué ves, cariño.
― ¿Po qué?
Emmy empezaba con esas conversaciones de los porqué. Ella quería saberlo todo y lo más normal para ella era: ¿Por qué esto? y ¿por qué aquello?
― Porque solo puedes rayar libros de colorear, hojas en blanco o papel construcción y la pizarra de la habitación ―dije.
La curiosidad seguía manifestándose en la luminosidad de los ojos de Emmy. Sin embargo, poco duró la singularidad qué mostró porque pidió estar de nuevo en el piso para seguir jugando.
― ¿Cómo estuvo la entrevista de trabajo? ―indagué.
― Lo de siempre. Ellos quedaron en hablarme ―dijo desanimada―. Por cierto, tú limpiarás ese desastre ―ordenó.
― No sé cómo hacerlo.
― Te ayudaré, trae el blanqueador y una esponja ―pidió a la vez que se arrodillaba frente a la pared.
…
El resto de la tarde estuvimos limpiando la pared mientras nso manteníamos parlanchines hablando sobre Emmy y sus travesuras. Sin darnos cuenta nuestra niña se había convertido en el común de nuestras conversaciones.
― Cuando hablamos de Emmy siempre sonreímos ―expresó Bella dejándose caer de espalda sobre el piso de madera.
La observé mientras una tonta sonrisa se extendía en mis labios. Pensé en las miles de cosas que podíamos estar haciendo a nuestra edad; quizá yendo al cine, probablemente yendo a bailar, visitando nuestro restaurante favorito o simplemente viendo una película estando acurrucados, seguramente estaríamos tumbados en una cama o sofá a medio vestir o desnudos después de tener nuestro maratón de sexo.
Exhalé resignado sin dejar de mirar su cabello castaño esparcido sobre el piso. No podía revertir el tiempo y borrar de un manotazo los tres años perdidos. Así cómo tampoco me era fácil olvidar que una sola llamada hubiera hecho la diferencia.
― ¿Por qué me miras así?
Negué.
― No negaré que pienso en nosotros ―confesé―, en lo que fuimos.
Bella volteó, nuestros ojos mirándose fijo. Aprecié que su semblante denotaba tristeza a pesar de la media sonrisa que me brindaba.
― Yo también pienso en… lo que hubiera sido.
Sintiéndome interesado, gateé por el piso más cerca de su cuerpo. Me senté a su lado sin quitar mis ojos de ella.
― ¿Qué has pensado? ―indagué.
Bella retuvo su labio inferior entre sus dientes, quedándose pensativa.
― Muchas cosas ―reflexionó―. Una de ellas es que Emmy ya estaba en camino y qué te hubieras vuelto loco al saber que la esperaba.
Sonreí. Porque era cierto, podía imaginar que le hubiera propuesto matrimonio antes del nacimiento de Emmy, nos hubiéramos casado por amor y no por estrategia.
― No negaré que tienes razón ―acepté.
Su sonrisa se amplió. Tal vez era el hombre más idiota, pero si ella sonreía yo también lo hacía contagiado por su alegría.
― Seguramente seríamos una pareja normal ―susurró― estuviéramos de igual forma en el mismo punto. Ambos tratando de criar una niña…, aprendiendo.
Asentí al mismo tiempo que ella se sentaba junto a mí. Nuestras piernas tocándose, piel con piel. Logrando que un simple roce encendiera todo dentro de mí y mi sangre se volviera un volcán a punto de erupción.
― ¿Y qué nos falta para que todo se vuelva normal? ―pregunté, inclinando mi rostro al suyo. Sintiendo la necesidad de cercanía.
Nerviosa, relamió sus labios sin alejarse de mí.
― El orgullo nos domina, Edward. Y no podemos avanzar si no lo dejamos de lado.
Qué fácil sonaban sus palabras.
― No sé cómo hacerlo ―admití, acariciando su mejilla con mis nudillos. Ella cerró los párpados, suspirando hondamente.
Quería besarla.
Deslicé una mano detrás de su cuello y la otra la dejé firmemente en su rostro, me incliné un poco más hasta mezclar nuestros alientos.
Cerré mis ojos y nuestros labios se tocaron en un roce suave… siendo interrumpidos por la dulce vocecita que dijo:
― Quielo leche.
Hola. Espero que estén interesadas en saber un poco más. Emmy es tan dulce que amo escribir sobre ella, aunque arrestre a los límites a sus inexpertos padres en cada travesura. ¿Quieren otro capítulo?
Gracias totales por leer
