Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer, la trama es completamente mi invención.
Capítulo 59
Era una mañana como cualquier otra, llena de ajetreo. Edward había salido temprano al trabajo y Emmy jugaba en su rinconcito de juguetes mientras yo intentaba mantener la casa en un estado presentable. Aunque la verdadera prueba del día acababa de llegar justo anoche, adelantando su estadía un par de días.
— Bella, querida, ¿estás segura de que Edward desayunó bien? —La voz de Esme sonaba tan dulce que podía sentir que empalagaba.
Asentí, esbozando una sonrisa que esperaba ocultara mi incomodidad.
― Sí, le preparé huevos revueltos y tostadas. Comió muy bien.
Esme arqueó una ceja, como si esa respuesta no terminara de convencerla.
— Oh, es que a Edward nunca le gustaron demasiado los huevos revueltos. Siempre ha preferido los omelet, con un toque de sal marina y pimienta negra.
— Bueno, anoche me dijo que quería algo ligero —contesté, intentando no sonar a la defensiva.
— Un omelet también es algo ligero, querida.
Hice una mueca.
Carlisle, que hasta ese momento había estado hojeando una revista en el sillón, levantó la vista y me dedicó una sonrisa comprensiva. Al menos alguien aquí no parecía listo para inspeccionar cada rincón de la casa.
— Cariño, deja de atormentar a Bella —expresó con suavidad—. Edward está sano y feliz y eso es lo que importa.
Esme suspiró, pero no hizo comentario alguno. En su lugar, dirigió la mirada hacia la cocina. Fue entonces cuando noté el ligero fruncimiento de sus labios.
Ella caminó hacia ahí y yo la seguí como fiel contrincante, dispuesta a defenderme.
— Veo que limpiaste la cocina. Aunque, ¿usaste el trapo de microfibra para las encimeras? Es mejor uno de algodón, no deja residuos ―pasó una de sus manos por los cajones.
— Ah, lo tendré en cuenta —mascullé, sintiendo el calor subir a mis mejillas.
No había forma de hacerlo bien. Si la cocina estaba limpia, no era con el trapo adecuado. Si Edward comía, entonces no era lo que más le gustaba. Y eso sin mencionar las pequeñas miradas de evaluación que lanzaba cada vez que Emmy dejaba caer un juguete o yo movía una silla ligeramente fuera de su lugar.
Esa mujer era una loca estricta del orden y yo precisamente nunca había sido la más ordenada. A mi favor podría decir que estaba haciendo mi mejor esfuerzo por mantener todo en sus lugar, con Emmy era casi imposible lograrlo. ¿Acaso no se daba cuenta?
— ¡Abu! —gritó Emmy, corriendo hacia Esme con los brazos abiertos.
Por suerte, la llegada de mi pequeña logró suavizar la atmósfera. Esme se agachó para recibirla y su expresión se transformó por completo en una mezcla de ternura y devoción.
— Mi princesa. Estás cada día más grande ―la empezó a llenar de besos mientras Emmy reía.
Me crucé de brazos observando la escena mientras intentaba respirar hondo. Sabía que Esme solo quería lo mejor para Edward y para nosotros, pero no podía evitar sentir que cada palabra suya era un recordatorio de que para ella, quizá nunca sería suficiente.
— ¡Mami, juguemos! —gritó Emmy, tirando de mi mano apenas su abuela la puso en el suelo.
— Claro, pequeña calabaza.
Carlisle me lanzó una mirada cómplice, como si entendiera exactamente lo que estaba sintiendo. Y en ese instante, supe que al menos no estaba sola.
Respira, Bella. Solo es el primer día, me dije a mí misma.
.
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¡Ja!
Tres días después y la señora suegra seguía metiéndose en todo lo que podía. Que si así no se hace, que eso no se ve bien… En fin. Estaba tentando mi paciencia y créanme que iba perdiendo.
El sonido de la lavadora llenaba el pequeño cuarto de servicio mientras doblaba una de las camisetas de Edward. Era día de lavado y reconocía que no era mi actividad favorita, si bien me gustaba la sensación de ir organizando todo poco a poco. Emmy jugaba en la sala con sus muñecas y Edward, con la intención de ayudar, apareció en la puerta con una cesta de ropa en los brazos.
— ¿En qué te ayudo? —preguntó con una sonrisa ladeada.
Levanté la vista y no pude evitar sonreír también. Me gustaba que intentara involucrarse en estas pequeñas cosas del día a día, aunque rara vez lo dejaba. No porque no quisiera sino porque solía ser un desastre con la ropa.
— Si quieres, puedes doblar estas camisetas —señalé la pila de ropa sobre la mesa.
Edward dejó la cesta en el suelo y se puso manos a la obra, aunque su técnica de doblado dejaba mucho que desear. Estaba a punto de corregirlo cuando escuché pasos detrás de él. Esme asomó la cabeza con su característica expresión analítica.
— Oh, Edward, cariño, no tienes qué hacer eso —murmuró suavemente—. Bella se encarga de estas cosas, ¿verdad, querida?
Solté una pequeña risa, intentando restarle importancia a su comentario.
— Edward quiere ayudar y la verdad, no me viene mal un poco de asistencia —exhalé sin dejar de doblar la ropa.
Edward, ajeno o tal vez ignorando la insinuación de su madre, simplemente se encogió de hombros y continuó con su tarea. Pero yo noté la forma en que Esme me observó de reojo antes de desaparecer de nuestra vista. No fue una crítica directa, ni una confrontación como las que habíamos tenido antes, pero aún así, el mensaje estaba ahí.
Suspiré y me acerqué a Edward, quien estaba luchando por doblar una sudadera sin convertirla en un bulto sin forma.
— Déjame ayudarte con eso —pedí, tomando la prenda de sus manos y arreglándola con rapidez.
— ¿Lo hice tan mal? —inquirió, fingiendo estar ofendido.
— Digamos que tienes otros talentos —bromeé, dándole un leve empujón con la cadera.
Edward sonrió y me rodeó con los brazos por la espalda, inclinándose para besar mi mejilla.
— Me gusta ayudarte —murmuró contra mi piel—. No importa lo que diga mi madre.
Sonreí y apoyé mi frente en su pecho, disfrutando de su cercanía. Tal vez Esme aún tenía esas pequeñas intervenciones sutiles, pero lo que importaba era que Edward estaba de mi lado. Y con eso, podía lidiar con cualquier cosa.
― ¿Has vomitado hoy?
Negué con la cabeza llevando mis manos a su cuello.
― No, es la primera mañana que no vomito ―suspiré―. Solo que tengo un antojo.
Me puse de puntillas.
― ¿De qué? ―indagó.
― Mmm… ¿crees qué puedas cerrar la puerta?
Edward abrió ligeramente la boca y solo alargó la mano para cerrar la puerta,entendiendo el mensaje cuando me lancé a sus labios con necesidad.
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Edward
El ambiente en la casa se había suavizado considerablemente desde la llamada de atención a mi madre.
― Mamá… ―la abracé por la espalda en cuanto dejó la taza de café en la encimera. Eran las primeras horas de la mañana y ella se había levantado de madrugada para preparar mi café con canela. Le besé la mejilla―. ¿Puedo pedirte un favor?
El rostro de mi madre mostraba un semblante orgulloso, me sonrió de esa manera cómplice que estaba dispuesta a todo por mí y por supuesto lo creía.
― ¿Qué es lo que quieres, Ed? ―se giró lentamente hacia mí y sostuvo mis manos.
― Amo a Bella ―confesé como si fuera un secreto―. Soy feliz, mamá.
Me incliné a su altura para ver fijamente su rostro.
― No te pido que la quieras como me amas a mí ―continué―. Me conformaré si empiezas a respetarla y le das su lugar ―exhalé suavemente―. Bella nunca pudo disfrutar su primer embarazo, mamá, al menos yo quiero darle esa oportunidad.
― ¿Ella te dijo que yo…?
― Bella no me dijo nada, pero no soy tonto para no darme cuenta de tus opiniones, madre. Ayúdame a que mi esposa esté tranquila, ella lo necesita, mamá.
Reconocía que la tensión no era normal entre ellas.
Para mi sorpresa, Esme había dejado de hacer comentarios innecesarios, aunque aún se mostraba reservada con Bella, al menos ya no la criticaba en cada oportunidad. Sabía que no sería un cambio instantáneo, pero era un paso en la dirección correcta.
Aprovechando la tregua y la estancia de mis padres, decidí que era momento de hacer algo especial para Bella. Ella merecía una noche para relajarse y recordar que más allá de las preocupaciones y el embarazo, seguíamos siendo nosotros.
La invité a una cita, queriendo sorprenderla con algo dulce y romántico. Después de pensarlo, reservé una cena en un pequeño restaurante junto al lago, un lugar tranquilo y apartado donde podríamos disfrutar de una buena comida con la vista del agua iluminada por la luna.
Cuando llegamos Bella sonrió al ver el lugar.
— Esto es hermoso, Edward —musitó, tomando mi mano.
— Quería que tuvieras una noche sin preocupaciones —le dije, inclinándome para besar su frente.
Nos sentamos en una mesa con vista al lago, por primera vez en días Bella parecía realmente relajada. Entre risas y conversaciones tranquilas, sentí cómo poco a poco se desvanecía la tensión de los últimos días.
Después de cenar, dimos un paseo por el muelle, con la brisa fresca envolviéndonos. Bella apoyó la cabeza en mi hombro y suspiró.
— Gracias por esto —susurró—. Lo necesitaba.
Apreté suavemente su mano, antes de pasar mi brazo por sus delgados hombros.
— Siempre voy a hacer lo posible para verte feliz.
Bella suspiró largamente.
― Edward, ¿alguna vez te has puesto a pensar qué nos depara la vida?
Me quedé pensativo.
Era consciente que sin importar lo que viniera, siempre encontraríamos la manera de sobrellevarlo juntos.
Hola, ayer tuve algunos inconvenientes y no pude actualizar como tenía planeado, espero que este capítulo les haya gustado , quiero mostrar un poco de su cotidianidad ¿qué opinan? ¿les gustó?
Gracias totales por leer
