Capítulo 54
La Batalla de Hogwarts
El tiempo se acababa y cada segundo contaba. Severus Snape caminó con paso decidido por el castillo; sus emociones aplacadas por su férrea capacidad de autocontrol. Levantó la manga de su levita y rozó la Marca Tenebrosa ligeramente.
En cuestión de segundos, los hermanos Carrow emergieron de las sombras. Los ojos pequeños y brillantes de Alecto brillaban con malicia, mientras que los rasgos brutales de Amycus se torcieron en una sonrisa burlona.
—¿Ha llamado, director? —preguntó Amycus arrastrando las palabras, destilando un falso respeto.
Snape hizo una mueca, pero no perdió tiempo en devolverle el sarcasmo.
—Despierten a todos los estudiantes —ordenó, con voz baja y gélida—. Hasta el último de ellos. Reúnanlos en el Gran Comedor inmediatamente.
Alecto entrecerró los ojos.
—¿A todos? ¿Incluso a los más pequeños? ¿Qué sentido tiene…?
—No me hagas preguntas —interrumpió Snape, su tono cortando el aire como una cuchilla—. El Señor Tenebroso está en camino, y no permitiré que encuentre esta escuela en un caos. Todos los estudiantes deben ser contabilizados. Todos los ojos deben estar alerta. Potter está aquí, y debe ser encontrado antes de que nuestro Señor llegue al castillo.
Amycus resopló, cruzándose de brazos.
—¿Y qué te hace pensar que los mocosos nos ayudarán a encontrarlo? No levantarán un dedo…
—Tu opinión es totalmente irrelevante —contestó Snape mientras daba un intimidante paso hacia Amycus y lo asesinaba con la mirada. —Ustedes harán lo que se les diga, o sufrirán las consecuencias. ¡Vayan, ya!
Ambos corrieron en direcciones opuestas y Snape se dirigió hacia el primer piso. Gritos distantes, pasos y puertas que se abrían y cerraban resonaron por los pasillos mientras los Carrow comenzaban su tarea.
Llegó hasta las puertas del Gran Comedor, las cuales se abrieron ante él, revelando la enorme sala iluminada por velas. Con un movimiento de su varita, las largas mesas de la casa fueron empujadas a los costados, dejando un gran espacio que poco a poco se iba llenando de creciente multitud.
Ocupó su lugar al frente del salón, con las manos entrelazadas detrás de la espalda, su expresión ilegible. Los Carrow pronto tendrían a toda la escuela reunida, y entonces comenzaría el verdadero trabajo. Cada par de ojos en el castillo estaría buscando a Harry Potter, pero Snape parecía no darle importancia a los aterrorizados estudiantes que iban entrando, su mirada estaba fija en techo encantado que reflejaba la total oscuridad del cielo nocturno y aquella ominosa luna sangrienta.
• •
Laurel se quedó absorta viendo como Neville Longbottom emergió del agujero detrás del retrato de Ariana, sus familiares rasgos iluminados con una sonrisa cálida y relajada. Sintió un extraño e incómodo calor subir a sus mejillas al recordar ese extraño beso navideño. Una punzada de indignación y vergüenza se le atascó en el pecho al ver como el chico abrazaba a Harry, Ron y Hermione.
—¡Hola, Laurel! — la saludó alegremente con un gesto de su mano, como si los pasados meses no hubiesen sucedido.
Los labios de Laurel se separaron ligeramente, pero no le respondió. En cambio, lo miró fijamente, con sus pensamientos arremolinados por la duda. ¿Era realmente este el mismo Neville que la había ayudado con la poción? Ese Neville había parecido tan centrado y serio, pero el chico que estaba frente a ella irradiaba una ingenuidad juvenil que nada tenía que ver con el Neville que había intentado besarla.
Ya lo venía sospechando. La posibilidad de que Severus hubiera estado usando la Poción Multijugos para hacerse pasar por Neville persistía en su mente.
No tenía pruebas, a parte de la nota con la familiar letra de Severus, pero las rarezas que había notado la habían carcomido. ¿De qué otra manera podría explicar las extrañas discrepancias entre el Neville con el que había trabajado y el que estaba frente a ella ahora, sonriendo como si los últimos meses no hubieran sido más que un sueño?
Verlo, tan relajado, tan aparentemente ajeno a ella, la inquietaba más de lo que quería admitir. Su mirada se detuvo en su rostro, buscando cualquier señal reveladora, cualquier confirmación de su teoría, pero el rostro cándido del chico no le reveló nada.
La mirada de Laurel siguió a los jóvenes magos mientras hablaban y se encaminaban a través del retrato abierto. Dio un paso tentativo hacia adelante, casi por inercia, pero la voz de Remus la detuvo.
—Chicos, esperen, llamaré refuerzos, Harry, no puedes entrar al castillo sin protección. La Orden debe saber que estás intentando entrar en Hogwarts. Aberforth, usaremos la pensión como punto de apariciones para los demás, espero que no te moleste…
—¡Que guay! ¡Llegó la hora de enfrentarse a los mortífagos por fin! —exclamó Neville con emoción—. ¿Laurel, vienes con nosotros? Necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir.
—Laurel se queda —contestó Remus rápidamente. —Será peligroso, y no quiero que él se entere de que está en Hogwarts.
—Ah, pero ella ha estado en la escuela antes —. Neville se rió de Remus. —Robó la espada de Godric de la oficina de Snape. O al menos lo intentó.
—¡¿Hiciste qué?!
Laurel se puso rígida ante las palabras de Neville y le lanzó una mirada aguda y amonestadora, pero él solo siguió sonriendo descaradamente.
—Para que conste —dijo ella con dientes apretados y entrecerrando los ojos—, no intenté robar la espada. Lo logré. Simplemente no logré llegar muy lejos antes de... —su voz vaciló y se apagó mientras evitaba mirar a los ojos a los demás.
—Ya es suficiente —interrumpió Harry bruscamente—. No tengo tiempo para esto. Déjala que venga. Demostrará a quién le es leal realmente.
• •
El Gran Comedor estaba inquietantemente silencioso, salvo por el leve susurro de las túnicas y el ocasional movimiento de nerviosos pies. Los estudiantes estaban de pie, separados por casas, la mayoría no se atrevía a levantar la mirada al frente. Severus Snape se mantenía erguido, su túnica negra barría el suelo mientras caminaba lentamente, sus ojos oscuros escudriñando a la multitud como un depredador acechando a su presa.
—Muchos de ustedes se estarán preguntando por qué los he reunido a estas horas. —Snape comenzó a hablar, su voz tranquila y sedosa, pero con un tono peligroso que hizo que los estudiantes se pusieran rígidos. —Ha llegado a mi conocimiento que esta noche Harry Potter fue visto en Hogsmeade.
Una oleada de murmullos se extendió por el Gran Comedor, pero la mirada de Snape se agudizó y los murmullos murieron al instante.
—Por lo tanto, si alguien, estudiante o maestro, — hizo una pausa y sus ojos se dirigieron hacia la fila de profesores que estaban de pie contra la pared. —Pretendiera ayudar al señor Potter, será castigado de una manera consistente con la severidad de su infracción. Es más, cualquier persona que esté al tanto de estos hechos y que evite confesarlo ahora, será acreedor a un castigo igual.
Reanudó su lento y pausado paso, haciendo sonar suavemente sus zapatos contra el suelo de piedra. Los estudiantes lo observaban con cautela, conteniendo la respiración como si el más leve sonido pudiera llamar su atención. Se detuvo de repente y se volvió para mirar a la multitud una vez más.
—Ahora bien —dijo casi susurrando—, si alguien aquí tiene algún conocimiento de los movimientos del señor Potter esta noche, lo invito a que se pase al frente. —Sus ojos recorrieron la habitación, deteniéndose en ciertos rostros como si los desafiara a hablar—. Ahora.
El silencio que siguió fue sofocante. Nadie se movió. Nadie habló. El nerviosismo en el salón era tangible. Los labios de Snape se curvaron en una leve sonrisa sin humor, como si no hubiera esperado menos.
Entonces, desde el grupo de Gryffindor, una voz firme y clara rompió el silencio.
—Parece que, a pesar de sus exhaustivas estrategias de defensa, aún tiene un pequeño problema de seguridad, director.
Todas las cabezas de la sala se giraron hacia el lugar de donde provenía la voz. Se escucharon gritos de asombro cuando Harry Potter dio un paso adelante, con la varita en la mano y sus ojos verdes brillando desafiantes. Los alumnos lo miraron conmocionados, algunos susurraron su nombre con incredulidad, otros sacaron sus varitas imitándolo.
El rostro de Snape se ensombreció y entrecerró los ojos mientras miraba fijamente a Harry. Por un momento, la sala pareció contener la respiración.
—Y me temo que es bastante extenso —añadió Harry.
Antes de que Snape pudiera reaccionar, las puertas del Gran Comedor se abrieron con un ruido sordo y varios miembros de la Orden del Fénix entraron en tropel, con sus varitas desvainadas.
Fue magnético, inmediato. Sus ojos volaron hacia ella en el momento en que puso un pie en el Gran Comedor, atraídos por su presencia como por una fuerza invisible. Pero Laurel evitaba su mirada, su pequeña figura semioculta detrás de los otros miembros de la Orden, encogiéndose sobre sí misma, como si tratara de desaparecer.
—¡¿Como se atreve a tomar su lugar?!, dígales lo que paso esa noche, dígales como lo miro a los ojos, al hombre que confió en usted, y lo mató, ¡dígales!
Se le heló la sangre. Snape pudo sentir como algo se le quebró en el pecho al obligarse a volver su atención hacia Harry. Aquellas palabras le terminaron por destrozar el alma y el constante sentimiento de culpa se agitó con violencia. Pudo sentir el virulento odio, el asco y la repulsión de todas las miradas de la sala sobre él, pero era la triste mirada de Laurel la que lo perseguía.
Siempre había sabido que ese momento llegaría, el momento en que ella lo vería como todos los demás lo hacían, como el asesino, el traidor, el mortífago que había asesinado a Dumbledore. Quería gritar, decirles toda la verdad: que había ejecutado a Dumbledore porque él se lo había pedido, porque era la única forma de proteger a Draco, la única forma de ahorrarle al anciano mago una muerte lenta y agonizante. Snape sintió que su garganta ardía al tragar el dolor de las palabras no dichas, pero debía seguir con el plan, debía comprar tiempo.
Apuntó con su varita a Harry por obligación, sabiendo que debía mantener la fachada por más tiempo, debía esperar a que Voldemort trajera a su serpiente Nagini hasta el castillo. Los estudiantes ahogaron un grito al tiempo que la profesora McGonagall salió en defensa de Harry.
Con un amplio movimiento McGonagall envió una lluvia de afiladas dagas hacia Snape, pero éste apenas si agitó su varita con desgana, desviando las dagas que se dispersaron en brasas antes de desaparecer por completo.
Pero McGonagall no se rindió, otro movimiento brusco de su muñeca y las brasas volvieron a encenderse, arremolinándose juntas en una tormenta de fuego. Las llamas se retorcieron, cambiando y tomando forma: abejas, cientos de ellas, con sus alas zumbando como una furiosa tempestad mientras se precipitaban hacia él en un enjambre ardiente.
—Sev…
Laurel ahogó un chillido, sintiendo que ese debía ser el fin y dio un instintivo paso hacia adelante siendo detenida por Tonks, pero Snape reaccionó lanzando un encantamiento escudo tan fuerte que el suelo del Gran Salón se estremeció. Las abejas ardientes chocaron contra la barrera invisible, sus diminutos cuerpos estallaron en una nube de cenizas. El escudo brilló brevemente antes de disiparse, dejando a Snape de pie. Laurel sintió que el aire se le escapaba de los pulmones al ver que Snape dejaba sus ojos clavados en ella con intensidad, pero no hubo tiempo de gritarle que se detuviera.
Sin perder el ritmo, Snape alzó su varita: las velas encantadas que iluminaban el Gran Comedor se apagaron, sumiendo el salón en la oscuridad. Los estudiantes gritaron alarmados, al ver que de las sombras emergían serpientes de luz resplandecientes. Sus enormes cuerpos luminosos deslizándose hacia McGonagall a una velocidad alarmante, intentando enroscarse en sus piernas.
Una ráfaga de luz azul se disparó desde un costado: Flitwick se había unido a la pelea, con su varita levantada y su pequeño cuerpo rebosante de energía pura. Le siguió un rayo de luz verde: la profesora Sprout, con su expresión feroz, envió una cascada de enredaderas espinosas hacia Snape.
Las serpientes se desvanecieron. Snape giró sobre sus talones, agitando su varita tan rápido que apenas era visible, deteniendo cada hechizo sin esfuerzo. Pero en lugar de contraatacar a sus compañeros profesores, redirigió la fuerza del contrahechizo hacia los hermanos Carrow. Un rayo de luz carmesí golpeó a Amycus de lleno en el pecho, enviándolo al suelo. Alecto apenas tuvo tiempo de gritar antes de que una segunda ola de energía la golpeara y la dejara inconsciente.
Con un último movimiento, Snape agitó su capa y su cuerpo pareció volverse etéreo, flotando en la oscuridad del recinto. Los estudiantes lanzaron un aullido sorprendido al verlo convertirse en sombras acuosas y saltar por uno de los ventanales.
—¡Cobarde! —gritó McGonogall encolerizada al tiempo que corría hacia la destrozada ventana sólo para ver como su figura se perdía en la oscuridad de la noche.
Por un momento, no hubo nada más que silencio. Luego, una explosión de vítores estalló en todo el Gran Comedor.
—¡Se ha ido! ¡Snape se ha ido! —gritó alguien, su voz resonando por encima del ruido.
—¡Así es! ¡Vamos a recuperar nuestra escuela! —exclamó Neville alzando su varita con júbilo.
Laurel no participó de la celebración. Caminó lentamente hacia el ventanal desde donde había saltado Snape, su ceño fruncido. El viento nocturno entraba por la abertura, agitando su cabello y enfriando su piel, pero ella apenas lo notaba. Sus ojos escudriñaban la lejanía, como si esperara ver alguna señal de él. Snape había huido, sí, pero no como un cobarde. Lo había visto en sus ojos, en la forma en que se movía, en la precisión con la que había desviado cada ataque sin causar daño real. Laurel sabía de las maldiciones que él era capaz de lanzar y pudo darse cuenta de que nunca intentó atacar a McGonagall realmente. Laurel sintió que su pulso se aceleraba al darse cuenta de que algo no encajaba del todo.
¿Habría ido a reunirse con Voldemort?
Antes de que pudiera pensar más, una terrible sensación pánico recorrió Hogwarts como si de un vendaval se tratase. Un jadeo colectivo llenó el salón de repente y entonces, las antorchas se volvieron a encender con un extraño resplandor verdoso.
El castillo pareció estremecerse. Un dolor agudo y punzante atravesó la cicatriz de Harry, obligándolo a agarrarse la frente.
Entonces, sucedió:
Una voz fría y aguda llenó el aire, resonando por el Gran Comedor como si viniera de todas partes y de ninguna a la vez. Era una voz que enviaba escalofríos por cada columna vertebral, una voz sibilante y malvada.
"Sé que muchos de ustedes querrán pelear".
Los alumnos gritaron al oír la voz Lord Voldemort reverberando como si estuviera de pie entre ellos.
"Algunos de ustedes pueden incluso pensar que pelear es lo correcto" —continuó, con burla. —"Pero es una tontería. Denme a Harry Potter, y nadie será dañado. Denme a Harry Potter, y dejaré Hogwarts intacto. Denme a Harry Potter, y serán recompensados. Tienen una hora".
El silencio volvió a tragarse a los presentes. Todas las cabezas se giraron, todas las miradas convergieron en Harry, y él quedó paralizado. Entonces alguien gritó desde el grupo de Slytherin y Harry reconoció a Pansy Parkinson, que alzó una temblorosa mano y gritó:
—¡Pero si está ahí! ¡Potter está ahí! ¡Que alguien lo aprese!
Harry no tuvo tiempo de reaccionar, porque de pronto se vio rodeado de un torbellino: los alumnos de Gryffindor le plantaron cara a los de Slytherin; luego los de Hufflepuff, y casi al mismo tiempo los de Ravenclaw, todos protegiendo a Harry, sus varitas desenvainadas apuntando a Pansy.
El profesor Slughorn dio un paso adelante, su rostro regordete estaba pálido y su bigote temblaba ligeramente, pero aun así se movió con una velocidad inesperada, plantándole cara a sus estudiantes Slytherin:
—Señorita Parkinson —dijo Slughorn con la voz más firme de la que era capaz—, este no es el momento ni el lugar para tales arrebatos.
Pansy vaciló. Su boca se abrió como para discutir, pero bajo la estricta mirada de su jefe de casa decidió callar. Los otros Slytherin se movieron incómodos, pero nadie más habló.
McGonagall aprovechó el momento.
—Gracias, Horace —dijo enérgicamente antes de volverse hacia el resto del salón—. No tenemos tiempo que perder. Si Voldemort cree que puede entrar aquí y exigir un sacrificio, está muy equivocado. Ha llegado la hora de que la casa de Slytherin decida a quién quiere ser leal. Quien sea mayor de edad y quiera quedarse a defender Hogwarts puede hacerlo, los demás serán evacuados.
Un murmullo recorrió el grupo de Slytherin. Algunos intercambiaron miradas, inseguros, antes de que un puñado de estudiantes diera un paso adelante, quedándose junto Slughorn.
—Muy bien. —repuso McGonagall —Señor Filch, organice la evacuación. —Filius, Pomona, refuercen las entradas. Debemos bloquear todas las posibles entradas y salidas del castillo.
Flitwick asintió con determinación, mientras que la expresión de Sprout se endureció.
—Tomaré los invernaderos y reforzaré los túneles subterráneos.
—Yo empezaré a poner los hechizos protectores.
—Excelente. Remus, Arthur... —McGonagall se volvió hacia los miembros recién llegados de la Orden—, reúnan a aquellos dispuestos a luchar. Necesitamos una defensa a lo largo de cada corredor, cada patio.
Tonks dio un paso adelante, con determinación brillando en sus ojos.
—¿Y si Voldemort intenta entrar en persona?
Los labios de McGonagall se tensaron, volviendo su vista hacia Harry.
—Sólo necesito tiempo para registrar el castillo, Profesora. Debo encontrar lo que Dumbledore me pidió que buscara.
—Muy bien, Potter. Retrasaremos a Voldemort y a su ejército tanto como podamos.
Harry asintió y salió corriendo fuera del Gran Comedor siendo seguido por Ron y Hermione. Laurel se acercó hacia los demás miembros de la Orden cuando sintió una mano reposando sobre su hombro.
—Laurel, deberías volver al Cabeza de Puerco.
Laurel se giró y vio a Tonks de pie junto a ella, con su rostro en forma de corazón demacrado por la preocupación. El cabello de la mujer era de un tono marrón opaco, como si el estrés del momento hubiera drenado su vitalidad habitual.
—¿Disculpa? — Laurel frunció el ceño
—Mira, vi cómo te afectó la huída de Snape —dijo, incómoda —Además no tienes magia y esto va a ser peligroso. Estarás más segura en la posada...
—¿Y tú crees que deberías estar aquí? —espetó Laurel, interrumpiéndola. Dio un paso más cerca, bajando la voz para que los demás no la oyeran—. Tienes un bebé, Tonks. Teddy necesita de su madre. ¿Qué haces aquí, lanzándote a la batalla?
Tonks se estremeció, pero su mandíbula se tensó obstinadamente.
—Porque soy una Aurora y mi deber es enfrentar a los Mortífagos. Esta es mi lucha.
—¿Y no es mía? ¡He estado aquí sufriendo esta guerra tanto como tú! Yo también he perdido gente, y yo... —dudó, apartando la mirada por un breve momento antes de terminar—... no puedo simplemente correr y esconderme.
Antes de que Tonks pudiera responder, la profesora McGonagall se interpuso entre ellas.
—Basta —dijo con firmeza, mientras su mirada penetrante pasaba de una mujer a otra—. Cada una de ustedes tiene una razón para estar aquí esta noche. Laurel, se que te sientes culpable por los actos cometidos por Severus y quieres demostrar tu fidelidad a la causa.
Laurel parpadeó, sorprendida.
McGonagall se volvió hacia Tonks, con una expresión más suave ahora.
—Y tú, Nymphadora, estás aquí porque no puedes quedarte al margen mientras otros luchan por el futuro de tu hijo. Ese es el amor de una madre, y es tan fuerte como cualquier hechizo. Ambas están aquí para proteger a Hogwarts y a Harry.
Tonks tragó saliva y asintió:
—Ten cuidado, Laurel.
Echó una mirada a la Akardos antes de darse la vuelta y correr hacia Lupin, que estaba hablando con un grupo de estudiantes.
Laurel exhaló lentamente, sintiéndose de repente fuera de lugar.
—Es verdad, ¿qué puedo hacer aquí? —se murmuró con amargura. —No tengo varita, ni hechizos que lanzar. Solo voy a estorbar.
—Dudas de ti misma, Laurel.
La mujer más joven se cruzó de brazos.
—Tonks tiene razón, no tengo magia. Solo estoy... aquí.
McGonagall no respondió de inmediato. En cambio, levantó su varita y habló con voz autoritaria:
—¡Piertotum Locomotor!
Un temblor recorrió el castillo. Una magia antigua y profunda despertó, surgiendo a través de la misma piedra.
A su alrededor, las estatuas que bordeaban los pasillos comenzaron a moverse. Las armaduras crujieron mientras se enderezaban, sacando sus armas. Los centinelas de piedra giraron sus cabezas, sus ojos brillantes cobraron vida. Un gran caballero corpulento cerca de la entrada levantó su enorme espada, avanzando con pasos atronadores.
Laurel observó, atónita, cómo el mismo Hogwarts se preparaba para la guerra.
McGonagall bajó su varita y, sin dudarlo, se acercó a una de las armaduras ahora animadas. Sacó de su cinto una pesada hacha, su borde de acero brillaba bajo la luz parpadeante de las antorchas.
Luego, se dio la vuelta y se la entregó a Laurel.
—¿Dices que no tienes magia? —dijo McGonagall con firmeza—. Tienes una razón para luchar y eso es suficiente.
Laurel miró el arma en estado de shock, su peso se acomodó en sus manos. El mango pulido se sentía estaba frío bajo sus dedos.
Tal vez no tenía una varita.
Pero eso no significaba que fuera indefensa.
