Disclaimer: Los personajes de Final Fantasy pertenecen a Square-Enix. Tan solo los inventados son de cosecha propia
CAPÍTULO 24
Aquellos chicos, acompañados de Laguna y Edea, fueron llegando al jardín. Cuando entraron en el majestuoso hall, vieron como los familiares de los residentes iban y venían. Algunos charlando, otros admirando la ornamentación de esa escuela militar, todos parecían animados.
- Y si ¿los capturamos mientras se celebra el baile? -dijo de pronto Zell quien acaparó la mirada de todos ellos-. Seguro que estarán allí -añadió con cierta emoción-.
Squall ladeó la cabeza y miró a Laguna y Edea, dando a entender que no era una mala idea. La mujer del director suspiró y se dispuso a hablar.
- No es mala idea Zell, pero debemos tener en cuenta los poderes que tienen, recordad que son capaces de introducirse en la mente de la gente y hacer ver cosas que no existen.
- Ya… ¿Cómo un arqueosaurio en plena isla? -recordó Selphie de manera sarcástica-.
- Por ejemplo -contestó Laguna con media sonrisa-. Creo que será mejor que descanséis, aún tenemos algunos días antes de la celebración. Mañana volveremos a hablar -comentó despidiéndose y yendo hacia el pasillo de las habitaciones de los instructores, donde tenía su habitación-.
Los demás fueron despidiéndose también, pero cuando Rinoa iba a marcharse con Squall, Edea la retuvo. Squall la miró y asintió marchándose en dirección a su cuarto.
La mujer rodeó a la joven bruja por los hombros y caminaron hacia los jardines exteriores.
- ¿Cómo estás Rinoa? La semana que viene, si tú quieres, podemos reanudar tu entrenamiento. He estado hablando con Zell y opina lo mismo. Cuando todo esto pase, debes volver a tu entrenamiento.
La pelinegra asintió no muy convencida y se recostó en la barandilla de hierro forjado. Edea la imitó y con cariño, retiró el pelo de su cara, colocándoselo tras la oreja.
- ¿Estás bien?
Rinoa sonrió y volvió a asentir.
- Estáis muy seguros de que, tras el baile, todo volverá a ser como antes. ¿De verdad creéis que podremos con ellos? -dijo desviando la mirada a la explanada de hierba que se extendía frente a ella-.
- Si dudamos en esto…
- ¡No te puedes imaginar lo que sentí, Edea! -exclamó con dolor en sus palabras-.
La mujer abrió los ojos sorprendida y la observó, esperando que siguiera hablando.
- Fue aterrador, todo era demasiado real, el dolor… era real -explicó buscando la mirada de la mujer-.
Edea vio miedo en aquella mirada oscura y sin pensarlo, la estrechó entre sus brazos.
- Tranquila ¿vale? -la reconfortó mientras acariciaba su espalda con cariño-. No vamos a dejar que te pase nada, te lo prometo.
- No le digas nada de esto a Squall, por favor -comentó deshaciendo el abrazo-.
- Rinoa no debes esconder tus sentimientos.
La pelinegra meneó la cabeza.
- No quiero preocuparlo más, cree que todo esto que está pasando, recae sobre sus hombros. Como siempre, se siente responsable de todos nosotros.
Edea soltó aire por la nariz a modo de risa.
- Ya… siempre preocupado por el resto menos por el mismo -dijo recordando su infancia-. Es un buen chico Rinoa y te adora -sonrió mirándola-. Solo que a veces, hay que tener paciencia con él.
La pelinegra asintió con la cabeza sabiendo perfectamente de lo que hablaba. Ella tendría toda la paciencia del mundo con él, lo que no sabía es si tendría tiempo.
Seifer caminaba con paso tranquilo por el pasillo de la zona de entrenamiento. Parece que el alboroto de los alumnos había turbado su sueño, así que pensó en ir a entrenar un rato. Ni siquiera se molestó en ponerse su ropa habitual, tan solo una camiseta blanca y unos vaqueros algo desgastados.
Se sentía bien, después de meses sin ser él mismo, por fin había conseguido que su mente volviera a razonar con claridad. Había conseguido que Quistis lo creyese, es más, había conseguido que confiara en él, algo que le hacía estar realmente entusiasmado.
Mientras todos esos pensamientos pasaban por su cabeza, alguien, del que apenas fue consciente, lo agarró de la camiseta y lo arrastró hacia un pasillo lateral sin salida. Sintió la pared golpear su espalda y como esa persona ejercía una fuerza descomunal sobre su pecho.
- ¡Oh! Yinna… -balbuceó-. Cuanto tiempo…
El aire comenzó a faltarle, pero mantuvo la calma, no dejaría que esa mujer notase su miedo, sino toda su tapadera se iría al traste.
- ¡Cállate! –gritó esa mujer dándole un fuerte golpe en la cara-.
Cuando sintió su labio partido y la sangre brotar de él, intentó con furia zafarse, pero le fue imposible, sus dos hermanos la ayudaron y lo sujetaron de los brazos.
- ¿Qué quieres? ¿No sabéis vivir sin mí? -vaciló con esa soberbia que solo él podía fingir a la perfección-.
Justo en el momento que los dos hermanos iban a propinarle un golpe en el estómago, un par de cadetes pasaron por el otro pasillo y al instante, lo soltaron. Carraspearon nerviosos y saludaron a los estudiantes con falsas sonrisas.
Seifer se llevó la mano al labio ensangrentado y antes de que pudiera decir nada más, se vio de nuevo arrastrado dentro de la zona de entrenamiento, exactamente hasta un recoveco entre unos matorrales, donde alguna vez se había visto con ellos. Por ahí nunca pasaba nadie.
El joven rubio se colocó la camiseta y limpio el hilillo de sangre de su labio mientras veía como Yinna se paseaba de un lado a otro sin decir absolutamente nada.
- ¡No tengo toda la noche! -exclamó con sorna-.
La extraña mujer detuvo sus pasos en seco y lo miró con los ojos enrojecidos de rabia.
- Se puede saber… ¿¡Qué pretendías hacer!? -gritó con voz gutural, lo que hizo que Seifer se asustara aún más-.
- No sé… de qué me hablas… –dijo con torpeza en la voz-.
- ¡De tu colgante! -gritó acercándose de nuevo a él y cogiéndolo del cuello-.
- Me estás ahogando -dijo con gran dificultad-.
Yinna clavó sus ojos enrojecidos una vez más en él y muy a su pesar, lo soltó, ya que ese maldito chico estaba dejando de respirar.
- ¿Crees que podrías deshacerte de nosotros así de fácil?, ¿destruyendo el colgante? –río de manera demente-.
- No, ya veo que no –dijo señalándose el pecho, mientras intentaba recuperar el aire-.
- Te lo dije desde un principio, nos perteneces, desde el momento que aceptaste nuestro trato.
- Pero ¿de qué trato hablas? Estás loca, ¡joder!
Yinna miró a sus hermanos y los tres se echaron a reír.
- No lo recuerdas, es normal, tu mente ya no es lo que era -comentó paseándose de nuevo frente a él-. ¡Da igual! Tu nos has ayudado todo este tiempo, solo queda una pequeña cosa, ¡Rinoa!
Seifer abrió los ojos de par en par y se incorporó contra la pared.
- Nos ayudarás a llevarla a nuestro mundo y después, podrás marcharte, como si nada hubiera pasado.
- ¡Ni lo sueñes, maldita loca!
Justo en el instante que Seifer emprendía sus pasos para dejar a esos pirados allí plantados, Yinna volvió a empotrarlo contra la pared y ejerciendo una presión sobrehumana sobre su pecho, comenzó a decir una serie de palabras que Seifer no alcanzó a entender. Parecían parte de algún ritual y pronto entendió que estaba intentando controlarlo de nuevo, como tiempo atrás. El chico intentó resistirse, pero ella era fuerte, demasiado. Comenzó a notar como le ardía el pecho, estaba perdiendo la consciencia y el control sobre sí mismo. Lo siguiente que vio fue, oscuridad.
Quistis se encontraba en su habitación, acababa de salir de la ducha y mientras quitaba el exceso de agua de su pelo con una toalla, miraba el móvil de manera despistada. El jaleo de la noche anterior en los pasillos seguía siendo el mismo. Tanto los familiares, como cadetes y personal del jardín, andaban de un lado para otro, más que nerviosos ante la celebración de ese mismo sábado.
Quistis suspiró asqueada y tirando el móvil hacia un lado en la cama, se levantó cabreada por el ruido del exterior. Cuando dejó la toalla en el baño, se le ocurrió revisar algunos informes de misiones pasadas y estudiar los planes de ataque, tal vez se le ocurría algo brillante para atrapar a esos tres en el baile.
Abrió el primer cajón de su mesa y cuando se disponía a coger un taco de hojas, alguien aporreó su puerta. Su mirada de resignación se desvió de mala gana hasta la entrada y se preguntó quién demonios sería a esas horas. Seguramente era Selphie, que venía a contarle alguna locura de las suyas. Arrastró los pies hasta la puerta y cuando abrió, se quedó sin habla. Sus ojos azules, casi cristalinos, se clavaron en la figura que había aparecido frente a ella.
- ¡Seifer! -exclamó la mujer-.
Antes de que ninguno de los dos dijese nada más, el chico la miró con ajos asustados y tal solo tuvo fuerzas para avanzar dos pasos dentro de la habitación y desplomarse allí mismo.
Quistis, quien no estaba entendiendo nada, pudo reaccionar a tiempo y cogió al joven como pudo, quien se desmalló en sus brazos. Asustada, cerró la puerta tras de sí de una patada y con un esfuerzo casi sobrehumano, consiguió llevarlo hasta la cama. Casi sin aliento, se sentó a su lado y sin saber muy bien que hacer, comenzó a darle golpecitos en la cara, pero no reaccionó.
Se levantó de un salto y empezó a dar vueltas por la habitación, necesitaba llamar a alguien, pero ¿a quién?, la doctora… no era buena idea, ¿Squall?, ¿Edea?... De repente unos gemidos de dolor la sacaron de sus pensamientos. Quistis se giró hacia Seifer y comprobó que la camiseta del muchacho se había empapado de sangre. Rápidamente se arrodilló al borde de la cama y se la quitó como pudo, fue entonces cuando observó que la marca de su pecho estaba casi en carne viva.
Dejó a un lado su preocupación por pedir ayuda y se apresuró a curarle de nuevo aquella maldita marca, gracias a Laguna ahora sabía lo que significaba aquello.
Seifer gimió de dolor ante el primer contacto con el alcohol.
- Lo siento… -dijo preocupada, pero él no pudo oírla-.
Mientras limpiaba la herida, Seifer comenzó a decir palabras sin sentido, Quistis asustada tocó su frente, estaba muy caliente. Seguramente la herida le había provocado fiebre, por lo que posiblemente estuviese delirando. Se levantó presurosa y se puso a buscar algo que bajase esa fiebre. Por fin dio con unas pastillas de un bote azul y sin pensarlo un instante le obligó a tomarse una, ayudado por un vaso de agua.
Quistis consiguió que se la tragara y tras unos largos minutos, el chico comenzó a calmarse, su respiración se estabilizó y la instructora empezó también a tranquilizarse. Al final no había sido necesario avisar a nadie. Eso sí, cuando se despertase tendría que explicarle algunas cosas.
- Estás muy callada, ¿todo bien con Edea? -comentó Squall intentando captar la atención de Rinoa-.
El muchacho se había acercado hasta la habitación de ella en esa noche que parecía un tanto enrarecida. Un creciente bullicio podía escucharse fuera de la habitación. Rinoa no se equivocaba cuando, la noche anterior, le dijo que el pasillo de las chicas estaba enloquecido, desde luego era peor que el masculino.
La pelinegra se removió levemente entre los brazos de Squall, quien se encontraba recostado en la cama, con su espalda apoyada en el cabecero y Rinoa entre sus piernas, mientras miraba algo de ropa en su móvil.
- Rin…
El tono de Squall sonó algo cansino, viendo que la chica no tenía intención de hablar con él.
- ¿Sabes? Me molesta que tu intentes continuamente que me abra con mis sentimientos, pero tú te encierres bajo esa fachada de felicidad excesiva.
La joven bruja resopló molesta con aquel comentario y dejó de prestar atención al móvil para girarse y buscar esos ojos azules que para nada parecían amigables.
- ¿Qué quieres que te diga? -inquirió recelosa-.
- No sé ¿cómo estás realmente? ¿por ejemplo? -contestó con cierto retintín-.
No le apetecía nada discutir con ella, pero le estaba resultando algo difícil.
Rinoa se incorporó y se sentó en el borde de la cama mientras escondía la cara entre sus manos. No quería hablar sobre Yinna, ni de su posesión, ni de cómo se sentía al respecto, ni tampoco de lo comentado con Edea y Laguna esa misma tarde. Estaba demasiado saturada de todo aquello, tan solo quería mantenerse en silencio y no pensar en lo que estaba por venir.
La chica resopló cansada y sintió como Squall se levantaba de la cama, seguramente había llegado al límite con ella y se marcharía de allí. La verdad, que no se lo iba a impedir, ella misma sabía lo agotador que podía ser estar detrás de una persona para que hablase de sus sentimientos y no conseguir absolutamente nada. Pero para su sorpresa, sintió como Squall se agachaba frente a ella y acariciaba su mejilla para intentar que lo mirase.
- Vamos Rin, a mí me lo puedes contar -declaró el joven dibujando una de esas sonrisas que solo mostraba a Rinoa-.
Ésta lo miró por unos instantes y se perdió en esos ojos azules con tonos grisáceos.
- Sé que no te gusta escuchar cómo se sienten los demás -contestó ella desviando la mirada hacia un lado-.
- Eso no es verdad -rebatió con rapidez mientras fruncía el ceño-.
Rinoa lo miró algo sorprendida.
- Lo que no me gusta es que la gente venga quejándose por tonterías, eso no lo aguanto. Pero contigo es distinto, quiero ser tu apoyo, puedes contarme cualquier cosa, lo que sea -insistió acariciando los muslos de ella que quedaban a la vista con aquel pantalón de pijama-.
- Y si ¿no quiero hablar de nada? -dijo para sorpresa de Squall-.
El chico se quedó en silencio durante unos instantes y después dejó entrever una media sonrisa mientras se levantaba bajo la atenta mirada de Rinoa.
- Bien -se limitó a decir levantando sus manos en un gesto de rendición-.
Desde luego no podía obligarla a desahogarse, pero seguía creyendo que era lo mejor, por experiencia propia sabía que, aunque no quisieses hablar de algo, al final el soltarlo hacía sentirse a uno mejor.
- ¿Y qué quieres hacer? -preguntó el comandante con voz algo ruda, la cual no pudo evitar-.
La pelinegra lo miró con cierta desconfianza, no sabía si era mejor dejar que se fuera o que se quedase. Ella, por su parte, tan solo quería dormir enroscada entre sus brazos, tan solo eso.
- ¿Podemos… dormir? – se atrevió a decir casi en un susurro-.
Squall se dio cuenta en ese mismo momento, que la mujer que tenía frente a él, estaba empezando a sentirse algo intimidada. Resopló malhumorado, él no quería ser así y menos con ella. No pretendía intimidarla, ni mucho menos, pero aún le costaba empatizar en ciertas ocasiones. Así que se acercó de nuevo a ella y cogiéndola de las manos, la hizo ponerse de pie para abrazarla contra su pecho.
- Lo siento, a veces no sé cómo tratar a la gente -comentó dejando escapar el aire por la nariz-.
Rinoa sonrió con él y se aferró a su espalda sintiendo los labios de Squall sobre su frente.
- Gracias -se limitó a decir agradecida-.
Cuando ambos estuvieron en la cama, Rinoa notó como el cuerpo de Squall se pegaba a su espalda y la rodeaba por la cintura. Lo sintió besar su cuello con sumo cuidado y sus ojos se cerraron ante tal agradable contacto. Entonces se giró y quedó cara a cara con el muchacho.
- ¿Estás enfadado? -preguntó ella pegando su cuerpo al máximo al de él-.
Squall abrió un ojo y sonrió de medio lado.
- ¿No querías dormir? -dijo con voz ronca-.
- Siento si me comporto así, pero… -la mujer se quedó unos instantes callada-, parezco la carga de todo el grupo, hasta Seifer se preocupa por mí, es abrumador -confesó acariciando el brazo del chico de manera mecánica-. Yo no quería esto…
- No eres ninguna carga -rebatió con rapidez sin dejarla seguir hablando-. Podía haber sido cualquiera de nosotros y estaríamos actuando igual -explicó acariciándole la mejilla-. Solo necesito saber que no harás ninguna locura, yo… yo no puedo perderte ¿sabes? -confesó con algo de torpeza para explicarse-.
Rinoa no dejó que continuase hablando y lo besó. Esa confesión había sido suficiente para ella, sabía que ese soldado estaría ahí siempre, por y para ella. Él era fiel, era leal y le quería con locura. Volvió a besarlo y casi por instinto, deslizó su mano por el torso desnudo, sintiendo bajo sus dedos, los músculos perfectos de ese abdomen. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que el tiempo con él se acababa, desde que Yinna había penetrado en su mente, sentía un peligro constante, como si un ente invisible la acechara continuamente. Así que sí, se había propuesto disfrutar de esos días de paz al máximo, no quería hablar de nada relacionado con aquella situación, solo quería estar con Squall.
El chico, quien en ningún momento se había opuesto a las caricias de Rinoa, sintió como ésta se tensaba levemente, como si de repente algo la hubiera perturbado.
- Ey… ¿estás bien? -preguntó irguiéndose sobre sus brazos-.
Rinoa abrió los ojos cuando escuchó la voz de Squall y se encontró con una mirada preocupada.
- Podemos parar…
- Lo que menos quiero ahora es parar -interrumpió ella sin dejarle acabar-.
Rinoa agradeció la compresión de Squall, pero cuando lo miró a los ojos pudo ver el deseo por ella en esa mirada azulada. Así que, atrayéndolo de nuevo sobre ella, lo besó, intentando demostrarle lo que no podía decirle con palabras. Aquel beso cargado de sentimiento enseguida fue correspondido por él, quien, con una lentitud casi exasperante, deslizó las manos hasta las caderas de la mujer y colándose bajo la camiseta de pijama, tiró de ella hacia arriba, deshaciéndose de la prenda.
Cuando Squall sintió los pechos de ella contra su torso, sonrió contra su boca. La oyó gemir levemente con aquel contacto y fue entonces cuando decidió emprender un recorrido de besos por su cuerpo, hasta llegar a su ombligo donde se detuvo.
La joven bruja, emitió un chasquido incomodo cuando notó que Squall se detenía de repente. Levantó la cabeza y lo vio devorándola con la mirada, haciéndola sentir demasiado deseada.
Antes de que ella pudiera decir nada, los dedos hábiles de Squall se enredaron en el elástico de su ropa interior y la retiró de golpe. Rinoa exhaló un gemido con aquel gesto y cogiéndolo del cuello, le obligó a tumbarse sobre ella y besarla de nuevo.
- Llevas demasiada ropa -acertó a decir la muchacha entre besos mientras intentaba deshacerse del pijama de Squall-.
Éste no dijo nada y casi con un gesto imperceptible, se deshizo de las molestas prendas, volviendo a colocarse entre sus piernas. La besó con algo de urgencia, no quería parecer desesperado, pero la verdad era que había estado deseando volver a estar con ella de esa manera, desde hacía días.
La volvió a besar, esta vez de manera más pausada y un jadeo involuntario salió de su garganta cuando sintió las caderas de Rinoa moverse con sutileza contra su pelvis. Deseaba hacerla suya en ese mismo instante, pero aún no se había cansado de acariciar aquel cuerpo que lo enloquecía. Así que, tumbándose más sobre ella, fue deslizando su mano derecha a lo largo de su cuerpo hasta que llegó al interior de sus muslos, donde se detuvo. Éste sintió como ella sonreía contra su boca.
- Me vuelves loco -susurró él con voz ronca, dejando entrever media sonrisa-.
No obtuvo respuesta, simplemente sintió como Rinoa se removió para que siguiese donde lo había dejado mientras lo besaba con pasión contenida.
En cuanto los dedos del chico rozaron esa zona, ella solo pudo emitir un gemido de placer. Tembló levemente antes las caricias de Squall y se preguntó por la habilidad de ese hombre para llevarla al límite. Fue ella la que decidió parar aquello si no quería que acabase de esa manera. Así que apartó la mano de Squall con sutileza y enredó una de sus piernas en la cadera de él, atrayéndolo contra su propio cuerpo.
Al comandante no le hizo falta nada más para entender lo que ella quería, así que acomodándose una vez más entre aquellas piernas, se deslizó en su interior con delicadez. En cuanto sintió la estrechez a su alrededor, no pudo evitar que se le escapara un sonido ronco mientras besaba y mordisqueaba el cuello de Rinoa.
Cuando ambos cuerpos se acoplaron a la perfección y él se cercioró de que ella estaba disfrutando tanto como él, comenzó a moverse a un ritmo más acompasado. Dejó que la joven, que se mantenía bajo su cuerpo, se amoldara a aquel ritmo. La oía jadear y morderse el labio inferior en un intento de mantener la cordura. Squall, llevado por el placer, se irguió sobre sus brazos y sin dejar aquel ritmo, que ahora era algo más frenético, la observó. Era perfecta, su pequeño cuerpo tensándose en cada embestida y sus costillas marcándose bajo la fina piel, mientras sus muslos ejercían presión a su alrededor.
Sintió entonces como los dedos de ella se clavaban en sus hombros y esos gemidos aumentaban, indicándole que estaba a punto de llegar al clímax y así fue. Lo atrajo de nuevo por la nuca, obligándole a tumbarse de nuevo y tras varios segundos, sintió como su cuerpo se tensaba por completo a su alrededor, mientras Squall acallaba sus gemidos con sus besos.
En cuanto sintió a Rinoa contraerse de placer, él la siguió sin reparo, cayendo rendido sobre ella, segundos más tarde. Escondió su cara en el delicioso cuello de ella, mientras se dejaba embriagar por aquellos espasmos de placer.
- ¿Quieres que te escuche todo el jardín? -comentó él mordisqueando la fina piel de uno de sus hombros-.
Escuchó a Rinoa soltar una risita, le daba exactamente igual que la oyesen gritar y más si era de placer.
- Todo el mundo sabe que nos acostamos -comentó ella con naturalidad-.
Squall se irguió sobre uno de sus brazos y la miró con sus cejas enfrentadas.
- Supongo.
Ella volvió a sonreír y elevando el cuello, lo besó. Después sintió como el chico se levantaba y cogiendo su ropa interior, se fue directo al baño. La pelinegra suspiró una última vez más de placer y se acomodó contra el cabecero de la cama esperando a que Squall saliese del baño. No quería perderse aquel espectáculo.
Cuando lo vio salir, su mirada viajó directamente a aquel abdomen plano y apretado y a esa forma en uve que se le marcaba a la perfección y que deseaba acariciar sin descanso. La pelinegra sonrió en silencio cuando lo vio bostezar y rascarse la nuca despeinándose levemente el cabello. Después se acercó a la mesa de estudio, donde tenía su móvil y encorvándose, apoyó uno de sus brazos sobre la mesa, mientras que, con la mano libre, miró algo de manera despistada. Rinoa suspiró sin contenerse cuando vio aquella imagen frente a ella, juraría que un calor repentino la estaba acechando de nuevo.
- ¿Lo haces adrede? -bromeó ella desde la cama sin poder apartar la mirada del cuerpo de Squall que juraría que estaba aprendiéndose de memoria-.
Squall soltó el aire por la nariz a modo de risa y meneó la cabeza de manera negativa, sin apartar la vista del móvil.
- Te encanta hacer esto, ¿verdad? -preguntó realmente curioso dejando el aparato y caminando con lentitud hacia la cama-.
- El qué ¿comerte con la mirada sin que te des cuenta? -comentó ella con una sonrisa traviesa-.
- Tú crees que no me doy cuenta -matizó colocándose de nuevo sobre ella y besándola en el cuello y mandíbulas repetidas veces-.
Rinoa soltó una carcajada y se removió ante el cosquilleo de esos besos. Cuando encontró la oportunidad salió de debajo del cuerpo de Squall y cogiendo su ropa interior, fue al baño. Oyó a Squall emitir un sonido molesto cuando la mujer que retenía bajo él se escabulló y acomodándose en la cama, hizo lo mismo que ella, disfrutar de la vista que le brindaba el cuerpo de Rinoa en ropa interior.
- Pervertido -bromeó ella viendo la mirada traviesa con la que la miraba-.
Escuchó a Squall reírse ante el comentario, pero no dijo nada. Ella llegó entonces hasta la cama y poniéndose la camiseta de tirantes que se encontraba enroscada en el suelo, se tumbó al lado del joven.
- Gracias por no insistir antes -comentó ella mientras ambos se metían entre las sábanas dispuestos a dormir-.
Squall la miró de manera inquisitiva sin saber muy bien a que se refería.
- Siento que hace semanas que no llevamos una rutina normal, desde que Yinna…
La mujer se calló y cogiendo la manta que estaba a los pies, tapó ambos cuerpos mientras volvía a recostarse en el pecho de Squall.
- No hace falta que me explique nada sino quieres, no soy el más indicado para pedirte tal cosa -añadió de manera irónica-.
- No, creo que no -comentó ella soltando el aire por la nariz a modo de risa-.
Él rio con ella.
- Pero quiero que sepas que estoy aquí para lo que sea. Ya sé que a veces puedo parecer un poco…
- ¿Borde? -dijo ella sabiendo que aquello le picaría-.
Sintió como Squall le pellizcaba la cintura creándole un cosquilleo incómodo.
- Iba a decir inaccesible, pero creo que borde me puede definir -comento él siguiendo la broma-.
Squall se incorporó levemente y buscó la mirada de ella.
- Ahora en serio, puedes contar conmigo, siempre -dijo de manera muy serio y con esa voz levemente rasgada que hizo que a Rinoa le revolotearan las mariposas de su estómago-.
- Lo sé, confío en ti, Squall -dijo ella dibujando esa mandíbula cuadrada hasta posar su mano sobre su mejilla-.
Él sonrió y besando la palma de la pequeña mano de Rinoa, volvieron a tumbarse. Debían descansar si mañana querían llevar a cabo un plan para el sábado.
La mañana se abrió paso, poco a poco, en el jardín de Balamb. A pesar de ser las nueve de la mañana, los pasillos aún se encontraban con muy poca gente. Parece que el revuelo de estas noches pasadas había pasado factura a los estudiantes.
Seifer abrió los ojos pesadamente, pero la luz que se filtraba por la ventana hizo que volviese a cerrarlos. Algo aturdido, intentó de nuevo recomponerse, le dolía la cabeza y, sobre todo, le dolía el pecho.
Cuando consiguió incorporarse levemente en la cama, sintió como un olor afrutado lo envolvía y fue entonces cuando miró a un lado y descubrió a la joven instructora recostada sobre él. Confundido, acercó su cara a la de ella y descubrió que el olor afrutado provenía de su cabello, entonces recordó que era el olor habitual de la muchacha.
La observó detenidamente, estaba de cara hacia él y recostada en su hombro. Su pelo estaba suelto y algo despeinado. Una de sus piernas se encontraba fuera de la sabana y Seifer no puedo más que recorrerla con la mirada. Unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes, algo remangada, dejaba ver parte de su piel.
Sus ojos, aun cansados, se clavaron en la curva que se formaba en la fina cintura e indeciso, dirigió su mano hacia esa zona y la acarició. Con cuidado dibujó el hueso de la cadera que se adivinaba tras su blanca piel. Podía percibir la calidez que desprendía la mujer, aun dormida sobre su hombro. Pensó entonces, que nunca la había visto así, tan tranquila, tan indefensa y tan… sexy.
- ¿Seifer?... –llamó la chica con voz algo ronca-.
La voz sueva y algo roca de Quistis, sorprendió al muchacho y rápidamente apartó la mano de su cintura y comenzó a tartamudear nervioso.
- Seifer… -repitió la muchacha ignorando la escena de hacía un momento-. De verdad… ¿estás bien? -preguntó preocupada-.
- Bueno… mi brazo esta dormido –apuntó mirando a Quistis quien había dormido sobre su brazo-.
- ¡Lo siento! –se disculpó apartándose rápidamente-. Y ¿tu pecho?, ¿está mejor? -preguntó posando su mano en la herida-.
El chico se quejó, pero asintió.
- Me duele más el haber dormido contigo y no recordarlo –bromeó con media sonrisa mientras miraba a Quistis con ojos felinos-.
Ésta lo miró y se quedó en silencio, sin saber bien que decir, la verdad es que no había reparado en eso. Simplemente se quedó dormida a su lado, esperando que despertase.
- También me duele la cabeza -añadió rompiendo el silencio-.
Quistis se levantó presurosa a coger algo para el dolor y de paso, poder escapar de esa situación algo embarazosa.
Seifer se desperezó y notó que el cuerpo le dolía como si le hubiesen dado una tremenda paliza. Se incorporó y se sentó en el borde de la cama viendo como Quistis llegaba con un vaso de agua y una pastilla. Se arrodilló entre las piernas de él y apoyando sus manos sobre sus rodillas, esperó. Seifer la observó durante unos segundos antes de tragarse el analgésico.
- Realmente estás preocupada ¿no? –sonrió él de manera algo fanfarrona-.
- Bueno, casi te mueres en mi cama ¿sabes? –contestó recelosa-.
Ella se levantó del suelo y le dio la espalda, parece que se encontraba perfectamente ya que había empezado a decir tonterías.
- ¿Sabes? -comenzó a hablar Seifer- Nunca te había visto así -comentó llamando la atención de la chica quien se giró para mirarlo-.
- Así ¿cómo? –preguntó confusa-.
- Pelo suelto, sin gafas, tus piernas… estás… sexy –explicaba con una mirada cargada de deseo-.
La instructora, abrió los ojos algo sorprendida ante aquellas palabras y carraspeó nerviosa.
- ¡Seifer!, vamos… no bromees –dijo con voz cansada-.
En ese momento, Seifer se levantó de la cama y caminó despacio hasta reducir el espacio que les separaba. A pesar de lo que pudiera haber pensado, ella no retrocedió y cuando estuvo a escasos milímetros, dirigió su mano, algo temblorosa hasta esa cintura, que con anterioridad había acariciado en secreto, y la rodeó con sumo cuidado, como pidiendo permiso para hacer tal cosa.
Quistis cerró los ojos unos instantes ante aquel contacto que hizo que su piel se erizara, era agradable y se sentía bien, demasiado, pensó. Por mero instinto, sus pies se movieron hacia delante y dejó que su cuerpo se recostara sobre el de Seifer, sintiendo como la mano de él la rodeaba con mas seguridad.
- No bromeo -dijo con voz ronca mientras se encorvaba levemente para acercarse a la cara de Quistis-.
El corazón de la muchacha rubia comenzó a latir con fuerza cuando escuchó la voz de Seifer decir aquello. Se encontraba entre los brazos de aquel soldado y solo pensaba en besarlo. Sin duda alguna Seifer le atraía, se estaba intentando engañar a sí misma por ser quien era él y poco le iba a importar los comentarios que empezarían a circular sobre el traidor del jardín y la joven instructora.
Sin pensárselo un segundo más decidió dejarse llevar, tal vez se equivocaba y Seifer les estaba traicionando de nuevo, aunque su intuición le decía lo contrario. Pero justo en el momento en que sus labios iban a juntarse, alguien llamó a la puerta.
Quistis se apartó bruscamente y volviendo a la realidad, corrió hacia la puerta. Durante un segundo se preguntó qué demonios estaba haciendo y para nada se paró a pensar en las consecuencias de que Seifer estuviese allí, sin camiseta y recién levantado, así que abrió la puerta.
Selphie se coló en la habitación con rapidez sin que Quistis pudiera si quiera, saludarla. Empezó a hablar rápidamente, como tenía costumbre, pero su voz se acalló de repente cuando se encontró de frente con Seifer.
Quistis cerró la puerta irritada y masajeó sus sienes en un intento de no perder la calma. Parece que todo se estaba complicando más de lo necesario y tendría que dar alguna que otra explicación.
En cuanto Seifer vio a aquella pequeña chica, rodó los ojos hacia el techo y con un sonoro suspiro, se dejó caer en la cama, desde luego aquello se estaba poniendo interesante.
- Que… que… ¿qué hace él aquí? –balbuceó señalándolo directamente mientras miraba confusa a Quistis-.
Quistis resopló e intentó explicarse.
- Aunque suene a tópico…
- ¡Ya! No es lo que parece… ¿no? - se adelantó a decir-. Pues ya me explicarás, él desnudo, tu… tu… así… -decía alterada señalando de arriba a abajo a Quistis-.
- ¡Oye pequeñaja, no estoy desnudo! –apuntó desde la cama mientras observaba la escena divertido-.
- Seifer, así no ayudas –sentenció Quistis con seriedad-. Selphie cálmate, por favor. Ayer por la noche… él… bueno, le atacaron, se desmayó en mi habitación y le curé la herida del pecho, eso es lo que ha pasado ¿vale? –resumió todo lo que pudo, rezando para que Selphie la creyese-.
- Vale, vale… lo que vosotros digáis -dijo con resignación-.
Quistis hizo un gesto de frustración viendo que su amiga no la estaba creyendo, así que cogiendo una silla cercana se sentó al lado de la cama y clavó la mirada en Seifer quien parecía divertirse con esa situación.
- Seifer ¿me puedes explicar de una vez, lo que pasó anoche? –preguntó mirando al muchacho-.
Seifer se recolocó en la cama y se dispuso a hablar. La verdad que le hubiera gustado seguir con esa broma, pero creyó que ya era suficiente, ahora que había conseguido cierto acercamiento con Quistis, no quería alejarla de nuevo de su lado.
- Digamos que tuve un encuentro poco amistoso con esos tres. Saben que destruí el colgante y…
- ¿Sabes que por tu culpa ellos son capaces de estar aquí sin problemas? –interrumpió de pronto Selphie quien se encontraba de pie junto a la silla de Quistis-.
Seifer se quedó con la boca levemente abierta, intentó decir algo, pero sus palabras no salieron. Su mirada, más que confusa, se paseó entre ambas jóvenes, no entendía nada.
- ¿De qué está hablando? –preguntó dirigiéndose a Quistis-.
Ésta suspiró y masajeó sus ojos bajo las gafas. Ni siquiera había tenido tiempo de explicarle nada de lo que habían estado hablando la tarde anterior con Laguna y Edea.
- Ayer en nuestra reunión de "Boy Scouts" -apuntó con sarcasmo-, Laguna y Edea nos contaron que el colgante que llevabas es un vínculo entre su mundo y el nuestro -la mujer se calló durante unos instantes-, por eso pueden estar en varios sitios a la vez y…
- ¡Espera, espera! -interrumpió el chico realmente confundido-, yo… no tenía ni idea… de verdad, ellos nunca me dijeron…
- ¡Da igual! -exclamó esta vez Selphie con genio-, ¡tú nunca piensas en las consecuencias! ¿verdad? -continuó acercándose más a Seifer-.
- ¡Cállate! –gritó levantándose con furia de la cama-.
- ¡Ya vale!, ¡parad los dos!, por favor –gritó la instructora poniéndose entre ambos-. Necesitamos un plan, aún no sabemos que quieren de Rinoa, pero…
- Se la llevarán en el baile… -dijo de pronto Seifer cabizbajo-.
Quistis y Selphie desviaron sus ojos hasta el chico sin saber si habían escuchado bien.
- ¿Qué? –preguntó Quistis acercándose a él mientras lo cogía del brazo-, ¿qué has dicho? -continuó zarandeando al joven levemente-.
Seifer la miró muy fijamente y la chica rubia leyó miedo en aquellos ojos verdes.
- Ayer, cuando me atacaron en el área de entrenamiento, me dejaron inconsciente, pero entre el desconcierto, pude escuchar algo de su conversación, aunque no podía mover un solo músculo –explicaba mientras se paseaba por la habitación bajo la atenta mirando de las dos muchachas-. Los oí decir que se la llevarán en el baile y que esta vez no fallarán –acabó diciendo-.
Ambas mujeres cruzaron miradas de preocupación y no supieron que decir. Ahora sí que debían planear algo y rápido.
- Debemos darnos prisa y pensar algo cuanto antes -comentó el chico bajo la sorpresa de Quistis y Selphie-. De pronto Seifer parecía… normal.
- ¡Tienes razón! Iré a decírselo a los demás y hay que avisar también a Laguna… y Edea… y… -comenzó a decir con algo de agobio dirigiéndose a la salida- Nos vemos luego.
Selphie desapareció mientras Seifer y Quistis la seguían con la mirada.
Ambos jóvenes se quedaron en silencio hasta que Seifer carraspeó de manera nerviosa intentando romper la incomodidad del momento.
- Será mejor que yo también me vaya –dijo mientras recogía su camiseta que se encontraba sobre la cama-.
Observó que tenía sangre a la altura del pecho y haciendo un mohín, acabo poniéndosela. Esperaba no encontrarse con demasiada gente hasta que llegase a su habitación. Mientras se dirigía hacia la puerta, observó a Quistis, quien se mantenía alejada unos pasos de él. Deseó con todas sus fuerzas abrazarla y no salir de esa habitación en todo el día, pero estaba claro que no era el momento.
- ¿Pasa algo?
La voz de la muchacha lo sacó de sus pensamientos y simplemente la sonrió de una manera que Quistis no había visto jamás. Él, simplemente, parecía amable.
- De repente, estás muy raro -siguió hablando Quistis-.
Seifer necesitaba decirle algo, pero tampoco sabía si debía hacerlo ¿acaso importaba? El chico dejó escapar un sonoro suspiro y se llevó las manos a la cabeza desordenando su pelo, en un intento de mantener la calma.
Quistis se acercó hasta él y sin dudar, apoyo una de sus manos sobre la mejilla de él, quien algo sorprendido, la miró con los ojos muy abiertos.
- ¿Qué ocurre, Seifer?
- No es nada -dijo mientras se acercaba a la puerta para marcharse de allí-.
Pero Quistis lo detuvo reteniéndolo del brazo.
- Seifer…
El chico rubio se giró de nuevo hacia ella y agachó la cabeza sin saber cómo soltar eso que lo devoraba por dentro.
- Quistis… ellos… -comenzó a decir mientras sentía como su voz se apagaba-, esos tres van a… matarme -comentó sin más-.
La instructora escuchó aquellas palabras, pero no fue hasta pasado unos segundos, que consiguió asimilarlas.
- Lo escuché cuando estaba semi inconsciente, cuando todo termine, ellos me matarán, ya no me necesitan.
Quistis se quedó callada, sin saber que decir. Oyó la voz de Seifer y su cabeza comenzó a dar vueltas, con todos sus pensamientos acelerándose sin control, creando un pequeño caos en su mente.
- ¡No lo harán! -exclamó-, ¡lucharemos y tú también lucharás! –siguió diciendo de manera atropellada buscando la mirada del chico-. ¿Verdad?... ¿Seifer?
Éste la miró muy fijamente y sonriéndola con ternura, acarició su mejilla.
- Me temo que no…
Quistis lo miró muy confusa, sin entender que quería decir.
- Llevo su marca y pueden hacer conmigo lo que quieran, de hecho… ayer… casi lo hacen… -dijo abatido-. Me dejaron vivir porque aún me necesitan y te aseguro que fui incapaz de defenderme una sola vez –explicó recordando el momento-. Son demasiado fuertes –declaró finalmente mirando de nuevo a la joven quien no pudo evitar que se le escapara una lágrima solitaria-.
Quistis limpió esa lágrima intentando disimular, pero lo que acababa de decir Seifer, tal vez tenía sentido, ¿por qué iban a dejarle con vida?
- ¿Estás llorando?, ¿por mí? –sonrió él-.
La mujer le propinó un golpe en el hombro.
- ¿Te estás rindiendo? -preguntó ella con la voz algo quebrada-.
Seifer la volvió a mirar y la ternura que le trasmitió, fue suficiente para no decir nada más y simplemente, cogerla de la muñeca y esconderla en su pecho.
Quistis, durante unos segundos, se quedó muy quieta. Podía sentir los fuertes brazos rodearla a la altura de la cintura y después, la cara de él esconderse en su cuello. Los cálidos labios rozaron la fina piel del cuello y aquello provocó que toda su piel se erizara de nuevo. Fue entonces cuando llevó sus brazos hasta el cuello de Seifer y lo rodeó con todas sus fuerzas. De repente, no quería dejar que ese chico se fuera de allí, era demasiado agradable estar entre esos brazos, que jamás pensó que pudiera otorgarle tanta protección y bienestar.
Cuando Seifer notó como aquel abrazo era correspondido, todo su cuerpo se relajó. Se sentía bien, se sentía en paz, como si toda esa rabia con la que convivía a diario desapareciese de un plumazo.
- Debería irme ya -dijo Seifer con la voz algo ronca mientras deshacía el abrazo-.
- Prométeme que no te rendirás, tú no eres así -comentó ella viendo como abría la puerta para macharse-.
El muchacho rubio se giró hacia ella y volvió a sonreírla. Entonces se acercó de nuevo y la besó en la frente. Sus labios se quedaron allí durante unos segundos, disfrutando de la calidez de esa mujer. Sintió las manos de ella acariciar su espalda y sin pensarlo demasiado, en un gesto totalmente natural, abandonó su frente y la besó de manera fugaz en los labios y sin decir nada más, salió de la habitación.
Quistis se quedó allí quieta con la puerta de su habitación entreabierta y viendo desparecer a Seifer. Sus dedos viajaron despacio hasta sus labios donde aún podía sentir los de Seifer y tras cerrar la puerta, una sonrisa algo tonta se dibujó en su cara. Entonces reparó en las hojas que había encima de su mesa y que pertenecían a misiones pasados, y se dispuso a repasarlas. Iba a encontrar un plan, no dejaría que Seifer muriera, como tampoco dejaría que se llevasen a Rinoa.
Notitas…
Y otro capítulo, bueno espero que os esté gustando y no os parezca demasiado aburrida o que me estoy alargando. No quiero que parezca que las escenas están ahí por que sí. Gracias por leer y hasta la próxima.
Nancyriny: Eeeyy! Te echaba de menos, jeje. ¡Ya sé que los lees, don't worry! Espero que te esté gustando. Y si, poco a poco se viene lo bueno. Yo diría que en un par de capis. Y como siempre…
¡Gracias por tu apoyo incondicional!
