Parte 2 – Capitulo 2: El despertar en un nuevo mundo

Elizabeth mantenía la mirada en el horizonte, donde las estrellas aún brillaban en el cielo nocturno. La luna llena arrojaba su tenue luz sobre la vasta planicie bajo ellos, realzando los contornos de colinas y ríos. El viento rugía a su alrededor, y aunque sus alas permanecían retraídas, sentía que formaba parte de aquel vuelo gracias al firme y seguro agarre de su señor. Él la sostenía como si su peso no representara ningún esfuerzo, su silueta imponente recortándose con el brillo de la luna.

'Estoy aquí… realmente estoy aquí.'

Por primera vez, podía acompañar al señor Lumiel en una aventura, más allá de las paredes doradas del Salón. Ya no era solo una observadora atrapada en un rincón de Glitnir, esperando pacientemente su regreso. Ahora podía estar a su lado, recorriendo un mundo que se extendía más allá de cualquier cosa que hubiera imaginado.

'Gracias, Diosa Ariane.' pensó, cerrando los ojos por un instante mientras una cálida emoción llenaba su pecho. Desde el fondo de su corazón, agradecía a la deidad por concederle la oportunidad de estar junto a su señor.

Su mente volvió a los eventos recientes, repasando cada momento como si quisiera grabarlos en su memoria para siempre. El abrazo inesperado que su creador le había dado después de consolarla seguía tan fresco que casi podía sentir el reconfortante calor de sus manos enguantadas en su espalda. Nunca había experimentado algo así; no en todos los años que había servido con devoción silenciosa.

'El señor Lumiel es tan amable'

Elizabeth bajó la mirada hacia sus manos, cubiertas por guantes que apenas lograban esconder el ligero temblor que comenzaba a invadirlas. No sabía si era por el frío que se filtraba a través de su ropa o por los nervios al reflexionar sobre todo lo que había ocurrido en las últimas horas. A pesar de confesar haberle fallado, su creador no la había castigado ni mostrado desprecio. En lugar de eso, había aceptado los Brazaletes de Atlas, agradeciéndole con una calidez que ella nunca había creído merecer.

Se mordió ligeramente el labio, conteniendo las lágrimas que amenazaban con brotar nuevamente.

'No soy digna… no después de haber fallado en proteger lo que tanto apreciaba…'

Recordaba con dolor las incontables veces que había acompañado a su señor a contemplar los tesoros que él guardaba celosamente. Cada estatua, cada objeto, estaba impregnado de recuerdos de las aventuras que había compartido con sus amigos. Ella siempre lo había observado mientras hablaba, relatando historias que sabía de memoria, pero que repetía con un brillo especial en sus ojos.

Entre todos, dos nombres destacaban siempre en sus relatos. La señorita Rin y el señor Madra.

El recuerdo de su otra creadora, la señorita Rin, provocó un nudo en su garganta. Al principio, Elizabeth había sentido una punzada de enojo hacía ella por haber dejado solo al señor Lumiel. Pero luego, en una de sus muchas historias, su creador le había explicado todo: la señorita Rin había partido debido a una enfermedad que ni siquiera ella, una maestra en la magia divina, podían curar.

"Cuida de Lumi, ¿sí? Él es amable, pero a veces puede ser un poco testarudo…"

Elizabeth cerró los ojos mientras aquellas últimas palabras de su creadora resonaban en su mente. Era su deber cumplir esa petición, no solo porque era su obligación, sino porque quería ser digna de ambos: de la señorita Rin y del Señor Lumiel.

Alzó la vista hacia él, observándolo en silencio mientras sus pensamientos se acomodaban en su mente. A pesar de todo lo que había ocurrido, él se mantenía imponente y sereno. Sus alas resplandecían bajo la luz de la luna, y su figura parecía desafiar al viento que azotaba su armadura.

'Un verdadero ángel' pensó, sintiendo una mezcla de admiración y gratitud.

El paisaje bajo ellos era un vasto mosaico de sombras y luces plateadas. A pesar de su asombro, Elizabeth no pudo evitar notar el frío creciente que se colaba por su ropa y hacía temblar ligeramente sus extremidades.

Intentó ocultarlo lo mejor que pudo, apretando los dientes y permaneciendo en silencio mientras se aferraba con fuerza a su creador. No quería ser una carga y un estorbo para su señor, no después de todo lo que él ya había hecho por ella. Sin embargo, cuando el señor Lumiel giró la cabeza hacía ella, con sus ojos brillando con un dorado cálido tras el yelmo alado, supo que había fallado en ocultar su incomodidad.

—Elizabeth ¿te encuentras bien? —preguntó con su voz profunda y serena, esa que siempre lograba calmar su corazón.

Ella se apresuró a asentir con la cabeza.

—¡S-sí, señor Lumiel! Estoy perfectamente bien, no se preocupe por mí.

Sin embargo, los temblores que recorrían su cuerpo eran una traición evidente a sus palabras. El señor Lumiel inclinó ligeramente la cabeza hacia ella, como si estuviera evaluando sus palabras, y comenzó a reducir la velocidad de su vuelo.

—No necesitas ocultarlo. Descansaremos un momento.

Elizabeth abrió los ojos, sorprendida, mientras su señor comenzaba a buscar un lugar adecuado para aterrizar. Sus palabras, simples pero llenas de consideración, hicieron que su pecho se llenara de calidez. Una vez más, le recordaron por qué estaba tan agradecida de tener a alguien como él como su creador.

'Señor Lumiel… Gracias.'


El aire frío de la noche envolvía a Alex mientras continuaba su vuelo sobre el vasto cielo. Las alas a su espalda batían con un ritmo constante, generando corrientes de aire que sentía fluir alrededor de su cuerpo. Después de horas en el aire, ya no le resultaban extrañas; sin embargo, aún no podía decir que se hubiera acostumbrado del todo a la sensación.

'El movimiento es tan… natural.'

pensó mientras observaba cómo respondían a sus pensamientos, como si siempre hubieran formado parte de su cuerpo. La primera vez que las movió, lo había hecho con cierta torpeza, pero ahora, cada aleteo se sentía tan instintivo como respirar.

En Yggdrasil, volar era solo una mecánica más del juego, un comando que ejecutabas para desplazarte en un espacio tridimensional. Aquí, el vuelo era algo diferente, casi visceral. Cada impulso de sus alas requería ajustes sutiles, cada movimiento generaba un impulso en el aire, y cada giro demandaba precisión. Pero esa sensación de control, de libertad, era algo que nunca había experimentado antes, ni en el juego ni en la realidad.

'Asi debía sentirse un ave,' reflexionó, dejando que una pequeña sonrisa curvara sus labios debajo de su yelmo.

Su mirada descendió hacia el mundo bajo él. Los árboles se alzaban como guardianes inmóviles, envueltas en sombras profundas bajo la luz de la luna. Las colinas ondulaban suavemente, y los ríos resplandecían como hilos de plata líquida que se extendían hasta el horizonte.

'Es hermoso.'

pensó mientras un eco de melancolía cruzaba su mente. El planeta que había dejado atrás no se parecía en nada a esto. La tierra había sido devorada por la codicia de las corporaciones, envuelta en un cielo perpetuamente gris, contaminado y vacío de estrellas. Aquí, en cambio, el aire era puro, y cada rincón del paisaje parecía inmaculado, como si la humanidad nunca hubiera puesto un pie en él.

Suspiró y volvió su atención hacia un punto distante en el horizonte. Algo pequeño, casi imperceptible, captó su interés. Casi por instinto, su visión se ajustó, acercando los detalles con una precisión que aún le resultaba sorprendente. Era como si estuviera manejando una cámara de super alta resolución con solo pensarlo.

Había descubierto esta habilidad durante las primeras horas de su vuelo, utilizándola para inspeccionar estructuras, caminos y formas desde una distancia segura. Incluso ahora, no podía evitar maravillarse ante la claridad con la que podía percibir el mundo.

'Esto va más allá de cualquier mecánica que hubiera en el juego. Es… impresionante,' se dijo mientras observaba una formación rocosa en la distancia. A pesar de su asombro, no podía evitar sentirse como un novato enfrentándose a un mundo nuevo.

'Es fascinante… y abrumador.'

Justo cuando comenzaba a perderse nuevamente en sus pensamientos, un ligero temblor en sus brazos lo devolvió a la realidad. Bajó la mirada hacía Elizabeth, quien permanecía en sus brazos, aferrándose con fuerza. Al principio, pensó que era solo la tensión natural de volar a tales alturas, pero al observar con más detenimiento, notó algo que antes había pasado por alto.

Pequeños espasmos recorrían su cuerpo, y aunque ella intentaba ocultarlo, Alex podía sentir cómo su postura se volvía más rígida a cada momento.

'¿Está temblando? No, esto no es normal.'

De inmediato, comprendió lo que ocurría. Mientras él apenas percibía el aire frio de las alturas como una brisa refrescante, Elizabeth no compartía sus mismas protecciones ni su nivel. Ella no era más que una Elementalista de nivel 40, y su equipo actual no ofrecía más defensa que la de un simple adorno.

Frunció el ceño, reprendiéndose en silencio.

'Un error tan básico… ¿Cómo no me di cuenta antes?'

Reduciendo la velocidad de su vuelo, Alex comenzó a buscar un lugar donde aterrizar.

—Elizabeth, ¿te encuentras bien? —preguntó, su voz profunda cargada de preocupación.

—¡S-sí, señor Lumiel! Estoy perfectamente bien, no se preocupe por mí. —respondió rápidamente, con un tono que intentaba sonar firme.

Alex no necesitaba más pruebas para saber que estaba mintiendo.

—No necesitas ocultarlo. Descansaremos un momento.

Ella lo miró sorprendida, pero no intentó discutir.

El descenso fue suave y calculado. Alex buscó la formación rocosa que había divisado antes desde las alturas, un lugar que parecía lo suficientemente aislado y seguro como para descansar. Las alas se plegaron tras su espalda con un movimiento fluido, como si respondieran directamente a su voluntad, mientras sus botas se hundían ligeramente en el suelo cubierto de musgo.

Con cuidado, bajó a Elizabeth, asegurándose de que pudiera mantenerse en pie. La notó tambaleante al principio, pero pronto logró estabilizarse. Sus ojos, ligeramente bajos, no podían ocultar la mezcla de gratitud y vergüenza que sentía.

—Primero, ocupémonos de ti —dijo Alex con calma, su tono firme pero carente de reproche. Elizabeth levantó la vista con sorpresa, como si no esperara esa prioridad. —El aire frío es una molestia que no deberías soportar más.

Mientras hablaba, su mente ya estaba enfocada en resolver el problema. Recordó el momento en que había almacenado los [Brazaletes de Atlas] en su inventario. Había sido algo instintivo, casi natural, como un reflejo que no requirió de la interfaz del HUD de Yggdrasil.

'Quizás sacarlos funciones de la misma manera,' pensó, cerrando los ojos un instante mientras concentraba su pensamiento en su inventario. Un leve brillo dorado comenzó a materializarse frente a su mano, formando un pequeño vórtice de energía etérea. Una sonrisa de satisfacción cruzó su rostro mientras introducía la mano en él, como si atravesara una fina capa de agua.

La sensación era extraña pero tambien intuitiva. No había una lista visual de objetos desplegada ante él como en el juego. En cambio, una corriente de información fluía a su mente, mostrándole con claridad todo lo que contenía su inventario. Era un conocimiento inherente, como si siempre hubiera sabido lo que estaba ahí.

Buscó entre los objetos hasta que encontró lo que necesitaba: el [Manto de la Naturaleza]. Era uno de los pocos ítems en su inventario que no requería de clases o niveles específicos para ser utilizado, permitiendo que incluso un nivel 1 pueda equiparlo sin penalizaciones. Este ítem otorgaba protección contra los elementos naturales como el frío glacial de Niflheim o el calor abrazador de Muspelheim.

Aunque era ineficaz en combate debido a su carente defensa contra ataques elementales mágicos o habilidades convocadas, era popular entre los jugadores de nivel medio ya que era un ítem perfecto para soportar las condiciones ambientales adversas que se encontraban en los nueve mundos.

Su mano emergió del vórtice dorado con el objeto en cuestión, una capa de tela blanca forrada con un material cálido y rematada con un bordado extravagante que rodeaba la capucha. La prenda emitía un leve resplandor, apenas perceptible, pero lo suficiente para sugerir su naturaleza encantada.

—Toma esto —dijo, extendiendo el manto hacia Elizabeth. —Es un ítem que ofrece resistencia contra los elementos. Ahora no tendrás que preocuparte por el frío o el calor mientras lo uses.

Elizabeth tomó la capa con cuidado, como si sostuviera un tesoro. Su expresión se iluminó por un instante, pero luego bajó la mirada nuevamente.

—Señor Lumiel… no debería… —empezó a decir, pero Alex levantó una mano para detenerla.

—No te preocupes. Este ítem no me es necesario ahora. En cambio, tú lo necesitas más que yo. Póntelo.

Obediente, Elizabeth se colocó la capa, ajustándola con torpeza al principio, pero finalmente logró acomodarla alrededor de sus hombros. Inmediatamente, sus temblores comenzaron a cesar, y una ligera sonrisa curvó sus labios mientras su cuerpo se relajaba.

Alex observó el efecto con satisfacción mientras sus ojos se detenían por un momento en la sonrisa de Elizabeth. Verla relajarse, aunque fuera ligeramente, derritió algo en su interior. No era una emoción que pudiera explicar fácilmente, pero sabía que no tenía nada que ver con romanticismo; más bien, era una sensación familiar a la de ver a alguien que habías jurado proteger finalmente encontrar algo de paz.

Sin embargo, tambien sentía una punzada de insatisfacción. Si bien el [Manto de la Naturaleza] parecía funcionar como en el juego, sabía que eso era lo mínimo que podía ofrecerle en este momento. Gran parte su inventario había quedado atrás, entregado a Elizabeth para organizarlo cuando abandonó su tesoro. Él solo había conservado los objetos necesarios para una incursión a gran escala, junto con unos pocos ítems utilitarios como este manto y los que había recogido tras la derrota de Garm.

Más allá de eso, la mayoría de lo que aún llevaba consigo estaba restringido por niveles o clases específicas, volviendo gran parte de su arsenal inservible para ella.

'Esto deberá servir por ahora,' pensó mientras apartaba la mirada, 'pero necesito más información sobre este mundo y sus sistemas. No puedo depender únicamente de lo que traje conmigo.'

Con ese pensamiento en mente, volvió su atención al entorno. Las formaciones rocosas ofrecían un refugio decente, y aunque ya había inspeccionado los alrededores desde el aire, no estaba de más verificar nuevamente. Además, tenía que decidir su próximo movimiento basándose en toda la información que había recopilado durante el tiempo que estuvo en el aire.

Mientras caminaba por los alrededores de la formación rocosa, Alex permitió que sus pensamientos se organizaran, repasando todo lo que había visto durante las horas de vuelo. El primer recuerdo que surgió en su mente fue la muralla, aquella colosal estructura que había captado su atención al principio.

Lo que al inicio parecía ser una simple pared de piedra terminó revelando una complejidad que lo dejó intrigado. No era una muralla única, como había supuesto en un principio, sino tres enormes barreras separadas, unidas entre sí de manera estratégica. Estas líneas defensivas formaban una fortificación que se extendía más allá de donde alcanzaba la vista. A pesar de haber intentado seguir su longitud desde las alturas, nunca llegó a ver su final, como si la muralla fuera infinita.

'¿Qué tipo de amenaza justificaría una construcción así?' pensó, sus alas agitándose ligeramente en un reflejo involuntario mientras caminaba.

Sin embargo, lo que más llamó su atención no fue la muralla en sí, sino una interrupción en su flujo continuo e interminable: una fortaleza.

Este bastión, ubicado en lo que Alex asumió era un punto estratégico, sobresalía por su tamaño y diseño robusto. Desde su posición aérea, había notado un camino de tierra que cruzaba tanto la muralla como la fortaleza, llevándolo a concluir que este lugar funcionaba como una especie de puesto de control o entrada al interior.

Más intrigante aún fue la actividad que percibió en los alrededores de la fortaleza.

A pesar de la distancia, su visión mejorada le permitió distinguir figuras humanas patrullando las cercanías. Personas… no, humanos. Ese detalle lo había desconcertado más de lo que esperaba. Hasta ese momento, no tenía evidencia concreta de la existencia de otras razas en este mundo, pero la presencia exclusiva de humanos levantó una señal de advertencia en su mente.

En Yggdrasil, los jugadores con avatares heteromorfos, como él, habían enfrentado constantes amenazas de cacería por parte de aquellos con razas humanoides. Esa mecánica del juego había incentivado un conflicto inherente: los jugadores humanoides no sufrían penalizaciones por atacar a los heteromorfos, al contrario, eran recompensados con mayor experiencia y caída de botín, lo que los convertía en objetivos recurrentes.

'Si este mundo comparte similitudes con el juego, podría estar en peligro por mi raza y apariencia,' pensó con una mezcla de precaución y frustración. Aunque los ángeles, como raza, eran tolerados en ciertos círculos de jugadores al ser considerados "Buenos", seguían siendo heteromorfos, lo que no garantizaba aceptación.

Su preocupación también se extendía hacia Elizabeth. Mientras él podía ocultar su naturaleza mediante su equipo y habilidades, ella no tenía esa opción ya que fue creada de esa forma. Su apariencia y raza, claramente heteromorfa, podrían atraer aún más problemas.

A medida que sus pensamientos giraban en torno a la fortaleza, recordó otro detalle crucial: los humanos que la patrullaban. Desde la distancia, su equipo no parecía destacar, Armaduras ligeras hechas cuero oscuro y arcos colgados a sus espaldas componían su vestimenta. Todo tenía un aire rudimentario, de muy baja calidad en comparación con lo que estaba acostumbrado a ver en Yggdrasil.

'Pero no puedo confiarme,' pensó, entrecerrando los ojos mientras repasaba nuevamente la escena. En el juego, muchos jugadores disfrazaban su equipo poderoso con apariencias comunes para engañar a sus enemigos. Él mismo había utilizado esa táctica, haciendo que su armadura de nivel divino pareciera estar hecha de materiales corrientes como la plata mientras ocultaba sus verdaderas propiedades.

'Es una estrategia rastrera, pero efectiva,' admitió internamente. No podía basar sus evaluaciones únicamente en lo que veía. Este mundo podía ser tan engañoso como lo era Yggdrasil, y asumir lo contrario sería un error que no podía permitirse.

La muralla, la fortaleza y sus integrantes representaban una civilización algo avanzada para los estándares medievales. Sin embargo, su existencia también sugería peligros lo suficientemente graves como para justificar semejantes defensas. Aunque había considerado la posibilidad de acercarse para obtener más información, decidió que no valía la pena arriesgarse. Aún no conocía el alcance de su poder en este mundo ni las posibles amenazas que podría enfrentar si era descubierto.

'Tendré que mantenerme en las sombras por ahora,' concluyó mientras regresaba lentamente al refugio provisional, dejando que la imagen de la muralla y la fortaleza se desvaneciera de su mente, al menos temporalmente.

Mientras regresaba hacia la formación rocosa, Alex dejó que su mente revisara otros aspectos clave de lo que había visto durante el vuelo: las aldeas.

Tras seguir con la vista los caminos de tierra que partían desde la fortaleza en la muralla, había encontrado pequeños asentamientos desperdigados por el paisaje. A pesar de la distancia que los separaba, el patrón era evidente: Las aldeas parecían estar cuidadosamente distribuidas, casi como si hubieran sido diseñadas para minimizar riesgos en lugar de maximizar su conectividad.

'Están demasiado lejos unas de otras,' pensó, recordando cómo le había tomado algo de tiempo notar el siguiente asentamiento después de ver el primero. Aunque no podía estar seguro, la disposición le sugería un intento deliberado de mantener las aldeas aisladas. ¿Tal vez los humanos de este mundo enfrentaban amenazas constantes y preferían limitar las pérdidas en caso de un ataque? Eso explicaría el uso de la muralla, aunque tambien su falta de efectividad…

A pesar de su curiosidad, no se había atrevido a descender lo suficiente como para ver a sus habitantes. Sin embargo, los indicios de vida eran inconfundibles: humo saliendo de las chimeneas, ventanas ocasionalmente iluminadas y huellas en los senderos que llevaban a los cultivos cercanos.

'Al menos esto confirma que no son pueblos abandonados,' reflexionó, cruzándose de brazos mientras caminaba por el refugio rocoso. Pero algo le inquietaba. ¿Por qué no había visto ninguna figura humana o guardia de algún tipo? Si bien era lógico que estuvieran descansando a esas horas de la noche, lo ideal hubiese sido tener patrullas alrededor que alertaran de peligros.

El aire nocturno había facilitado su exploración desde las alturas, permitiéndole observar sin ser detectado. Sin embargo, esa ventaja también le impedía captar detalles más sutiles. ¿Qué tipo de vida llevaban en esas aldeas? ¿Estarían acostumbrados a la presencia de extranjeros? ¿Cómo reaccionarían ante un ángel de más de 8 pies(2,50 metros) y a una pequeña dragonoid?

'Demasiadas preguntas y pocas respuestas,' pensó con frustración, dejando escapar un suspiro. Si quería descubrir más, tendría que acercarse a uno de estos asentamientos en algún momento. Pero hacerlo sin información previa seguía siendo demasiado arriesgado.

El sonido de algo arrastrándose lo sacó de sus pensamientos al llegar al refugio. Al voltear hacia donde había dejado a Elizabeth, la encontró luchando con una roca de tamaño considerable. Alex frunció ligeramente el ceño, preguntándose qué estaba intentando hacer, hasta que su mirada captó el círculo de piedras que había armado y las ramas apiladas en el centro. Parecía estar improvisando un campamento.

La escena lo hizo detenerse por un momento. Elizabeth había recogido ramas y hojas secas, formando un improvisado montón en el centro del círculo de rocas. Además, había arrastrado una piedra más pequeña que claramente pretendía usar como asiento, y ahora estaba teniendo un enfrentamiento desigual con una roca mucho más grande, probablemente destinada para él.

Alex dejó escapar un leve suspiro. La idea de hacer una fogata al aire libre no le parecía prudente. Las llamas podían atraer la atención de cualquier cosa que estuviera en las cercanías, y él aún no tenía información suficiente sobre los peligros que podrían acechar en este mundo. Sin embargo, tampoco podía ni queria ignorar el esfuerzo de Elizabeth. Era un gesto simple, pero que demostraba lo mucho que se esforzaba por ser útil, algo que él no podía despreciar.

'No puedo tirar su esfuerzo a la basura,' pensó, dejando que una leve sonrisa se formara bajo su yelmo.

Se acercó a ella con calma, observando cómo luchaba para mover la roca, que apenas lograba desplazar unos centímetros con cada intento.

—¡S-Señor Lumiel! —exclamó Elizabeth al percatarse de su presencia. Su voz traía una mezcla de sorpresa y vergüenza mientras se alejaba de la pesada roca. Intentó decir algo, pero Alex levantó una mano y le dio unas suaves palmaditas en la cabeza.

—Buen trabajo, pero déjame encargarme de esto —dijo con tranquilidad, señalando con la cabeza que volviera al círculo de piedras.

Elizabeth se inclinaba tímidamente, regresando al pequeño campamento mientras Alex se inclinaba para tomar la roca. Al hacerlo, notó algo peculiar: levantarla no le supuso el menor esfuerzo. Parecía tan ligera como una pluma en sus manos.

'Esto…' pensó, observando la roca mientras la llevaba hasta el círculo y la colocaba junto a la de Elizabeth. 'Definitivamente necesito explorar más las capacidades de este cuerpo.'

Una vez que todo estuvo dispuesto, Alex se sentó en la piedra más grande y miró el círculo de ramas en el centro. Encender una fogata sería sencillo si usara alguna de sus habilidades de fuego sagrado, pero no sabía si estas funcionaban de la misma forma que en Yggdrasil. Además, el riesgo de provocar un incendio accidental era demasiado alto.

Tras un momento de reflexión, desvió su mirada hacia Elizabeth.

—¿Puedes encenderlo? —preguntó, ocultando su ligera incomodidad tras su tono calmado.

Elizabeth, claramente emocionada por la petición, se mostró vigorosamente. Se inclinó hacia la pila de ramas y, con un suave soplido, dejó escapar una pequeña llamarada controlada de su boca. Las llamas encendieron la fogata al instante, creando un calor reconfortante que empezó a llenar el pequeño refugio.

Alex observó el fuego con calma, dejando que el sonido crepitante llenara el silencio del refugio. Las llamas danzaban con una calidez que parecía envolverlo, y su mente, por un momento, se perdió en recuerdos de un pasado lejano.

La escena le recordaba a los momentos que solía describir en sus historias. Héroes compartiendo palabras alrededor de una fogata, hablando de sus sueños, sus miedos y los momentos que los definieron. El calor de las llamas, y la comida improvisaba habían sido un símbolo de camaradería, un respiro en medio de aventuras llenas de peligro.

Pero aquello era ficción. En su realidad, la tierra que conocía había perdido esas escenas hacía mucho tiempo. El mundo de 2138 no tenía lugar para campamentos bajo cielos estrellados o para historias narradas alrededor de fogatas. La contaminación, las lluvias ácidas y el miasma tóxico habían destruido cualquier vestigio de esa libertad. Todo se había convertido en un constante refugio en interiores o en trajes herméticos para sobrevivir en el exterior.

Sin darse cuenta, dejó escapar un pensamiento en voz alta:

—Esto me recuerda a las noches de fogata… y malvaviscos.

Elizabeth, quien estaba sentada cerca del fuego, levantó la cabeza con curiosidad. Tras un breve momento de reflexión, abrió su inventario y sacó dos pequeñas bolsas moradas decoradas con calaveras y calabazas, sus manos temblando ligeramente con nerviosismo mientras las extendía hacia Alex.

—Señor Lumiel… esto es algo que la señorita Rin me otorgo. No sé si serán de su agrado, pero… —dijo con timidez, sus ojos bajos y voz cargada de inseguridad.

Alex tomó una de las bolsas, reconociendo de inmediato el ítem. Era parte de las recompensas aleatorias de las gachas del evento de Halloween en Yggdrasil. Aunque carecían de utilidad real para los jugadores, estas bolsas generaban galletas con efectos cosméticos menores que los jugadores solían usar por diversión o roleo.

—Gracias, Elizabeth, —respondió con suavidad, quitándose el yelmo y colocándolo con cuidado junto a su asiento improvisado.

La brisa nocturna acarició su rostro, revelando su aspecto inhumano bajo la tenue luz del fuego. El exoesqueleto liso y blanco de su cabeza, con sus cuatro comisuras oculares que brillaban con un resplandor dorado, reflejaba un aura angelical y alienígena. Aunque Alex no era del todo consciente de cómo su nuevo cuerpo era percibido por otros, la reacción de Elizabeth fue de pura admiración y no de miedo.

Sin esperar demasiado, Alex abrió la bolsa y sacó una galleta con forma de calabaza decorada con glaseado anaranjado. La observó con una mezcla de curiosidad y nostalgia antes de tomar un pequeño bocado. Para su sorpresa, el sabor era dulce y agradable, como si estuviera disfrutando algo que solo estaba reservado para los ricos y nunca pudo permitirse en su mundo.

Elizabeth, notando su aprobación, sacó otra galleta de su propia bolsa, animada por la idea de compartir el momento con su señor.

Sin embargo, Alex no tardó en sentir cómo su mente regresaba a los detalles de lo que había visto durante el vuelo. La fortaleza, las aldeas y los caminos todavía rondaban sus pensamientos, pero había una última cosa que había captado su atención: un sendero de piedra más ancho que conectaban todos los caminos de tierra.

A diferencia de las vías de tierra que conectaban los pequeños asentamientos, este estaba pavimentado con piedra y tenía un diseño claramente planificado, como si su propósito fuera guiar hacia un punto central de importancia.

'Debe llevar a una ciudad o a una fortaleza de gran tamaño' pensó Alex, recordando cómo las rutas se unían en la distancia, desapareciendo hacia lo que parecía ser una gran estructura oculta en la penumbra de la noche que incluso el no alcanzaba a divisar.

En Yggdrasil, las ciudades y fortalezas eran lugares donde las fuerzas más poderosas solían reunirse, tanto aliados como enemigos. Era común que las ciudades estuvieran protegidas por NPCs de alto nivel o sistemas de seguridad avanzados como torres y cañones mágicos, diseñados para castigar severamente a cualquier jugador que causara problemas o fuera percibido como una amenaza. Y ahora, al ser un ángel —una raza heteromorfa— en un mundo que aún no entendía y aparentemente habitado por humanos, esa posibilidad era aún más preocupante.

'No puedo arriesgarme,' pensó, apretando ligeramente los puños.

Si bien no había visto ningún guardia o patrulla en las aldeas, a excepción de los de la muralla, no podía sumir que fuera lo mismo en esa ciudad o fortaleza. La prudencia le decía que debía mantenerse alejado por ahora, al menos hasta entender mejor las reglas de este mundo y confirmar si su nivel seguía siendo relevante.

La idea de que el nivel máximo fuera diferente a Yggdrasil era una preocupación que rondaba su mente desde que llegó. Si aquí existían seres que superaran el nivel 100 —el máximo permitido en el juego —, él y Elizabeth podrían estar en una gran desventaja.

'Primero necesito comprobar el funcionamiento de mis habilidades y asegurarme de estar en óptimas condiciones,' pensó Alex, mientras sus ojos dorados se enfocaban en el horizonte más allá de la fogata.

Tenía que decidir cuál era el mejor curso de acción. La fortaleza en la muralla, con su pequeño ejército de guardias visibles, era demasiado riesgosa sin saber el nivel de poder que poseían en comparación con él. La posible ciudad a la que parecía llevar ese camino de piedra tampoco era una opción viable en este momento. Si algo había aprendido en Yggdrasil era que precipitarse hacia lo desconocido sin información era una receta segura para el desastre.

Eso dejaba a los pueblos. Eran los lugares menos defendidos que había visto, y aunque no pudo identificar a sus habitantes, tampoco detectó guardias que representaban una amenaza inmediata. Tal vez podría observarlos de día, desde una distancia segura, para entender mejor a quiénes habitaban allí. Si algo salía mal, siempre podía escapar volando ¿Verdad?

Con esa decisión tomada, Alex dejó escapar un ligero suspiro, satisfecho de haber establecido un plan preliminar. Sin embargo, había algo más que necesitaba atender antes de avanzar: probar sus habilidades de su nuevo cuerpo en este mundo.

Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando notó un movimiento frente al fuego. Elizabeth, sentada al otro lado de la fogata, no muy lejos de él, parecía estar luchando por contener la risa. A pesar de su intento por mantenerse seria, el leve temblor en sus hombros y el movimiento incontrolable de su cola la delataban.

Alex frunció ligeramente el ceño, y sus cuatro ojos dorados, ahora visibles sin su yelmo puesto, se entrecerraron con un gesto más curioso que molesto. Detrás de Elizabeth, pequeñas alas de murciélago se agitaban suavemente, pero eso no era todo. También notó que sus orejas eran más largas y puntiagudas, similares a la de un elfo, y que su rostro estaba decorado con un maquillaje oscuro: sombras alrededor de sus ojos y labios pintados en un tono violeta profundo, dándole un aire temático que no podía pasar desapercibido.

'¿Las galletas…?' pensó Alex, recordando los efectos cosméticos de Halloween asociados con ese artículo en Yggdrasil. Los disfraces que se activaban con ellas solían incluir varios componentes, y había una pequeña probabilidad de obtenerlos todos comiendo una cantidad suficiente. Al observar a Elizabeth, se preguntó cuántas galletas habría comido en este corto plazo de tiempo para obtener ya dos efectos visibles.

Sin embargo, algo en la forma en que intentaba contener la risa lo distrajo. Alex notó cómo Elizabeth intentaba mantener una expresión neutral, pero el temblor en sus hombros y el movimiento errático de su cola la delataban.

'¿Sera que…?' pensó mientras comenzaba a inspeccionarse, buscando cualquier cambio en su cuerpo.

Llevo las manos a su pecho, hombros y brazos, pero no notó nada inusual. Finalmente, señalo su propio rostro con un dedo enguantado y preguntó con calma:

—¿Tengo algo en la cara, no?

Elizabeth, incapaz de contener la risa, asintió con fuerza mientras sus labios se apretaban en un intento de no reírse abiertamente de su señor.

Intrigado, Alex movió una mano a la parte superior de su cabeza y sintió una textura suave, rizado y esponjoso, como si tocara mechones rizados de pelo. Bajó la mano hasta su rostro y encontró un objeto redondo, suave y voluminoso. Al tocarlo, un sonido chirriante agudo resonó en el aire, haciendo detenerse.

'Una nariz de payaso…'

Elizabeth no pudo más. Soltó una carcajada clara y resonante, mostrando unos colmillos afilados que ahora decoraban su sonrisa.

—¡Lo siento, Señor Lumiel…! ¡De verdad! Pero… ¡pero es demasiado! —dijo entre risas, disculpándose mientras intentaba recuperar la compostura.

Alex suspiró, dejando caer los hombros ligeramente, y sacudió la cabeza con incredulidad.

'De todos los disfraz que había, me toco el de payaso…' Aunque no podía verse a sí mismo, se imaginó su avatar cubierto de maquillaje blanco y rojo, con una nariz roja chillona y una peluca multicolor. La imagen lo hizo reír, mostrando una hilera limpia de dientes afilados, algo que se intensificó al ver la risa contagiosa de Elizabeth.

Ja… ja… —suspiró finalmente, dejando que la diversión se asentara en su pecho.

Los recuerdos comenzaron a inundar su mente. Pensó en el primer Halloween que pasó con su grupo en Yggdrasil, cuando los trece ya eran amigos y habían formado su clan. Habían pasado horas intentando obtener todos los efectos cosméticos de las galletas, y, cuando lo lograron, recorrieron Midgard reclamando "dulces" de otros jugadores.

Aquello consistía en acercarse a pequeños o medianos grupos de jugadores y pedir, con una cortesía falsa, que les entregaran una cantidad absurda de oro. Si se negaban, procedían con una "travesura" que casi siempre terminaba en la muerte de los jugadores y saqueo de los objetos que caían. Era una tradición que repitieron cada año y que le había ganado a su grupo el nombre de "bandidos de los dulces", junto con una reputación mixta: admirados por algunos, odiados por muchos.

Alex no pudo evitar sonreír mientras sus ojos dorados brillaban con un destello de nostalgia y calidez.

Mientras observaba a Elizabeth, que aún secaba las lágrimas de la risa, Alex levantó la mirada hacia el cielo estrellado.

Aunque había tanto por hacer, descubrir y riesgos que asumir, supo que lo mejor sería disfrutar de este pequeño momento de risa y tranquilidad.

'Un paso a la vez,' pensó, dejando que la serenidad de la noche los envolviera a ambos.


Dos horas más tarde:

El cielo comenzaba a teñirse de un suave anaranjado mientras los primeros rayos de luz se asomaban en el horizonte. El aire fresco del amanecer reemplazaba la quietud de la noche, y el canto de aves desconocidas resonaba en la distancia. Sentado sobre la roca que le servía de asiento improvisado, Alex observaba la fogata apagada frente a él, sus pensamientos inmersos en todo lo que había sucedido desde su llegada a este mundo.

A unos pasos de él, Elizabeth jugaba distraídamente con un palo, removiendo las cenizas de la fogata. Las alas de murciélago en su espalda, resultado de los efectos cosméticos de las galletas, se agitaban ligeramente con cada movimiento. Sus orejas largas y puntiagudas le daban un aire travieso, acentuado por el maquillaje oscuro que rodeaba sus ojos y labios. Alex dejó escapar un suspiro, incapaz de evitar que se le formara una ligera sonrisa ante la escena.

'A pesar de todo, parece estar disfrutando este momento' pensó.

Alex apartó la mirada de Elizabeth y se concentró en lo que debía hacer. Extendió la mano con un pensamiento deliberado, y un vórtice dorado se materializó frente a él, girando con un suave resplandor. La acción le resultaba cada vez más natural, como si su mente hubiera aceptado por completo esta habilidad.

Mientras exploraba su inventario, Alex se centró en confirmar que sus objetos más importantes seguían allí. Primero, localizó su antigua armadura de nivel divino y las dos espadas del mismo nivel que poseía, incluyendo [Filo del Ragnarok, que descansaba casi en perfecto estado. Luego, pasó a lo más valioso: los Ítems Mundiales en su posesión.

El [Anillo de Tiphereth, que llevaba puesto en su dedo anular izquierdo, era el único que no estaba almacenado, mientras que los [Brazaletes de Atlas, que había guardado tras recibirlos de Elizabeth, seguían resguardados en su lugar. Por último, confirmó que el [Escudo de Gabriel] y su más reciente adquisición, la [Capa de Auriel, tambien permanecían intactos.

Soltó un suspiro de alivio al comprobar que todo estaba donde debía. En Yggdrasil, poseer un solo Ítem Mundial era una cuestión de orgullo que elevaba la reputación de cualquier jugador o gremio y lo hacía destacar entre la competencia. Alex tenía cuatro de estos ítems. Saber que todos estaban bajo su control era ahora su mayor fuente de seguridad en este mundo desconocido.

Alex dejó escapar un leve suspiro mientras continuaba organizando su inventario. Aunque estaba repleto de ítems de alto nivel, la mayoría de ellos eran inútiles para Elizabeth debido a las restricciones de nivel o clase. Esto le molestaba más de lo que esperaba; todo su equipo estaba diseñado específicamente para sus propias necesidades y roles en el juego.

Las armas, las piezas de armadura y hasta los accesorios que poseía actualmente estaban enfocados en maximizar su rendimiento como tanque y luchador, asi como tambien cubrir sus puntos débiles, por lo que encontrar algo útil para Elizabeth era como buscar una aguja en un pajar.

'En su mayoría, accesorios… eso es lo único que puedo darle,' pensó con un ligero gesto de frustración mientras continuaba revisando.

Después de varios minutos de búsqueda exhaustiva, logró identificar algunos ítems que cumplían con las necesidades básicas que Elizabeth debía poseer. Entre ellos, cuatro anillos de aspecto sencillo pero funcional, cada uno con un diseño único. Uno otorgaba inmunidad al control mental, otro bloqueaba cualquier intento de magia de adivinación, el tercero brindaba resistencia contra ataques furtivos a larga distancia de hasta cierto nivel, y el cuarto aumentaba la recuperación de resistencia del usuario y ofrecía resistencia de alto nivel contra ataques cuerpo a cuerpo.

El siguiente ítem era un colgante de plata en forma de cruz estilizada que contenía seis cargas diarias del hechizo divino de sexto nivel [Curar]. A esto le siguió un par de brazaletes de nivel legendario y diseño intricado, con patrones entrelazados que recordaban a enredaderas. Estos ofrecían, entre otras cosas, anular hasta cinco ataques de magia de alto nivel, ademas de incrementar considerablemente las reservas de maná y su recuperación.

También selecciono el [Manto de Invisibilidad] una capa con capucha de un azul tan oscuro como el cielo nocturno, imbuida con el hechizo de alto nivel [invisibilidad Mayor, y finalmente una corona plateada conocida como la [Corona de las Tres Gemelas, cuya decoración central era una pequeña corona con tres alas extendidas a cada lado. Este objeto poseía una habilidad que permitía invocar una horda de ángeles de nivel medio, ideales para distraer a los enemigos aunque sea por un momento.

Por último, tomó el [Collar de Garm]. La cadena negra con pinchos parecía pesada y emitía un aura opresiva que evocaba una presencia aterradora. Aunque sabía que no podía utilizarlo debido a la disparidad de karma entre él y Garm, recordó que Elizabeth, con su karma neutral-malo, podría invocar y controlar a la criatura sin problemas. La versión invocada sería considerablemente más débil que la original, pero seguía siendo una mascota de nivel 85, más que suficiente para actuar como un escudo viviente o una fuerza de ataque para Elizabeth.

Alex sacó los objetos de su inventario uno por uno, colocándolos cuidadosamente a su lado. Cuando terminó, llamó a Elizabeth.

—Elizabeth, ven aquí.

La pequeña dragonoid levantó la vista, dejando de jugar con las cenizas de la fogata, y se acercó rápidamente. Al ver los objetos dispuestos frente a Alex, sus ojos brillaron con curiosidad y emoción.

—Quiero que tengas esto —dijo Alex mientras señalaba los ítems. —Te servirán para protegerte si alguna vez me es imposible hacerlo.

Elizabeth asintió en silencio, inclinando ligeramente la cabeza mientras escuchaba con atención las explicaciones de Alex sobre cada objeto. Después de asegurarse de que entendiera sus funciones, Alex la instó a equiparlos todos menos la capa, el collar de Garm y dos de los anillos.

Elizabeth comenzó con los anillos, colocándolos con cuidado en sus dedos, notando cómo cada uno parecía ajustarse perfectamente a su tamaño. Luego tomó el colgante y lo sujeto alrededor de su cuello, seguido de los brazaletes, que se aseguraron con un clic suave en sus muñecas. La diadema fue la siguiente; la sostuvo con ambas manos, observando el detalle de las alas antes de colocarla sobre su cabeza. Finalmente, guardó la capa y el collar de Garm en su propio inventario, consciente de que no los necesitaría por el momento.

Cuando terminó, Elizabeth levantó la vista hacia Alex, con una mezcla de gratitud y determinación reflejada en su expresión.

—Gracias, señor Lumiel. Prometo no defraudarlo y cuidarlos con mi vida.

Alex dejó escapar un leve bufido, seguido de una pequeña sonrisa.

—No te lo tomes tan en serio —dijo mientras le daba unas palmaditas en la cabeza. —Su propósito es que te protejan, no al revés. Pero no te olvides de llevarlos siempre contigo.

Alex observó en silencio cómo Elizabeth regresaba a su sitio con una sonrisa tenue en su rostro. Parecía estar probando los brazaletes al mover las muñecas ligeramente, y su gesto reflejaba tanto curiosidad como satisfacción.

Por su parte, Alex desvió la mirada hacia su propia armadura, dejando que un suspiro pesado escapara de sus labios. Había intentado ignorarlo durante el tiempo suficiente, pero la evidencia estaba justo frente a él.

Su equipo, el orgullo de su título como Campeón Mundial, mostraba lo que parecían cicatrices de incontables batallas pero que en realidad eran el resultado de una sola. Las placas metálicas de su torso estaban abolladas y fracturadas, y algunas incluso mostraban rastros de quemaduras que se extendían como cicatrices negras con patrones irregulares. Las hombreras, que antes brillaban con un lustre divino, estaban opacas, casi sin vida, y una de las hombreras parecía haber perdido un fragmento en el combate contra Kether.

'Sinceramente, no sé cómo sigue entera,' pensó, pasando lentamente la mano enguantada por una de las grietas que cruzaban su hombrera, evaluando cada imperfección. Sabía que la magia de autorreparación aún funcionaba, pero el proceso era terriblemente lento. En este estado, la armadura era más una carga que un activo.

Además, estaba el riesgo de que, si se enfrentaba a un enemigo poderoso, la armadura pudiera romperse de forma irreversible. Si eso sucedía, ya no podría confiar en su encantamiento de reparación; necesitaría un herrero de nivel Gran Maestro para restaurarla adecuadamente y sin problemas. Recordó las mecánicas de Yggdrasil: la reparación de un ítem de esta calidad requería un nivel de precisión que solo los jugadores especializados en herrería podían alcanzar, ya que cualquier error en su reparación podía reducir los datos del objeto, disminuyendo su poder o incluso cambiando sus propiedades.

'No puedo arriesgarme a perderla,' reflexionó, llevándose una mano al mentón.

Su decisión estaba tomada: debía cambiar su equipo.

Desvió la mirada hacia su inventario y localizó su antigua armadura de nivel divino. Aunque la cantidad de datos que poseía no se comparaba con su equipo actual de Campeón Mundial, estaba diseñada específicamente para combates contra jugadores, maximizando su agilidad y adaptabilidad, llegando a ser más útil en combates individuales a diferencia de su equipo actual, centrado especialmente en el combate contra multitudes.

Pero entonces se detuvo.

Aunque entendía cada parte de su armadura, cada articulación y cada placa, no sabía cómo quitarla. No en este mundo. En Yggdrasil, solo bastaba abrir el menú de inventario y seleccionar "desequipar", pero ahora… no existía tal opción.

Sin embargo, había algo desconcertante.

Podía sentirla. Sentía la armadura como si fuese una extensión de su propio cuerpo. Sabía exactamente donde se unían las piezas, como el peso se distribuía para no entorpecer sus movimientos. Era como si siempre hubiese llevado esa armadura, como si su cuerpo supiera de forma innata cómo funcionaba.

Pero no cómo quitársela.

Era una contradicción extraña. Si tuviera que describirlo de alguna manera, sería como si su cuerpo, el de su avatar, recociera la armadura como parte de sí mismo, pero su mente no sabía cómo actuar en consecuencia. Era como sostener una espada perfectamente equilibrada y no reconocer cómo blandirla.

'Esto no tiene sentido… debería saberlo.' Algo en su mente le decía debía ser asi.

Pensó en usar un ítem de pago de su inventario, uno diseñado para cambiar de equipo de manera instantánea, incluso en combate. Pero sacudió la cabeza. No podía desperdiciar un recurso tan valioso solo por no saber quitarse la armadura.

Frustrado, suspiró y miró de reojo a Elizabeth.

Ella parecía distraída, ajustando uno de los brazaletes que acaba de equiparse, moviendo los dedos con curiosidad. La inocente concentración en su rostro lo hizo dudar por un segundo, pero al final, dejó a un lado su orgullo.

—Elizabeth.

La dragonoid levantó la vista de inmediato, alerta.

—¿Sí, señor Lumiel?

Alex vaciló solo un instante antes de hablar.

—¿Puedes… ayudarme a quitarme esta armadura?

Los ojos de Elizabeth se iluminaron de inmediato, y su expresión cambió de sorpresa a emoción contenida.

—¡Por supuesto! —exclamó acercándose con rapidez.

Su entusiasmo lo descolocó por un momento, pero no dijo nada.

Alex permaneció inmóvil mientras Elizabeth inspeccionaba con cuidado las uniones de su armadura. Sus dedos recorrían las placas metálicas con la delicadeza de quien manipulaba un objeto invaluable, buscando los puntos donde podía comenzar a desmontar las piezas.

Mientras la observaba trabajar, una molestia sutil comenzó a hacerse presente en su mente.

'Es irónico… Yo, un Campeón Mundial, pidiendo ayuda para algo tan básico'

Pero apenas formuló ese pensamiento, Alex sintió un leve desconcierto.

'¿Desde cuándo pienso asi?'

La idea había surgido de manera tan natural que no pudo evitar cuestionarse. ¿Desde cuándo sentía ese orgullo tan arraigado por su título? Era cierto que ser un Campeón Mundial era algo de lo que cualquier jugador estaría orgulloso, pero esa sensación de superioridad, esa incomodidad al depender de alguien más para una tarea tan simple, le parecía extraña.

Y no era solo eso.

Recordó cómo Elizabeth lo había llamado "señor Lumiel" desde el primer momento en que despertó en este mundo, y cómo había aceptado ese título sin dudarlo. Ni siquiera había considerado corregirla. Tanto el nombre de Alexander como el de Lumiel le resultaban propios, como si ambos fueran partes inseparables de su identidad.

Un pensamiento cruzó su mente, más inquietante que el anterior.

'¿Es este cuerpo… el que influye en mis pensamientos?'

No era una idea descabellada. Al fin y al cabo, este cuerpo no era humano. Era el de un ángel del más alto rango, diseñado y moldeado por sus manos para ser un ángel perfecto. No solo eso, sino que estaba construido con una mezcla de clases que reforzaban esa naturaleza: Paladín, Guardián, Caballero Sagrado, Guardián Celestial y, por encima de todo, Campeón Mundial.

¿Era posible que las características de sus clases y su raza estuvieran moldeando poco a poco su manera de pensar?

Queriendo comprobar esa sospecha, desvió la mirada hacia Elizabeth, que ya había comenzado a desmontar cuidadosamente las hombreras.

—Elizabeth.

Ella se detuvo al instante, levantando la mirada con atención.

—¿Sí, señor Lumiel? ¿Hice algo mal?

Alex tardó un momento en formular su pregunta.

—¿Cuál es la percepción que tienes de mí?

Elizabeth parpadeó, claramente sorprendida por la pregunta. Sus manos se detuvieron por completo mientras su expresión se tornaba positiva.

—¿Mi percepción… de usted?

Parecía estar evaluando sus palabras con cuidado. Finalmente, respondió con calma:

—Si tuviera que decir todo lo que pienso de usted, mi señor, me tomaría horas… Pero si lo que busca es una respuesta directa, diría que usted es mi creador al cual sirvo con todo mi ser, aquel que está por encima de todos los ángeles y el único digno de guiarlo. Pero que a pesar de poseer un poder que rivaliza con el de los mismos dioses, sigue siendo fiel a sus códigos y valores, no solo como el campeón más fuerte de Asgard, sino como el campeón de nuestra querida diosa Ariane y el elegido de la Luz.

Sus palabras fueron claras, firmes.

Alex sintió cómo esas palabras resonaban profundamente en su mente. No solo las entendía, sino que las aceptaba con una naturalidad que lo incomodó. Era como si algo dentro de él se negara a cuestionarlas. Negar esas palabras… sería negar una verdad absoluta y sentía que eso sería peligroso.

'¿Por qué me resulta tan natural aceptarlo?'

Sabía que esas afirmaciones tenían límites. No era invencible ni el ser más fuerte entre todos, ni mucho menos a la par de los dioses como Elizabeth afirmaba. Sin embargo, la aceptación de esa verdad, estar por encima de todos los ángeles, de ser el campeón de la diosa Ariane y el protector supremo de Asgard, se sentía tan lógica como respirar.

Quizá era la influencia de su clase de Campeón Mundial. Un título que, en términos de historia de Yggdrasil, representaba el pináculo del poder y la autoridad en su respectivo mundo. Pero ese mismo instinto le decía que no era el más fuerte. No podía evitar compararse con otros campeones del mundo, como sus amigos Madra de Midgard o Touch-Me de Alfheim, ni mucho menos con el loco psicópata de Helheim.

Incluso ahora, sentía que estaba muy por debajo de ellos en términos de fuerza pura.

Su ahora "orgullo" se retorció ligeramente ante ese pensamiento, pero no pudo negarlo. No era solo un presentimiento o instinto natural de su nuevo cuerpo. Ya en Yggdrasil, lo había comprobado en duelos amistosos con otros campeones mundiales, cuando todos, a excepción del psicópata, se reunían mensualmente en alguno de los nueve mundos para practicar e intercambiar información.

Recordó las palabras de su maestro Nirvana:

"Solo los fuertes comprenden a los fuertes. Cuando caminas solo, mejoras a tu ritmo. Pero cuando te enfrentas a iguales o superiores, el deseo de superarse se enciende como un fuego. Los fuertes desafían a los fuertes porque solo ellos pueden empujarse más allá de sus límites."

Era cierto. Aquellos duelos no solo eran combates amistosos, eran momentos de compresión mutua. Un terreno donde las palabras sobraban y solo el intercambio de fuerza y habilidad contaba.

Pero ahora no estaba en un duelo amistoso. Ahora, estaba en un mundo desconocido. Y si su cuerpo ya influenciaba sus pensamientos, ¿De qué otras formas podría afectar a sus decisiones?

Un leve suspiro escapó de su boca.

—Gracias, Elizabeth.

La pequeña dragonoid parpadeó, sorprendida por el agradecimiento, pero asintió y continuó quitándole el peto con sumo cuidado.

Mientras sentía cómo la pesada pieza se separaba de su cuerpo, Alex volvió a perderse en sus pensamientos.

'Tendré que vigilar cómo evoluciona esto… No puedo permitirme perder el control sobre mí mismo.'

Pero en lo profundo, una pequeña voz, una que no pertenecía a Alex ni a Lumiel, parecía susurrar:

"¿O acaso ya lo has perdido?"


10 minutos después:

El silencio reinaba en el refugio rocoso, roto solo por el sonido sutil de la brisa matinal que acariciaba las rocas. El amanecer comenzaba a teñir el horizonte con tonos cálidos, disipando lentamente la oscuridad de la noche.

Alex se encontraba de pie, observando en silencio los restos de su armadura, ahora cuidadosamente apilados a un lado. La pesada y desgastada [Santuario Alado] yacía desensamblada, con sus placas metálicas blancas y doradas mostrando las cicatrices del combate mortal con Kether.

La sensación de ligereza y debilidad era desconcertante.

Su cuerpo ahora estaba cubierto solo por una vestimenta sencilla, pero de una calidad inigualable. Una camisa de seda de color marfil cubría su torso, el tejido era suave y ligero al tacto, con costuras reforzadas en hilo de plata que formaban intricados patrones del credo de la orden sagrada. El cuello alto, ajustado y decorado finamente, se fundía perfectamente con las mangas ceñidas en sus antebrazos.

Sus pantalones, igualmente confeccionados con el mismo material, se ajustaban cómodamente, adornados con bordes bordados en hilo de plata. Una faja ancha de tela reforzada abrazaba su abdomen, proporcionando firmeza y estabilidad. Sus manos estaban cubiertas por finos guantes de lino reforzado, decorados con símbolos sagrados en los dorsos, y sus pies descansaban en un calzado de cuero suave teñido de marfil y plata.

Sin embargo, lo que más destacaba era la presencia de los accesorios que aún llevaba puesto. Diez anillos adornaban sus dedos, entre ellos el [Anillo de Tiphereth] en su dedo anular izquierdo. Un par de brazaletes dorados, con la imagen de dos leones enfrentados tallados y una gema blanca resplandeciente en el centro, descansaban en sus muñecas. Finalmente, un medallón colgaba de su cuello, irradiando una sutil y constante esencia sagrada.

Alex bajó la mirada hacia sus manos enguantadas, observando con detenimiento los anillos. Recordaba cómo en Yggdrasil la gestión de los anillos era crucial. En el juego, cada jugador tenía asignadas distintas ranuras de equipamiento dependiendo de su raza. Las categorías estándar incluían cabeza, rostro, cuerpo, cintura, piernas, pies, brazos, manos, ropa interior, anillos izquierdo y derecho, además de tres piezas adicionales de joyería.

Por defecto, solo se podían utilizar dos anillos —uno en cada mano— pero existían objetos de pago que permitían ampliar esa capacidad. Esos objetos permitían usar hasta diez anillos de forma simultánea, siempre y cuando se asignaran de manera permanente a cada dedo. Una vez decidido qué anillo ocupaba qué dedo, no podía cambiarse.

Alex había invertido en ocho de esos costosos objetos de efectivo, dejando intencionalmente libres su dedos anulares. Esa decisión le permitía equipar otros anillos cuando la situación lo demandara, como era el caso del [Anillo de Tiphereth, que ahora llevaba puesto.

'La lógica de las ranuras de equipamiento sigue vigente aquí… pero aplicada de un modo mucho más complejo y… realista.'

Lo que más lo sorprendía era cómo esa mecánica, antes abstracta y gestionada por menús, ahora se manifestaba de forma tangible. Cada accesorio que llevaba parecía ajustarse de forma natural a su cuerpo, como si siempre hubieran pertenecido allí.

Recordó el proceso de desarme.

Mientras Elizabeth lo ayudaba, Alex había notado algo revelador: las piezas de su armadura no eran simples elementos aislados, sino sistemas completos y complejos. El peto, que en el juego era solo una pieza de equipo, estaba compuesto por varias capas. Primero, las tres placas exteriores que cubrían pecho y espalda, luego un gambesón rojo y negro, y por encima de eso, un aventail acolchado del mismo color.

Lo mismo sucedía con las piezas que protegían sus piernas. Las escarcelas, quijotes, rodilleras, grebas y escarpes ocultaban múltiples capas internas: un chausses acolchado negro, un fajín ancho de cuero flexible, calzas de lino reforzado y, finalmente, los braies de tela fina que llevaba ahora.

Era evidente que cada parte de su equipo estaba diseñada para complementarse, pero también que funcionaban de forma independiente. Sin embargo, si alguna pieza faltaba, el conjunto perdía parte de sus propiedades mágicas.

Más desconcertante fue descubrir que la armadura no permitía ser desmontada sin su consentimiento. Elizabeth había intentado separar algunas piezas mientras estaba absorto en sus pensamientos, pero estas permanecían firmes hasta que Alex lo permitía. No era solo un mecanismo de seguridad; era como si el equipo mismo reconociera su voluntad.

Además, ninguna pieza parecía estar en riesgo de desprenderse por el daño que había sufrido. A pesar de las abolladuras, las grietas y las zonas quemadas y prácticamente derretidas, la armadura permanecía completa, como si cada fragmento estuviera anclado a su cuerpo por algo más que simples enganches o correas.

'Al menos ahora sé que no perderé ninguna pieza durante un combate'

Esa certeza le proporcionaba tranquilidad. Sabía que, incluso si enfrentaba a un enemigo capaz de dañar su equipo, no tendría que preocuparse por perder las propiedades mágicas de su armadura de forma accidental. Sospechaba que solo si era destruida por completo, enfrentaría el riesgo de que su integridad se viera comprometida.

Ese detalle, aunque pequeño, reforzaba la idea de que este mundo seguía reglas distintas, donde el vínculo entre el jugador y su equipo era más profundo que en Yggdrasil. Al menos, para un guerrero como él, su armadura no era solo protección, sino una extensión de su propio ser.

Alex cruzó los brazos, pensativo.

'La conexión entre mi equipo y este cuerpo es más fuerte de lo que pensé. No es solo magia o datos… es algo más.'

Con esa idea rondando en su mente, desvió la mirada hacia Elizabeth, quien seguía inspeccionando con curiosidad las piezas de la armadura desmontada.

— Gracias Elizabeth, has hecho un buen trabajo—comentó Alex con calma.

Elizabeth giró rápidamente la cabeza hacia él, sorprendida por el elogio. Sus mejillas adquirieron un leve tinte rosado mientras asentía.

—Gracias, señor Lumiel.

Alex esbozó una leve sonrisa.

Luego, su mirada volvió a la armadura desarmada.

'Ahora… es momento de prepararme.'

Con un leve gesto, Alex accedió a su inventario, preparando el siguiente paso.

Lo primero fue guardar cada pieza de su desgastada armadura [Santuario Alado]. Las placas ennegrecidas y derretidas desaparecieron en el vórtice dorado, una tras otra, quedando resguardadas en su inventario donde el encantamiento de autorreparación seguiría funcionando. Aunque no sabía cuánto tiempo tardaría en restaurarse por completo, si seguía el mismo ritmo que en Yggdrasil, probablemente le tomaría entre tres y cuatro semanas.

'Demasiado tiempo si surge algo urgente.'

Con la armadura almacenada, dirigió su atención a la que sería su nuevo equipo. Hizo aparecer frente a él su antigua armadura de nivel divino. La familiaridad de esas piezas provocó en él un sentimiento extraño. No recordaba la última vez que la había usado.

'¿Fue hace dos años, durante el último torneo mundial en Asgard?' Pensó, observando el peto metálico. '¿O tal vez año y medio atrás, cuando aquel jugador de nivel 70 me retó a un duelo? ¿Cómo se llamaba…?'

No logró recordarlo, pero si recordaba su peculiar estilo de lucha con cuatro espadas y una actitud que le recordaba al síndrome de octavo grado. Suspiró con cansancio. Sus pensamientos se disiparon cuando volvió a centrar su atención en la armadura.

Frente a él reposaban las piezas que lo habían acompañado durante poco más de nueve largos años. Aunque menos compleja y menos imponente que el [Santuario Alado, esta armadura estaba forjada para el combate directo. Cada detalle evocaba recuerdos del pasado, algunos de los cuales incluso le avergüenza recordar.

Chasqueo la lengua, irritado.

'Tsk, ¿Por qué no le coloqué un cristal de datos de [Cambio Rápido] cuando tuve la oportunidad?'

Si lo hubiera hecho, podría cambiarse de armadura de forma instantánea. Pero en su momento, priorizó potenciar sus defensas y habilidades al máximo, asi como apegarse a fielmente a su rol autoimpuesto, descuidando aspectos más prácticos.

Soltó otro suspiro. No tenía sentido lamentarse ahora.

Desvió la mirada hacia Elizabeth, quien permanecía de pie a un lado, observando pacientemente. Sus ojos brillaban con una mezcla de curiosidad y admiración, pero mantenía un respetuoso silencio.

Alex dudó por un segundo, su orgullo recien descubierto gritando dentro de él, pero al final, con un leve gesto, tomó una de las piezas de la armadura y la levantó ligeramente en dirección a ella.

—Elizabeth, podrías… —murmuró, dejando la frase inconclusa por la pena que sentía.

Elizabeth comprendió de inmediato. Sus ojos rojos se iluminaron con entusiasmo y asintió con energía.

—¡Claro, señor Lumiel! —respondió con una sonrisa radiante.

Sin perder tiempo, se acercó con delicadeza pero con firmeza, lista para ayudar.

Alex desvió la mirada con cierta incomodidad, sintiendo una punzada de vergüenza.

'La próxima vez… aprenderé a hacerlo solo.'

Agradeció en silencio la disposición de Elizabeth mientras se juraba no volver a depender de ella para algo tan básico como esto.

Aunque ese juramento estaba destinado a romperse, ya que una armadura completa de placas necesitaba de uno o dos asistentes para ser vestida de forma correcta.


Nota del autor:

¡Hola de nuevo! La segunda parte del capítulo 2 llegó un poco más tarde de lo previsto debido a algunos cambios de última hora, pero finalmente quedé conforme con el resultado y ya está disponible.

Ahora bien, si han llegado hasta aquí, seguramente habrán notado cómo adapté el funcionamiento de las ranuras de equipamiento y las piezas de equipo de Lumiel(Alex). La verdad es que siempre me pregunté cómo funcionaba eso realmente en el material original, porque, al menos en el anime, podemos ver varias escenas de cambio de equipo de forma completamente instantánea. Un ejemplo es el de Ainz y su armadura de Momon (que se debe a la magia), o de Nabe (Narberal Gamma) cambiando a su equipo principal durante su pelea contra Khajiit (gracias a la función del cristal de datos [Cambio Rápido] utilizado en su equipo). También está la batalla entre Ainz y Shalltear, donde esta última cambia instantáneamente de equipo después de ser atacada por la magia de Super-Nivel de Ainz.

En todos esos casos solo se ve el cambio instantáneo de equipo, pero hasta donde sé, nunca se habla específicamente de las piezas que componen dicho equipo. Me refiero, sobre todo, a todo lo que hay debajo de una armadura como la de Momon, la de Touch-Me o la de Albedo. Digo, dudo que sea solo una placa de metal y ya. Al menos en el arte conceptual de la novela o el manga, las armaduras son muy distintas, y se ve que debajo de ellas llevan más armadura, además de las placas de metal. Pero bueno, esto ya es solo una divagación mía. Personalmente, prefiero la versión de las armaduras mostradas en la novela y el manga, antes que las del anime. (Lo mismo con la apariencia de los ángeles. Me es imposible ver a los ángeles del anime y decir "Es hermoso").

En fin, dejando las divagaciones a un lado, el próximo capítulo, que estará publicado aproximadamente en una semana si todo marcha bien, mostrará un punto de vista diferente, que no será ni de Lumiel(Alex) ni de Elizabeth. Se puede decir que es un pequeño adelanto de lo que vendrá más adelante.