Parte 3 – Capitulo 2: El despertar en un nuevo mundo

Afueras de la Aldea Olite – al noroeste de Kalishna

El sonido de las ruedas de madera crujiendo sobre el camino de tierra húmeda marcaba el ritmo constante del viaje. Kasim mantenía las riendas firmes mientras su caballo avanzaba con paso tranquilo, tirando del carro cargado con provisiones y algunos recuerdos personales que había decidido traer de la ciudad.

El aire matutino era fresco, más frío de lo habitual para esa época del año. Alzando la mirada, observó los campos que bordeaban el camino. A pesar de que el Mes de Tierra Superior apenas comenzaba, la cosecha ya estaba en marcha. Los aldeanos trabajaban con apremio, inclinados sobre los cultivos con hoces y cestas, apilando grano y tubérculos antes de que el invierno llegara con toda su fuerza.

Lo que más le llamó la atención fue la cantidad de jóvenes colaborando en la tierra. Algunos, de su misma edad o un poco menores, habían regresado a la aldea un año antes, tras completar el servicio militar obligatorio. Ahora los veía allí, todos esforzándose para asegurar que la cosecha estuviera lista antes de lo previsto.

Kasim chasqueó la lengua en un gesto pensativo. No era común que la cosecha se adelantara tanto. Aquel frío era una advertencia, un presagio de que una temporada fría mas dura de lo habitual. Y él, que había pasado toda su infancia en la aldea, lo entendía bien.

Un suspiro escapó de sus labios. Tres años. Habían pasado tres largos años desde la última vez que contempló aquellas tierras. Primero, el servicio obligatorio en el ejército a los catorce años. Luego, la oportunidad que cambió todo: ser seleccionado como aspirante a escudero por nada menos que Isandro Sánchez, el Rosa de los Nueve Colores.

Recordaba claramente el día en que aquel paladín llegó al cuartel de Kalishna, acompañado por otros miembros de la Orden de Paladines. La luz del mediodía reflejaba el brillo de sus armaduras, y la sola presencia de Isandro imponía respeto. No era solo su porte firme ni la capa carmesí que lo distinguía, sino la mirada afilada con la que escudriñaba a cada joven recluta.

"Lo que busco no es fuerza bruta, sino una fuerte convicción y valores firmes. Aquellos que deseen proteger a los suyos deben demostrarlo más allá de las armas si desean formar parte de la Orden."

Entre todos los aspirantes, Kasim fue uno de los pocos seleccionados tras superar las pruebas impuestas por los paladines durante un año entero. No fue fácil. Hubo momentos en los que sintió que su cuerpo se quebraría bajo la exigencia del entrenamiento, pero nunca cedió. Porque cada vez que su voluntad flaqueaba, recordaba las historias de su padre, los relatos sobre caballeros y paladines que defendían la Gran Muralla con valor inquebrantable.

Más tarde, fue Isandro en persona quien reconoció su potencial con palabras que jamás olvidaría:

"Tienes una fuerte convicción, muchacho. Ese es el primer paso para ser un verdadero paladín, pero aún tienes un largo camino que recorrer para portar el manto de la Orden."

Aquel momento había encendido un fuego en su corazón. No solo validaba cada esfuerzo que había hecho hasta entonces, sino que lo acercaba a su sueño de la infancia.

Un sueño que había dejado atrás años atrás, cuando la realidad lo golpeó con toda su crudeza.

El recuerdo de su padre emergió con claridad en su mente. Jarel Sabrant, suboficial del ejército del norte del Reino Santo, caído en batalla defendiendo la Gran Muralla contra un ataque de los semihumanos Bafolk. Kasim tenía diez años cuando la noticia llegó a la aldea, y aún podía revivir con dolor la imagen de su madre sosteniendo la carta del ejército con las manos temblorosas.

Sin embargo, su madre nunca derramó una lágrima frente a ellos. Se mantuvo firme, enfrentando la pérdida con la cabeza en alto, y fue ese ejemplo el que lo impulsó a no derrumbarse. Si su madre, la persona que más debía sufrir con la muerte de su esposo, podía seguir adelante, él también debía hacerlo. Desde entonces, supo que tenía que ser fuerte. No solo por sí mismo, sino por ella y por sus hermanas.

El Kasim que soñaba con historias de caballeros desapareció ese día. En su lugar, nació un muchacho dispuesto a cargar con la responsabilidad de proteger a su familia.

Se esforzó por aprender a leer y escribir con la ayuda de su madre, entendiendo que el conocimiento también era una herramienta para sobrevivir. Y en las noches, cuando nadie lo veía, revisaba los libros de teoría mágica que su madre ocultaba con recelo. No podía usarlos, parecía que no tenía ese talento como su madre, pero la posibilidad de aprender sobre la magia le pareció una ventaja que no podía ignorar.

Cuando cumplió catorce años, tuvo la oportunidad de eximirse del servicio militar obligatorio debido a su situación familiar al ser el único hombre adulto, pero la rechazó. No quería privilegios. Quería demostrar que era capaz de valerse por sí mismo y de hacer honor al sacrificio de su padre.

Los dos años que siguieron no fueron sencillos, pero cuando la Orden de Paladines llegó buscando aspirantes, la chispa de su infancia revivió. Convertirse en un paladín ya no era solo un sueño, sino un camino que podía recorrer con sus propios esfuerzos.

Ahora, tras tres años de ausencia, finalmente regresaba a casa.

El sonido de su caballo resonó sobre la tierra endurecida mientras las primeras casas de la aldea aparecían en el horizonte. Las empalizadas de madera reforzada y los muros de piedra marcaban los límites del pueblo, un recordatorio constante de la fragilidad de la paz en esas tierras.

Olite no era solo una aldea más. Su cercanía con la Gran Muralla la convertía en un punto estratégico, funcionando como base de apoyo en caso de una invasión a gran escala. Y si algo había aprendido de su padre, era que la paz en las fronteras nunca era absoluta.

La Larga Lluvia era prueba de ello.

Esa historia la había escuchado muchas veces en su infancia, narrada por su padre en las noches más frías. Se trataba de la peor invasión de semihumanos en la historia del Reino Santo.

Poco después de la construcción de la Gran Muralla, una raza conocida como los Srasch logró burlar sus defensas. Amparados por la noche y la tormenta, aquellos seres de aspecto reptiliano utilizaron sus manos con ventosas para escalar la estructura y cruzar al otro lado, donde sembraron el caos.

En su avance hacia el oeste, arrasaron con aldeas enteras antes de ser finalmente repelidos. Sin embargo, el daño ya estaba hecho. Se perdieron innumerables vidas, y la leyenda de la Larga Lluvia quedó grabada en la memoria del Reino.

Aquello había sucedido mucho antes de que incluso su padre naciera, pero la historia aún resonaba en la actualidad. Con los años, surgieron rumores de que los Srasch no habían sido erradicados por completo, que algunos lograron esconderse dentro de las fronteras del Reino, esperando el momento oportuno para atacar de nuevo.

Eran solo historias. Pero si algo había aprendido en el ejército, era que los rumores rara vez surgían de la nada.

Un golpe de viento frío lo sacó de sus pensamientos.

Estaba cerca. Muy cerca.

El caballo resopló al notar el cambio en el aire, y Kasim aflojó un poco la presión en las riendas. A lo lejos, la aldea de Olite lo esperaba con su rutina inalterable.

Y él, después de tres años, estaba listo para cruzar sus puertas una vez más.

Dos aldeanos armados con lanzas de hierro vigilaban la entrada de la aldea. Llevaban abrigos gruesos de lana sobre sus ropas de diario, más para protegerse del frío que por protección contra alguna amenaza. Kasim los reconoció de inmediato. Eran hombres del pueblo, granjeros en tiempos de paz, pero entrenados por el ejército al igual que él para actuar como guardias cuando la situación lo requería.

El primero, un anciano con barba entrecana y manos ásperas por el trabajo en el campo, le dirigió una mirada curiosa.

—Vaya, si no es el hijo de Fresia. Pensé que llegarías el año pasado —comentó con una leve sonrisa, acomodando mejor su lanza sobre el hombro.

—El entrenamiento duró más de lo esperado, pero ya estoy aquí, don Amelio —respondió Kasim con una sonrisa ligera, deteniendo su caballo por un momento.

El otro guardia, un hombre más joven con una cicatriz en la mejilla, lo observó con interés antes de asentir con la cabeza.

—Bienvenido de vuelta, Kasim. Ya era hora de que regresaras. Tu madre ha hablado mucho de ti estos últimos años.

—Espero que haya sido para bien, Elric —replicó Kasim con un tono relajado.

Elric soltó una breve risa.

—Para bien, para bien. Aunque ahora tendrás que vértelas con ella y con tus hermanas. No será facil librarte de los regaños.

—Lo imagino —dijo Kasim con un suspiro fingido, aunque en realidad, la idea lo reconfortaba más de lo que quería admitir.

—Anda, sigue. No te detendremos más. Ya tendrás tiempo de ponerte al día con todos —agregó Amelio, volviendo a su postura de vigilancia.

Kasim inclinó la cabeza en agradecimiento antes de hacer avanzar a su caballo. Al cruzar la entrada notó la pequeña torre de pequeña torre de vigía a un costado, donde un tercer guardia observaba el horizonte con aire distraído. Había poco que vigilar en una aldea fortificada como Olite, pero la precaución nunca estaba de más. Aunque los ataques de goblins eran poco frecuentes, la llegada del frío podía empujar a esas criaturas verdes a buscar alimento en zonas habitadas. En la mayoría de los casos, bastaba con una veintena de hombres armados para ahuyentarlos, pero si llegaban acompañados de un ogro, el protocolo era claro: atrincherarse en la aldea y encender la baliza de ayuda para que los soldados de la muralla acudieran en su auxilio.

Solo recordaba un caso en el que realmente se había seguido ese procedimiento. Fue hace años, cuando apenas tenía 7 años. Pero en esa ocasión, un grupo de aventureros pasaba cerca y eliminó a las criaturas antes de que la guarnición de la muralla pudiera intervenir.

Kasim recorrió con la mirada las calles de su hogar. A pesar del esfuerzo acelerado en los campos, la aldea seguía tan animada como la recordaba.

A lo largo del camino principal, mujeres y ancianos realizaban las tareas rutinarias de la aldea. Unas cargaban cubetas de agua, otras llevaban leña en cestas de ramas entrelazadas a sus espaldas. Los comerciantes del pequeño mercado local alzaban la voz para atraer clientes a sus puestos improvisados, ofreciendo pan recién horneado, frutas secas y otros productos básicos.

Los hombres jóvenes y adultos estaban ausentes, trabajando en los campos para terminar la cosecha antes de que el frío empeorara y la cosecha se arruinara. Kasim reconoció a varias personas entre la multitud y, al cruzar miradas con ellas, respondió a los saludos con una inclinación respetuosa de la cabeza.

Algunos niños pequeños, que acompañaban a sus madres en las tareas diarias, se detuvieron a mirarlo con curiosidad. Sus ojos iban del carro a su rostro, preguntándose quién era. Pero los más mayores, aquellos que ya tenían memoria de él, lo reconocieron de inmediato.

—¡Es el hijo de la señora Fresia! —susurró una niña de cabellos castaños, tirando de la falda de su madre.

Otra, un poco mayor, entrecerró los ojos, como si intentara confirmar lo que veía.

—Es verdad… ese cabello anaranjado… es casi igual al de la señora Fresia!

Kasim no pudo evitar sonreír al notar sus expresiones confundidas. No las culpaba. Desde que nació, siempre había tenido el mismo cabello anaranjado que su madre, pero después de tres años lejos de la aldea y la exposición al sol en el campo de entrenamiento lo habían oscurecido un poco, dándole una tonalidad más profunda.

Él y su madre eran los únicos en la aldea con ese color de cabello, lo que facilitaba que los demás los identificaran de inmediato. En cambio, sus hermanas tenían la combinación inversa: ojos esmeralda como los de su madre y cabello oscuro, como su padre.

Siguió avanzando, dejando atrás la mirada curiosa de los niños y los murmullos de los aldeanos. Aunque el recibimiento había sido cálido, no se detuvo demasiado tiempo en los saludos.

Finalmente, tras recorrer las calles de tierra compactada de la aldea, llegó a su destino.

Frente a él, la casa que fue su hogar durante catorce años se alzaba imponente en comparación con las demás.

Kasim detuvo el carro frente a su hogar y desmontó con un movimiento ágil. Acarició el lomo de su caballo marrón, que resopló suavemente, agradeciendo el viaje sin complicaciones. Junto a la cerca del pequeño establo adjunto, la yegua negra levantó la cabeza, observándolo con curiosidad, mientras el potrillo de tres años trotaba en círculos antes de detenerse junto a su madre.

Los caballos parecían en buen estado. El potrillo, con su pelaje marrón oscuro y crines más claras, debía ser la cría de los dos. En una de las cartas de su hermana menor, su madre le había contado sobre su nacimiento, pero verlo en persona hacía que su tiempo lejos de casa se sintiera aún más real.

—Ya estoy de vuelta —murmuró mientras ajustaba las riendas del caballo y lo dejaba junto a los otros.

Cruzó la valla de madera con paso firme y alzó la vista hacia la casa donde había crecido. A diferencia de la mayoría de las viviendas en Olite, la suya era más grande y mejor construida. La estructura combinaba madera y piedra, con paredes encaladas que resaltaban bajo la luz de la tarde. El techo, hecho de tejas de barro rojizo, resistía bien los tiempos fríos de la Temporada del Agua (invierno), y la humedad característica de la Temporada de Tierra (otoño). La entrada tenía un porche cubierto con vigas gruesas, donde su madre solía dejar hierbas a secar. A un lado, una pequeña ventana de madera estaba entreabierta, dejando escapar el aroma familiar a pan recién horneado.

Apenas levantó la mano para tocar la puerta, esta se abrió de golpe.

—¡Kasim!

Su madre apareció en el umbral con el delantal aún manchado de harina y un mechón anaranjado suelto cayendo sobre su rostro. Sus ojos verdes, iguales a los de sus hermanas Marina y Elena, se abrieron de par en par antes de llenarse de emoción.

Él apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que ella lo envolviera en un abrazo firme, sintiendo su calidez después de tres años de ausencia.

—He vuelto, madre —murmuró, correspondiendo el abrazo con fuerza.

Antes de que pudiera decir algo más, un estruendo de pasos se escuchó dentro de la casa, seguido por el grito emocionado de una joven.

—¡Hermano!

Marina, ahora de catorce años, se lanzó sobre él con una fuerza sorprendente. Kasim apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que su hermana mayor le saltara encima, abrazándolo con fuerza.

—¡Finalmente volviste!

Apenas terminó de hablar, Elena, la menor, se aferró a su cintura con la misma intensidad.

—¡Te extrañamos mucho!

El peso combinado de ambas lo hizo tambalearse un poco, pero solo rió, despeinando a Marina con una mano mientras le daba un leve golpecito en la cabeza a Elena.

—También las extrañé.

Las niñas hablaron todas a la vez, lanzándole preguntas sobre su viaje, su entrenamiento y lo que había traído consigo. Kasim intentó responderlas, pero el bullicio solo aumentó cuando su madre, sonriendo con ternura, les indicó que entraran a la casa.

Cuando cruzó el umbral, una sensación de familiaridad lo envolvió.

Era bueno estar de vuelta en casa.


Esa misma noche:

El interior de la casa estaba cálido y acogedor, iluminado por la luz parpadeante de varias velas repartidas por la estancia. La construcción de madera y piedra mantenía el calor atrapado en su interior, aislándolos del frío que caía con la noche. El suelo de tablones firmes crujió bajo sus botas mientras avanzaba, sintiendo el aroma familiar a especias, pan y el leve rastro de cera derretida.

La casa era más espaciosa que la mayoría de las de la aldea, reflejando la estabilidad que tenían a pesar de la muerte de su padre. La sala principal servía como punto de reunión para la familia, con una gran mesa de roble en el centro, rodeada de cinco sillas bien cuidadas. En una esquina, un estante de madera albergaba varios libros y pergaminos, muchos de ellos heredados de su madre, una de las pocas personas alfabetizadas en Olite.

El hogar tenía una atmósfera de calidez y orden. Aunque no había lujos innecesarios, cada objeto parecía estar en su lugar, reflejando el carácter meticuloso de su madre.

Cerca del fogón de piedra, su madre murmuró una palabra en voz baja. Un pequeño circulo de luz roja danzó en su mano antes de encender la leña con una llama tenue pero estable. A continuación, movió su palma sobre una jarra de barro y, con un suave murmullo, el agua comenzó a brotar de su interior, clara y fresca.

Kasim observó la escena con naturalidad. Lo que acaba de ver era magia de estilo de vida, el nivel más bajo de magia. Crecer con una madre capaz de usar magia le había enseñado a no sorprenderse por aquellas cosas. Aun así, siempre le resultaba fascinante la facilidad con la que ella realizaba estos pequeños actos.

Marina y Elena, sin necesidad de instrucciones, comenzaron a ayudar con la cena. Marina tomó un cuchillo y comenzó a cortar verduras con destreza, mientras Elena intentaba colocar los platos de madera sobre la mesa sin hacer demasiado ruido. La menor aún era un poco torpe con estas tareas, pero lo hacía con entusiasmo.

Su madre supervisaba todo con la tranquilidad que la caracterizaba. A pesar del cansancio que debía cargar después de un día de trabajo en la aldea, mantenía su porte elegante y sereno, su largo cabello anaranjado recogido con sencillez, pero sin perder su aire refinado.

Kasim se apoyó en el respaldo de una silla, observando la escena con una ligera sonrisa.

Tres años… y no ha cambiado nada.

la voz de Marina lo sacó de sus pensamientos.

—¡Hermano! Cuéntanos, ¿viste muchos guerreros en Kalishna? ¿Había caballeros? ¿o tal vez duelos de honor por la mano de una bella dama? —preguntó con entusiasmo, sus ojos brillando de emoción.

Elena bufó mientras tomaba una cuchara de madera y la movía en el aire con exageración.

—Otra vez con los caballeros. Ya deberías saber que esas cosas solo pasan en las historias de los bardos.

Marina frunció el ceño y cruzó los brazos.

—¡No es cierto! El propio padre nos contaba historias sobre caballeros y paladines. Tú solo eres una renacuajo que no entiende nada.

Elena entrecerró los ojos antes de sacar la lengua con burla.

—Si yo soy una renacuajo, entonces tú eres una renacuajo más grande y feo.

Kasim soltó una leve risa mientras su madre, con un suspiro paciente, les dirigía una mirada severa.

—Basta, no quiero peleas en la mesa. Y por discutir mientras se sirve la cena, ustedes dos serán las encargadas de limpiar todo después.

Marina y Elena abrieron la boca para protestar, pero al ver la expresión firme de su madre, se resignaron y asintieron con una mueca.

Kasim simplemente observó la escena en silencio, sintiendo una calidez nostálgica en su pecho. Durante tres años, solo había podido imaginar aquellos momentos, reconstruyéndolos en su mente con las cartas que recibía de su familia. Ahora, estaba aquí, viviéndolos de nuevo.

Cuando la cena estuvo lista, todos se sentaron a la mesa. Las risas y las conversaciones animadas llenaron el hogar. Marina insistió en preguntar sobre la vida en Kalishna, sobre los entrenamientos que tuvo y si vio algún caballero, mientras Elena, aunque aún fingía desinterés, no pudo evitar escuchar con atención.

El momento era perfecto.

Kasim dejó los cubiertos de madera a un lado y miró a su madre y hermanas con seriedad.

—Tengo algo importante que contarles.

Las voces en la mesa se apagaron poco a poco, mientras los ojos de su familia se fijaban en él con expectación.

Era hora de compartir su gran noticia.

El silencio se apoderó de la mesa por un instante, interrumpido solo por el crepitar de la leña en el fogón.

—El próximo año seré oficialmente un escudero de la Orden de Paladines.

Las palabras de Kasim resonaron en la estancia, y por un momento, nadie reaccionó.

Hasta que Marina soltó un grito ahogado y se levantó de la silla de un salto.

—¡Lo sabía! ¡Eres increíble, hermano! —exclamó con emoción, rodeándole el cuello con los brazos.

Elena, quien antes había criticado su fascinación por los caballeros, no pudo evitar contagiarse del entusiasmo. Sus ojos brillaban con una mezcla de asombro y orgullo.

—¡Eso significa que serás un paladín de verdad!

Kasim dejo escapar una risa leve mientras Marina lo liberaba del abrazo.

—Aun falta para eso, pero es un paso importante.

Elena asintió con efusividad, pero su madre permanecía en silencio. Aunque su sonrisa se mantenía en su rostro, su mirada se tornó pensativa.

—Eso significa que estarás lejos… —murmuró, bajando ligeramente la vista. —¿Por cuánto tiempo?

—No será tanto —respondió Kasim con rapidez. —Tuve la suerte de que me asignaran a Kalishna durante los próximos cuatro años mientras completo mi entrenamiento. Podré visitarlas con frecuencia, pero… —hizo una breve pausa, asegurándose de captar la atención de su madre y sus hermanas —no haría falta que estuviera viajando de un lado a otro si todas vinieran conmigo.

Las expresiones de Marina y Elena pasaron del entusiasmo a la confusión.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Marina, ladeando la cabeza.

—Que podemos mudarnos a la ciudad —dijo Kasim con firmeza. —Con mi salario como escudero y la ayuda que recibimos por papá, podríamos alquilar una casa en Kalishna. Un lugar donde podamos vivir juntos.

Las palabras apenas salieron de su boca cuando el rostro de sus hermanas se iluminó de nuevo.

—¡¿De verdad?! —Marina dio un paso adelante, con los ojos llenos de ilusión —¿Podremos vivir en la ciudad?

—Eso sería… —Elena titubeó por un instante, pero pronto una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro. —¡Eso significa que podré ver un castillo de verdad!

Sin embargo, su madre no respondió con la misma emoción. Su expresión, en lugar de reflejar alivio o entusiasmo, se tornó más reservada.

—Es… mucho que considerar —dijo finalmente.

Kasim frunció el ceño.

—¿Qué hay que considerar? Madre, esto es lo mejor para todos. Ya no tendrás que trabajar tanto, Marina y Elena recibirán una mejor educación, y no tendrán que preocuparte por el invierno.

Fresia suspiró con suavidad, cruzando las manos sobre la mesa.

—Hijo… no es tan fácil como lo haces sonar —murmuró. —No se trata solo de alquilar una casa. Hay muchas cosas que debemos considerar. ¿De dónde sacaremos el alimento? ¿Qué haremos si el dinero no es suficiente? Además, el próximo año el invierno será más frío de lo normal. Ya hemos comenzado con los preparativos para asegurarnos de que tengamos suficiente para pasar la estación sin dificultades… no es algo que se pueda dejar así como así.

Kasim apretó los labios. No esperaba que su madre pusiera tantos peros, pero estaba preparado.

—El lugar ya está resuelto —dijo con seguridad. —Antes de venir, encontré una casa que estaban alquilando a un buen precio. Con mi sueldo y la ayuda del reino otorgada por la Reina Santa tras la muerte de padre, podremos pagarla sin problemas.

Fresia no pareció convencida.

—¿Y qué hay del futuro? ¿De los gastos diarios?

—Si es necesario, tengo mis ahorros —continuó Kasim. —Durante mis tres años de entrenamiento apenas gasté dinero. Y si aún el dinero fuera un problema… —tomó aire antes de continuar —podríamos vender la casa y ganar…—

—¿Siquiera consideras lo que estás diciendo?

El tono de su madre lo hizo detenerse de golpe.

Fresia lo miraba con el ceño fruncido, su expresión mucho más severa que antes.

—Kasim, esta casa no es solo una propiedad —dijo, con voz firme. —Es el hogar que tu padre y yo construimos con nuestras propias manos. No es algo que simplemente se venda como si fuera un bien cualquiera.

Kasim sintió el peso de su error de inmediato.

—No lo dije con esa intención —se apresuró a aclarar. —Sé lo importante que es esta casa para todos… pero tenemos que pensar en el futuro.

Se giró hacia sus hermanas, buscando apoyo en ellas.

—Marina, si nos mudamos, podrías entrar en el colegio de bardos de Kalishna. Dijiste que ese era tu sueño, ¿no?

Los ojos de Marina se abrieron de par en par.

—¿Yo…? —titubeó, claramente sorprendida de que su hermano recordara algo tan especifico que le contó hace varios años. Luego asintió con emoción. —¡Si!

—Y Elena… —continuó, mirando a la menor —podrías aprender a leer y escribir en una escuela de verdad. Y hasta que encuentres algo que te guste, podrías ayudar en casa.

Elena parpadeó varias veces antes de sonreír con orgullo.

—Si Marina va a ser bardo, entonces yo seré una sanadora como mamá —declaró con confianza.

Kasim se volvió hacia su madre.

—No tienen que crecer en un lugar donde su única opción sea trabajar en el campo o casarse joven. Pueden aspirar a algo más.

Fresia lo miró en silencio por un largo instante, pero en lugar de suavizarse, su expresión se endureció.

—Y yo, ¿Qué se supone que haré en la ciudad? —preguntó con tono seco.

Kasim no titubeó.

—Madre, tú podrías ganar mucho más en la ciudad con tus habilidades curativas que en la aldea.

Su madre dejó escapar un suspiro cansado y negó con la cabeza.

—Sabes que eso no es posible.

—Pero—

—Los servicios de curación están estrictamente controlados por los templos a los Cuatro Dioses —lo interrumpió. —No puedo simplemente establecerme como sanadora sin estar afiliada al templo. Si lo hiciera, nos enfrentaríamos a multas enormes.

Kasim frunció el ceño.

No había considerado eso.

Era cierto que en la aldea su madre podía trabajar libremente como sanadora debido a que no había sacerdotes en la zona, pero en la ciudad, los templos tenían el control absoluto de las artes curativas.

Aun así, no pensaba rendirse.

Respiró hondo antes de jugar su última carta.

—Madre… sé que no solo puedes usar magia de primer nivel.

Elena y Marina se giraron hacia él con el ceño fruncido, mirándolo con una mezcla de incredulidad y confusión.

Fresia, en cambio, permaneció en completo silencio.

El silencio de su madre lo hizo dudar por un instante, pero decidió continuar.

—No solo eso… —Kasim apoyó ambas manos sobre la mesa y la miró fijamente. —Sé que puedes utilizar magia de segundo nivel.

El silencio en la habitación se hizo aún más denso.

Marina y Elena abrieron los ojos de par en par.

—¿Magia de segundo nivel…? —susurró Marina, volviéndose lentamente hacia su madre.

Elena la imitó, con la boca entreabierta.

Era bien sabido que alcanzar ese nivel de magia no era algo que cualquier persona pudiera hacer. Aunque no se comparaba con los prodigios que lograban dominar la magia de tercer nivel ni con los héroes capaces de alcanzar el cuarto o incluso el quinto nivel, el segundo nivel seguía siendo una frontera que muy pocos cruzaban. Incluso entre los magos que dedicaban sus vidas enteras al estudio de la hechicería, solo una fracción lograba cruzar ese umbral. La mayoría se estancaba en el primer nivel, no por falta de esfuerzo, sino porque simplemente no tenía el talento innato para avanzar más allá.

Kasim no notó de inmediato el cambio de expresión de su madre. Con entusiasmo, continuó hablando, sin darse cuenta del error que acaba de cometer.

—Madre, si puedes usar magia de segundo nivel, entonces podrías ganarte la vida sin problemas en la ciudad. Incluso los magos de primer nivel tienen oportunidades, pero alguien con tus habilidades de magia y curación…

No terminó la frase.

Fresia seguía sin decir nada.

Su mirada estaba baja, su rostro inexpresivo, y sus manos se habían quedado inmóviles sobre la mesa.

El instinto de Kasim le advirtió que algo estaba mal.

Fue entonces cuando su madre levantó la cabeza.

Su expresión seguía neutra, pero sus ojos verdes tenían un brillo que le heló la sangre.

—Dime, hijo… —Su voz sonó demasiado tranquila, con un tono bajo y controlado. —¿Has estado husmeando en mis pertenencias?

Kasim sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

De inmediato, sus hermanas desviaron la vista. Marina se mordió el labio inferior y Elena tragó saliva con dificultad, mirando fijamente su plato vacío como si esperaba que la madera la protegiera de lo que estaba a punto de suceder.

Kasim intentó responder, pero sintió la garganta seca.

—Y-yo…

No encontró palabras.

No había una buena forma de salir de esto.

Desde que eran pequeños, su madre les había dejado claro que su habitación y sus cosas eran intocables. No era una simple advertencia; era un regla inquebrantable que nadie había osado desafiar.

Excepto él.

Hace años, cuando tenía doce, cayó enfermo. Su madre y sus hermanas salieron a buscar hierbas para preparar un remedio, dejándolo solo en casa.

Fue entonces cuando la curiosidad lo venció.

Aún febril y con el cuerpo pesado, se aventuró hasta la habitación de su madre. Buscó en los rincones hasta encontrar un cofre de madera bien asegurado.

No estaba cerrado con llave.

Lo abrió.

Dentro encontró varias cosas.

Libros de teoría mágica.

Cartas con un sello extravagante, algunas con el lacre todo, otras completamente intactas.

Objetos que parecían valiosos.

Un libro de teoría mágica.

No se molestó en leer las cartas ni examinar los demás objetos. Lo único que le importó fue el libro. Lo devoró en los días siguientes, escondiéndolo bajo su cama y asegurándose de que su madre y hermanas no lo descubrieran.

Y ahora…

Ahora su madre lo miraba con un semblante que le hizo sentir como un niño otra vez.

—E-esto… puedo explicarlo…

Su madre se levantó de la mesa.

No gritó.

No perdió la compostura.

Pero la forma en la que se irguió bastó para hacer que el ambiente en la habitación se volviera sofocante.

—Váyanse a la cama. Ahora.

Su voz no admitía discusión.

Ninguno de los tres se atrevió a replicar.

Marina y Elena se apresuraron a abandonar la mesa, y aunque Kasim tardó un poco más en reaccionar, terminó por hacer lo mismo.

A pesar de todo su entrenamiento.

A pesar de que ya era considerado un hombre joven.

La voz de su madre aún tenía el poder de convertirlo en un niño indefenso.

Cuando llegó al cuarto que compartía con sus hermanas, Marina fue la primera en hablar en un murmullo.

—Hiciste enojar a mamá…

Elena, con voz más pequeña, añadió.

—Mañana va a estar peor…

Marina suspiró con resignación.

—Adiós, ciudad… adiós, mis caballeros…

Kasim no respondió.

Se dejó caer sobre su colchón de lana, sintiendo el peso del día sobre sus hombros.

Sabía que lo había arruinado.

Sabía que, de todas las cosas que pudo haber dicho, esa era la peor de todas.

Pero no todo estaba perdido.

Aún no le había dado una respuesta definitiva.

Quizás… mañana podría intentar convencerla de nuevo.

Con ese pensamiento, cerró los ojos y dejó que el sueño lo envolviera.


Mas tarde esa noche:

El silencio reinaba en la casa.

La tenue luz de una vela danzaba sobre la madera desgastada de la mesa, proyectando sombras alargadas en las paredes de la habitación. Fresia permanecía sentada, con los codos apoyados sobre el escritorio que alguna vez perteneció a su esposo. Entre sus manos, sostenía un sobre con un sello extravagante, ahora roto y desgastado por el tiempo.

Frente a ella, esparcidas sobre la superficie, había más cartas. Algunas abiertas, otras intactas, con su lacre aún sellado.

Sus dedos recorrieron con suavidad los bordes del papel, pero su mirada se mantenía distante, perdida en los pensamientos que la asediaban desde la conversación de la cena.

La propuesta de Kasim.

Sabía que sus intenciones eran buenas. Él solo quería lo mejor para su familia, asegurarse de que Marina y Elena tuvieran oportunidades que en la aldea jamás tendrían. Y en el fondo, ella también quería eso para ellas.

Pero hacerlo en la ciudad…

Volver a la ciudad…

Fresia frunció el ceño.

La idea le resultaba insoportable.

Había escapado de ese lugar hace tantos años, abandonando el apellido de su familia junto con todo lo que venía con él. Las expectativas. Las reglas. El futuro que le habían impuesto sin darle opción a elegir.

Desde el momento en que cruzó las murallas de la capital por última vez, supo que no habría vuelta atrás.

Y su padre…

Él nunca la perdonó.

Durante años, le llegaron cartas pidiéndole que recapacitara, que volviera antes de cometer un error mayor. Pero ella ignoró cada una de ellas.

Hasta que un día, dejaron de llegar.

No pensó demasiado en ello. Quiso convencerse de que simplemente había renunciado a intentar traerla de vuelta.

Pero unos meses después, una última carta llegó a sus manos.

Era de su hermano.

Y las noticias que traía le rompieron el corazón.

Aquel hombre, a quien había destinado su odio y rencor por tanto tiempo… había muerto.

Su hermano le rogaba que volviera, diciéndole que las puertas de su hogar seguirían abiertas para ella. Le prometía que no intervendría en sus decisiones y que aceptaría a su esposo e hijos.

Pero ella conocía a su hermano.

Sabía que mentía.

Desde ese día, nunca más volvió a abrir una carta con el sello de su familia.

Fresia apretó el puño alrededor del sobre, sintiendo la textura áspera del papel contra su piel. Sus labios se torcieron en una mueca amarga.

Había hecho todo lo posible por mantenerse lejos de esa vida. Por proteger a sus hijos de todo lo que su familia representaba.

Pero, ¿era justo que detuviera los sueños de Kasim y de sus hermanas solo por eso?

¿Era correcto aferrarse a su miedo cuando su hijo estaba dispuesto a darlo todo por ellas?

Su agarre se aflojó lentamente.

La carta resbaló de entre sus dedos y cayó sobre la mesa, arrugada, bajo la luz titilante de la vela.

Cerró los ojos por un momento, exhalando un suspiro profundo.

Luego, con voz apenas audible, soltó una pregunta al aire, sabiendo que nunca obtendría una respuesta.

—Querido… ¿qué debería hacer?


Afueras de Olite

La noche envolvía el bosque como un manto impenetrable.

Más allá de los campos y colinas que rodeaban la aldea, en la espesura de los árboles, un grupo de figuras se movía en silencio absoluto. Ojos brillantes destellaban entre las sombras, observando la empalizada de piedra y madera reforzada con una paciencia depredadora.

Eran altos, delgados y cubiertos de escamas de tonos oscuros. Sus cuernos curvados y afilados resaltaban contra la negrura de la noche, mientras sus colas largas se deslizaban sobre la hojarasca sin hacer el menor ruido.

Los Srasch.

Un grupo de cinco de ellos se encontraba más adelante que el resto, apostado sobre las gruesas ramas de un árbol, con sus ventosas aferradas en la corteza. Observaban la aldea con una mezcla de ansia y expectación.

—Los escamasuavesss duermen confiados —susurró uno de ellos, dejando que su lengua bífida asomara entre sus colmillos. —No tienen ni idea de lo que se avecina.

—Hsss… quiero saborear su carne —murmuró otro, relamiéndose con un destello hambriento en los ojos. Un hilo de saliva cayó de su mandíbula, perdiéndose entre la maleza.

—Paciencia —gruñó el tercero, con escamas más gruesas y cuernos ligeramente más largos. —No podemos movernos hasta que el jefe lo ordene.

El cuarto siseó con impaciencia, clavando sus garras en la madera con un chasquido sordo.

—¿Por qué esperar? Ahora es el momento. Los escamasuavesss están débiles, cansados con su cosecha. Podemos—

Un sonido sutil, apenas perceptible, cortó sus palabras.

Un parpadeo apenas visible en el aire.

Y de pronto, una figura apareció entre ellos, como si hubiera emergido de la nada misma.

El recién llegado era más imponente que el resto. Sus escamas eran de un tono oscuro, casi negro, y su musculatura denotaba una fuerza mayor. Pero lo que más destacaba era su piel… o más bien, la forma en la que se deslizaba de una tonalidad a otra, adaptándose a su entorno con un camuflaje natural.

El grupo se tensó de inmediato.

Era el jefe de su tribu.

Los cinco Srasch inclinaron la cabeza, adoptando una postura de respeto propia de su raza: las colas enroscadas, la cabeza agachada y las garras tocando el suelo.

El líder los observó con sus ojos reptilianos, que se movían de forma independiente, asegurándose de ver a todos a la vez.

—No cometan la misma estupidez que mi ancestro —dijo con voz profunda, entrecerrando los ojos.

Los subordinados no se atrevieron a responder.

El jefe continuó:

— Si atacamos sin un plan, los escamasuavesss podrán huir. Pedir ayuda. No debemos darless esa oportunidad.

Sus palabras hicieron que los otros Srasch compartieran miradas incómodas.

Todos conocían la historia contadas por los ancianos de la tribu.

Generaciones atrás, su tribu había intentado invadir la tierra de los humanos, escalando la gran muralla que construyeron con la destreza que les conferían sus ventosas. Lo lograron… pero cometieron un error fatal.

Subestimaron a sus presas.

La tribu, embriagada por su propio poder, se había extendido sin control por el oeste, arrasando aldeas y devorando a sus habitantes sin ningún plan más allá de saciar su hambre. Pero los escamasuaves no eran débiles. Se reagruparon, tomaron sus armas y se organizaron con rapidez. Uno a uno, los suyos fueron cazados y exterminados hasta apenas quedar unos pocos.

El antiguo jefe, el gran Sstrajh, pereció en aquel conflicto, asesinado por los campeones del enemigo. Los escamasuaves le cortaron los cuernos y exhibieron su cabeza como trofeo, humillando su linaje y marcando la vergüenza de su fracaso.

Los sobrevivientes huyeron. Algunos escaparon de vuelta a las colinas Abelion, pero otros, demasiados pocos como para siquiera formar una tribu, se dispersaron por el territorio de los humanos, ocultándose en las sombras, esperando la oportunidad de vengarse.

El jefe actual, del mismo linaje que el gran Sstrajh, había pasado toda su vida preparándose para ese momento.

Su ancestro fue un necio. Un bruto que dejó que su sed de sangre lo cegara y que llevó a la tribu a la ruina.

Él no cometería los mismos errores.

El Frío Profundo llegaba. Con cada noche, su manto helado se extendía más sobre la tierra de los escamasuaves, debilitándolos. Sus reservas disminuirían, su vigilancia se relajaría. Sus presas bajarían la guardia.

El momento había llegado.

Pero aún así, no podía permitirse descuidos.

Sabía que su mayor enemigo no era la aldea ni los hombres comunes que la protegían.

Eran sus campeones.

El demonio de ojos locos.

El jefe apretó los dientes al recordar aquel nombre.

Uno de sus "nueve colores".

Era un guerrero escamasuave de temible reputación, un arquero cobarde pero que, según decían los rumores, nunca fallaba un disparo.

No lo había visto con sus propios ojos, pero no necesitaba hacerlo.

Sabía que existía. Sabía que merodeaba cerca de aquella muralla. Y sabía que, si la aldea lograba pedir ayuda, vendría.

No podía permitirlo. Esta sería su prueba.

—Primero, eliminaremos la baliza en el centro de la aldea —ordenó, clavando sus pupilas reptilianas en los subordinados frente a él. —Si no pueden pedir ayuda, serán presas fáciles.

Los otros Srasch siseaban en aprobación, sus colas agitándose con entusiasmo.

—Una vez que la señal esté fuera… —sus ojos brillaron con anticipación, —les mostraremos a los escamasuavesss lo que significa ser cazadoss.

Un escalofriante coro de siseos y murmullos inundó el aire.

Algunos de los Srasch rieron entre dientes, mientras otros dejaban caer más saliva en la tierra, ansiosos por el festín que se aproximaba.

—Que haya crías escamasuavesss —susurró uno con una sonrisa perversa. —Siempre son las más tiernasss…

El jefe no respondió, pero la manera en la que su cola se agitó con impaciencia dejó en claro que él también estaba ansioso.

No más errores.

No más derrotas.

Esta vez, su tribu no solo sobreviviría… prosperaría.

Con un movimiento de cabeza, el jefe dio la orden.

Y uno a uno, los Srasch comenzaron a fundirse con la noche.

Sus cuerpos se mimetizaron con el ambiente hasta desaparecer por completo.

Pero mientras los seis que estaban al frente desaparecían entre las sombras, un centenar de ojos brillaba entre la copa de los árboles.

La cacería estaba a punto de comenzar.

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