Notes:

hola a todos ahora les traigo un nuevo capitulo espero que les guste lo pense mucho describiendo cada escena relamente me duelen las manos por todo todo lo descrito jajaja, pero bueno espero que les guste y pronto subiere la otra parte por que si no seria de 24 mil palabras :)

recuerden si ven errores dejenmelo en los comentarios y tambien sus criticas

les doy gracias por leer mi historia y llegar hasta este capitulo gracias, saludos.

P.S. se que cambia mucho el tema de la historia pero trato de darles una buena historia a un asi soy un novato escribiendo historias asi que hare mi mejor esfuerzo gracias.


Elias y Juno estaban disfrutando del agua, divirtiéndose mientras los demás en la orilla cavaban un hoyo solo por diversión. Juno flotaba tranquilamente junto a Elias, observándolo con curiosidad.

—Elias, me preguntaba… ¿por qué no hay criaturas marinas cerca de aquí? —preguntó Juno, notando la ausencia de peces o cualquier otro ser marino.

Elias la miró mientras seguía flotando.

—De vez en cuando vienen por aquí, pero cuando hay gente no se acercan mucho. Además, hay un límite hasta donde pueden llegar, según el acuerdo que tenemos con ellos, si no me equivoco —respondió con tranquilidad.

—Oh, entonces no pueden pisar la tierra los que pueden —comentó Juno, aún intrigada.

—No, sí pueden —corrigió Elias —pero solo en la playa. Más allá, hacia el interior, no.

—Ya veo —asintió Juno, aceptando la explicación.

Elias sonrió de repente, como si acabara de pensar en algo.

—Oye, Juno, ¿quieres ver algo? —preguntó con entusiasmo.

—¡Claro! ¿Qué es? —respondió Juno alegremente.

—Mira cuánto aguanto bajo el agua —dijo Elias con una sonrisa traviesa antes de sumergirse de golpe.

Juno se quedó flotando, esperando a que Elias saliera a la superficie, pero los segundos pasaban y él no aparecía. Su preocupación creció rápidamente.

—¡Elias! ¡Elias! —lo llamó con desesperación, temiendo lo peor.

Sin pensarlo dos veces, tomó una gran bocanada de aire y se sumergió para buscarlo. Al encontrarlo, vio cómo él le hacía señas con tranquilamente, indicándole que todo estaba bien. Ambos regresaron a la superficie, donde Juno tomó aire con fuerza, visiblemente aliviada.

—¡Creí que te habías ahogado! ¡Me asustaste! —exclamó Juno con los ojos llenos de preocupación.

Elias pudo notarlo claramente en su rostro.

—Tranquila —dijo con una sonrisa —Puedo aguantar bajo el agua casi un minuto sin respirar.

Juno, sin embargo, seguía con la expresión preocupada.

—Es impresionante que puedas hacer eso, pero no lo vuelvas a hacer, ¿sí? —dijo, bajando un poco las orejas que aún goteaban agua.

Elias asintió, algo apenado.

—Claro, lo siento si te preocupé.

Juno lo miró unos segundos antes de esbozar una pequeña sonrisa, aceptando su disculpa.

—Oye, no he visto a María y Jack desde hace como veinte minutos. ¿Tú los has visto? —preguntó Elias, notando su ausencia.

Juno también miró alrededor.

—No, tampoco los he visto —respondió ella, observando la orilla.

—Supongo que María le debe estar mostrando la pequeña cueva —dijo Elias con tranquilamente.

—¿Cueva? —preguntó Juno, ahora más animada.

Elias sonrió al verla tan curiosa.

—¡Ah, sí! Es una pequeña cueva que encontramos mi hermana y yo hace mucho tiempo.

—¡¿Podemos verla?! —exclamó Juno con entusiasmo, moviendo la cola alegremente bajo el agua.

—Claro, vamos a la orilla —dijo Elias, comenzando a nadar con Juno siguiéndolo de cerca.

Al salir del agua, ambos caminaron por la arena mojada. A lo lejos, los demás continuaban divirtiéndose. Las gotas de agua resbalaban por el pelaje de Juno mientras charlaban.

—¿Cómo es ese lugar? —preguntó Juno, aún emocionada.

—Es muy bonito, especialmente a esta hora —respondió Elias —Hay un pequeño arroyo que cruza la entrada, formando un lago. Y cuando el sol entra por una abertura en el techo, la luz lo ilumina de una forma increíble.

—¡Suena hermoso! No puedo esperar a verlo —dijo Juno, sonriendo ampliamente.

Elias asintió, compartiendo su entusiasmo. Pronto, se acercaron a unas rocas grandes que se elevaban junto a la orilla.

—Oh, caminar por aquí es difícil —comentó Juno, pisando con cuidado las piedras resbaladizas.

—Sí, pero vale la pena. Solo ten cuidado, algunas piedras son bastante resbalosas —advirtió Elias.

Juno asintió, avanzando lentamente. En un momento, perdió un poco el equilibrio y sin pensarlo, se sostuvo del brazo de Elias para no caer. Al darse cuenta, lo miró algo avergonzada.

—L-lo siento… —murmuró Juno.

Elias sonrió, restándole importancia.

—¡Bien, continuemos! —dijo con ánimo.

Finalmente, tras sortear las rocas, llegaron a una pequeña abertura en la pared de piedra.

—Aquí es —anunció Elias, señalando la entrada con una sonrisa de satisfacción.

Juno también la observó, su rostro iluminado por la emoción.

—Vamos —dijo Elias, avanzando hacia la cueva, seguido de cerca por Juno, cuya cola seguía moviéndose con entusiasmo.

Al llegar, Juno llamó a Elías, deteniéndolo con un leve gesto.

—Ah, oye, Elías —dijo Juno, capturando su atención.

Él se volteó hacia ella, ambos a unos pasos de la cueva, donde sus voces resonaban suavemente en el interior.

—¿Qué pasa, Juno? —preguntó Elías con curiosidad.

Juno bajó ligeramente las orejas, su mirada vacilante.

—Sé que ya me perdonaste por… morderte ayer, pero… —hizo una pausa, apretando un poco sus manos —¿Realmente te gusto? ¿O es como dijo aquella chica ayer? ¿Solo es por curiosidad?

Elías notó cómo las palabras de Eveline la habían afectado. Su expresión se suavizó mientras la observaba. Con una sonrisa tranquila, la abrazó sin dudarlo. Juno se quedó inmóvil por un momento, sorprendida por el gesto.

—Claro que sí —susurró Elías con firmeza —Realmente me gustas… —continuó él con una voz tranquila pero firme —Aunque cuando te conocí, te tenía un poco de miedo por lo insistente que eras al querer siempre acompañarme a todos lados.

Juno frunció el ceño, insegura, sintiéndose un poco mal por lo que Elias decía.

—Pero con el tiempo… noté que realmente eres muy agradable. Eres animada y siempre te ves muy positiva ante cualquier cosa.

Su rostro empezó a calentarse, y sintió una punzada de vergüenza al escuchar sus palabras.

—Pero también… te amo por la forma en que eres —dijo Elias con una sinceridad que hizo que el corazón de Juno diera un vuelco —Siempre te ves bonita.

Se separó un poco para mirarla a los ojos. Juno, sonrojada completamente, apenas podía sostener su mirada.

—Así que no te preocupes por lo que te dijo ella, ¿sí? —continuó Elías, su tono sincero y confiado —Nunca te haría algo tan horrible como eso.

Juno asintió lentamente, todavía con el rostro ardiendo.

—S-sí —respondió apenas audible.

La sonrisa de Elías se ensanchó, iluminando su expresión.

—Aunque… admito que sí siento un poco de curiosidad en algunas cosas —añadió casi en un susurro, mientras un leve rubor aparecía en sus mejillas.

Juno lo miró sin comprender al principio, pero poco a poco sus palabras hicieron eco en su mente. Su rostro se calentó aún más cuando entendió a qué se refería.

—N-n-n-no hay p-problema c-c-con eso —balbuceó Juno, sintiendo que su corazón latía con fuerza.

Elías, notando su reacción, se avergonzó también.

—N-n-no, no lo decía de esa manera —intentó aclarar rápidamente, desviando la mirada —No es que te esté presionando o que debas hacer algo… Apenas estamos saliendo y solo quiero pasar más tiempo contigo.

Juno seguía completamente sonrojada, pero su expresión reflejaba algo más que vergüenza. Una tímida sonrisa apareció en sus labios.

—Claro que no… No hay problema —susurró, jugando nerviosamente con sus dedos —Y no siento que me estés obligando. Es solo que… si eres tú, no me importaría. Después de todo… estamos saliendo.

Las últimas palabras las dijo con la voz apenas perceptible, pero Elías las escuchó claramente. Su corazón latía tan rápido como el de Juno, mientras ambos permanecían allí, compartiendo aquel tierno momento, sin necesidad de decir nada más.

Fue entonces cuando vieron a alguien salir de la cueva. Ambos voltearon, avergonzados y nerviosos, temiendo que alguien los hubiera escuchado. María tenía el rostro rojo, mientras Jack desviaba la mirada con las mejillas encendidas. Por alguna razón, salían tomados de las manos.

—¡Ah, hermanita! ¡Te estábamos buscando! —dijo Elías rápidamente, esbozando una sonrisa nerviosa. Su rostro aún mostraba un leve rubor.

—¡S-sí, los buscábamos! —añadió Juno, igual de inquieta.

María los miró con una sonrisa forzada, intentando disimular.

—¡No hay problema! Solo le estaba mostrando el lugar a Jack y nos quedamos charlando un poco —respondió apresurada.

Jack asintió rápidamente sin decir nada, su incomodidad evidente.

—Ah, bien. Yo iba a mostrarle el lugar a Juno —dijo Elías con una risa nerviosa.

—Sí, claro. Nosotros vamos a la playa con los demás —contestó María, aún sosteniendo la mano de Jack.

Sin dar tiempo a más preguntas, lo arrastró consigo para salir de allí lo más rápido posible. Elías y Juno los observaron alejarse, aún con la incomodidad en el aire.

—¡Ten cuidado con las piedras! —gritó Elías al verlos correr.

—¡Sí! —respondió María sin voltear.

En ese momento, Juno captó algo con su olfato. El aroma de Jack estaba impregnado en María, lo cual era natural después de todo siempre estan juntos. Pero entonces, un matiz diferente la golpeó de lleno. Su expresión cambió al instante, sus ojos se abrieron de par en par.

"¡No me digas que esos dos...!" —pensó, su rostro encendiéndose completamente rojo.

Mientras, María y Jack ya habían desaparecido de su vista.

—Estuvo cerca —dijo Elías, suspirando aliviado. Luego miró a Juno con una sonrisa más relajada —Vamos.

—S-sí... —murmuró Juno, aún tartamudeando y sin poder borrar el calor de su rostro.

Elías dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la entrada. Juno, sin poder evitarlo, miró nuevamente hacia la cueva, donde el aroma persistía. Su mente no dejaba de darle vueltas a la situación.

—E-e-e-Elías, espera —dijo, tratando de recomponerse mientras lo seguía apresurada. Todo lo que quería era salir de allí lo más rápido posible.

Juno salió corriendo tras él. Al entrar, el olor de los dos se hizo más evidente pudiendo percibir un olor metálico que reconocía, su rostro se encendió de vergüenza. A pesar de sus intentos por disimular, su expresión la delataba. Caminó rápidamente hacia Elias, quien observaba el lugar con tranquilidad antes de volver su mirada hacia ella.

—¿Qué te parece? —preguntó Elias con una sonrisa amable.

Juno apenas podía sostenerle la mirada. Todo lo que quería era salir de allí, su cara estaba completamente roja.

—¡Es bonito! —respondió rápidamente, tratando de sonar natural, pero su voz temblorosa la traicionó.

Elias continuó hablando, pero Juno apenas escuchaba. Su mente trabajaba frenéticamente en busca de una excusa para escapar. "¡Tengo que salir de aquí! ¡Debo encontrar una excusa!" pensó desesperada, su nerviosismo aumentando con cada segundo.

—Juno, ¿estás bien? —preguntó Elias, notando su expresión ausente.

Ella salió de sus pensamientos de golpe, sonrojada, sin saber qué decir.

—Tienes la cara muy roja. ¿Por qué no volvemos? No vaya a ser que te enfermes. Podemos venir en otro momento —sugirió Elias con evidente preocupación.

Juno asintió rápidamente, sin atreverse a discutir.

—S-s-sí… —susurró, evitando mirarlo directamente.

Para su sorpresa, Elias tomó suavemente su mano, sonriéndole con ternura. Juno se sobresaltó al sentir el contacto, pero sin pensarlo demasiado, también sujetó su mano y lo siguió. Al salir de la cuerva caminaron juntos hasta la playa, donde los demás seguían con su divirtiendoce.

Collot, Durham, Miguno y Voss habían ampliado considerablemente el hoyo en el que estaban excavando. Al verlos acercarse, Tao, Bill y Aoba levantaron la vista.

—Veo que están muy entretenidos —comentó Elias con una sonrisa divertida mientras observaba a los chicos trabajar.

—Sí, aunque no entiendo el cerebro de un perro. ¿Qué tiene de divertido esto? —dijo Bill, cruzándose de brazos.

—Ni yo —añadió Tao, mirando con incredulidad cómo los demás seguían cavando sin descanso.

Elias rió ligeramente.

—Yo tampoco, pero… oye, se ve divertido —dijo entre risas.

Los tres lo miraron confundidos, pero prefirieron no seguir cuestionándolo.

—Oye, Elias, por cierto… ¿a dónde fueron? —preguntó Aoba con curiosidad —También María y Jack desaparecieron por un rato, pero parece que ya volvieron.

Aoba dirigió su mirada hacia Jack y María, quienes ahora estaban sentados juntos. Elias, sin darle mucha importancia, respondió con tranquilidad.

—Fuimos a ver la cueva cercas de las rocas. Juno y yo fuimos a buscar a mi hermana y a Jack. Ahí estaban los dos —explicó Elias con naturalidad.

—¿Cueva? —repitió Bill, intrigado. Aoba y Tao también lo miraron con curiosidad.

Juno, por su parte, sintió que su rostro volvía a encenderse al escuchar la mención de la cueva. Recordar aquel olor la ponía aún más nerviosa.

—¡Sí! —continuó Elias, animado —Es una cueva que mi hermana y yo encontramos hace tiempo. Pero si quieren verla, podemos ir después. Después de cierta hora, se empieza a llenar de agua lo que la hace peligrosa.

La emoción en la voz de Elias contrastaba con la expresión avergonzada de Juno, quien apenas podía mantenerse tranquila. Mientras él seguía explicando, ella solo deseaba que la conversación terminara pronto.

—Suena interesante, tal vez después podamos ir a verla —dijo Bill con una sonrisa, intrigado por el lugar.

Elias asintió, complacido por el interés. Juno, por su parte, se relajó al ver cómo Elias dejaba de hablar del lugar cambiando de tema, compartiendo palabras y risas viendo a los demás. Su mirada se desvió entonces hacia Jack y María, quienes conversaban tranquilamente. La expresión avergonzada de Jack era evidente, pero María parecía disfrutar de la situación, sonriendo con naturalidad.

Legoshi, acompañado por Haru, se acercó a ellos.

—Oye, Jack, los demás se están divirtiendo. ¿No quieres acompañarnos? —preguntó Legoshi con tono amistoso.

Jack, sorprendido, levantó la vista, aún algo nervioso.

—¡Ah! Claro, vamos —respondió con una sonrisa forzada, intentando disimular su incomodidad.

Sin embargo, Legoshi notó algo extraño. Su agudo sentido del olfato captó un aroma inconfundible, un olor fuerte y particular que lo hizo fruncir ligeramente el ceño. Miró a Jack y luego a María, sintiéndose cada vez más incómodo y sorprendido. Jack se dio cuenta de la reacción de Legoshi y, sintiendo que su nerviosismo aumentaba, se levantó rápidamente.

—Voy adelante —dijo, intentando escapar de la situación.

Legoshi no dudó y lo siguió, dejando a Haru con María.

—¡Jack, espera! —llamó Legoshi, alcanzándolo en cuestión de segundos.

Jack evitaba mirarlo, sintiendo cómo su vergüenza lo envolvía.

—¿Qué pasa? —preguntó Jack, nervioso, manteniendo la mirada en el suelo.

Legoshi titubeó.

—Bueno... no quiero parecer un entrometido ni nada, pero... —dijo, escogiendo cuidadosamente sus palabras —Es solo que... puedo oler algo raro.

Jack se puso rígido. Su rostro, que ya estaba sonrojado, adquirió un tono aún más intenso. La mirada penetrante de Legoshi solo confirmaba lo inevitable.

—¿Q-qué? Yo... no sé de qué hablas —respondió Jack, tartamudeando y evitando cualquier contacto visual.

—Oh… —musitó Legoshi, visiblemente avergonzado por la situación. Sin necesidad de más palabras, Legoshi entendió lo que había sucedido.

Jack, sintiéndose descubierto, solo asintió sin decir nada.

—Bueno, tal vez si vamos al agua… —sugirió Legoshi, intentando aliviar la incomodidad —Quizás así el olor desaparezca antes de que los demás lo noten.

—S-s-sí… creo que es lo mejor —respondió Jack, tartamudeando.

Sin decir nada más, se giró rápidamente y comenzó a caminar hacia el mar. Legoshi lo siguió, tratando de aparentar normalidad, aunque el ambiente entre ellos seguía cargado de incomodidad.

Mientras los demás disfrutaban de la playa, ajenos a lo que ocurrió, Legoshi traba de hablar con él para que se distrajera un poco.


Louis bajó del auto, deteniéndose frente a la imponente casa de su padre.

—Gracias, Ibuki —dijo Louis, sin apartar la vista del portón de la mansión.

Las iniciales de su padre adornaban el centro del portón de hierro forjado. Los muros de ladrillo rojo se extendían a su alrededor, contrastando con los pilares blancos que sostenían la estructura. A lo lejos, la mansión se alzaba con elegancia, rodeada por un extenso jardín.

Ibuki cerró la puerta del auto y miró a Louis con expresión seria.

—¿Está seguro de esto, jefe? —preguntó con tono preocupado.

Louis le lanzó una mirada de reojo, notando la preocupación en los ojos.

—Sí —respondió con firmeza —Tengo que hablar unas cosas con él primero, y luego se los daré.

Sintió el peso de los frascos ocultos bajo su saco, la sangre en su interior parecía arder con cada paso que daba.

—Está bien, jefe —asintió Ibuki, resignado, mientras caminaba hacia la puerta del conductor para esperar junto a Agata.

—Volveré enseguida —murmuró Louis, con la mirada fija en el portón.

Se acercó al intercomunicador y presionó el botón. Un breve chasquido indicó que la conexión se había establecido.

—Hola, esta es la mansión Oguma. ¿A qué asuntos se debe su presencia? —preguntó una voz formal desde el otro lado.

—Soy yo, Louis. Abre.

Hubo un momento de silencio antes de que la voz respondiera, visiblemente sorprendida.

—¡Señor Louis! Claro, enseguida abrimos.

Con un suave zumbido, las puertas se abrieron lentamente. Louis avanzó sin mirar atrás, sintiendo la mirada de Ibuki clavada en su espalda. La entrada se cerró con un sonido sordo, dejándolo completamente solo.

A cada paso que daba, el camino de grava crujía bajo sus pies. Finalmente, llegó a las puertas dobles de madera tallada que daban acceso a la mansión. Inspiró profundamente.

—Bueno, es hora —susurró para sí mismo.

Con determinación, giró el pomo y entró.

El mayordomo, una cabra de expresión impecable, lo recibió con una leve inclinación. Su traje negro contrastaba con la cálida iluminación del recibidor.

—Bienvenido, señor Louis —saludó con voz medida.

Louis, sin embargo, apenas le dedicó una mirada.

—¿Dónde está mi padre? —preguntó con frialdad.

El suelo alfombrado en rojo se extendía bajo sus pies, y las paredes, decoradas con madera oscura y detalles ornamentales, reflejaban el lujo habitual del lugar. La parte superior de las paredes, pintada en un tono café claro, añadía un aire sofisticado.

—Está arriba, señor. De hecho, me dijo que le avisara que lo espera en su oficina —respondió el mayordomo, manteniendo su tono sereno.

Louis frunció el ceño. Por supuesto que lo esperaba. Su padre siempre tenía que adelantarse a todo.

Sin responder, comenzó a subir las escaleras. La pesada baranda de madera pulida parecía observarlo con la misma indiferencia que su padre acostumbraba mostrarle.

Al llegar frente a la puerta de la oficina, levantó la mano para tocar, pero una voz firme se anticipó desde el interior.

—Pasa.

Louis apretó la mandíbula, su ceño se frunció aún más. Sin molestarse en anunciarse, abrió la puerta y la cerró tras de sí.

Oguma estaba sentado en su imponente escritorio de madera oscura. La luz del día se filtraba por las amplias ventanas, proyectando sombras sobre el suelo. Su padre lo miraba con expresión indiferente, cada línea de su rostro acentuada por la claridad del sol.

Louis avanzó unos pasos, sin apartar la vista de su padre. Sus ojos se encontraron en un silencio tenso.

Oguma miró a Louis sin mostrar expresión alguna.

—Oh, creí que tu fase rebelde la tendrías cuando eras más joven, pero veo que me equivoqué. ¿No es así? —dijo con voz calmada, sin desviar la mirada.

Louis no respondió. Su expresión seguía siendo seria, manteniendo el contacto visual con Oguma.

—Siempre supe que no eras un ciervo común —continuó Oguma, su rostro inmutable—. Intentaste quitarte la vida en lugar de ser devorado por los carnívoros.

Las palabras hicieron que Louis apretara los dientes, su ceño fruncido. En un rápido movimiento, sacó un arma y la apuntó directamente hacia Oguma. Sin embargo, el hombre mayor no mostró ni un atisbo de miedo, simplemente lo observó, como si la amenaza no fuera más que una trivialidad.

—Sí —respondió Louis con firmeza —pero no vine a hablar de mi reciente rebeldía.

Con la otra mano, Louis sacó un documento doblado y lo dejó caer con fuerza sobre el escritorio. Oguma lo tomó, sin apartar la mirada de él, y luego bajó los ojos para leerlo.

—Ya veo —dijo, su tono tan inmutable como antes —Así que quieres retirarte de la escuela.

—Firma el documento. Ahora —ordenó Louis, sin bajar el arma, su voz cargada de determinación. "Hazlo, por favor" —pensó, sintiendo cómo los nervios lo consumían, aunque intentaba ocultarlo a la perfección.

Oguma, sin dejarse intimidar, entrelazó las manos con calma sobre el escritorio.

—Siempre estuve destinado a ser una bestia del bajo mundo desde el día en que nací —añadió Louis, manteniendo la firmeza en su mirada —La relación que tenemos tú y yo nunca podrá cambiar la sangre en mis venas. Volveré a donde pertenezco.

El silencio se hizo denso. Oguma lo observó con la misma expresión imperturbable, pero había algo en su mirada, una especie de curiosidad o tal vez decepción.

—Como dije, no eres un ciervo ordinario. Te convertiste en el jefe de los Shishigumi... y ahora usas la fuerza para romper los lazos conmigo —respondió Oguma, sin rastro de temor.

Louis sintió un escalofrío recorrer su espalda. "¿Cómo se enteró?" Su sorpresa era evidente, pero intentó mantener la compostura. Oguma, por su parte, esbozó una leve sonrisa.

—Tus acciones son tontas, pero tu improvisación es convincente —dijo, y con un gesto sereno, levantó la mano y cubrió el cañón del arma con la palma.

Louis se quedó inmóvil, sin saber cómo reaccionar ante la tranquilidad con la que Oguma afrontaba la situación.

—No esperaría menos del actor estrella del club de drama —añadió Oguma, mirándolo directamente a los ojos, con esa pequeña sonrisa que parecía atravesar todas las defensas de Louis.

Louis solo pudo observar, sorprendido y frustrado. Por más que intentara ocultarlo, Oguma lo había leído con una facilidad alarmante.

Louis lo miró, frunciendo el ceño con evidente molestia.

—¡Tú nunca has ido a ver ninguna de mis obras, ni una sola vez! —reprochó, presionando con más fuerza el cañón del arma contra su mano.

Oguma lo observó con calma, su expresión apenas cambió.

—Te compré con dinero y he gastado todos estos años sin saber cómo expresar mi afecto por ti —dijo, con un leve matiz de afecto en su voz, aunque su rostro permanecía serio.

Louis lo miró, sorprendido por aquellas palabras.

—Pero ahora, mientras sostengo el cañón de tu arma… —continuó Oguma, esbozando una pequeña y casi imperceptible sonrisa—. Es como si trece años de tus emociones estuvieran chocando contra mí, y estoy disfrutándolo.

Louis se sintió indeciso. La firmeza en los ojos de su padre lo hacía dudar. Entonces, Oguma empujó lentamente el arma con la palma de su mano.

—Dime, si no firmo el documento, ¿me dispararías? —preguntó, con una extraña satisfacción en su tono.

—Seré recordado como el presidente de una compañía que cometió suicidio porque su hijo se convirtió en un criminal. Tal vez no suene tan mal desaparecer así por un hijo malvado —añadió Oguma, su mirada desafiante clavada en Louis.

El joven tembló ligeramente. Su determinación se desmoronaba. Con cada palabra, su padre parecía envolverlo en una red de incertidumbre. Louis apretó los labios, incapaz de sostener aquella confrontación por más tiempo. Lentamente, bajó el arma.

Oguma, sin perder la compostura, tomó la pluma y firmó el documento. Sin embargo, Louis notó con desconcierto cómo su padre escribía algo más sobre el papel "Retiro Temporal."

—El conglomerado Cuernos no se hundirá por algo tan trivial como tu mala conducta —dijo Oguma, dejando la pluma sobre el escritorio —Vuelve cuando seas lo suficientemente fuerte como para apretar el gatillo.

Louis lo miró con el ceño fruncido, sintiendo una mezcla de rabia y confusión. Guardó el documento en su saco, junto con el arma, pero no se movió. Algo más rondaba en su mente.

—¿Qué pasa? ¿No continuarás con tu rebeldía? —preguntó Oguma con tono serio.

Louis lo encaró, decidido.

—Claro. Pero antes, hay algo que necesito.

Oguma lo observó con cautela.

—Dime.

Sin vacilar, Louis sacó dos frascos de cristal de su saco. Uno estaba vacío, mientras que el otro contenía un líquido carmesí oscuro. Oguma entrecerró los ojos, sorprendido.

—¿Qué es esto? ¿Acaso es algo ilegal que has estado haciendo? —preguntó, tomando el frasco y examinándolo de cerca.

—No, claro que no —respondió Louis con firmeza —Es algo que apareció recientemente en el mercado negro.

Oguma dejó el frasco en el escritorio, su expresión se endureció.

—¿Entonces quieres mi ayuda para algo ilegal? Nunca creí que mi hijo llegara tan lejos —dijo con una leve risa sarcástica.

Louis lo miró con seriedad, su paciencia al límite.

—No. Ya te dije que no es algo ilegal que yo haya hecho, ni tampoco el Shishigumi. Esos frascos… creo que son de procedencia humana.

Las palabras de Louis resonaron en la habitación. Oguma dejó de reír. Su expresión ahora era completamente seria.

—¿Es verdad lo que dices? —preguntó con un tono grave.

Louis asintió.

—Sí, alguien del Shishigumi me los entregó. Los dos frascos contenían sangre humana, o eso es lo que les dijeron los humanos anteriores —dijo Louis con seriedad.

Oguma lo miró sorprendido por sus palabras.

—Entonces, ¿por qué uno de ellos está vacío? —preguntó con tono firme, sin apartar la mirada de Louis.

—Alguien del Shishigumi lo probó en un adicto para medir sus efectos. Creen que son reducidos, pero por lo que me contó, la primera vez que la vieron de parte de los humanos era el doble de fuerte. Provocaba que quienes la consumieran se volvieran completamente violentos —explicó Louis, intentando mantener la calma.

Oguma escuchaba con atención, su expresión se mantenía seria.

—Entonces, ¿para qué me necesitas? ¿No sería mejor que lo reportaras a la policía? Sabes muy bien que involucrarse en este tipo de cosas solo te traerá problemas —dijo Oguma con firmeza.

Louis frunció el ceño, su frustración era evidente.

—No. Eso solo traería más complicaciones. Creo que hay humanos infiltrados usando trajes de animales y no sabemos cuáles son sus intenciones —respondió Louis con convicción.

La sorpresa cruzó brevemente el rostro de Oguma, aunque rápidamente recuperó la compostura.

—Ya veo… Esto es un problema —dijo con gravedad.

—La razón por la que te pido ayuda es para usar el laboratorio de la compañía y analizar la sangre. Temo que sea algo aún más peligroso de lo que parece, incluso que pueda llegar a las calles y afectar a inocentes —añadió Louis, mirando el frasco con evidente preocupación.

Oguma lo miró durante unos segundos, comprendiendo la angustia en los ojos del joven. Finalmente, suspiró.

—Está bien. Te dejaré usar el laboratorio —dijo mientras se levantaba de su silla.

Louis lo miró, sabiendo que no sería tan fácil.

—Pero si se descubre que es algo demasiado peligroso, tendré que informarlo a la policía. No puedo permitir que arriesgues tu vida solo para jugar al héroe. Eres el futuro heredero de esta compañía. Entiendo que quieras ayudar, pero no dejaré que te involucres en algo tan arriesgado —añadió Oguma con firmeza.

Louis apretó los puños, frustrado, pero entendía la postura de Oguma.

—Sí… Lo entiendo —respondió con voz seria.

—Bien. Me encargaré de entregarlo al equipo de investigación y mantendremos todo en secreto mientras averiguamos qué es —concluyó Oguma.

Louis asintió. Sin decir nada más, se giró y caminó hacia la puerta. Justo antes de salir, se detuvo por un momento.

—Gracias —dijo en voz baja, sin mirar atrás.

Oguma lo observó en silencio mientras salía y cerraba la puerta. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.

-despues de todo aun me ves como tu padre. Dijo oguma mirando la puerta.

Louis salió de la mansión y se dirigió hacia la salida. El portón se abrió lentamente, dejándolo pasar. Afuera, Ibuki estaba apoyado en el auto, fumando, mientras Agata permanecía en el asiento del copiloto observando.

—¿Listo, jefe? —preguntó Ibuki al verlo acercarse.

—Sí, ya está. Volvamos —respondió Louis con tranquilidad, sin apartar la mirada.

Ibuki exhaló el humo de su cigarro y lo dejó caer al suelo, aplastándolo con el pie. Luego se dirigió a la puerta trasera y la abrió con respeto.

—Como usted diga, jefe —dijo con tono firme.

Louis subió al auto, y una vez adentro, Ibuki cerró la puerta y se colocó al volante. Encendió el motor y arrancó, alejándose del lugar. Desde la ventanilla, Louis observaba la mansión desapareciendo lentamente en la distancia.

—Jefe —llamó Ibuki, rompiendo el silencio.

Louis desvió la mirada hacia él.

—¿Qué sucede?

Ibuki lo observó brevemente a través del retrovisor, sin dejar de prestar atención a la carretera.

—Tenemos información de que alguien vio al falso conejo el día de los asesinatos en el callejón. Le sacamos toda la información que pudimos —informó Ibuki con seriedad.

—Ya veo. ¿Y qué fue exactamente lo que vio? —preguntó Louis, sintiendo una leve inquietud.

—Dijo que lo vio claramente. Su descripción coincide: sus ojos no son como los de un conejo, su altura es irregular y su comportamiento era extraño —explicó Ibuki, manteniendo la vista en el camino.

Louis asintió lentamente, sus sospechas parecían confirmarse. Agata, que escuchaba en silencio, sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. La sola idea de que el falso conejo fuera real lo estremecía.

—También vio los asesinatos. Nos contó que lo siguió y pudo ver hacia dónde se dirigía. Al parecer, alguien lo recogió en un vehículo negro de cuatro puertas, dijo que los vio adentrarse por las arboledas que están cercas del mercado negro. Creo saber a cuáles se refiere. Pero nos advirtió algo más… —Ibuki hizo una breve pausa—. Dijo que no está solo. Hay guardias fuertemente armados los vio cuando subió al vehículo. Parece que los humanos tienen una base de operaciones aquí en el mercado negro.

Louis frunció el ceño. La situación era cada vez más peligrosa.

—Entonces… los humanos nos están invadiendo en secreto y extendiendo esa droga misteriosa en el mercado negro para contaminar a todos —dijo con preocupación. Su mirada se volvió más seria —Esto es malo.

Ibuki lo miró nuevamente por el retrovisor, dudando por un instante antes de hablar.

—Sí, lo sé, jefe. Y sé que esto puede sonar mal… pero creo que sería mejor dejar esto en manos de la policía o del Beastar. No deberíamos involucrarnos —sugirió con firmeza. El peso de la situación era evidente, y enfrentarlo directamente parecía una locura.

Louis permaneció en silencio por un momento, meditando las palabras de Ibuki.

—Te entiendo —dijo finalmente, con el ceño fruncido—. Sé que esto está fuera de nuestro control. Muchos podrían resultar heridos si esto continúa.

Su voz reflejaba la preocupación por las posibles consecuencias. Los humanos estaban jugando con fuego, y la amenaza que representaban se hacía cada vez más evidente.

Ibuki lo miró por el retrovisor.

—Lo sé, jefe. Por eso les avisé a los demás que estén alerta y a todos con los que tenemos negocios que no utilicen esos frascos. Si podemos frenar un poco su avance, tal vez le demos más tiempo a la policía para que los encuentren, y nosotros solo observaremos. Incluso podría mejorar aún más nuestra reputación al haberlos ayudado —dijo Ibuki, intentando calmar las inquietudes de Louis.

Louis respiró profundamente, tratando de apaciguar sus pensamientos. Lo miró con seriedad.

—Tal vez, pero debemos estar muy vigilantes —dijo finalmente.

Ibuki asintió y volvió su vista al camino.

"¿Me pregunto qué es lo que quieren? ¿O si solo intentan hacernos daño?" —pensaba Louis mientras observaba por la ventana.

Cuando el auto se detuvo en un cruce, vio a un lobo parado en la esquina, esperando para cruzar. La imagen hizo que su mente viajara inevitablemente a Legoshi, Haru, Juno y los demás que habían acompañado a Elias y María.

"¿Estarán bien en aquella isla?" —se preguntó con cierta preocupación.


Los rayos de luz de la tarde iluminaban el mar, haciendo que las olas resplandecieran. Juno, sentada cerca de la orilla, observaba el paisaje con fascinación mientras los demás se preparaban para cambiarse.

—¡Ahhh! ¡Es hermoso! ¡Parece que el mar está lleno de joyas! —exclamó Juno alegremente, sin apartar la vista del reflejo dorado sobre el agua.

Elias se acercó a ella, sentándose a su lado.

—Sí, lo sé. ¿Sabes? No les dije, pero hay noches en las que el plancton se ilumina con el movimiento de las olas. Es algo increíble —comentó Elias, sonriendo al recordar el espectáculo natural.

Juno lo miró con los ojos brillantes, emocionada.

—¡¿De verdad?! —exclamó, moviendo la cola de entusiasmo.

Elias rió levemente al ver su reacción.

—Sí, una vez mis padres, mi hermana y yo acampamos aquí por la noche. Nos acercamos a la orilla para verlo, y al tocar el agua, se iluminaba. Fue muy divertido —relató Elias, evocando con cariño aquel recuerdo.

—¡¿Alguna vez podríamos verlo?! —preguntó Juno con emoción, apoyándose ligeramente en él.

Elias volvió a reír con ternura.

—Claro. Tal vez en la noche del festival es mañana. Siempre hay plancton iluminado cuando lo celebramos, además de que podrás ver las luces flotantes que llegan hasta aquí, viajando por el río —dijo Elias, sonriendo.

Juno asintió, aún más emocionada ante la idea de presenciar algo tan mágico.

—¡Elias, vamos! —escucharon la voz de la madre de Elias, haciendo que todos voltearan.

Elias levantó la mano en señal de que ya iban. Luego la bajó y miró a Juno.

—Vamos, ya es hora de irnos —dijo, poniéndose de pie en la arena.

Juno asintió con una sonrisa y también se levantó para prepararse. Al cabo de un rato, todos se habían cambiado y se reunieron con los padres de Elias, quienes los esperaban.

—¿Ya están todos? —preguntó el padre de Elias, asegurándose de que nadie faltara.

—Sí, vámonos —respondió, cargando la maleta que traía consigo.

La madre de María los seguía de cerca, mientras los demás chicos comenzaban a caminar, charlando animadamente. Jack y María iban juntos, caminando a un ritmo tranquilo.

—Oye, ¿no olías algo raro en Jack cuando nos cambiábamos? —murmuró Durham en voz baja, mirando discretamente a Jack y María.

Collot asintió, también observándolos.

—Sí, lo noté, pero no sé qué era. Huele mucho a sal —respondió con cierta confusión.

Voss y Miguno también escuchaban la conversación.

—No lo sé, pero desde que volvió, actúa muy raro. Supongo que se debe a que está con María —dijo Miguno con tono calmado.

—Sí, supongo que tienes razón —asintió Collot, aunque la duda seguía rondando en su mente.

Legoshi, que caminaba junto a ellos, los escuchaba hablar, sintiendo cómo la ansiedad se apoderaba de él.

"¡Que no me pregunten, que no me pregunten, que no me pregunten!" —pensaba rápidamente, evitando mirarlos. Sabía que no era bueno ocultando cosas y temía que lo descubrieran.

De repente, una mano tomó su muñeca, sobresaltándolo.

—Ahhhhhhh —Con un grito ahogado, dio un pequeño salto, llamando la atención de todos sobresaltándolos. Cuando volteó, vio que era Haru. Sin embargo, su reacción inesperada hizo que ella diera un paso atrás, sorprendida.

—¿Qué pasa, Legoshi? —preguntó Durham, confundido, al igual que los demás.

Legoshi les sonrió nerviosamente, tratando de disimular.

—L-lo siento. No es nada. Es solo que me acordé de lo de anoche, cuando vimos ese… fantasma. Por eso me asusté —se excusó, aún nervioso.

Los demás asintieron, sin querer profundizar en el tema por miedo a que aquella experiencia se repitiera. La madre de Elias rió suavemente, mientras el padre de Elias daba la vuelta para continuar el camino. Todos lo siguieron sin hacer más preguntas.

Legoshi suspiró aliviado, pero entonces volvió a sentir la mano de Haru en su muñeca. Al girar, notó la expresión fruncida de ella.

—¿Qué fue eso? —preguntó Haru, claramente confundida por su reacción repentina.

Legoshi la miró con cierto nerviosismo mientras ambos seguían caminando junto a los demás.

—N-n-nada, solo pensaba en algo y... —Legoshi buscaba desesperadamente una excusa para evitar que Haru siguiera preguntando.

Ella lo observó con curiosidad antes de soltar un suspiro.

—Ahhhh... Supongo que ese fantasma que vimos realmente te asustó —dijo Haru con una sonrisa divertida.

Legoshi, todavía nervioso, intentó sonreír.

—Sí, claro...

Haru rió suavemente.

—Sabes, fue muy divertido pasar el rato en la playa hoy —comentó, sonriéndole con sinceridad.

Legoshi la miró, y por un momento, dejó de lado su incomodidad.

—Yo también me divertí —admitió, con un tono más tranquilo —especialmente... contigo.

Sus palabras salieron con sinceridad, mirando el camino. Haru lo observó, sorprendida por la seriedad en su expresión. Un leve rubor apareció en sus mejillas.

Legoshi notó su silencio y ladeó la cabeza con curiosidad.

—¿Haru? ¿Pasa algo?

Haru rió al ver su reacción.

—No, nada. Solo pensaba en cómo será el festival de los humanos. Me pregunto si será muy diferente. No puedo esperar a verlo —respondió animada, volviendo su mirada al camino iluminado por la luz de la tarde.

Legoshi también miró hacia adelante, reflexionando.

—Supongo que será algo muy distinto, por lo que Elias nos ha contado.

Mientras caminaban, el ambiente parecía tranquilo, hasta que algo a lo lejos llamó su atención. Por el camino de tierra, una nube de polvo se levantaba, anunciando la llegada de algo.

—¿Qué es eso? —preguntó el padre de Elias, deteniéndose al notar el movimiento en el horizonte.

Elias y María se acercaron, observando con atención.

—Parece que son vehículos de transporte —dijo Elias, reconociendo las siluetas que se acercaban.

Uno a uno, los vehículos militares pasaron frente a ellos. Soldados ocupaban los asientos, vistiendo máscaras con respiradores que les cubrían completamente el rostro. Los visores rojos de las máscaras les daban un aspecto amenazante, reforzado por los cascos y las armaduras de cuerpo completo.

Los ojos de los soldados se posaban en ellos, evaluándolos con una inquietante indiferencia. Algunos vehículos transportaban materiales para barricadas, dejando claro que no estaban allí solo por una visita pacífica.

El temor se apoderó del grupo. Haru, sin pensarlo, tomó la mano de Legoshi con fuerza. Él sintió su agarre y, aunque su propia ansiedad crecía, intentó mantenerse firme.

Al final de la caravana, un vehículo negro más pequeño apareció. Era una camioneta de transporte con vidrios polarizados. Su diseño inconfundible revelaba su origen: la nación de las bestias.

El vehículo se detuvo justo frente a ellos. El silencio era ensordecedor. La puerta corrediza se abrió con un sonido seco, revelando a Hughes en el asiento del pasajero. Su uniforme militar blanco contrastaba con la oscura escena, y su máscara cubría su rostro por completo.

Aunque sentirían cierto alivio al reconocerlo, la presencia de tantos soldados mantenía su inquietud latente. Hughes no dijo nada, pero su llegada solo incrementaba la incertidumbre sobre lo que estaba por venir.

—¡Hola, chicos! —dijo Hughes, saludándolos alegremente.

La ventana del copiloto bajó y todos pudieron ver a Mei y Geruft que estaba al volante, y ambos les saludaron con la mano. Elias y los demás sintieron un poco de alivio al reconocerlos.

—Ah, hola, ministro Hughes —dijo el padre de Elias con tranquilidad, devolviendo el saludo. —¿Puedo preguntar por qué hay tantos soldados?

Hughes lo miró por unos segundos, como si pensara cuidadosamente sus palabras.

—¡Tranquilo! Sé que puede parecer algo inquietante, pero estamos realizando un entrenamiento de juegos de guerra, y su ciudad fue elegida como escenario. No se preocupen si ven muchos soldados durante estos días. Solo mantengan la calma —explicó Hughes con tono amable.

Los chicos escuchaban con atención, intrigados por lo que decía.

—¿Usted también participará? —preguntó Elias con curiosidad, Hughes rio un poco.

—¡No! Solo vine a dar algunas instrucciones. Después de eso, regresaré a la base central. Últimamente tenemos mucho trabajo —respondió Hughes, sonando algo cansado y convincente pero sabía que les mentía.

Elias asintió, comprendiendo. Hughes notó entonces los restos de arena en los zapatos de los chicos y sonrió.

—Mmm... ¡Veo que se fueron a divertir! —comentó con ánimo.

—¡Sí! Les estábamos mostrando el lugar —dijo Elias, sonriendo algo nervioso.

Hughes asintió con satisfacción.

—Muy bien, chicos. Diviértanse, después de todo están de vacaciones… Pero bueno, me tengo que ir. Nos vemos después —se despidió con amabilidad.

—¡Nos vemos! —respondieron todos al unísono.

Hughes tomó la puerta del vehículo para cerrarla, pero justo antes de hacerlo, se detuvo y miró directamente a Elias.

—Ah, Elias. Si tienen alguna emergencia, no dudes en usar el radio que te di, ¿está bien? —le dijo en un tono más serio.

Elias asintió firmemente.

—Entendido.

Con un último vistazo, Hughes cerró la puerta y el vehículo arrancó, dejando atrás una leve nube de polvo. Los chicos se quedaron en silencio por un momento, cada uno reflexionando sobre lo que acababan de escuchar.

—Bueno, supongo que veremos muchos soldados estos días —dijo el padre de Elias con tranquilidad, mientras caminaban por el sendero.

Todos lo miraron con curiosidad, y Jack, sin poder contenerse, preguntó.

—¿Qué son los juegos de guerra?

Los demás también prestaron atención, intrigados por el término. Elias se encogió de hombros antes de responder.

—Ah, tranquilo. Solo son simulaciones de conflictos. Entrenan en conjunto con otras fuerzas, como la aérea y la marítima, creo. Aunque no lo recuerdo muy bien, según era eso —dijo Elias, intentando hacer memoria.

Los demás asintieron, sorprendidos pero comprendiendo la razón detrás de esas prácticas.

—Suena... interesante —comentó Jack, aunque en su voz se notaba cierto nerviosismo.

Elias asintió, a punto de continuar hablando, pero su padre lo interrumpió con un tono firme pero amable.

—Bueno, chicos, volvamos antes de que anochezca.

El hombre giró para retomar el camino, y los demás lo siguieron sin objeciones. Mientras andaban, la charla se tornó más ligera, con comentarios y risas ocasionales. El ambiente tranquilo del atardecer acompañaba sus pasos, envolviéndolos en una atmósfera de aparente calma mientras regresaban.

Hughes miraba el camino con expresión seria bajo su máscara mientras Geruft conducía en dirección al puerto.

—Señor, ¿cree que es buena idea no decirles lo que sucede? —preguntó Mei con cierta preocupación.

Hughes la miró brevemente antes de responder.

—Cuanto menos sepan, mejor. No quiero arruinar sus vacaciones por culpa de un par de bastardos con ideas genocidas en mente —dijo con firmeza.

Mei asintió, comprendiendo su razonamiento.

—Bueno, por ahora estarán más seguros con todos esos soldados patrullando la ciudad mientras nosotros cazamos a los responsables de esos trajes de piel —comentó ella con seriedad.

—Sí. Y pagarán por lo que le hicieron a esos inocentes. Cada uno de ellos. —La voz de Hughes no mostraba compasión, solo una fría determinación. Mei y Geruft podían sentir la rabia contenida en sus palabras.

Después de un momento de silencio, Geruft habló sin apartar la vista del camino.

—Por cierto, señor, ¿nos dividiremos en grupos?

—Sí, como lo planeamos. Nos dividiremos en dos equipos para llamar menos la atención posible, yo iré con el equipo Alfa por tierra. Ustedes dos saltarán con la fuerza aérea en el equipo Bravo hasta la posición hasta la posición designada, ahí nos reuniremos para planear nuestro siguiente movimiento.

Nuestro informante también dijo haber visto al que portaba el traje, le entrego unos frascos con sangre. También señaló que lo siguió, sabe de la ubicación pero por razones de seguridad decidimos no discutirlo por teléfono, se discutirá en persona con él, así que hay que apresurarse el tiempo es contado.

—¡Entendido, señor! —respondieron Mei y Geruft al unísono.

Hughes hizo una breve pausa antes de añadir.

—Una cosa más. Es posible que el Shishigumi también esté presente. Al parecer, tienen un nuevo líder.

—¿Es en serio? —preguntó Mei con incredulidad.

—Así es —afirmó Hughes con tono neutro.

—Esos idiotas nunca aprenden —comentó Mei, riendo con amargura.

—Sí, parece que nos están pidiendo a gritos que acabemos con ellos —añadió Geruft, sin apartar su expresión seria.

Hughes mantuvo su mirada fija en el horizonte, su voz calmada pero firme.

—Lo curioso es que el nuevo jefe del Shishigumi no es un león. Es un ciervo.

—¿¡Un ciervo!? —exclamaron Mei y Geruft, sin poder ocultar su sorpresa.

—Según nuestro informante, este nuevo jefe mostró interés en nuestro objetivo. Además, uno de los miembros del Shishigumi tomó los frascos de sangre, pero lo hizo con extrema precaución, como si supiera que eran peligrosos —explicó Hughes.

Mei y Geruft intercambiaron una mirada de asombro.

—Interesante. Al parecer, esos golpes les hicieron recapacitar… Pero, ¿por qué nombrarían a un herbívoro como jefe? —dijo Mei, riendo ligeramente ante la ironía.

—Según la información que recibimos, el nuevo jefe es un hijo de un empresario muy influyente de Zebuth, el conglomerado Cuernos —respondió Hughes, manteniendo su tono serio.

—¿Eso es posible? —preguntó Mei, aún incrédula.

Hughes asintió con firmeza.

—Ya veo por qué tomó los frascos con cuidado. Parece que saben que contienen algo malo —murmuró Mei, volviendo a mirar hacia el camino.

A lo lejos, el puerto apareció en el horizonte, con los camiones de carga deteniéndose junto a los muelles. El aire denso y el sonido de las olas rompían el silencio, anunciando el inminente comienzo de su misión.

—Pues créelo, ese niño maneja a los Shishigumi y se han vuelto más eficientes —dijo finalmente Hughes, abriendo la puerta para salir. Pero antes de marcharse, los miró a los dos con seriedad.

—Mei, Geruft, vuelvan en una pieza —ordenó con tono firme, aunque era evidente su preocupación por ellos.

—Claro, señor —respondió Mei con voz confiada.

—Sí, señor. Volveremos —añadió Geruft, con determinación, asegurándole a Hughes que regresarían.

Hughes asintió, satisfecho.

—Bien. Recuerden que el comandante Klaus nos envió equipo de nueva tecnología para esta misión. Está en la parte trasera, tomen el suyo y mantengan la frecuencia de radio establecida. Mantengan el perfil lo más bajo posible para no llamar la atención. Lo último que necesitamos es que se enteren de lo que hacemos allá —advirtió Hughes con firmeza.

Ambos asintieron al unísono.

—¡Sí, señor!

—Bien, a moverse. Y buena caza —dijo Hughes, cerrando la puerta detrás de él.

Se alejó con paso decidido, dirigiéndose hacia los soldados que descendían de los camiones. Antes de seguir, echó una última mirada hacia Geruft, quien giraba la camioneta para salir del puerto y dirigirse a la base aérea. Hughes observó cómo se alejaban, una sombra de preocupación cruzando su rostro.

—Que les vaya bien —murmuró en voz baja. Luego, respiró hondo y dio media vuelta, dispuesto a prepararse para la misión mientras el sol comenzaba a ocultarse.


—Oye, ya llegué. Es mi turno de vigilar —dijo una rata mientras subía a una azotea, despertando a su compañero, quien observaba el callejón del mercado negro. El sol comenzaba a desaparecer en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados.

—Sí, iré a dormir un poco —respondió la otra rata, levantándose con pereza de donde estaba acostada.

Justo cuando se disponía a irse, algo llamó su atención. Una figura se movía por el callejón. La primera rata también lo notó y ambos se tensaron al instante. Reconocieron la silueta. Era el sospechoso del que les habían hablado.

—¡Es el sospechoso! —susurró la rata, tratando de mantener la calma.

—¡Lo seguiré! —dijo el otro roedor sin pensarlo dos veces, lanzándose a la persecución.

—¡Espera! ¡Hay que pedir refuerzos! —intentó detenerlo su compañero, pero fue inútil. Lo vio desaparecer mientras corría por los techos, saltando de edificio en edificio atravesó de sus cornisas.

La figura sospechosa avanzaba con paso tranquilo, doblando esquinas como si conociera perfectamente el terreno. La rata se esforzaba por no perderla de vista, trepando cables y deslizándose por los bordes de las construcciones. Cada giro que tomaba su objetivo lo alejaba más, hasta que finalmente vio una oportunidad.

Un tubo de desagüe sobresalía de la pared, descendiendo hasta el suelo. Sin pensarlo demasiado, la rata se deslizó por él, cayendo pesadamente y rodando al impactar con el suelo. Se reincorporó rápidamente, mirando a su alrededor con desesperación.

—¡Maldición, lo perdí! —gruñó, frustrado.

La luz tenue del atardecer iluminaba la calle, pero algo extraño sucedió. La sombra detrás de él se desvaneció de repente. Al darse la vuelta, su corazón se congeló.

—¡Oh! —La voz dulce y burlona resonó en el aire—. Una ratita fisgona me está siguiendo.

Era Gwen. Su mirada se clavó en la rata con una mezcla inquietante de diversión y crueldad. Algo en sus ojos lo perturbaba profundamente notando que no eran los de un conejo. Se dio cuenta que su sospechoso era mujer y su presencia era perturbadora, como si cada movimiento suyo escondiera una amenaza velada.

—¿Qué debería hacer contigo? —preguntó Gwen en un tono juguetón, inclinándose ligeramente hacia él.

El roedor permanecía paralizado por el miedo. Su mente luchaba por encontrar una salida, pero su cuerpo no respondía.

—¡Oh, ya sé! —exclamó Gwen, enderezándose con una sonrisa torcida.

Sin previo aviso, lanzó una patada directa a la rata. El impacto lo hizo volar por los aires, chocando violentamente contra un muro. El dolor le recorrió todo el cuerpo mientras caía al suelo, gimiendo de agonía.

Gwen solo sonreía, disfrutando del espectáculo con una satisfacción sádica.

El ratón intentó levantarse para huir, pero el dolor se lo hizo imposible, miro sus piernas una estaba rota intento pararse pero fue demasiado tarde. Lo último que vio fue la suela del zapato de Gwen. Cuando todo terminó, ella se marchó sin dejar rastro.

El sol había dejaba sus rayos naranjas y morados iluminaban el cielo. La otra rata corría desesperadamente, intentando alcanzar a su compañero. Al llegar al lugar, se detuvo en seco sobre el techo y observó la escena desde las alturas. Su cuerpo se estremeció al ver el cadáver aplastado contra el suelo, una y otra vez. Aunque estaba acostumbrada a transitar por las cloacas, aquella visión era demasiado. Las náuseas la invadieron, pero el miedo fue aún mayor.

Con manos temblorosas, tomó el pequeño dispositivo que llevaba consigo y presionó el botón, enviando una señal. Pasaron unos minutos antes de que los oficiales llegaran. Corne apareció poco después, acompañando a la rata que había dado la alarma. Su mirada se posó sobre la escena, mientras los agentes cubrían el cuerpo con una sábana blanca.

—Al parecer, se dio cuenta de nuestra presencia —dijo Corne con voz grave —Creo que la subestimamos.

La otra rata permanecía en silencio, incapaz de apartar la vista del cadáver cubierto. Su expresión era una mezcla de angustia y culpa.

—¿Estás bien? —preguntó Corne, notando su estado.

—Es mi culpa —respondió la rata con un hilo de voz —No pude detenerlo a tiempo. Le dije claramente que necesitábamos refuerzos, pero no me escuchó. Y ahora... está muerto.

Su mirada seguía fija en la sabana, como si esperara que su compañero despertara de aquel destino irreversible. Corne comprendió su dolor. La imprudencia del ratón había sellado su suerte.

—Tómate un descanso —dijo Corne con suavidad —Yo me encargo.

La rata asintió sin decir nada más. Se puso de pie con dificultad y se alejó del lugar, su silueta desvaneciéndose en la penumbra. Corne la observó por un instante antes de desviar la vista de nuevo hacia el cadáver.

—Esto será más difícil de lo que parece —susurró para sí mismo.

El cielo, comenzaba a cubrirse por nubes, apagaba cualquier rastro de luz. La noche avanzaba, oscura e implacable.

La puerta de la entrada se abrió, dejando pasar a Gwen. En el interior, los soldados cargaban las últimas cajas al camión, cada una de ellas contenía los frascos de sangre. Vincent estaba allí, de brazos cruzados, supervisando que todo estuviera en orden. Gwen se acercó a él con paso firme.

—Veo que el cargamento está casi listo —comentó Gwen, su voz fría y calculadora.

Vincent la oyó y le lanzó una breve mirada de reojo.

—Sí. Ciento cincuenta cajas —respondió sin emoción—. Suficiente como para envenenar a toda una ciudad pequeña.

Gwen observó las cajas apiladas, notando la eficiencia con la que trabajaban los soldados.

—¿El mestizo te dio la dirección para la entrega? —preguntó con tono seco.

Vincent giró lentamente hacia ella, sus ojos reflejaban una seriedad inquebrantable.

—Hay un cambio de planes —dijo con firmeza.

Gwen frunció el ceño bajo su máscara, la desconfianza nublando su mirada.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Iré a entregarlo personalmente —continuó Vincent, volviendo a mirar el camión —El mestizo quiere una reunión para discutir algunos detalles finales sobre el producto.

Por un momento, Gwen guardó silencio, evaluando la situación.

—Ya veo… —murmuró, su expresión permanecía impasible—. ¿Cuándo partimos?

—No. Tú te quedas en la base.

La respuesta fue directa, casi cortante. Gwen lo miró, sorprendida.

—¿Qué?

—Necesito que alguien dirija la base de operaciones mientras estoy fuera —dijo Vincent, su tono bordeando lo sarcástico—. Y si te preocupa el escuadrón armado, vendrán conmigo para custodiar el cargamento.

Gwen apretó los labios, pero no discutió. Su mirada se endureció, aunque finalmente soltó una leve risa.

—Bien. Supongo que eso significa que podré descansar un poco —dijo, estirándose con fingida despreocupación.

Mientras tanto, los soldados terminaban de acomodar las últimas cajas y uno de ellos cerró la puerta trasera del camión con un golpe seco. Acto seguido, el hombre se acercó a ellos, la tensión en el aire era palpable.

—Señor, ya está todo listo. Podemos irnos —informó el soldado, su voz distorsionada por la máscara que llevaba.

—Bien. Prepárense, saldremos en diez minutos —ordenó Vincent con tono firme.

—¡Sí, señor! —respondió el soldado, girándose para retirarse y dar el aviso al resto del equipo.

Gwen lo observó mientras se alejaba, su expresión permanecía fría y seria.

—Solo espero que no te equivoques con ese mestizo, Vincent. Podría traicionarnos en cualquier momento —dijo Gwen, sus palabras cargadas de desconfianza.

—No lo hará. Y si lo intenta, le volaré la cabeza —replicó Vincent, su voz sin titubeos.

—Como sea, te dejo a cargo. Volveré después de la entrega —añadió mientras se dirigía hacia el resto del equipo, dejando a Gwen sola.

Ella suspiró, sin apartar la vista de él hasta que desapareció de su campo de visión.

—Será mejor que empiece a fabricar la otra parte del suero —murmuró para sí misma, dándose la vuelta y subiendo las escaleras hacia su laboratorio.

Afuera, la noche se cernía oscura, con un cielo cubierto de nubes que ocultaban la luna. Solo las luces de la ciudad rompían la penumbra. En lo alto, un avión volaba silencioso, camuflado entre las sombras.

—Aviso, en treinta minutos estaremos sobrevolando la ciudad. Prepárense —anunció el piloto a través del intercomunicador.

En el compartimento de carga, los soldados ajustaban su equipo. Entre ellos, Mei y Geruft revisaban sus armas y atuendos.

—Así que este es el nuevo equipo de combate —comentó Mei, observando a Geruft.

Su máscara, que cubría desde la boca hasta el cuello, se complementaba con un casco táctico negro. En la parte frontal, un dispositivo con cuatro lentes relucía, agregando un aspecto futurista a su equipo. Su uniforme negro era notablemente más ligero, con un chaleco ajustado repleto de compartimentos para cartuchos y herramientas. Las hombreras también parecían menos pesadas, permitiéndole moverse con mayor agilidad.

—Sí, parecen un poco mejor que los anteriores. Me siento más ligero —respondió Geruft, flexionando el brazo con facilidad.

Mei terminó de ajustarse el casco, sintiendo la diferencia en el peso.

—Tienes razón. No está tan pesado. Aunque… me pregunto si realmente nos protegerá —dijo, observando el chaleco de Geruft.

—Hughes dijo que está hecho de una tela especial a prueba de balas, con placas más ligeras pero resistentes —explicó Geruft, recordando la información que le habían proporcionado.

—Supongo que es nueva tecnología. Si el comandante Klaus lo aprobó, debe funcionar —dijo Mei con cierto escepticismo—. Pero… ¿y este nuevo dispositivo? ¿Para qué sirve?

Con curiosidad, bajó los lentes del casco hacia sus ojos. Geruft la observaba mientras ella experimentaba con el equipo.

—Según Hughes, son los nuevos visores nocturnos y térmicos. Tienen cuatro modos diferentes —explicó Geruft.

Mei, fascinada, presionó uno de los botones y la visión frente a ella se tornó de un intenso verde. Ahora podía ver con claridad en la penumbra del compartimento, mucho mejor que con sus propios ojos.

—¡Increíble! —exclamó, maravillada.

Curiosa, probó el siguiente modo. Esta vez, un delineado preciso resaltaba los contornos de los objetos y las personas a su alrededor, brindándole una visión nítida y detallada.

—Esto es… impresionante —susurró, asombrada.

Finalmente, presionó otro botón. La visión cambió a un contraste de blanco y negro, mostrando claramente las fuentes de calor. Extendió la mano frente a ella y, a través del guante, pudo ver el calor irradiando de su piel.

—¡Esto parece magia! —dijo Mei, fascinada por el dispositivo.

Geruft sonrió ligeramente bajo su máscara, compartiendo la misma impresión. La tecnología había avanzado a un punto en el que incluso lo imposible parecía tangible.

El intercomunicador sonó de nuevo.

—En diez para la ciudad —dijo el piloto.

Mei apagó el dispositivo y subió el visor de su casco antes de ajustarse el paracaídas. Geruft hizo lo mismo, al igual que el resto del equipo. Con movimientos precisos, todos revisaron su equipo una última vez, asegurándose de que nada estuviera mal.

—¡Equipo asegurado! —se escuchó en el compartimento de carga.

Mei y Geruft caminaron hacia la compuerta trasera.

—¡Escuchen! —exclamó Mei, captando la atención de todos.

Los soldados voltearon, centrando su mirada en ella.

—Descenderemos y nos dirigiremos al punto de reunión. Traten de no llamar la atención al aterrizar y elijan un punto abierto. ¿Entendido?

—¡Sí, señora! —respondieron al unísono.

—¡Bien! Prepárense para el salto —ordenó Mei, asegurando su gancho de salida al riel que conectaba con su paracaídas. Geruft y los demás hicieron lo mismo, verificando cada enganche con firmeza.

Un operador del avión se acercó a la compuerta, comunicándose por radio. La compuerta se abrió dejando entrar el sonido de los motores que rugían y el viento que golpeaba con fuerza. A pesar de ello, las voces seguían siendo audibles. El intercomunicador volvió a sonar.

—Estamos sobre el objetivo. Luz verde —anunció el piloto.

El operador levantó el pulgar, señalándoles que era el momento. Todos asintieron. Mei fue la primera en saltar.

—¡Vamos! —gritó, lanzándose al vacío.

Geruft la siguió inmediatamente, junto con los demás miembros del equipo. Desde las alturas, sus figuras caían rápidamente, ocultas por la oscura noche y las nubes.

—Buena suerte, Bravo. Buena caza —deseó el piloto por radio.

—Volveremos a la base por más combustible —informó mientras el avión viraba y se alejaba de la zona.

Mientras tanto, Mei y su equipo descendían planeando hacia una zona despejada viendo las luces de la ciudad y sintiendo el aire golpear sus rostros. Al alcanzar cierta altura, cada uno abrió su paracaídas uno por uno. El aire los sostuvo y su caída se desaceleró, permitiéndoles descender con mayor control.

Mei divisó un claro y dirigió su trayectoria hacia él. Geruft y los demás hicieron lo mismo, descendiendo cerca de la zona. Finalmente, Mei tocó el suelo con suavidad, corriendo unos pasos para frenar su impulso. Con rapidez, se quitó el paracaídas y lo recogió.

Los otros miembros del equipo, ya en tierra, siguieron su ejemplo. La misión apenas comenzaba.

Mei se agachó con su arma en mano, escaneando los alrededores con la mirada. No había señales de movimiento. Bajó su arma, sujetándola con una sola mano, y llevó la otra al radio adherido a su casco.

—Aquí equipo Bravo, hemos descendido. Cambio. —informó en voz baja, soltando el botón y esperando respuesta.

Pocos segundos después, el sonido del radio volvió a escucharse.

—Aquí equipo Alfa. Nos estamos dirigiendo al punto de reunión. Tomen precaución, hemos visto más patrullas de policía de lo normal fuera del mercado negro. Manténganse atentos y no llamen la atención. Cambio. —la voz de Hughes resonó con firmeza.

—Entendido. Vamos para allá. —respondió Mei, cortando la comunicación.

Con un movimiento calculado, miró hacia atrás, donde los demás permanecían ocultos por la oscuridad. Hizo una serie de señas rápidas, indicando que era momento de moverse. Sin emitir un solo sonido, el equipo comenzó a avanzar en formación, aprovechando las sombras como cobertura.

Las calles del mercado negro seguían tan activas como siempre. Bestias de diversas especies rondaban los alrededores, algunas comprando carne, otras bebiendo en los bares de mala reputación. Entre ese ambiente, Louis se encontraba en la barra de uno de los locales, con la vista fija en un documento. Las palabras de su padre resonaban en su mente.

El tintineo de la puerta al abrirse interrumpió sus pensamientos.

—¡Ah, viniste! —exclamó con entusiasmo la voz de una chica.

Louis levantó la mirada. Era Cosmo, la popular bailarina del club de strippers. La misma que habían salvado la noche anterior, cuando un cliente había estado a punto de devorarla, guardo el documento en el interior de su saco.

—Solo por esta vez. —respondió Louis con seriedad, sin mostrar emoción alguna.

Cosmo se acercó y tomó asiento junto a él en la barra.

—No planeo volverme amigable solo porque los dos somos herbívoros. —añadió Louis con tono indiferente, intentando mantener su fachada de dureza.

Cosmo soltó una pequeña risa, percibiendo la actuación del ciervo rojo.

—Entiendo lo que sientes. Pero al menos déjame agradecerte. —dijo ella, acomodándose en la silla y girándose levemente hacia él.

Louis no respondió. Su mirada seguía fija en la barra, como si nada pudiera distraerlo.

—Si es algo que se hace una sola vez, entonces es una razón más para hacerlo con todo el corazón. —comentó Cosmo con determinación. Luego, con una expresión traviesa, llamó la atención del bartender—. ¡Maestro! Dos vasos de jugo cien por ciento vegetal, por favor.

Louis arqueó una ceja, visiblemente sorprendido.

—¿Jugo vegetal? —murmuró, desconcertado.

Cosmo rió suavemente ante su expresión.

—No te preocupes. Este es el único bar en el mercado negro que sirve jugo de vegetales. El maestro simpatiza con los herbívoros.

El dueño del bar, un lagarto de mirada serena, asintió con tranquilidad mientras sacaba un puñado de vegetales frescos y los colocaba en una licuadora. El rugido del motor llenó el ambiente por un instante. Louis lo observaba con escepticismo, preguntándose si realmente existía algo así en un lugar como ese. Fue entonces cuando el bartender, con un tono calmado, habló.

El dueño del bar sirvió tranquilamente los vasos, dejando caer el líquido verde con un movimiento seguro. Louis lo observaba con cierto asombro mientras el hombre hablaba con naturalidad.

—Uno de mis mejores amigos era un conejillo de indias, ¿sabes? —dijo el dueño, con una sonrisa nostálgica.

Louis no supo qué responder. Solo asintió levemente, mirándolo seriamente vio como le entregaba su vaso él lo tomo y lo miro por unos segundos. Cosmo, sin embargo, levantó su vaso con expresión animada.

—Salud por los herbívoros —dijo, acercando su vaso al de Louis.

Él la miró por un momento, dudando. Finalmente, chocó suavemente su vaso contra el de ella. Después de un breve instante, Louis decidió probar el contenido. El sabor dulce y ligeramente ácido lo tomó por sorpresa. Bebió con más confianza, dejando el vaso casi vacío sobre la barra.

"Delicioso" —pensó, inclinando ligeramente la cabeza mientras el sabor permanecía en su boca.

Cosmo lo observó con curiosidad.

—Todavía no te acostumbras, ¿verdad? —comentó con tono tranquilo.

Louis levantó la vista, sorprendido. No respondió de inmediato, pero su expresión lo delataba.

—A mí me tomó ocho años —añadió Cosmo con una leve sonrisa—. Pero tú eres joven.

Mientras Louis asimilaba sus palabras, la puerta del bar se abrió. Un lagarto vestido con pantalones oscuros y una camisa azul de botones entró, su presencia rompiendo momentáneamente el ambiente relajado. Su mirada recorrió rápidamente el lugar, posándose en Louis, Cosmo y finalmente en el dueño.

—Llegó… "el licor", señor —informó el lagarto con tono serio, como si sus palabras tuvieran un doble significado.

El dueño, con gesto sereno, le sostuvo la mirada.

—Dile que lo ponga en el almacén —respondió con calma.

El lagarto asintió, pero su inquietud era evidente.

—Sí, señor, solo que… "hay que mover unas… cosas" —dijo, desviando la mirada hacia Louis y Cosmo, sugiriendo que su presencia era un inconveniente.

El dueño entendió de inmediato.

—Ahora las muevo. Solo espera un poco —respondió tranquilamente.

Con un gesto rápido, el lagarto salió del bar. Afuera, algunos miembros del Shishigumi permanecían vigilando la entrada. El lagarto pasó junto a ellos, evitando cualquier contacto visual, y continuó su camino hasta perderse en un estrecho callejón.

Siguió avanzando hasta un oscuro pasillo donde, sin previo aviso, varias armas se alzaron apuntándolo. La tensión se cortaba en el aire hasta que una voz autoritaria rompió el silencio.

—Bajen las armas, es él —ordenó Hughes en voz baja, observando a sus soldados con seriedad entre la oscuridad.

El lagarto lo miro portando un uniforme negro como los demás pero con su máscara blanca habitual y su insignia en el hombro, se acercó con paso firme, echando una rápida mirada hacia atrás para asegurarse de que no lo seguían.

—¿Qué sucede, Zony? —preguntó Hughes con tono serio, manteniendo su seriedad imperturbable.

Zony cruzó los brazos.

—El jefe del Shishigumi está en el bar con una chica, y sus guardias están afuera cuidando la puerta. Tendrán que esperar a que se despeje el lugar —informó con voz firme.

Hughes asintió lentamente, comprendiendo la gravedad de la situación. No tenían tiempo para esperar, pero tampoco podían arriesgarse a ser descubiertos. Ahora, cada segundo contaba.

—Volveré para esperar a que se despeje —dijo Zony.

Hughes asintió con seriedad.

—Sí, solo espero que sea rápido —respondió.

Zony asintió nuevamente y se retiró, saliendo del callejón y dirigiéndose de vuelta al bar. Los miembros del Shishigumi lo observaron con atención al verlo pasar otra vez. Cuando abrió la puerta, se encontró con Cosmo, que estaba saliendo.

Ella lo miró sorprendida.

—Ah… Lo siento. Pase, señorita —dijo Zony, sonriendo y apartándose para darle espacio.

—Ah, sí. Gracias —respondió Cosmo con una leve sonrisa antes de seguir su camino.

Zony entró al bar y cerró la puerta tras de sí. Se dirigió a la barra y tomó asiento, decidido a disimular su presencia mientras esperaba que Louis se marchara. El dueño del bar lo miró, comprendiendo la situación, pero sin hacer comentarios.

—Me daría un whisky en las rocas —pidió Zony con aparente calma.

El dueño asintió, mientras le servía el vaso.

—¿No estás trabajando esta noche? —preguntó con tono casual, intentando iniciar conversación.

—¡Vamos, vamos! Solo quiero un poco, no es para tanto —respondió Zony, esforzándose por sonar natural.

—Eres un ebrio sin remedio —bromeó el dueño, riendo ligeramente mientras deslizaba el vaso hacia él.

Zony tomó el whisky y bebió un pequeño sorbo, manteniéndose atento a los movimientos de Louis, a quien espiaba de reojo. Tras un rato, Louis finalmente se puso de pie y dejó dinero sobre la barra.

—Tenga, por las dos bebidas —dijo Louis.

El dueño tomó el dinero y lo guardó en la caja registradora.

—Gracias por venir. Vuelva pronto —respondió con tono cordial.

Louis salió sin decir nada más. Apenas abandonó el lugar, Zony y el dueño intercambiaron una rápida mirada.

—Bien. Avísales que ya pueden entrar, pero asegúrate de que el Shishigumi se haya ido —ordenó el dueño.

—Claro —respondió Zony, poniéndose de pie.

Se dirigió hacia la salida, abriendo la puerta con cautela. Miró a ambos lados, escaneando la calle. Al no ver señales del Shishigumi, salió por completo y revisó una vez más para asegurarse de que no estuvieran cerca. Convencido de que era seguro, fue a avisar a Hughes.

Esta vez, Hughes y los demás lo siguieron hasta la entrada del bar. Uno a uno, todos ingresaron rápidamente. Zony fue el último en entrar.

—Aquí tienes —dijo el dueño, entregándole las llaves.

Zony las tomó y cerró la puerta con firmeza. El dueño, ahora más relajado, miró a Hughes con una sonrisa.

—¡Hey, Hughes! ¡Cuánto tiempo sin verte, viejo amigo! —dijo el dueño, sonriéndole y extendiendo la mano para estrecharla.

Hughes la tomó con firmeza, correspondiendo el gesto con entusiasmo.

—¡Sí! También es un gusto verte, Joseph —respondió Hughes con alegría.

Después del apretón de manos, ambos la soltaron.

—Bueno, vengan. Vamos al sótano, ahí tengo la información del complejo —indicó Joseph con tono serio, dándose la vuelta para guiarlos.

Hughes asintió y lo siguió junto a su equipo. Atravesaron un largo pasillo con varias puertas cerradas hasta que Joseph se detuvo frente a una. La abrió, revelando unas escaleras de concreto que descendían a un sótano. El ambiente olía a humedad, mezclado con un leve aroma a licor envejecido.

Al llegar abajo, Hughes observó el espacio, cajas de botellas de licor, vinos y barriles se apilaban a lo largo de las paredes. En el centro, una mesa llena de documentos, papeles y fotografías ocupaba la atención del lugar. Al fondo, una alcantarilla con una pesada rejilla conducía a los túneles de la ciudad, iluminada tenuemente por lámparas fluorescentes.

—Descansen —ordenó Hughes con voz firme.

Su equipo asintió y rápidamente buscó lugares donde sentarse o apoyar sus cosas. Algunos revisaban su equipo, otros conversaban en voz baja, y unos cuantos permanecían en silencio, aprovechando el breve respiro.

Zony, se acercó al grupo para iniciar una charla. Mientras tanto, Hughes y Joseph se aproximaron a la mesa.

—Bueno, muéstrame lo que has conseguido —pidió Hughes con seriedad, sus ojos fijos en los documentos.

Joseph asintió en silencio, listo para revelar la información que había reunido.


Las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos, difuminadas en las nueves iluminándola y que tapaban el cielo nocturno. Desde lo alto de la comisaría, Yafya observaba el paisaje urbano, su expresión endurecida por la preocupación. En su mano derecha sostenía los documentos que describían con frialdad el asesinato de uno de sus informantes.

—¿Cuáles serán sus razones para matar? —susurró, sus ojos cafés claros clavados en el horizonte—. No parece que lo haga por un motivo aparente, ni siquiera por justicia… Incluso los herbívoros también…

La imagen del video seguía fija en su memoria, aquellos ojos, vacíos y crueles. Una presencia perturbadora que parecía mirarlo a través de la pantalla.

—¿De quién eran esos ojos? —se preguntó en voz baja, sin apartar la mirada.

De repente, el parpadeo del televisor interrumpió sus pensamientos. Con su visión perfecta de 350 grados, Yafya notó la presencia de Corne, uno de sus agentes de confianza. Giró con calma, enfrentándolo directamente.

—¿Encontraste algo? —preguntó con tono firme.

—Sí, señor —respondió Corne con gravedad—. Hace unas semanas recibimos varios reportes de desapariciones alrededor del mercado negro y otros lugares. Muchas ocurrieron a altas horas de la noche, y la mayoría coincide con las mismas horas de las que el asesino ataco a sus primeras víctimas. Revisamos las grabaciones de las áreas con cámaras…

Corne pausó por un momento, seleccionando las imágenes en su dispositivo. Uno a uno, los videos mostraban figuras solitarias deambulando en las sombras, hasta que la silueta del asesino apareció, acechando a sus presas. En cada escena, la figura se movía con inquietante precisión.

—Aquí está —dijo Corne, ampliando una imagen. La figura vestida de conejo de Gwen destacaba en la pantalla, su presencia oscura vigilando de cerca a una víctima desprevenida. Al lado, aparecieron las fotos de perfil de cada persona desaparecida, herbívoros y carnívoros por igual.

Yafya estudió los rostros sin encontrar un patrón.

—Suponemos que los asesinó y despellejó, pero aún no hemos encontrado los cuerpos —añadió Corne, su voz tensa.

Las palabras resonaron en la mente de Yafya. "No los elige por especie o razón… Entonces, ¿qué será?" Su mandíbula se tensó mientras continuaba examinando las imágenes. La incertidumbre le pesaba como una losa.

—También revisamos los cuerpos encontrados —continuó Corne—. Descubrimos que toda su sangre fue drenada, como si hubieran usado una aguja. Todos presentan pequeñas perforaciones en los brazos.

Yafya frunció el ceño. El caso solo se volvía más macabro. Intentó encontrar algún significado oculto, pero las piezas no encajaban.

De pronto, un agudo sonido irrumpió en la sala. La alarma de la pantalla de Yafya parpadeaba en rojo, anunciando una nueva alerta. Corne, rápido, presionó un botón para atender la llamada.

—Al parecer, alguien lo ha visto —informó Corne con urgencia.

—¿Qué sucede? —preguntó Yafya, su voz firme pero cargada de expectación.

En la pantalla, la imagen temblorosa mostró a un ratón nervioso, con los ojos desorbitados. Su respiración agitada era evidente.

—Ah… señor… creo que he avistado algo, pero… —la voz temblorosa del ratón se cortó abruptamente.

Corne y Yafya intercambiaron una mirada, la incertidumbre clavándose en el ambiente como una daga. La transmisión quedó en silencio, dejando a ambos en una espera desesperada.

—¡¿Qué sucede?! ¿Qué viste? —preguntó Corne con urgencia, intentando que el ratón hablara.

—Creo que... los... los demonios están aquí, señor —respondió el ratón con voz temblorosa.

Yafya y Corne intercambiaron miradas de incredulidad.

—¡¿Estás seguro de lo que dices?! —insistió Corne, frunciendo el ceño con gravedad.

—Sí, los estoy viendo ahora mismo. Están… ¡Ahhhhhhhhhh!

La transmisión se cortó abruptamente, dejando solo el eco del grito de dolor resonando en la sala. Yafya y Corne permanecieron inmóviles, escuchando el sonido distorsionado hasta que el silencio absoluto se apoderó del lugar.

—¡Oye, responde! ¡Responde! —gritó Corne, golpeando la consola en un intento desesperado por restablecer la conexión. Pero no hubo respuesta.

Yafya apretó los dientes, con el ceño fruncido. Sabía que, de ser cierto, la situación podía empeorar rápidamente.

Pero el audio se seguía escuchando distorsionado, en un pasillo oscuro y desolado, dos soldados patrullaban con paso firme. Uno de ellos sostenía un lanzallamas, y su pesada respiración era audible a través de la máscara.

—¿Qué haces? —preguntó uno de ellos al ver a su compañero detenerse.

—Ah, encontré a una rata fisgona y la rosticé. Estaba escondida en uno de los tubos de ventilación —respondió el soldado con una risa baja y cruel.

—Ya veo. Son esos malditos roedores de los que habló la comandante Gwen. La están buscando.

El soldado sacó a la rata calcinada, sosteniéndola por la cola mientras la observaba con desdén.

—Ja, como si estos insectos pudieran hacernos frente a nosotros o a la comandante —dijo, riendo bajo su máscara.

De un movimiento brusco, soltó el cadáver carbonizado de la rata, dejando que cayera al suelo con un golpe seco. Luego, sin dudarlo, lo pisoteó repetidamente, asegurándose de que no hubiera signo alguno de vida.

—Sí, esas criaturas inferiores… Solo espero poder matar a más de ellos. Igual que ellos lo hicieron con nosotros —añadió el soldado, su voz impregnada de resentimiento y satisfacción.

En ese instante, otro soldado apareció desde la penumbra de una estará muy alta, vistiendo una armadura pesada y una máscara negra con un siniestro cráneo pintado en el casco. Su presencia imponía respeto.

—¡Hey, ustedes dos! ¡Vuelvan al puesto de vigilancia! —ordenó con firmeza.

Los dos soldados se cuadraron de inmediato.

—¡Sí, sargento Adrian! Solo encontramos a una de esas ratas que mencionó la comandante —respondieron al unísono, señalando el cuerpo calcinado en el suelo.

El sargento Adrian observó la escena sin decir palabra, fijando su mirada en el cadáver de la rata aplastada. Un silencio tenso se instaló por un momento.

—Bien, pero no los quiero ver holgazaneando. ¡Vuelvan a su puesto de vigilancia! —ordenó el sargento Adrian con firmeza, girando sobre sus talones para marcharse por donde vino.

Los soldados intercambiaron miradas de alivio, soltando un largo suspiro al unísono. Aunque la reprimenda no había sido tan severa, la presencia del sargento Adrian siempre imponía respeto.

—Supongo que nos salvamos esta vez —murmuró uno de ellos, encogiéndose de hombros mientras se movía para retomaba su posición.

—Sí, pero no bajes la guardia. Ya sabes cómo es —respondió otro, ajustando su casco y volviendo a observar el pasillo caminando al puesto.

—¡Malditos humanos! ¿Cómo no pude verlo? —exclamó, su voz cargada de ira.

Corne lo observó con preocupación, consciente de la gravedad de la situación.

—Esos bastardos... —continuó Yafya, con odio evidente en su mirada —Fingen querer hacer la paz con nosotros solo para invadirnos y eliminarnos.

El ambiente se tornó pesado. Corne tragó saliva antes de hablar, la tensión era palpable.

—Señor, ¿qué quiere que hagamos? —preguntó con tono firme, aunque la inquietud era evidente en su rostro.

Yafya, sin apartar la vista de la ciudad a través de la ventana, respondió con severidad.

—Informa de esto a los demás. Que extremen las precauciones. Yo mismo daré un informe ante el Consejo de las Bestias para tomar medidas contra esos demonios.

Corne, sin embargo, no pudo evitar expresar su preocupación.

—¿Está seguro, señor? La embajadora Else, el directo, los medicos y los chicos… siguen allá. ¿No cree que podrían tomar represalias por lo que planea hacer?

El rostro de Yafya permaneció imperturbable. Su mirada, dura como el acero, reflejaba determinación.

—Lamentablemente, es un sacrificio que debemos hacer para mantener una sociedad perfecta. Si queremos sobrevivir, no hay otra opción.

Las palabras de Yafya resonaron en la mente de Corne, pero sin más objeción, asintió con pesar y desacuerdo.

—Sí, señor. Avisaré a los demás. —dijo, obedeciendo antes de finalizar la transmisión.

La pantalla se apagó, dejando a Yafya solo con sus pensamientos. La ciudad seguía extendiéndose ante sus ojos, pero para él, solo había sombras y amenazas.

—No descansaré hasta eliminar hasta el último de ellos. —susurró, con una frialdad helada—. Y en cuanto a los carnívoros... espero que esto les sirva de ejemplo, si no pueden controlarse.

Sin más, se giró y se dirigió hacia su vestidor. Al pasar junto al teléfono, presionó un botón, activando el altavoz. El tono sonó por unos segundos hasta que una voz femenina contestó al otro lado.

—¡Señor Yafya! ¿En qué puedo ayudarlo?

—Convoca a todos los miembros del Consejo de las Bestias. Es una reunión de emergencia. Y también llama a la prensa. Haré un anuncio importante. —ordenó con voz firme.

—¡Por supuesto, señor! Enseguida. —respondió la operadora antes de cortar la llamada.

Yafya terminó de vestirse, ajustando cada detalle de su atuendo con precisión. Su reflejo en el espejo mostraba a alguien decidido, aunque la rabia aún ardía en su interior.

—Bien. —murmuró, sus labios apenas moviéndose —Si esos asquerosos humanos quieren guerra, guerra es lo que tendrán.

Con paso firme, salió de la habitación y se dirigió al ascensor, listo para dar inicio a lo que él consideraba inevitable.


Bajo el bar, Hughes y su equipo repasaban el plan.

—Escuchen —comenzó Hughes con tono firme, señalando un viejo plano extendido sobre la mesa —El equipo Alfa entrará por el ala este y despejará el piso inferior.

Las miradas se centraron en las fotografías desgastadas de sus objetivos.

—Nuestro objetivo identificado como Vinzent Eichel y Gwen Hafer, dos soldados de alto rango pertenecientes a la nación del este. La misión es capturarlos o eliminarlos. Ambos son buscados por cometer crímenes de guerra contra la gente de Edén —continuó Hughes, señalando las imágenes tomadas por espías. En una de ellas, Gwen aparecía con un rostro juvenil, ojos ámbar y cabello plateado que le caía hasta los hombros, vistiendo un uniforme militar con gorra, mientras que Vinzent solo traía una máscara de tela negra que se ajustaba a su cara que dejaba ver solo sus ojos.

Mei observó fijamente la imagen, memorizando cada detalle.

—El equipo Bravo entrará y asegurará la planta superior —añadió Hughes, asegurándose de que todos comprendieran sus roles.

—Entendido —asintieron los soldados al unísono.

—El área está vigilada por cerca de unos cuarenta hombres. Manténganse atentos a cualquier unidad adicional. Nos moveremos de manera sigilosa por los túneles subterráneos hasta llegar a un área de servicio que desemboca en un callejón. Desde allí, iniciaremos la incursión.

Hughes señaló el punto de entrada en el mapa de la ciudad.

—¿Alguna pregunta antes de iniciar? —preguntó, recorriendo los rostros de su equipo.

—¡No, señor! —respondieron todos al unísono.

—Bien, ahora a movernos —ordenó Hughes con determinación.

Cada miembro tomó su equipo y avanzó hacia la rejilla de acceso. Geruft se acercó cuidadosamente para apartarla, permitiendo que todos pasaran.

—Suerte —dijo Joseph, deseándole éxito a Hughes y al resto del equipo.

Hughes asintió con un gesto firme antes de seguir al grupo. Cuando todos cruzaron, Geruft cerró la rejilla desde el otro lado. Con pasos decididos, se adentraron en los oscuros túneles, donde solo el sonido de sus respiraciones rompía el silencio. Todas las miradas se volvieron hacia Hughes, esperando su siguiente orden.

—Bien, movámonos. Hay poco tiempo —dijo Hughes con firmeza, avanzando primero, seguido por los demás.

Caminaron durante varios minutos por los túneles hasta llegar al área designada. Geruft fue el primero en subir, abriendo con cuidado la tapa de la alcantarilla para inspeccionar el área. Desde su posición, observó el callejón vacío y oscuro. Luego, asomó la cabeza y miró hacia abajo, donde Hughes esperaba con atención.

—Despejado —confirmó Geruft en voz baja.

Hughes asintió con determinación. Geruft apartó la tapa con cuidado, procurando no hacer ruido, y subió primero, manteniendo su rifle en alto para cubrir a los demás. Uno a uno, el equipo emergió del túnel y adoptó una formación. Finalmente, Geruft volvió a colocar la tapa en su lugar.

Hughes recorrió el grupo con la mirada y les hizo una señal para que se pusieran en marcha. Se desplazaron por los callejones en silencio hasta llegar a una zona cubierta por árboles. Antes de entrar, Hughes levantó una mano para indicar que se detuvieran.

—Bien, ya conocen el plan. Activen sus visores y recuerden, hay que ser lo más silenciosos posible. Comuníquense solo por radio. ¿Entendido? —ordenó Hughes en un tono bajo pero firme.

Todos asintieron y bajaron sus visores, ajustándolos para la misión.

—Equipo Alfa, conmigo —continuó Hughes, comenzando a avanzar mientras algunos lo seguían.

Geruft y Mei, por su parte, se movieron con el equipo Bravo, deslizándose en la maleza. Cubiertos por la oscuridad, se dispersaron y avanzaron con cautela. A lo lejos, el contorno de un edificio se distinguía débilmente.

El radio emitió un leve zumbido.

—Activen la visión térmica —ordenó Hughes.

Enseguida, los visores mostraron siluetas blancas ocultas entre la maleza emanando calor, soldados vigilaban el perímetro. Hughes evaluó rápidamente la situación.

—Equipo Bravo, dos blancos a su derecha. Alfa, hay tres más en el lado izquierdo. Elimínenlos a la cuenta de tres —indicó Hughes, ajustando la mira de su rifle.

—Entendido —respondió Mei por el radio.

Los tiradores apuntaron a los puntos vulnerables de los guardias, asegurándose de tener un disparo limpio.

—Uno… dos… tres. ¡Fuego! —contó Hughes.

El sonido sordo de los disparos silenciados resonó en la oscuridad. Los cuerpos cayeron sin emitir un solo grito. Ninguna alarma se encendió.

—Equipo Alfa, entrando —informó Hughes por radio.

Se acercó cautelosamente a la entrada del edificio y revisó el área. Un pasillo largo se extendía hacia el interior, con una escalera de metal ascendiendo por uno de los lados. Hughes levantó una mano, indicando que el equipo debía moverse.

Geruft y Mei, tras recibir la señal, se acercaron a la entrada con su equipo. Una vez dentro, se separaron del grupo de Hughes, ascendiendo silenciosamente por la escalera para cubrir el piso superior.

—Comenzamos a subir —dijo Mei por el radio, su voz firme pero contenida.

Hughes y los demás avanzaban agachados, moviéndose en silencio por el pasillo. La tensión era palpable mientras mantenían las armas listas, atentos a cualquier señal de peligro. Al llegar a una esquina, uno de los soldados asomó con cuidado, observando el pasillo al otro lado. Varias puertas se alineaban a lo largo del corredor. Decidieron revisarlas una por una, despejando cada habitación sin encontrar rastro de nadie.

Sin embargo, al abrir una de las puertas, unas voces rompieron el silencio. Cuatro soldados estaban sentados alrededor de una mesa, jugando cartas. La atmósfera despreocupada contrastaba con la inminente amenaza que no percibían.

—¡Jaja, gané! —exclamó uno de ellos, levantando las cartas con satisfacción, mientras sus compañeros se quejaban.

—¡Hey, hiciste trampa, yo...! —intentó replicar uno, pero al girar la cabeza hacia la puerta, sus palabras quedaron suspendidas en el aire.

—¡¿Qué car…?! —fue lo último que alcanzó a decir antes de que los disparos resonaran en la habitación. Los cuatro soldados cayeron al instante, sin oportunidad de reaccionar.

—Despejado —susurró uno de los soldados, moviéndose con cautela mientras revisaban el área en busca de más enemigos.

Mientras en el piso superior, Mei, Geruft y el resto del equipo continuaban su avance. Algunas habitaciones estaban vacías, otras albergaban soldados durmiendo, a los que neutralizaron sin hacer ruido. Finalmente, llegaron a un largo pasillo con puertas metálicas. La sensación de opresión aumentaba con cada paso.

Uno a uno, fueron abriendo las puertas, despejándolas con rapidez. Pero al llegar a una en particular, el aire se tornó denso. Al abrirla, un olor metálico y penetrante inundó sus sentidos. El equipo entró con las armas en alto, pero no encontraron enemigos. Solo cuerpos.

Sobre las mesas, yacían bestias pálidas, inertes, con agujeros en los brazos por donde habían sido drenadas. La sangre seca manchaba el suelo y los instrumentos quirúrgicos esparcidos por la sala. Mei sintió un nudo en el estómago mientras sus ojos recorrían la escena. Geruft y los demás permanecían en silencio, compartiendo el mismo horror.

Pero lo peor aguardaba al fondo de la habitación. Allí, colgada y estirada, la piel de un tigre se encontraba a medio preparar, como si estuviera destinada a convertirse en un traje grotesco. La ira se apoderó de Mei. Sin dudarlo, llevó la mano a su comunicador.

—Equipo Alfa, hemos encontrado el laboratorio. Hay cuerpos, equipo de experimentación y… un traje a medio terminar —informó con voz tensa.

Hughes recibió el mensaje y respondió de inmediato.

—Tomen toda la evidencia que puedan y coloquen las cargas explosivas. Este lugar no debe quedar en pie.

—Entendido —afirmó Mei, cortando la comunicación.

Rápidamente, el equipo comenzó a recoger muestras y documentos, cualquier cosa que pudiera servir como prueba. Las mochilas se llenaron con información valiosa mientras ellos distribuían las cargas explosivas por el laboratorio.

En eso Mei vio unos documentos abiertos sobre una mesa los tomo, leyó las primeras hojas quedando sorprendida abriendo los ojos en par en par, rápidamente los guardo en su mochila.

Cuando todo estuvo listo, abandonaron la habitación. A medida que avanzaban por los pasillos, encontraron resistencia. Soldados vigilaban la zona, pero Mei y su equipo los eliminaron uno a uno, moviéndose con precisión letal.

Mientras tanto, en otro sector de las instalaciones, el sargento Adrian recorría su área de patrullaje. Su mirada se desvió hacia el puesto de guardia vacío. Los dos soldados asignados no estaban allí.

—¡Esos idiotas están holgazaneando otra vez! —gruñó el sargento Adrian mientras ajustaba su ametralladora con manos firmes —Cuando los vea, los haré hacer doscientas lagartijas, ¡a ver si así recapacitan!

Su enojo se intensificó al no encontrar rastro de los guardias. Con cada paso, la sospecha crecía en su mente. Entonces, cuando las nubes se apartaron y la luna llena iluminó tenuemente el terreno, un brillo carmesí llamó su atención.

—¡Mierda! —maldijo, corriendo hacia el charco de sangre que se filtraba entre la maleza. Allí, tendido sin vida, yacía uno de los guardias.

De inmediato tomó su radio, la voz áspera reflejaba la urgencia de la situación.

—¡Intrusos! ¡Repito, intrusos! ¡Todos a sus puestos!

Las palabras resonaron en la frecuencia, alertando a todos. Hughes y el resto del equipo reaccionaron al instante, escuchando los apresurados pasos que resonaban en los pasillos. Sin perder tiempo, colocaron trampas explosivas en una de las esquinas y tomaron posición defensiva en una de las habitaciones.

—Bravo, al parecer nos descubrieron —dijo Hughes con calma, su tono decidido —Respondan con fuego si es necesario.

Los pasos se acercaban. Voces agitadas se escucharon entre los pasillos.

—¡Rápido, revisen cada habitación!

El alambre de la trampa se tensó y, en un instante, una explosión rugió, haciendo temblar las paredes. Vidrios estallaron, escombros cayeron, y el eco de la detonación alertó a todos en el complejo.

—¡Rápido, hay que encontrar al objetivo! —ordenó Hughes mientras salían de la habitación y avanzaban por el pasillo, esquivando los cuerpos sin vida que yacían en el suelo.

Mientras tanto, Mei y Geruft recorrían otro piso, sus armas listas mientras buscaban desesperadamente a Gwen.

Cuando entraron en el comedor, un espacio amplio con mesas dispersas y pilares de concreto, un grito resonó.

—¡Enemigos!

Las ráfagas de disparos no tardaron en llenar la sala. Mei y su equipo se cubrieron tras las mesas, respondiendo con fuego. El intercambio era frenético, el sonido metálico de las balas resonaba por todo el lugar.

En una habitación cercana, Gwen despertó sobresaltada por los disparos y explosiones. Su respiración era agitada mientras se levantaba de un salto, vistiendo apresuradamente su uniforme y asegurando su equipo.

—¡Mierda, mierda, mierda! ¿Cómo demonios nos encontraron tan rápido?

Su mirada se detuvo por un momento en el traje de conejo que colgaba en la pared. Aunque dudó, finalmente lo tomó. La posibilidad de usarlo como disfraz para despistar a sus perseguidores era lo único que se le ocurría.

Armada con su hacha y ametralladora, echó un último vistazo a la habitación. Pero entonces, sus ojos se abrieron con pánico.

—¡El suero! —exclamó, agarrando el maletín con fuerza.

Corrió por los pasillos del segundo piso, esquivando los escombros y basura en ellos, mientras las explosiones resonaban cada vez más cerca. Finalmente, llegó al almacén. Desde las alturas, pudo ver cómo los soldados se atrincheraban, preparándose para enfrentar cualquier amenaza.

Bajó las escaleras metálicas a toda prisa, sus pasos resonando en el acero. Y allí, al llegar al primer piso, se encontró cara a cara con el sargento Adrian.

—¡¿Qué sucede?! —preguntó Gwen, alarmada, mirando a su alrededor mientras los disparos empezaban a lloviznar desde todas direcciones.

—¡Tenemos intrusos! De alguna manera se enteraron de nuestra posición... —No terminó de informar cuando una explosión en una de las puertas hizo pedazos el muro, llenando el aire de escombros. Los soldados empezaron a disparar hacia ese lugar, pero desde afuera, disparos entraban por las ventanas, alcanzando a varios de ellos.

—¡¿Cuántos son?! —gritó un soldado, disparando mientras se agachaba para protegerse.

—¡Arriba! —ordenó otro, al ver que disparos comenzaban a caer desde el segundo piso. La situación era caótica.

—¡Mierda, están en todos lados! —exclamó otro soldado, devolviendo el fuego, pero las balas parecían venir de todos los rincones posibles.

Gwen, mirando al sargento a cubierto detrás de unos barriles, gritó a través del ruido ensordecedor.

—¡Hay que salir de aquí! —ordenó, disparando a ciegas desde su posición protegida, mientras las balas zumbaban a su alrededor.

—¡Entendido! —respondió el sargento Adrian y con rapidez, corrió hasta uno de los vehículos blindados. Abrió la puerta y se metió en su interior. Buscó las llaves en la guantera, al encontrarlas arranco el motor con un rugido. Las luces del vehículo se encendieron, y la ventana bajó al instante.

—¡SUBAN! —gritó mientras tocaba el claxon con insistencia. Los soldados que estaban cerca corrieron hacia el vehículo y subieron rápidamente, uno por uno. Gwen, como copiloto, saltó al asiento sin perder tiempo. Los demás soldados también subieron, y una vez todos dentro, el sargento Adrian pisó el acelerador con fuerza.

El vehículo avanzó rápidamente hacia la compuerta, atravesándola de golpe, arrancando la puerta corrediza con facilidad mientras los disparos continuaban cayendo alrededor de ellos. Mei y Geruft, apostados arriba desde el segundo piso, continuaron disparando hacia los soldados enemigos que seguían en la zona, despejando el área lo más rápido posible.

Al ver que el primer vehículo ya estaba en movimiento, Mei corrió hacia las escaleras rápidamente, con Geruft cubriéndola mientras disparaba a los soldados restantes junto con su equipo. Al llegar al segundo vehículo, Mei abrió la puerta de golpe y se subió con rapidez, buscando la llave en la guantera del conductor. La encontró y encendió el vehículo sin perder tiempo, arrancando el motor.

Geruft y el resto del equipo subieron también, devolviendo fuego mientras Mei pisaba el acelerador y comenzaba a seguir al primer vehículo. Afuera, los disparos llovían sobre las placas blindadas, rebotando con fuerza mientras los dos vehículos se alejaban rápidamente, adentrándose en el caos que se desplegaba más allá de la zona asegurada.

El radio empezó a sonar con una comunicación urgente, pero el sonido de las balas y el motor de los vehículos dominaban el ruido.

—¡¿Mei, qué haces?! —gritó Hughes por el radio, sonando molesto, Mei se llevó la mano al casco mientras aceleraba para entrar en persecución por la carretera.

—¡Los persigo, señor! Encontré unos documentos donde tuvieron éxito con el líquido para crear supe soldados —respondió Mei con firmeza, apretando el acelerador para alcanzar el otro vehículo.

Nota:

hola a todos ahora les traigo un nuevo capitulo espero que les guste lo pense mucho describiendo cada escena relamente me duelen las manos por todo todo lo descrito jajaja, pero bueno espero que les guste y pronto subiere la otra parte por que si no seria de 24 mil palabras :)
recuerden si ven errores dejenmelo en los comentarios y tambien sus criticas
les doy gracias por leer mi historia y llegar hasta este capitulo gracias, saludos.
P.S. se que cambia mucho el tema de la historia pero trato de darles una buena historia a un asi soy un novato escribiendo historias asi que hare mi mejor esfuerzo gracias.

El radio se mantuvo en silencio por un momento, el tenso aire del instante llenando la comunicación.

—Mei, sé que esto es pedir demasiado, pero no dejes que escapen y traten de volver lo más rápido posible —respondió Hughes seriamente, con un suspiro de frustración. Sabía lo que estaba en juego y maldijo en su mente, preocupado por el descontrol que se avecinaba.

—¡Sí, señor! —respondió mientras cambiaba de velocidad para alcanzar al vehículo enemigo.

—Una cosa más, Mei —continuó Hughes, con un tono más grave —no dejen que los atrapen y mantengan a los civiles lo más lejos posible.

—Entendido, señor —respondió Mei con firmeza, cortando la comunicación sin vacilar. Mientras tanto, Hughes se preparaba para eliminar a los soldados restantes con su equipo, sabiendo que la situación estaba fuera de control, pero que aún podía hacer algo por mantener el daño al mínimo.