Nota:

Aqui la otra parte, espero que les guste :)
muchas gracias por leerlo y llegar hasta aqui.
saludos.


Yafya estaba parado frente a todo el consejo de animales, mirando con una severa expresión a cada uno de ellos.

—Señor Yafya, ¿por qué nos ha llamado a una reunión tan tarde? —reclamó una jirafa sentada con gesto de molestia. Los demás animales, ubicados en sus asientos elevados, también lo miraban con el ceño fruncido, al igual que Koda.

—Los he llamado porque esto es una emergencia que requiere la atención de todos ustedes —respondió Yafya con firmeza, recorriendo con la mirada a los presentes.

—¿Y qué es tan importante como para que estemos aquí? —preguntó Koda con tono tranquilo.

Yafya lo miró fijamente antes de responder.

—Recordarán que me opuse firmemente a la llegada de ese niño humano y de su hermana a nuestra nación —dijo, comenzando a caminar alrededor de la mesa redonda —Y si no mal recuerdo, advertí que solo nos traerían problemas. No podemos confiar en ellos ni en su gobierno.

Los miembros del consejo lo miraban con expresión confusa. Los humanos habían demostrado ser muy diferentes a lo que una vez fueron.

—¿A qué quiere llegar, señor Yafya? —cuestionó Koda con firmeza.

Yafya se detuvo y clavó su mirada en él.

—He descubierto quién ha estado cometiendo los recientes asesinatos en la ciudad.

De su saco, sacó un fajo de fotografías. En ellas, se podía ver claramente una figura en el metro, en ellas Gwen aparecía vestida con su traje. Los miembros del consejo las observaron con sorpresa.

—¡Un herbívoro! —exclamó uno de los consejeros, atónito.

Yafya esbozó una leve sonrisa llena de amargura.

—No. No es un herbívoro.

Su afirmación provocó una ola de murmullos entre los presentes. Yafya levantó la voz, dominando la sala.

—Nuestro supuesto "amigo" se hace pasar por un herbívoro o mejor dicho, usa un traje de piel de conejo.

Un escalofrío recorrió a los consejeros. Algunos palidecieron, mientras otros intentaban procesar la impactante información.

—¡Silencio! —exclamó Koda, golpeando la mesa para restaurar el orden. Luego, clavó su mirada en Yafya—. ¡¿A qué se refiere con que no es un herbívoro?! ¡Claramente es un conejo! ¡¿Y cómo que un traje de piel?!

Yafya asintió lentamente.

—Sí, yo también llegué a esa conclusión. Pero tras un análisis minucioso, la verdad es evidente. Nuestro "amigo" es un… humano.

La sala quedó en absoluto silencio. El impacto de aquellas palabras era evidente en los rostros incrédulos de los presentes.

—¡¿Qué está diciendo?! ¡Los demonios usando pieles de nosotros! ¡Ha perdido la cabeza! ¡Los demonios no son reales, ellos mismos nos lo demostraron!

Las voces se alzaron en acusaciones y negaciones. Yafya, sin embargo, permaneció tranquilo. Sin decir palabra, metió la mano en su saco y sacó una pequeña grabadora digital. La lanzó sobre la mesa, donde cayó frente a Koda.

—Ahí está la evidencia —dijo con calma.

Koda miró la grabadora con desconfianza. Finalmente, la tomó y presionó el botón de reproducción. La sala escuchó las voces de los guardias hablando sobre uno de los informantes de Yafya, que había calcinado uno de los guardias. Al finalizar, los murmullos regresaron, esta vez más contenidos. Koda levantó la mirada hacia Yafya, con expresión seria.

—¿Cómo sabe que esto proviene de los humanos? Fácilmente podrían ser otros —dijo Koda, sin ocultar su escepticismo.

Antes de que Yafya pudiera responder, un perro policia irrumpió en la sala, jadeando.

—¡Lamento interrumpir, pero tienen que ver esto! —dijo con urgencia.

Tomó uno de los controles y activó el proyector. Las noticias se proyectaron en la pantalla, mostrando una transmisión en vivo.

—¡Aquí desde el aire! —dijo una reportera gato con manchas cafés mientras el helicóptero sobrevolaba un edificio en llamas —¿Están viendo esto? Al parecer, hay un incendio en un edificio abandonado cerca de…

Antes de que pudiera terminar, una enorme explosión iluminó la pantalla, destruyendo el edificio por completo. La onda expansiva sacudió incluso al helicóptero.

La reportera intentó recomponerse, aferrándose a su micrófono.

—¡ahhh!... ¡El edificio acaba de explotar! Al parecer… algo ocurrió… ¡¿Qué?!

La comunicación con el estudio se volvió errática. La cámara enfocó las calles, donde dos vehículos huían a gran velocidad. De pronto, destellos de luz salieron de uno de los automóviles, provocando por un tiroteo.

En la sala del consejo, el silencio era absoluto. Yafya, al igual que todos los presentes, contemplaba con expresión sombría lo que ocurría en la proyección

La realidad que tanto temía, finalmente había llegado.

—¡Al parecer hay una persecución a alta velocidad! —informaba la reportera, con la voz temblorosa mientras la cámara captaba el caos —¡Se reportan disparos por las calles entre dos camionetas!

Mei apretaba el volante, conduciendo a toda velocidad.

—¡Carajo, tienen una ametralladora montada! —gritó al ver el arma pesada asomarse desde la camioneta enemiga.

Las balas impactaban contra el blindaje, dejando marcas profundas. En el asiento del copiloto, Geruft disparaba por la ventana, mientras los demás soldados hacían lo mismo desde sus posiciones. El rugido de los motores y el estruendo de los disparos se mezclaban con el clamor de los autos frenando y las bocinas resonando.

—¡Mei, toma otra calle! —ordenó Geruft, con el rostro endurecido—. ¡Los interceptaremos más adelante!

Mei buscaba una oportunidad, esquivando vehículos y evitando peatones que corrían aterrorizados. Finalmente, vio una intersección.

—¡Está bien! ¡Sujétense! —advirtió antes de girar bruscamente.

La camioneta derrapó, adentrándose en un callejón estrecho. Contenedores de basura y cajas volaron al paso del vehículo, que emergió al otro lado a gran velocidad virando ala izquierda. Mei pisó el acelerador a fondo, logrando adelantarse.

—¡Agárrense! —gritó Mei, estrellando la camioneta contra la de sus enemigos.

El impacto resonó por toda la calle. El vehículo contrario se desestabilizó, volcándose de lado y deslizándose varios metros antes de detenerse. Mei también perdió el control y terminó chocando contra un poste.

A pesar del golpe, ella y los demás se recuperaron rápidamente. Las puertas se abrieron de golpe y todos salieron, armas en mano, apuntando al vehículo volcado. La multitud, que hasta entonces observaba con curiosidad, reaccionó con pánico al ver a los humanos armados.

—¡Demonios… son los demonios! —murmuró una cebra, dando un paso atrás.

De repente, desde la camioneta enemiga comenzaron a disparar. Mei y su equipo se cubrieron tras los restos del vehículo. Las balas silbaban por el aire mientras la gente corría despavorida.

—¡Se escapan! —gritó Mei al ver a varios de los enemigos abandonar la camioneta y huir entre los callejones.

—¡Vamos! —ordenó Geruft, levantándose y disparando mientras avanzaba.

Algunos de los fugitivos cayeron al suelo, alcanzados por las balas, pero otros seguían corriendo.

—¡Mierda, qué insistentes son! —dijo Gwen, jadeando mientras corría por un estrecho callejón.

Detrás de ella, el sargento Adrian la cubría, disparando con precisión. Su expresión era feroz bajo su mascara, determinada a cumplir su misión.

De repente, el callejón desembocó en un mercado abarrotado. Bestias de todas las especies negociaban carne y comida, pero la escena se tornó caótica al ver a las armas irrumpir entre ellos.

—¡Atrás! —gritó una comerciante, tirando su puesto en un intento de huir.

La gente se apartaba presa del pánico, gritos resonaban mientras los disparos continuaban. Geruft apareció en la entrada del callejón, su arma aún humeante. Sin dudarlo, abrió fuego. Las balas impactaron en los puestos, destrozando mercancías y levantando polvo y astillas.

El mercado entero se convirtió en un torbellino de caos, mientras Gwen y el sargento Adrian intentaban desaparecer entre la multitud.

—¡Mierda, no podemos pasar! —maldijo Mei mientras devolvía el fuego enemigo.

Geruft observó a los otros miembros de su equipo con seriedad.

—¡Retírense! Hay que desaparecer lo más rápido posible. Entre menos seamos, mejor —ordenó con voz firme.

—¡Sí, señor! —respondieron al unísono, obedeciendo sin dudar.

Cuando comenzaron a moverse, Geruft agregó.

—¡Ah, y una cosa más! Usen la termita para quemar los cuerpos. No hay que dejar rastro.

Los soldados asintieron rápidamente y salieron de ahí. Mientras tanto, Mei seguía disparando para cubrir la retirada, y el sargento Adrian enemigo continuaba soltando ráfagas con su ametralladora ligera.

—¡Jajajaja! ¡Mueran, malditos bastardos! ¡La humanidad nunca se rendirá! —vociferó el sargento Adrian con una risa desquiciada, disparando sin cesar hasta que su arma se encasquilló.

—¡Mierda! —maldijo, tratando de quitar el casquillo atascado en la recámara.

Geruft no dejó pasar la oportunidad. Salió de la cobertura y corrió hacia él, propinándole un fuerte golpe que lo hizo soltar el arma. Sin perder tiempo, el sargento Adrian le devolvió el golpe y ambos comenzaron a intercambiar puñetazos. En un momento, sus manos chocaron en un intento de imponerse en fuerza el uno sobre el otro.

—¡Mei, ve por ella! ¡Yo me encargo de este! —gritó Geruft sin apartar la vista de su oponente.

Mei asintió y salió corriendo, pasando rápidamente junto a los dos combatientes.

—¡Malditos bastardos! ¡Cuando acabe contigo, le romperé el cuello a tu pequeña amiga! —escupió el sargento Adrian con furia.

—¡Ya lo veremos! —respondió Geruft, reuniendo toda su fuerza y lanzándolo contra uno de los puestos de comida destrozándolo.

El sargento Adrian se levantó de inmediato, gruñendo de ira. Con un rugido, corrió de vuelta hacia Geruft y le asestó un golpe en la cabeza con tal fuerza que su casco salió volando. En la penumbra de la batalla, sus orejas de bestia quedaron al descubierto su cabello dejaba ver que compartía características humanas.

—¡Ja! Sabía que esos de la NHU utilizaban asquerosas abominaciones como tú —dijo el sargento Adrian con desprecio.

Geruft se recompuso y, con una expresión fría, se quitó la máscara.

—¡No tanto como ustedes, malditos monstruos, que utilizan personas inocentes para sus experimentos inhumanos! —respondió, cargando sus palabras con odio.

Los que estaban escondidos observaban la pelea con tensión, sintiendo el desprecio mutuo que se tenían y asombrado de ver a Geruft. Mientras tanto, Mei corría tras Gwen a toda prisa por el mercado negro, esquivando a las bestias que, al notar que era un humano, se apartaban rápidamente. Algunos lo miraban confundidos por su presencia, pero todos reaccionaron con alarma al ver que iba armada.

Gwen abrió fuego al ver a Mei, provocando el pánico en la multitud. Algunos comerciantes se escondieron rápidamente tras sus puestos mientras otros huían en desorden. Mei, sin perder tiempo, volcó una mesa y se puso a cubierto antes de devolver el fuego.

A unos metros de allí, Louis y varios leones del Shishigumi caminaban por el mercado negro, observando el ambiente con calma. Sin embargo, el caos estalló de repente, y los ecos del tiroteo resonaron a lo lejos.

—¡Protejan al jefe! —gritó Ibuki con autoridad.

Los leones se movilizaron de inmediato, sacando sus armas y rodeando a Louis, cubriéndolo con sus cuerpos mientras lo alejaban del centro del tiroteo. Louis frunció el ceño, observando la marea de gente que huía aterrorizada.

—¡Ibuki, ¿qué está pasando?! —bramó, tratando de mantener la calma a pesar del desorden.

—¡No lo sé, jefe, pero parece que hay un tiroteo! —respondió Ibuki, escudriñando el área en busca de la fuente de los disparos.

Louis apretó los dientes, su expresión se endureció.

—¿¡Un tiroteo en nuestro territorio!? ¡Esto es una maldita burla! —espetó con furia.

Sus ojos se movieron rápidamente entre la multitud dispersa hasta que vio dos figuras en medio del caos. Dos sombras corriendo, disparándose sin descanso entre los puestos y las estructuras improvisadas.

Gwen y Mei.

Louis sintió un escalofrío recorrer su espalda cuando reconoció la silueta de la primera figura, la misma de la que muchos de sus socios habían dicho de su presencia. Era el conejo o el demonio que utilizaba el traje de conejo, se deslizaba entre los puestos con movimientos veloces, disparando un arma automática con precisión letal.

Agata, uno de los leones más joven en el grupo, comenzó a temblar al reconocer a Mei que se acercaba disparándole a Gwen.

—¡E-es ella…! ¡El demonio ha vuelto! —balbuceó, antes de derrumbarse de rodillas, presa del pánico.

Los demás leones se quedaron paralizados al reconocerla también. Un escalofrío recorrió sus cuerpos mientras la figura enmascarada seguía avanzando sin dudarlo.

Louis no les dio tiempo de quedarse en shock.

—¡Muévanse y tomen cobertura! —ordenó con voz firme.

Su grito los sacó del trance. Rápidamente, dos leones tomaron a Agata y lo arrastraron a un lugar seguro, mientras los demás se dispersaban tras los puestos y estructuras del lugar, sacando sus armas y preparándose para lo peor.

El caos apenas estaba comenzando.

Vieron a Gwen correr hasta donde estaban, quedando frente a ellos. Sin titubear, levantó su arma y abrió fuego contra Mei, quien le devolvía el ataque con precisión letal.

—¡Maldita perra, ¿por qué no te mueres?! —gritó Gwen con furia, descargando toda la munición de su ametralladora contra la posición de Mei.

Louis y los leones observaban la escena con temor, aferrando sus armas sin atreverse a intervenir. El tableteo de los disparos resonaba en el aire hasta que, finalmente, el sonido metálico de un clic anunció el final del cargador de Gwen. Respirando agitadamente, arrojó la ametralladora a un lado.

Mei también emergió de su cobertura, dejando caer su rifle vacío. En un movimiento decidido, se quitó el casco y la máscara, revelando su rostro humano con orejas de bestia y cabello rubio con color de su pelaje ondeando bajo la luz.

El silencio se apoderó del lugar. Todos los presentes la observaban con asombro y confusión. Gwen la miraba fijamente, con una expresión de puro desprecio.

—Qué criatura más asquerosa... nacida de algo que nunca debió ser. ¿Qué eres? ¿Un humano o una bestia? —escupió con veneno en su voz.

Mei la sostuvo con la mirada, sus ojos color miel brillaban con una ira contenida.

—Al menos yo no soy la que simula ser una bestia… o peor, un monstruo disfrazado de humano —respondió fríamente.

Gwen se quedó en silencio por un instante… y luego estalló en carcajadas.

—Ahhh… que buena eres. Pero después de matarte a ti y a todos los de tu equipo, acabaré con todos los que están en este asqueroso lugar —dijo con una risa maniaca mientras se quitaba la mochila y dejaba caer una maleta junto con su hacha al suelo.

Algunos de los espectadores habían comenzado a transmitir la escena en vivo por internet.

—Déjame enseñarte algo —susurró Gwen con una sonrisa torcida bajo su máscara.

Sin apartar la vista de Mei, sacó un cuchillo oculto bajo su ropa y lo deslizó por el traje que vestía, desgarrándolo con un corte preciso, lanzo el cuchillo al piso y con ambas manos, rasgó el material hasta desprenderlo por completo, dejando al descubierto su uniforme militar. Saco los pies del traje y, finalmente, se despojó de la máscara de conejo.

Su rostro apareció ante todos con una expresión de locura pura. Una sonrisa desquiciada, de oreja a oreja.

Los testigos quedaron paralizados por el horror. Louis y los leones observaban con sorpresa y un atisbo de miedo en sus ojos.

—¿Qué tal si jugamos un poco, gatito? —dijo Gwen en un tono burlón, desenrollando la tela blanca que cubría su arma y dejándola caer al suelo.

Mei respondió sin cambiar su expresión, deslizando sus manos a los lados de sus piernas para desenvainar dos cuchillos largos y finos. Les dio un par de vueltas entre los dedos con una fluidez impresionante, dejando en claro su habilidad.

—Está bien —dijo simplemente, con su voz tranquila y carente de emoción.

Ambas se observaron por unos segundos, evaluándose mutuamente, hasta que Mei se movió con una velocidad impresionante. En un parpadeo, ya estaba encima de Gwen, lanzando una serie de ataques con sus cuchillos.

El sonido metálico de las armas chocando resonó en el aire. Gwen, con una rapidez sorprendente, bloqueaba cada golpe con su hacha, devolviendo la ofensiva con ataques brutales. Louis y los demás observaban la escena con asombro, sin atreverse a intervenir.

—Tendré tus orejas como colección —se burló Gwen, riendo maniáticamente.

Las dos combatientes se separaron por un instante, solo para lanzarse de nuevo la una contra la otra. Sus armas se entrechocaban a una velocidad frenética, los destellos de metal brillando con cada impacto. Mei esquivaba los golpes con una precisión quirúrgica, buscando una apertura. Finalmente, vio la oportunidad, lanzó una patada directa, pero Gwen la interceptó con otra patada igual de fuerte. Sin perder tiempo, Mei volvió a la carga, golpeando con sus cuchillos y obligando a Gwen a retroceder.

Los espectadores apenas podían seguir el ritmo del combate. Era una danza de brutalidad y precisión, ambas moviéndose con una agilidad sobrehumana.

De repente, en un rápido movimiento, Mei logró cortar la mejilla de Gwen. Un fino hilo de sangre resbaló por su rostro, obligándola a dar un paso atrás. Ambas jadeaban por el esfuerzo, sin apartar la mirada la una de la otra.

Gwen se llevó la mano al rostro, observando la sangre en sus dedos con una mezcla de sorpresa y deleite. Luego, levantó la vista hacia Mei con una sonrisa más amplia, casi enfermiza.

—Oh... —susurró, relamiéndose los labios—. Esto se pone interesante.

Gwen sonreía con una expresión sádica.

—Sabes, eres la única que ha aguantado una pelea conmigo tanto tiempo, así que te concederé el honor de morir rápidamente —dijo, riendo maniáticamente.

Mei observó cómo Gwen cargaba hacia ella de manera demasiado abierta, algo en la forma en que lo hacía le pareció sospechoso. Instintivamente, retrocedió en el último segundo y, al hacerlo, vio cómo el hacha de Gwen generaba una explosión que destrozó el suelo de concreto.

—Será divertido verte volar en pedazos —se burló Gwen, lanzándose contra Mei con una risa desquiciada.

Mei esquivaba los ataques con dificultad, notando que con cada golpe Gwen presionaba algo en el hacha, causando pequeñas explosiones. Los espectadores observaban con terror cómo la batalla se desarrollaba; las explosiones hacían temblar el suelo y algunos puestos cercanos eran golpeados por la onda expansiva, mientras otros simplemente se chamuscaban.

—¡No puedes esquivar para siempre! —gritó Gwen con una sonrisa perversa, continuando su frenético asalto.

Mei retrocedió, creando espacio entre ellas, pero en un movimiento inesperado, Gwen clavó el hacha en el suelo roto y la apuntó directamente hacia Mei.

—¡Divirtámonos un poco más! —exclamó, presionando el mecanismo del arma.

De inmediato, una explosión sacudió el área, lanzando esquirlas de concreto en todas direcciones. Mei apenas tuvo tiempo de cubrirse con los brazos, pero aun así, algunos fragmentos afilados la alcanzaron, dejando cortes en su piel.

Gwen solo reía maniáticamente, disfrutando cada momento del caos.

—Cuando todo esto termine, la humanidad volverá a gobernar la Tierra. Somos los seres perfectos —dijo Gwen con una risa altiva.

Mei dejó de cubrirse y, sin perder un segundo, corrió hacia Gwen. Golpeó sus armas con rapidez, evitando que activara el mecanismo explosivo de su hacha. Antes de que pudiera reaccionar, Mei le asestó un rodillazo con toda su fuerza, haciéndola sangrar por la nariz. Acto seguido, giró sobre sí misma y le propinó un potente golpe en el costado, lanzándola por los aires contra un puesto lleno de carne. La carpa que lo cubría se destrozó bajo el impacto, esparciendo los productos por el suelo.

Las personas que se habían escondido detrás del puesto salieron corriendo, buscando otro refugio.

Gwen se reincorporó rápidamente, presionando su costado con una mano mientras contenía un gesto de dolor. Sus ojos reflejaban furia al encontrarse con la mirada gélida de Mei.

—Después de todo, solo eres escoria que no valora la vida de los demás... Crees que la raza humana debe gobernar por ser la raza perfecta, que está por encima de todos los demás... —dijo Mei con voz firme, clavando en ella una mirada fría.

Gwen, todavía sangrando, la miró con más rabia.

—No me hagas reír —espetó con desprecio—. Los humanos nunca hemos sido perfectos, estamos muy lejos de serlo. Solo me das lástima y asco.

Mei levantó sus cuchillos y los apuntó hacia Gwen.

—No permitiré que mates a nadie más. Este lugar será tu tumba —sentenció antes de lanzarse al ataque.

Louis y el Shishigumi observaban la escena con una mezcla de terror e impresión. Aunque tenían armas en sus manos, ninguno reaccionaba. Louis miró a Gwen, cuya expresión estaba llena de odio, y luego volvió la vista hacia Mei.

"¡Esa humana está loca!" pensó, incapaz de comprender la situación.

Miró nuevamente a Mei, que continuaba luchando con ferocidad.

"¡Esa híbrida... ¿por qué nos está protegiendo?!"

El choque de sus armas resonó en el aire. En un movimiento rápido, Mei logró desarmar a Gwen, haciendo que su hacha cayera al suelo, lejos de ambas. Sin perder tiempo, se lanzó contra ella, pero Gwen esquivó el ataque y atrapó sus brazos, logrando desarmarla también. Ahora estaban en igualdad de condiciones.

Gwen aprovechó la oportunidad y le propinó un fuerte golpe en el estómago. Mei hizo una mueca de dolor, pero lo ignoro y le devolvió el golpe con el codo, impactando de nuevo en su costado haciendo que retrocediera de dolor.

El ambiente estaba cargado de tensión. Todos observaban, sin atreverse a intervenir, mientras la batalla se transformaba en un combate cuerpo a cuerpo.

La transmisión de noticias comenzó a emitir el video en vivo del internet. Todos los que miraban la transmisión no podían creer lo que veían, incluido Yafya, quien observaba con el ceño fruncido la feroz pelea proyectada en el Consejo de las Bestias. Koda y el resto del consejo también miraban con expresiones de terror y fascinación, sus rostros reflejaban una mezcla de emociones intensas.

Mientras tanto, Mei y Gwen se golpeaban con furia, sus ataques cargados de odio mutuo. La sangre pulverizada flotaba en el aire con cada impacto. En un movimiento agresivo, Mei se abalanzó sobre Gwen, lanzándose con ella contra un puesto y cayendo juntas sobre la estructura. Sin perder tiempo, Mei la sujetó de la ropa y la arrastró por los puestos, derribando todo a su paso.

Gwen, reuniendo fuerzas, contraatacó con una violenta patada al pecho de Mei, haciéndola caer al suelo. Sin darle tregua, saltó sobre ella y comenzó a golpearla repetidamente en el rostro con furia descontrolada.

—¡Tendré tu cabeza para mi colección! —exclamó Gwen, jadeante, mientras seguía castigando a Mei con golpes brutales —¡Incluso si tengo que dar hasta la última gota de sangre!

Mei, reaccionando a tiempo, la tomó con fuerza y rodó por el suelo para quitársela de encima. Ambas se separaron rápidamente, sangrando por los golpes recibidos, sus respiraciones agitadas llenando el ambiente.

Gwen vio su hacha tirada a unos metros de distancia. Mei también lo notó y, al ver a su rival correr hacia su arma, reaccionó de inmediato. Se lanzó sobre ella, tomándola por la espalda y tratando de estrangularla. Forcejearon con fiereza hasta que Mei, en un acto desesperado, hundió sus dientes en el cuello de Gwen. Aunque no era un hibrido de colmillos largos, su mordida fue lo suficientemente fuerte para hacer sangrar a Gwen, quien gritó de dolor.

—¡Maldita perra! —rugió Gwen con furia.

Reuniendo todas sus fuerzas, logró liberarse de la llave y lanzó a Mei al frente, haciéndola golpear el suelo con violencia. La sangre salpicó al quitarse a Mei dejándole una herida abierta. Gwen, sin perder un segundo, tomó su hacha con rapidez. Mei, aturdida, apenas logró incorporarse cuando vio a Gwen activar el mecanismo de su arma.

El hacha explotó a pocos centímetros de ella, lanzándola por los aires. Mei cayó al suelo, aturdida, cubierta de polvo y sangre.

Enfrente de ella, Gwen sostenía el hacha en una mano mientras con la otra cubría su herida sangrante. Su mirada estaba llena de odio y seriedad.

—Sabes… tu carne sabe a mierda —murmuró Mei con dificultad.

Gwen frunció el ceño y, sin pensarlo, la pateó con fuerza, haciéndola caer de espaldas.

—¡Ja! Solo eres una bestia asquerosa como las demás —espetó con rabia.

Mei se sentó en el suelo, mirándola apenas, su cuerpo casi sin fuerzas.

—Pero bueno… aquí es donde acabas, asquerosa bestia —sentenció Gwen, levantando su hacha para el golpe final.

Todos los presentes miraban con los ojos desorbitados, paralizados por el horror. Mei, sin fuerzas para moverse, solo podía mirar el filo del arma alzarse sobre ella. En ese instante, su mente la llevó a sus recuerdos más preciados.

"Papá, mamá… los amo. Hermana… lo siento si no pude decirte adiós una última vez. Siempre quise estar a tu lado y divertirnos juntas."

Su visión se nubló, resignándose a su destino. Pero entonces, una voz rompió el silencio.

—Eso mismo digo yo… pero sabes, eso solo yo se lo puedo decir.

Mei abrió los ojos de par en par, al igual que todos en el mercado negro. Gwen giró rápidamente hacia la voz, pero antes de que pudiera reaccionar, varios disparos impactaron en su pecho.

El sonido metálico de los casquillos cayendo al suelo dejó el lugar en un silencio absoluto. Gwen soltó el hacha y cayó pesadamente, su cuerpo convulsionando mientras la sangre brotaba de su boca, respirando con dificultad.

Mei miró con incredulidad. Frente a ella, sin casco ni máscara, solo con su equipo táctico y una mochila grande colgando de su hombro, estaba Alice.

Alice se aproximó a Gwen, quien aún intentaba, débilmente, alcanzar su hacha. Con frialdad, Alice la pateó, apartándola del arma, y luego le puso su bota sobre el cuello, inmovilizándola.

El silencio continuó reinando en el mercado negro, mientras todos contenían la respiración.

—Shhhhh, ya, ya… pronto pasará —dijo Alice fríamente mientras Gwen, desesperada y con una mirada de furia, la observaba. Poco a poco, su cuerpo dejó de moverse hasta que la vida la abandonó por completo.

Alice se apartó y le quito la bota de encima, dirigió su mirada a Mei, quien seguía sentada en el suelo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Mei en un susurro, su voz apenas audible.

—Vaya forma de agradecerme, hermanita… —respondió Alice con una sonrisa.

El silencio que siguió fue sepulcral. Todos los presentes quedaron atónitos, mirándolas con incredulidad. Algunos que estaban lo suficientemente cerca comenzaron a susurrar entre ellos.

—Después de todo, te prometí que te cuidaría —continuó Alice, acercándose a Mei y extendiéndole la mano con una expresión cálida.

Mei la miró sorprendida. Hacía años que no veía a su hermana sonreír de esa manera. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas hasta que finalmente rompió en llanto. Alice, sorprendida, apenas pudo reaccionar cuando Mei se lanzó hacia ella y la abrazó con fuerza.

—¡Hermana, lo siento! ¡Siempre peleo contigo… lo siento por…! —sollozaba Mei, sin poder contenerse.

Alice la interrumpió suavemente.

—No es tu culpa. Yo fui una idiota… Me dejé llevar por mis emociones durante demasiado tiempo, así que no tienes que disculparte. Después de todo, la culpa fue mía. Solo espero que algún día… puedas perdonarme.

Mei sintió la sinceridad en su voz y la abrazó aún con más fuerza, sin querer soltarla. Permaneció en silencio unos segundos antes de responder con una leve sonrisa.

—Te perdono… pero con una condición.

Alice la miró con curiosidad.

—Que después de esto tomemos un día libre y salgamos a comer y divertirnos —dijo Mei con una sonrisa, todavía con lágrimas en los ojos.

Alice se quedó sorprendida por un momento, pero luego sonrió también.

—Claro —respondió, animada al ver que su hermana no guardaba tanto resentimiento como ella había temido.

Los que presenciaban la escena estaban boquiabiertos, incapaces de creer que realmente eran hermanas.

—Pero bueno, dejemos eso de lado por ahora —dijo Alice, apartándose de ella y volviendo a ponerse seria.

Mei asintió, aún con la alegría reflejada en su rostro. Alice entonces desvió la mirada hacia el cadáver de Gwen.

—Tenemos que limpiar esto y salir de aquí lo más rápido posible —dijo, observando a las bestias que se mantenían ocultas entre los puestos que empezaba a huir, la transmisión se cortó dejando en blanco las noticias.

—Sí… Solo déjame recoger… —Mei intentó tomar sus cosas y las que Gwen había tirado, pero, al dar un paso, su pierna herida no la sostuvo y estuvo a punto de caer.

Alice la sujetó antes de que tocara el suelo.

—Cuidado. Estás herida en la pierna. No podremos huir con rapidez así —dijo, sosteniéndola firmemente.

En ese momento, una voz interrumpió la escena.

—¡MEI!

Ambas voltearon y vieron a Geruft acercarse con el rostro cubierto de golpes y varios cortes. Detrás de él, arrastraba a un sargento inconsciente y amarrado.

—¡Mayor Alice! ¿Qué hace aquí? —preguntó Geruft, sorprendido por su presencia.

Alice lo miró con calma.

—Vine en avión. Estoy aquí porque le pedí permiso al comandante Klaus para apoyar en esta misión. —respondió tranquilamente.

—Ahora dime, ¿qué traes detrás de ti? —preguntó Alice con firmeza.

—Es uno de los soldados de ellos parecer que es de un rango alto. Está inconsciente —explicó Geruft rápidamente.

Alice asintió, evaluando la situación con una mirada calculadora.

—Bien, lo podremos interrogar de vuelta en la base. Pero como sea, toma las cosas de Mei y quememos el cuerpo. Hay que largarnos de aquí —dijo Alice con calma.

Geruft asintió rápidamente y corrió a recoger todas las pertenencias de Mei, mientras Alice la dejaba cerca de un puesto y tomaba todo lo que había dejado Gwen, incluyendo el maletín.

—Bien, hay que conseguir un vehículo y quemar el… —Alice no pudo terminar la frase.

Los tres se detuvieron en seco al ver a un grupo de leones que salio de sus escondites, apuntándoles con sus armas, aunque sus manos temblaban. Alice chasqueó la lengua con fastidio.

—Tsch, perfecto… más idiotas —murmuró molesta.

—Son otra vez ustedes, sacos de boxeo —se burló Mei con tono cansado. Apenas tenía fuerzas para moverse.

Fue entonces cuando un ciervo emergió de entre los leones.

—¿Se puede saber qué hacen un par de demonios en nuestra ciudad? —preguntó Louis con el ceño fruncido, caminando directamente hacia Alice.

Ellos lo miraron en silencio mientras él continuaba su discurso.

—Debería entregarlos a las autoridades tal vez eso nos dé más puntos a nuestro favor. Miren que venir a una ciudad pacífica y causar alboroto es algo muy propio de los demonios como ustedes —dijo con tono severo, acercándose cada vez más.

Ibuki y los demás leones lo seguían de cerca, rodeándolos poco a poco.

—Tal vez debería dejarlos a su suerte… y permitir que ellos los devoren —añadió Louis con frialdad.

Mei y Geruft intercambiaron miradas. A pesar de su agotamiento, se prepararon para pelear. Pero antes de que pudieran hacer nada, Alice rompió el silencio con una carcajada inesperada, sorprendiendo a todos.

—¡Ah, ah!… Eres bueno actuando, niño, pero no es muy convincente —dijo con frialdad.

Louis frunció aún más el ceño y apretó los dientes, a punto de responderle, pero Alice levantó una mano para interrumpirlo.

—No, no —dijo con una sonrisa ladina mientras abría su mochila del hombro.

Mei y Geruft observaron con atención. No fueron los únicos. Los leones y Louis miraron con confusión cuando Alice sacó un explosivo plástico y lo mostró sin titubear.

—¿Sabes qué es esto? —preguntó Alice, sosteniendo la caja grande en su mano mientras miraba a Louis.

Él frunció el ceño, inquieto, sin entender de qué se trataba. Movió la cabeza en negación.

—Es un explosivo —respondió Alice, esbozando una sonrisa sombría—. Es lo suficientemente fuerte como para volar este lugar sin dejar rastro de nadie. Ahora dime, ¿realmente quieres continuar? Porque yo tengo el detonado.

Louis y los leones a su alrededor sintieron un escalofrío recorrerles el cuerpo. Miraban el objeto con temor y Alice con el detonador en mano.

—Bien, niño, supongo que eres su jefe, ¿verdad? —dijo Alice sin apartar la vista de él.

Louis tragó saliva. Su silencio fue suficiente para Alice, quien sonrió de manera aún más siniestra, logrando que la tensión en el ambiente se hiciera más pesada.

—Muy bien, jefe de los Shishigumo o como se llamen —continuó Alice —Supongo que tienes un auto para moverte. Nos llevarás hasta él.

Louis apretó los dientes, frustrado por cómo los tenía bajo su control.

—Eres un maldito demonio… Puedes detonar la bomba si quieres —respondió con seriedad, dejando claro que no tenía miedo de sus amenazas.

Alice rió.

—Oh, el pequeño alce tiene agallas. Ya veo por qué eres su jefe. Pero dime, ¿realmente quieres volar este lugar? ¿Matar a tanta gente inocente, a tus propios guardias, y destruir propiedades? —sus palabras llevaban un tono burlón, pero al mismo tiempo trataban de hacer que Louis razonara.

Louis miró a su alrededor. Vio a Ibuki y a los demás leones con expresiones aterradas. Cerró los ojos un instante y luego negó lentamente con la cabeza.

—Bien, me alegra que razones, niño. A cambio, te dejaré llevar a dos de tus guardias para que te sientas más seguro… Y yo los elegiré —dijo Alice con seriedad.

Louis la miró sorprendido, pero no dijo nada.

Alice observó a los leones y su mirada se detuvo en Agata, quien empezaba a temblar bajo su intensa mirada. Sonrió al notar su reacción. Luego, se giró hacia otro león, uno con gafas, que parecía más calmado, aunque Alice pudo notar un ligero temblor en sus manos.

—Bien. Tú, el joven gato, y tú, cuatro ojos, vendrán con nosotros —dijo, señalando a Ibuki y Agata—. Ahora, vámonos.

Pero antes de irse, Alice miró a Geruft.

—Ah, Geruft, quema el cadáver de ese monstruo —ordenó Alice con firmeza.

Geruft asintió y obedeció sin cuestionar. Sacó una bolsa con un polvo gris de su mochila y lo esparció sobre Gwen. Al terminar, extrajo unos cerillos y los encendió. En cuanto la llama tocó el polvo, el cuerpo ardió con intensidad, consumiéndose rápidamente en el fuego.

—Bien, vamos —dijo Alice, esperando a que Louis avanzara.

Ibuki y Agata intercambiaron miradas inquietas antes de dirigir su vista hacia Louis. Él asintió en silencio, resignado. Sin decir una palabra, comenzó a caminar.

Los dos leones lo siguieron, mientras los demás, paralizados por el miedo, solo los vieron desaparecer por un callejón y viendo el cuerpo arder.

Al llegar al fondo del callejón, vieron un auto negro de cuatro puertas, un modelo nuevo, estacionado en silencio. Louis, Ibuki y Agata iban al frente, seguidos de Mei, Alice y Geruft, quienes caminaban en absoluto silencio hasta llegar al vehículo.

Agata sacó las llaves con manos temblorosas y abrió las puertas.

—Bien, suban —ordenó Alice.

Sin objeciones, todos lo hicieron. Ibuki se acomodó en la parte trasera junto a Louis, mientras que Geruft subió con el sargento Adrian atado, dejándolo en el suelo del auto, aún inconsciente. Agata se colocó en el asiento del conductor con la intención de manejar, pero Mei lo interrumpió.

—Yo manejo —dijo Mei.

Alice, que la sostenía, la miró con duda, insegura de que pudiera hacerlo debido a sus heridas.

—Tranquila, aún puedo manejar —insistió Mei, intentando tranquilizarla.

Alice asintió y la ayudó a subir al asiento del conductor, rodeando el auto para abrirle la puerta. Mientras tanto, Geruft se sentó frente a Ibuki y Louis, observándolos en silencio. Finalmente, Alice subió con ellos y echó un vistazo a todos antes de hablar.

—Bien, larguémonos de este lugar.

Mei encendió el auto y lo puso en marcha, alejándose lo más rápido posible sin llamar la atención. A lo lejos, se escuchaban patrullas acercándose al lugar. Mientras se alejaban, el silencio dentro del vehículo se volvió casi sepulcral, hasta que Mei lo rompió.

—Hermana, ¿cómo saldremos de aquí? —preguntó mientras conducía con prisa, pero sin ser imprudente.

Alice la miró desde el asiento trasero.

—El avión aún está en el aire. Solicitaré una extracción aérea. Usaremos el gancho —respondió tranquilamente.

Geruft la miró, aterrorizado, mientras Mei sonreía. Ibuki y Louis notaron la expresión nerviosa de Geruft.

—Ya veo —dijo Mei con alegría.

—Dirígete al lugar donde inaugurarán una nueva plaza. Está cerca de la orilla del mar. Él piloto ya tiene las coordenadas —indicó Alice, sacando un mapa de la ciudad y señalando el área marcada en el mapa la ubicación exacta.

Mei asintió.

—Claro, hermana. Tú, gato joven, toma el mapa y guíame —ordenó a Agata.

Él lo tomó rápidamente, obedeciendo a pesar del miedo. Mei giró el volante, alejándose de los edificios altos.

Alice llevó la mano a su oído y presionó su dispositivo de comunicación.

—¡Aquí la Mayor Alice! Solicito extracción en el punto de reunión —informó.

Hubo un breve silencio antes de que el radio emitiera una respuesta.

—Entendido. El Ave estará en veinte sobre la posición.

—Entendido. Nos dirigimos al punto —confirmó Alice, finalizando la comunicación.

Suspiró, agotada, mientras Louis observaba a los demás en el auto, deteniéndose especialmente en Geruft, quien lo notó.

—¿Qué sucede, niño? —preguntó Geruft con tranquilidad, sonriéndole amigablemente.

Louis lo miraba con cautela.

—¿Qué… se supone que eres? —preguntó con curiosidad.

Ibuki, intrigado, escuchaba con atención mientras Geruft soltaba una ligera risa.

—Bueno, soy lo que ves, una bestia, mitad humano y mitad lobo —respondió Geruft con naturalidad.

Louis lo miró con aún más curiosidad.

—¿Entonces… en su isla hay bestias y híbridos como tú? —preguntó con incredulidad.

Geruft sonrió, y Alice, que había estado observando en silencio, intervino.

—Sí, niño, pero nadie te creerá si se lo cuentas a alguien —dijo con tono despreocupado—. Y si te lo preguntas, mi hermana es mitad serval.

Se refería a Mei, que iba al volante. Louis la miró, al igual que Ibuki.

—Entonces… ustedes… —intentó decir Louis, pero Alice lo interrumpió.

—Mismo padre, diferentes madres. Pero nuestro padre nos amaba a las dos por igual, al igual que a nuestras madres —explicó con serenidad.

Louis, Ibuki y Agata no podían creer lo que estaban escuchando.

—Entonces ustedes… realmente no nos odian —murmuró Louis, sintiendo que todo lo que creía saber sobre los humanos se desmoronaba.

Geruft y Alice negaron con la cabeza.

—No realmente esas historias que tienen son muy exageradas —respondió Alice con indiferencia —aunque a veces me molestan con sus tonterías, como cualquier persona normal.

Se recargó en el asiento con aire despreocupado, mientras Louis e Ibuki seguían procesando lo que acababan de escuchar.

De repente, Mei avistó algo a lo lejos y su expresión se tensó.

—¡Hay un bloqueo policial! —alertó a los demás.

Alice volteó de inmediato y miró al frente.

—¡No hay paso! Mei, acelera y no te detengas —ordenó con firmeza.

Louis, Ibuki y Agata se pusieron nerviosos. Mei asintió sin dudar.

—¡Sí!

Pisó el acelerador, y el vehículo se lanzó hacia adelante a toda velocidad.

La policía dejaba pasar un auto a la vez, cerrando la cinta tras cada uno, pero Mei no redujo la velocidad. En el último segundo, atravesó el bloqueo, haciendo que los agentes saltaran para esquivarla.

Apenas se recuperaron de la sorpresa, se apresuraron a reportarlos.

—¡Encontramos a los sospechosos, repito, los encontramos! ¡Están en la calle principal! —informó el policía por radio, alertando a todos.

Rápidamente, los agentes corrieron hacia sus autos, encendiendo las sirenas mientras giraban bruscamente para seguir a los fugitivos. El sonido de las sirenas se intensificaba detrás de ellos.

Mei miró por el retrovisor, observando las luces parpadeantes. Ibuki, Louis y Agata miraban con nerviosismo hacia atrás, mientras Agata, cada vez más inquieto, comenzó a alterarse.

—¡No quiero ir a prisión! —gritó casi haciéndose una bola en el asiento del copiloto.

Alice lo escuchó y habló con firmeza.

—Dénme sus armas.

Ibuki y Louis la miraron con inquietud.

—¡¿Qué esperan, idiotas?! ¿Quieren ir a prisión o qué? —les gritó impaciente.

Ambos entendieron de inmediato y sacaron sus armas, entregándoselas. Alice volteó hacia Agata con el ceño fruncido.

—¡Hey, gato! Dame tu arma —ordenó.

Agata salió de su trance y se la entregó, para luego volver al mapa, dándole indicaciones a Mei como podía. Alice se giró y le pasó una de las armas a Geruft.

—Toma. No les dispares directamente, solo trata de hacer que se retiren. Tenemos que ganar tiempo.

Geruft asintió y tomó el arma, abrió la ventana trasera asomándose. El viento lo golpeó con fuerza mientras Mei esquivaba los autos, cuyos conductores tocaban el claxon al verlos pasar a toda velocidad.

Geruft apuntó a los neumáticos y al radiador de los autos de policía y comenzó a disparar. Algunos frenaron de golpe, otros siguieron la persecución mientras la luz de la mañana se hacía presente.

—O-o-oye, da vuelta aquí y luego otra vez. Así subiremos por el paso elevado que nos lleva a donde quieren ir —indicó Agata, tartamudeando.

Mei asintió.

—¡Agárrense, vamos a girar! —gritó, girando bruscamente el volante.

El auto dobló una esquina con violencia, luego otra, hasta que finalmente subieron a una carretera rápida, diseñada solo para automóviles. Mei aceleró a fondo.

Geruft se metió de nuevo en el auto al ver que habían logrado dejar atrás a los policías.

—Bien, eso los retrasará un poco —dijo bajando el arma.

Louis e Ibuki se miraron entre sí, aún nerviosos por lo que acababan de presenciar.

—Tranquilos, ustedes solo son rehenes en caso de que intenten arrestarnos. Pero no se preocupen, los dejaremos cuando lleguemos al punto de extracción —dijo Alice con tranquilidad, como si todo esto fuera algo cotidiano.

Louis e Ibuki la miraron incrédulos.

—¿Cuánto falta? —preguntó Alice sin voltear a ver a Agata.

Él saltó del susto y revisó rápidamente el mapa, comparando con las señales del camino.

—Poco. Toma la siguiente salida, gira a la izquierda. Ese camino nos llevará directamente al punto.

Mei sonrió.

—¡Bien, sujétense!

Salió de la carretera y tomó la salida. Abajo, había autos esperando su turno para cruzar. Sin dudarlo, Mei subió a la acera, tocando el claxon para que los peatones se apartaran. Luego, al reincorporarse a la vía, giró bruscamente, haciendo que los neumáticos chirriaran.

Finalmente, aceleró al máximo, esquivando los autos con precisión mientras dejaban atrás parte de la ciudad donde no había rascacielos.

Louis observaba con inquietud cómo manejaban. "Los humanos están locos…" pensó, sintiendo un nudo en el estómago mientras Mei conducía de manera brusca, subiendo a la acera sin la menor preocupación. Su agarre en el asiento se tensó cuando el radio sonó nuevamente.

—Aquí Ave. Faltan cinco para estar sobre la posición —informó el piloto con voz firme.

Alice tomó el dispositivo y respondió sin titubear.

—Entendido. Ya casi llegamos. Usaremos humo rojo.

—Entendido —confirmó el piloto antes de cortar la comunicación.

Alice se inclinó ligeramente hacia adelante, sacando unas granadas de humo de su mochila.
—Bien, hay que prepararnos —dijo mientras aseguraba el equipo y revisaba el seguro de las granadas.

Mei, por su parte, apretó el acelerador, notando cómo el cielo comenzaba a teñirse de tonos cálidos con la llegada del amanecer. Aún les quedaba camino por recorrer, pero la luz matinal empezaba a iluminar la ciudad.

Mientras, en la plaza, la multitud se reunía. Figuras importantes y reporteros llenaban el lugar, algunos aun comentando las noticias de la madrugada. Entre los invitados destacados se encontraban el padre de Louis y el alcalde de la ciudad.

En el centro de la plaza, un gran listón rodeaba la base de una estatua que representaba a un herbívoro y un carnívoro dándose la mano en símbolo de reconciliación. El alcalde, con una expresión solemne, se acercó a Oguma.

—Es un gusto conocer al presidente del Conglomerado Cuernos —dijo el alcalde con una sonrisa, extendiendo la mano.

Oguma lo miró con su habitual expresión seria y estrechó su mano brevemente.

—Es un gusto, alcalde —respondió con tono seco antes de soltar la mano y volver a mirar a la multitud con las manos detrás de la espalda, al igual que el alcalde.

—Sabe, me enteré de que su hijo no acudió a su nombramiento como Beastar. ¿Sabe qué le pasó? —preguntó el alcalde con aparente tranquilidad.

Oguma lo miró de reojo, sin alterar su expresión.

—Solo está pasando por una etapa rebelde, eso es todo —contestó con tono firme, sin apartar la vista de la multitud.

—Ya veo… —murmuró el alcalde con una sonrisa. Luego, con un tono más sombrío, añadió —Pero tengo algo que podría interesarle acerca de su hijo.

Oguma volvió a mirarlo de reojo.

—¿Qué tal si me acompaña más tarde a mi oficina y lo discutimos? —sugirió el alcalde con calma.

El presidente del Conglomerado Cuernos lo observó por unos segundos antes de desviar la mirada nuevamente.

—Sí, ahí estaré —respondió con su habitual seriedad.

El alcalde sonrió.

—Bien, lo esperaré —dijo mientras levantaba la mano para mirar su reloj—. Ya es hora, será mejor que empiece.

Avanzó hacia el frente y, de inmediato, la multitud centró su atención en él, guardando silencio mientras las cámaras comenzaban a grabar. Se aclaró la garganta y comenzó su discurso.

—¡Hoy es un gran día para conmemorar la unidad entre herbívoros y carnívoros, que…!

Oguma escuchaba el discurso, pero no le prestaba atención. Solo estaba allí para decir algunas palabras de aliento cuando llegara su turno. Sin embargo, un chirrido de neumáticos lo sacó de su indiferencia.

Todos giraron la cabeza al ver cómo un auto negro se subía a la acera. La multitud se quedó en silencio, expectante, mientras las cámaras enfocaban la escena. Las puertas del vehículo se abrieron de golpe.

El primero en bajar fue Geruft, cargando al sargento inconsciente. Detrás de él, Alice descendió rápidamente.

—¡Toma! —gritó Alice mientras le lanzaba una granada de humo a Geruft.

Él la atrapó con facilidad mientras sostenía al sargento. Los espectadores se quedaron paralizados al ver al hombre, tenía orejas de lobo, pero su apariencia era humana. Los camarógrafos, tardando unos segundos en reaccionar, enfocaron sus lentes en la escena, capturando lo que parecía imposible.

Mientras tanto, Alice se dirigió a la puerta del conductor y la abrió apresuradamente, ayudando a Mei a salir.

—Rápido, dame el brazo —dijo Alice con urgencia.

Mei asintió y se apoyó en ella para caminar. La multitud los observaba sin poder creer lo que veían, Mei y Alice, juntas, moviéndose con rapidez hacia donde estaba Geruft.

Cuando llegaron al campo abierto, pisando la hierba, Geruft lanzó la granada de humo, dejando una densa nube roja elevarse en el aire. Alice ayudó a Mei a apoyarse en Geruft.

—Toma a Mei —le indicó Alice con prisa.

Geruft la sostuvo firmemente, asegurándose de que pudiera mantenerse en pie. Alice, sin perder tiempo, abrió la gran mochila que llevaba al hombro y sacando el explosivo que anterior mente uso para amenazar a Louis y lo leones. Pero en lugar de activarlo, lo abrió y sacó un globo especial.

Mei sonrió débilmente al ver la caja una vez más.

—Me sorprende que los engañaras haciéndoles creer que era un explosivo, hermana —comentó con una leve risa.

Alice le devolvió la sonrisa mientras sacaba cuerdas, arneses y un tanque de helio de la mochila.

—Bueno, solo me aproveché un poco de su ignorancia —dijo riendo mientras conectaba los arneses y las líneas al globo.

—Tomen, pónganselos. Y también a él —ordenó Alice mientras les entregaba los arneses.

Mientras conectaba el globo al tanque de helio y abría la válvula para llenarlo, Alice tomó el suyo y se lo ajustó. Mei y Geruft revisaban mutuamente sus arneses, asegurándose de que todo estuviera bien sujeto.

Una vez que el globo estuvo completamente inflado, Alice desenganchó rápidamente del tanque, las cuerdas comenzara a elevarse.

—Hermana, deja que revise tu arnés —dijo Mei.

Alice se acercó y permitió que su hermana inspeccionara el equipo mientras Geruft terminaba de colocarle el arnés al capturado.

—Bien, todo está listo —aseguró Mei tras comprobar que todo estaba seguro.

Alice asintió y llevó una mano a su oído, activando su radio.

—Aquí la Mayor, estamos en el punto de extracción. El humo rojo maraca la señal —informó Alice.

El radio respondió casi de inmediato con una voz firme.

—Aquí Ave, lo vemos. En tres minutos estaremos sobre ustedes.

—Entendido —respondió Alice, cortando la comunicación.

Los testigos de la escena miraban incrédulos. Los guardias del alcalde se quedaron congelados al ver a Alice, Mei y Geruft. Entonces, se escucharon sirenas acercándose.

Patrullas comenzaron a llegar al lugar, seguidas de un helicóptero. Decenas de oficiales descendieron rápidamente de los vehículos, rodeando a Alice, Mei y Geruft con sus armas en alto.

—¡Arriba las manos! —gritó un oficial oso, apuntándolos con su arma pero manteniendo la distancia.

Sin resistencia, los tres levantaron las manos, asegurándose de seguir sujetando la cuerda del globo que se elevaba cada vez más.

Desde el helicóptero descendió una escalera, y de ella bajó Yafya con agilidad. Una vez en tierra, se retiró rápidamente del lugar.

Todos los presentes en la plaza observaban la escena con incredulidad.

—¡El Beastar!, ¡Está aquí, no puedo creerlo!

Los susurros recorrían la multitud mientras los oficiales se hacían a un lado, permitiéndole el paso. Yafya avanzó con paso firme hasta quedar de frente a Alice, Mei y Geruft, quienes lo observaban con cautela. Alice mantenía una expresión fría y seria, mientras que sus dos compañeros se limitaban a mirarlo sin mostrar emoción alguna.

Yafya los estudió por unos segundos antes de esbozar una sonrisa ladeada.

—Pero miren lo que tenemos aquí… Una humana y dos criaturas no identificables —dijo con un tono gélido, cargado de intención provocativa.

Sus ojos se posaron en la vestimenta que llevaban.

"Vaya, los humanos son realmente estúpidos si creen que pueden volar con un simple globo. Ja."

—¿Se puede saber qué hacen en nuestra nación? —preguntó con firmeza.

El silencio fue su única respuesta. Ninguno de los tres se molestó en contestar, limitándose a sostenerle la mirada.

—Ya veo… —murmuró Yafya, entrecerrando los ojos—. Los humanos son una de las especies más peligrosas que existen. Solo saben causar caos, matar y asesinar animales inocentes por el odio que nos tienen. Después de perder la guerra, aún no lo superan, ¿verdad? Siguen buscando formas de vengarse… Solo son un montón de salvajes.

Su voz estaba cargada de desprecio, sus palabras eran una acusación directa. Sin embargo, Alice no se inmutó.

Yafya esperaba una respuesta airada, quizá una negación furiosa o incluso miedo. Pero lo que recibió fue algo completamente distinto.

Alice empezó a reír.

Una carcajada baja, contenida al principio, pero que fue creciendo poco a poco. Mei y Geruft no tardaron en unirse a ella, riéndose con la misma despreocupación.

El ambiente se tensó aún más.

Todos los presentes los miraban confundidos, incluyendo a Yafya, cuya expresión se torció con disgusto.

—¿Qué sucede? ¿Al final su primitivo cerebro les hizo entrar en razón? —soltó con frialdad, intentando recuperar el control de la situación.

Pero ellos siguieron riendo.

Aprovechando la confusión, Louis, Ibuki y Agata descendieron del auto sin hacer ruido, observando la escena con atención.

—¡Ahh, ahh! —Alice finalmente dejó de reír, mientras Yafya la miraba con evidente disgusto.

Por un momento, el silencio se instaló hasta que Alice volvió a hablar con un tono despreocupado.

—Deberías estar agradecido, caballito.

Todos se quedaron sorprendidos. A pesar de que los acababan de escuchar cuando bajaron del auto, su voz sonaba demasiado natural. Yafya frunció el ceño, molesto por el apodo.

—¿Agradecido? ¿Agradecido de qué? —preguntó con firmeza.

Alice notó su incomodidad y sonrió con sutileza.

—De que siempre los estamos cuidando, evitando que los horrores que habitan en Edén salgan al mundo y lo destruyan. Siempre nos sacrificamos para proteger su paz —respondió Alice con seriedad.

El ambiente se tornó pesado. La confusión y el temor se reflejaban en los rostros de todos los presentes.

—Porque la próxima vez que entremos en conflicto… ninguno de ustedes sobrevivirá y tampoco nosotros —añadió Alice en un tono más sombrío.

Un escalofrío recorrió a todos. Yafya la miró incrédulo, incapaz de procesar del todo sus palabras. En ese instante sintio que ella estaba siendo arrogante, cuando el radio en el oído de Alice emitió una señal.

—En uno, estén listos para extracción —informó el piloto.

Alice hizo señas con los dedos mientras tenia los brazos arriba. Mei y Geruft la vieron y asintieron, entendiendo la orden.

—Así que… ¿esto es una amenaza? —preguntó Yafya, frunciendo el ceño.

Alice lo miró directamente.

—No, Pero no lo tomes personal, caballito. No los odiamos… solo queremos vivir en paz con ustedes y ellos dos son un ejemplo de ello —respondió con una sonrisa refiriéndose a Mei y Geruft.

Todos la miraban confundidos, sin saber qué pensar.

—Pero bueno, ya nos vamos —dijo finalmente Alice.

Yafya rió con incredulidad.

—Como si pudieran escapar —dijo con una sonrisa desafiante.

Alice levantó un dedo y señaló atrás de el arriba.

—Mira arriba.

Yafya tardó un segundo en reaccionar, pero cuando el sonido de varios motores se hizo presente, su expresión cambió. De inmediato, identificó el ruido, un avión. Giró la cabeza al mismo tiempo que todos los demás y vio la enorme aeronave volando a baja altura.

Cuando volvió la vista al frente, Alice, Mei y Geruft ya se estaban preparando la cuerda atada al globo se empezaba a tensar.

—Adiós —se despidió Alice con tranquilidad.

En cuestión de segundos, Geruft y el prisionero comenzaron a elevarse, seguidos por Mei y, por último, Alice. Uno a uno fueron tomados por la velocidad del avión y desaparecieron en el cielo.

Todos los oficiales bajaron sus armas, incapaces de procesar lo que acababan de presenciar. Louis, Ibuki y Agata miraban boquiabiertos.

"Realmente están locos los humanos… no hay duda" —pensó Louis mientras observaba el escape imposible.

—Increíble… —murmuró Agata, aún asombrado al verlos volar.

Mientras todos observaban asombrados el escape, Yafya miraba con rabia cómo se alejaban rápidamente. Sin perder tiempo, se dirigió a uno de los oficiales y frunció el ceño.

—¡Llama para que…! —No terminó la frase cuando un estruendo resonó en el cielo.

Todos levantaron la vista, incluyendo Yafya, y vieron un pequeño avión gris sobrevolando la ciudad. Poco después, aparecieron otros dos aviones que maniobraban ágilmente para seguirlo. En cuestión de segundos, aceleraron, colocándose a los lados del primer avión en el iban Alice y los demás. Yafya solo pudo observar, incrédulo, al igual que los demás. Sin decir nada, giró sobre sus talones y se alejó, pasando entre los policías.

Mientras, Alice, Mei y Geruft seguían colgando del avión, aferrándose con fuerza mientras ascendían.

—¡Aaaahhhhhhh! —gritaba Geruft, completamente aterrorizado.

—¡Ahahahahahhh! —Mei, en cambio, gritaba de diversión.

Alice, por otro lado, mantenía una expresión tranquila. Sintió cómo los comenzaban a subirlos uno a uno, fueron introducidos en la aeronave a través de la compuerta.

Geruft cayó al suelo del compartimento de carga, agotado y respirando agitadamente.

—Nunca me acostumbraré a esto… —murmuró temblando, tratando de recuperar el aliento.

Desde atrás, Mei le daba palmaditas en la espalda con una sonrisa.

—¡Ya, ya, ya pasó! —dijo con alegría.

Alice, quien había subido al último, observó por un momento cómo la ciudad se desvanecía en la distancia. Luego suspiró.

—Hughes me colgará por esto… —dijo, sabiendo perfectamente las consecuencias que le esperaban.

Mei se acercó a Alice con una sonrisa juguetona en los labios.

—Sabes, ese león que iba conmigo adelante en el auto era muy tierno —dijo, con un tono soñador.

Alice, que hasta ese momento mantenía una expresión seria, volteó a verla con incredulidad.

—Vaya, hermanita, tienes gustos muy raros —comentó Alice, riendo con diversión.

—¡Eh, pero lo digo en serio! —insistió Mei, riendo también.

Mientras las hermanas conversaban animadamente, Geruft seguía en el suelo, con la mirada perdida. El operador, con una expresión de preocupación, le daba palmadas en la espalda, tratando de calmarlo.

El avión continuó su vuelo, desapareciendo en el horizonte.