Como sabrán, me gusta explorar alternativas, otras formas en que una historia podría haberse desarrollado, y claramente esta es otra idea que tuve, y si ocurría en otro momento, en otro lugar, bajo otras circunstancias.

Como, por ejemplo, con cierta chica de trenzas llegara a las manos de Ariel, justo al mismo tiempo que Silphy, por un lado, ya sabemos que Ariel es una pervertida que incluso a tan temprana edad como se vio en las novelas, creo que tendría unos 13 en esos momentos, estaba depredando a las sirvientas, que generalmente eran hijas de casas nobles provincianas.

Una mente astuta, algo depravada quizás más que Rudeus, repentinamente recibe otro regalo del cielo, por supuesto, para que las cosas funcionen deben de cumplirse ciertos requisitos, como los que inician a esta breve historia, aun que no, no voy a escribir cosas obscenas de eso e.e


La muñeca de Ariel.

Ranma Saotome siempre había imaginado que, si algún día llegaba a morir, sería en una batalla épica. Quizás enfrentándose a Herb, el príncipe dragón, o a Saffron, el inmortal líder de los Fénix. Sería una muerte gloriosa, digna de su habilidad y orgullo como artista marcial. Pero, como siempre, Ranma había logrado alzarse con la victoria frente a esos enemigos, incluso cuando las probabilidades estaban en su contra. Por eso, sus rivales sabían que derrotarlo con métodos convencionales era imposible. Si querían eliminarlo, necesitarían algo más astuto, algo verdaderamente retorcido, si no, terminarían fracasando estrepitosamente.

El resentimiento de Ryoga había alcanzado su punto máximo tras un desafortunado encuentro. Había visto a Akane y Ranma en un momento de intimidad apasionada, el ver a su dulce y angelical Akane-san, con una expresión tan obscena mientras gemía con las envestidas de su prometido, lo habían roto, y aunque él tenía a Akari, no podía soportar la idea de que Ranma fuera feliz. Para Ryoga, la felicidad de Ranma era un insulto personal, una herida que no podía ignorar.

Por otro lado, también ocurrió lo propio con Shampoo, luego de planearlo detalladamente, logro las condiciones necesarias para desviar el caos de Nerima hacia otro lado, mientras ella aprovechaba para usar sus artimañas en Ranma, logrando asi tomarlo, por supuesto, cuando Mouse , el casi ciego maestro de las armas ocultas se percató ya habían terminado, Shampoo, esa amazona que había robado su corazón desde niños fue arrancada y tomada por el despreciable Saotome.

En sus mentes, Ranma siempre era el culpable. No importaba si Akane había tomado la iniciativa de acercarse a él, dejándolos con el corazón roto, o si Shampoo había recurrido a artimañas como hipnosis o afrodisíacos para atraerlo. A ojos de Ryoga y Mousse, Ranma no solo era responsable de su miseria, sino también de las acciones de todos los demás. Su obsesión y resentimiento los cegaban tanto que nunca cuestionaban las circunstancias reales; para ellos, Ranma era el origen de todos sus problemas. Este pensamiento distorsionado les permitía justificar cualquier plan, por más retorcido que fuera, siempre con el único objetivo de arruinar la vida de Saotome. La autocrítica jamás fue parte de su repertorio. Fue entonces, que gracias al egoísmo de Ryoga y el resentimiento de Mouse, formularon un plan perfecto, un plan a prueba de fallas.

Temprano en la mañana, en un terreno baldío que Ranma cruzaba a diario, Ryoga y Mousse estaban cocinando un conjunto de setas especiales. Las setas, aparentemente inofensivas, eran el núcleo de su plan. Con algo de suerte, habían encontrado un día en el que Ranma pasaría sin Akane cerca, lo que les daba la oportunidad perfecta para actuar.

—¡Oh! ¡Al fin ya no me convertiré en cerdo! —exclamó Ryoga con lágrimas en los ojos, elevando su voz lo suficiente como para que Ranma pudiera escuchar. Su actuación era mediocre, pero sabían que Ranma no podría resistir la curiosidad.

—¡Por fin podré tomar un baño con agua fría sin convertirme en pato! —gritó Mousse, ajustándose las gafas mientras miraba el horizonte con falsa alegría.

No pasó mucho tiempo antes de que Ranma hiciera su aparición. Como era típico en él, llegó con una postura confiada y una sonrisa irónica.

—¡Vaya! ¿Qué está pasando aquí? —dijo Ranma mientras aterrizaba despreocupadamente sobre la cabeza de Ryoga, quien lo lanzó furioso hacia el suelo

—. ¿No somos amigos? ¿Acaso no compartirían una cura conmigo?

—¡Largo de aquí, Saotome! —gruñó Mousse, mirándolo con desprecio genuino.

—Sí, vete, Ranma. Si te metes ahora todo saldrá mal —añadió Ryoga, intentando disuadirlo con su habitual frustración.

—Oh, por favor, al menos díganme el método —insistió Ranma con determinación. No estaba dispuesto a dejar pasar esta oportunidad, incluso si eso implicaba arrebatarles la cura a estos dos idiotas. Después de todo, ellos habían arruinado varias de sus oportunidades para deshacerse de su maldición, y eso le había dejado un ligero resentimiento hacia ellos.

—¡Ryoga, come la seta rápido! —ordenó Mousse, mientras él mismo se disponía a tomar la seta que estaba cocinando. Fue entonces cuando Ranma, con la velocidad que solo él podía desplegar, las arrebató de sus manos.

—Oh, así que son estas setas —Una sonrisa burlona se formó en sus labios.

—¡Devuélvenoslas! —gritaron al unísono Ryoga y Mousse.

Ambos se lanzaron sobre él, pero Ranma esquivó con facilidad y, sin perder tiempo, se las comió de un solo bocado.

—¡Ja ja ja! Espero que esto haya funcionado. ¡Al fin no volveré a ser una —… Ugh… ¿qué es esta sensación...? —Ranma apretó su pecho con fuerza, su corazón palpitando con rapidez desmedida. Una ola de dolor intenso lo recorrió, haciendo que su cuerpo temblara. Mientras su visión se oscurecía, alcanzó a ver las sonrisas maliciosas de Mousse y Ryoga.

—Siempre eres tan fácil de engañar, Saotome —dijo Mousse, ajustándose las gafas con satisfacción.

El cuerpo de Ranma comenzó a reducirse de tamaño, hasta tener el aspecto de un niño.

—No puedo creer que haya caído en esta trampa... —murmuró Ryoga, sorprendido por el éxito de su plan. —Ranma siempre es igual, cuando se trata de una cura no puede evitar involucrarse.

Ni Mousse ni Ryoga eran capaces de desarrollar un verdadero sentido de autocrítica. Eran incapaces de reconocer que ellos mismos habían actuado de manera similar en el pasado. En sus distorsionadas mentes, siempre se consideraban "víctimas" de las circunstancias, y nunca los victimarios. Para ellos, la inocencia siempre sería su refugio, mientras que la responsabilidad recaería en alguien más.

—Bien, ¿qué hacemos ahora? —preguntó Ryoga, todavía perplejo.

—La primera seta es una seta del tiempo; hemos reducido su edad a unos 11 años, lo que lo hará mucho más fácil de controlar. La segunda seta lo dejó inconsciente, porque, aunque sea un niño, sigue siendo Ranma Saotome —explicó Mousse con aire triunfal.

—Entonces, ¿lo eliminamos? —propuso Ryoga con cautela.

—¡No seas tonto! —replicó Mousse, irritado. —Incluso inconsciente, Ranma percibiría nuestras intenciones asesinas y se defendería instintivamente. Es más, su cuerpo podría entrar en modo automático y nos humillaría fácilmente.

Para demostrarlo, Mousse intentó dar una patada a Ranma. El cuerpo del joven, ahora reducido, reaccionó de forma instintiva y esquivó el ataque con elegancia, y dio una patada certera al estómago de Mousse quien se retorció levemente por la patada.

—Oh… —murmuró Ryoga, impresionado por la capacidad de Ranma.

—Ranma, por lo general, no intenta matarnos, pero si lo atacamos en este estado, podría hacerlo —continuó Mousse todavía agarrándose el estómago. —Por eso usaremos la "Hozon no Oke 2". Es similar al recipiente que Herb utilizó con Ranma en el pasado, solo que esta versión sellará su identidad y hará que olvide por completo que alguna vez fue hombre.

Sin perder tiempo, Mousse vertió el agua del artefacto sobre Ranma, reduciendo aún más su tamaño. El cuerpo del joven adoptó su forma femenina, convirtiéndose en una niña de 11 años con cabello rosado magenta.

—¿Y qué pasa si las chicas se enteran y encuentran una forma de revertirlo? —preguntó Ryoga, preocupado.

—Eso ya está resuelto —respondió Mousse con una sonrisa taimada. Sacó un tótem de aspecto extraño. —Este objeto lo compré en una tienda sospechosa que desapareció al día siguiente. Con este tótem, enviaremos a Ranma a un mundo aleatorio, de entre cientos de miles de millones de posibilidades. Será imposible traerlo de vuelta.

Mousse soltó una carcajada de villano y activó el artefacto. El cuerpo de Ranma comenzó a elevarse mientras lo envolvía una luz resplandeciente. Finalmente, el brillo se desvaneció junto con él.

—¡Ja, ja, ja! ¡Has perdido, Saotome! —gritó Mousse, victorioso.

—Ahora Shampoo…

—Ahora Akane…

—¡Será mía! —gritaron ambos al unísono, rebosantes de satisfacción.

Fue un golpe de mala suerte para Ryoga y Mousse que la matriarca de las Amazonas, una mujer temida por su sabiduría y ferocidad, escuchara su conversación en el último segundo. Oculta en las sombras, observó con creciente indignación el cobarde acto que estos dos habían perpetrado contra Ranma, aunque por supuesto, parte de la culpa era de Ranma por su ingenuidad.

Cuando la matriarca finalmente salió de su escondite, lo hizo con una presencia imponente, irradiando autoridad y furia. Su sangre hervía ante la traición y la injusticia cometida por estos hombres. Sin titubear, tomó la "Hozon no Oke 2" de las manos de Mousse, quien apenas tuvo tiempo de reaccionar.

—¡Cobardes! ¡Han deshonrado todo lo que los artistas marciales representan! —rugió la matriarca con una voz que resonó como un trueno.

Antes de que Ryoga y Mousse pudieran huir o intentar defenderse, la matriarca vertió el contenido del artefacto sobre ellos. En cuestión de segundos, sus cuerpos se encogieron y adoptaron las formas de sus maldiciones: Ryoga como un pequeño cerdo y Mousse como un pato. Pero lo más cruel y efectivo fue el hechizo adicional: les borró por completo la memoria de lo que alguna vez habían sido.

Ahora, incapaces de recordar sus vidas como humanos, estaban destinados a vagar sin rumbo, atrapados en la forma de sus maldiciones. La matriarca, satisfecha con su castigo, dejó el lugar sin mirar atrás, llevándose el artefacto con ella para asegurarse de que nadie más pudiera usarlo para propósitos tan bajos.

Cologne dejó escapar un profundo suspiro, como si los años acumulados finalmente comenzaran a pesar sobre sus hombros. La matriarca, siempre fuerte y estoica, sentía que esta tarea en particular era más difícil que cualquier desafío que hubiese enfrentado antes. Era su deber explicar la situación tanto a los Saotome como a los Tendo y, finalmente, afrontar la dolorosa conversación con su nieta, Shampoo.

El mensaje que debía transmitir era irrefutable y devastador: Ranma nunca volvería.


En otro mundo, vasto y lleno de magia, ocurrió un desastre que cambiaría el curso de la historia. En la región de Fittoa, una esfera extraña había estado flotando en el cielo durante, inquietando a los habitantes. Hasta que, un día, un pilar de luz emergió de ella, extendiéndose por kilómetros y devastando ciudades y pueblos prósperos. Este evento, conocido como "el desastre del maná" o "el evento de la teletransportación masiva," dejó cicatrices profundas en el mundo. Pero algo más ocurrió. Algo extraño, algo que no pertenecía a ese lugar, entró en el mundo como una manifestación del caos: una niña de cabello rosa apareció en el cielo, inconsciente, cayendo hacia el suelo a gran velocidad.

En el reino de Asura, la princesa Ariel disfrutaba de una tarde tranquila en el patio de su castillo, rodeada de naturaleza exuberante. Los terrenos verdes, llenos de árboles y un lago cristalino, eran el escenario perfecto para una conversación aparentemente sofisticada sobre pasteles y cerezas. Sin embargo, en realidad, el tema era mucho más peculiar: pechos.

—¿Y entonces, de qué color eran esos? —preguntó Ariel con curiosidad a su fiel caballero, Luke.

—Tenían una tonalidad rosa… hmm, no, miento, serían más bien naranjas —respondió Luke, pensativo.

—Oh… pues yo preferiría que predominara una tonalidad rosa, como el que tienen los cerezos —comentó Ariel con aire soñador.

—Señorita Ariel, si me permite, creo que los postres que tienen relleno también son una buena opción para degustar —intervino Luke, intentando cambiar el tema.

—Ah, Luke… ¿crees que los postres sin relleno no tienen encanto?

—Me parece que ambas opciones tienen sus cualidades.

—Ah~ ahora me doy cuenta de que no tienes buen gusto —suspiró Ariel, mordiendo una rebanada de pastel.

Derrick Redbat, el mago personal de Ariel, quien había estado observando la conversación, no pudo evitar intervenir.

—Señorita Ariel, recuerde que será la futura monarca de este reino. No debe hacerse enemigos por deseos carnales ni por rumores vulgares —la regañó con firmeza.

—Oh, pero soy solo la segunda princesa… tengo tres hermanos mayores, dos hombres y una mujer. Mientras ellos sigan con vida, sería casi imposible que llegue al trono —respondió Ariel con despreocupación.

—Pero princesa, no debería decir eso…

—Ah~ mientras pueda beber el té que desee y vivir como quiera, no necesito nada más —concluyó Ariel con una sonrisa.

De repente, un ruido sordo interrumpió la conversación. Un estruendo resonó cerca, levantando una cortina de polvo. Luke, siempre alerta, se acercó con cautela para investigar. Lo que encontró lo dejó perplejo: una niña pequeña, de cabello rosa atado en una trenza, yacía inconsciente en el suelo.

—¿Qué ocurrió, Luke? —preguntó Ariel, acercándose.

—Es una niña… no parece tener más de diez años —respondió Luke, observando el cuerpo inerte.

—¿Cómo? ¿De dónde salió? ¿Por qué cayó del cielo? —murmuró Ariel, mirando el cráter que indicaba que la niña había caído desde una gran altura. —Pobre…

Antes de que pudieran procesar lo sucedido, un rugido ensordecedor llenó el aire. Un jabalí gigante emergió de la distancia, corriendo hacia ellos con velocidad aterradora.

—¡Princesa! —gritó Luke, saltando para protegerla. Pero el monstruo lo arrojó a un lado, dejándolo herido. Derrick, decidido a salvar a Ariel, se interpuso entre ella y la criatura.

—¡Luke, debes salvar a la princesa cueste lo que cueste! —exclamó Derrick antes de ser embestido por el monstruo, su cuerpo lanzado por los aires. Ariel quedó indefensa, mientras Luke, herido, intentaba levantarse desesperadamente para protegerla.

Fue entonces cuando otra figura cayó del cielo. Una niña pequeña, de cabello plateado, impactó sobre la cabeza del monstruo con ambas manos, liberando un hechizo que terminó con su vida de inmediato. El cuerpo de la criatura se desplomó, y la niña rebotó por el impacto, cayendo finalmente sobre la hierba

Silphiette despertó con una mezcla de confusión y vergüenza, la sensación de vulnerabilidad era difícil de ignorar. Las sábanas suaves la cubrían, pero no eran suficientes para disipar la incomodidad de estar desnuda. Se movió ligeramente, notando la textura de las telas que la envolvían, y recordó los fragmentos de su caída, el caos y la desesperación. A pesar de ello, alguien había cuidado de ella: su cuerpo estaba limpio, sanado mágicamente, sin el dolor que esperaba encontrar.

Frente a ella, Ariel Anemoi Asura estaba sentada al borde de la cama, su porte elegante y regio contrastando con la vulnerabilidad de Silphie. La luz del sol que entraba por la ventana delineaba los detalles de su vestido refinado y su postura serena.

—Parece que ya estás despierta —dijo Ariel sin volverse, su tono firme pero sin rastro de impaciencia.

Silphie intentó calmarse, tomando un momento para cubrirse mejor con la sábana antes de responder.

—¿Dónde estoy? —preguntó en un susurro, su voz temblorosa.

Ariel giró ligeramente la cabeza para mirarla de reojo, mostrando una leve sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

—Estás en el castillo de Asura. Fuiste encontrada en el patio, cayendo del cielo como una estrella fugaz. Ahora dime… ¿Cómo llegaste aquí? ¿De dónde vienes? —preguntó, con una calma que parecía más inquisitiva que comprensiva.

Silphie desvió la mirada, su mente luchaba por encontrar las palabras mientras se aferraba a la sábana como si esta pudiera protegerla de la gravedad de la situación.

—Soy de la Aldea Buena... estaba allí con mi familia —murmuró, titubeante—. Pero todo se volvió confuso. De repente desperté… cayendo del cielo… no sé cómo llegué aquí.

Ariel asintió ligeramente, como si confirmara algo que ya esperaba. Luego dejó escapar un leve suspiro y habló con una frialdad que atravesó el aire como una daga.

—La Aldea Buena ya no existe. Ha ocurrido un desastre que la borró del mapa. Nadie sabe exactamente qué sucedió, pero lo único claro es que ahora estás aquí… intrusa en terrenos del castillo. —Hizo una pausa, dejando que las palabras se hundieran en Silphie—. Si no justificas tu presencia, podrías ser encarcelada.

El mundo de Silphie pareció tambalearse ante esas palabras. Su aldea, su familia… todo lo que conocía había desaparecido. Su pecho se apretó, y las lágrimas lucharon por salir, pero no quería llorar delante de aquella figura altiva y regia. No obstante, Ariel no le dejó tiempo para hundirse en la desesperación.

—Sin embargo, tengo otra alternativa —añadió Ariel, levantándose con elegancia. Caminó hacia un cofre que había traído consigo, de donde sacó un conjunto de ropa que colocó cuidadosamente sobre una silla cercana.

Silphie miró el atuendo con sorpresa. No era un vestido elegante ni delicado, sino un traje sencillo pero robusto, hecho con materiales resistentes y adornado con un emblema en el pecho: el escudo real de Asura. Parecía el uniforme de un caballero o guardia, diseñado para permitir movilidad y brindar cierta protección.

—Levántate y vístete —ordenó Ariel con un gesto de la mano—. Ya te han sanado con magia, y no puedes seguir perdiendo el tiempo en lamentaciones. Ponte esto. Es más apropiado para alguien que pretenda ser útil.

Silphie, todavía avergonzada, asintió en silencio. Se deslizó con cuidado fuera de la cama, sosteniendo la sábana sobre su cuerpo mientras avanzaba hacia la silla. Cada movimiento era lento, vacilante, como si temiera que Ariel la juzgara con cada paso. Finalmente, dejó caer la sábana y comenzó a vestirse.

El traje era cómodo, ajustándose sorprendentemente bien a su figura delgada. Las botas que lo acompañaban tenían el peso ideal para moverse con libertad, y aunque nunca había llevado algo así antes, sintió una extraña sensación de fortaleza al mirarse con él puesto. El emblema del escudo real brillaba tenuemente a la luz del sol.

Ariel se acercó con los lentes mágicos en la mano. Los sostuvo frente a Silphie, mirándola directamente a los ojos.

—Si decides usar esto y aceptas convertirte en mi guardia personal, puedo garantizar tu seguridad. A partir de este momento, estarás bajo mi protección, y nadie podrá tocarte sin mi permiso.

Silphie dudó solo por un instante, pero al recordar las palabras sobre su hogar, su resolución se fortaleció. No podía permitirse ser débil.

—Acepto —dijo, con la voz más firme que había usado hasta ahora.

Ariel asintió satisfecha y colocó los lentes sobre los ojos de Silphie. Sin perder tiempo, caminó hacia la puerta, con Silphie siguiéndola con pasos decididos.

—Ven conmigo. Hay otra niña que cayó del cielo contigo. Debemos hablar con ella —indicó Ariel.

El corazón de Silphie se aceleró mientras su mente se llenaba de preocupación. Pensó en Aisha y Norn, en la posibilidad de que ellas también hubieran sido arrastradas por ese desastre. La idea de que sus pequeñas hermanas estuvieran perdidas o heridas la aterrorizaba.


Cuando Ariel y Silphie entraron en la habitación, ambas fueron recibidas por la tranquila figura de la niña caída del cielo. Su cabello rosa-magenta, trenzado cuidadosamente, descansaba sobre su hombro. Bajo las sábanas limpias, su cuerpo había sido tratado y lavado con diligencia por las sirvientas del castillo, quienes usaron magia para sanar sus heridas. Su rostro, sereno y casi etéreo, poseía una belleza que parecía sobrepasar los estándares humanos, casi comparable a la gracia de los elfos.

Ariel avanzó con cautela, manteniendo una postura que irradiaba autoridad, mientras Silphie permanecía un paso atrás, todavía impresionada por la misteriosa presencia de la joven. La princesa observó a la niña durante unos instantes antes de romper el silencio.

—¿La conoces? —preguntó Ariel, sin apartar la mirada de la figura dormida.

Silphie negó con rapidez, aunque su atención estaba fija en la desconocida.

—No. Nunca la he visto antes —respondió, su voz firme pero llena de curiosidad.

Ariel, siempre pragmática pero meticulosamente calculadora, suspiró profundamente, sus pensamientos centrados en las dos figuras que ahora se encontraban bajo su protección en el castillo. Desde su llegada inusual, la princesa no podía evitar sentirse intranquila, como si su existencia misma estuviese entretejida con un juego complejo que aún no entendía del todo. Una niña con cabello magenta y una energía desconcertante y su acompañante, Silphie, la salvadora inesperada. Ariel sabía que había mucho más detrás de ellas de lo que sus ojos podían discernir en ese momento.

La niña magenta empezó a moverse bajo las sábanas, interrumpiendo los pensamientos de la princesa. Ariel se acercó con rapidez, observando el cambio de ritmo en su respiración. La pequeña abrió lentamente los ojos, revelando un rojo vibrante e intenso, que irradiaba un matiz aún más penetrante que el característico verde de Silphie. La confusión impregnaba su mirada. Giró la cabeza hacia todos lados como si intentara comprender el entorno desconocido en el que estaba atrapada.

Ariel, siempre controlando las situaciones, se inclinó hacia la niña y, con un tono firme pero cuidado, habló: —¿Puedes escucharme?

La niña no respondió, pero su cabeza se ladeó de manera encantadoramente infantil, un gesto que denotaba desconcierto y curiosidad. Sus movimientos eran delicados, tímidos, pero llenos de una energía que resultaba difícil de ignorar. Ariel intentó nuevamente, con preguntas más directas: —¿De dónde vienes? ¿Cómo llegaste aquí?

El silencio persistió. La niña, mostrando una leve sonrisa de confusión, parecía perdida en sus propios pensamientos. Ariel, frustrada pero paciente, giró hacia Silphie, quien observaba todo desde un rincón de la habitación, claramente aún procesando lo que acababa de suceder.

—¿Puedes entenderme? —preguntó Ariel, casi instintivamente.

La niña finalmente habló, pero lo que salió de sus labios no eran palabras familiares. Su voz sonaba como un canto suave y musical, un idioma desconocido que ningún oído presente lograba descifrar. Ariel y Silphie intercambiaron miradas, ambas confundidas y buscando respuestas que parecían fuera de su alcance.

—¿Qué está diciendo? —preguntó Silphie en voz baja, su tono lleno de curiosidad.

—Nada que podamos entender —respondió Ariel con un dejo de frustración—. Es un idioma que nunca había escuchado antes.

Aunque las sirvientas del castillo intentaron ofrecer ayuda, Ariel las detuvo con un gesto firme. Este asunto era demasiado delicado para confiarlo a alguien más; debía encontrar respuestas ella misma. Su mente se movía rápidamente, explorando opciones.

La niña habló nuevamente, con una insistencia más marcada, sus ojos rojos brillando con una alerta que casi parecía sobrenatural. Sin embargo, el lenguaje seguía siendo incomprensible. Ariel, conocida por su pragmatismo, no pudo evitar notar un gesto adorable cuando la pequeña frunció el ceño, claramente frustrada por la falta de comunicación. Aunque su instinto la impulsó a confiar, sabía que no podía bajar la guardia.

—Adorable, sí… pero no debemos confiarnos —murmuró Ariel, más para sí misma que para Silphie.

Finalmente, la princesa dio instrucciones claras. Pidió que buscaran discretamente a un académico que en el pasado se había encargado de su educación, alguien que poseía conocimientos sobre lenguas antiguas y raras. El anciano erudito llegó rápidamente, trayendo consigo pergaminos y libros mientras murmuraba en voz baja, aparentemente intrigado por el desafío que representaba la niña magenta.

Por más que revisó sus textos, por más que comparó sonidos y patrones, sus esfuerzos fueron en vano. Finalmente, el académico se levantó con una expresión de resignación y negó con la cabeza.

—¿Tienes respuestas? —preguntó Ariel, su tono frío y exigente.

—Conozco la mayoría de los lenguajes hablados en este mundo —había dicho con calma antes

de partir—. Si bien no los domino completamente, puedo reconocerlos. Pero ella no habla ninguno de ellos.

El anciano asintió lentamente, su mirada cargada de respeto y cautela. Con movimientos pesados, guardó sus pergaminos y libros, como si su agotamiento fuese tanto físico como intelectual. Aunque la curiosidad lo instaba a quedarse y explorar más sobre la niña de cabello magenta, sabía bien que Ariel no toleraba indiscreciones. Con un último vistazo a la pequeña, cuyos ojos rojos brillaban con una mezcla de inocencia y alerta, el erudito se retiró, dejando tras de sí una atmósfera cargada de tensión.

Ariel entrecerró los ojos, procesando las implicaciones. El idioma desconocido y el peculiar color de cabello de la niña eran anomalías que no se encontraban ni entre las razas más exóticas del continente, ni siquiera entre los elfos o los demonios. Era como si realmente hubiera caído del cielo, traída de un lugar que escapaba a toda imaginación.

Desde un rincón, Silphie observaba en silencio, un leve escalofrío recorriendo su cuerpo. Mientras sus ojos se posaban en la niña, no podía evitar preguntarse qué o quién era en realidad. Aunque la apariencia de la pequeña era adorable, su presencia resultaba inquietante de una manera difícil de describir.

Ariel permaneció inmóvil por un momento más, reflexionando. Finalmente, con un gesto firme despidió al académico, dejando claro que este asunto debía mantenerse en completo secreto. No podía arriesgarse a que su viejo tutor sufriera un "accidente desafortunado" por no controlar su lengua.

—Gracias por sus esfuerzos. Puede retirarse. —Ariel despidió al anciano con un gesto firme, observando cómo él salía lentamente de la habitación, dejando atrás una atmósfera cargada de incertidumbre.

La princesa volvió a dirigir su mirada hacia la niña de cabello magenta. Sus ojos se entrecerraron mientras su mente trabajaba a toda velocidad, considerando las implicaciones de su llegada. Ariel suspiró internamente, reflexionando sobre las posibles opciones. Tal vez lo más prudente sería simplemente hacer desaparecer a la niña y encubrir el asunto, algo que resolvería cualquier problema potencial antes de que surgiera. O podría dejar que las estrictas leyes del palacio se encargaran de juzgarla. Sin embargo, estas opciones tenían sus inconvenientes. Ambas podrían intimidar a Silphy, reforzando la amenaza inicial que Ariel había hecho contra ella, algo que prefería evitar.

A pesar de su pragmatismo, Ariel sintió una punzada indescriptible cuando contemplaba la idea de deshacerse de la niña. Algo se sentía mal. Era una sensación visceral, difícil de ignorar. ¿Tal vez estaba cayendo bajo el encanto de la pequeña? No, Ariel descartó esa idea rápidamente. Aunque la niña era adorable, si su apariencia fuera lo único relevante, la princesa no dudaría en eliminarla si su presencia representaba una debilidad que sus enemigos pudieran explotar.

—Por el momento, no puedo tratarla como una invitada —murmuró para sí misma, su tono firme—. Pero dejarla ir sería una desventaja aún mayor. De momento, quedará bajo el cuidado de las criadas. No será tratada como una invitada.

Sus palabras eran calculadas, reflejo de una mente siempre estratégica. Ariel sabía que debía mantener la situación bajo control mientras buscaba más información sobre la pequeña. No sería fácil, pero era mejor mantenerla cerca, aunque fuera en las sombras, que permitir que algo desconocido se convirtiera en una amenaza.


Ariel caminaba por los pasillos de su palacio, sus pasos resonando en las vastas galerías. La acompañaban su siempre leal guardia, Luke, y Silphi, actualmente conocida como "Fitz el Silencioso", un mago prodigio capaz de lanzar magia sin conjurar.

Habían pasado tres semanas desde aquel día en que la niña de cabello magenta llegó de manera inesperada al castillo. En ese tiempo, Ariel había enfrentado una tormenta de intentos de asesinato. Aunque los ataques habían sido frecuentes a lo largo de su vida, últimamente se habían intensificado de manera alarmante. Sin Fitz, quien le había salvado la vida en más de una ocasión, Ariel sabía que su destino ya habría sido sellado.

Fue en medio de estas preocupaciones y amenazas cuando Ariel recordó a la niña de cabello magenta. Había estado trabajando como criada en el castillo desde su llegada, pero debido a la falta de nueva información sobre ella, Ariel había perdido el interés. Con tantos problemas apremiantes, había dejado de prestarle atención, considerándola irrelevante para su causa. Sin embargo, todo cambió cuando escuchó nuevamente esa dulce voz. Esta vez, no eran las palabras incomprensibles de antes, sino un lenguaje burdo, aunque reconocible.

—Entonces… yo limpiar bien —dijo la niña con esfuerzo, su voz infantil pero clara resonando en la sala.

Ariel se detuvo de inmediato. Era sorprendente que en tan poco tiempo la niña hubiera aprendido a comunicarse de manera básica. Intrigada, Ariel la llamó sin rodeos:

—Oye, tú. Ven aquí.

La niña miró a su alrededor con cierta vacilación, buscando el origen de la voz. Cuando finalmente vio a Ariel, se acercó tímidamente y, con movimientos inseguros, hizo una reverencia. Ariel observó el gesto con atención, preguntándose si las criadas la habían instruido correctamente o si simplemente estaba imitando lo que había visto.

—¿Sabes quién soy? —preguntó Ariel, su tono firme, pero curioso. Quería evaluar si la niña era capaz de entender completamente lo que se le decía.

La pequeña asintió con nerviosismo y respondió con torpeza, pero lo suficientemente clara como para ser entendida:

—Sí... usted señorita Ariel. Digo, su majestad Ariel.

El último título provocó una ligera sonrisa en Ariel. Aunque "su majestad" era más comúnmente utilizado para referirse al monarca, no le molestó. Lo importante era que, de alguna manera, la niña había comenzado a comprender las dinámicas del entorno en el que se encontraba, y eso podía resultar útil.

Para Fitz, la niña resultaba absolutamente adorable y, además, increíblemente inteligente. La rapidez con la que había aprendido un idioma nuevo era una proeza digna de admiración. Aunque probablemente aún no podría mantener una conversación fluida y enriquecedora, el hecho de que fuera capaz de comunicarse después de solo tres semanas era algo impresionante. Fitz no podía evitar sentirse fascinada por aquel progreso, viéndolo como una prueba de la extraordinaria capacidad de adaptación de la niña.

Luke, por el contrario, adoptaba un enfoque mucho más cauteloso. A pesar de su habilidad aparente, la niña continuaba pareciéndole sospechosa, y ahora incluso más que antes. En su mente, no descartaba la posibilidad de que estuviera fingiendo desconocer el idioma local, interpretando lentamente su aprendizaje como una estrategia cuidadosamente planeada. Sin embargo, si ese fuera el caso, su ejecución parecía casi demasiado perfecta; tres semanas era un lapso muy corto para desarrollar tal habilidad, lo que incrementaba aún más sus dudas.

Por un momento, los pensamientos de Luke se oscurecieron. Mientras observaba a la niña, consideró que quizás sería mejor deshacerse de ella antes de que pudiera convertirse en un problema. Esa idea, junto con su desconfianza, dejó escapar una leve pero palpable intención asesina. Ariel lo notó de inmediato, y con un leve giro de cabeza lo miró de reojo. Fitz, quien también estaba atenta, percibió el cambio en su energía. Sin embargo, lo que realmente desconcertó a ambos fue la reacción de la niña.

Sus ojos, brillando intensamente como un par de gemas rojas, se cruzaron directamente con los de Luke. Pero lejos de mostrar miedo o incomodidad, su expresión se llenó de diversión. Parecía divertida, casi como si no lo viera como una amenaza real. Aquel gesto inocente y despreocupado dejó a Luke ligeramente paralizado, cuestionando por un breve instante si sus sospechas estaban mal encaminadas. Ariel, observando toda la interacción, comenzó a considerar que había mucho más detrás de la niña de lo que cualquiera había podido imaginar.

Ariel, observando toda la interacción, decidió cambiar el rumbo de los acontecimientos. Sintió una leve punzada al considerar permitir que Luke llevara a cabo lo que claramente estaba pensando. Había algo en esa idea que se sentía como un error catastrófico, uno que podría tener consecuencias irreversibles. Por momentos, Ariel dudaba si la niña ejercía alguna clase de encanto capaz de nublar su mente, aunque no podía confirmarlo. Optó por tomar un curso de acción más calculado: ahora que podían comunicarse, decidió acompañarla en sus labores mientras aprovechaba para buscar respuestas.

—Ahora que podemos entendernos, ¿recuerdas cómo llegaste aquí? —preguntó Ariel, su tono firme pero curioso.

—Yo... solo caer, no recordar mucho antes de eso. Vivir en una ciudad muy grande con gente rara, había... hmm, una chica violenta, muy mala... también recordar que ir a estudiar —respondió la niña, con un lenguaje que, aunque torpe, era comprensible.

—Oh... así que recibiste educación —reflexionó Ariel. Esa información era crucial, ya que descartaba la posibilidad de que la niña proviniera de una clase campesina. Los campesinos generalmente recibían educación básica en casa, enseñada por sus padres, limitada a nociones de sentido común. Esto sugería que Ranma podría venir de un entorno más sofisticado.

—¿Recuerdas tu nombre? —preguntó nuevamente Ariel.

—Hmm... yo ¿Ranma... Sao...tome? Creo que mi nombre ser —respondió la niña después de un momento de reflexión, aunque parecía insegura de sus propias palabras.

La inquietud de Ranma mientras sostenía su escoba era evidente. Sus movimientos eran torpes, como si estuviera retrasándose en sus labores, lo que llevó a Ariel a una idea repentina.

—Bien, puedes seguir trabajando. Te miraré desde atrás, quisiera que respondieras a más preguntas —propuso Ariel.

—¡Bien! —Ranma asintió con entusiasmo, señalando hacia una dirección—. Yo tener que limpiar ese cuarto, muy sucio.

Ariel dirigió su mirada hacia donde Ranma apuntaba. Era un almacén lleno de muebles viejos y objetos decorativos antiguos, piezas que, aunque ya no estaban de moda, se conservaban por su valor histórico. Sin demora, Luke y Fitz siguieron de cerca a Ariel mientras ella caminaba detrás de Ranma, siempre alerta a cualquier irregularidad. Antes de que la princesa entrara, Luke se adelantó al almacén para inspeccionar el interior.

—No parece que puedan preparar una emboscada o un ataque aquí —declaró Luke, tras verificar minuciosamente el lugar.

Ranma continuó con su tarea, barriendo el piso con cuidado para levantar la menor cantidad de polvo posible. Los residuos que recogía con la pala eran colocados meticulosamente en un cesto de basura. Todo parecía normal, hasta que llegó a una estatua de uno de los reyes anteriores, una figura que medía aproximadamente 1.90 metros. Ranma hizo un puchero, claramente molesta por algo.

—Estatua molesta... —se quejó, antes de levantarla con una mano como si no pesara absolutamente nada, mientras barría debajo de ella con la otra mano.

Ariel, paralizada por la escena, lanzó una pregunta casi instintiva, aún procesando lo que acababa de presenciar.

—¿Eso lo vimos todos, o realmente pasó? —preguntó, sus ojos llenos de intriga ante la hazaña. Esa estatua debería pesar al menos dos toneladas, lo que hacía el acto de Ranma algo más allá de lo imaginable.

Ranma bajó cuidadosamente la estatua al suelo y, con un gesto satisfecho, se sacudió las manos como si acabara de completar una tarea trivial. Ariel la observaba, estupefacta, mientras trataba de procesar lo que acababa de ocurrir.

—Luke, podrías… —dijo Ariel, dejando la frase en el aire, pero señalando con la cabeza hacia la estatua.

—Sí, Su Alteza Ariel —respondió Luke, dando un paso adelante con la mandíbula tensa. Se acercó a la estatua y se colocó en posición para intentar moverla. Primero lo intentó con suavidad, empujando con ambas manos. La estatua no se movió ni un milímetro. Con un gruñido de frustración, Luke apretó los dientes e hizo un segundo intento, esta vez aplicando toda su fuerza. Su rostro comenzó a enrojecer y las venas de sus brazos se marcaron con el esfuerzo. Finalmente, se rindió, respirando pesadamente.

—Es imposible mover algo así. Al menos, yo no puedo —admitió Luke, su tono cargado de frustración y una pizca de humillación.

Ariel lo miró con una mezcla de curiosidad e incredulidad. Luego giró la cabeza hacia Fitz, quien había estado observando la escena en completo silencio.

—Fitz, ¿pudiste percatarte si ella estaba usando magia de algún tipo? —preguntó Ariel con seriedad.

—No, Señorita Ariel. No ha utilizado magia en absoluto —respondió Fitz con seguridad, aunque su tono dejaba entrever que también estaba desconcertado.

Ariel avanzó hacia la niña, su mente trabajando a toda velocidad mientras trataba de mantener la calma en su expresión. Deteniéndose frente a Ranma, le habló con un tono firme pero curioso.

—Ranma… ¿siempre mueves cosas tan pesadas?

Ranma ladeó la cabeza, aparentemente confundida.

—¿Pesadas? Criada jefe decir que la estatua ser ligera, que yo poder mover o yo no comer hoy —respondió con inocencia, sus palabras simples pero contundentes.

El corazón de Ariel dio un vuelco. Se permitió un breve silencio mientras procesaba lo que acababa de oír. Parecía que la jefa de las criadas le había hecho una cruel broma, dándole la tarea de mover algo que ni siquiera Luke podía mover. Sin embargo, lejos de desmoronarse ante esa prueba, la niña había llevado a cabo la tarea con una facilidad pasmosa. Si no fuera por esta broma pesada, jamás habrían descubierto su fuerza descomunal.

Los pensamientos de Ariel se oscurecieron. Aunque la jefa de las criadas había actuado de manera cruel, obligar a una niña a mover una estatua de dos toneladas bajo amenaza de hambre era inaceptable. Ariel apretó los labios, considerando cómo debía castigar a la mujer por su comportamiento. Le había encargado cuidar de Ranma, no burlarse de ella. No obstante, una punzada en el pecho interrumpió su reflexión. No era simple enojo ni compasión lo que sentía.

Esa sensación. La había sentido antes, cada vez que pensaba en deshacerse de Ranma o dejar que Luke se encargara de ella. Ahora, con la escena fresca en su mente, Ariel entendió de qué se trataba. No era encanto ni la adorable torpeza de la niña lo que la retenía. Era un instinto más primitivo. Su propia supervivencia.

Mientras observaba a Ranma, Ariel sintió que algo dentro de ella le gritaba que la niña era infinitamente más peligrosa de lo que aparentaba. Ese inocente rostro y sus tiernos gestos podían ser un arma mortal en sí mismos. ¿Quién sabía de lo que más podría ser capaz? Un paso en falso, una mala decisión… y podrían terminar todos muertos. Ariel tragó saliva, su corazón latiendo con fuerza ante esa lúgubre revelación.

Por su parte, la niña parecía completamente despreocupada. Acariciando el mango de su escoba, miró a Ariel con una amplia sonrisa.

—¡Yo limpiar muy bien ahora! —exclamó Ranma, señalando hacia otro rincón del almacén.

Luego de que la niña bajara la estatua cuidadosamente y se sacudiera las manos como si acabara de cumplir con una tarea más en su rutina diaria, Ariel continuaba observándola. Su mente seguía trabajando a toda velocidad, evaluando cada detalle de lo que acababa de presenciar.

—Luke, podrías... —comenzó Ariel, su tono con un deje de curiosidad contenida.

—Sí, Su Alteza Ariel. —Luke avanzó hacia la estatua y, con toda su fuerza, intentó moverla. Pero por más que lo intentó, la estatua no se movió ni un milímetro. Frustrado, redobló esfuerzos hasta que su rostro enrojeció por la tensión. Finalmente, se rindió, respirando con dificultad.

—Es imposible mover algo así... Al menos yo no puedo —admitió Luke, con un tono que evidenciaba su derrota y frustración.

Ariel, serena pero con una mezcla de inquietud interna, miró a Fitz.

—Fitz, ¿pudiste percatarte si ella estaba usando magia de algún tipo? —preguntó, manteniendo su lógica siempre a la vanguardia.

—No, Señorita Ariel. No ha utilizado magia —respondió Fitz, con seguridad en su voz.

Ariel entonces dio un paso adelante, acercándose a la niña con pasos ligeros. Su mirada se enfocó en Ranma, ahora más intrigada que nunca.

—Ranma… ¿siempre mueves cosas tan pesadas? —preguntó, su tono firme pero con un matiz de curiosidad.

Ranma, con una expresión inocente y despreocupada, respondió de inmediato:

—¿Pesadas? Criada jefe decir que la estatua ser ligera, que yo poder mover o yo no comer hoy —dijo, mientras sacudía su pequeña escoba como si nada.

Ariel tomó esas palabras y las sopesó cuidadosamente. Al parecer, la jefa de las criadas había intentado jugarle una broma pesada a Ranma. Cruelmente, de no ser por ese acto descuidado, probablemente nunca habrían descubierto la insólita fuerza que la niña poseía. Ariel sentía la necesidad de castigar a la jefa por su irresponsabilidad; su tarea era cuidar de la niña, no tomarle el pelo.

Mientras estas reflexiones pasaban por su mente, Ariel comenzó a analizar algo mucho más profundo. ¿Qué habría pasado si hubieran actuado de manera precipitada y descuidada? Si Luke o cualquier otra persona la hubiera atacado, Ranma podría haberse defendido instintivamente, y los resultados podrían haber sido catastróficos. No había duda en su mente de que, con esa fuerza descomunal, la niña podría haber causado un desastre inimaginable. Incluso si la situación hubiera llegado a ponerla bajo la ley del castillo, los intentos de someterla probablemente habrían desbordado las capacidades de todos, creando problemas infinitamente más peligrosos.

Pero lo que realmente inquietó a Ariel fue un pensamiento que se coló en su mente: si Ranma escapaba o caía en otras manos, ¿qué sucedería si su hermano, siempre ambicioso y astuto, lograba encontrarla antes que ella? Si él se percataba del potencial de la niña y la fuerza que poseía, ahora mismo podría tener en sus manos un recurso extremadamente valioso, que podría desequilibrar todo el tablero político.

Ariel dejó escapar un suspiro profundo y silencioso. No había espacio para el pánico ni para decisiones apresuradas. Este no era el momento de mostrar debilidad ni perder el control de la situación. Era más inteligente buscar la mejor forma de aprovechar el talento y el potencial que la niña representaba. Una idea comenzó a formarse en su mente. En ese instante, Ariel decidió algo con una determinación inquebrantable: esa niña sería suya y solo suya.


Otra posible ruta para una historia. Ciertamente, luego de escribir la historia de Ranma y Hinako cayendo al laberinto… pues se me ocurrió que muchas cosas divertidas podrían haber ocurrido si llevagaban antes… solo que en esta ocasión solo llego Ranma.

Bueno, si se preguntan, no, no está reemplazando a Nanahoshi, básicamente los eventos coincidieron, pero no están relacionados directamente.

Podriamos decirse, que el Totem que "desterrro" a Ranma, lo mando al mundo disponible más cercano, el curiosamente se estaba abriendo gracias a la invocación de Nanahoshi.

Sobre como avanzaría esta historia, probablemente, Ranma recuperando de apoco su personalidad una vez que su mente se estabilice, si bien no recordara todo, ni que fue un hombre, volverá a ser ingenioso, sarcástico, y con esa constante de desafiar a la autoridad… por supuesto… Ariel se aseguraría de que Ranma le tenga mucho "aprecio" para mantenerle a su lado.

Y si tuviese que decirlo, la forma en que vuelva a ser hombre, seria que primero recuerde que lo fue, pero, de momento es imposible, porque esos recuerdos fueron borrados completamente, como la mente, la personalidad, la conciencia, todo funciona por asociación, su mente debe reorganizarse para comprender su nueva realidad