DISCLAIMER: Los personajes de InuYasha no me pertenecen, son propiedad intelectual de Rumiko Takahashi. La obra es mía, escrita sólo con el fin de entretener – a ustedes y a mí. Sin fines de lucro.
— Insidia —
— II —
El sol brillaba en el cielo sin nubes que lo opacaran, por lo que la sensación térmica era bastante elevada ese día. Después de diez días de recuperación, bastante lenta para su gusto, finalmente la anciana Kaede y Kagome habían estado de acuerdo en que ya había sanado por completo y podía volver a acompañar al grupo en su viaje. El rumor tras el que habían salido InuYasha y Miroku unos días antes no había resultado en nada provechoso, pues sólo era un espíritu que no lograba encontrar el descanso eterno y al que el monje había ayudado para dejar tranquilos a los aldeanos. Por lo tanto, ahora se encontraban sin ninguna pista o indicio que seguir.
Sango soltó un suspiro, limpiándose la frente del sudor y observando el camino frente a ella con suspicacia, no estaba segura de que esa dirección realmente fuese la que debiesen seguir. Los demás se detuvieron para mirarla de reojo, extrañados.
—¿Qué ocurre, Sango?
La pregunta de Miroku la hizo levantar la mirada para encontrarse con sus ojos azules, los que no podía negar que eran un rasgo bastante atractivo. Mantuvo la calma, mirando al resto del grupo y sonriendo con algo de timidez.
—B-Bueno… quizá debamos tomar el otro camino —respondió, señalándoles el lugar —. Es decir… ustedes fueron en esa dirección la vez pasada y no encontraron nada.
Aclaró su punto, pensando que eso era algo tan básico, ¿por qué ellos no consideraban esos detalles? A veces sentía que perdían el tiempo a propósito.
Miroku parpadeó un par de veces y luego asintió, como si su compañera le hubiese revelado el mayor secreto de todos.
—Es cierto, no lo había pensado —dijo, regañándose mentalmente por el descuido —. Entonces, vamos por ahí.
—Keh, cómo fastidian —InuYasha rezongó, cruzándose de brazos —. Otras veces hemos ido por ahí, y no encontramos nada.
—Pero InuYasha, puede que Sango tenga razón… —Kagome abogó por ella, intentando calmar al hanyō. —Es decir, mientras ella estaba recuperándose, ustedes fueron hacia el oeste y no había nada…
—Hagan lo que quieran.
InuYasha terminó dando la media vuelta para comenzar a caminar hacia la dirección que había indicado Sango, seguido de sus compañeros, todos evidentemente agobiados por el calor de esa hora. Recorrieron el sendero que tras un largo tramo, comenzó a internarse en el bosque, algo que pareció no causarle gracia al hanyō, pero se abstuvo de reclamar al ver la mirada de advertencia de Kagome, quien sentía que el ambiente estaba tenso, aunque no lograba determinar la razón.
Cuando la noche les dio alcance, decidieron levantar el pequeño campamento entre algunos árboles que les daban algo de protección, y mientras Miroku y Sango encendían el fuego para preparar algo de comer, InuYasha le pidió a la azabache que lo acompañara a buscar agua al río que se escuchaba cerca de ahí. Caminaron un trecho no tan largo y, cuando estuvieron alejados varios metros, el ambarino rompió el silencio que los rodeaba.
—¿No crees que algo está pasando?
Kagome lo observó con preocupación, porque ella también presentía que algo ocurría, aunque no lograba determinar cuál era el problema.
—Sí, el ambiente se siente… extraño —respondió, sintiendo una especie de escalofrío recorrerle la espalda —. Pero no sé qué puede ser, porque no siento ninguna energía maligna…
—Lo sé, yo tampoco siento nada fuera de lo normal —él frunció el gesto, no le agradaba esa situación —. Supongo que tendremos que estar alertas.
—Es cierto. Deberíamos advertirles a los muchachos, ¿no crees?
—Sí, todos debemos tener cuidado.
Llegaron finalmente al río y recolectaron el agua que necesitaban, luego volvieron junto a los demás y encontraron a Miroku frente al fuego, preparando un guiso mientras Shippō acomodaba algunas mantas en un rincón. Observaron alrededor y no vieron a la castaña, lo que llamó su atención.
—¿Dónde está Sango? Necesitamos decirles algo —el ambarino entrecerró las cejas, escrutando alrededor.
—Oh, dijo que necesitaba un momento a solas —respondió Miroku, encogiéndose de hombros —. Ya sabes… pero Kirara la acompañó.
InuYasha asintió, sentándose en su lugar y esperando, en tanto Kagome ayudaba al monje a preparar la comida. Pronto volvió la taijiya, disculpándose por la tardanza. Sirvieron los platos y se dispusieron a comer, después de la larga caminata del día, necesitaban reponer energías.
—¿Y bien, qué tenían que decirnos? —Preguntó el ojiazul, mirando con duda a su amigo.
—Que debemos tener cuidado. No estoy seguro, pero presiento que algo no está bien —reveló, observándolos con atención —. No hay que bajar la guardia.
—¿Algo como qué? —Sango se preocupó, para sus amigos era más sencillo detectar peligros sobrenaturales, en cambio ella, a pesar de todo su entrenamiento, no tenía sentidos especiales que le pudiesen ser de ayuda. —¿Sientes alguna amenaza o…?
—No, no percibo nada específico, pero el ambiente se siente… extraño. Como si algo muy malo estuviese a punto de suceder.
La castaña pasó saliva, ¿se trataría de una amenaza real? Sus amigos no podían estar sospechando de ella, después de todo no había hecho nada fuera de lo normal, seguía comportándose como la Sango que ellos conocían.
—Quizá sea el bosque —Miroku miró alrededor, tratando de buscar alguna anomalía —. Muchas veces están cargados de energías que pueden ser muy pesadas.
—Es una opción, pero lo mejor será no bajar la guardia —InuYasha insistió, temiendo que algo malo pudiese ocurrirle a sus amigos —. Podrías reforzar los ofudas de protección.
—De acuerdo.
Terminaron de comer, tras lo cual Miroku cumplió la petición del hanyō y colocó más ofudas para fortalecer la barrera protectora que los rodeaba. No tardaron en decidir descansar, apagando la fogata y recostándose en los lugares que habían acomodado previamente; pronto, Miroku, Kagome y Shippō estaban durmiendo profundamente, sin embargo Sango no podía conciliar el sueño. Se mantuvo inmóvil en su sitio, pensativa. Si InuYasha seguía así de alerta, ella tendría que cuidar muy bien sus pasos, porque ante cualquier descuido, sería descubierta y sabía que el hanyō podía no tener piedad si le hacía daño a alguno de sus amigos. Lo había visto en más de una ocasión acabar fácilmente con quienes habían puesto en peligro la vida de Kagome, y si bien ella podría defenderse, estaba segura de que no podría ganarle a un InuYasha furioso.
Frunció el ceño, necesitaba una forma de terminar con eso sin darle oportunidad al ambarino de defenderse. Ya había analizado bastante la situación, pensando en un plan para acabar con sus amigos sin levantar sospechas. Ambos eran humanos, podían tener poderes espirituales, pero eso no significaba que eran invulnerables. La mayor debilidad del monje era el veneno, puesto que su cuerpo ya estaba bastante afectado, por lo que no sería difícil alcanzar una dosis que terminara matándolo. Haría lo mismo con Kagome, aunque claramente necesitaría una dosis mayor, pero dentro de su equipamiento tenía toxinas lo bastante fuertes como para aturdir y hasta neutralizar yōkais, por lo que no debería tener mayor problema para lograr su objetivo con sus compañeros. Sin embargo, InuYasha era el verdadero desafío. Su punto débil era Kagome, de eso no tenía duda, pero ¿cómo utilizarla para vencerlo? Incluso si quedaba desmoralizado tras perder a la azabache, ella sabía que no sería capaz de causarle una herida lo bastante grave como para matarlo. ¿Sería alguno de sus venenos lo bastante fuerte para lograr ese objetivo?
—¿Está todo bien, Sango?
Dio un respingo al escuchar la voz de InuYasha, no se había dado cuenta que estaba despierto. Abrió los ojos y lo observó, fingiendo duda.
—Sí, sólo intento dormir —respondió, aparentando calma a pesar de que su corazón se había acelerado por la sorpresa.
—¿Seguro? Pareces algo nerviosa…
—Bueno, dijiste que presentías que algo malo ocurriría —argumentó, era la excusa perfecta —. No es algo que pueda dejarme tranquila.
—Es cierto… Tus sentidos sólo son humanos —InuYasha atribuyó su nerviosismo al hecho de sentirse desprotegida al no poder percibir más allá de lo humanamente posible —. Pero descuida, yo estaré vigilando. Deberías descansar.
Sango tensó la mandíbula. ¿Por qué siempre tenía que menospreciarla por ser humana? Había sobrevivido varios infiernos como para que él la viera sólo como humana. Inhaló profundo y asintió con un gesto, tragándose los deseos de demostrarle que, incluso sin tener ninguna habilidad especial, podía perfectamente defenderse y hacerle frente. Se dio vuelta, acomodándose para dormir y dejando sus pensamientos de lado por el momento, lo mejor era evitar levantar sospechas en el hanyō.
Habían decidido retomar su camino al alba, por lo que era esperable que Shippō dormitara en el hombro de Kagome mientras ellos avanzaban por el serpenteante sendero, que parecía dirigirlos al límite del bosque. InuYasha había comentado que aún debían mantenerse alerta, y Miroku le había dado un nenju de protección a Sango como medida adicional de defensa. La castaña observó las cuentas que rodeaban ahora su muñeca con atención, siempre le parecía curioso que él quisiera cuidarla de alguna forma, quizá intentando reafirmar su rol masculino con ella. Solía agradecer el gesto, como si fuese un lindo detalle; pero podía agobiarla que no confiara en que podía cuidarse muy bien sola.
Siguieron caminando hasta que vieron a lo lejos un poblado, por lo que decidieron hacer una corta parada ahí, principalmente para proveerse de lo que les hiciera falta, y luego continuaron su recorrido, porque InuYasha insistió en que no debían perder mucho tiempo, y parecía bastante irritable, así que ninguno tenía deseos de discutirle algo. Sango agradeció el apremio que tenía el hanyō por no detenerse, pues consideraba que el tiempo en ese momento era demasiado valioso.
Mantuvieron la marcha hasta que la noche volvió a caer, estaban a bastante distancia de cualquier poblado, pero en las afueras del bosque encontraron un antiguo refugio que decidieron usar para protegerse del frío nocturno. Nuevamente se dividieron las tareas, esta vez Sango se ofreció a cocinar mientras los demás se ocupaban de preparar el lugar para descansar, algo que no extrañó a nadie porque acostumbraban a turnarse. Tampoco les llamó la atención que se concentrara tanto en esa labor, desde el principio sabían que ese no era uno de sus fuertes, por lo que nadie imaginó que el especial cuidado que estaba teniendo al mezclar los ingredientes era para poder ocultar a la perfección el veneno que había seleccionado, sabiendo que el aroma de los condimentos sería suficiente para despistar hasta a InuYasha. Mientras cocinaba, aprovechó de ingerir el antídoto al fingir que probaba el caldo, ya que no quería verse afectada por su trampa, incluso si la cantidad que había usado no era letal. También fingió ofrecerle comida a Kirara, dándole el antídoto porque seguía siendo su compañera.
Cuando finalmente estuvo listo, se sentaron alrededor del fuego a servirse la preparación de Sango, quien rogaba internamente que nadie encontrara algo diferente en la comida. El primero en probarla fue el impaciente de InuYasha, a quien su mal genio le había causado más hambre de lo habitual. La castaña lo observó con atención llevarse el plato a la boca y engullir un gran bocado, como si no hubiese comido en días, tras lo cual él le devolvió la mirada con el entrecejo fruncido.
—¿Qué le pusiste? Sabe… diferente —comentó, observándola con duda.
—¿No te gusta su sabor? —Fingió preocupación e inseguridad, como siempre que cuestionaban sus habilidades culinarias. —No hice nada diferente, pero quizá las hierbas aromáticas…
—Evítalas la próxima vez —espetó, aunque no dejó de comer con apremio.
—Lo siento, lo tendré presente…
—No le hagas caso, Sanguito, está delicioso —Miroku le sonrió, buscando su mano para presionársela con cariño —. Gracias por tu dedicación.
—A-Ah… gracias, hōshi-sama.
Decidió mirarse el regazo, escapando de los ojos azules como siempre que buscaban encontrarse con los de ella. El resto del grupo apoyó al monje, logrando que Sango sonriera levemente, satisfecha porque nadie había sospechado nada.
Luego de comer, no tardaron en irse a dormir, pues el cansancio del viaje, el calor al que habían estado expuestos durante el día y estar constantemente alerta, sumado al malhumor de InuYasha, eran suficientes para lograr que no tuviesen problemas para conciliar el sueño. Incluso el hanyō se durmió más fácil y profundamente que otros días, aunque Sango lo atribuyó al veneno, porque aunque no fuese a afectarle de la misma forma que a los demás, sabía que iba a tener alguna consecuencia.
Esperó hasta asegurarse que todos dormían y salió del refugio sigilosamente, llevando consigo las botellas de agua y dirigiéndose hasta la orilla del río, en donde se sentó y procedió a disolver una pequeña cantidad de veneno en cada una, lo suficiente para que los demás comenzaran a sentir sus efectos, pero no tanto como para que InuYasha o Shippō lo detectaran con su olfato. Se dio unos segundos para respirar profundo, cerrando los ojos para mentalizarse en su objetivo, trayendo a sus pensamientos la imagen de Kohaku siendo manipulado por Naraku. Su pequeño hermano seguramente estaba viviendo un tormento y ella era la única que podía salvarlo. Soltó un suspiro antes de ponerse de pie y volver junto a los demás, entrando con cuidado y, antes de recostarse en su lugar, decidió esparcir una pequeña cantidad de polvos aromáticos en las pertenencias de todos, de esos que usaba para confundir a los yōkai durante las batallas, y finalmente volvió a su sitio, inhalando profundo antes de intentar conciliar el sueño y recuperar energías, ya que también lo necesitaba.
—¿Dónde fuiste?
Dio un respingo al escuchar la voz del hanyō, no se había percatado de que estaba despierto. Abrió los ojos y lo observó con duda, ¿la habría sentido salir, o sólo al llegar? De cualquier forma, no tenía forma de saber lo que había hecho, estaba segura de que no la había seguido hasta el río.
—No podía dormir, así que aproveché de ir por más agua y despejarme un poco —respondió con toda naturalidad —. Perdón por despertarte…
—Keh, ese no es el problema —espetó él, sosteniéndole la mirada —. Podría haberte pasado algo. No deberías andar sola, menos de noche.
—Sabes que puedo cuidarme muy bien sola —le respondió, frunciendo el ceño —. No soy una niña indefensa.
—Lo sé, pero sigues siendo humana —enfatizó, logrando que ella arrugara aún más su gesto —. Hay cosas a las que no puedes enfrentarte.
—De acuerdo, lo tendré presente —a pesar de que tenía más deseos de apuñalarlo que otra cosa, decidió dejar la discusión hasta ahí, no sólo para poder descansar, sino para no echar por la borda sus planes —. Gracias por la preocupación, ahora creo que será mejor dormir.
InuYasha soltó un bufido, pero le dio la razón y volvió a acomodarse en su lugar, lo mismo que Sango, ambos dispuestos a dormir porque sabían que les quedaba aún un largo camino por recorrer y debían recuperar energías.
—¿Podemos descansar un momento? No me siento bien.
La petición de Kagome causó que todos se detuvieran y la observaran, la muchacha se veía pálida y tenía la frente perlada por el sudor. InuYasha se apresuró a ayudarla a caminar, parecía no tener las mismas fuerzas de siempre. Sango observó alrededor y señaló un sector junto al camino, que tenía sombra y espacio suficiente como para que se sentaran, por lo que no tardaron en hacerlo.
—El calor está bastante pesado, ¿no creen?
Esta vez fue Miroku quien habló, limpiándose el sudor de la frente y bebiendo agua. También se veía algo pálido y se notaba en su rostro que no estaba en su mejor condición. Sango asintió, mientras le ofrecía agua a Kagome y observaba de reojo a InuYasha, que parecía buscar con ahínco algo fuera de lo normal en los alrededores.
—Quizá debamos tomarnos un par de días para descansar y que los muchachos se repongan —le propuso al hanyō, señalando a los demás con fingida preocupación —. Puede que estén deshidratados…
Él la miró con suspicacia, Sango no estuvo segura de si sospechaba de ella o era porque aún no lograba determinar si había alguna presencia maligna o algo similar que los estuviese afectando, lo que tendría sentido debido a su sensibilidad espiritual.
—Supongo que tienes razón —dijo casi a regañadientes, porque incluso él se sentía agotado —. Pero no veo ningún poblado cerca…
La taijiya observó alrededor, hacia el horizonte, como si realmente no supiera dónde estaban. Llevaba diez días desde que había puesto en marcha su plan, tenía calculado en cuánto tiempo Kagome y Miroku se verían más afectados, y por lo mismo coaccionó a sus compañeros para seguir cierta dirección, que la acercaba a su aldea, de la cual ahora se encontraban a casi 30 minutos de vuelo en Kirara. Pero era obvio que InuYasha no podría saberlo, el fuerte se encontraba oculto en las montañas.
—Creo que estamos cerca de la aldea de los exterminadores —dijo, haciéndole un gesto a su compañera felina para que se acercara —. ¿Puedes echar un vistazo?
La felina maulló en respuesta antes de transformarse y elevarse con rapidez, más de la que solía tener cuando llevaba gente en su lomo. No tardó en regresar, acercándose a Sango y frotándose contra ella, señal que todos interpretaron como un "sí". La castaña le agradeció y aprovechó de darle un bocado de carne seca, la que estaba mezclada con el antídoto. Había seguido teniendo la precaución de administrárselo de forma regular, del mismo modo que ella lo tomaba. Sin embargo, necesitaba ir a su aldea porque estaba quedándose sin dosis, tanto de veneno como de antídoto, y si interrumpía el ritmo de administración, tendría que comenzar nuevamente desde cero, lo cual no era una opción.
Le informó a los demás que efectivamente el fuerte se encontraba cerca, por lo que no tardaron en comenzar el trayecto, un poco más lento de lo habitual debido a que Shippō tampoco se sentía completamente bien y llevar a Kagome e InuYasha se le hizo un poco más difícil. Cuando finalmente llegaron a la aldea, Sango los guio hasta la cabaña principal, la que era su antiguo hogar, y les indicó dónde podían descansar, mientras ella iba por agua y preparaba algo para comer, momento en el que se separaron.
La castaña primero fue por agua al pozo que se encontraba a pocos metros de la cabaña y que aún funcionaba, y luego se dirigió a la sala para preparar el fuego y empezar con su labor, sacando algunos vegetales de las provisiones que llevaban para comenzar a cortarlos y prepararlos.
—Los muchachos se quedaron dormidos —le informó la voz de InuYasha, algo que a ella no le sorprendió, aunque fingió preocupación.
—Será mejor que descanses, no se ven bien —comentó mientras picaba verduras con determinación.
—Es verdad —el hanyō se acercó a ella para mirarla directo a los ojos, Sango le sostuvo la mirada con duda —. ¿Qué crees que esté ocurriendo? Porque tú no pareces afectada…
Entrecerró las cejas, sopesando la situación. Lo que InuYasha interpretó como un análisis de lo que ocurría, en realidad era una evaluación sobre cuánto podía estar sospechando él y si los planes de la castaña corrían peligro.
—No estoy segura, pero creo que puede ser algo espiritual, quizá alguna energía maligna que los esté afectando… —Dedujo, esa siempre había sido la explicación perfecta. —A ti y a Shippō también le pueden afectar ese tipo de cosas, en cambio como yo no logro percibirlas…
Usó su condición de simple humana como la razón por la que no presentaba ningún malestar, incluso si odiaba esa comparación. InuYasha lo pensó un momento, encontrándole sentido a la explicación, suponiendo que era eso lo que llevaba percibiendo hacía tantos días y no lograba determinar aún qué era exactamente.
—Supongo que tienes razón —la observó con seriedad, demostrando que eso era más que preocupante para él —. Tenemos que descubrir su origen antes de que ocurra algo peor.
—Lo sé. Pensaba en salir a investigar por la noche —propuso, también con una expresión preocupada en el rostro —. Si lleva días persiguiéndonos, no debe estar lejos.
—¿Y cómo pretendes encontrarla, si no puedes sentirla?
La duda de InuYasha era razonable, estaba segura de que iba a proponerle ir él y que ella quedara al cuidado de sus amigos, pero eso no tenía sentido. Inhaló profundo, necesitaba salir sola en la noche para recolectar las hierbas y hongos que utilizaba para preparar sus venenos y antídotos.
—¿Y qué propones, ir tú? Sería aún más peligroso, imagina si esa energía decidiera atacarlos por la noche y yo no logro hacer nada —expuso su punto, que también tenía sentido —. Además, Kirara puede intentar rastrearlo, también siente energías malignas.
—Keh, como quieras…
InuYasha no quiso discutirle porque no encontró las palabras para hacerlo, además estaba cansado y, si lo pensaba, ella tenía razón. Así que se marchó en dirección a las habitaciones que estaban usando sus amigos, dejando nuevamente sola a Sango. Ella soltó un suspiro, y luego sintió la atenta mirada de Kirara sobre ella, casi pudo escuchar el regaño que ella quería darle. Se acercó a su compañera felina, acariciándole detrás de las orejas mientras le hablaba.
—Lo sé, pero no hay otra forma —dijo, buscando los ojos de la minina —. Te prometo que todo saldrá bien.
Kirara ronroneó suavemente, aunque Sango sabía que ella no estaba tan de acuerdo con sus planes, porque había formado lazos verdaderos con el grupo; sin embargo, su vínculo más profundo era con ella y su familia, por lo que entendía, de cierta forma, las motivaciones de la castaña y no la traicionaría.
Sango terminó de preparar la comida y esperó, consciente de que sus compañeros no despertarían en un par de horas y que, probablemente InuYasha también estuviese dormitando. Había notado que sus sentidos estaban perdiendo algo de capacidad, por lo que el efecto del veneno era más potente en él de lo que ella había creído en un principio. Por lo mismo, seguramente estaba agotado al tener que esforzarse más de lo que acostumbraba en percibir las amenazas que los podían atacar.
Soltó un suspiro, mirando el techo pensativa. Esperaba poder cumplir con su objetivo dentro de poco, aunque su único desafío real era cómo derrotar a InuYasha. La mejor opción parecía decapitarlo, porque lo había visto recuperarse incluso después de que le atravesaran el pecho, dejándole un agujero en medio. Sin embargo, sabía que ninguna de sus armas podría lograr ese objetivo. Quizá, si le enterraba una katana en el cráneo… Podía buscar entre sus cosas algo que lo dejara inconsciente, estaba segura de que si mezclaba de forma correcta algunos venenos, podría lograr ese efecto. Si eso funcionaba, entonces su prioridad era acabar con él, ya que era el único que representaba realmente una amenaza y que podría acabar con ella. Y, cuando InuYasha ya no significara una amenaza, no tendría problema en acabar con Kagome y Miroku, ambos estaban lo bastante debilitados como para poder defenderse. Y Shippō… lo había pensado bastante, él no significaba una amenaza, por lo que acabar con él era innecesario. Además, era apenas un niño, pero si lo pensaba fría y calculadoramente, el dejarlo vivo podía significar que creciera buscando venganza, y no buscaba en esos momentos hacerse de más enemigos. Por lo tanto, a pesar de que no era algo con lo que se sintiera a gusto, tendría que hacerlo.
No había otra forma.
Momento cultural.
Ofudas: Pergamino sagrado que contiene el poder de la deidad correspondiente a su incripción.
Nenju: Rosario budista corto tipo pulsera, son usados como amuletos de protección.
¡Hola de nuevo! Como dije, este proyecto me agarró con fuerza y aquí estamos hoy con el siguiente capítulo. Sé que es doloroso ver esta perspectiva de Sango, porque no es un personaje que uno pensaría que puede traicionar a sus compañeros, pero aún así la idea sigue teniendo sentido, o por lo menos para mí. ¿Qué opinan ustedes?
Quiero dejar agradecimientos a todos los que se han pasado a leer, en especial a DAIKRA, Sayra Caratomate (mija, no me demandé, tengo un mejor abogado que usté), y EmySophy, quienes me dejaron unos maravillosos reviews y me han dado la energía y ánimos para seguir sin tanta demora este fic.
Ahora sí, debo irme a trabajar, pero estaré pendiente de sus comentarios.
Un abrazo y chocolate, por las rabias y el dolor.
Yumi~
