DISCLAIMER: Los personajes de InuYasha no me pertenecen, son propiedad intelectual de Rumiko Takahashi. La obra es mía, escrita sólo con el fin de entretener – a ustedes y a mí. Sin fines de lucro.
— Insidia —
— III —
El canto de los grillos era el único sonido que rompía la quietud de la noche, y pese a que Kirara se encontraba algo inquieta, ella sabía que no era por ninguna presencia maligna o alguna amenaza acechando los alrededores. Además, las fuertes protecciones que usaba su aldea para evitar ser encontrada y atacada por yōkais aún se mantenían, por lo que era poco probable que hubiese algún peligro cerca. Se había asegurado de dejar a InuYasha tranquilo cuidando a los demás, mientras ella iba a investigar, así evitaba que él siguiera sus pasos y pudiese descubrir lo que estaba haciendo. Salió de la cabaña e inhaló profundo el frío aire de la noche, mirando hacia el cielo al notar que la luna no iluminaba tanto el terreno como acostumbraba, y se percató de que casi era luna nueva, apenas una fina línea blanca contrastaba con el oscuro manto salpicado de estrellas. Sonrió de medio lado, eso significaba que la siguiente noche InuYasha se volvería humano, y sería el momento perfecto para hacerse cargo de él, pues no tenía todas sus capacidades, e incluso podría verse aún más afectado por el veneno que iba a preparar especialmente para él.
Con ese pensamiento en mente, comenzó a caminar con seguridad hacia el límite de la aldea para adentrarse en el bosque y cumplir con su objetivo de recolección. Tras unos metros, se detuvo junto a un enorme árbol, haciéndole una seña a su compañera felina para que también se detuviera, y observó la corteza cubierta por hongos de varias formas y colores. Arrancó de varios tipos con especial cuidado, echándolos en una bolsa de tela y luego siguió con su camino, aún debía encontrar un par de ingredientes más y, si tenía suerte, el nido de una especie de ciempiés que poseía un veneno muy potente. Recorrieron el bosque con calma, Sango completamente segura de que estaba a salvo y, además, con la ventaja de que conocía esa zona como la palma de su mano. Terminó de recoger las hierbas que requería y decidió descansar un momento a la orilla de un pequeño lago en el que solía jugar cuando niña con su hermano. Kirara aprovechó para acomodarse en su regazo, mirándola con atención, probablemente deseaba decirle algo, quizá disuadirla un poco, a pesar de que esa era la única forma en la que podría salvar a Kohaku. El suave maullido, casi inaudible, le sacó una sonrisa, sabía cómo se sentía su compañera.
—Lo sé… ellos confían en nosotras, nos acogieron después de todo lo que pasó —hizo una mueca, acariciándole el lomo a Kirara —. Y sé que no nos han hecho daño, pero ¿no quieres salvar a Kohaku? —Preguntó, a lo que la felina sólo ronroneó en respuesta. —Es la única forma, piensa en todo lo que debe estar sufriendo ahora… No podemos esperar más.
Miró su reflejo en la superficie del agua, la imagen que le devolvía la superficie era su rostro cargado de preocupación por su hermano, y lleno de determinación. Soltó un suspiro y decidió que era momento de ver si encontraba algún nido de ciempiés antes de volver a la casa. Buscó en el suelo, cerca de los árboles con las raíces más grandes y encontró uno con varios ejemplares que parecían no ser adultos aún, probablemente su madre estuviese en su caza nocturna. Enterró su wakizashi en medio del nido, observó a un par de ciempiés salir corriendo rápidamente, pero varios más habían quedado ensartados en el filo de su arma, retorciéndose mientras agonizaban. Con extremo cuidado, usó una bolsa de tela más gruesa para recolectarlos, asegurándose de manipularlos correctamente para evitar su venenosa picadura, y luego le hizo otra señal a Kirara para que caminaran de regreso a casa, pensando en toda la situación. Si las cosas iban como planeaba, InuYasha estaría durmiendo y podría aprovechar de preparar las mezclas que necesitaba sin ser interrumpida, o peor, descubierta.
Cuando llegaron a la cabaña, entraron en silencio, cerciorándose de que todos estaban en el sector de las habitaciones, y se dirigieron hacia la sala en donde estaba la fogata, Sango encendió el fuego y puso agua a calentar, luego se colocó la máscara protectora y lo más en silencio que pudo, comenzó a preparar los distintos ingredientes según correspondía, recordando con nostalgia las enseñanzas que le había dejado su padre al respecto, una herencia que sentía la urgencia de preservar, y los únicos vivos para hacerlo eran Kohaku y ella. Aguantó las lágrimas y siguió su labor, recordando que ésa era la única forma de salvar no sólo a su hermano, sino a su legado también.
Le llevó casi dos horas terminar todo el trabajo, pero finalmente vació el contenido de cada veneno y antídoto en su frasco correspondiente, cerrándolos antes de quitarse la máscara, guardando todo en su furoshiki y soltando un suspiro, lista para descansar.
—¿Qué haces?
Dio un respingo al escuchar la voz masculina a su espalda, no había sentido sus pasos acercándose. Se volteó para observar a InuYasha, que la miraba con el ceño fruncido desde la entrada de la sala. Simuló una sonrisa, aunque estaba segura de que su compañero escuchaba los latidos de su corazón acelerados.
—InuYasha, me asustaste —dijo, llevándose la mano al pecho —. No te escuché llegar…
—Sí, lo lamento. Pero no has respondido a mi pregunta.
Sango analizó el semblante del hanyō, no estaba segura si había logrado percibir algo con su olfato, porque si bien sabía que sus sentidos se habían visto afectados, eso no significaba que hubiesen desaparecido. Se encogió de hombros, decidiendo decirle la verdad.
—Sólo preparaba más de algunas de mis trampas y venenos —reveló, aunque no le diría el verdadero motivo —. Ya estaba quedándome sin suministros, y me son de bastante utilidad en las batallas.
El ambarino la observó detenidamente unos segundos, causando que ella aguantara la respiración ante la ansiedad de ser descubierta. ¿Acaso no iba a creer en su explicación? Si lo pensaba lógicamente, no tenía motivos para dudar de ella, porque sabía que utilizaba una gran variedad de herramientas al luchar. Estaba a punto de entrar en pánico cuando él decidió volver a hablar.
—De acuerdo —dijo, sin quitarle la vista de encima —. ¿Encontraste algo en los alrededores?
—N-No… no había nada fuera de lo normal, Kirara tampoco pudo sentir nada —respondió, haciendo una falsa mueca de decepción —. No sé qué más podemos hacer…
—Supongo que tendremos que esperar hasta mañana.
—Sí… —Asintió, mirando a su acompañante con duda. —InuYasha, ¿cómo están los muchachos?
—Descansando. Aunque no se sienten mejor, después de que te fuiste al bosque, vomitaron un par de veces —informó, mirándola con preocupación —. Sea lo que sea que esté pasando, debemos resolverlo pronto.
—Lo sé. Será mejor que descansemos, mañana buscaremos una solución.
Él asintió a las palabras de la taijiya y ambos se encaminaron hacia el sector de las habitaciones, en donde habían decidido ocupar una misma habitación todos, dadas las circunstancias en las que se encontraban. A pesar de que ella hubiese preferido separarlos, no tenía argumentos para justificar eso, por lo que tendría que idear alguna forma de poder enfrentarlos a solas. Con ese pensamiento en mente, se quedó dormida.
Se limpió el sudor de la frente y soltó un suspiro antes de comenzar a jalar la cuerda para subir el balde con agua del pozo, con el que llenaría las botellas de agua que había llevado consigo. Cuando terminó de subirlo, lo tomó con cuidado y, al hacerlo, fijó su vista en sus manos, específicamente en el nenju que aún llevaba puesto. No estaba segura de por qué no se lo había sacado, ya que Miroku estaba demasiado débil como para darse cuenta, y ese gesto era algo tan personal de ellos, que el resto del grupo no lo sabía. Sin embargo, algo le impedía quitárselo, como si tenerlo consigo fuese demasiado importante. Hizo a un lado ese pensamiento, las cuentas en su muñeca no eran más que un intento fallido del monje por demostrar que podía protegerla. Llenó las botellas de agua y volvió a la cabaña, entrando en la sala en donde ahora sólo se encontraban Miroku y Kirara. InuYasha había decidido salir a explorar los alrededores, y Kagome insistió en ir con él, porque ambos creían que ella sería capaz de descubrir si lo que realmente les estaba afectando era una energía maligna o no, y Shippō quiso acompañarlos, en caso de que necesitaran de sus habilidades.
—Volviste, Sanguito…
La voz de Miroku la recibió en cuanto atravesó la entrada, ella le dedicó una sonrisa sutil y se acercó para ofrecerle agua, sentándose a su lado.
—¿Cómo se siente, hōshi-sama? —Preguntó, observándolo con atención.
—Pues, un poco mejor, supongo —comentó, aunque su semblante decía todo lo contrario —. Espero que InuYasha y Kagome-sama logren descubrir qué ocurre pronto…
Sango asintió levemente, a sabiendas de que estaba mintiendo para no preocuparla. Se dio un instante para observarlo, se veía más pálido de lo que nunca ella lo había visto, le sudaba la frente y su mirada azul profundo se notaba cansada. Luego de que él bebiera el agua que le había ofrecido, se inclinó y le tocó la frente, notando la fiebre que no lo había abandonado desde el día anterior. Soltó un suspiro, remojando una compresa en un balde que había junto a ellos y colocándosela donde previamente había puesto su mano. Sabía que Miroku terminaría mucho más afectado que Kagome por el veneno, porque él ya cargaba con más de una toxina en su interior, pero nunca pensó que el empeoramiento de su malestar iba a ser tan drástico.
—Le calentaré algo de caldo, necesita alimentarse para reponerse…
—Gracias, pero no creo que pueda comerlo… aún tengo náuseas —le respondió él, sosteniéndole la mano para impedirle que se alejara hacia el caldero —. Por favor, Sango.
Ella parpadeó un par de veces, confundida. No le gustaba tener ese tipo de cercanía con él, se sentía vulnerable, descubierta. Esa sí era una reacción que nunca había fingido, realmente lograba ponerse nerviosa cuando Miroku la miraba a los ojos con esa intensidad. Inhaló profundo, intentando calmarse y recordando cuál era su objetivo.
—¿Q-Qué ocurre, hōshi-sama? —Preguntó, sosteniéndole la mirada lo mejor que podía en esos momentos.
—Yo… sólo me alegro de que tú estés bien —sonrió con sinceridad, atreviéndose a acariciarle el rostro con su mano derecha —. Por favor, ten cuidado…
—Por supuesto, no se preocupe por mí —se apresuró en volver a acomodar la compresa en la frente de Miroku, que se había movido cuando él la detuvo, y luego se alejó, escapando de esa situación —. Debería enfocarse en recuperarse usted.
El ojiazul asintió levemente, luego cerró los ojos y se apoyó en la pared sobre la que estaba recargado para descansar. Sango se levantó y fue hasta el fuego para acomodar los leños y calentar el caldo que había preparado, segura de que InuYasha llegaría con hambre después de su pequeña excursión. Se preguntó si, en el caso de que encontraran alguna amenaza -porque sabía que había varias en ese sector de la montaña, sólo que se mantenían alejadas del fuerte por las protecciones que tenía-, el hanyō se quedaría tranquilo aunque fuese por esa noche, porque estaba siendo agotador para ella que él estuviese tan al pendiente de lo que ocurría con todos. Su sobreprotección era una exageración, en ese punto debería quedarle claro que ella podía cuidar de sí misma sin problema, aunque después de esa noche no tendría que volver a sentirse menospreciada de esa forma. Volvió a soltar un suspiro, revolviendo el contenido del caldero y repasando nuevamente el plan en su mente, porque debía tener claro paso a paso qué haría para que todo resultara como quería.
—Sango…
Miró de reojo a Miroku, su voz apenas había sido un susurro, pero la escuchó claramente. Lo vio dibujar una tenue sonrisa, los ojos ligeramente abiertos estaban fijos en ella.
—¿Hōshi-sama?
—Gracias por tu preocupación y cuidados —su voz era casi inaudible, pero el tono era seguro —. Yo… de verdad, Sango, yo…
Las palabras fueron interrumpidas por la tos, que le impidió terminar su idea. La castaña se acercó rápidamente, ayudándolo a incorporarse y luego de que terminara de toser, le alcanzó más agua para que bebiera, mostrando preocupación en sus facciones, pese a que era consciente de todos los efectos del veneno.
—Está bien, hōshi-sama, no debería esforzarse en hablar. Sólo descanse, es lo que necesita ahora.
Volvió a ayudarlo a apoyarse en la pared y remojó otra vez la compresa en agua para colocarla en su frente, quedándose a su lado sólo para que no intentara hablar o incorporarse nuevamente. Después de unos minutos, notó que él se había quedado dormido, por lo que volvió a su tarea frente al caldero y, tras unos minutos, el resto del grupo estuvo de vuelta, aunque por sus rostros, Sango supo de inmediato que no habían encontrado nada.
—Keh, puras alimañas insignificantes —espetó el ambarino, mientras ayudaba a Kagome a bajar de su espalda y sentarse —. No hay nada más. Y hoy es luna nueva.
La castaña soltó un pesado suspiro, ella esperaba que encontraran algo a lo que atribuirle lo que estaba pasando, para no tener que lidiar con el mal genio de InuYasha durante la velada. Se acercó a Kagome para darle agua, ella no estaba en tan malas condiciones como el monje, pero aun así era evidente que no se encontraba bien.
—¿Qué haremos? —Le preguntó al hanyō, esperando que él mismo decidiera quedarse en la cabaña esa noche debido a su transformación.
—No lo sé —él la observó con seriedad mientras ayudaba a la azabache a beber de la botella.
—Quizá deberíamos volver donde Kaede-sama —propuso Kagome, intentando encontrar una solución —. Tal vez ella puede ayudarnos a descubrir qué pasa…
—No es una mala idea —comentó Sango, aunque era consciente de que eso no iba a ocurrir —. Lo mejor sería viajar al amanecer, porque ya está por anochecer.
InuYasha bufó, demostrando su impaciencia pero sabiendo que ella tenía razón. Echó un vistazo rápido a sus amigos y luego le hizo un gesto a Sango para que lo acompañara afuera del cuarto. Ella asintió y salió tras él, rogando en su interior que él no volviera a buscar el motivo por el que ella se encontraba bien o comenzara a hacer cualquier otra pregunta al respecto.
—Esto no me gusta —inquirió, sin cambiar el semblante serio que tenía desde que llegó —. Algo está interfiriendo con mis sentidos, y ahora con la luna nueva…
—Descuida, me encargaré en caso de alguna amenaza…
—No es sólo eso —le espetó, ahora la seriedad se mezcló con una preocupación profunda, una que ella no había visto antes —. Creo que no es algo espiritual. No estoy seguro, pero quizá sea veneno.
El corazón de Sango se detuvo por una milésima de segundo, sólo para latir más rápido después, golpeándole las costillas con fuerza. Abrió los ojos por la sorpresa, ¿acaso él la había descubierto? Le sostuvo la mirada, fingiendo asombro y confusión, rogando para que él no sospechara de ella, por lo menos no en esos momentos en los que aún le sería tan fácil matarla con sólo agitar sus garras una vez.
—¿Veneno…?
—Es… confuso, te digo que mis sentidos están fallando, pero he sentido una esencia muy particular —explicó, frunciendo el ceño —. No sabía qué era, pero hoy lo descubrí después de acabar con un yōkai menor, porque despidió ese mismo aroma.
El corazón de Sango seguía acelerado, no sabía qué decir porque temía que cualquier cosa que saliera de su boca, la delatara. Intentó calmarse, lo que decía InuYasha no implicaba necesariamente que la hubiese descubierto, no tenía pruebas para acusarla de nada.
—Pero eso no tiene sentido, ¿cómo se envenenarían los muchachos…? —Preguntó, fingiendo confusión. —Además, si fuese así, ¿por qué yo…?
—Tengo una teoría —aclaró, lo que no logró calmar a Sango —. Anoche estabas preparando esas mezclas de venenos que usas al luchar, ¿no? —Ella asintió, sintiendo el pánico subir por su pecho, casi segura de que él lo había deducido todo. —Bueno, creo que quizá eres inmune.
—¿Inmune? —Eso la sorprendió aún más, no esperaba que él sacara esa conclusión.
—Sí. En tu clan siempre han usado ese tipo de venenos, ¿cierto? —Ella asintió a las palabras del hanyō, aún perpleja por su suposición. —Bueno, quizá… estar expuesta desde pequeña a eso te hizo inmune. Lo mismo con Kirara.
La taijiya respiró profundo, sintiéndose aliviada de que hubiese sido InuYasha quien descubriera eso, y no Miroku porque estaba segura de que el monje habría analizado de otra forma la situación, y ya sabría que ella era la culpable.
—Puede que tengas razón, pero entonces…
—Tenemos que buscar un antídoto —dijo, mirando hacia la sala donde estaban sus amigos —. Y debe ser lo antes posible, o podría ser demasiado tarde.
Sango sabía que su preocupación era por el monje, debía intuirlo de alguna forma. Ella era consciente de eso, porque la tos era el indicio del daño a las vías respiratorias, después de lo cual era casi imposible que alguien se recuperara. Frunció el gesto, no estaba segura de cuál era el plan de su compañero.
—¿Qué propones, entonces?
—Que vayas con Shippō donde Jinenji —indicó, haciendo una mueca —. Es quien tiene los mejores antídotos y Shippō conoce el camino. Será más rápido si vas en Kirara.
—Pero es noche de luna nueva, si ocurre algo…
—Puedo protegerlos, no eres la única humana capaz de dar pelea —le sonrió con cierta confianza, intentando tranquilizarla —. Es la única forma.
—De acuerdo —Sango supo que no podría negarse, no tenía sentido después de lo que InuYasha le había dicho —. Sólo espero que como humano, puedas luchar tan bien como yo.
—Lo haré, descuida.
Ella asintió y luego le hizo un gesto, porque si tenía que fingir urgencia por salir, tendría que hacerlo de inmediato. Fue a cambiarse a su traje de exterminadora rápidamente y luego volvió a la sala, donde le hizo un gesto a Kirara y a Shippō antes de mirar al resto del grupo y volver a pedirle a InuYasha que los mantuviera a salvo, antes de salir y montarse sobre la nekomata ya transformada, llevando al kitsune en su regazo para que le indicara el camino. Sin embargo, en su mente ya había comenzado a trazar un nuevo plan, porque si en algo tenía razón el ambarino, era en que eso debía acabar lo antes posible.
Observó el horizonte a lo lejos, sin la luz de la luna era difícil ver algo más allá de unos pocos metros, pero sabía que Kirara se orientaba bastante bien sin necesidad de usar su visión. Inhaló profundo, ahora que la noche había caído y eso le aseguraba la transformación de InuYasha, era seguro volver y cumplir con su plan. Supo que la nekomata entendió sus intenciones porque soltó una especie de suave gruñido, pero ella le acarició suavemente la cabeza, intentando tranquilizarla antes de dar su siguiente paso.
—Si seguimos esa estrella, llegaremos sin problema —informó Shippō, señalando una de las luces más brillantes en el cielo —. Y debemos apresurarnos, Kirara.
—Por supuesto, Shippō —dijo, y tras unos segundos de silencio, agregó —. Lo siento.
No le dio tiempo a reaccionar al kitsune, poniendo un trozo de tela empapado en una generosa cantidad de veneno sobre su nariz y boca, afirmándolo con fuerza hasta que surtió efecto y el pequeño zorrito cayó inconsciente, Sango esperaba que en poco tiempo las toxinas terminaran de hacer efecto y acabaran con él sin mayor dolor. Le hizo una seña a Kirara y dieron media vuelta, volviendo a la aldea y descendiendo con sigilo en uno de los extremos más alejados. Sango le pidió a su compañera que se quedara atrás, y luego se puso su máscara protectora, preparó su wakizashi y las bombas de veneno que había mezclado exclusivamente para InuYasha, y se acercó en silencio a la cabaña, ayudándose con las sombras de la noche para ocultarse lo mejor que podía.
Divisó a su objetivo al poco rato, él dormía fuera de la habitación donde debían estar descansando los demás. Su expresión estaba contraída, Sango pensó que se debía a la impotencia de no poder hacer nada más por sus amigos. Tomó aire, sacando las bombas de veneno y lanzándolas con precisión hacia él, envolviéndolo en una nube de humo tóxico que logró despertarlo, ella pudo escuchar su tos y lo vio correr rápidamente hacia el patio que quedaba justo fuera del cuarto que cuidaba.
—¿¡Qué mierda…?!
InuYasha buscó el origen del ataque, mirando con confusión en todas direcciones, pero no logró encontrarla antes de que ella se abalanzara sobre él, su arma lista para el ataque. Logró hacerse hacia atrás para evitarla, pero el filo del wakizashi alcanzó a cortarle la piel de su brazo derecho.
—¿Sango? ¿Qué…?
Pero no le dio tiempo a interrogatorios, volvió a lanzarse contra él, ágilmente y usando toda su fuerza, esta vez InuYasha tardó más en reaccionar, seguramente el veneno estaba haciendo efecto; gracias a eso, la taijiya pudo herirlo un poco más, enterrando su arma en el hombro izquierdo, la sangre salpicándole el rostro con la expresión inflexible, fría y calculadora. Pudo notar la incredulidad creciente en los ojos ahora marrones del hanyō, pero no dejó que eso la hiciera sentir culpable. En cambio, volvió a atacar directamente, pero esta vez se anticipó a los movimientos evasivos del azabache, y cambió de dirección en el último segundo, con lo que finalmente pudo herirlo en el pecho, muy cerca de la zona del corazón. Con una fuerte patada lo alejó para sacar su arma de la herida y lo miró directo a los ojos, que ahora mostraban una mezcla de ira y decepción.
—Te dije que era mejor que pudieras luchar tan bien como yo.
InuYasha frunció el gesto, no entendía lo que estaba pasando, sólo sabía que debía detenerla antes de que lo dejara fuera de combate, de lo contrario, sus amigos serían los próximos y ellos no estaban en condiciones de defenderse. Juntó fuerzas y se lanzó hacia ella, pero a cada segundo que pasaba, sentía más los efectos del veneno y apenas si pudo lanzarle un puñetazo que ella esquivó sin siquiera inmutarse, tras lo cual volvió a enterrarle su arma por la espalda, en la zona del corazón. Él escupió sangre y comenzó a ver borroso, pero no iba a rendirse tan fácilmente.
—¡¿Sango?!
La voz de Miroku logró desconcentrar a la castaña, que levantó la vista para dirigirla hacia la cabaña y ver a Kagome y al monje mirándola con desconcierto. InuYasha intentó aprovechar su descuido, pero ella alcanzó a esquivar el golpe, alejándose unos metros de él.
—No sé por qué lo estás haciendo, pero si es una trampa de Naraku o…
—No lo es —aclaró ella, sosteniéndoles la mirada. Kagome y Miroku se habían acercado a InuYasha para ayudarlo, aunque apenas podían caminar —. Sólo… es la única forma.
Lanzó más bombas de humo y veneno, y decidió moverse rápidamente para atacar de nuevo, aunque esta vez no pudo dar en el blanco, su arma chocó con otra, lo que la sorprendió al reconocerla, era el shakujō del ojiazul.
—¿Cómo…?
—Ya basta… esta no eres tú, Sango.
Eso era imposible, el monje no debería tener la fuerza para detener su ataque. Su sorpresa fue mayor cuando él realizó otro movimiento con el báculo, que podría haberla herido si no lo hubiese esquivado. Saltó hacia atrás y decidió alejarse, de todas formas el veneno que había lanzado ahora era lo bastante fuerte como para matarlos en cuestión de unas pocas horas.
Se internó en el bosque y se detuvo a la orilla del lago, recuperando la respiración y sintiendo el sudor correrle por la espina dorsal, casi había cumplido con su objetivo. Sin embargo, debía asegurarse de acabar esa misma noche con ellos, o todo sería en vano y quien acabaría muerta sería ella.
Apretó los puños con fuerza, la noche estaba recién comenzando.
Momento cultural.-
Ciempiés: Sólo como aclaración, hay muchas especies y se distribuyen por varios países. Los que viven en Japón, son de hábitos nocturnos (sales a cazar de noche), pero tienen nidos donde puede haber hasta 60 huevos y las madres cuidan a sus hijos hasta que son adolescentes/adultos, a diferencia de otras especies de ciempiés que abandonan el nido y dejan a los huevos su suerte. En cuanto a veneno, en general no son peligrosos para el humano, pero hay algunas especies que sí lo tienen y específicamente una especie en Japón puede matar a una persona con la concentración y lugar de picadura específicos.
Wakizashi: Espada japonesa, es similar a una katana pero difiere de ella en el largo, pues es más corta. La espada que usa Sango es un wakizashi.
Furoshiki: Se le llama así tanto al arte de envolver paquetes con tela, como a los paquetes en sí. El bolso de tela celeste con blanco que lleva Sango en los hombros es un furoshiki.
Shakujō: Báculo budista, por lo general están imbuidos con sutras sagrados que les confieren mayor poder o durabilidad.
¡Hola, de nuevo! Sí sé que esto parece el fin del mundo con actualizaciones tan seguidas, pero es que hay que aprovechar el tiempo libre y, además, el tinte de la historia creo que no da para más espera.
Tengo muchos sentimientos encontrados, lloré con este cap y lo peor es que, tal como dice Sango, recién está comenzando el enfrentamiento. Yo ya no sé ni que esperar de mí misma (mentira, pero sí xd). Por favor, no me funen ni me tiren tomates, haré un grupo de terapia y autoayuda, se llamará "Yumitraumas" y será gratis para quien deje review (?)
En fin, como siempre agradezco todo su apoyo y, aunque es un camino amargo, me honra que sigan acompañándome. Muchas miles de gracias a EmySophy, Sayra Caratomate y DAIKRA, sus palabras me ayudan a mantener el ánimo para seguir escribiendo (a pesar de las amenazas... sí, te estoy mirando a ti, Caratomate.)
Por ahora, es todo. Espero leernos e días.
Un abrazo y chocolate, por las penas.
Yumi~ -alias Doña Angustias-
