DISCLAIMER: Los personajes de InuYasha no me pertenecen, son propiedad intelectual de Rumiko Takahashi. La obra es mía, escrita sólo con el fin de entretener – a ustedes y a mí. Sin fines de lucro.
— Insidia —
— IV —
—M-Maldición…
La voz rasposa de InuYasha fue lo primero que cortó el silencio tras la huida de Sango. Kagome intentaba detener la hemorragia en su pecho, aunque sabía que no tenía la fuerza suficiente para presionar la herida. Miró alrededor, intentando ordenar un poco las ideas, aunque todo lo que veía sólo lograba que su pecho se apretara más por la angustia. Miroku se encontraba a su lado, arrodillado y con su shakujō aún en posición de defensa, pero era evidente que estaba agotado, e InuYasha no se encontraba en mejores condiciones. De pronto notó movimiento cercano a la cabaña y se enfocó ahí, alerta incluso si no podía defenderse de ninguna forma, pero abrió la boca con sorpresa al ver a Kirara acercarse con Shippō colgando de su hocico, casi con cautela. Puso todo su esfuerzo en ponerse de pie y acercarse, tomando al pequeño kitsune entre sus brazos y notando la respiración dificultosa, el rostro húmedo y la mueca de dolor innegable, pero parecía estar recuperando el conocimiento. Observó a la felina con atención, Kirara emitió una especie de gruñido suave y se lamió los labios y una pata, como si quisiera explicarle lo que había hecho.
—Kirara, tú… ¿limpiaste el veneno…? —Soltó un suspiro ante la mirada de la nekomata, era probable que de alguna forma ella no fuese afectada por las toxinas, y tratara de ayudar a Shippō. —Gracias… por favor, cuídalo mientras me encargo de InuYasha…
Con dificultad pero esforzándose en ignorar que se sentía sin fuerzas, caminó hacia sus compañeros, Miroku se mantenía en la misma posición, seguramente aún no lograba creer lo que había pasado. La azabache lo entendía, especialmente para él debía ser difícil todo lo que estaba ocurriendo. Volvió a arrodillarse junto a InuYasha, que se había sentado a duras penas y respiraba dificultosamente, tenía un hilo de sangre que corría por la comisura de sus labios, pero incluso en esas condiciones, su mirada demostraba un enfado creciente. Con más esfuerzo del que normalmente le requería, comenzó a hacer a un lado la ropa de InuYasha para visualizar la herida y tratar de detener el sangrado.
—Maldita sea, debí darme cuenta antes.
El reclamo hacia sí mismo fue audible aún con la respiración entrecortada, con lo que Kagome hizo una mueca, ninguno había notado las señales y, a pesar de que era difícil pensar que su amiga los había traicionado de esa forma, ahora sus prioridades debían ser otras.
—Por favor, InuYasha, déjame ver esas heridas —con una de las tantas compresas que había junto a ellos mientras recuperaban fuerzas, Kagome presionó nuevamente la zona afectada, lo que se le hacía bastante difícil con él rezongando, y ella casi sin fuerzas.
—No hay tiempo para eso, debemos movernos —indicó, haciendo una mueca —. ¿Y Shippō…?
—Kirara está con él, comenzaba a despertar… Espera, ¿qué haces?
InuYasha se había puesto de pie y caminaba ahora hacia donde estaba el kitsune junto a Kirara, aunque con evidente dificultad. Kagome lo siguió, preocupada por las heridas que no iban a sanar tan pronto, por lo menos no hasta que amaneciera, y aún faltaban un par de horas para eso.
—No sé qué mierda le pasó a Sango, pero estoy seguro de que volverá —frunció todo el gesto, estaba realmente molesto con la situación —. Y ninguno de nosotros se encuentra en condiciones de enfrentarla. Debemos irnos, y no confío en Kirara para llevarnos, así que necesitamos a Shippō.
La azabache hizo una mueca, sabía que la desconfianza hacia la felina era justificada, y planteándolo de esa forma, Shippō era su única opción; pero todos estaban en mal estado producto del veneno al que habían sido expuestos. Ahora se daba cuenta de que probablemente la taijiya llevaba días engañándolos, preparando todo para atacarlos cuando estuviesen más vulnerables, sólo no lograba entender por qué.
—Puedo darles algo de tiempo —Miroku rompió el silencio, su mirada estaba perdida en dirección al bosque, en el lugar en el que Sango había desaparecido momentos antes —. Iré tras ella, ustedes pueden marcharse.
—¡¿Estás loco?! No estás en condiciones de enfrentarte a ella, y no pienso dejarte morir.
El ojiazul tensó la mandíbula, realmente no le importaba si moría. Sentía todo el cuerpo entumecido, le palpitaba la cabeza y había comenzado a toser sangre, sabía que no iba a recuperarse, y era consciente de que había resistido tanto sólo porque había usado un par de técnicas de meditación para enlentecer el avance del veneno y menguar un poco sus efectos, pero eso era algo pasajero. Y si esa iba a ser su última noche, lo único que deseaba era saber por qué.
—Estaré bien, no te preocupes —dijo, reuniendo todas sus fuerzas y poniéndose de pie —. Por favor, váyanse. Los alcanzaré en cuanto pueda.
Le dirigió una mirada suplicante a Kagome con la que le decía todo, antes de alejarse lo más rápido que pudo hacia el bosque, escuchando cómo InuYasha gritaba su nombre con impotencia. Se enfocó en ignorar el dolor y cansancio que le calaban hasta los huesos y se adentró en la espesura, inhalando profundo para mentalizarse y enfocar todas sus energías en su objetivo. Disminuyó la velocidad de inmediato, sabía que su presencia no pasaría desapercibida, pero eso no significaba que no estuviese alerta. Recorrió algunos metros y no tardó en divisar a la castaña de pie frente al lago, observando fijamente el agua.
—No creí que fuese tan estúpido como para venir por mí —comentó Sango, mirándolo de reojo con un gesto impasible en el rostro —. De cualquier forma, no puede vencerme.
—Lo sé, no podría ni siquiera en mi mejor momento —admitió, esbozando una triste sonrisa.
—Entonces, ¿a qué vino? Si busca mi compasión o…
—No, sólo quiero saber por qué —admitió, mirándola directo a los ojos —. Dijiste que no era una trampa de Naraku, y no percibo ninguna energía maligna en ti.
—¿Realmente quiere saberlo? ¿Y qué va a lograr con eso? Morirá de todos modos.
—Supongo que tienes razón —dio otro paso más, acercándose a ella —. Pero si todo esto fue una mentira para ti… tampoco tiene sentido seguir luchando.
Sango soltó un suspiro antes de voltearse por completo, mirándolo ahora de frente. Aún tenía las salpicaduras de la sangre de InuYasha en su rostro y sus ojos sólo reflejaban una profunda determinación, una expresión similar a la que tenía la primera vez que la vio, sin la calidez a la que él se había vuelto adicto. Aun así, le sostuvo la mirada con firmeza.
—Su espíritu de sacrificio no es muy práctico, aunque nunca lo vi como un cobarde que se rindiera tan fácilmente —hizo su observación, porque a pesar de todo, la voluntad del monje era algo que había llamado su atención —. Pero si insiste en saberlo… sólo quiero salvar a Kohaku, y esta es la única forma.
Miroku amplió un poco su sonrisa, incluso si su visión había comenzado a ser borrosa y sentía que sus piernas le fallarían en cualquier momento, la respuesta de Sango le daba algo de tranquilidad. Irónico ante todo lo que significaba, pero tenía sentido para él.
—Comprendo, después de todo es tu hermano —hizo una mueca, no podía juzgarla por eso —. Y, aunque no lo creas, espero que lo logres, si eso te hace feliz.
—¿Acaso está jugando conmigo? Sólo está perdiendo mi tiempo —dijo, frunciendo el ceño —. Debería recostarse, pronto el veneno terminará de hacer efecto. Yo debo ir por InuYasha, antes de que amanezca.
Dejó de mirarlo a los ojos para comenzar a caminar en dirección a la aldea, pero Miroku le impidió el paso estirando su brazo, causando que ella lo observara con confusión.
—No permitiré que vayas tras los demás.
—No sea ridículo, ya admitió que no podría vencerme. Hágase a un lado y evítese más sufrimiento, o tendré que matarlo.
—De todas formas, ya estoy muerto, ¿no?
Por alguna razón, las palabras del monje enfurecieron a Sango. ¿Por qué simplemente no hacía las cosas más sencillas y moría en paz? Desenvainó su wakizashi para atacarlo, sorprendiéndose de que él pudiese reaccionar lo bastante rápido para detenerla con el shakujō, aunque supuso que la cercanía le dio algo de ventaja. Intentó alejarse, pero él la sujetó del brazo, impidiéndoselo. La castaña apretó los dientes, realmente molesta con la situación.
—Deje de jugar al héroe y suélteme —le espetó, presionando con más fuerza la empuñadura de su arma —. Su hipocresía no va a lograr conmoverme.
—No estoy mintiendo y lo sabes —aclaró, sin soltarla —. Por algo aún llevas el nenju.
Sango resopló, furiosa a un grado que no recordaba haber sentido antes. Decidió acabar con eso de una vez, enterrando el wakizashi en el pecho de Miroku y acercándose a él para hablarle al oído.
—Ya fue suficiente.
—¡MIROKU!
El grito de InuYasha no hizo nada por detener a su amigo, menos porque le causó un ataque de tos con sangre que le impidió seguirle los pasos. Kagome inmediatamente se preocupó, ayudándolo a sentarse nuevamente, aunque no sabía qué más hacer, ya que mientras no amaneciera, era muy difícil sanar esas heridas, además de que ninguno estaba en condiciones de hacer algo más. Inhaló profundo, sintiendo su pecho arder pero consciente de que debía encontrar una manera de solucionar la situación, en vista de que el monje había corrido hacia una muerte casi segura, InuYasha se encontraba demasiado herido y Shippō apenas había recuperado la consciencia.
De pronto una idea cruzó su mente, recordando que en más de una ocasión, cuando se encontraban frente a fragmentos rodeados de veneno, o incluso nubes de miasma, ella podía purificarlos. Quizá si lo intentaba, podía hacer algo similar con ellos. Se concentró primero en ella misma, rogando internamente que eso resultara, y tras unos segundos, pudo sentir como el entumecimiento y gran parte del malestar que sentía, iba desapareciendo. No tardó en hacer lo mismo con Shippō e InuYasha, logrando que ambos se sintieran mejor, aunque el azabache seguía estando herido.
—Bien, iré tras ese idiota de Miroku, antes de que consiga que lo maten —dijo levantándose, aunque inmediatamente una mueca de dolor atravesó su rostro.
—Iremos los dos, pero primero déjame vendar esas heridas, por lo menos —Kagome fue firme, porque si el panorama era tan malo como para que Sango insistiera en luchar contra ellos, InuYasha no podría hacerlo con las heridas expuestas.
—Keh, perderemos tiempo y…
—InuYasha, no es una opción —recalcó, observándolo con decisión.
Él bufó, pero le permitió cumplir con su tarea, tras lo cual le pidieron a Shippō y Kirara que los esperaran, y salieron directo hacia el bosque, siguiendo la dirección que había tomado el monje momentos atrás. Tardaron varios minutos en orientarse, debido a la oscuridad y a que la zona era totalmente desconocida para ellos, pero pronto escucharon las voces de sus amigos a unos cuantos metros.
—No permitiré que vayas tras los demás.
—No sea ridículo, ya admitió que no podría vencerme. Hágase a un lado y evítese más sufrimiento, o tendré que matarlo.
—De todas formas, ya estoy muerto, ¿no?
InuYasha apretó los dientes y comenzó a correr en esa dirección, anticipándose a lo que iba a ocurrir, porque Miroku no tenía intenciones de volver con ellos; sin embargo, él tampoco tenía intenciones de dejarlo morir, menos de esa forma. Kagome lo siguió de cerca, deteniéndose en seco al ver la escena frente a sus ojos.
El hanyō gruñó por lo bajo, lanzándose contra Sango con furia, causando que sacara el arma del pecho del ojiazul y diera un salto hacia atrás para evitar el ataque, aunque su oponente comenzó a lanzar golpes seguros que no tenían sentido para ella.
—No sé qué mierda te pasó, Sango, pero si esto es algún truco…
—Ya te dije que no lo es —ella lo miró con recelo, sosteniendo su arma con firmeza —. Si no quieres creerme, es tu problema.
—Entonces, ¿nos traicionaste? —Él se enfadó aún más, eso no tenía sentido. —¿Por qué? ¡Confiamos en ti!
—Ese fue su primer error. Y no tengo que darte explicaciones, sólo debo acabar contigo y podré cumplir mi objetivo.
Volvió a lanzarse contra InuYasha, el wakizashi listo para atacarlo, sólo que ahora él podía defenderse mejor, utilizando la funda de Tessaiga como escudo para evitar el filo del arma de la castaña. Mientras ellos luchaban, Kagome se apresuró en detener el sangrado en la herida de Miroku para luego purificar lo mejor que pudo el veneno en su cuerpo, por lo menos así retrasaba su efecto.
—Sango, por favor… —Kagome intentó intervenir, causando que la castaña la mirara de reojo antes de esquivar un golpe de InuYasha. —Somos nosotros, tus amigos…
—No gastes tus palabras, Kagome —le espetó InuYasha, mirando con recelo a su contrincante —. Ella ya no es nuestra amiga.
—Ustedes jamás lo entenderían —la taijiya hizo una mueca, observándolos con indiferencia —. Debieron haber esperado los efectos del veneno, habría sido mucho más sencillo y menos doloroso.
Las palabras enfurecieron por completo al azabache, porque sus amigos prácticamente habían agonizado los últimos días, ¿en qué momento eso era menos doloroso? Apretó con más fuerza los puños, sintiendo ahora las garras enterrarse en su piel, el primer signo de que su transformación había comenzado. Hizo tronar sus dedos, mirando a Sango desafiante.
—Ríndete, ya no puedes ganar.
La castaña comprendió de inmediato lo que estaba pasando, y no esperó para lanzarle una bomba de humo venenoso antes de salir huyendo. InuYasha hizo ademán de seguirla, porque no dejaría que escapara sin que les diera una explicación coherente.
—InuYasha, por favor… —Miroku habló en un hilo de voz, deteniendo a su amigo. —Déjala…
Se volteó a verlo al tiempo que terminaba su transformación, momento en el que sintió el aroma a sangre del ojiazul. Volvió a gruñir, pero se apresuró en cargarlo en su espalda junto a Kagome, dándose cuenta ahora de que no podían perder más tiempo.
—Monje estúpido, ni se te ocurra morir —le dijo mientras corría lo más rápido que podía hacia la cabaña —. Nunca te lo perdonaría.
Miroku sólo sonrió, sintiéndose demasiado agotado como para responderle algo. Kagome pasó saliva, necesitaban atender su herida lo antes posible, y sabía que tenían el tiempo en contra. Llegaron junto a Shippō, a quien encontraron solo, lo que extrañó a Kagome.
—Lo siento, pero Kirara se fue hace unos minutos —explicó el kitsune, señalando en dirección al bosque.
—Debe haber vuelto con Sango —espetó InuYasha, con un gruñido —. Vamos, tenemos que apresurarnos.
Shippō asintió y se transformó para llevarlos hacia la aldea de la anciana Kaede lo más rápido que podía, mientras la azabache atendía lo mejor posible al ojiazul e InuYasha observaba en silencio, aún digiriendo su molestia con todo lo ocurrido, pero sin emitir palabra, sabía que en esos momentos no ganaría nada haciéndolo. Primero debían recuperarse, luego tendrían tiempo para entender lo que había pasado.
Llegaron poco antes del mediodía a la aldea, alertando a Kaede ante la urgencia con la que InuYasha le pidió ayuda. Pronto estaban en su cabaña, la anciana había limpiado y tratado la herida de Miroku y ahora él descansaba, aunque sabían que transitaba entre la inconsciencia y el sueño. La sacerdotisa mayor también preparó una mezcla especial de hierbas para combatir los efectos del veneno, y todos habían tenido que ingerirla, incluso InuYasha, pese a que aseguraba estar bien. Después de eso, Kagome y Shippō se quedaron dormidos, necesitaban recuperarse tanto física como emocionalmente de lo ocurrido.
Sólo el hanyō no podía descansar. Caminaba impaciente de un lado a otro fuera de la cabaña, apretando los puños y bufando con ira e impotencia mezcladas. ¿Cómo había pasado todo eso? ¿Por qué no vio las señales? ¡Estuvieron ahí todo el tiempo! Pero le había creído cada palabra a Sango, hasta le hubiese confiado su vida. Y todos lo habían hecho, por algo pudo llegar a ese punto, en donde casi mata a cada uno de ellos. Ni siquiera podía decir que ya estaban fuera de peligro, porque la herida de Miroku era profunda y había perforado un pulmón y dañado el corazón, por lo que todavía podía morir en cualquier momento. Se detuvo un instante para concentrarse en el sonido del corazón de su amigo, que estaba débil y sentía que podía detenerse en cualquier minuto. Maldijo entre dientes, necesitaba hacer algo pero no podía abandonar la cabaña, incluso si debía ir por más hierbas medicinales y antídotos donde Jinenji, o si quisiera hacerle caso al impulso de salir en busca de la taijiya, no podía hacerlo. Corría el riesgo de que, en su ausencia, ella llegara para acabar con sus amigos. Le dio un puñetazo lleno de ira contenida a un árbol que había junto a la cabaña, causando que las aves que había en su copa salieran volando. ¿Acaso todo el tiempo, ella había estado fingiendo? Podía incluso haber estado siempre del lado de Naraku, porque ya los había traicionado antes, cuando robó a Tessaiga. Pero eso era totalmente diferente, no había intentado asesinarlos tan fríamente como si no les importara. Incluso a Miroku…
Sintió más impotencia, el monje amaba a Sango y estaba dispuesto a morir por ella, sacrificarse para verla feliz. ¿De verdad la castaña no sentía nada por él, ni siquiera misericordia? Volvió a gruñir, eso era totalmente injusto.
—¿InuYasha?
La voz de Kagome lo sacó de sus pensamientos, se volteó para verla de pie en la puerta de la cabaña, sus ojos marrones fijos en él. Tenía mucho mejor aspecto ahora que unas horas atrás, pero la decepción en sus ojos era evidente. Se acercó a ella, intentando tranquilizarse para no alarmarla o preocuparla más de lo que ya estaba.
—¿Te sientes mejor? Deberías seguir descansando un poco más —dijo, sosteniéndole la mirada —. Yo haré guardia…
—Estoy mejor, no te preocupes —intentó sonreírle, aunque fue más un gesto triste de resignación —. Necesitaba tomar aire.
Él asintió levemente y luego miró hacia la cabaña, Kagome adivinó sus pensamientos y soltó un suspiro, mirándolo con más preocupación todavía.
—Comenzó a hablar en sueños —reveló, también mirando la construcción con inquietud —. Quizá sea una buena señal y significa que ya no pierde el conocimiento, pero… —Hizo una pausa, mordiéndose el labio.
—¿Pero qué? —El hanyō la miró a ella ahora, frunciendo el ceño. —¿Qué dice?
—Llama a Sango —bajó la mirada, sus ojos nublándosele por las lágrimas —. No sé si son sueños o recuerdos, pero se ve angustiado.
InuYasha volvió a mirar en la dirección donde se encontraba su compañero, sopesando la situación. Miroku había estado con Sango varios minutos, y en la condición en la que se encontraba, ella perfectamente podía haber acabado con él en segundos. Eso quería decir que no lo había hecho, pese a la determinación que había demostrado cuando se enfrentó con él. ¿Acaso algo le había removido la consciencia, o sólo había buscado alargar el sufrimiento del monje? Quizá el ojiazul tuviese la explicación al comportamiento de la taijya, y el tiempo que tardó en atacarlo directamente sólo se debía a que estaba aclarando sus motivos, los que no quiso revelarle a él.
"Hágase a un lado y evítese más sufrimiento, o tendré que matarlo."
Él había escuchado claramente esas palabras, entonces Sango le estaba dando la opción de no enfrentarse a ella, ésa era una amenaza para evitar la pelea. ¿Por qué no iba a querer luchar, si su objetivo era acabar con todos ellos? El monje no significaba ningún peligro en el estado en el que estaba, por lo tanto no tenía sentido que la castaña no luchara con él, siendo la forma más rápida de deshacerse del obstáculo e ir por ellos. A menos que realmente no quisiera hacerlo.
—¿En qué piensas? —Preguntó Kagome, notando el semblante contraído de su compañero.
—Sólo… aún no logro entender por qué —dijo, aún más confundido —. Si no es una trampa de Naraku y ella está actuando por voluntad propia…
—No lo sé —la colegiala hizo una mueca, sintiendo el pecho apretado —. Quizá realmente nunca la conocimos…
—Es probable, pero… tuvo el tiempo suficiente de acabar con Miroku antes de que nosotros llegáramos —inquirió, volviendo a fruncir las cejas —. ¿Qué la detuvo? ¿De verdad no significamos nada para ella?
Kagome también contrajo el rostro, pensando en las preguntas de InuYasha, porque él tenía razón, eso no era lógico.
—Quizá… ¿crees que podría estar siendo manipulada de alguna manera? —Cuestionó, buscando los ojos dorados. —Tal vez inconscientemente, esa fue su forma de salvar a Miroku…
—Keh, sea como sea, no lo sabremos hasta que ella misma nos dé las respuestas —espetó, esa situación lo exasperaba —. Iría tras ella, pero no pienso dejarlos solos. Además, estoy seguro de que vendrá por nosotros. Sólo debemos estar atentos.
Kagome asintió, aunque las palabras del hanyō no lograban tranquilizarla del todo, por el momento no podían hacer nada, en especial si Miroku aún no estaba fuera de peligro. Entonces, sólo podían esperar y enfocarse en su recuperación, eso era lo más importante ahora.
Hola mis queridos lectorcitos, como lo prometido es deuda, aquí les traido la siguiente entrega de este doloroso, angustiante y desgarrador fic que está consumiendo toda mi cabeza, porque mi musa ya no lo puede soltar.
Ya llegamos al punto crítico en donde toda la mentira termina de desmoronarse, y aunque Miroku ya conoce los motivos de Sango, los demás siguen con la incertidumbre, y probablemente no lo sabrán a menos que Miroku se los diga. Eso, si logra superar eso y sobrevivir.
Como siempre, quiero agradecer con todo mi corazón a quienes se pasan a leer, y con especial cariño a quienes se dan un tiempo para dejarme un bello review (aunque algunas me exijan la terapia): EmySophy, Sayra Caratomate, DAIKRA y Rosa . Taisho, todas me ayudan a seguir escribiendo, chocolate para todas ustedes.
Nos estamos leyendo, y nuevamente nos vemos en 2 días con el siguiente cap.
Un abrazo, chocolate y un tecito para las angustias.
Yumi~ -AKA Doña Angustias-
