DISCLAIMER: Los personajes de InuYasha no me pertenecen, son propiedad intelectual de Rumiko Takahashi. La obra es mía, escrita sólo con el fin de entretener – a ustedes y a mí. Sin fines de lucro.
— Insidia —
— V —
Las frondosas copas de los árboles le servían como escondite, y sumado a los polvos aromáticos que había esparcido a su alrededor para no ser detectada, esperaba que fuesen suficiente para que nadie notara su presencia, más porque ahora estaba sola, pues Kirara se había negado a participar de ese nuevo intento, y ella la entendía por lo que no intentó forzarla, sólo le pidió que la llevara hasta la aldea, lo que cumplió antes de alejarse hacia el bosque. Por su parte, ella había estado observando la cabaña desde que llegó la noche anterior, por lo que conocía el estado actual de cada integrante del grupo. También había podido escuchar algunas conversaciones, enterándose a rasgos muy generales cómo Kagome había logrado purificar el veneno para evitar que sus antiguos compañeros murieran por sus efectos. Hizo una mueca, incluso si la colegiala era capaz de hacer eso, aún podía usar otros trucos que tenía, incluyendo toxinas con efectos más rápidos y bombas de humo somnífero para evitar peleas innecesarias.
Frunció el gesto, su plan había sido un rotundo fracaso, en especial porque no había logrado acabar con InuYasha, quien era su principal objetivo, y ahora sería casi imposible hacerlo. Por lo tanto, tenía que buscar otra forma de cumplir su propósito. ¿Bastaría con tomar la vida de Miroku y Kagome? Él estaba moribundo, sería muy sencillo terminar su sufrimiento; la azabache, por otro lado, nunca había significado una amenaza, por lo menos no para ella. Prestó atención cuando sintió movimiento en la entrada de la construcción, viendo a InuYasha y Kagome salir, ambos con el rostro preocupado.
—Iremos por más hierbas y agua, Shippō —informó Kagome, mirando hacia el interior —. No tardaremos.
—Sólo grita si pasa algo —le pidió InuYasha, mirando alrededor con desconfianza —. Y ten cuidado.
No escuchó las palabras del kitsune, pero supuso que les daba la razón. Los vio caminar con cautela, era evidente que el hanyō tenía todos sus sentidos en alerta, ya que movía las orejas sin parar y su mirada escrutaba los alrededores con mayor frecuencia de lo que acostumbraba. Sin embargo, no notó su presencia, alejándose por el camino hasta perderse de vista. Sango supo que esa era su oportunidad, por lo que bajó del árbol con sigilo, buscando una de las ventanas y dejando caer discretamente una de las bombas somníferas en el interior, la que haría efecto en sólo unos segundos. Observó con cautela por la misma ventana, corroborando que Shippō había caído víctima de su artimaña, y se escabulló en la cabaña por la misma ventana, encontrándose con la figura de Miroku recostado sobre una esterilla y cubierto por una manta hasta el pecho. Su piel seguía pálida y sudorosa, y los labios se veían resecos, evidentemente no se encontraba en buen estado. Se acercó hasta quedar a su lado, llevando su mano hasta la empuñadura de su wakizashi, recordándose la razón por la que no podía dudar ahora, porque esa era la única salida que tenía.
—Lo siento.
Fue un susurro apenas audible, más un pensamiento para ella misma. Desenvainó su arma y la levantó, decidida a acabar con eso de una vez, por lo menos tenía que ser capaz de concluir su cometido con él.
—S-Sango…
Se paralizó al escuchar la voz masculina pronunciar su nombre, él había entreabierto los ojos, mirándola fijamente pese a eso. Frunció los labios, presionando aún más fuerte el agarre en la empuñadura de su arma y sin ser capaz de separar su mirada de la azul.
—S-Sango, yo… —Musitó, la voz saliendo en un susurro arrastrado por el esfuerzo. —Está bien. L-Lo… entiendo.
—Deje de decir que lo entiende —le replicó, también en voz baja y con enfado —. No crea que me conmoverá así.
—Sólo… es la verdad. N-No te guardo rencor, Sango.
—¡Ya basta! —Esta vez, levantó más la voz, un par de lágrimas se escaparon de sus ojos mientras volvía a hablar. —¡Defiéndase, atáqueme, aunque sea ódieme por esto, pero no diga que lo entiende!
Sintió que su voluntad flaqueó por un instante, por lo que apartó la vista del rostro masculino y bajó el wakizashi con fuerza hacia Miroku, pero no logró su objetivo. Sintió las garras cerrarse en su cuello y alzarla con facilidad, presionando lo suficiente como para que le costara respirar y no pudiese hablar, no tanto como para terminar asfixiándola. Ella soltó su arma y se llevó las manos hacia el agarre de InuYasha, forcejeando para que la soltara, el corazón acelerado por el miedo latente.
—Inu-Yasha… por favor…
Miroku intentó incorporarse para detenerlo, pero no lo logró, encogiéndose en su lugar por el dolor que lo atravesó al moverse tan bruscamente. El ambarino lo miró de reojo, su semblante no se había suavizado ni un ápice, pero sus ojos mostraban preocupación.
—No te metas, Miroku —le indicó, luego miró a Kagome, que había llegado con él pero se había apresurado en comprobar el estado del pequeño zorrito —. ¿Shippō está bien?
—S-Sí… sólo duerme…
—Bien —InuYasha volvió a mirar a Sango, que aún intentaba soltarse, esforzándose para respirar —. Ahora, tú… Por un momento, creí que no eras tú, pero me equivoqué. ¿Qué es lo que pretendes?
—InuYasha, la estás asfixiando… —Kagome mostró preocupación, a pesar de todo, ella no quería que su amiga muriera.
—Está fingiendo —espetó, mirando con recelo a Sango, porque él sabía cuánta fuerza estaba ejerciendo con sus garras —. Quiere que bajemos la guardia para atacar, ¿no? ¿Cuál es tu plan ahora? ¿Pretendes acabar con nuestras vidas aún después de todo lo que hemos vivido? ¿Incluso con Miroku, que prefiere sacrificarse por ti, que hacerte daño? ¡Responde! ¿Por qué?
Finalmente la soltó, dejándola caer al suelo, acorralándola contra una de las paredes y sin dejar de mirarla con furia y decepción, esperando que ella respondiera alguna de sus preguntas, por lo menos quería saber cuáles eran las razones que tenía para traicionarlos de esa forma. La castaña se quedó arrodillada unos instantes, paralizada momentáneamente por el terror, respirando de forma agitada y el corazón latiéndole frenéticamente contra las costillas. Intentó pensar en un plan, pero lo único que le repetía su mente era que debía escapar y no volver a acercarse a ellos, porque la furia que sentía InuYasha no iba a desaparecer nunca. Pero ¿cómo lo lograba? Aunque consiguiera salir de la cabaña, él iría tras ella y la volvería a atrapar fácilmente, sabía que no era rival para el hanyō, menos si estaba así de molesto.
—¿No vas a decir nada? —Gruñó InuYasha, perdiendo la paciencia.
—Ya te dije que no lo entenderías —habló finalmente, levantando el rostro para mirarlo de frente —. Además, ¿mis razones cambiarán en algo lo que hice? No voy a pedir misericordia.
InuYasha bufó, respirando pesado y apretando con fuerza los puños, ¿acaso Sango quería que la matara? ¿No iba a detenerse hasta que alguien muriera? Frunció todo el gesto, observándola con ira, odiaba que lo estuviese orillando a esa salida.
Terminó dando un fuerte puñetazo hacia ella, causando que Kagome ahogara un grito, ocultando su rostro tras sus manos y Miroku nuevamente intentara levantarse, llamándolo con súplica. El golpe dio de lleno en la pared contra la que había acorralado a Sango, justo a un lado de su cabeza, ella sintió el roce del puño en su rostro, con lo que abrió los ojos de par en par, perpleja.
—Lárgate y no regreses —le ordenó, mirándola directo a los ojos —. Si vuelvo a verte, no voy a contenerme.
El hanyō le dio la espalda, permitiéndole marcharse pese a que seguía molesto, porque no había tenido ninguna explicación a las acciones de la castaña más que una fría traición. La taijiya no tuvo que pensarlo mucho, rápidamente abandonó la cabaña antes de que InuYasha se arrepintiera y decidiera que lo más seguro era acabar con ella. Se alejó lo más veloz que pudo, atravesando el bosque con el corazón palpitándole con fuerza, hasta que recorrió una distancia que consideró suficiente, y se detuvo para recuperar el aliento, dejándose caer de rodillas en medio de un claro, las lágrimas escapando de sus ojos con frustración y desamparo. No sólo había perdido todas las oportunidades que había tenido de cumplir con su plan, sino que ahora el grupo que podría haberla apoyado para recuperar a su hermano, no volvería a confiar en ella. Se había quedado sola.
Escuchó el leve quejido de su amigo mientras volvían a atender su herida, la que se había abierto por el repentino movimiento hecho al intentar detenerlo de atacar a la taijiya; y soltó un bufido, irritado. Se encontraba sentado de brazos y piernas cruzados en un rincón, observando con atención al ojiazul, esperando a que Kaede terminara su labor y se fuera, para poder regañarlo sin miramientos. Kagome le había pedido que no fuera muy duro con él y que lo comprendiera, aunque no estaba seguro de poder hacerle caso, ya que no lograba entender las acciones del monje.
—Terminé —anunció la anciana, poniéndose de pie —. Reforcé los vendajes también, pero no debería moverse demasiado, hōshi-sama —le indicó con severidad —. La herida no ha comenzado a sanar, así que evite arriesgarse nuevamente. Ya es bastante afortunado de estar vivo y haber recuperado la consciencia, no debería desafiar al destino…
—De acuerdo, muchas gracias, Kaede-sama.
Miroku hizo una leve reverencia, tras lo cual la mayor salió de la cabaña, dejando al grupo solo nuevamente. El ambarino no pudo esperar más, observando fijamente al monje antes de iniciar la conversación.
—Eres un idiota —le espetó, molesto.
—InuYasha, no deberías regañarlo…
—Lo siento, pero no voy a quedarme callado —aclaró, sin dejar de mirar a su amigo —. No te importaba si ella acababa contigo, ¿verdad? —Le sostuvo la mirada, pero el ojiazul no fue capaz de responderle. — ¿Sabes las razones, por lo menos?
El aludido bajó la mirada, recordando las palabras de la castaña y la determinación en su mirada. Esbozó una triste sonrisa, llamando la atención de la pareja antes de responder.
—Kohaku —reveló simplemente, confundiéndolos.
—¿Kohaku? —Kagome frunció el ceño, con duda. —Entonces, ¿Naraku la obligó…?
—No lo sé, sólo dijo que era la única forma… —Miroku volvió a bajar la mirada, se sentía vacío. —Supongo que nunca pudimos reconfortarla realmente por la pérdida de sus seres queridos, y su hermano siempre fue su prioridad.
—Puede ser, pero no estoy seguro de que sea una trampa de Naraku —InuYasha dudó, tenía el presentimiento de que las cosas eran diferentes a cómo las imaginaban —. Es su estilo, pero Sango insistió en que no era obra de él.
—Entonces, ¿por qué lo haría? ¿Qué ganaba traicionándonos? —La azabache mostró mayor desconcierto que antes.
—Creo que nunca lo sabremos. Ahora, sólo podemos seguir adelante, siendo mucho más precavidos.
Los demás asintieron, tras lo cual InuYasha abandonó el lugar, porque no soportaba ver a su amigo en tan mal estado por haber tratado de defender a quien lo había herido de muerte sin ninguna consideración. En el interior, Kagome se mantuvo en silencio, observando a Shippō dormir, porque al parecer el efecto del somnífero usado por Sango iba a durar un par de horas más, y perdida en sus pensamientos, aún preguntándose en qué momento había ocurrido todo eso. Sentía una desesperanza desgarradora, porque aún no podía creer que Sango, la amiga a la que le había confiado miedos, inseguridades y hasta sus sentimientos más profundos, los hubiese traicionado sin ningún miramiento. No quería mirar a Miroku, porque eso era aún más doloroso, en especial porque había entendido todo cuando él salió tras ella aquella noche, la mirada de súplica le había dicho mucho más: prefería morir que vivir con esa traición.
—¿Cree que InuYasha realmente sea capaz de… matarla? —La pregunta la sacó de sus divagaciones, levantó la mirada y por fin la dirigió a él, con duda. —Es decir… es probable que la encontremos de nuevo, si ella busca a Kohaku y nosotros seguimos tras Naraku…
Kagome volvió a bajar la mirada, Miroku tenía razón. No lo había querido analizar la situación aún, pero si seguían su camino era casi seguro que volverían a verla, y no podía pensar en estos momentos en la reacción de InuYasha, porque hasta ella tuvo miedo cuando se había enfrentado a la castaña aquella tarde.
—N-No lo sé —admitió, apretando los puños sobre su regazo.
—Espero que no… —Murmuró, la azabache volvió a mirarlo y notó la expresión compungida, la mirada perdida. —Sinceramente, espero que logre salvar a Kohaku y pueda ser feliz…
A Kagome se le apretó el pecho al escucharlo, su amigo no sólo no le guardaba rencor a la taijiya, sino que deseaba su felicidad, incluso después de todo lo que les había hecho, en especial a él, porque era consciente de que las heridas físicas sanarían, pero las emocionales lo acompañarían el resto de su vida. Y ella no se sentía diferente, porque acababa de perder a su mejor amiga, a quien consideraba su familia.
—Bueno, si la volvemos a encontrar, creo que InuYasha no le haría daño a menos que ella le diera motivos —dijo, esbozando una sonrisa triste —. Así que, espero lo mismo.
Miroku asintió con un gesto, y tras unos segundos de silencio, anunció que intentaría dormir. La colegiala lo ayudó a recostarse y luego decidió salir para dejarlo descansando junto a Shippō, porque presentía que en esos momentos, él no necesitaba la compañía de nadie.
Afuera, InuYasha estaba sentado junto a la entrada, apoyado en la pared y mirando hacia el bosque, el gesto reflexivo le llamó la atención a Kagome, pocas veces lo había visto así. Se sentó a su lado, sin decir nada, estaba segura de que él no quería hablar, y ella tampoco sabía qué decir.
—Fue mi culpa, Kagome —dijo tras unos minutos, sin mirarla —. Debí ver las señales. Incluso cuando robó a Tessaiga… pero bajé la guardia.
Ella apoyó su cabeza en el hombro del hanyō, tomó su mano para presionarla con cariño e hizo una mueca de decepción, sabía que él se culparía por lo ocurrido, pero esa no era su responsabilidad.
—No te culpes, ninguno fue capaz de darse cuenta —intentó consolarlo, sintiendo el pecho nuevamente apretado por la angustia —. Nos engañó a todos, y confiamos en ella…
—Es diferente. Yo… yo debería protegerte, y no lo hice. No pude proteger a ninguno, y casi no lo logramos —InuYasha ahora mostró la impotencia que sentía con la situación —. Y aunque pueda seguir siendo una amenaza, porque conoce muchos de nuestros secretos, yo… no sé. No sé qué pensar ahora.
—InuYasha… no deberías pensar en eso ahora, intenta descansar. Aún debemos esperar a que Miroku se recupere antes de seguir nuestro viaje, y…
—No, Kagome —la interrumpió, mirándola a los ojos ahora —. No volveré a confiarme, por eso… necesito considerar qué hará Sango ahora. Podría incluso ir con Naraku y contarle todo, y no podemos esperar a que Miroku se recupere para averiguarlo…
La azabache pasó saliva, esa posibilidad ni siquiera había cruzado por su cabeza, nunca hubiese creído que Sango pudiese acudir a Naraku, pero si lo analizaba de una manera fría, no era una idea tan descabellada, más si pensaba que él era el único que podía cumplir el deseo de la castaña. Presionó con más fuerza el agarre en la mano de su compañero, porque en estos momentos no sabía qué pensar.
Por su parte, a pesar de que la taijiya era una amenaza y que lo más sensato era acabar con ella cuando tuviese la oportunidad, InuYasha sabía que no sería capaz de hacerlo. No sólo porque, aunque fuese ínfima, aún tenía esperanza en que todo eso fuese un truco; también porque eso terminaría de romper al monje, y era consciente de que él no podría soportarlo. Sin embargo, si volvían a encontrarse en peligro de esa forma, él haría hasta lo último con tal de mantener a sus amigos a salvo.
—Voy a protegerlos, Kagome.
Ella dibujo una triste sonrisa, deseando con todo su corazón que no volviesen a ver a la castaña, para así no tener que tomar esa difícil decisión, un pensamiento que, aunque no lo admitiera, el hanyō compartía con ella.
Inhaló profundo, apoyándose en el tronco de un árbol y cerrando los ojos, intentando reordenar sus pensamientos porque en esos momentos eran un caos. Nunca había sido consciente de la extensión del bosque que estaba en las afueras de la aldea de la anciana Kaede, pero ahora que lo estaba recorriendo a pie, se daba cuenta de lo interminable que era. Se limpió el sudor de la frente y soltó un pesado suspiro, decidiendo sentarse en una de las ramas del mismo árbol para descansar mientras evaluaba sus opciones.
Acabar con el grupo de InuYasha ya no era una de ellas, porque si se atrevía a acercarse nuevamente, estaba segura de que él acabaría sin miramientos con ella. No tenía dudas, porque la traición que había cometido era imperdonable, en especial porque estuvo a punto de asesinar al monje no una, sino dos veces, y ella sabía que el hanyō no perdonaba a quienes le hacían daño a sus cercanos. Apretó los dientes, la rabia volviendo a crecer en su estómago al recordar que, si no hubiese sido por la interrupción de Miroku antes de que ella concretara su acción de enterrarle el wakizashi, hubiese logrado su cometido, porque no habría elevado la voz y alertado a InuYasha de su presencia. Estaba segura de eso, no podía encontrar otra razón por la que el hanyō estuviese de vuelta en la cabaña tan pronto, ella no había tardado tanto en ingresar. Presionó con fuerza sus puños, molesta también con el monje por su insistencia en dejarle claro que la entendía y que no le guardaba rencor, como si eso le importara. ¿Quería hacerla sentir culpable, removerle la consciencia, o sólo buscaba alterarla para alertar a sus amigos? Él no podía gritar y su único guardián había caído producto de su eficaz somnífero. El monje era listo, por mucho el más inteligente del grupo, y ella era consciente de lo analítico que era, en especial en situaciones críticas, por lo que no podía descartar esa opción. Sin embargo, el problema no era ése, sino su reacción. ¿Por qué las palabras del ojiazul le habían causado tanta frustración e ira? Observó el nenju que aún llevaba en su muñeca, ¿por qué seguía usándolo? Se lo sacó de un movimiento, aunque siguió mirándolo, varios recuerdos llegando a su mente asociados a ese simple amuleto. Frunció el gesto, eso no debería generarle ningún sentimiento, se suponía que no había formado lazos con ninguno de ellos.
Guardó la pulsera entre sus cosas, incapaz de deshacerse de ella, y negó con un movimiento de su cabeza, sintiéndose agobiada. Intentó calmarse, debía ser consciente de que haber convivido tanto tiempo con ellos, compartiendo no sólo el viaje, sino que atravesando situaciones difíciles en las que incluso pudieron morir más de una vez, y también los sentimientos que se habían confiado; todo eso iba a dejar una marca en ella, aunque se recordara que la idea era no formar lazos, porque quería evitar involucrarse emocionalmente con ellos. Tampoco buscaba formar parte de una pelea que iba más allá de sus intereses, porque la enemistad entre InuYasha y Naraku no era directamente su problema. Sí tenía asuntos que resolver con el segundo, pero podía hacerlo incluso sin necesidad de luchar.
Cerró los ojos recargándose contra el tronco, ahora no sabía qué hacer, no tenía nada. ¿Si volvía con el grupo e intentaba apelar a los sentimientos de Miroku y la bondad de Kagome? Hizo una mueca, aunque ellos pudiesen volver a confiar, InuYasha no lo haría, y si lo intentaba, podía fácilmente terminar muerta. Tendría que comenzar a viajar sola, buscando pistas sobre Naraku para, eventualmente, intentar recuperar a su hermano, y mientras tanto, encontrar una forma de lograrlo que le diera mayores probabilidades de sobrevivir. Conocía a Naraku, sabía lo traicionero que era y que sobrepasaba el límite de la maldad que ella podía concebir, porque más que acabar con sus enemigos, le gustaba jugar con sus sentimientos; una especie de tortura que ella había visto de primera mano. No era un consuelo ni una justificación, sin embargo hubiese sido menos tormentoso para el grupo si ella hubiese logrado su objetivo. Pero no lo había conseguido, y ahora tendría que olvidarse de ellos y velar sólo por sí misma.
Se enderezó un poco, lo primero que tenía que hacer era encontrar a Kirara, ya luego podría seguir con su viaje e idear una forma de salvar a Kohaku.
—Hola, Sango.
Levantó la vista con sobresalto, reconociendo de inmediato esa fría voz. Lo observó con desconfianza, el corazón acelerado y todos sus sentidos en alerta, anteponiéndose a cualquier acción que atentara contra su vida.
—Naraku —murmuró, sin dejar de verlo fijamente —. No sé qué buscas, pero estoy segura de que no puedo ayudarte.
—Me parece interesante que pienses eso —sonrió con malicia, sosteniéndole la mirada —, porque supe de tu traición y creo que ahora me necesitas.
Ella tensó la mandíbula, podría haber traicionado a sus amigos, pero eso no significaba que iba a unir fuerzas con alguien tan malvado como él.
—Lo único que necesito de ti, es que liberes a Kohaku —inquirió con firmeza.
—Podría hacerlo, pero ¿qué recibiría a cambio? —Soltó una risita, causándole escalofríos a la castaña. —Respóndeme, Sango, ¿por qué traicionaste a tus amigos?
Ella pasó saliva, no pensó que tendría que dar explicaciones después de su fracaso, porque realmente nunca imaginó encontrarse con él en esas circunstancias. Guardó silencio, incapaz de verbalizar sus intenciones, porque ahora se sentía tan infame como su interlocutor. Él volvió a reír, parecía disfrutar la confusión que se dibujaba en su rostro.
—Bien, creo que tengo una idea… ibas a intercambiar sus vidas por la de tu hermano, ¿no? Debo admitir que me parece brillante, incluso jugaste con sus emociones…
—Yo no-
—¿Ah, no? ¿Y qué hay del monje? ¿No fingiste que lo amabas? —Nuevamente rio con frialdad. —¿La amistad con Kagome, InuYasha…? Bastante astuto, ganarse su confianza de esa forma. Yo no lo habría hecho mejor.
Sango comenzó a sentirse hipócrita, ingenuamente había pensado que sus actos no eran tan viles como los del captor de su hermano porque no los hacía por gusto, sino por necesidad; pero escuchando cómo él se regocijaba con lo ocurrido, las cosas se sentían diferentes.
—Cállate, no sabes de lo que estás hablando.
—No te engañes, Sango. Actuaste deliberadamente para asesinar a quienes confiaban en ti, y puedes usar la justificación que desees, eso no borra el hecho de que ni siquiera tuviste misericordia. No te arrepientes de lo que hiciste, sino de fallar.
—¿Y eso qué tiene que ver contigo? —Le espetó, harta de su discurso.
—Quiero ofrecerte un trato, la oportunidad de cumplir tu objetivo y recuperar a tu hermano.
La sonrisa maliciosa no hizo nada por darle confianza, por el contrario: sólo la llenó de dudas y temor. Sin embargo, se había quedado sin opciones y, en ese punto, ya no sabía qué hacer.
—Te escucho.
Y así, amigos, concluyó la historia.
Nah, mentira xd pero bueno, aquí estamos de nuevo, ahora llegando a un nuevo punto, con algunas respuestas y nuevas intrigas. ¿Seguirán guardando esperanzas los chicos sobre Sango? ¿Podrían volver a confiar? ¿Y va a confiar en Naraku ella? A estas alturas, ya debería saber cómo son las cosas, peeeero... digamos que se dejó llevar mucho por un impulso de idiotez o ataque de demencia.
¿Agradecimientos? Pues, claro, con mucho amor para quienes leen, y en especial a quienes dejan reviews tan hermosos uwu: EmySophy (te perdono que no saludes, entiendo el sentimiento xd), DAIKRA (ussted sí saluda, no pierde los modales xd), Rosa . Taisho (sentí a Inu respirándole en la nuca a Sango xd), y darles la bienvenida a Lis-sama, Eramaan Viimeinen y Shikon Oz. Sus palabras y apoyo son demasiado valiosos para mí, chocolates para todos (L). Menos para Caratomate, que me coaccionó a actualizar hoy, a costa de un chocolate envenenado que casi como, gracias a DAIKRA que me avisó.
En fin, nos vemos en el siguiente.
Un abrazo y mucho dulce ~
Yumi~
