DISCLAIMER:Los personajes de InuYasha no me pertenecen, son propiedad intelectual de Rumiko Takahashi. La obra es mía, escrita sólo con el fin de entretener – a ustedes y a mí. Sin fines de lucro.


Insidia —

VIII —


El ambiente dentro de la cabaña estaba tenso, tanto que se podría haber cortado con un cuchillo sin dificultad. Sango se mantenía en un rincón, alejada de los demás mientras el grupo intentaba hacer sus actividades como de costumbre, sólo que no podían evitar mirarla cada cierto tiempo, como si en cualquier momento pudiera desaparecer. Había resultado con un par de lesiones producto de la lucha con su hermano, por lo que Kagome había insistido en atenderla después de que decidieran que no la dejarían ir, tras lo cual no había vuelto a interactuar con nadie más. Soltó un suspiro, no podía imaginar lo que estaba planeando el hanyō, pero mientras se empecinara en mantenerla en esas condiciones, ella no podía hacer otra cosa que obedecerle. Se apoyó contra la pared, se sentía agotada en todos los sentidos que pudiese imaginar.

Abrió los ojos cuando sintió que alguien se le acercaba, observando con sorpresa a Shippō caminar hacia ella, con evidente temor después de todo lo que le había hecho, pero juntando todo el coraje que tenía para hablarle, aunque fuese de forma temblorosa.

—¿D-Dónde… dónde está Kirara? —Preguntó, sosteniéndole la mirada con valentía, aunque las lágrimas se arremolinaban en sus ojos. —¿L-Le hiciste daño? ¿O ella también…? ¿Ella también es mala?

A Sango se le apretó el pecho al escuchar las palabras y ver el miedo y la decepción en la mirada del kitsune, porque entendía lo doloroso que era para él pensar que la felina que había sido su compañera por mucho tiempo, su amiga inseparable, los hubiese traicionado de esa forma. Negó con un gesto, aunque estaba segura de que sus palabras no serían suficientes para el menor, le diría la verdad.

—Kirara está bien, le pedí que me esperara en la cueva donde nos estábamos refugiando este tiempo —dijo, esbozando una sonrisa triste —. Y no, Shippō, ella no es… mala. No estaba de acuerdo conmigo, nunca quiso hacerles daño.

—¿De verdad…? ¿Entonces, Kirara no es mala…?

—No, Shippō —Kagome se acercó a él para tomarlo en brazos y sonreírle con cariño —. Limpió el veneno de tu rostro aquella noche, tratando de ayudarte.

—Es cierto —el pequeño asintió, sonriendo también —. Espero que se encuentre bien.

Ellos se alejaron nuevamente, así que la castaña volvió a cerrar los ojos para apoyarse en la pared, haciendo una mueca. Le había ordenado a Kirara quedarse atrás, porque la felina no se sentía a gusto con el trato que ella había hecho con Naraku, pero habían acordado que, si no regresaba en un par de días, debía buscarla. Por lo tanto, era probable que pronto volviesen a verla. Se quedó así uno minutos, hasta que Kagome se dirigió nuevamente hacia ella, entregándole un pocillo con comida casi tímidamente, gesto que ella agradeció con una sonrisa cordial antes de comenzar a comer.

La cena transcurrió en silencio, y después de terminarse su plato, Miroku se puso de pie, comentando que saldría a caminar un momento. Sango lo siguió con la mirada mientras se dirigía a la salida y abandonaba el lugar, sintiendo un nudo en la garganta al notar la expresión decaída y distante, como si sus pensamientos no estuviesen en el presente. Sin embargo, sabía que no podía esperar otra cosa, los sentimientos del monje hacia ella eran sinceros y su traición era un hecho que iba a afectarlo profundamente. Y, ante eso, tenerla ahí en esas circunstancias tampoco iba a darle tranquilidad. Apretó con fuerza los puños, sintiéndose impotente porque nunca pensó que realmente se sentiría así de aborrecible como en esos momentos.

Al poco rato, Kagome y Shippō también se marcharon, indicándole al ambarino que irían con Kaede por algunas hierbas medicinales. Él asintió con un gesto, tras lo cual los únicos que quedaron en la habitación fueron ellos dos. Sango no deseaba escuchar más sermones, regaños ni amenazas por parte del hanyō, a pesar de que era consciente de que eran justificados, sentía que la situación en la que estaban ahora no iba a mejorar con palabras, y aunque así fuera, él no iba a creer en nada que saliera de su boca. Por lo mismo, se mantuvo en su lugar en silencio y con los ojos cerrados, fingiendo descansar aunque sabía que los sentidos de su acompañante la delatarían.

—Puede que los demás aún tengan sus dudas —rompió el silencio InuYasha, causando que ella lo mirara fijamente —, pero yo no confío nada en ti.

Sango hizo una mueca, era sumamente irritante que se lo recordara, como si la constante mirada recriminadora y la actitud defensiva que mostraba con ella no fuesen suficientes para dejárselo claro.

—Lo sé, pero gracias por recordármelo —fue sarcástica, ya se sentía bastante juzgada con el comportamiento de todos hacia ella, y no entendía cuál era el propósito de InuYasha al reiterar lo que ya había dejado claro desde un principio.

—Espero que no lo olvides —insistió, sosteniéndole la mirada con aprensión —. Y ni siquiera pienses en acercarte a los muchachos o ganarte su compasión. Ya han sufrido bastante por ti.

La furia al pronunciar esas palabras fue evidente, por lo que ella fue incapaz de seguir mirándolo a los ojos y agachó la mirada, consciente de que no sólo lo decía por el resto del grupo. InuYasha y ella se habían entendido en aspectos que los demás no podían compartir, porque a diferencia de ellos, ambos eran guerreros de personalidad fuerte. Por lo tanto, aunque no quisiera admitirlo abiertamente, su traición también le había dolido profundamente, porque ella era más que una simple aliada. Sintió una ola de angustia crecer en su pecho, entendía lo difícil que era para el ambarino admitirlo, pero aún así era capaz de sentir la decepción en su voz, aunque intentara ocultarla tras el tono amenazante. Pese a todo lo que había hecho y a que intentaba seguir recordándose las razones por las que había tomado esa decisión, en esos momentos no podía dejar de sentir que todas sus acciones habían sido un error, porque en el fondo, ella también había encontrado consuelo y comprensión en las personas a las que había engañado. Presionó más fuerte sus puños, se sentía confundida y totalmente desamparada.

—Lo lamento, InuYasha —habló finalmente, levantando la vista para volver a mirarlo a los ojos —. Incluso si no me crees… lo siento. Sé que no confías en mí, pero de todas formas quiero advertirte. Naraku les teme a los poderes de Kagome, supongo que representan una amenaza para él. Estoy segura de que intentará acabar con ella de nuevo…

InuYasha la observó unos segundos antes de responder a su revelación, porque sabía que su enemigo era vulnerable a los poderes espirituales de la azabache, y tenía sentido que fuese tras ella por eso. Sin embargo, no era algo que fuese un secreto, no podía considerar esa información como una muestra real de honestidad.

—Keh, ¿y me dirás qué truco usará, o eso lo mantendrás en secreto?

—Yo… no lo sé —admitió, volviendo a bajar la mirada —. Puede que envíe nuevamente a Kohaku, quizá intentando que lo ayude para liberarlo…

—Claro, como sea —espetó, haciendo una mueca —. Sólo quiero que recuerdes que, si alguno de los dos llega a hacerle daño a Kagome, los mataré.

Sango asintió, un escalofrío recorriéndola al sentir la fría amenaza, el hanyō estaba siendo sincero con sus palabras, porque proteger la vida de la azabache era su prioridad y no iba a permitir que nadie la pusiera en peligro. Y no sólo a ella, la taijiya era consciente de que si llegaba a lastimar de cualquier forma a sus compañeros, él no tendría ningún tipo de consideración. Así que, por mucho que lo lamentara, tenía que aceptar que ése era el camino que había elegido cuando decidió traicionarlos. Ya no había vuelta atrás.


Las tinieblas que envolvían el palacio impedían el paso de los rayos del sol, por lo que parecía de noche incluso si era pleno día fuera de sus terrenos. La oscuridad no era algo que se limitara al exterior, pues se extendía también por los pasillos y habitaciones de la construcción, junto con la pesadumbre de los suplicios y el tormento que eran parte inseparable del aire que se respiraba en su interior.

Naraku sonreía perversamente mientras sus saimyōshō revoloteaban frente suyo, dándole información que sólo él podía comprender. Amplió su gesto, parecía divertido con lo que acababa de descubrir.

—Así que eso fue lo que pasó… —El brillo malicioso en su mirada acompañó su gesto suspicaz. —No lo hubiese imaginado, pero ahora todo tiene mucho más sentido.

Se puso de pie y comenzó a caminar hasta uno de los extremos de la habitación, sopesando la situación mientras pensaba qué pasos daría a continuación. Incluso si Sango lo traicionaba -porque estaba seguro de que lo haría, ya que ella ahora sabía que no liberaría a Kohaku tan fácilmente-, sus planes seguirían adelante sin ningún tipo de cambio. Que la taijiya estuviese nuevamente con sus antiguos compañeros le daba una ventaja aún cuando ella les revelara sus planes, porque no había compartido lo suficiente como para que realmente fuese peligroso que ella hablara. Además, el recurso de usar a su hermano como marioneta para ponerla en jaque siempre estaba disponible, y el grupo de InuYasha era demasiado compasivo como para acabar con el menor para salvarse, aunque eso significara que los taijiyas pelearan a muerte. Soltó una carcajada, esa situación estaba poniéndose cada vez más interesante.

—Necesito una distracción —anunció, mirando hacia el exterior con perversidad —. Kagura.

La yōkai se hizo presente fuera de la habitación, observándolo con desdén mientras golpeaba su abanico contra su brazo, demostrando algo de fastidio.

—¿Qué se te ofrece, Naraku? —Preguntó, los ojos rojos fijos en su creador, sin hacer el mínimo esfuerzo por ocultar la expresión displicente.

—Tengo una tarea para ti —indicó, sus labios curvándose con malicia —. Es algo sencillo, por lo que espero que no falles, por el bien de tu corazón. Y lleva al niño, te será de utilidad.

—Como ordenes —masculló ella, frunciendo el gesto con impotencia —. ¿Y qué es lo que tengo que hacer?

Naraku le detalló sus instrucciones, haciendo énfasis en la importancia de no fallar, porque de eso dependía que la siguiente parte de su plan se concretara. La manipuladora del viento se marchó de inmediato, llevándose con ella al taijiya y dejando solo a su creador, quien volvió a sentarse en su lugar en medio de la habitación, para seguir analizando lo que ocurría.

Cuando había atacado y acabado con el clan de los taijiya, sólo buscaba robar el fragmento que ellos tenían y destruir todo lo relacionado con la historia de la perla; sin embargo, la castaña había sobrevivido pese a las graves heridas, demostrando una voluntad que inmediatamente supo que podría utilizar para su beneficio. Pese a todo lo que había manipulado la situación, Sango nunca confió realmente en él y terminó uniéndose al equipo de su enemigo; no obstante, eso le dio otras opciones y descubrió lo sencillo que era extorsionarla con su hermano, porque él siempre iba a ser su prioridad.

Una sonrisa cruel cruzó ahora sus labios, cuando se había enterado de la traición de la castaña hacia sus compañeros, supo de inmediato que algo no estaba bien, y no sólo por los pensamientos que rayaban en la psicopatía de Sango. Sin embargo, independiente de la razón que había tras los actos de la taijiya, le había dado la oportunidad perfecta para jugar con ella y el resto del equipo, generando una herida que, incluso si la situación llegaba a solucionarse de manera favorable para ellos, iba a dejar cicatrices profundas que serían difíciles de ignorar. Y, en esos momentos, él tenía más información en su poder, lo que le daba muchas más jugadas para martirizarlos, porque eso era mucho más placentero que simplemente matarlos.

Soltó una risita malévola, casi inhumana, mientras saboreaba de antemano la satisfacción que sentiría cuando todo tomara su lugar y el grupo de InuYasha comenzara a recorrer el trágico pero delicioso sendero de su desgracia.


La noche nuevamente caía sobre ellos, por lo que tendrían que levantar su pequeño campamento en el claro al que acababan de llegar. Desde su reencuentro, había pasado una semana y hacía tres días que finalmente la anciana Kaede le había dado el visto bueno a la condición de Miroku para que retomaran el viaje. Pese a que InuYasha había propuesto con insistencia que le ataran las manos a Sango para prevenir que pudiese atacarlos ante cualquier descuido -él mejor que nadie sabía que incluso desarmada, la taijiya podía ser peligrosa-, Kagome se había negado rotundamente, recordándole al hanyō que, a pesar de las circunstancias, se trataba de una persona y no de un animal. Miroku había preferido mantenerse al margen y Shippō no participó de la discusión, por lo que finalmente habían decidido no atarla, aunque el ambarino fue tajante en cuanto a las condiciones del viaje: él iría siempre tras ella, vigilando cada paso que daba y a una distancia prudente de los demás. Si bien eso enlentecía su avance, era la forma más segura que encontraron para que Sango siguiera con ellos, a pesar de que en esos momentos ninguno tenía real claridad sobre qué harían después.

Mientras acomodaban todo, un rugido cortó el aire al tiempo que Kirara descendía hasta ellos, mostrando los colmillos y aterrizando frente a Sango, ante la mirada sorprendida del resto del grupo. Volvió a gruñir, seguramente percibiendo las emociones de su compañera de toda la vida, quien no podía evitar sentirse sobrepasada por la situación, y con un temor latente por la persistente amenaza de InuYasha.

—Kirara, está bien —le dijo Sango, aunque no se atrevió a moverse al sentir la mirada de InuYasha fija en ella —. Estoy bien.

La felina volvió a gruñir, porque sus sentidos le decían todo lo contrario, a pesar de que físicamente su humana no parecía herida.

—Ya la escuchaste, no buscamos una pelea —le espetó InuYasha, aunque había llevado su mano hacia la empuñadura de su espada, alertando más a la nekomata, que esta vez soltó un gruñido casi feroz, mostrando todos sus colmillos y poniéndose en una posición defensiva.

—Por favor, Kirara, cálmate —anticipándose a un enfrentamiento que no terminaría nada bien para su compañera, la castaña se atrevió a dar un paso hacia adelante y acariciarle el lomo, intentando tranquilizarla —. No es necesario que me defiendas, estoy bien.

La felina volvió a gruñir por lo bajo, pero dejó su pose defensiva para echarse en el piso, aún delante de Sango y mirando a InuYasha con cara de pocos amigos, gesto que era devuelto de la misma forma. La yaijiya soltó un suspiro, sintiéndose algo contrariada porque si bien extrañaba a su compañera y estaba preocupada porque se había tardado más de lo que ella esperaba en encontrarla; también sabía que su presencia ahí podía complicar las cosas, en especial porque primarían sus instintos de protección hacia ella y eso podía terminar muy mal. Le hizo un gesto a InuYasha, levantando las manos para indicarle que no intentaría nada malo, y caminó hasta quedar junto a la cabeza de Kirara, para hacerle cariño entre las orejas y rascarle la nuca, intentando bajar la ansiedad que podía sentirse en su actitud.

Tras unos minutos, Kirara bajó la cabeza para apoyarla sobre sus patas delanteras, comenzando a ronronear y demostrando así que ya no se encontraba en modo ataque, con lo que Sango respiró un poco más tranquila. Se mantuvo junto a la felina, observando casi distraídamente lo que hacían los demás, sin poner mayor atención porque ahora estaba perdida en sus pensamientos. Durante sus días en la cabaña, sólo InuYasha se mantenía vigilándola sin descanso, al punto de no dormir para evitar que ella pudiera hacer algo mientras los demás descansaban. Ninguno de los dos había descansado bien, porque ella tampoco podía conciliar el sueño de manera apropiada, cada vez que lo hacía era invadida por las mismas pesadillas que la perseguían desde el día en que había cruzado la línea y traicionado al grupo.

Hizo una mueca, sintiendo cómo Kirara frotaba suavemente su cabeza contra ella, y sin poder dejar de pensar en todo lo que estaba pasando. Cuando finalmente tuvieron que emprender el viaje, había sido inevitable que conviviera con los demás, aunque más que eso era una coexistencia. No le extrañaba que la ignoraran todo lo que pudieran, aunque había notado cómo Kagome a veces se acercaba a InuYasha para hablarle en voz baja, ella sabía que le pedía que no fuese tan duro con ella, él mismo le había dicho que tenía suerte de que la azabache fuese tan buena y sensible. El monje, por otro lado, era una historia distinta. Solía ofrecerse a cualquier tarea que implicara alejarse, como buscar agua o leña, y cuando ya no había ningún motivo por el que pudiese distanciarse, se ubicaba lo más lejos que pudiese de ella y fingía meditar. Sango sabía que no lo hacía, lo conocía bastante bien como para tener la certeza de que en realidad Miroku se perdía en sus pensamientos. Unas cuantas veces lo había descubierto observándola, pero su mirada no expresaba más que nostalgia y decepción, aunque estaba segura de que también había algo de anhelo, imaginaba que de alguna forma él necesitaba aferrarse a una mínima esperanza.

Inhaló profundo, tratando de ordenar sus ideas y sentimientos. Desde que se había encontrado con Naraku, sus pensamientos habían comenzado a formar una dicotomía de la que no había podido escapar. Poco a poco fue dándose cuenta del error que había cometido. Primero, lo hizo racionalmente, porque al fallar, sus probabilidades de lograr su objetivo principal disminuyeron radicalmente, limitándose ahora a la maliciosa voluntad del captor de su hermano, porque sabía que, aunque cumpliera con sus planes, él podía seguir manipulando a Kohaku para que ella se convirtiera en su marioneta. Luego, comenzó a sentir una culpa y arrepentimiento que parecían no tener sentido, sólo que muy en el fondo, ella sabía que sí. Podía repetirse todo el tiempo que no había formado lazos y que sus emociones eran fingidas, pero siendo sincera consigo misma, esa era una completa mentira. ¿En qué momento, o por qué razón, había pasado por alto que ese grupo se había convertido en su segunda familia?

Aguantó las lágrimas, porque era consciente de que ya había perdido toda su confianza, y no podría recuperar ninguna de esas relaciones que tanto había atesorado en su momento. Hiciera lo que hiciera, su futuro -si es que tenía alguno-, sería solitario.

El rítmico ronroneo de Kirara la sacó de sus pensamientos, por lo que decidió dejarlos de lado y enfocarse en otra cosa.

—Me tenías preocupada, ¿por qué tardaste tanto en encontrarme? —Le preguntó a su compañera, rascándole tras las orejas con cariño. —Por un momento, pensé que quizá te habían atrapado…

La felina soltó un pequeño gruñido, lo que le sacó una sonrisa a Sango, por lo menos ella no la ignoraba y podía sentir que tenían una conversación.

Prepararon la cena y tras comer, decidieron que era momento de descansar. Cada uno se acomodó en su lugar, aunque esta vez Kirara le hizo un gesto a la taijiya para que se recostara entre su pelaje, lo que ella hizo con gusto, pues extrañaba sentir esa protección. InuYasha sólo hizo una mueca, pero se mantuvo alerta mientras esperaba a que todos se quedaran dormidos, esta vez permaneció sentado junto a Kagome, con las piernas y los brazos cruzados, preparado para reaccionar en caso de ser necesario.

El silencio se impuso durante bastante rato, hasta que cerca de la medianoche, Sango despertó sobresaltada debido a otra más de sus pesadillas. Se incorporó, llevándose la mano al pecho y tratando de tranquilizarse, el corazón latiendo con tanta fuerza contra sus costillas que llegaba a dolerle. Kirara también se despertó, soltando un gruñido grave en respuesta a lo que sentía como una amenaza, pero la castaña trató de calmarla, acariciándole el lomo al tiempo que hablaba.

—Tranquila, sólo es otra pesadilla más —suspiró, su compañera ronroneó brevemente antes de volver a acomodarse, pero Sango no lo hizo, mirando a InuYasha, que estaba observándola con indiferencia desde su lugar —. Debo ir a hacer mis necesidades.

—Keh, de acuerdo, pero no te alejes demasiado —le espetó, mirándola atentamente, ella se puso de pie y miró alrededor, buscando el sitio más apropiado para su finalidad —. Sabes lo que pasará si tengo que ir tras de ti.

—Lo sé, descuida —le respondió ella, sosteniéndole la mirada —. Ya te dije que no voy a escapar.

—Claro, como si tu palabra valiera de algo.

Sango prefirió ignorar ese comentario, comenzando a caminar por uno de los senderos por unos cuantos metros, los suficientes para sentir que tenía algo de privacidad. Cumplió con su propósito y luego se acercó a la orilla del riachuelo que atravesaba ese bosque para limpiarse las manos y mojarse el rostro, tratando de espantar las pesadillas. Inhaló profundo y miró su reflejo en el agua, viendo su rostro agotado y desanimado, tal como ella se sentía en esos momentos. Se puso de pie y decidió que era momento de volver, si tardaba más de la cuenta, el hanyō iría a buscarla y no quería poner a prueba su tolerancia.

—Ha pasado un tiempo, ¿no, Sango?

Apretó la mandíbula al escuchar la despiadada voz saludarla con algo de gracia, no estaba esperando que apareciera tan repentinamente.

—¿Qué haces aquí? No voy a seguir con tus juegos —le espetó, esperando que InuYasha sintiera pronto su presencia.

—¿Todavía estás molesta por lo de tu hermano? —Preguntó con fingida inocencia, como si eso fuese algo sin importancia. —Sólo creí que así sería más interesante.

—No me importa —dijo, dispuesta a volver con el resto del grupo —. No seré tu marioneta de nuevo.

—Te he dicho que no es eso lo que espero de ti —aclaró, acentuando su gesto perspicaz —. Sólo quiero darte el lugar que mereces. ¿No estás cansada de temerle a InuYasha? ¿De que ninguno de tus antiguos compañeros pueda entender tus razones? ¿De que te traten como si no existieras? Únete a mí y recibe el reconocimiento que mereces. Puedo entregarte a tu hermano como acto de buena fe.

—Ya no creo en tus mentiras, así que déjame en paz —intentó que su voz fuese segura, pero sabía que no lo había logrado del todo. ¿Dónde estaba InuYasha, cuando realmente lo necesitaba?

—Pero no te mentí —aclaró, sus ojos brillaron pérfidos —. Volviste con ellos, tal como te dije que harías, sólo para que te dieras cuenta de que ya no perteneces aquí. Aunque si estás dudando ahora, puedo ayudarte a tomar una decisión.

—Basta, no quiero escucharte —levantó un poco la voz, tratando de alertar al ambarino, aunque su acción hizo que Naraku soltara una carcajada.

—Querida Sango, aún tengo algunos de los trucos que me facilitaste, y debo admitir que funcionan de maravilla —le reveló, el gesto astuto —. Así que InuYasha no vendrá.

—Por favor, no puedo seguir haciendo esto —le pidió, sintiéndose impotente ante la situación —. Así que puedes matarme, si es lo que quieres.

—Pero Sango, no soy yo quien quiere acabar contigo. Por el contrario, reconozco tu potencial —aclaró, su sonrisa acentuándose con suspicacia —. Sin embargo, por mucho que tus antiguos compañeros pretendan tener compasión por ti, no les importa que viajes desarmada incluso con los peligros que enfrentan. Así que, dime, ¿soy yo quien busca matarte?

Sango apretó los puños con desesperanza, porque no podía negar que las palabras de Naraku eran ciertas, pese a lo doloroso que era enfrentar esa realidad. Sabía que los había traicionado y eso significaba que la confianza ya no existía, pero la forma en la que ahora la trataban era una especie de martirio que ya estaba agotándola. Se dejó caer de rodillas al suelo, ya no sabía qué hacer. Si tan sólo nunca hubiese considerado que esa era la única forma de salvar a su hermano…

Naraku, por su lado, sonrió perverso, eso estaba siendo mucho más divertido de lo que imaginó en un principio.


¡Hola de nuevo! Apenas puedo actualizar ahora porque no había alcanzado a terminar este cap, aparte parece que FF anda con problemas, no se visualizan reviews, las notificaciones andan fallando y así. Ojalá se solucione pronto.

En otras noticias, si bien esto puede parecer un poco repetitivo (ya vimos la amenaza de InuYasha anteriormente, y la manipulación de Naraku), esta vez nos adentramos un poco más en la cabeza de Sango y, oh, hay algunas cosas que no cuadran del todo. Además, Naraku dice tener información que puede usar a su favor incluso si las cosas salen a favor de ellos. ¿Qué podrá ser? Bueno, para eso tendremos que esperar un poco más.

Agradecimientos cálidos y de todo corazón a quienes me apoyan con este proyecto, dándose el tiempo de leer y comentar, independiente de si van al día o no: Rosa . Taisho, Lis-Sama, DAIKRA, EmySophy, Eramaan Viimeinen y, como olvidar a la icónica Sayra Caratomate, que está tan psicópata como Sango. Sus palabras siempre son una alegría para mi alma de ficker.

Entonces, espero poder actualizar pronto, probablemente el fin de semana. Espero seguir leyéndonos.

Un abrazo y un milkshake de crema de maní, ñami-ñami.

Yumi~