DISCLAIMER:Los personajes de InuYasha no me pertenecen, son propiedad intelectual de Rumiko Takahashi. La obra es mía, escrita sólo con el fin de entretener – a ustedes y a mí. Sin fines de lucro.
—Insidia —
—IX —
Inhaló profundo mientras recorría el sendero de regreso al campamento, los puños prietos por la impotencia que sentía en esos momentos. Naraku sabía perfectamente qué puntos tocar para que comenzara a dudar nuevamente, como si sus propios pensamientos ya no fuesen un caos suficiente. Levantó la vista al llegar al claro, sólo para encontrarse con la mirada de Miroku fija en ella, observándola con atención. Aguantó la respiración, echando un vistazo alrededor y notando que todos los demás dormían, incluyendo a InuYasha. Recordó las palabras de Naraku y tensó la mandíbula, segura de que el hanyō había sido víctima del somnífero que ella le había entregado varios días atrás.
—Tardaste bastante —el ojiazul rompió el silencio, sin dejar de mirarla —. Pensé que te habías marchado. ¿Ocurrió algo?
Sango pasó saliva, tenía claro que no podía seguir con esa situación mucho más tiempo y que, si realmente quería recuperar la confianza de sus antiguos compañeros, debía ser sincera. Sin embargo, también era consciente de que, incluso si decía la verdad, era casi imposible que le creyeran, porque pensarían que todo seguía siendo una trampa. Apretó otra vez los puños, tomando una decisión.
—L-Lo siento, yo… me encontré con Naraku —reveló, manteniéndose en su lugar y sintiendo tanto el asombro como la desconfianza en la mirada del monje —. Vino por mí, quiere que me una a él…
Hubo unos segundos de silencio, él parecía estar analizando las palabras de la castaña, buscando algún indicio que le ayudara a descifrar cuáles eran sus intenciones, pero sólo logró ver la angustia latente en sus ojos, por lo que decidió ser directo, pese al deseo que tenía de creerle sin miramientos.
—¿Y me estás diciendo esto por qué…?
Ella inhaló profundo antes de responderle, sabía que todo lo que dijera sería cuestionado.
—Porque es la verdad —le sostuvo la mirada, aunque le dolía el recelo que le devolvía el azul, incluso si había un ápice de anhelo —. No voy a unirme a Naraku, no importa cuánto intente extorsionarme o…
—¿Por qué debería creerte? Ya nos has mentido antes.
La castaña presionó más los puños, él tenía razón y no podía pedir que confiara en ella sólo porque de pronto había decidido decir la verdad, aún con la ínfima esperanza que se escapaba de sus ojos. Necesitaba demostrarle de alguna forma que realmente estaba de su lado, que no buscaba hacerles daño ni volver a traicionarlos.
—¿Recuerda que les dije que había preparado una mezcla de polvos aromáticos para que InuYasha no lo detectara? —Miroku asintió levemente a sus palabras, por lo que siguió de inmediato. —También le di lo que me quedaba de somnífero, estoy segura de que ahora lo usó con InuYasha. Entre mis pertenencias, hay un antídoto para contrarrestar su efecto, puede buscarlo usted mismo.
Miroku entrecerró los ojos, mirándola con suspicacia. ¿Podía confiar en sus palabras, buscar el antídoto y despertar a InuYasha? ¿O sería todo una treta para que bajara la guardia y atacarlo por la espalda, ahora que el hanyō dormía? Buscó otra vez la mirada de Sango en un intento de descifrar sus intenciones, y no pudo evitar que su pecho se oprimiera al notar la aflicción en sus ojos, estaba casi seguro de que había una pizca de desesperación también. Soltó un suspiro, poniéndose de pie y acercándose al lugar en el que estaban las pertenencias de todos, en donde también habían guardado algunas de las cosas de Sango -InuYasha se había negado rotundamente a llevar el Hiraikotsu, considerándolo peso muerto, por lo que, a petición de Kagome, sólo cargaban un par de tantōs y el furoshiki con el resto de las cosas-, y comenzó su búsqueda, aunque se sorprendió al ver que ella aún guardaba el nenju entre sus posesiones, pero decidió ignorar ese hecho por el momento. Finalmente, encontró lo que le indicaba, pero no estuvo seguro de cumplir con su petición de acercarlo a la nariz del ambarino.
—Por favor, hará efecto inmediato —le pidió la castaña, se sentía demasiado desprotegida sin InuYasha despierto —. Naraku podría decidir atacarnos en cualquier momento…
—Sango, me gustaría poder confiar en ti, pero si esto es otra mentira…
—De acuerdo, lo entiendo —ella se atrevió a acercarse un par de pasos, él se quedó observándola algo contrariado con su repentina osadía —. Cree que quiero deshacerme de InuYasha, ¿no? Entonces… puede probar el antídoto conmigo primero. Si es un veneno lo bastante potente como para afectarlo a él, terminaría matándome en cosa de minutos…
El monje parpadeó un par de veces, más confundido aún. ¿Le estaba diciendo la verdad, o sólo se arriesgaba de esa forma porque esperaba que él confiara con su ofrecimiento? De cualquier modo, si era veneno, Kagome podía purificarlo. Inhaló profundo y tomó su decisión, llevándose el saco con los polvos a su nariz, aunque no alcanzó a cumplir su objetivo.
—Vaya, vaya, qué tiernos —la voz de Kagura llamó su atención, ambos la observaron mientras los contemplaba desde la rama de un árbol cercano —. Veo que Naraku tenía razón, ustedes son más tontos de lo que pensé.
Alzó su abanico con una sonrisa maliciosa, antes de agitarlo para lanzar su ataque contra ellos. Sango aguantó la respiración mientras se lanzaba sobre Miroku, quien no había alcanzado a reaccionar, y lo empujaba hacia el suelo para evitar las cuchillas que iban dirigidas a él. La agitación logró despertar a los demás, excepto por el hanyō y Kirara, que seguían dormidos en su lugar, evidenciando que el somnífero también había afectado a la nekomata. La castaña apretó los dientes y, antes de que nadie pudiese hacer algo más, le arrebató los polvos de las manos a Miroku y se abalanzó hacia el ambarino; sin embargo, Kagura leyó sus intenciones y trató de impedírselo, atacándola directamente. La taijiya la esquivó dificultosamente, ya que sus movimientos no eran tan ágiles con el kosode; y luego se atrevió a arrojar el contenido de la bolsa de tela hacia el rostro de InuYasha, que comenzó a fruncir de inmediato todo el gesto, despertándose poco a poco.
—Qué astuta, aunque podrías haber evitado todo esto —la manipuladora del viento le dirigió una mirada sagaz antes de volver a lanzar sus cuchillas, las que Sango no logró evitar del todo, resultando herida en el brazo derecho —. Pero ahora sería mejor si mueres con ellos…
—La única que morirá aquí eres tú, Kagura —la voz amenazante de InuYasha cortó el aire, evidenciando que el antídoto había hecho efecto —. No sé a qué viniste, pero no vas a salirte con la tuya.
El ataque que lanzó el ambarino fue desviado por la yōkai, que soltó una carcajada divertida, escrutando al grupo mientras ocultaba la mitad de su rostro tras el abanico.
—¿Quieres apostar? Ella sabe perfectamente a qué vine… Cumplió su parte del trato, así que le devolveré a su hermano.
Kagura señaló fugazmente con su abanico a Sango antes de volver a agitarlo, dirigiendo su ataque ahora hacia Kagome y Shippō, que se habían mantenido al margen, la azabache con su arco preparándose para disparar, sólo que no fue lo bastante rápida. InuYasha reaccionó de forma refleja, corriendo hacia ellos para tomarlos y esquivar el golpe, porque no habrían alcanzado a defenderse. La yōkai sonrió con malicia antes de comenzar a atacarlos sin descanso, causando que InuYasha apenas tuviera tiempo de contrarrestar sus ataques o defenderse, y llevándolos hacia la espesura, donde a ambos se les dificultaría más enfrentarla.
Miroku se estaba preparando para intervenir con su Kazaana antes de que se alejaran demasiado, haciendo caso omiso de la presencia de los saimyōshō que acababan de llegar, pero se detuvo en mitad de su acción cuando vio a Kohaku aparecer desde el bosque y abalanzarse directo contra Sango, quien no tenía cómo defenderse en esos momentos.
—Hermana, vayámonos juntos al infierno.
La castaña apenas pudo eludir el ataque de la kusarigama, haciéndose a un lado mientras presionaba la herida en su brazo derecho, que no dejaba de sangrar. Sin embargo, el menor no le dio tiempo de buscar refugio o alejarse, pues siguió atacándola de manera certera, mientras ella intentaba evitar los golpes dificultosamente, recibiendo un par de heridas más.
—¡Kohaku, por favor! —Sango apretó los dientes, dando un salto hacia atrás para evitar nuevamente el filo de la hoz, aunque con un rápido movimiento, él lanzó la cadena hacia sus pies, causando que cayera al suelo. —¡Detente!
El taijiya alzó su arma, listo para arremeter contra su hermana; ella levantó ambos brazos sobre su cabeza para evitar el ataque, pero éste nunca llegó. La castaña se descubrió el rostro para encontrarse con Miroku deteniendo la kusarigama con su shakujō, impidiendo así que cumpliera su objetivo.
—¡Sango, vete! ¡Yo lo detendré! —Le indicó, manteniendo a raya al menor.
—P-pero, hōshi-sama, usted…
—No te preocupes por mí —apretó los dientes, alejando a Kohaku con un movimiento de su báculo y mirándola de reojo —. Estás desarmada, no podrás contra él, así que vete.
Ella apretó los puños con impotencia antes de comenzar a correr; no obstante, en lugar de alejarse, se dirigió al campamento, hacia donde se encontraban las pertenencias de todos para buscar alguna de sus herramientas, pues no dejaría a Miroku luchando solo contra su hermano. Sintió en su espalda el sonido de las armas chocando entre sí y se apresuró a buscar lo que necesitaba, hasta que de pronto hubo demasiado silencio por unos instantes, lo que la alertó de inmediato. Se dio vuelta para observar lo que ocurría, encontrándose con la figura de Kohaku dirigiéndose hacia ella con la hoz en alto, listo para lanzarla; Miroku intentaba incorporarse unos metros más allá, al parecer alguno de los golpes del castaño había logrado sacarlo del combate momentáneamente. Sango pasó saliva, anticipándose a lo que ocurriría.
—Muere, hermana.
—¡No, Sango!
Escuchó el grito a lo lejos justo antes de sentir el dolor en su pecho, el taijiya acababa de herirla con su arma, el filo abriéndose paso con fuerza en su tórax mientras ella veía la indiferencia en los ojos castaños, y los dolorosos recuerdos de lo ocurrido tiempo atrás con su padre y compañeros la invadieron con crueldad.
—Ko-haku…
Cayó de rodillas, las lágrimas acumulándose en sus ojos, que se mantenían fijos en su agresor, quien permanecía con la mirada impasible mientras hundía un poco más su arma antes de sacarla con un rápido movimiento y marcharse, volviendo a desaparecer entre el follaje. Sango supo que eso había ocurrido en apenas un par de segundos, incluso si lo vio todo muy lentamente. Sonrió con resignación, sintiendo el sabor metálico subiendo por su garganta, el aire entrando cada vez con mayor dificultad a sus pulmones, la mancha roja extendiéndose en la tela rosa y las lágrimas comenzando a caer por sus mejillas. Miroku llegó casi de inmediato junto a ella, sosteniéndola entre sus brazos para evitar que cayera de golpe al suelo y usando su kesa para tratar de detener el sangrado.
—Sango, por favor, no… —Las lágrimas también habían comenzado a abandonar los ojos azules, su voz teñida de súplica y desesperación. —Resiste, por favor, sólo… quédate conmigo.
—H-Hōshi-sama… —Fue un susurro casi inaudible, ella levantó su mano y la apoyó en la mejilla masculina, dejando un rastro de sangre, mientras buscaba sus ojos. —L-Lo siento… no quería… yo no…
—Está bien… todo estará bien, sólo… no te rindas.
La castaña sonrió un poco más notoriamente, tomando ahora la mano con la que el monje mantenía presionada la herida, y la apretó suavemente.
—M-Miroku… gracias… —Volvió a hablar, su voz apenas saliendo de sus labios. —Yo… sólo quiero que sepas que… todo esto no fue una mentira para mí… yo… perdóname…
—De acuerdo, Sango… No te preocupes por eso ahora, sólo… sigue conmigo, por favor…
Miroku aplicó más presión en la herida, su mano empapada en rojo evidenciando que sus esfuerzos estaban siendo en vano, pese a la sonrisa tranquila que ahora dibujaban los labios de la taijiya. Más lágrimas cayeron de sus ojos, eso no podía terminar así.
—¡¿Qué estás tramando, Kagura?! —La pregunta fue hecha junto con el Kaze no kizu, que ella desvió sin dificultad con un movimiento de su abanico.
—¿Crees que te lo diré tan fácilmente? —Ella soltó una carcajada, volviendo a lanzar una ráfaga de sus cuchillas. —Ustedes de verdad son unos tontos que no aprenden la lección.
—No sé a qué te refieres, pero será mejor que comiences a hablar —InuYasha la miró con desconfianza, manteniéndose en alerta; Shippō se había refugiado en unos árboles cercanos, por lo que Kagome ahora estaba unos metros detrás del hanyō preparada para lanzar sus flechas —. Mi paciencia se está agotando.
—Si tengo que decírtelo, eres más idiota de lo que pensé —sonrió con astucia, golpeando rítmicamente el abanico contra su brazo —. Aunque supuse que no volverías a dejar a ninguno de tus amigos atrás.
El hanyō abrió los ojos de par en par, porque en realidad no le había tomado importancia a que Miroku no los hubiera seguido. Hizo ademán de regresar por él, pero Kagura rápidamente se lo impidió con un ataque, volviendo a reírse.
—Pero qué maleducado eres, ahora estás ocupado conmigo.
—Deja tus juegos, Kagura, y hazte a un lado o acabaré contigo —la amenazó, gruñendo por lo bajo mientras intentaba detectar con su olfato la presencia de sangre, sintiéndose inquieto por la incertidumbre del estado de su amigo.
—Si esto fuera un juego, no sería tan divertido —volvió a agitar su abanico, dispersando el aire a su alrededor para dificultarle a InuYasha su objetivo —. Aunque supongo que no lo ves, porque si ignoras incluso los efectos que pueden tener algunos venenos, no tiene caso explicarlo. Después de todo, ni siquiera lo notaste.
La sonrisa confiada de la yōkai enfureció demasiado al hanyō, quien se sentía aún más confundido por el discurso que estaba dando, casi seguro de que sólo quería hacerlo perder el tiempo. Sin embargo, antes de que volviera a atacarla, la voz de Kagome llamó su atención.
—¿Qué quieres decir con eso? —Las palabras expresaban algo de anhelo, aunque el ambarino no logró saber por qué. —¿Acaso tiene relación con lo que pasó con Sango…?
—Vaya, creo que nuevamente Kagura habló más de la cuenta —la fría voz logró erizarles la piel, Naraku apareció entre la espesura con el gesto perspicaz —. Debería aprender a cerrar la boca, aunque de todas formas, no importa.
Soltó una carcajada que se extendió por todo el bosque, causando que InuYasha apretara la mandíbula con impotencia, porque él estaba burlándose de ellos y, a juzgar por sus palabras, sabía algo que desconocían. Sin embargo, antes de que pudiese hacer algo contra él, el resplandor violáceo de una de las flechas de Kagome pasó a su lado, dirigida hacia su enemigo, que logró evitarla dando un salto hacia atrás.
—Naraku, dinos a qué se refería Kagura o la próxima irá directo a tu cabeza —amenazó la azabache, el hanyō supo de inmediato que ese repentino coraje sólo se debía a esa mínima esperanza de que el comportamiento de la taijiya fuese producto de alguna de sus trampas.
—Qué atrevimiento —volvió a reír, parecía divertido con la situación —, pero no te equivoques: esta vez no soy el causante. Aunque Kagura tiene razón, si no lo notaron desde el principio, es su culpa.
—Basta de tu palabrería —InuYasha lo encaró, preparándose para atacarlo —. Si tienes algo que decir, hazlo. Si no, prepárate a morir.
No le dio tiempo a reaccionar, alzó su espada y arremetió contra él con su kaze no kizu. Naraku volvió a carcajearse, transformándose para esquivar el ataque con facilidad y embestir con sus apéndices al grupo. El ambarino se apresuró en poner a salvo a Kagome, antes de volver a pelear contra sus oponentes, consciente de que ahora sería mucho más difícil.
—Oh, InuYasha, debo admitir que no me sorprende lo estúpido que eres —el pelinegro sonrió burlonamente, atacándolo con vehemencia varias veces, mientras el hanyō bloqueaba los golpes con Tessaiga —. No es primera vez que tu ineptitud no te permite ver lo que realmente ocurre, y ahora el descuido con tus amigos te costará muy caro.
El aludido no comprendió del todo el mensaje, pero supo de inmediato que Naraku no bromeaba, porque sintió el olor a sangre, reconociéndolo de inmediato. Murmuró el nombre de la taijiya mientras miraba en su dirección, momento en el que vio a Kohaku acercarse rápidamente. Alcanzó a reaccionar para evitar el ataque dirigido a Kagome, quién no se había percatado del peligro; aunque al detener la hoz, notó el rastro rojo en el filo y gruñó, adivinando lo que había pasado.
—¡Maldito seas, la hiciste luchar con su hermano de nuevo! —Le gritó con enfado a Naraku, quien volvió a reírse con sorna.
—Cumplí mi parte del trato —comentó, encogiéndose de hombros —. Nunca dije en qué condiciones le devolvería a su hermano. Pero no te preocupes, ustedes pronto la acompañarán al otro mundo.
InuYasha se anticipó al siguiente movimiento, alejando a Kohaku de una patada y protegiendo a Kagome del ataque directo de los tentáculos de Naraku. Ella había quedado momentáneamente paralizada al darse cuenta de lo que significaba lo que acababa de escuchar, porque, aún con todo lo que había hecho Sango, nunca le hubiese deseado la muerte. Sintió la ira e impotencia crecer en su interior, poniéndose de pie y apuntando una flecha con determinación hacia Naraku.
—No te saldrás con la tuya —disparó sin vacilación, aunque no dio en el blanco debido a un ágil movimiento de Kagura, que logró desviar el proyectil.
—Necesitarás más que eso para vencerme, niña ingenua.
El hanyō gruñó notoriamente, preparándose para blandir a Tessaiga y, sin necesidad de decirle nada a su compañera, ambos dirigieron sus ataques combinados hacia sus enemigos, provocando un daño considerable en el cuerpo de Naraku, aunque Kagura logró esquivarlo sin dificultad y se apresuró en recoger a Kohaku y alejarse junto a su creador, quien a pesar de ese último movimiento, parecía satisfecho.
—Siempre es divertido jugar con ustedes —el sonido de su risa los atravesó como una fría brisa —. Nos vemos pronto, InuYasha.
Él apretó la mandíbula y los puños con impotencia, porque aunque deseaba ir tras Naraku para acabar de una vez por todas con su existencia; era consciente de que en esos momentos su prioridad era otra. Le hizo un gesto a Kagome y Shippō para que subieran a su espalda y rápidamente se dirigió hacia el claro en donde habían instalado su campamento, en silencio pero con todos sus sentidos concentrados en lo que podía percibir, algo que no hizo nada por tranquilizarlo.
Llegaron en cosa de segundos, encontrándose con la desoladora escena de Miroku sosteniendo entre sus brazos a Sango, intentando desesperadamente detener la hemorragia en su pecho, las lágrimas cayendo sin descanso de sus ojos. Kagome se apresuró en buscar sus implementos de curación y asistir a la castaña, aunque el monje se encontraba reacio a separarse de ella.
—Miroku-sama, por favor, déjeme atender la herida… —Pidió casi suplicante, pero él pareció no escucharla, implorando en susurros ininteligibles. —Por favor, antes de que sea tarde…
—Miroku —InuYasha lo tomó por el hombro, haciéndolo reaccionar —. Kagome se hará cargo.
—P-Pero ella… no respira, InuYasha… Sango no…
—Su corazón aún late —lo interrumpió, intentando calmarlo, aunque sabía que apenas estaba viva —. Deja que Kagome la atienda.
El ojiazul asintió levemente, permitiendo que la azabache viera la herida y comenzara a tratarla, pero no se alejó demasiado, incapaz de separar sus ojos de la taijiya. Tras unos minutos trabajando minuciosamente para detener el sangrado y lográndolo a duras penas, Kagome soltó un suspiro afligido y buscó a InuYasha con su mirada, sin poder ocultar su preocupación.
—Contuve el sangrado por ahora, pero necesitamos cerrar mejor la herida —reveló, mordiéndose el labio inferior con algo de ansiedad —. Debemos ir con Kaede-sama.
—De acuerdo.
Él entendió el mensaje entre líneas, tenían que llegar lo antes posible. Sabía que él no era la mejor opción, pues el movimiento al correr podría abrir la herida nuevamente; Shippō tampoco lo era, pues no podía viajar lo bastante rápido para llegar a tiempo. Por lo que su única alternativa viable era Kirara, quien aún dormía víctima del somnífero. InuYasha refunfuñó por lo bajo, pero buscó con su olfato y encontró la bolsa de tela que contenía el antídoto que Sango le había arrojado, y que aún conservaba algo en su interior, por lo que lo dejó caer en el rostro de la felina, logrando que despertara rápidamente.
—Sango está herida y necesitamos llevarla lo más rápido posible con Kaede —le dijo, notando que Kirara gruñía por lo bajo antes de observar con recelo a su humana y entender la situación, poniéndose de pie de inmediato —. Irán con Kagome, nosotros los seguiremos de cerca.
La nekomata rugió suavemente en respuesta, tras lo cual acomodaron lo mejor posible a la castaña en su lomo junto con Kagome y le indicaron que partiera sin más demora. A pesar de que Miroku quería ir con ellas, entendió que eso sólo las retrasaría y lo único que deseaba en esos momentos era que Sango se salvara, por lo que se resignó a viajar en Shippō, porque no se sentía con fuerzas como para seguirle el paso al hanyō.
InuYasha, por su parte, decidió adelantarse para avisarle a Kaede y que estuviese preparada para recibir a la taijiya. Porque, pese a todo lo que había pasado el último tiempo, si algo de lo que habían dicho Naraku y Kagura era verdad y existía la más mínima posibilidad de que todo el comportamiento de su compañera tuviese una explicación, debían hacer todo lo posible por salvarla para comprobar si eso era cierto. Y si realmente habían sido traicionados por ella, se haría cargo del problema después de asegurarse de que sobreviviera.
Habían llegado lo más rápido que podían, considerando que Kirara comprendió de inmediato la urgencia de la situación, porque casi no podía escuchar el corazón de Sango. La anciana Kaede estaba preparada para recibirlas, pues InuYasha había logrado adelantarse lo suficiente para explicarle lo ocurrido, por lo que comenzaron a atender a la castaña en cuanto aterrizaron. Miroku y Shippō tardaron un poco más, pero apenas estuvieron en las afueras de la cabaña de la sacerdotisa, el monje se instaló junto a la entrada, negándose a moverse de ahí hasta que terminaran de atender a Sango y le permitieran entrar a verla.
InuYasha ni siquiera intentó disuadirlo, porque entendía la preocupación que sentía y el dolor que estaba atravesando ante la posibilidad de perder para siempre a la castaña. En cambio, se quedó cerca pero dándole su espacio, porque él también necesitaba pensar. Con el apremio que requería la situación, se enfocó en salvar a Sango, sin analizar en profundidad las palabras de sus enemigos, considerando que podían buscar sólo confundirlo o distraerlo, quizá su objetivo era hacerles creer que había una razón tras la traición de la taijiya y así que volvieran a confiar en ella. Sin embargo, ahora que tenía tiempo para pensarlo con algo más de calma, fue consciente de lo contradictoria que era la situación.
Bufó, manteniendo su vista fija en la cabaña y atento a lo que ocurría dentro, aunque sus pensamientos siguieron su curso. Si bien Sango en un principio se mostraba reacia a confiar plenamente en ellos, y hasta terminó robando a Tessaiga para intercambiarla por la vida de su hermano; todo eso había ocurrido cuando estaban recién conociéndose, e incluso así, nunca había puesto en riesgo la vida de ninguno de ellos, hasta ese momento. ¿Qué la había hecho cambiar de parecer, o simplemente había esperado el momento perfecto para traicionarlos? No le hacía sentido, porque ella era bastante lista y había tenido la oportunidad en más de una ocasión, pero había demostrado lealtad en cada situación que habían atravesado. Además, para él era difícil creer que realmente hubiese fingido todo lo que sentía. Desde el principio pensó que algo no encajaba, pero con todo el dolor causado y ante el inminente peligro en el que los había puesto, decidió no pensar en eso y enfocarse sólo en mantener al resto de sus amigos a salvo.
Frunció el ceño, recordando ahora las palabras de Kagura. Ella había mencionado "los efectos de algunos venenos", comentando que él no lo había notado. Su principal preocupación cuando se exponían a algún tipo de veneno era el estado de Miroku, porque su tolerancia iba disminuyendo cada vez más, y ponía en riesgo su vida. No obstante, eso no significaba que los demás fuesen inmunes, y ellos constantemente estaban enfrentándose a criaturas que usaban fuertes toxinas en su contra. ¿Acaso eso era lo que había ocurrido con la castaña? Pero no podía recordar que hubiese estado expuesta, porque solía usar su máscara protectora cuando debían luchar en ese tipo de situaciones, lo que disminuía el riesgo.
Sólo que existían venenos que no necesitaban ser respirados, y el contacto con la piel ya era suficiente para que hicieran efecto. Abrió los ojos, recordando que antes de que todo eso comenzara, Sango se había lanzado para pelear de forma directa contra el yōkai de las púas, y había estado envuelta por una densa nube de polvo, miasma y toxinas. Estúpidamente, pensó que su máscara la protegía de eso, y jamás se plantearon que ella podía estar envenenada, porque no había mostrado ninguna señal, por lo menos no física. ¿Y si en ese caso, los efectos no eran corporales?
Gruñó por lo bajo, justo en el momento en el que Kagome salía de la cabaña y le indicaba a Miroku que podía entrar. Esperó a que el monje desapareciera por la puerta y se acercó a la azabache, mirándola con preocupación.
—¿Cómo está? —Preguntó, observando hacia la construcción sin disimulo. —¿Sobrevivirá?
—Bueno… hicimos todo lo que pudimos. Logramos cerrar la herida y detener la hemorragia, también tratamos las otras lesiones que tenía por la pelea, pero perdió mucha sangre —reveló, mirando en la misma dirección —. Ahora sólo podemos esperar…
—Lo logrará —murmuró, aunque su rostro reflejaba aflicción —. Es bastante obstinada.
—Es verdad —ella esbozó una sonrisa triste, porque aunque eso era verdad, sabía lo compleja de la situación.
—Kagome… —InuYasha la llamó en un susurro, causando que lo mirara confundida. —Me preguntaba… ¿Y si fue envenenada? Es decir… quizá Kagura tenía razón y no nos dimos cuenta…
Guardó silencio antes de responder, porque lo había pensado en cuanto escuchó a la manipuladora de los vientos mencionarlo. Sin embargo, no sabía en qué momento podía haber ocurrido algo así.
—Quizá, pero ¿cuándo…?
—¿Recuerdas el yōkai al que se enfrentó sola hace un tiempo? Bueno, quedó envuelta en su miasma y veneno, ¿y si en ese momento…?
—Puede ser… no me lo dijiste ese día, sólo tratamos sus heridas…
—Lo lamento, creí que estaba protegida por su máscara —explicó, aunque se sentía estúpido ahora al no haberlo pensado en su momento —. ¿Podrías sentir el veneno y purificarlo…?
—Puedo intentarlo… Aunque, después de tanto tiempo, ¿crees que siga ahí?
—Bueno… no lo sabremos de otra forma.
Kagome asintió con un gesto y ambos ingresaron en la cabaña, en donde Sango yacía recostada en un rincón, la piel pálida compitiendo con el blanco de las vendas que cubrían sus heridas, el gesto inmutable y la respiración débil y superficial. A su lado, Miroku estaba sentado sosteniendo su mano, mirándola fijamente con angustia. La azabache se acercó para arrodillarse junto a ella, soltando un suspiro antes de dirigirse al ojiazul para explicarle la situación.
—Miroku-sama, es posible que Sango haya estado bajo los efectos de algún veneno —reveló, contemplando con aprehensión a la castaña —. Quizá aún lo esté, y si es así, intentaré purificarlo.
—¿Un veneno? Pero no tiene sentido, ¿cómo…?
—Cuando nos enfrentamos al yōkai de las púas, ¿recuerdas? Se lanzó contra él y quedó envuelta en su miasma y veneno —explicó InuYasha, también con la vista fija en la taijiya —. Tal vez en ese momento ocurrió y nunca nos dimos cuenta.
El monje frunció el ceño, recordando ese enfrentamiento y la razón por la que la muchacha había decidido lanzarse sola contra su adversario. Ella sólo quería evitar que él usara su Kazaana y así, protegerlo del veneno, lo que sería irónico si finalmente ella había terminado sufriendo sus efectos. Buscó los ojos dorados con anhelo, esperando que esa fuese la respuesta que estaba deseando desde un principio.
—Entonces, ¿es posible que su comportamiento se deba a eso? ¿Que ella sólo actuara así por los efectos del veneno y no porque realmente fuesen sus planes…?
InuYasha le sostuvo la mirada, sintiendo cuánto necesitaba Miroku aferrarse a la posibilidad de que la mujer que amaba no los hubiese traicionado tan fríamente. Hizo una mueca antes de responderle.
—No es seguro, pero es una opción —dijo, porque él también necesitaba darle una explicación a lo ocurrido —. No lo sabremos hasta que Kagome vea si hay rastros de veneno.
La aludida asintió para luego concentrarse en el cuerpo de Sango, buscando meticulosamente cualquier vestigio de alguna toxina en ella y, finalmente, encontrándolo. Se concentró profundamente para purificarlo, para luego mirar a sus compañeros y dibujar una leve sonrisa en sus labios, implorando que eso fuese el causante del comportamiento de su amiga para no seguir desconfiando de ella.
—Purifiqué lo más que pude el veneno —anunció, soltando un suspiro —. Ahora tendremos que esperar a que despierte…
Los otros dos asintieron, para luego permanecer unos minutos en silencio. Miroku nuevamente se dedicó a observar a Sango, sus ojos suplicantes fijos en ella como si temiera que algo malo ocurriera si dejaba de mirarla. Kagome e InuYasha se mantuvieron en silencio hasta que decidieron que lo mejor era descansar un poco, había sido una larga noche y necesitaban reponer energías. Después de todo, por el momento no podían hacer mucho más, y presentían que la recuperación de la taijiya y todo lo que significaban sus acciones, incluso si estaba envenenada, serían algo más difícil de afrontar de lo que hubiesen pensado en un principio, y debían prepararse para eso.
Momento cultural.-
Furoshiki: Recibe este nombre tanto el arte de envolver cosas con tela, como los bolsos o envoltorios que se realizan. El bolso de tela celeste que lleva Sango en su espalda es un furoshiki.
Tantō: Cuchilla japonesa corta similar a un puñal, puede tener filo simple o doble y miden entre 15 a 30 cms., con un diseño similar al de la katana, pero de elaboración mucho más simple. Es un arma bastante fácil de manipular durante una pelea, además de ser sencilla para ocultarse entre la ropa, aunque generalmente se llevaba en el obi, de acuerdo a las costumbres.
Kesa: Parte de las vestimentas de los monjes budistas, es la faja que usan para envolver su cuerpo. Las más comunes son amarillas, pero en el caso de Miroku, es púrpura.
¡Hola, mis queridos solecitos! Aquí vengo con el siguiente capítulo, un poco atrasada pero entre el calor, el trabajo, las responsabilidades adultas y un mini bloqueo escritor (no se preocupen, sólo no podía ordenar la idea), se me hizo un poco más difícil poder terminar este cap. Además, claro, de la carga emocional que conlleva (porque sí, lloré y sigo llorando mientras edito).
Ahora, ¿qué creen ustedes? Vamos teniendo un poco más de claridad respecto a lo que ocurre con Sango, sólo hay que esperar a ver si sobrevive para aclarar bien la situación. ¿Será esta la solución, o tendrán más conflictos que enfrentar? Sólo puedo decirles que el fic es angst/drama.
En fin, quiero agradecer a todos los que se dan el tiempo de leerme, de verdad me siento muy agradecida de que le dediquen tiempo a este fic. Pero, como siempre, gracias a quienes han dejado su comentario y me hacen saber cómo se sienten con la lectura: Rosa . Taisho, Lis-Sama, DAIKRA y Sayra Caratomate (que dijo suficiente con sus expresiones faciales, aunque InuYasha aprueba este manejo xd). Espero este capítulo también les guste y estaré atenta a sus comentarios. Sólo no me funen :c
Los dejo, espero tener pronto el siguiente capítulo.
Un abrazo (si quieren), chocolate helado y/o un milkshake para los disgustos. Nos leemos, espero que pronto.
Yumi~ -AKA Doña Angustias-
