DISCLAIMER:Los personajes de InuYasha no me pertenecen, son propiedad intelectual de Rumiko Takahashi. La obra es mía, escrita sólo con el fin de entretener – a ustedes y a mí. Sin fines de lucro.


Insidia —

XII —


Esbozó una sonrisa, pero estaba lejos de ser alegre, por el contrario: era maliciosa, rayando en lo pérfido; y como única compañía, un saimyōshō que se mecía frente suyo, zumbando insistentemente mientras él descifraba la información que le estaba entregando, sus ojos destellando con vileza.

—Qué sorpresa, creí que no lo haría.

Su gesto se acentuó aún más, mientras hacía un movimiento con su mano y el insecto se alejaba hasta desaparecer en el exterior, dejando a Naraku a solas en la habitación que apenas se iluminaba con el resplandor que lograba atravesar el papel que cubría la estructura del shōji y el ligero haz que se colaba por el espacio abierto por el que había salido la venenosa avispa.

Sus facciones ahora mostraron algo de curiosa fascinación, porque la situación se estaba dando de una forma mucho más interesante de lo que él había imaginado en un principio. La duda y el temor que sentía la taijiya sólo podían compararse con su profundo sentimiento de culpa y arrepentimiento; sin embargo, la fuerte moralidad sumada a la integridad que parecían ser algo intrínseco a su propia existencia, lo habían hecho sospechar que terminaría rindiéndose, renunciando a cualquier anhelo para pagar sus crímenes con su vida. Pero la naturaleza del ser humano los obligaba a aferrarse a la más mínima señal de esperanza, incluso si no eran merecedores de lo que se les ofrecía; y, finalmente, la castaña había cedido ante esa ilusión.

Volvió a sonreír, porque aún si ella realmente deseaba redimirse de todas las faltas que había cometido y sus palabras reflejaban sus sinceras intenciones, sus sentimientos seguirían jugándole en contra. La desesperación de que sus errores pudiesen perjudicar a sus seres queridos, incluso causarles la muerte, podía llevarla a tomar decisiones aún más impulsivas, irreflexivas al punto de convertirla en la propia causante de sus desgracias.

Por otro lado, también estaba la aflicción e impotencia de InuYasha y la azabache, quienes ahora vivirían con el tormento de la incertidumbre, inseguros del destino de sus amigos. Los sentimientos de culpa e inutilidad que comenzarían a gestarse en el corazón del hanyō no serían difíciles de manipular, porque esa situación había abierto heridas que se creían cicatrizadas, pero que al parecer aún seguían doliendo tanto como en el momento en el que se produjeron; y no había nada que disfrutara más que ver caer en el abismo de la desesperación a sus enemigos, todavía más cuando habían llegado a esas circunstancias por sus propias decisiones, porque esa culpa no los abandonaría jamás. No tenían justificación para alivianar el pesar que ahora cargarían consigo.

—Supongo que aún puedo divertirme un poco más.

Su voz se escuchó claramente en el inmensurable silencio nocturno, altiva pero teñida con una pizca de malicia, anticipándose a los eventos que pronto darían inicio y que le brindarían una satisfacción mayor a la imaginada, lo presentía. Soltó una risa perversa, porque ni siquiera su plan más elaborado habría dado tales resultados, y sólo necesitaba un mínimo esfuerzo para convertir eso en un verdadero infierno para el grupo, ya roto, de InuYasha.

Vuelve a casa.


La luz de la luna iluminaba lo suficiente el bosque en el que se encontraban, mostrando el terreno sin dificultad, los frondosos árboles a su alrededor parecían ser una especie de prisión que no les permitiría alejarse demasiado, algo que favorecía los planes de la taijiya.

—Le dije que no era confiable —siseó entre dientes, observando a su oponente con la expresión contraída —. Debió irse en cuanto tuvo la oportunidad.

—S-Sango…

Miroku apenas pudo sacar la voz, seguramente entre la sorpresa y el dolor de una nueva traición, era incapaz de tener una línea de pensamiento clara, en su rostro se reflejaba una evidente turbación. Ella presionó mejor el agarre en su wakizashi, observando hacia el otro extremo del claro en donde se encontraba Kohaku impasible, contemplándola con la mirada vacía. Tensó la mandíbula mientras se preparaba para volver a atacar, porque era la única forma de devolverle la vida a su hermano.

—Espero que aún lo comprenda —murmuró antes de lanzarse contra él, su arma por delante —. Su error fue no cumplir su promesa.

Enterró la cuchilla en el pecho masculino, en la misma zona en la que lo había dañado la primera vez que lo apuñaló, sintiendo nuevamente la carne y los tejidos siendo atravesados a medida que el arma se abría paso por el tórax, la sangre caliente le había salpicado el rostro y, cuando terminó su recorrido, también manchó sus manos de rojo. Miró a los ojos al monje, cuyo rostro ya no mostraba perplejidad, sino una tranquila misericordia hacia ella.

—S-Sí… lo c-compren-do… —Musitó, la sangre escapando por la comisura de sus labios, que intentaron sonreírle con calma. —E-Está… bien, Sango…

—¡NO!

Se incorporó de golpe, gritando en medio de la noche y alertando a sus compañeros de viaje, que descansaban a su lado. Tenía la respiración agitada, el corazón acelerado y las imágenes demasiado vívidas en su mente aún. Levantó las manos con temor, mirándolas con los ojos abiertos de par en par, buscando rastros de sangre, pero su piel se encontraba limpia. Cerró los ojos, reteniendo las lágrimas que pujaban por salir de ellos debido a la culpa e impotencia que seguía sintiendo.

—¿Estás bien? —Miroku se acercó a ella, llevando una botella de agua para ofrecerle. Sango asintió levemente. —¿Tuviste una pesadilla?

Volvió a asentir, presionando los puños con fuerza y sin dirigirle la mirada a su compañero, porque sabía que si se perdía en el azul de sus ojos, terminaría rompiéndose otra vez.

—Sí, pero no se preocupe, hōshi-sama, estoy bien.

—¿Estás segura?

Ahora presionó con firmeza la mandíbula en su intento por mantenerse imperturbable, aún evitando mirar al monje. Ella estaba acostumbrada a las pesadillas, incluso desde su infancia, porque dedicarse a exterminar yōkais no dejaba precisamente recuerdos felices. Sin embargo, después de la tragedia que vivió su clan y las faltas cometidas por su hermano menor, las pesadillas comenzaron a tener otro sentido porque ya no eran sus miedos saliendo a la luz; eran recuerdos abriéndose paso en su mente para dejar al descubierto la realidad de su vida: ella y Kohaku eran los últimos taijiya, sólo se tenían el uno al otro, porque se habían quedado solos.

Hizo una mueca, porque a pesar de que ella había encontrado compañeros con los que podía contar, después de su traición y los viles actos que cometió contra ellos, había perdido toda su confianza y eliminado cualquier posibilidad de formar un vínculo real. Y ahora sus pesadillas le mostraban esa verdad, reviviendo en su inconsciente sus faltas o anticipándole las que podría cometer en el futuro. Soltó un suspiro, no quería arrastrar a Miroku con su tormento.

—Sí, sólo son pesadillas. Aprenderé a vivir con ellas, como siempre.

A pesar del mensaje, el ojiazul pudo sentir la resignación y el suplicio que significaba esa situación para ella. Se atrevió a acercarse para sentarse a su lado, tomándole la mano con cariño, llamando su atención.

—Comprendo que aún debes sentir el remordimiento y la angustia demasiados profundos en tu corazón, porque los recuerdos son bastante recientes —comentó, presionando su mano suavemente —. Y supongo que tus pesadillas sólo reviven ese dolor. Aún así, me gustaría que entendieras que eso no significa el final, porque las personas podemos tener nuevas oportunidades, y después de todo lo que has sufrido, mereces recuperar la confianza —le dedicó una sonrisa serena, cargada de cariño y empatía, con la que trataba de transmitirle su sinceridad —. Y no sólo la de tus cercanos, sino también la tuya.

Sango agachó la mirada, sin saber cómo responder a esas palabras. Agradecía que Miroku fuese empático con lo que estaba sintiendo, más aún que intentara reconfortarla de esa forma; sin embargo, la aflicción y el abatimiento calaban profundo en su ser porque ella no era digna de su preocupación.

—Gracias, hōshi-sama —fingió una sonrisa tranquila, sabiendo que no podría engañarlo —. Creo que lo mejor será que vuelva a dormir, debe descansar y aún falta para que amanezca…

Miroku leyó a la perfección las facciones de su compañera, pero decidió no presionarla. Incluso si lo que más deseaba en esos momentos era abrazarla y decirle que todo estaría bien mientras estuviesen juntos, entendía que esos gestos podían incomodar a la castaña, porque aún se sentía culpable e indigna. Presionó suavemente su mano antes de soltarla, esbozando una sutil sonrisa.

—Es cierto, tú también deberías hacerlo. Aún nos queda camino por recorrer.

La taijiya asintió a sus palabras, acomodándose en su lugar y cerrando los ojos para intentar dormir, porque el monje tenía razón. Él, por su lado, volvió a ubicarse en el árbol que tenían a su lado, apoyando la espalda e imitando a su compañera.

Lograron dormir las pocas horas que precedían al amanecer, despertando con los primeros rayos del sol. Como desayuno, comieron un poco de la carne seca que Kagome le había entregado a Sango junto con sus medicinas, y pronto volvieron a ponerse en marcha; la castaña deseaba llegar lo antes posible a su destino, por lo que Kirara los llevaría en su lomo el resto del trayecto ahora que estaban más cerca.

—¿Estás segura de regresar a tu aldea?

La pregunta del ojiazul causó que ella lo mirara fijamente, notando la inquietud que sentía aunque intentara esconderla tras una sonrisa tranquila. Hizo una mueca, entendía que él se sintiera así, pero para ella era preciso realizar esa visita.

—Sé que no es un lugar al que usted desee volver —indicó, mirando nuevamente el horizonte —. Nuestra última visita no fue precisamente amena. Sin embargo, creo que ahí podré encontrar las respuestas que necesito.

—De acuerdo, lo comprendo —asintió con un gesto, también mirando el horizonte.

Sango se agarró con mayor firmeza del pelaje de Kirara, echando un vistazo al paisaje bajo ellos, observando una aldea a lo lejos. Soltó un suspiro, porque ella no podía ignorar que ir al fuerte de los taijiya reviviría todo un tormento en Miroku.

Hōshi-sama, de verdad no tiene que acompañarme si no lo desea —le dijo, sin decidirse a mirarlo —. No quiero que reviva esos malos recuerdos sólo porque no quiere dejarme sola. Además, aún temo ser una amenaza para usted, así que podemos detenernos en esa aldea para que tome su propio camino y…

—Sango, cuando dije que quería acompañarte, significaba que no te dejaría sola independiente de a donde fuéramos —la interrumpió, no bruscamente pero sí con firmeza, con una decisión que logró sorprender a la castaña —. Así que no me iré sólo por el temor a revivir malos recuerdos.

—Pero será doloroso, y lo que menos quiero es que vuelva a sufrir…

—Es verdad, no será algo agradable —curvó sus labios con un gesto mohíno —. Sin embargo, creo que sería más doloroso separarme de ti. Además, no eres la única que ha aprendido a vivir con su pasado y las pesadillas, así que no te preocupes. Todo estará bien mientras sigamos juntos.

Sango asintió, conmovida por la determinación del monje, porque era consiente de que esa situación también era difícil para él pero había decidido seguir a su corazón y no renunciar a la esperanza de que las cosas mejorarían, aún si todo se sentía así de funesto. Le acarició detrás de las orejas a Kirara antes de inclinarse levemente hacia adelante para pedirle que aumentara la velocidad. Después de todo, lo mejor sería enfrentar esos fantasmas y demonios lo antes posible, para poder seguir adelante.


El sol aún no alcanzaba su punto más alto en el cielo, pero el calor ya era lo bastante pesado como para que quisieran buscar refugio en la sombra. InuYasha aceptó detenerse un momento a descansar y comer algo, a pesar de que se encontraba ansioso por no retrasar su búsqueda, ya que ahora sentía mucho más profunda la necesidad de acabar con Naraku y, de esa forma, solucionar la situación, en especial para sus amigos.

—InuYasha, ¿no comerás? Te preparé ramen… —Kagome llamó su atención, mostrándole el vaso que desprendía un delicioso aroma. —Ya sabes, tu comida ninja…

—Ah… sí, gracias —él aceptó el recipiente, aunque no lo probó de inmediato, confundiendo un poco a su compañera.

—¿Ocurre algo?

—¿Ah? —Él la observó y luego negó, saliendo de sus pensamientos. —No, lo siento… sólo estaba pensando que debemos encontrar a Naraku lo antes posible.

—Es cierto… —Kagome soltó un suspiro, compartiendo la preocupación del ambarino. —Hay que derrotarlo pronto para salvar a Kohaku y terminar con esto.

InuYasha sólo asintió, apresurándose en servirse los fideos para que pudiesen retomar el viaje, en tanto volvía a analizar la situación. Era evidente que todos estaban afectados por lo ocurrido, incluso Shippō se mostraba desanimado, porque el hecho de que terminaran tomando caminos separados con sus amigos era bastante complejo, comenzando por la angustia que les producía la incertidumbre sobre los otros, hasta la autoexigencia de acabar con su enemigo lo antes posible, aferrándose al anhelo de que eso solucionaría gran parte del dilema que atravesaban ahora. Sin embargo, él aún no estaba seguro de que eso fuese suficiente. La confianza se había roto por completo y, aunque pudiesen justificar las acciones de la taijiya en más de una forma, la realidad era que ella los había traicionado al punto de casi matarlos. Entendía que Kagome tuviera la esperanza de poder reconstruir su amistad y, eventualmente, volver a confiar de la misma forma que antes; y si bien él lo entendía y podía compartir su deseo, era consciente que jamás volvería a ser lo mismo. Comprendía la decisión de Miroku, incluso si consideraba que era muy estúpido de su parte arriesgarse de esa forma, porque él amaba a Sango y, tal como él sería capaz de sacrificarse por Kagome; el monje haría lo mismo por la castaña, prefiriendo eso antes que perderla. Sabía que con la azabache ocurría algo similar, porque la amistad que tenían con la taijiya era entrañable.

Pero por su parte, no era tan sencillo. Así como el ojiazul había sentido la desesperación de perder a Sango para siempre, o Kagome había sufrido el quiebre de su amistad; él había experimentos en todo su ser el temor de ver a sus compañeros morir frente a sus ojos, con la impotencia de no ser capaz de protegerlos, porque quien los atacaba conocía sus puntos débiles y los había usado para tener ventaja sobre ellos. La frialdad y determinación en los ojos castaños le habían dejado una sensación angustiante en el pecho, que volvía a aparecer cada vez que la miraba. No deseaba su muerte y tampoco impediría que el resto de sus compañeros volviera a acercarse a ella; lo difícil era que él volviera a confiar, ignorando que las manos de Sango estaban manchadas con la sangre de ellos. Esperaba que derrotar a Naraku y salvar a Kohaku le quitara esa aprensión, ya que ese era el principal motivo de su traición; pero ¿y si eso no pasaba, y no podía evitar recordar lo ocurrido cada vez que viera a Sango? Porque esa también era una posibilidad, y era incapaz de pensar ahora en una forma de enfrentar esa situación.

—InuYasha, siento la presencia de un fragmento.

La voz alarmada de Kagome volvió a sacarlo de sus pensamientos, causando que ahora pusiera todos sus sentidos en alerta. Miró alrededor, buscando alguna señal de peligro o amenaza, sin lograr encontrar nada.

—¿Estás segura? —Preguntó, entrecerrando las cejas. —¿En qué dirección?

—En el interior del bosque, hacia allá —ella le señaló el lugar, aunque se veía más preocupada de lo habitual, lo que sólo aumentó la ansiedad del hanyō —. Creo que se trata de Kohaku…

Él gruñó por lo bajo, eso significaba que probablemente Naraku estuviese cerca, pero también era casi seguro que era una trampa. Le hizo un gesto a Kagome y Shippō para que se subieran a su espalda, decidido a terminar eso lo más rápido posible.

—Vamos, debemos apresurarnos para no perder el rastro —indicó, tras lo cual ellos cumplieron su petición.

InuYasha se puso en marcha de inmediato, corriendo lo más rápido que podía en la dirección señalada por Kagome, hasta que fue capaz de percibir el aroma de Kohaku en el aire, logrando guiarse ahora por su olfato. No tardaron en llegar a un claro despejado y bastante amplio, rodeado de frondosos árboles; en medio del terreno descampado se encontraba el taijiya menor vistiendo su uniforme, su kusarigama firmemente sostenida a su lado y la mirada vacía, perdida en el horizonte, lo que les anticipaba que ese no sería precisamente un encuentro grato. Kagome y Shippō se bajaron de su espalda para observar el panorama frente a ellos, temerosos de lo que significaba la presencia de Kohaku ahí.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Le espetó el hanyō, acercándose un par de pasos. —Naraku te envió tras nosotros, ¿verdad?

El castaño mantuvo el rostro indiferente ante las palabras del ambarino, pero levantó su arma con seguridad, demostrando sus intenciones. InuYasha volvió a gruñir por lo bajo, preparándose para defenderse y haciéndole un gesto a sus compañeros para que se mantuvieran atrás.

—InuYasha, recuerda que está siendo manipulado —le indicó Kagome, mordiéndose el labio inferior —. No vayas a hacerle daño…

—Eso ya lo sé —respondió con firmeza, sin quitarle los ojos de encima al menor.

No tuvo tiempo de decir nada más, ya que Kohaku se abalanzó contra él velozmente, obligándolo a dar un salto hacia atrás para evitar el ataque con la hoz, que dejó una grieta en el suelo, justo en el lugar en el que estaba él segundos antes.

—Debo matar a InuYasha y sus amigos —recitó de forma monótona, tras lo cual volvió a lanzarse hacia ellos —. Kagome debe morir.

InuYasha alcanzó a detenerlo, interponiéndose entre él y la colegiala para lanzarle un puñetazo que le dio de lleno en el pecho y lo envió a unos cuantos metros de ellos.

—¡Reacciona, Kohaku! ¡Sé que tu corazón sigue ahí! —La exclamación del hanyō estaba cargada de impotencia. —¡Tienes que liberarte del control de Naraku!

El castaño mantuvo su expresión indiferente, volviendo a levantar su arma para arremeter nuevamente contra el peliplata, haciendo caso omiso a las palabras que acababa de decirle y atacándolo sin vacilación, provocando que tuviese que esforzarse en eludirlo y mantenerse alerta para evitar que fuera tras la azabache, que observaba la batalla contrariada junto a Shippō. Finalmente, InuYasha le dio un puñetazo certero en el rostro para detenerlo, y luego lo levantó agarrándolo por el traje y remeciéndolo bruscamente.

—¡Tienes que reaccionar, maldita sea!

Pero las facciones del menor seguían inexpresivas, llenando al hanyō de frustración e impotencia, porque no sabía siquiera si existía alguna forma en la que ellos pudiesen lograr recuperar al hermano de su amiga.

—No seas tan abusivo con el chico, InuYasha —la desdeñosa voz de Kagura cortó el aire casi con teatralidad —. No querrás tener que explicarle su muerte a su hermana, ¿verdad?

—Kagura —siseó el aludido, sin soltar al taijiya pero fijando su vista ahora en ella —. Infeliz, ¿qué juego es este?

—¿Oh? ¿Juego? —Soltó una carcajada, irritando al ambarino. —No es ningún juego. Sólo estamos cumpliendo con nuestra parte del plan: acabar con ustedes.

—¡Kagura! —Kagome llamó su atención, estaba apuntándole con una de sus flechas, sus facciones demostrando determinación. —No nos obligues a hacerte daño.

Los labios de Kagura se curvaron en una mueca despectiva, observando a la azabache como si no la estuviese amenazando en serio, probablemente sabía que la balanza estaba de su lado.

—No te preocupes, yo no haré nada —acentuó su gesto, cruzándose de brazos —. Sólo estoy aquí para asegurarme de que Kohaku siga las órdenes de Naraku, o recuperar su fragmento en caso de que falle.

—¡Malnacida!

InuYasha arrojó a Kohaku hacia un lado para desenvainar a Tessaiga y abalanzarse contra la manipuladora del viento, quien ágilmente dio un salto hacia atrás y sacó su abanico, preparándose para la batalla.

—Me emociona tu entusiasmo, pero creo que no deberías descuidar a tus amigos.

—¡No, Kohaku!

La voz de Kagome lo hizo voltearse hacia ella, observando al preadolescente con su arma levantada frente a la azabache, con Shippō a su lado temeroso, intentando alejar al castaño con su fuego mágico, pero sin lograrlo. InuYasha refunfuñó por lo bajo, apretando los dientes mientras cambiaba su objetivo, corriendo hacia Kohaku y golpeándolo de lado, apartándolo del camino y poniéndose frente a sus compañeros para protegerlos de sus ataques.

—¡Maldición, Kohaku, reacciona! —Le gritó, deteniendo el siguiente ataque de su kusarigama con Tessaiga. —¡Sé que me estás escuchando!

El muchacho no se detuvo, lanzando golpes con su arma que chocaban con el filo de la espada, de forma enérgica y demostrando claramente que no tenía intenciones de desistir. InuYasha sabía que no tenía muchas opciones, pero no tenía idea de cómo acabar con eso. Decidió terminar con el enfrentamiento, realizando un movimiento certero que lanzó la hoz de su oponente lejos, dejándolo desarmado. Se apresuró en tomarlo por el cuello para impedirle recuperar la cuchilla, levantándolo lo suficiente para que sus pies no tocaran el suelo.

—Ya basta, tienes que despertar —le espetó, mirándolo con seriedad.

—InuYasha, no le hagas daño —Kagome se acercó, temerosa de que el hanyō terminara perdiendo la paciencia con el menor —. No es consciente de lo que hace…

Pero, en una fracción de segundo, el taijiya desenvainó su wakizashi y lo agitó hacia ella, alcanzado a herirla en el brazo.

—¡Kagome! —InuYasha lanzó a Kohaku contra un árbol antes de enfocarse en ella, que se había llevado la mano a la herida, la sangre notándose entre sus dedos y manchando la tela blanca de su ropa. —¿Estás bien?

—S-Sí… sólo es un corte superficial, creo…

—¿Estás segura? —Preguntó él, tratando de evaluar el brazo afectado. —Hay que tratar esa herida… ¡Agh!

Su descuido le había dado la oportunidad a Kohaku de seguir luchando, aprovechando para enterrar el filo de su kusarigama en su hombro, lastimándolo. Sintió la ira brotar en lo más profundo de sus entrañas, estaba intentando controlarse, pero Kohaku no estaba cooperando. Soltó un gruñido grave, volteándose para agarrar nuevamente al castaño por el cuello y alzarlo en el aire.

—¿Acaso estás buscando morir? —Exclamó, haciendo tronar sus garras. —¿Es eso lo que quieres?

El rostro impávido del castaño desesperó aún más a InuYasha, aumentando su frustración porque sabía que él no era el culpable y que no ganaría nada con hacerle daño, sólo satisfacer los deseos perversos de Naraku. Sin embargo, el olor a la sangre de Kagome que llegaba sin dificultad a sus fosas nasales era suficiente para enfurecerlo por completo.

—¿Qué ocurre, InuYasha? Creí que tu prioridad era proteger a tus amigos… —Kagura sonrió maliciosa, provocando al ambarino. —Este niño no es nada tuyo, y después de lo que hizo la taijiya, no deberías preocuparte por él. Aunque, ¿qué sería capaz de hacer ella si llegas a lastimar a su pequeño hermano? Quizá…

—¡CIERRA LA MALDITA BOCA! —InuYasha la calló, su rostro contraído por la furia. —No le haré daño a Kohaku, él ahora es sólo una marioneta. A la que haré pedazos es a ti.

Con un movimiento, arrojó a Kohaku al otro lado del claro, para luego empuñar a Tessaiga contra Kagura, lanzándole un Kaze no Kizu que ella apenas pudo esquivar por lo repentino. Ella terminó alejándose en su pluma, llevándose al taijiya menor consigo.

—¡Espero que Naraku haya tenido mejor suerte que yo! —Exclamó la yōkai, sobrevolando el claro antes de marcharse. —¡Nos veremos pronto, InuYasha!

Luego de decir esas palabras, desapareció en el cielo, dejándolos solos. El hanyō refunfuñó entre dientes, pero se apresuró en acercarse a Kagome para evaluar su herida, era lo único que le importaba en esos momentos.

—Creo que deberíamos volver con Kaede para que la revise bien —dijo, mientras la ayudaba con el vendaje.

—Estaré bien, tenemos que seguir —dijo ella, observando la dirección que había tomado Kagura —. Tengo un mal presentimiento, deberíamos buscar a los muchachos.

—P-Pero tu herida…

—Sanará, puedo encargarme yo misma —Kagome fue tajante, dirigiéndole una mirada decidida —. Pero creo que Sango y Miroku-sama corren peligro.

InuYasha frunció el gesto, sus amigos sabían a lo que se exponían viajando solos, y eso no debería ser problema de ellos, aunque estuviese preocupado por su bienestar, porque ahora su prioridad era la seguridad de Kagome y Shippō. Sin embargo, sabía que no podría convencer a la azabache de lo contrario, por lo que sólo le quedaba aceptar su idea.

—Keh, como quieras.

Terminaron de ver la lesión de Kagome y se apresuraron en seguir su camino, InuYasha sospechando que sus amigos podían haberse dirigido hacia la aldea de los taijiya, decidió que ese sería su destino, porque no tenía más opciones y, al igual que la azabache, él también tenía un mal presentimiento.


¡Holaaaa! Sé que me tardé más de lo previsto en subir este cap, pero la vuelta al trabajo sumado a los preparativos para el regreso a clases de mi enano, me han tenido a full. No digamos ya otras cosas como el corte de luz a nivel nacional que hubo en mi país, o ese tipo de eventualidades que van ocurriendo. En fin, cosas de la vida. Pero lo prometido es deuda, así que aquí traigo el siguiente capítulo, espero sea de su agrado. Estaré atenta a sus comentarios.

Quiero agradecer desde el fondo de mi corazón a mis lectorcitos, en especial a quienes me dejan reviews, porque amo compartir qué es lo que les causa el fic. En especial, mencionar a Lis-sama, Rosa . Taisho, EmySophy, DAIKRA y Sayra Caratomate. Todas son un sol, de verdad que parte de este proyecto sigue en pie gracias a su apoyo. Mucho amor para ustedes.

Por ahora, me despido. Espero no tardar tanto en traer el siguiente, pero sólo puedo prometer que daré mi mejor esfuerzo.

Un abrazo y mucho chocolate.

Yumi~