(Des)enmascarados
Capítulo 3. Comunicación silenciosa
Afortunadamente, el rehogado necesitaba atención y Jubal se apartó antes de que Isobel no pudiera evitar hacer algo inapropiado. Fingiendo estar sumidos en un silencio más cómodo de lo que era en realidad, Isobel se puso con la preparación de la salsa mientras Jubal se ocupaba de la pasta.
Sirvieron sendos platos y se fueron al sofá a comer. Encendiendo la TV, Isobel sintonizó un programa al que no prestaron la más mínima atención.
Jubal podía notar que Isobel estaba tensa. Era muy buena en el trabajo encubierto, nadie más lo habría percibido, pero para él fue claro como el agua. Después de meditarlo un momento, alabó sinceramente la salsa de verduras, y consiguió que ella le dedicara una sonrisa que Jubal habría deseado con todo su corazón que fuera genuina, por improbable que eso fuera.
Aún tratando de distraerla, comenzó una conversación ligera sobre un espectáculo de monólogos que había ido a ver con sus hijos. Isobel lo bendijo mentalmente y logró relajarse hablando de cómicos conocidos, riendo con algunos de sus chistes.
Después del postre, atendieron más la televisión porque encontraron que estaban emitiendo "El golpe" en un canal de cine clásico. Era una película que ambos ya había visto, pero que a los dos les encantaba.
Pero por alguna razón Isobel, además de los desagradables mensajes y agasajos del acosador, ahora no podía sacarse a David Owen de la cabeza. Giraba despacio e inconscientemente su reloj de pulsera alrededor de su muñeca. Sin apartar los ojos de la pantalla y sin hacer aspavientos, Jubal alargó lentamente la mano y acarició suavemente la suya, deteniendo el incesante movimiento.
Bajo el delicado roce de los dedos de Jubal, la ansiedad de Isobel -sólo hacía un momento rozando como papel de lija contra su inconsciente- perdió más y más solidez hasta que se disipó como una simple voluta de humo. Disimulando un suspiro, ella volvió a maravillarse de la facilidad con la que el amable contacto de Jubal era capaz de calmarla.
Entonces él le pasó el otro brazo por los hombros. Isobel captó enseguida lo que Jubal pretendía. Se acurrucó apenas sin dudarlo contra su costado, relajándose por fin y disfrutando la película. Sabía que formaba parte de la charada, pero era muy agradable, tenía que reconocerlo. Algo a lo que podría acostumbrarse...
Al cabo del rato, sin embargo, Isobel empezó a tener la sensación de que estaban procrastinando. Jubal tenía razón. No iban a conseguir nada sólo cocinando o viendo la televisión.
—Deberíamos besarnos —susurró muy bajito.
Era mejor avisar a Jubal en lugar de lanzarse a ello directamente y provocar en él una reacción no convincente.
—Sí, claro. Y tener sexo también, ya que estamos —bromeó él entre dientes.
—Lo digo en serio.
Reclinándose contra su torso, Isobel giró la cabeza y lo miró a la cara, una mano apoyada en su pecho. Jubal intentaba disimular su aprensión y el brinco que le había dado el pulso.
—Aam... —Movió la boca tratando de discutir pero se había quedado sin palabras. No estaba nada seguro de que eso fuera prudente—. Isobel...
El modo en que Jubal murmuró su nombre sólo sirvió para que la iniciativa de Isobel ganara más acicate. Rehuyó bruscamente los inquietos ojos de él y buscó despacio su boca. A Jubal se le cortó la respiración. Ella pudo notar su corazón latiendo con fuerza bajo su palma.
Desde el mismo instante en que los cálidos labios de Isobel entraron en contacto con los suyos, Jubal supo que no iba a ser capaz de manejarlo. ¿Cómo iba hacer como que la besaba de verdad -realmente besarla- y a la vez permanecer indiferente? Era una misión imposible.
Por su parte, para Isobel no era la primera vez que besaba a alguien durante un trabajo encubierto, pero descubrió que sí era la primera en la que lo hacía con verdadero agrado. Eso resultó en que para Jubal, aunque suave, el beso de Isobel se sintió espontáneo del modo más arrebatador. Dejó de luchar contra sí mismo y se permitió disfrutarlo.
Tras aquel breve momento de duda, el posterior entusiasmo de los labios de Jubal cogió a Isobel totalmente por sorpresa. Tanto que, sin darse cuenta, su propia boca correspondió haciendo el beso más osado, más húmedo. Alzó una mano, cogiéndole la cara. El brazo que antes rodeaba sus hombros descendió, e Isobel notó la palma de Jubal deslizándose lentamente por su espalda hasta su cintura, atrayéndola con suavidad contra él.
Cuando Isobel aplicó un delicado mordisqueo en el labio inferior de Jubal, invocó un leve pero sentido gruñido.
Aquel sonido, les hizo a los dos percatarse a la vez. Por unos maravillosos momentos, se habían olvidado. De que estaban siendo observados, no sólo por el acosador, sino también por sus propios agentes. De que se suponía que estaban fingiendo.
Se detuvieron, despacio, conscientes de todos modos de que debían evitar gestos bruscos que rompieran su mascarada.
Sin aliento, Jubal miró a Isobel. Él casi se ahogó en el encantador brillo de sus ojos. Entonces, éstos se endurecieron con esa firme determinación de Isobel que a Jubal siempre hacía que el corazón le latiera más fuerte.
Tenían una misión que cumplir.
Una mirada de compresión, un casi imperceptible asentimiento. Debían seguir adelante sin perder de vista su objetivo. Un acuerdo tácito establecido mediante la silenciosa comunicación que habían adquirido rápidamente desde que se conocieron hacía ya años. Isobel sintió aquella conexión dentro de ella más fuerte que nunca, y vio en los ojos de Jubal que ella no era la única que la sentía.
Atrayéndola de nuevo hacia sí, él la besó de nuevo, con un cuidadoso control esta vez, pero mezclado con una inconsciente adoración, e Isobel lo aceptó sobrecogida, acariciándole la nuca. Sabía que ahora los dos estaban haciendo aquello sin olvidar su propósito final, pero temía a la vez que seguramente lo cambiaría todo.
Reteniéndose con sensatez, prolongaron el beso durante largo rato, tendiendo el cebo con habilidad al tiempo que se deleitaban de cada segundo.
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Cuando sus móviles vibraron a la vez, bastante después, ninguno se apresuró a detenerse y mirar el suyo.
Deshicieron despacio su abrazo. Isobel bajó los ojos, sobrepasada por lo que le había hecho sentir. Aunque los dos habían mantenido sus manos prácticamente castas, había sido algo más que un interesante ejercicio de autocontrol. Isobel no podía negar haber disfrutado -demasiado, de hecho- de devolver cada uno de los pausados pero deliciosos besos que Jubal había dejado en su boca. El afecto que le había transmitido mientras la sostenía en sus brazos, la había dejado temblorosa no sólo físicamente. Se obligó a recordarse que seguía enfadada con él.
Se mordió ligeramente los labios. Seguía sintiendo los de Jubal sobre ellos. Tratando de calmar su respiración agitada y sofocar el calor dentro de su cuerpo, Isobel comprobó su móvil para distraerse y chequear la notificación que habían recibido.
—Se ha desconectado —murmuró.
Tuvo que hacer a un lado una aguda y muy inapropiada decepción. Una parte de ella de buena gana habría seguido con ello.
Por su parte, todo en el cuerpo de Jubal lo impelía a continuar besándola de todos modos, los labios de Isobel llamándolo de un modo casi irresistible. Era una necesidad. Se inclinó despacio hacia ella, como hechizado.
Pero... su intimidad era inexistente en ese momento. Podía imaginarse las expresiones divertidas que habrían intercambiado OA y Maggie, que vigilaban desde la furgoneta, aun cuando Isobel y Jubal habían tenido un motivo justificado para besarse de esa manera y durante tanto tiempo.
Además, al separarse Isobel parecía más retraída aún que antes, como si se sintiera abochornada de lo que acababa de pasar. Jubal pensó que era muy probable que no hubiera sido tan embriagador para ella como lo había sido para él.
No quiso empeorar más las cosas para Isobel. Con una presión en el pecho que casi no le dejó respirar, Jubal también se apartó. La observó ponerse en pie y apagar la televisión. Necesitó unos momentos más para recomponerse del estado en el que lo habían dejado los besos de Isobel.
Haciendo lo posible por no cruzar las miradas, recogieron los platos de la mesa de café. Estaban poniendo juntos el lavavajillas, invocando de nuevo esa confortable sensación de familiaridad, cuando Ian les mandó un mensaje. Su analista había estado todo ese tiempo intentando localizar el origen físico de la intrusión en el sistema, pero el acosador había utilizado una VPN que rotaba dinámicamente la IP, haciendo la conexión imposible de trazar.
En cualquier caso, en aquel momento seguía desconectado.
—Oye... ¿puedo preguntarte una cosa? —dijo Jubal mientras terminaban de recoger.
—Depende —replicó Isobel, cautelosa.
Jubal cabeceó, apoyándose contra la encimera.
—¿Por qué no le contaste al equipo el motivo verdadero de mi ausencia? —preguntó de todas formas.
No es que Isobel les hubiera mentido. Simplemente no divulgó la indiscreción de Jubal, ni que el tiempo que no había trabajado hubiese sido una medida disciplinaria. Él no se había enterado de que no lo sabían hasta que regresó.
Fue breve, pero Isobel hizo una pausa en lo que estaba haciendo. La pregunta la había cogido desprevenida.
—Habría sido malo para la moral —contestó Isobel, llanamente pero algo ambigua.
A Jubal se le escapó una mueca dolorida.
—Ya...
Otra de las cosas que había puesto en riesgo al saltarse la política del bureau por ayudar a su hijo.
—Además... No quería a toda la oficina murmurando sobre ti —añadió Isobel, con la voz más queda, casi tímida.
Puede que ya no confiara en Jubal como antes, pero eso no significaba que quisiera que él perdiera el respeto de los demás.
Jubal se la quedó mirando terminar de meter los cacharros en el lavavajillas. Sentía el significado más allá de sus palabras, el deseo de proteger su honor, a pesar de todo. Era más de lo que él había hecho por sí mismo, y no estaba seguro de merecérselo. Tragó con dificultad.
—Gracias —fue todo lo que pudo decir, pero lo hizo con todo su corazón.
Cerrando el lavavajillas, Isobel lo puso en marcha antes de mirarlo a la cara.
La culpa que carcomía a Jubal se volvió desgarradora al encontrar aún la decepción en el fondo de los húmedos ojos de Isobel. Necesitaba afrontar lo que había hecho y pedirle perdón. Tomó aire.
—Deberíamos irnos a dormir —opinó ella, apartando la mirada; la cuestión era todavía demasiado dolorosa.
Y para Jubal fue como tropezar en la oscuridad. Perdió por completo su impulso.
—Umm... Sí... Sí, de acuerdo. Usaré el sofá —dijo señalando por encima de su hombro con el pulgar.
—¿Qué dices? —preguntó Isobel conteniendo una risa más fruto de la tensión que del humor.
Jubal pareció confuso, pero sólo durante un segundo.
—Cierto. Tienes razón —murmuró parpadeando abochornado, y la siguió reticente a su dormitorio.
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