(Des)enmascarados
Capítulo 5. Punto muerto
Nota del autor: Gracias a Gogo y nicalenav por las ideas para este capítulo.
Reprimiendo un sobresalto, Isobel recordó de pronto que el asesino podría estar observando. ¿Se habían delatado con aquella inconveniente reacción de Jubal? Controlando su repentina ansiedad, Isobel alcanzó su móvil con un movimiento que procuró pareciera casual. El último aviso, hacía algo menos de 1 hora, decía: "conectado".
Renegó mentalmente, temiendo que con aquel desafortunado incidente, lo habían echado todo a perder.
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Según entraron ella y Jubal al JOC, Isobel se dirigió directamente a su mejor experto en informática.
—Buenos días, Ian.
El analista apartó la cara de su pantalla, pero siguió tecleando, como si las manos no fueran suyas.
—Buenos días —saludó él, cordial.
—Necesito que busques el modo de corromper el archivo de vídeo de las cámaras de vigilancia de mi casa de hoy alrededor de las 6:20 —pidió ella.
—¿Por qué?
Isobel se reprimió de saltar con un desabrido "Porque yo lo digo". Conociendo a Ian seguro que lo preguntaba porque necesitaba saberlo por alguna cuestión técnica. Jubal les había dado la espalda, mirando casualmente hacia las pantallas con los brazos en jarras, para que nadie notara que estaba ruborizado, pero Isobel pudo vérselo en la parte posterior del cuello.
Los dos habían intentado comportarse como adultos, pero el tiempo preparándose para salir y hasta que llegaron hasta el 26 Fed había sido verdaderamente incómodo. Aunque dudaba de que OA y Maggie hicieran comentarios al respecto, Isobel se alegró de que estuvieran ahora mismo descansando, y no fueran a ir a la oficina hasta más tarde.
—Porque hemos cometido un error que podría delatarnos —respondió Isobel sin entrar en detalles—. El hacker estaba conectado en ese momento, pero espero que no haya llegado a verlo. No quisiera que lo descubriera sólo porque decida repasar las grabaciones.
Ian asintió mostrando buena disposición.
—Me pongo con ello ahora mismo.
Antes de irse a su despacho, Isobel le echó una última mirada a la espalda de Jubal.
Mientras caminaba por el pasillo, cerró los ojos al recordar el deseo que el cuerpo de él había parecido demostrar aquella mañana.
Irritada, se reprendió por saltar a conclusiones equivocadas. Cualquiera con un poco de conocimiento sobre fisiología masculina sabría que la reacción física de Jubal era perfectamente natural y que no tenía por qué tener nada que ver con ella específicamente... Todavía le avergonzaba el efecto ardiente que había tenido sobre ella... que aún la estremeciera recordarlo. Culpó a los inconvenientes sueños que habían poblado su noche, y trató de no pensar en ello.
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Maggie se encontró con OA en la sala de descanso. Se dieron los buenos días algo somnolientos. Ya casi había pasado la hora del almuerzo, aunque no para ellos, que se acababan de levantar, como quien dice. No se dijeron mucho más mientras se servían un café.
Elise entró acompañada de Kelly, ambos con sendas fiambreras en las manos, y los cuatro se saludaron. Los analistas se sentaron para tomar su tardío almuerzo. No era poco habitual que el trabajo obligara a que hicieran la pausa tan tarde.
—Entonceees... —Elise miró a su alrededor, como asegurándose de que no hubiera gente que pudiera pegar la oreja—. ¿Qué pasó anoche? —preguntó como si tal cosa y se metió una buena porción de pasta en la boca.
OA y Maggie se miraron entre sí. La noche había sido... extraña. Ver a Jubal e Isobel interactuando en ese grado de intimidad se sentía realmente raro. No podían decir que les hubiera sorprendido la química que había entre sus dos jefes, pero verlos besarse había sido enternecedor y embarazoso a la vez. Siempre lo es cuando ves a mamá y papá haciendo algo así...
Pero es que no había sido lo único.
—Maggie. Maggie, despierta —OA la había llamado a mitad de la noche, cuando ella estaba cogiendo un poco de sueño para poder aguantar el resto de la noche levantada—. Tienes que ver esto.
OA había sido el primero en ver que Isobel, hermosa y mayestática, contemplaba la calle con la cortina echada. No tardó en comprender de qué se trataba. Cuando Maggie se acercó a las pantallas, Jubal se había reunido con Isobel. Maggie sonrió ante aquello. Y rápidamente se sintió incómoda por la situación que se estaba desarrollando. Sin embargo, tuvo que lamentarlo por Jubal cuando fue testigo de su decepción al comprender que Isobel estaba todavía dormida, y más aún cuando luego se lo vio huir de ella acurrucándose en el extremo más alejado de la cama.
OA se escondió dando un largo sorbo de su taza de café, dejando el tema de contestar completamente en manos de Maggie. Gracias, compañero, pensó ella con fastidio, aunque sabía que OA lo había hecho porque pensaba que ella sería capaz de manejarlo mejor que él.
—Bueno —le contestó a Elise—. Son excelentes profesionales. Interpretan su papel con exactitud —A Elise se le escapó una sonrisa y Kelly levantó las cejas. Maggie se sintió mal porque lo que habían entendido no era lo que ella quería decir—. Saben lo que están haciendo —aclaró.
—Lo sé. Es que toda esta situación... —reflexionó Elise—. Isobel y el asesino en serie que la acecha, Jubal protegiéndola. —Se encogió de hombros, sonriendo con desenfado—. Es como... no sé... irreal. Como estar dentro de aquella antigua película de Whitney Houston.
—Puede, pero Isobel le ha pedido a Ian que deje inutilizado uno de los archivos de vídeo de esta mañana —intervino Kelly, que no sabía muy bien qué pensar de todo aquello.
Elise apenas reprimió una risita. Maggie y OA volvieron a mirarse, inquietos.
Por la mañana, habiendo los dos cambiado el turno ante las pantallas, era Maggie quien estuvo viendo dormir a sus jefes, quienes habían terminado abrazados de nuevo. Se sintió como una niña que aparta los ojos ante la intimidad ajena. OA se unió durante momento más "interesante", cuando Jubal se despertó.
Al saltar su ASAC de la cama y levantar las manos protegiéndose, OA murmuró para sí algo sobre no podía culparle, y Maggie le lanzó una divertida mirada de reojo.
Ahora, los analistas la miraban atentamente, esperando su respuesta.
—Aaam, sí. Nada raro. Sólo un desliz que podría descubrir la tapadera —respondió Maggie, sintiéndose como si estuviera mintiendo para protegerlos, aunque simplemente estuviera diciendo la verdad.
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Mientras tanto, junto a la puerta del despacho de Isobel, Jubal se preparaba con una lenta inspiración para entrar y hablar directamente con ella. La observó desde fuera un momento, sin poder evitar rememorar el haberla tenido en sus brazos, el haber recibido sus besos. Y, especialmente, redescubrir la conexión que parecía unirlos a pesar de sus recientes disputas.
Carraspeó. Todavía se sentía avergonzado por lo sucedido aquella mañana. Llamó a la puerta y no entró hasta que ella le hizo una seña, a través del cristal, de que podía pasar.
—Ey, aaam... Te he traído algo de almuerzo —dijo Jubal dejando una bolsa de papel del deli de la esquina sobre la mesa.
Isobel no quiso mirarlo.
Los latidos del corazón de Jubal bajo su palma, la innegable ternura en sus besos de la noche anterior, la atormentaban. Los esfuerzos de Isobel por desterrarlos de su mente estaban siendo desesperantemente infructuosos.
Se asomó a la bolsa de papel para descubrir su ensalada favorita. Se le escapó una sonrisa agradecida que simplemente hizo feliz a Jubal.
—¿Alguna noticia? —preguntó ella con voz controladamente neutra, extrayendo el contenedor y los cubiertos de la bolsa.
—No...
El asesino se había desconectado poco después del incidente y no se había vuelto a conectar. Aunque, como poco después Isobel y Jubal habían salido hacia la oficina, realmente no tenía mucho sentido que lo hubiera hecho.
—Este tipo sabe que tengo un cargo de responsabilidad en el FBI —se lamentó Isobel—. Si sospecha lo más mínimo que estamos tras su pista, se largará para siempre.
—Lo siento —dijo Jubal apesadumbrado, por enésima vez.
Isobel levantó la cara, con los labios torcidos. Le irritaba que él se disculpara siempre por lo que no era necesario, y no lo hiciera por lo que sí. A Jubal no le costó interpretar el origen de su frustración, pero ahora tampoco era el momento de sacar la única desavenencia realmente grave que habían tenido en los cinco años que llevaban trabajando juntos.
—Es posible que ya no tenga sentido continuar con la operación —reflexionó Isobel.
—Tal vez... ¿deberíamos dejarlo? —preguntó Jubal inseguro.
Lo cierto era que una parte de él se habría sentido aliviada.
—Eso significaría dejar escapar a este bastardo —replicó ella, negando con la cabeza.
Realmente se temía que hubieran perdido definitivamente la oportunidad de atraparlo. Dejó escapar un largo suspiro, y meneó la cabeza con desazón, su rostro contrariado. Se resistía a rendirse, pero no estaba segura de qué hacer. Parecían haber alcanzado un punto muerto.
—Ya... Lo si- —empezó a decir Jubal
La mirada cortante y los labios apretados de Isobel le impidieron de raíz a Jubal terminar de decirlo otra vez. Se produjo un silencio incómodo y ella empezó a comer.
—Al menos, Ian ha podido corromper el archivo —intentó animarla él—. Por cierto, aam... Le pedí... —añadió bajando la voz— ...que no lo visionara.
Sin volver a alzar la mirada, Isobel asintió con aprobación. No quería hablar de lo sucedido esa misma mañana, pero apreciaba que Jubal hubiera querido ahorrarles la vergüenza pública a ambos.
Por su parte, ella había estado revisando las grabaciones del día anterior, por si encontraba algún otro fragmento más que debiera eliminarse. No iba ni por la mitad y, al menos de momento, no había encontrado nada preocupante. Pero haberse visto a sí misma besándose con Jubal en el sofá no había contribuido a calmar su agitación y acallar sus invasivos recuerdos.
Ella siguió comiéndose la ensalada, mirándolo de hito en hito. No se le había pasado por alto el cansancio en el rostro de su ASAC. Tenía aspecto de haberse pasado toda la noche en vela. Sabía lo que se sentía: con excepción de anoche, ella llevaba semanas sin dormir como es debido. Se preguntó por qué habría dormido tan bien esta vez. La conclusión era que la presencia de Jubal le había permitido relajarse de verdad, y eso le resultó de algún modo inquietante de un modo completamente distinto.
—¿Has comido algo tú también? —cambió de tema, bruscamente.
Jubal controló su sonrisa. Era la primera vez que Isobel se interesaba por él a nivel personal desde que volvió de la suspensión.
—Sí. Tomé algo en el deli —dijo haciendo un gesto vago hacia la bolsa.
—Una de esas horribles barritas energéticas que tragas a veces no cuenta como almuerzo, ¿eh? —gruñó Isobel.
Le fastidiaba no poder distanciarse de Jubal como para que no le importara su bienestar.
—Bocadillo de carne mechada y una manzana.
—Bien —zanjó ella la cuestión con sequedad.
La sonrisa de Jubal se amplió a pesar suyo. El pulso de Isobel se aceleró, pero lo miró fingiendo frialdad por encima de sus gafas. La estaba poniendo nerviosa.
—¿Querías algo más?
—Eeeh... No. No. —Él empezó a marcharse, algo abochornado e Isobel continuó comiendo. Pero entonces Jubal se detuvo, dando golpecitos en su cinturón—. De hecho...
La vio suspirar invocando paciencia. Después de un par de segundos de vacilación, Jubal se decidió. Se acercó de nuevo a su mesa.
—Mmm... Isobel, ¿sabías que eres sonámbula? —preguntó en voz baja, procurando ser discreto.
Ella levantó la cabeza, parpadeando. Por un momento pensó en negarlo todo, pero decidió que no era buena idea.
—Siéntate, por favor —pidió Isobel, quitándose las gafas y apartando la ensalada.
Esperó a que Jubal tomara asiento en una de las sillas de visita. Él la miraba intrigado.
—No me ocurre regularmente — explicó—. Sólo cuando... —bajó la mirada— ...cuando estoy bajo mucho estrés. —Se perdió la genuina mueca de preocupación que se le escapó a Jubal. Se sacudió la vergüenza y volvió a alzar los ojos—. ¿Estuve...? ¿Estuve anoche caminando dormida?
—Así es...
—Espero no haber hecho nada embarazoso —murmuró Isobel.
—No, no. Qué va. Nada de eso —le aseguró Jubal.
Pero lo apresurado de sus palabras resultó un poco raro.
—¿Seguro? Me han dicho que puedo llegar a ser un poco... extravagante a veces —confesó, permitiéndose mostrarse un tanto tímida.
A Jubal le cogió por sorpresa cómo lo enterneció aquel gesto suyo.
"Extravagante" no es la palabra que yo utilizaría... pensó, algo divertido. Luchó por no delatar su agitación interna, su mente saturada por los recuerdos de lo que realmente había sucedido. Dudo de sí decirle o no la verdad. Pero, ¿de qué podría servirle a Isobel saberlo salvo para avergonzarla y estresarla aún más?
—Cuando me di cuenta te devolví a la cama. Eso- —No pudo evitar tener que aclararse la garganta—. Eso fue todo.
Isobel percibió su momento de indecisión, pero no llegó a darle importancia.
—Debería habértelo advertido —admitió abatida—. Pero ha pasado bastante tiempo desde la última vez. Sinceramente, ni siquiera se me ocurrió que fuera a volver a ocurrir precisamente ahora...
Jubal asintió, intentando ofrecerle comprensión. Era muy consciente de que Isobel estaba bajo mucha presión con un acosador espiándola en su propia casa, y teniendo además que fingir cosas que no sentía hacia un compañero de trabajo...
Maldijo para sí. Si hubiera sabido lo muy expuesto que iba a resultar no sólo física y emocionalmente, sino también a tener que admitirse a sí mismo ciertas cosas, jamás habría insistido en unirse a Isobel en aquella misión de esa manera en particular.
No. ¿A quién quería engañar? La necesidad de protegerla de todo sufrimiento era simplemente abrumadora.
—No te preocupes. Estaré pendiente de ahora en adelante. Somos un equipo —afirmó con convicción—. Estamos juntos en esto.
La forma en que Jubal lo dijo le dio a Isobel una agradable sensación de seguridad... y despertó inesperadamente algo dentro de ella, en lo más profundo, fortaleciendo el vínculo entre los dos. Dubitativa, lo observó en silencio, no muy segura de si se podía permitir sentirse así hacia él.
La duda en sus ojos desgarró a Jubal por dentro.
Un par de toques en el marco los hizo a los dos mirar hacia la puerta.
—Un paquete para usted, Sra. Castille —anunció uno de los ordenanzas.
Isobel le hizo un gesto para que entrara y el hombre dejó una pequeña caja de cartón sobre la mesa. Ella le dio las gracias antes de que se fuera. Jubal esperó a ver si Isobel retomaba la conversación, pero ella cogió la caja y empezó a abrirla en silencio. Pesaroso, él lo tomo como indicación de que debía irse.
Estaba saliendo por la puerta, cuando Isobel lo llamó con voz ahogada.
—Jubal.
Ella se puso en pie y los dos se reunieron en el centro de despacho.
Extendiendo la mano, Isobel le mostró el interior de la caja. Estaba rellena con las virutas de papel rosado que el asesino había utilizado para acolchar en el resto de regalos que le había enviado a Isobel.
Jubal recordó con repulsión los objetos que ella había recibido -y entregado como evidencia-, algunos de ellos desagradablemente groseros, escogidos de manera específica con la intención de que Isobel los utilizara para fantasear eróticamente con su acosador.
Dentro de la caja había un papel de un rosado más intenso, doblado cuidadosamente, y debajo, un cuadrado estuche negro, de los que se utilizan en joyería.
Tomando aire, Isobel tomó el papel y lo desdobló. Jubal se acercó para leer por encima de su hombro. Su proximidad le aportó el aplomo que ella estaba necesitando para enfrentarse a ello.
"Oh, amada mía. ¿Cómo has podido traicionarme así, herirme tan profundamente? Tú, que eres la luz de mi universo," decía la nota.
Isobel y Jubal intercambiaron una inquieta mirada.
"No puedes dejarme por ese individuo. Es sólo un infeliz que no te merece", continuaba.
En eso tiene razón, cruzó fugazmente el amargo pensamiento por la mente de Jubal.
"Pero lo entenderás. Yo haré que lo entiendas. Lo haré sufrir y te lo demostraré. Te demostraré que, en el momento de la verdad, no se sacrificaría por ti."
Con un escalofrío, Isobel apretó un puño y tragó saliva ante las terribles imágenes que invocaba aquella amenaza.
"Entonces me pedirás que tome posesión de ti. De todas las formas en que yo desee."
La furia y la repulsa casi arrasaron a Jubal.
"Y yo te complaceré, puedes estar segura. Hasta que no podrás creer que hayas deseado a otro hombre mas que a mí. Porque eres mía. Sólo mía. Y lo serás para siempre."
La palabra "mía" aparecía subrayada con furia, mientras "para siempre" destacaba por sí solo, infiriendo un ominoso desenlace.
Con dedos más temblorosos de lo que Isobel hubiera querido, dejó a un lado la nota y abrió el estuche de joyería. Dentro, un elegante candado de oro en una gargantilla de terciopelo negro descansaba sobre raso rojo como la sangre.
El miedo cuajó la de Isobel en sus venas. El estuche casi se le cayó de las manos, y Jubal se apresuró a ayudarla a sujetarlo, mientras luchaba sin éxito por eliminar de su cabeza la imagen de Isobel en el lugar de una de las víctimas, tendida, abusada y muerta, con la gargantilla luciendo en su esbelto cuello.
Ella se giró, mirándolo a la cara. Sus negros ojos húmedos pero implacables.
—¿Sabes qué significa esto? —dijo con voz ronca.
Jubal le leyó la mente.
—Sí. Que él va a por todas y que nosotros seguimos adelante —contestó, con un apretado nudo en la garganta.
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