Contenido NSFW al inicio del capítulo.
Bueno, puede que los dioses no lo odiaran tanto como él creía. Tal vez incluso le tenían algo de aprecio... tenían que por lo menos no desear su eterno sufrimiento, no había más explicación para los momentos de absoluta gloria que llegaba a vivir.
Elsa se ve preciosa esa mañana, completamente desnuda, una leve capa de sudor cubriendo su cuerpo, su blanco y precioso cabello alborotado cayendo sobre sus hombros, brincando sin parar y rápidamente sobre su miembro mientras le araña levemente los hombros. Se ve preciosa con los pechos y el cuello cubiertos de los chupetones que él le ha dibujado en la piel, se ve preciosa mientras gime desesperada con los ojos cerrados, sumiéndose por completo en el placer.
Hiccup gruñe encantado cuando Elsa chilla y se recuesta con algo de brusquedad sobre él al llegar al clímax. Se inclina para llenarle el cuello de nuevos besos húmedos mientras toma con fuerza sus caderas para asegurarse que siga habiendo algo de movimiento para los dos. Siente cómo se remueve entre sus brazos, escucha sus cortos jadeos agudos que cada vez suben más de volumen.
Le pasa lentamente los dedos por la espalda, provocándole escalofríos. —Hoy estás particularmente sensible, princesa —susurra con algo de sorna antes de darle un leve mordisco en el cuello, consiguiendo únicamente que Elsa soltara uno que otro quejido cansado contra su piel—. ¿Quieres parar, cariño? —pregunta con toda la dulzura del mundo a pesar de que seguía subiendo y bajando sus caderas por su propio placer.
Se lleva una placentera sorpresa cuando la escucha soltar otro quejido para luego abrazarle el cuello y removerse con cansancio contra su cuerpo. —No... —lloriquea con ese tono de niña mimada que usaba cuando estaba desesperada por conseguir que le concedan cualquiera que fuera el capricho que tuviera en ese momento. Aunque está agotada, Elsa se acomoda para poder estar cara a cara con Hiccup, lo mira fijamente a los ojos por unos largos segundos con un puchero enternecedor en el rostro, seguramente porque cree que sus pedidos no son suficientes, seguramente porque quiere asegurarse de conseguir lo que quiere—. Cariño, quiero que sigas, por favor.
No puede evitar soltar una risilla ante la actitud de su angelito.
A veces era tan coqueta, juguetona, segura y pícara que lograba hacerle temblar de pies a cabeza, mientras que en otras ocasiones parecía realmente un pequeño angelito, un encanto de sonrisa tierna que necesitaba que él la cuidase y la llenara de mimos inocentes. A veces ella peleaba hasta tener todo el control posible sobre él para cumplir todo tipo de fantasías que pudiera llegar a tener, en otras ocasiones se dejaba deshacerse por completo bajo sus toques y parecía no atreverse a hacer nada demasiado llamativo o extravagante.
Aquella mañana estaba especialmente cariñosa y sumida por completo en todo el tema de ser lo más angelical posible. Hiccup no recordaba si había llegado a usar el apodo de "angelito" delante de ella o si alguna vez se le había escapado decirle que le encantaba cuando tomaba una actitud tierna o si de alguna forma ella sencillamente había notado por su propia cuenta cuáles eran sus preferencias, pero la cuestión es que desde el extraño problema con las investigaciones de Runeard, Elsa había tomado esa actitud angelical con él casi en todo momento, como si estuviera intentando compensarle.
La tumba con algo de brusquedad en la cama, cuando hace eso ella suele quejarse por no avisarla, o se burla un poco de él juguetonamente por ser tan desesperado, pero esta mañana no hace nada de eso, se limita a mirarlo fijamente mientras le rodea el cuello para tirar de él y hacer que la bese. No se separan hasta que él se entierra en ella con algo de brusquedad, sacándole un gemido que realmente parece más bien un quejido de dolor. Ignora la leve preocupación que siente por unos segundos para sujetarla bien de la cintura y empezar un rápido vaivén contra su delicado cuerpo, los gemidos que su pobre angelito suelta siguen siendo muy agudos, las manos de Elsa incluso se aferran a sus hombros y clavan allí sus uñas.
No para su dureza en ningún momento, pero le acuna el rostro para asegurarse que lo está mirando fijamente a los ojos mientras le habla. —¿Estoy siendo muy duro? —le pregunta como puede entre jadeos y gruñidos. Ella niega fervientemente con la cabeza, pero tiene los ojos cerrados con fuerza y él está completamente seguro de que en cualquier momento sus uñas empezarán a sacarle sangre—. Cariño —la llama con dureza, insiste en que responda correctamente, pero todavía no se toma la molestia de parar o tan siquiera bajar el ritmo. Incluso alza un poco el cuerpo de Elsa para poder ir más rápido, haciendo que ella pegue un leve brinco y se remueva desesperada entre sus brazos.
Elsa vuelve a negar con la cabeza, aunque está tirando con fuerza de las sábanas de la cama, aunque sigue chillando como antes, termina acercando una almohada a su boca para poder morderla en un intento desesperado de que dejara de dolerle la mandíbula por apretar tanto los dientes. Una vocecilla en el fondo de su cabeza —una vocecilla que definitivamente representaba a la moralidad que hace mucho había perdido— le dice que es evidente que está siendo muy brusco, que es evidente que a su angelito le están doliendo sus penetraciones pero que se está negando rotundamente a aceptarlo por algún motivo que desconoce. Aquella vocecilla le dice que debería ser más tierno, que debería ir más lento, que debería de llenarla de besos y caricias hasta asegurarle que no tenía que quedarse callada por él.
Sin embargo, otra voz, mucho más fuerte y firme, lo incitaba a presionar hasta ver cuál era el verdadero límite de su preciosa niña mimada.
—Entonces no te molestará que vaya más rápido, ¿verdad, princesa? —pregunta con sorna, sujetando sus piernas para abrirlas más y permitirse llegar mucho más lejos que antes. Parece que Elsa quiere responderle, pero la dureza de los movimientos de Hiccup le impiden formar ninguna frase con sentido. Él la toma con algo de brusquedad del cabello mientras junta sus frentes, con la mano libre se asegura de mantener lo más abiertas posibles las piernas de su angelito mientras sigue entrando y saliendo con algo de violencia de ella. Sigue removiéndose y clavándole las uñas en la espalda, en algún punto le sujeta de las mejillas para volver a tirar de él y besarlo.
En esta ocasión no duran mucho, Elsa no puede seguir el ritmo del intenso beso que Hiccup quiere tener, pero lo mantiene cerca, lo abraza con fuerza del cuello, obligándolo a soltar su cabello para estar más cómodo.
Con el rostro justo al lado de su oreja, Hiccup no puede evitar sonreír con algo de sorna antes de empezar a repetirle sin parar todos esos elogios que a ella tanto le encanta escuchar. Había sido muy evidente para él desde la primera noche que pasaron juntos que a su encantadora princesita le encantaba recibir cumplidos y elogios mientras lo hacían. Le gustaba oír lo hermosa que era, lo irresistible que se había vuelto para él, le encantaba cuando Hiccup insistía en lo terriblemente obsesionado que estaba con ella. No lo comprendía del todo por qué, pero a Elsa le encantaba que le repitiera una y otra vez lo mucho que la amaba, incluso se había tomado la molestia de confirmar que se quedaba insatisfecha e incluso indignada cuando no le decía al menos alguna cosa linda cuando lo hacían.
—Eres perfecta —gruñe contra su oído y realmente se pregunta cómo es capaz de comprender lo que le estaba diciendo mientras todo lo que podía hacer era aferrarse con todas sus fuerzas a su espalda. Sin estar del todo seguro si seguía escuchándolo o no, Hiccup sigue susurrando elogios contra el oído de Elsa mientras el ritmo de sus caderas no hacía más que aumentar.
En algún punto ella vuelve a tomarlo de las mejillas para que sus frentes volvieran a estar juntas, intenta besarlo por su cuenta pero es Hiccup quien tiene que asegurarse de que sus labios lleguen a unirse, no puede evitar sonreír durante el beso, no puede contener la felicidad de tenerla completamente rendida entre sus brazos. En cuanto se separan la abraza con todas sus fuerzas y se remueve encantado al sentir como ella también se aferra de inmediato a su cuerpo.
—Dios, te amo tanto —le logra decir entre gemidos y él gruñe encantado mientras decide llenarle el cuello de besos.
Espera... espera un segundo, ¿qué acababa de decirle su precioso angelito?
Se detiene con algo de brusquedad, sacándole un quejido infantil que ignora para poder separarse del abrazo y mirarla al rostro con algo de confusión.
Era la primera vez, ¿verdad? Llevaban un mes oficialmente como pareja, ella le había dicho lo maravilloso que era, lo afortunada que era de tenerlo en su vida, lo ideal y perfecto que era, para hasta ahora no le había dicho como tal que lo amaba.
¿Acababa de decirle por primera vez que lo amaba? ¿En una simple mañana mientras lo hacían? ¿Lo había dicho de verdad o por la intensidad del momento?
A Elsa le cuesta recuperar la respiración lo suficiente como para fijarse en él de verdad. Le acuna la mejilla derecha y ladea la cabeza. —¿Qué pasa, cariño?
—¿Acabas de decir lo que creo que acabas de decir? —pregunta con una sonrisa ladina algo forzada, realmente intentando hacer el momento más ligero y sencillo. Elsa lo mira fijamente con el ceño fruncido por unos segundos hasta que sus mejillas ya sonrosadas se enrojecen más.
Se cubre la cara con ambas manos mientras se queja por lo bajo y se aparta levemente del cuerpo de Hiccup. —Quería que fuera un momento más romántico —lloriquea como una niña pequeña a la que le había regalado un juguete pero no el que ella quería específicamente.
Hiccup parpadea confundido ante esas palabras. —¿Me estás diciendo que te lo has estado guardando hasta ahora? —cuestiona realmente intentando que no se notara la leve frustración y el enojo que sentía.
Cuando Elsa se sienta en la cama parece algo ofendida por su pregunta. —Claro que no, solo que esperaba que cuando me naciera decírtelo fuera en un contexto mucho más bonito —le explica con obviedad, rodando los ojos con algo de molestia—. En una cena romántica, luego de una cita particularmente emocionante, algo por el estilo.
No puede evitarlo, realmente lo intenta pero no puede evitar reírse de la respuesta de su novia. Sabía perfectamente que Elsa odiaba admitirlo, pero realmente le gustaban demasiado todas estas cursilerías típicas de novelas o películas románticas.
Ella le da un manotazo en el hombro. —¡Deja de reírte de mí! —le regaña aunque a ella misma se le escapan algunas risillas—. Que Dios me perdone porque prefiero decirte te amo mientras hacemos cualquier otra cosa que no sea follar.
Hiccup rueda los ojos con una sonrisa burlona. —Bueno, nena, follamos mucho, las probabilidades estaban en tu contra —bromea mientras se acerca para volver a dejarle besos por todo el cuello y la toma de los muslos para abrirle las piernas—. Venga, tampoco es tan malo, a mí me ha encantado —susurra eso último contra su oído para luego empujarla con la de brusquedad para que volviera a estar recostada sobre el colchón. Se inclina un poco sobre ella para poder pasarle el pulgar por su labio inferior—. Se buena niña y dímelo otra vez.
Para su sorpresa —y molestia— Elsa en ese momento desvía la mirada y se cubre el rostro.
—Si me lo pides así me da vergüenza —susurra por lo bajo con apenas un hilillo de voz, demostrándole que no estaba ni mintiendo ni exagerando en lo absoluto.
Hiccup no sabe si reírse o enojarse ante eso. —¿Qué te da...? —se interrumpe a sí mismo cuando decide tomarla de la cintura bruscamente para darle vuelta y dejarla boca abajo en la cama. No pierde nada de tiempo para introducirse en ella de nuevo con algo de violencia—. Haces cosas peores con esa boquita tuya para mí, pero eso te da vergüenza.
Ella no le da más respuesta que gemidos y un leve movimiento de caderas con el que le pedía que empezara a moverse, ante eso Hiccup se limita a darle un fuerte azote que logra dejarle la marca de sus dedos.
—Oh, ¿ahora estás exigente? —pregunta con sorna.
—Solo digo que si me lo vuelves a hacer de la misma forma, sí o sí te lo volveré a decir —le responde juguetonamente, viéndolo de reojo por encima del hombro, volviendo a mover sus caderas de la exacta manera a la Hiccup le encanta—. Y eso es lo que tanto quieres, ¿no es así, amor?
Allí estaba de nuevo, ese lado travieso y juguetón de su precioso angelito.
Se inclina para tomarla del cabello bruscamente, tirando así todo su cuerpo contra el suyo, la escucha gimiendo encantada, Elsa se voltea levemente para que pueda ver bien la sonrisa victoriosa que se extiende por todo su rostro.
Lo cierto es que, cuando se lo pensaba bien, no tenía ni idea de cuál era la versión que más le gustaba de Elsa.
Suspira con una sonrisa en el rostro. —¿Quién soy yo para negarte nada, princesa?
A Hans la emoción de conocer al nuevo novio de su amiga se le fue rápido y se le cambió por indignación en cuanto Anna le dejó en claro que no iba haber nada de alcohol en la reunión de ese idea. Le negaban su derecho a preparar cócteles para todo el grupo como tanto le encantaba ¡Qué descaro!
—Esto es un crimen de odio, estoy siendo horriblemente discriminado ¡Kristoff! —su novio estaba sentado a su lado, pero llamarlo así no era solo por el drama, sino también para que dejara de reírse como idiota de su desgracia—. Llama al 911, a la CIA, al FBI, a las noticias ¡a quién sea!
Mérida suelta una carcajada. —Yo lo veo justo, tienes la mala manía de emborracharte horrible cuando alguien nos presenta una nueva pareja.
—¡Mentira!
—Y cuando te emborrachas tienes que contar todas las vergüenzas del grupo entero a alguien nuevo para "que sepa dónde se mete" —añadió Mirabel con los brazos cruzados.
—¡Dime una sola vez que YO haya hecho eso! —exige con las mejillas rojas de la ira y la vergüenza.
Anna alzó una ceja indignada. —¿Te tengo que recordar lo que estuviste contando la primera vez que invité a Rapunzel a salir con nosotros?
—¡No dije nada malo! —se defiende de inmediato, más que nada porque realmente no recuerda qué había llegado a decirle a Rapunzel en aquella fiesta, pero estaba seguro por completo de que no había sido tan grave como Anna lo estaba pintando en ese momento.
Rapunzel, con toda la calma del mundo, se sienta a su otro lado y le pone una mano en el hombro. —Hans, me contaste con lujo de detalles que Anna y Mirabel se acostaron.
—Hostias, ¿te conté eso? —pregunta incrédulo, pálido por completo, Rapunzel asiente con una serenidad imposible—. Madre mía, tía, ¿cómo no me metiste una hostia en ese momento?
Rapunzel le dedica una sonrisa tan tierna y comprensiva que en verdad Hans se queda un poco incómodo. —Estaba ocupada intentando que Anna no te castrara, pero tranquilo, uno de estos días me cobro por todas las locuras que tuve que pasar ese día.
—A veces das mucho miedo, rubia.
—Gracias, es un don que he pulido con los años.
Antes de que ninguno de los dos pudiera comentar nada más, Luisa llega dejando una bandeja llena de picoteo en el centro de la pequeña mesa de la sala y con la mirada fija en la pantalla de su móvil.
—Elsa me pide que os dé un mensaje —anuncia mientras empieza a teclear algo en su pantalla. Luisa se espera hasta que todos la estén mirando fijamente para decir. —Comportaros.
Tadashi suelta una carcajada mientras el resto empieza a quejarse y a renegar. Hans, que todavía tiene a Rapunzel al lado y está procesando el tamaño de tontería que cometió la primera vez que salieron con ella, se queda bien calladito, porque además de estar lidiando con la vergüenza, era plenamente consciente de que ese mensaje iba sobre todo para él.
Vale que tenía la mala manía de soltar los peores comentarios posibles en los peores momentos posibles ¿pero realmente el universo tenía que ser tan cruel con él y forzarlo a comportarse y aburrirse toda la noche? ¿Cuánta injusticia tendría que soportar? ¿Dónde estaba la caballerosidad y el apoyo incondicional de su novio cuando más lo necesitaba?
Con una sonrisa burlesca que no ayuda nada en calmar los nervios de su novia, Hiccup vuelve a asentir. —Sí, cariño —repite por enésima vez—. Me comportaré como se debe —vuelve a prometer, aunque las risillas y el tono travieso que sigue escapándose de su boca no ayuda en lo absoluto en que Elsa le crea una sola palabra.
—Una sola tontería, Haddock, una sola —le repite, pero esta vez decide terminar su amenaza—, y te quedas una semana sin follar.
Él se detiene un poco. —Espera, ¿qué? ¿por qué? —pregunta realmente indignado. ¿Cómo que no iba a poder tenerla por una semana entera? Apenas y soportaba los días que sus horarios les impedían tener las energías suficientes para hacerlo, ¿cómo se suponía que aguantaría una semana?
—Y el gato me lo llevo también.
—¡Tú solo estás buscando excusas para quedarte con Chimuelo!
Elsa sonríe victoriosa. —Obviamente, pero ese no es el tema ahora mismo —asiente mientras espera que apretar los labios consiga que no se le escape ninguna risa estruendosa. Ninguno de los dos tienen nada que decir cuando se adentran en el elevador del edificio de Anna. Hiccup no puede evitar comparar absolutamente todo lo que llegaba a ver con el edificio donde Elsa y él vivían, era completamente diferente. Aquel lugar tenía un toque más antiguo, como si quisiera imitar esas bellas construcciones de siglos pasados en Europa, era una vulgar copia en verdad, pero se notaba el esfuerzo de apuntar por la nostalgia o por el deseo de algo con apariencia familiar y acogedora.
Le recordaba un poco al pequeño hogar que tenían en Noruega, la linda casita de campo que los esperaba del otro lado del océano que era propiedad de la familia de su padre, se sentía como un viaje al hogar de sus abuelos. Se acordó que Elsa le había comentado que su abuelo también era de Noruega, pero de la zona sur no como los Haddock que eran del norte más helado y lejano. Se preguntó si Anna Queens se había esmerado años y años en buscar algún sitio que pareciera como un pedacito de Noruega pegado bruscamente en Estados Unidos.
Por lo que había llegado a ver de su apartamento, Elsa era mucho más sencilla y práctica. Es cierto que su habitación estaba decorada en algunas zonas con sus cosas favoritas y que todo el lugar tenía libros repartidos por las zonas menos esperadas, como si fuera caminando mientras leía y dejara los libros en cualquier lado. Pero su salón era como de portada de revista, eran más que nada los espacio comunes, donde seguramente recibía a las visitas —las visitas normales, no ese tipo que solo quería meterse en su cama y poco o nada le importaba nada más— que estaban implacables y vacíos de cualquier cosa que dijera nada de su personalidad, incluso los libros que pululaban por allí eran clásicos o best-sellers de variados géneros, lo que no avisaban en lo absoluto la gran preferencia que ella tenía por los romances y los misterios.
Tiene algo de curiosidad en verdad, tenía un vago recuerdo de cómo se veía la hermana de su angelito por la noche que la vio por primera vez, por algunas fotos que había visto por encima de su investigación de los Queens y por la vez que se le ocurrió ver por encima las fotos que ella tenía guardadas en su móvil. Se parecían mucho físicamente, si no fuera por su color de cabello y ojos se hubieran podido hacer pasar por gemelas, pero tan solo con algunas fotos ya podía imaginarse que en cuestión de personalidad eran muy diferentes, por lo que no podía evitar sentir algo ansiosa curiosidad por saber qué tan diferentes eran.
Rueda los ojos cuando finalmente llegan a la puerta y, antes de tocar, Elsa se gira hacia él para asegurarse de que tuviera una imagen espléndida. Le insiste con que se comportará como todo un caballero encantador pero, nuevamente, la sonrisa burlesca en su rostro no ayuda a mejorar la actitud de su novia.
Apenas le toma unos segundos a la hermana de Elsa abrir la puerta en cuanto tocan el timbre. No puede evitar dar un pequeño paso hacia atrás cuando de momento a otro aparece saltando para abrazar a Elsa.
Quiere saludar, o por lo menos hacer una amable broma de toda la energía que tenía, pero en cuanto se separa del abrazo habla con tanta velocidad y emoción que sencillamente no puede seguirle el ritmo. Parpadea confundido, recuerda... o por lo menos cree recordar, la calma y serenidad con la que cuidó de Elsa la noche que la vio por primera vez, la firmeza con la que ayudaba a su hermana a caminar y explicaba las cosas a la otra chica. No comprendía cómo la mujer de aquel recuerdo y la que tenía ahora delante hablando con una velocidad inhumana podían ser la misma persona.
Elsa sonríe, responde y conversa con toda la normalidad del mundo, como si fuera que él era el único que estaba fuera de lugar, el único idiota que no podía captar lo evidente.
—Y tú eres Hiccup —eh, al menos eso llega a entender. Menos mal que lo hace, porque aquella muchacha lo mira fijamente con una sonrisa que juraría es algo traviesa—. Es un placer finalmente conocerte, espero que eso signifique que Elsa dejará de hablar tanto de ti.
Sonríe encantado de manera honesta, sencillamente amaba cuando le decían que su angelito estaba tan obsesionada con él como él lo estaba con ella.
—También me han hablado mucho de ti —asegura mientras le extiende una mano. Hace amago de acercarse, porque no sabe cómo estará esperando que la salude, pero Anna, con una sonrisa algo burlesca, se asegura de mantener la distancia entre ellos.
—Cosas buenas, espero —le está hablando a él, pero mira fijamente a su hermana con sorna—. Bah, seguro que han sido cosas buenas, mi querida hermana aquí presente sabe que conozco demasiados secretos suyos como para que vaya hablando mal de mí a mis espaldas.
Elsa rueda los ojos con algo de molestia. —¿Cuándo he hablado mal de ti? —aunque su tono es firme y algo indignado, hay una chispa de picardía en su mirada—. ¿Ya han llegado todos? —pregunta mientras se va adentrando al apartamento y toma la mano de Hiccup para que la siga.
—Pues claro —le responde Anna—, llevamos horas esperándoos.
Hiccup se lleva una sorpresa cuando cerca de la entrada está la misma mujer que conoció semanas antes de su primera cita con Elsa, no es que no esperase que estuviera allí, solamente no esperaba tenerla justo al lado nada más entrar.
—Llevamos esperando veinte minutos, Anna, tampoco exageres —Isabela Madrigal, juraría que ese era su nombre, tiene un vaso como un líquido burbujeante y transparente en la mano y pronto ignora a la menor de las hermanas Queens para fijarse en él—. Un gusto verte de nuevo, Haddock —le saluda con una sonrisa... rara.
No le gustan las confianzas que se está tomando, pero sonríe encantadoramente para ella. —Isabela Madrigal, ¿verdad? —dice tendiendo la mano por segunda vez en la noche. Ella lo mira un poco raro antes de aceptar el apretón, incluso nota que desvía la mirada para ver a Elsa. No puede ni imaginarse qué le está cuestionando ni qué le ha respondido ella porque Isabela decide acercarse de un momento a otro para darle un beso en cada mejilla antes de decidir irse sin añadir mucho más.
En la entrada no hay nadie más, por lo que caminan hasta el salón aún con Anna comentando en una velocidad vertiginosa cosas con Elsa.
La siguiente persona que ven es a otra chica con el cabello naranja, pero aquella melena era mucho más extensa, esponjosa y rebelde que el liso cabello con leves ondas de la hermana de su novia. Tiene la boca llena de patatas y un hombre alto de ojos rasgados y semblante firme que está sentado en el reposabrazos del largo sofá la está regañando por algo.
—Hiccup, estos son Mérida y Tadashi —es Elsa quien los presenta, Mérida le saluda con una asentimiento y alzando un vaso que tiene lleno de un líquido burbujeante, Tadashi deja por completo su conversación para acercarse a ellos con toda la elegancia del mundo.
—Tadashi Hamada, un placer finalmente conocerte —se presenta con una de las voces más amables que ha escuchado en su vida, pero su mirada es algo oscura y su agarre es duro. Su calmada sonrisa se extiende por todo su rostro, pero Hiccup sabe de inmediato que está viendo una careta terriblemente falsa.
—Hiccup Haddock, el placer es todo mío —responde de regreso—. Déjame adivinar, eres tú el que me va a dar la charla de que tengo que tratarla correctamente y no hacerle daño —no puede evitar comentarlo, quiere dejarle en claro que no es nada bueno fingiendo amabilidad.
Hiccup se esfuerza en contener su mueca de molestia cuando la primera respuesta de Tadashi es una risa genuinamente llena de diversión.
—No, no, eso creo que se lo dejaremos a Hans, que para algo es su mejor amigo de toda la vida —le responde con tanta honestidad y calma que siente que se le hubiera dicho incluso si él no llegaba a hacer ningún comentario—. Oh, y claramente a Luisa y Kristoff, que son los que más intimidan —le da unas palmadas en el hombro, como si estuviera deseándole buena suerte.
Tal vez era porque sencillamente odiaba la idea de otros hombres cerca de su angelito, pero lo cierto era que las ganas que tenía de matar a ese capullo no hacían más que aumentar a cada cosa que hacía. Si Elsa no hubiera tirado de él para seguir presentándole al resto de sus amigos, si hubiera tenido que seguir soportándolo, lo más probable es que hubiera terminado rajándole la puta garganta.
A los siguientes que conoce da por hecho que son Luisa y Kristoff junto con otra muchacha, tenía que admitir que aquel sujeto no había mentido ni exagerado en lo absoluto. Kristoff no era el sujeto más grande o musculoso que hubiera visto en la vida, pero eso no significaba que fuera pequeño en lo absoluto, era intimidante, sobre todo con esa mirada fría que ni se molestó en suavizar para disimular un poco. Luisa sí que era la mujer más inmensa que había visto, con músculos que le parecían incluso más grandes que los Eret, tenía un rostro hasta cierto punto amable y tierno, pero esas manazas imponían bastante.
—Estas son Luisa y Mirabel, las hermanas menores de Isabela —mientras que Luisa solo le dedica un leve asentimiento, Mirabel, que da por hecho que es la menor de las tres, se acerca para ofrecerle un emocionado apretón de manos. Kristoff se le queda viendo con algo de molestia. Entendía que era la primera vez que se relacionaba con ellos, pero no era necesario verlo como si fuera un maldito alienígena entrando de un momento a otro en su planeta.
¿Elsa estaba notando todo eso? ¿Lo estaba ignorando? ¿Lo estaba dejando pasar como prueba para ver si podía comportarse?
Le presenta oficialmente a Kristoff y como el rubio se limita a hacer un gesto con la cabeza para saludarlo, Hiccup hace lo mismo.
No sabe realmente qué es lo que está acabando con su paciencia más rápido, que su princesa estuviera rodeada de otros sujetos todo el tiempo, que todos estuvieran actuando como imbéciles, o que ninguno actuara como la mayoría de gente con la que tenía que lidiar en su trabajo.
Ah... tal vez era eso último. Está demasiado acostumbrado a que los idiotas que trabajan para él agachen la cabeza, titubeen y hagan todo lo que él dijera, que estos capullos le retaran tan abiertamente —precisamente como Frost solía hacerlo— lo ponía de los putos nervios.
Se calma un poco cuando Elsa le pide a Kristoff ser más amable, incluso bufa con molestia y rueda los ojos cuando el rubio asegura que ya estaba siendo demasiado amable. Fuerza cuanto puede su sonrisa y le asegura que no pasa nada, que está todo bien.
Honeymaren es la siguiente que se presenta y tiene claro que la odia más que a cualquier otro de los presentes en ese condenado apartamento porque la manera en la que mira y le sonríe a su Elsa le está volviendo loco. ¿Quién se creía para mirarla de esa manera? ¿Quién se creía para sonreírle de esa manera? ¿Quién cojones era esa tipa para que se creyera con el derecho de querer lo que era suyo?
—No recuerdo tu nombre —comenta mientras se reposa contra el hombro de Elsa, impidiéndole tener tiempo para presentarse—. Y mira que Elsa habla mucho de ti, pero es que no me acuerdo. ¿Era Harold o algo así?
—Hiccup —responde con toda la calma que puede—. Hiccup Haddock.
Quiere tirarla por la puta ventana cuando suelta una risilla. Elsa le da un codazo en las costillas pero eso solo consigue que su amiga se ría un poco más. —Perdona, perdona —dice, aunque sabe perfectamente que no lo siente en lo absoluto—. Me pillaste desprevenida, ¿de dónde viene ese nombre?
—Honeymaren —aunque Elsa parece querer susurrar solo para la muchacha de piel morena, seguramente todos en la sala son capaces de escucharla. Honeymaren solo sonríe ladinamente y levanta las manos en son de paz antes de irse a sentar junto a Isabela.
Llegan de otra habitación —por las bebidas y boles que traen consigo, Hiccup da por hecho que vienen de la cocina— los últimos dos amigos de su novia que tiene que conocer. Una chica de cabello rubio y ojos verdes llamada Rapunzel que la presentan como la novia de Anna, y Hans, quien insiste en recordarle constantemente que lleva años de amistad con Elsa, que seguramente jamás habría alguien aparte de Anna y él que pudieran conocerla mejor, que siempre se lo cuentan todo... y un montón de tonterías más que quería dejar de escuchar pero no podía por ser incapaz de bloquear esa exasperante voz.
Solo puede sonreír con algo de calma y satisfacción cuando Elsa rueda los ojos y le ordena a su amigo que se comporte y que lo deje en paz. Anna lo invita a sentarse en el sillón más pequeño que hay en sala —no es como si hubiera más lugar en el que estar— y él accede con una sonrisa que se está preocupando en hacer menos forzada. Se relaja un poco cuando le pasan una bebida —para su sorpresa no alcohólica—, por lo menos entre sorbo y sorbo el vaso podrá ocultar un poco su mueca. Espera a que Elsa ocupe el lugar a su lado, pero en vez de eso su novia se sienta levemente sobre el reposabrazos, no es que se queje de la buena vista que tiene de sus largas piernas, pero le hubiera gustado más tenerla a su lado.
Quien sí se sienta junto a él de un momento a otro es Rapunzel, quien incluso, ante la confusa mirada de todos los presentes, le sujeta el brazo con algo de fuerza.
—¿A ti también te ha investigado Runeard? —le pregunta con mucha más emoción que cualquier otra persona lo haría. Hiccup casi se atora con su bebida.
Isabela alza una ceja. —¿Te ha investigado Runeard? —pregunta confundida mirando fijamente a la rubia. Rapunzel no tiene oportunidad de responderle, es Mérida quien lo hace con una carcajada.
—Oh, Isabela, cariño, Runeard tiene investigado a todo el mundo que se acerca a sus preciosas nietas —asegura usando una voz melosa y juguetona mientras se inclina a Isabela—. Es el hombre más paranoico que jamás vayas a conocer.
Hiccup ignora por completo la conversación que se va formando entre el grupo de amigos para centrarse en Rapunzel. —¿Hablas de las fotos y lo del expediente? —pregunta en voz baja, no quiere lidiar con un repentino interrogatorio de ninguno de esos imbéciles.
—¡Sí, eso mismo! —sus planes de ser disimulado son arruinados por esa chica—. Buah, que alivio, pensaba que era un tema personal, que había hecho algo particularmente malo. ¡Pero ahora sé que nos ha investigado a los dos!
Quiere decir algo, lo que sea, tal vez aliviar la tensión o cambiar de tema, pero Rapunzel solo presiona un poco más el agarre en su brazo.
—Oye, sé que sonará fatal, pero estoy tan contenta de que ahora seas tú el nuevo "novio de", me sentía bastante sola si te soy honesta. Además que los dos estamos saliendo con una Queens, nos tenemos que apoyar mutuamente.
No puede contener las risas mientras que escucha las quejas del resto de los presentes.
—Oye, que yo también soy "el novio de" —señala con algo de molestia Tadashi.
Rapunzel rueda los ojos. —Ya, pero ya estás mucho más integrado en el grupo. A mí me recibieron contándome con cuánta gente se había liado Anna y a él lo estáis amenazando desde que llegó.
—Eso último es cierto —señala con obviedad y molestia Elsa, cruzándose de brazos—. Cuando os conté que ya estábamos saliendo estabais todos contentísimos y ahora estáis actuando como idiotas.
Oh, cómo adoraba cuando su angelito lo defendía y se enojaba por cómo la gente lo trataba. Se queda sonriendo, mirándola fijamente para luego obligarse a sí mismo apartar la mirada para disimular un poco lo contento que estaba por eso.
—Oye, a mí no me puedes reclamar nada —se defiende de inmediato Isabela—. He sido amable, y si te decidiste a dejarte de tonterías y darle una oportunidad fue por mí.
—¿A qué se refiere con eso exactamente? —pregunta con un poco de sorna, llamando la atención de Elsa, quien pronto desvía la mirada y le murmura que luego le explicaría.
—Venga va, tú no Isabela, has estado más o menos decente —la muchacha quiere quejarse por los comentarios de Elsa, pero ella la detiene—. Pero vosotros cuatro os estáis pasando —asegura, señalando a los chicos del grupo y a Honeymaren.
Hans resopla derrotado. —Ay, tendrás que disculparme, cielo, pero alguien —aquella palabra la remarcó mirando a ambas hermanas Queens—, no me ha dejado desestresarme con tan siquiera una copita de vino.
—Una intentando que no hagas ninguna tontería estando borracho, pero puedes hacerlo incluso sobrio —masculla Elsa rodando los ojos—. ¿Y vosotros tres que tenéis que decir en vuestra defensa?
Kristoff parece pensárselo un poco antes de responder. —¿Instinto sobreprotector? —responde inseguro, definitivamente aquello sonaba más como una pregunta que cualquier otra cosa, Tadashi asiente con algo más de firmeza.
—¿Cuándo en la vida habéis sido sobreprotectores? —pregunta entre risillas Mirabel—. Kristoff, tú no te pusiste así cuando Mérida nos presentó a Tadashi.
—Ya, porque ya era suficiente para el pobre tener que lidiar con Mérida, Elsa es más... inocentona.
—Y enamoradiza —añade de inmediato Tadashi.
—Necesita un poco más de ayuda —continúa Hans—. Además que Mérida amenazó con romperle todo su equipo de hockey si se atrevía darle el discursito de "no la lastimes o te la verás conmigo".
Antes de que Mérida tuviera la oportunidad de tan siquiera fingir que todo aquello la ofendía, fue Elsa quien incluso se indignó más con sus amigos. —¡No soy inocentona! —asegura con las mejillas rojas de la vergüenza—. ¡Ni enamoradiza!
—Reinita, amor mío, eres muy inocentona cuando se trata de parejas —le responde de inmediato Hans, mirándola con tal preocupación de que parecía realmente angustiado de que ella no lo hubiera notado por su cuenta—. Tu historial romántico se resume en dos tipos de rupturas. O te terminas aburriendo de la persona o te haces tantas ilusiones y te pintas todo tan de color rosa que terminan destrozándote el corazón.
Elsa intenta quejarse, realmente intenta defenderse a como dé lugar, pero entre las voces de la mayoría de sus amigos reafirmando las palabras de Hans, no logra mucho.
Honeymaren lo intenta, realmente lo intenta, pero está tan horriblemente irritada por la presencia de ese idiota, que no le había gustado desde un inicio, que no había más que otro impedimento injusto para tener al menos una pequeña oportunidad con Elsa, que sencillamente no puede evitar soltar otro comentario pasivo agresivo en su contra.
—Eh, Harold —lo llama nuevamente por el nombre incorrecto, porque le da algo de gracia la mueca que pone cada vez que lo hace—, ¿cuál crees que es el final que te tocará a ti?
