Estira un poco su cuello y relaja cuanto puede los músculos de sus espalda y sus brazos, no puede disimular en lo absoluto la mueca de frustración de su rostro, no puede quitarse la rabia de encima de la misma forma que no puede suprimir el dolor de sus nudillos o el sudor que cae gota a gota junto con la sangre desde su cuerpo hacia el suelo. Suelta un último escupitajo contra la esquina, la saliva se mezcla de forma desagradable con la sangre y eso solo hace que no tenga más opción que asentir cuando su padre le recuerda una vez más.
—Estás en muy mala forma —le dice desde abajo, con los brazos cruzados y negando con la cabeza. Ahí estaba ese gigantón que se creyó la pantomima de los Slange de darle una oportunidad a los traidores, estaba tirado en el suelo luego de que le prometieran de que si le ganaba podía irse de rositas sin más problema luego de que vendiera información importante a la familia Rosas. A penas puede notar su pecho subiendo y bajando, tiene el cuerpo entero lleno de horribles moratones y si alguien no le daba vuelta pronto terminaría ahogándose en su propia sangre y vomito... pero su padre tenía razón. Unos años atrás no le hubiera costado reducirlo a ese estado, unos años atrás no se hubiera llevado tantos golpes.
¿Qué demonios? Un año atrás le hubiera costado la mitad del tiempo y seguramente lo hubiera terminado de matar por accidente contrario a las indicaciones de sus padres.
—No exageres, querido —la voz de su madre suena a sus espaldas, Hiccup siente un leve escalofrío que logra disimular entre estiramientos—. Ni que hubiera perdido, esa rata está en el suelo, moribunda como debe de ser. ¡Hiccup!
Se voltea de inmediato en cuanto ella se lo ordena. Se pasa el dorso de la mano rápidamente por debajo de la nariz, para que no vea que sigue sangrando, su madre tiene sobre él una dura mirada, pero le regala una enorme sonrisa.
—Esta vez no lo has matado —señala lo que él ya sabe perfectamente, precisamente lo que lo tiene tan frustrado a él y a su padre—. Ignora a ese cabeza dura, lo has hecho muy bien. Estoy orgullosa de ti.
Algo se remueve dentro de él antes de ser capaz de asentir y forzar una expresión más calmada para su madre.
—Gracias, pero aún así algo de razón tiene, hace tiempo que no entreno como se debe.
Escucha a su padre chasqueando la lengua. —No me digas que es por esa zorrita tuya.
—Quieto —le ordena su madre en cuanto lo ve queriendo ir a arrancarle la cabeza a su padre. Se queda a poco, con ambas manos destrozadas agarrando con rabia lo límites de aquel ring improvisado que había en una de las habitaciones más apartadas del sótano del casino Valhalla. Su padre no demuestra sentimiento alguno, tan solo lo mira fijamente, como retándolo a desobedecer la orden directa de su madre—. Estoico, se bueno con el niño, últimamente ha estado más dispuesto a escucharme y hacernos caso.
—Eso es porque esa cría no está alrededor —señala de inmediato el hombre, indicándole rápidamente a los hombres que entran que se lleven el cuerpo inconsciente de aquel incompetente—. No te entiendo en lo absoluto, muchacho, si tanto te preocupa esa muchacha deberías entrenar más, no volverte blando, ¿cómo piensas protegerla sino?
Valka rueda los ojos. —Sigue manejando perfectamente las armas.
—Las armas son cosa de... —Estoico no termina su queja, cierra la boca y desvía la mirada a otro lado cuando siente la acusatoria mirada de su mujer sobre él, invitándolo a atreverse a ofenderla indirectamente.
—No tengo manera de explicarle los moretones y heridas —es todo lo que explica mientras finalmente se baja del ring para empezar a quitarse las vendas destrozadas y llenas de sangre—. Voy a aprovechar estas tres semanas para volver a ponerme en forma, así que tampoco estés todo el día haciendo escándalo.
—Deberías directamente seguir entrenando como siempre desde ahora —rueda los ojos ante el comentario de su padre, pero antes de que pudiera responderle, es su madre quien se mete.
—Entrena desde ahora con Eret y Jack. Ninguno de los dos está a tu nivel de fuerza, pero Eret tiene gran técnica y sabes lo ágil que es Jack, así entrenas y te aseguras de no llegar a casa con alguna extraña herida que no puedas explicar.
No puede evitarlo, ante las palabras tan seguras de su madre, Hiccup suelta una carcajada. —¿Con Jack? —repite incrédulo—. Comprende perfectamente Eret, entrenar con él podría funcionar, ¿pero Frost? Ese imbécil solo sabe bloquear con la cara y termina postrado en el suelo luego del primer golpe.
—No me cuestiones más —le responde de inmediato, sacudiendo una mano de lado a lado para restarle importancia—. Vete a tratar tus heridas de una vez, me aseguraré de que tu padre haga una buena rutina para ti que no levante sospechas de ahora en adelante. Pero vas a tener que ir pensando qué decir cuando volvamos a tener alguna rata en nuestros negocios.
Hiccup suelta un suspiro mientras niega con la cabeza al ver la mancha de sangre que ese idiota había dejado. —Saben lo que hacemos con los imbéciles que nos traicionan, ¿cómo es que todavía tenemos ratas?
—Son hombres, hijo —le responde con sorna—, tenéis la mala costumbre de creeros más listos que nadie. Por eso no tenemos a traidoras, o por lo menos no hemos pillado a ninguna, porque son más conscientes de todo lo que podríamos hacerlo, las tratamos demasiado bien como para que quisieran tirarlo todo por la borda.
No le discute nada, se hunde en hombros antes de irse de la enorme sala llena de sangre, mugre y frialdad. Estoico parece querer insistir con el tema de antes, parece que quiere decirle algo a su esposa con que deberían de hacer algo, y hacerlo ya, con esa malnacida que traía obsesionado a su hijo. Pero Valka se levanta con una sonrisa calmada en el rostro y se niega a escuchar absolutamente nada.
Lo cierto es que todo va sorprendentemente bien por el momento, habían pasado meses y el capricho de Hiccup no les había traído ningún problema, desde que decidió probar suerte y hablar calmadamente con él pudo comprobar que era mucho más fácil controlar las acciones de su hijo.
Aunque era evidente que aquella muchacha lo había estado manteniendo alejado de todos sus negocios de forma inconsciente, Valka Slange era lo suficientemente inteligente como para saber que su hijo no exagerada ni un poco cuando le había avisado que estaba dispuesto de hacer arder todo su imperio si se atrevía a hacerle algo.
No puede contener las risillas.
Igualito a su padre.
—Veo que lo estás llevando fatal —gruñe ante la voz burlona de su novia, rabia ante la risilla que suelta y realmente intenta ordenarle que se lo tomara más en serio. Pero su cabeza está completamente en blanco y todo lo que su cerebro puede hacer es seguir comando a su mano que suba y baje sin parar—. Aprecio tu sentido de la fidelidad, amor, pero, en serio, píllate un juguete sexual o algo por el estilo, esto de llamarme todas las noches no creo que te esté funcionando.
—¿Y yo para qué mierda quiero un vibrador? —gruñe contra el teléfono, más frustrado a cada segundo por ser incapaz de tan siquiera conseguir un mínimo del placer que lograba sentir cuando tenía a su novia para él.
Quiere mandarla a tomar por viento cuando vuelve a escucharla reír, pero lo cierto es que necesitaba su voz de una forma insana para lograr un mínimo de satisfacción.
—Yo no he dicho nada de vibradores, el que está pensando en eso eres tú —le remarca de forma juguetona y él anota mentalmente una vez más que en cuanto llegara de Noruega le enseñaría a su novia a respetarlo—. Un juguete sexual, cariño, ¿de verdad que no sabes que hay modelos pensados precisamente para hombres como tú que no pueden dejárselo guardado en los pantalones?
—No necesito esas porquerías —gruñe, alzando sus caderas contra su propia mano en un intento desesperado de imitar lo que hacía con Elsa—, te necesito a ti.
—Aw, cielo eso es súper tierno —odia que en su voz siga notando perfectamente esos tonos de burla—, pero a menos que tengas pensado pillarte un billete para el siguiente vuelo a Noruega...
—No me puto tientes, Queens, sabes que sería perfectamente capaz de ir hasta allá solo para follarte.
Aparta la oreja del móvil en cuanto ella se empieza a reír, también aleja su propia mano de su cuerpo, no poder sentir absolutamente nada solo lograba frustrarlo más, no tenía sentido seguir intentando conseguir algo, sobre todo porque le estaba quedando más que claro que su princesa no estaba dispuesta a ayudarlo de la misma forma en la que le había ayudado en noches anteriores.
—Eso sería una presentación encantadora, ¿no te parece? —le pregunta aún entre risillas—. Buenas tardes a todos, familia, yo solo venía para follarme a mi novia, mucho gusto.
Hiccup resopla frustrado. —¿Por qué te estás burlando de mí hoy día? ¿Te estás vengando por algo que he hecho?
—Tendría mucha gracia que incluso a miles de kilómetros de distancia fueras capaz de hacer una tontería que me hiciera enojar —le responde entre tontas risillas—. No, bebé, no es eso, solo estoy un poco mareada, una de las primas lejanas de mi padre estuvo toda la noche insistiendo en probar el vino de sus almacenes y creo que estoy algo mareada, eso es todo.
Antes de que pudiera responder nada a su explicación, Hiccup suelta una corta risilla mientras frunce el ceño con confusión. —¿Bebé? —repite alzando una ceja—, ¿desde cuánto me llamas así?
No tiene forma de saberlo, pero da por hecho que su novia está hundiéndose de hombros. —¿Quién sabe? Tal vez estoy especialmente cariñosa por el alcohol.
—Estás especialmente cariñosa justo cuando no puedo estar contigo —la regaña con la voz más juguetona que puede poner mientras se reacomoda como puede los pantalones para ir a lavarse la mano.
—¿No puedes? —le repite con sorna, como si estuviera señalando una obvia mentira, un ridículo intento de engañarla—. ¿No acabas de decir que pillarías ahora mismo el siguiente vuelo a Noruega?
—Eso realmente suena muy tentador —insiste mientras abre el grifo para que salga el agua—, podría también llevarte conmigo cuando termináramos, Chimuelo también te extraña que lo sepas.
—¿Cuándo terminaríamos? Llevas, ¿cuánto tiempo? ¿Cuatro días sin follar?
—Cuatro agonizantes días —asiente él.
Elsa tiene que reírse un buen rato antes de continuar con su punto. —Cuatro días, eso es el doble de lo que aguantas cuando estamos juntos, ¿te piensas que soy lo suficientemente ingenua como para creerme que si vinieras aquí terminarías en algún momento? Tienes una cantidad de energía peligrosa, si a eso se lo sumas tantas ganas acumuladas, como resultado tienes una sesión sin fin.
—Lo dices como si fuera algo malo —resopla mientras seca sus manos—. Cuando en verdad es lo mejor para ti, si estoy así con solo cuatro días, ¿te haces una idea de las cosas que te haré cuando vuelvas luego de haberme dejado por tres puñeteras semanas?
La escucha jadear por lo bajo y realmente lo primero que siente es molestia por ser solo hasta ese momento que logra excitar a su novia para conseguir que lo ayude con su frustrante erección.
—No sé si emocionarme o tenerte miedo —la escucha suspirar lentamente del otro lado de la línea.
—Suena a que te estás emocionando, princesa —gruñe contra el aparato, realmente esperando tuviera el resultado esperado y que para Elsa aquella sonora como un susurro muy cerca de su oído.
—Oh, créeme, ahora mismo es una combinación de ambas cosas —le responde entre risillas—. ¿No tienes nada que contarme además de las ganas que tienes de hacerlo? ¿Qué haces en esa casa mientras yo estoy aquí?
—Esperar a que vuelvas.
—Jo, estás haciendo que me sienta culpable —dice eso con una voz infantil y supuestamente triste, pero una que otra risilla tonta se le llega a escapar—. Venga, ¿de verdad no has hecho nada más?
Hiccup rueda los ojos con una sonrisa antes de contestar. —He decidido aprovechar para volver a entrenar un poco, lo había dejado por todo el tema de la mudanza y no volví a retomarlo, estaría bien recuperar algo del físico que tenía antes.
Cuando la escuchar carcajearse con esas ganas, no puede evitar dibujar una mueca cansada y algo molesta en su rostro.
—Vamos a ver, ¿ahora de qué te estás riendo, niñita mimada?
A Elsa le cuesta un par de segundos llegar a responderle. —Joder, Haddock, si este eres tú descuidándote, no quiero ni imaginarme cómo estabas cuando entrenabas. Además que me parece una tontería que te preocupes por tu físico. Tienes un cuerpo precioso, amor.
Se detiene en sus movimientos al oírle decir eso último. Muchas chicas le habían dicho que disfrutaban de sus músculos y de su figura, pero no recuerda que nadie nunca se lo hubiera dicho con tanto... cariño, con tanta dulzura y honestidad. Nadie se lo había dicho fuera de un momento de lujuria.
No puede evitar sonreír como idiota, su angelito definitivamente era increíblemente especial.
—¿Hola? ¿Sigues ahí? —le pregunta entre risillas Elsa luego de que estuviera un buen rato callado—. Aw, ¿te he dejado sin palabras, bebé?
No hay motivo para intentar negarlo. —No te burles de mí, no es mi culpa que nadie me haya dicho algo como eso con tanto cariño.
—Mi pobre niño, ¿necesitas que te diga más cosas bonitas? —le dice con una voz melosa y llena de ternura—. ¿Quieres que te diga que eres el hombre más hermoso que he visto en toda en mi vida?
Cubre su boca con una mano e intenta hacer algo con la sonrisa que tira insistente de sus labios, incluso siente que su corazón se acelera por esas simples, pero tan terriblemente dulces, palabras.
—¿He conseguido sonrojarte? —le pregunta con orgullo en cada palabra. Elsa toma su silencio como una afirmación—. Ay, se bueno y mándame una foto, no es algo de todos los días que yo logre ponerte nervioso.
—No te voy a enviar ninguna foto —le responde entre risas—. La próxima vez, dime esas cosas cuando estés a mi lado, así me puedes ver y yo me puedo poner de rodillas entre tus piernas como agradecimiento.
La escucha resoplar. —Sí me lo vas a agradecer, hazlo con cumplidos, sabes a la perfección que me gusta que me mimes de esa manera también.
—Claro que lo sé, no hay manera de que te quedes satisfecha en cama si no te digo al menos una vez lo mucho que te amo.
—¡Eso no es cierto! —niega de inmediato.
—¡Claro que lo es! Lo he comprobado varias veces, si no te lo elogio mientras lo hacemos te cuesta más llegar al clímax, e incluso si llegas al clímax no te quedas satisfecha.
Vuelve a oírla resoplar. —Pues debería intentar elogiarte a ti también de vez en cuando mientras estamos a la cama, así tal vez me darías un respiro de vez en cuando.
—Ja, no creo que te sirva, las veces que me has dicho algo bonito han servido más que nada para que me emocioné más.
—Insisto, tu energía me da mucho miedo a veces. ¿Sabes qué? Te prohíbo rotundamente volver a ejercitarte, no quiero ni imaginarme de qué serías capaz con más resistencia.
—No hace falta que lo imagines, princesa —le dice con obviedad—, cuando vuelvas verás de lo que soy capaz con un poco más de resistencia.
—Me estás amenazando, Hiccup Haddock.
—Te estoy avisando con tiempo para que te vayas preparando —la corrige con una sonrisa ladina—, así de amable soy.
La escucha contener un bostezo entre sus risas. —Estoy agotada —le confiesa con pena.
—Ya, es bastante tarde por ahí, ¿verdad?
—Pronto serán las doce... tengo sueño, pero no quiero dejar de hablar, yo también te extraño, ¿sabes?
Evidentemente sabía que su novia lo extrañaba, pero escucharla admitirlo lo hacía inmensamente feliz.
—Descansa, princesa, ya hablaremos mañana. Duerme bien, te amo.
—Yo también te amo, cielo.
A una semana de haber llegado a una de sus residencias en Noruega, Runeard recibe la llamada de Sander Nordness, no dura mucho a pesar de lo pesado que es el tema, lo cierto es que aquel hombre con uniforme era terrible para suavizar los temas por complicados que fueran. Soltaba todo lo que tenía que contar como si fueran informes, estaba demasiado acostumbrado a trabajar de esa manera.
Pero Runeard Queens se remueve cuando aquel viejo le amigo le comenta que ha habido recientemente tres asesinatos de policías sin una clara explicación de qué estaba pasando. No había sido en enfrentamientos callejeros, ni en medio de alguna operación. Alguien había ido hasta sus casas, había apretado una vez el gatillo, les había metido unas balas en sus cráneos y se había ido tan contento. Incluso el segundo de ellos había sido la única victima de un hombre completamente encapuchado y cubierto para no ser reconocido a pesar de que el ataque se había llevado a cabo cuando los hijos y la esposa del oficial de policía estaban en la habitación de al lado.
No habían robado nada, no habían dejado ningún mensaje. Los habían matado y se habían ido.
—No encontré sentido alguno en un principio —le explicó Sander Nordness mientras acomodaba papeles—, lo único en común es que esos tres trabajaban en el caso de protección de testigos de la chiquilla que me dijiste que querías que investigara.
A Runeard le recorrió un horrible escalofrío.
—Me regreso a Finlandia con mi familia y voy a cortar todo contacto contigo para que no se nos pueda vincular —le anuncia con toda la sencillez del mundo—. No sé por qué cojones querías que investigara sobre esa chavala, solo sé que hemos conseguido obtener la atención de quien no debíamos, le hemos tocado los cojones a las personas equivocadas. Tienes tantísima puta suerte de que no te vaya a salpicar a ti, amigo, pero yo seguramente no tendré la misma suerte. Vas tener que llamarle a Matthias, viejo amigo, no creo que cuando vuelvas puedes tener la oportunidad de contar con la protección de nadie más en la comisaría.
Sander Nordness se había librado de tener su propia bala en la cabeza por solo dos días, si no hubiera conseguido los billetes de avión de inmediato, si hubiera esperado solo un poco más para conseguir un mejor lugar al que llegar cuando aterrizaran en Helsinki, si hubiera cometido alguno de esos errores los Slange hubieran llegado a él.
Pero se libró, por lo pelos, pero se libró. Otros dos oficiales que habían trabajado en el caso Bertrand-Corona no tuvieron la misma suerte, a los investigadores les tomó mucho más tiempo que de lo que le tomó a Nordness ver el patrón de los asesinatos.
Hiccup tenía que admitir que Astrid realmente había sabido organizarlo todo bastante bien, incluso se atrevería a decir que estaba todo planeado a la perfección. La mitad del equipo de aquel caso había sido asesinado sin dejar ni una sola pista, con el tiempo suficiente para que el resto de los investigadores y oficiales se diera cuenta de qué tenían en común los objetivos. Esos perros del estado lo quemaron todo y alejaron a las futuras víctimas lo máximo posible para evitarles el mismo final.
Pero hicieron algo que ni Hiccup ni Astrid se hubieran imaginado, algo que salía de sus planes e incluso les hizo sentir algo de vergüenza.
Era cierto que sus trabajos básicamente les exigían ser unos desgraciados y unos desalmados sádicos, pero esos chuchos tenían esos ridículos uniformes porque tenían que proteger a los ciudadanos de gente como la familia Slange.
Pero no, en esta ocasión, como muchas otras, había sido unos completos cobardes.
A pesar de que sabían que alguna de las familias del bajo mundo tenía algo que ver, a pesar de que habían hecho todo lo que Astrid esperaba y habían asumido que quien sea que estuviera de por medio quería venganza, a pesar de que era fácil adivinar quienes serían los siguientes objetivos, a pesar de que sabían todo eso...
Nadie se molestó en avisar a Rapunzel Corona.
