Eret suelta un escupitajo lleno de sangre contra la esquina del ring, justo al lado de donde Jack está sentado, agotado, sangrando, pero riéndose del hecho de que aquel grandullón está en una peor situación que él. A Hiccup le irritaba muchísimo, pero al final su madre había tenido razón con respecto a Jack, cuando el desgraciado en verdad quería evitarse algún golpe era rápido como ninguno otro, aunque no era capaz de hacerle verdadero daño porque cuando llegó a atinarle uno que otro puñetazo en la quijada a penas y lo sintió como una caricia, Jack sabía cómo cansar a su oponente y esquivar o bloquear a la perfección casi todos los ataques que le mandaban. Por eso había terminado en mejor estado que Eret, porque eran precisamente lo contrario.
Jack era ligero en todos los sentidos de la palabra, se movía como si no tuviera que tocar el suelo pero no hacía daño alguno, Eret, por su parte, era pesado y duro como un puñetero muro de piedra, se llevaba casi todos los golpes, como si se pensara que bloquear con la cara era una buen estrategia, pero cuando asestaba un ataque —y había llegado a asestar varios— dejaba un dolor que se le repartía por todo el cuerpo.
Cuando lo ve volviendo a alzar los puños, Hiccup no puede evitar reírse mientras lo mira altanero, alzando el mentón y todo. Cuando obtiene una reacción que no se esperaba, Eret frunce el ceño y le hace un gesto con la mano que deja muy en claro su mensaje.
Ven si te atreves.
Hiccup rueda los ojos, no tiene motivo para no cumplir los patéticos ruegos de un grandullón que necesita recomponer un poco su orgullo. Le da ternura y todo que llegara a pensar que esto realmente era una especie de pelea justa, un altercado reñido del que no se sabía quien iba a salir vencedor.
Eret está por abalanzarse contra él, usando todo su cuerpo, alzando los brazos hasta cubrirse el rostro, pero el repentino ruido de una llamada frena todo. Hiccup reconoce de inmediato que se trata de su teléfono privado, ese que necesita para no mezclar su día a día con el trabajo. Jack es el primero en reaccionar, por lo que Hiccup sabe que no puede darle oportunidad para hacer ninguna de sus tonterías.
—¡Ya lo pillo yo, vosotros seguid a lo vuestro! —anuncia como un niño pequeño, con una sonrisa enorme mientras brinca fuera de la esquina del ring donde estaba sentado.
Por la diferencia de altura que remarcaba aquella humilde construcción, Hiccup tiene que inclinarse contra las cuerdas para sujetar un buen puñado del blanco cabello de Jack, aunque el imbécil suelta un quejido bastante alto, es más bien la carcajada de Eret lo que resuena por la habitación.
—Joder, iros a follar a otro lado —se ríe mientras camina para tomar su botella de agua. Mientras Jack rabia en contra del estúpido comentario, Hiccup se limita a tirar del albino con más fuerza.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que no toques lo que no te pertenece, Frost? —gruñe con falsa calma, ignorando como sigue resonando la llamada. Al no obtener ninguna respuesta física o verbal de Frost, decide soltarlo bruscamente, asegurándose de que termine tirado en el suelo—. Sobre todo si me pertenece a mí —es todo lo que dice mientras finalmente baja para tomar el aparato.
Alza una ceja al ver que no tiene el contacto guardado. En un negocio como el suyo ese tipo de llamadas de desconocidos suelen venir de la mano de intentos de amenazas o extorsiones, pero no se le ocurre cómo es que alguien del bajo mundo hubiera podido encontrar la manera de contactarlo por ese número.
—¿Quién habla? —pregunta con un tono amenazante, dejando en claro que no tenía el tiempo ni estaba con los ánimos para aguantar ningún tipo de tonterías.
Una risilla realmente encantadora se escucha del otro lado de la línea. —Madre mía, que voz de malote. Me pongo a temblar y todo.
Abre los ojos por completo y se le escapa una sonrisilla ladina al darse cuenta de quién le está hablando.
—Hasta que llamas, estaba empezando a deprimirme más por pensar que era el único que estaba llevando esta semana fatal —la verdad es que sí que había estado esperando por la llamada de Rapunzel, le caía bien y definitivamente necesitaba algo no violento con lo que despejar su mente y ayudarse a sí mismo para no estar pensando en Elsa todo el día—. ¿A qué debo el placer?
—¿Hablas en serio? —le pregunta con mucho más nerviosismo de lo que se esperaba—. Yo no te he llamado porque no quería molestar ni insistir mucho, pero la verdad es que llevo la semana entera muriéndome del aburrimiento, Hiccup, necesito hacer algo, lo que sea.
—¿Quién es? —empuja a Frost con fuerza en cuanto se le acerca tanto para meterse en su conversación. No lo esquiva, se lleva todo el golpe sin importarle su propio bienestar. Maldice un poco por lo bajo, pero pronto vuelve a acercarse—. ¿Con quién hablas? ¿Con tu pequeña zo...?
Le da un fuerte rodillazo en el estómago y lo vuelve a tirar al suelo mientras Rapunzel le pregunta del otro lado si todo está bien. Se excusa rápidamente, que ahora mismo tiene a unos compañeros de trabajo molestos que quieren meterse en su vida.
Lo divertido es que no está mintiendo, no llega a mentirle en ningún momento mientras se excusa por su repentino silencio y los ruidos extraños que hay de su lado de la conversación. Es un poco irónico que termine siendo más honesto con esa chica de lo que jamás lo fue con Elsa.
—¿Y qué quieres hacer? —le pregunta finalmente que sale de aquella maldita habitación, contento de que Eret le haya asegurado que se encargaría de que Frost no volviera a tocarle las narices en lo que quedaba de día—. ¿O quieres que lo planee yo?
Rapunzel vuelve a reírse por sus comentarios. —Haddock, por favor, que parece que me estás invitando a una cita.
—Soy un caballero, Rapunzel, no puedo evitar dar esa sensación. ¿Qué te parece si vamos a alguna cafetería o algo por el estilo?
Ella chasquea la lengua. —No sé si tengo dinero para eso, he comprado hace poco muchos materiales para mis pinturas y me he quedado con el dinero a las justas.
—No te he preguntado si tienes dinero para ir a una cafetería, Rapunzel —le dice con obviedad, incluso rodando los ojos y sonando un poco brusco—, te he preguntado si quieres.
—No tienes por qué pagármelo.
—Repito, te he preguntado si quieres.
La escucha gruñir y quejarse por el otro lado de la línea, pero lo cierto es que no llega a entender nada de lo que dice. Aunque daría igual si la entendía o no, no iba a cambiar en lo absoluto su intención de invitarla a comer algo.
—Eres peor que Anna.
—Lo sé, lo sé, soy de lo peor, no tengo perdón de los dioses. Te recojo en media hora, ¿está bien?
—¿Qué tal en cuarenta y cinco minutos?
—Cuarenta y cinco minutos serán.
Se queda pensando incluso después de que Hiccup saliera, se queda pensando seriamente en lo que llegó a oír de aquella llamada. Se queda pensando porque sabe, o por lo menos tiene algo de seguridad, de que un recuerdo que había dejado olvidado en alguna parte lejana de su cabeza se ha despertado y se ha despertado junto a una bestia que no recordaba que guardaba dentro.
Se queda pensando, se queda quieto y mudo mientras el otro idiota no puede dejar de hablar y hablar de cualquiera fuera la tontería que se la venido a la cabeza.
Él... él conoce esa voz.
Pero, ¿de dónde?
Cuando el otro le pregunta si lo está escuchando, si le está prestando atención, con toda la seriedad del mundo le dice que se puede ir al infierno y a otros lugares incluso menos agradables.
Están muertos, todos y cada uno de ellos están muertos. Todos y cada uno de los agentes que habían llegado a trabajar en el caso Bertrand-Corona, todos ellos están muertos. Desde el oficial de policía que atendió a la llamada de James Rogers, el vecino de la familia Bertrand, luego de que este salvara por los pelos a la pobre niña rubia que en aquel entonces conocían como Raquel, hasta el último de los investigadores que pronto se dio cuenta que jamás podrían apresar a ese peligroso chaval por tener en su cuerpo la marca de los Slange. Todos y cada uno de ellos están muertos, solo dos semanas desde que Runeard Queens y su familia dejaran el país, tan solo unos pocos meses desde que Runeard Queens pidiera el expediente de esa chica y empezara a hacer preguntas sobre todo el tema del programa de protección de testigos en el que estaba.
Alguien estaba dentro del departamento policial de aquella ciudad, alguien había alertado que se estaba volviendo a tocar aquel caso, aquel caso que rozaba demasiado de cerca a gente importante, a gente peligrosa, a gente que el ciudadano común y corriente —como todos aquellos oficiales— no podía tocar a menos que quisieran acabar metros bajo tierra.
¿Sabían que él también estaba metido de por medio? ¿Sabían esas sabandijas del bajo mundo que Runeard Queens estaba muy cerca de sus podridos muros protectores y habían actuado desesperados para que no pudiera seguirles el paso?
¿Tenían miedo? ¿Esos hijos de puta le tenían miedo?
Sí, seguramente estaban muertos de miedo. Él era el jodido Runeard Queens, tenía más control sobre la ciudad, sobre todo el país incluso, de lo que Claude Frollo jamás llegaría a tener, fue Runeard quien lo sentó como alcalde, fue Runeard quien le dio un buen puesto en el partido adecuado, y como con Claude hizo con muchos otros, con los suficientes como para que la prensa no lo tocara ni a él a ni su familia, con los suficientes como para que sus nombres siempre estuvieran en el anonimato, con los suficientes como para que pudiera pasearse por el mundo entero como si fuera su patio de juegos.
Él era quien había coronado a todos esos gigantes de la política, él era quien terminaba decidiendo quien tomaba el control y quien quedaba en el olvido, en la miseria.
Él era quien podía chasquear los dedos y poner todo el peso de la ley sobre el cuello de esas mugrientas ratas que solo podían actuar por las sombras. ¿Qué miedo debería sentir él por gente que no podía ni mostrar su rostro en público?
A Rapunzel Corona le había pasado algo. O había hecho algo. Tal vez había escuchado, visto o encontrado algo que no debía, tal vez se había metido como estúpida en las fauces de un lobo, un lobo que seguía su rastro, un lobo que se había quedado sin devorarla y ahora tenía una nueva oportunidad de contenerla para siempre entre sus garras.
Un lobo que había tomado la vida de todo aquel había intentado ayudarla, un lobo que suponía un peligro inminente para su familia.
Es puñetera cría había puesto a su rayito de sol, a su pequeña y dulce Anna, en peligro. Su mera presencia, cualesquiera que sean sus crímenes pasados, su mera existencia había puesto a su preciosa nieta en peligro, había puesto también a su delicado copito de nieve en esa misma situación.
Y luego estaba lo de aquella noche que uno de sus detectives privados llegó a sacar unas fotos extrañas. No tenía ni idea de qué había ocurrido, esos cristales tintados no se lo permitían —y ya de por sí que ese imbécil necesitara cristales tintados ya le daba mala espina—. Solo sabía que se habían detenido de momento a otro, que su nieta había intentado salir bruscamente para ser arrastrada de regreso a dentro del vehículo y luego de unos minutos había vuelto a dirigirse a su departamento. Solo sabía que en una discoteca por algún motivo un desgraciado había intentado lastimar a su nieta y la respuesta de ese sujeto había sido dejarlo medio muerto.
Sus nietas estaban en peligro, y él sabía perfectamente cómo acabar con la amenaza una vez volvieran de su viaje.
En algún punto no tendrá más opción que ponerse a hablar con su hijo y su nuera, no quiere arruinarles las relajantes vacaciones que habían tenido hasta ese momento, pero va a necesitar su completo apoyo para lo que piensa hacer nada más vuelvan.
Saca el teléfono y marca ese número en el que siempre puede confiar.
Fuerza una sonrisa, fuerza cariño y camarería. —Claude, amigo mío —saluda en cuanto el alcalde de su ciudad le contesta—, sé que no suelo ser tan directo, pero creéme que no lo haría si no estuviera algo desesperado. Entiendo que oficialmente no me puedes decir estas cosas directamente, pero, por favor, respóndeme de forma completamente honesta, ¿qué familias del bajo mundo tienen sus mugrientos dedos en nuestra ciudad?
Escucha una risa nerviosa del otro lado de la línea. —¿Por qué necesitas saber eso, mi buen amigo?
Runeard suspira pesadamente. —Claude, amigo, por favor, se trata de mis nietas, se trata de los asesinatos a oficiales de policía que han estado ocurriendo últimamente, solo quiero mantener mi familia a salvo —ante el completo silencio de ese imbécil, decide presionar directamente—. Solo quiero mantener tu puta carrera a salvo, Frodo.
Incluso con un océano de distancia, nota que ese hombrecillo tiembla. Empieza a hablar sin parar, eso era lo bueno de Claude Frollo, era ese el motivo de por qué le dio a él en el puesto y no a otro.
