CLIII

Dos años, seis meses y seis días luego de la desaparición de Henry

Tardan apenas unos quince minutos en llegar a la residencia Harrington, pero deben ser los quince minutos más largos de sus vidas, esperando monstruos detrás de cada arbusto.

—¿Creen que así se vería Hawkins después de un apocalipsis? —pregunta Robin con tono ansioso cuando están a cuadras de la casa de Steve.

—Con suerte nunca nos enteraremos —repone su padre.

Cuando al fin llegan, todos se sobresaltan ante lo que ven: copiosas lianas carnosas envuelven la casa. Robin baja su mochila al suelo y procede a hurgar dentro de ella. Momentos después, retira una pequeña hacha.

—¡Ja! Sabía que debía traerla —menciona, enderezándose de vuelta.

—Espera —la detiene Eleven—. Creo… que si cortamos las lianas él sabrá dónde estamos.

No está del todo segura, pero por lo que ha entendido de la forma en la que Henry mantenía control sobre las criaturas, es probable que todos los seres vivos —si se les puede denominar así— de esta dimensión estén conectados los unos con los otros.

Como una mente colmena.

—Jonathan —dice entonces Hopper, lanzándole una mirada a su hermano—, ven conmigo: busquemos otra manera de entrar.

—¡Pero estamos perdiendo tiempo! —replica Robin, apretando el mango del hacha entre sus manos hasta que sus nudillos se tornan blancos—. ¡Steve podría…!

—No nos conviene pintarnos un blanco en la espalda —gruñe Hopper en respuesta—. Danos unos minutos, ¿de acuerdo? Tiene que haber alguna ventana que no esté tomada por aquí…

Joyce posa una mano sobre el hombro de Robin, intentando tranquilizarla.

—Solo un momento, dulzura —le pide con suavidad—. También será lo mejor para Steve si podemos sacarlo de allí sin ponerlo en peligro.


Para alivio de Robin —y todos los demás—, Jonathan no tarda en volver e indicarles con un gesto que lo sigan.

Se trata de la ventana de la cocina: si bien hay una liana anidada justo en el alféizar, no es descabellado suponer que podrían atravesarla sin llamar su atención. Todavía están debatiendo el mejor método de abrirla cuando Robin arroja un ladrillo contra ella.

—Ya está —anuncia ante las miradas atónitas de los presentes.

El oficial de policía tan solo se masaje las sienes con los dedos de su mano izquierda, obviamente disgustado, pero sin ánimo de crear más tensión innecesaria ahora que el mal está hecho.

—Gracias por tu aporte, Robin. Ahora…

—Yo pasaré —se ofrece Eleven—. Soy la más pequeña de todos los que estamos aquí.

Es cierto: incluso Nancy, que es más menuda, es más alta que ella. Analizando la situación, la elección es obvia.

—Busca una puerta por la que podamos entrar —le pide Hopper mientras Jonathan la ayuda a subir hasta la ventana—. No se te ocurra hacer nada estando sola allí adentro.

—Entendido.


Esta vez no tienen tanta suerte: todas las puertas que Eleven encuentra están repletas de lianas. Como sabe que su padre no hará más que indicarle que retorne o intentar entrar por la ventana de la cocina —algo que, sin duda, terminará alertando al otro Henry, pues duda de la capacidad del policía de colarse con sutileza—, decide tomar el riesgo ella sola.

Como no ha encontrado a Steve en su excursión en la planta baja, decide que lo mejor es subir las escaleras que dan al primer piso antes de que su padre advierta sus intenciones.

No le cuesta diferenciar la habitación de Steve de la de sus padres: la puerta entreabierta deja ver una pared repleta de pósteres del equipo de básquetbol de Hawkins y una que otra cantante vestida reveladoramente.

Con cuidado de no tocar ninguna liana, la abre, y un chirrido inquietante resuena en el silencio de la casa vacía.

Lo que ve le provoca instantáneas ganas de vomitar.