Shinichi se quedó mirando el azúcar acumulado en el poso de su vaso de plástico antes de decidir tirarlo a la basura. Frunció el ceño y se pasó los dedos por la comisura de su boca mientras notaba el amargor en su garganta. El café de máquina de la central estaba asqueroso, pero hacía la función de despertar sus ojos.

—Al final, has acabado viniendo —intervino una voz conocida antes de parar a su lado, apoyando su mano en su hombro—. Ya te dije que no era necesario.

—He venido por si podía ayudar en algo —contestó el detective con la mirada baja.

Sabía que su amigo había sido insistente al decirle que se quedara en casa, pero no podía seguir quedándose en casa con los brazos cruzados, y menos cuando todo esto involucraba a Haibara. Habían pasado dos meses desde que la había visto por última vez y todavía recordaba la voz de angustia del profesor cuando le había llamado entrada la noche diciendo que Miyano no había vuelto a casa. Aquella noche, había recorrido cada centímetro de Beika con el pequeño escarabajo amarillo, perdieron el aliento hasta que amaneció. Pero no había servido de nada, se había esfumado como el humo.

Akai se rascó la nuca, pensativo, sin dejar de observar a su joven ayudante. Desde un principio había sido consciente de que era demasiado peligroso dejarle entrar e involucrarle, pero el detective era demasiado persistente para su gusto y tenía una astucia afilada y una inteligencia demasiado brillante como para apartar la cabeza e ignorarlo. Era un buen socio, eso era innegable, sin embargo, las cosas se volvían más incómodas con la científica desaparecida, porqué ella era su amiga por encima de todo.

—Había pensado en volver al supermercado, ¿me acompañas? —preguntó cediendo a su cara triste.

Shinichi asintió y salieron de la central con el Mustang de Akai mientras atravesaban la ciudad hasta llegar al supermercado, donde la habían visto por última vez. A Shinichi todavía le erizaba el vello cuando pasaba cerca de ahí y una punzada de culpa se acentuó sobre su pecho cuando salieron del coche para parar justo en la entrada.

Akai respiró hondo mientras apoyaba un cigarro sobre sus labios y entrecerraba los ojos ojeando las calles con atención, observando cada establecimiento cercano, justo como había hecho la primera vez que pisó ese lugar.

—Las cámaras que la grabaron, fueron la del supermercado y la del cajero de allí —Empezó a explicar al detective mientras caminaba lentamente por el recorrido que intuía que había tomado la pelirroja, parando unos metros más a delante entre un cruce para girar su cabeza a la izquierda y contemplar el callejón—. El rastro se corta aquí —dijo adentrándose al callejón para inclinarse y tocar el suelo un poco más adelante, justo donde recordaba que habían encontrado la bolsa de la compra tirada.

Shinchi observó cada rincón intentando encontrar una pista nueva, pero las semanas habían pasado, y lo único que había de nuevo en ese callejón, era el grafiti pintado de azul en una de las paredes.

—¿Sabes con quien pudo encontrarse? —preguntó Kudo cansado de sus teorías mentales, necesitaba saber que estaba dispuesto a explicarle Akai.

—con Gin, de eso estoy seguro —contestó Akai antes de mirar al otro extremo del callejón —debía tener el Porsche aparcado ahí, y con una pistola apuntado a su frente, no creo que fuese difícil para él conducirla hasta su coche. Por las cámaras de tráfico, sabemos que su coche estaba por la zona esa misma noche.

Shinichi sintió un escalofrío recorrerle la espalda con la descripción de su compañero y apretó los puños deseando que su amiga se encontrase bien.

—¿Y no sabéis qué dirección han podido tomar? —preguntó Shinichi con el ceño fruncido.

Akai negó con la cabeza, Gin era demasiado escurridizo cuando quería y se dejaba ver solo cuando le apetecía. El silencio se instaló entre ellos durante varios minutos y Akai acabó tirando la colilla al suelo antes de pisarla.

—¿Crees que la ha matado? —preguntó Kudo con preocupación —. Me dijiste que no había sangre, pero aun así…

—Creo que, si la hubiese querido matar, la hubiese dejado muerta en el callejón. Mi sospecha, por el momento, es que la tienen retenida. Puede que para que hable sobre su contacto con nosotros y con la policía o puede que la hayan obligado a volver a trabajar. No lo sé, es solo mi teoría.

Shinichi suspiró algo aliviado, él tampoco esperaba que su amiga estuviese muerta, lo presentía. Puede que eso solo fuese un sentimiento falso creado por la esperanza de encontrarla, pero no iba a rendirse si no encontraba un cuerpo. Estaba viva, no sabía donde, pero lo estaba.

—No te comas la cabeza, estamos trabajando para dar con ella. Miyano es una chica lista y no creo que Gin la dispare a matar ni pretenda deshacerse de ella. Si sus intenciones fuesen otras, los cercanos a Haibara ya estarían muertos y la casa del profesor, ya estaría hecha cenizas.

—¿Cómo puedes hablar con esa seguridad? —preguntó Shinichi frunciendo el ceño algo en desacuerdo.

—Llevo demasiados años detrás de Gin, con el tiempo he dado con sus pocas debilidades.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Kudo demasiado curioso por su última declaración— ¿A qué te refieres?

—A nada —contestó Akai con un tono más tajante—. Volvamos al coche, no hay nada que seguir mirando aquí. No perdamos más el tiempo.

Shinichi le siguió, pero no estaba satisfecho con la poca información que había recibido, se puso el cinturón mientras Akai arrancaba el coche y las preguntas empezaron a multiplicarse a cada metro que se alejaban.

—Parece que me quieras excluir de todo esto, Akai. No debería recordarte de que Haibara es mi amiga.

Akai negó sin dejar de mirar a la carretera. Tenía que dejar esa costumbre de pensar en voz alta cuando estaba cerca del detective.

—No te quiero apartar, simplemente tienes que dejar trabajar al FBI. Sé que eres un buen detective, Kudo, pero hay muchas cosas confidenciales relacionadas con Haibara y no…no puedo hablar de esto contigo. Ya conoces lo que significa secreto de sumario —dijo haciendo que su compañero se molestase más.

—¿Acaso me quieres decir que sabes algo de Haibara que yo no sé? —preguntó chisteando los dientes. Cada vez que abría la boca, lo confundía más.

—Sé que es tu amiga y por eso mismo debes saber que Miyano siempre ha guardado sus secretos. Traicionó a la organización, pero tampoco quería estar de nuestro lado—contestó Akai bastante serio a la vez que apretaba los dedos que agarraban el volante, recordando —y no, no la conoces, Kudo.

Shinichi rodó los ojos y apartó la mirada para mirar hacia el exterior. Se sentía ofendido. Claro que la conocía, había convivido con ella durante muchos meses, habían estado espalda con espalda en todos esos malos encuentros y casos que habían compartido y habían confiado ciegamente en el otro en las situaciones más jodidas…era su socia. Por supuesto que la conocía.

—Entonces, ¿Pretender ir en contra de ella? —preguntó Kudo con el ceño fruncido.

—No quiero decir eso…pero va a necesitar darnos unas cuantas explicaciones.

Akai no iba a ayudarle a encontrarla y Rei estaba en una situación demasiado comprometida como para dejarse ver en público. Sentía que estaba solo en esta búsqueda y la organización era un objetivo demasiado grande para un simple detective. El pensamiento lo hizo suspirar derrotado a la vez que peinada su pelo nervioso.

—Déjame aquí —pidió el joven al ver que visualizaba la agencia Mouri al final de la calle.

Akai frenó en un semáforo e intentó despedirse de su compañero, pero Shinichi cerró la puerta detrás suyo antes de que pudiese abrir la boca.

Shinichi caminó calle arriba con las cejas arrugadas. Se sentía impotente y no tenía a los comentarios sarcástico de su amiga para calmar su enfado. El ceño se borró en su cara para esbozar una sonrisa triste. No le gustaba admitirlo, pero la echaba de menos, incluso su mal humor. Apenas habían pasado unas semanas cuando todo empezó a joderse con su desaparición, él no había estado lo suficientemente atento y ella había tenido razón todas esas veces que le había advertido sobre la organización. No la había protegido, y la cara entristecida que veía cada mañana en el rostro del profesor, hacía que su sentimiento de culpa le golpearse como un cuchillo.

Había pensado en todas las opciones, pero, aunque conociese los movimientos de Haibara, nunca había dado con los pasos de Gin, y eso lo mantenía con una insoportable ventaja.

Recordaba el miedo en su mirada y el pánico latente en sus ojos, pero lo que más cruzaba su mente, era la tristeza que siempre cargaba. Esa chica que él llamaba malhumorada, era en realidad una muñeca triste. Pero él siempre había sido un enfermo de la positividad como para agacharse a entender su dolor. Él se centraba en derribar a su objetivo e intentar sonsacar toda la información que podía exprimir de ella, y ella, se quedaba con el dolor y la oscuridad del recuerdo. Había actuado como un egoísta muchas veces y le dolía darse cuenta justo en ese momento. Había conocido de ella lo que él había querido saber, y pensándolo fríamente, puede que Akai no estuviese tan equivocado al decir que no la conocía. Solo le preguntaba por la organización y por sus miembros.

—¿Shinichi? —preguntaron llamando su atención—. ¿Qué haces aquí parado? —preguntó Ran con una dulce sonrisa en la cara.

Kudo alzó la cabeza para darse cuenta de que estaba parado frente las escaleras de la agencia Mouri y sonrió al sentir calidez con la sonrisa de Ran. Era como medicina para sus males.

—Ran —dijo su nombre casi susurrando, agotado emocionalmente.

Ran inclinó la cabeza con cierta duda y preocupación al percibir su ceño se frunció, pero poco después, volvió a poner una sonrisa en su cara mientras acariciaba su mejilla. Shinichi cerró los ojos bajo su tacto y se acercó a ella para abrazarla por la cintura y apoyar la frente en su hombro.

—Se suponía que todo iba a estar bien, que estaba todo controlado…

—No es tu culpa, Shinichi —dijo ella sabiendo perfectamente de lo que hablaba.

El reencuentro de la pareja había tenido lágrimas, gritos y reproches, pero también sonrisas y besos. Había sido una noche de emociones que cambiaban constantemente dentro de ella mientras el detective intentaba explicar con las mejores palabras el motivo de su ausencia. Al principio parecía una historia de ciencia ficción, pero los hechos coincidían en todo de una manera que la asustaba. Al principio había querido alejarse de él y no volver a verle en la vida, pero el amor y cariño que sentía por su amor de la infancia, le hizo entender toda la situación después de una charla mucho más calmada y detallada. Todavía tenía preguntas que quería hacerle a su compañero, pero sabía que él no estaba preparado del todo.

—No cumplí mi promesa.

—No digas eso, todavía no es tarde, Shinichi. Puedes cumplirla —respondió intentando animarle —estoy segura de que Akai, Jodie y los demás te seguirán apoyando en esto.

Shinichi enterró la cabeza en su cuello, ahora no era el momento de decirle que lo habían echado a un lado y de que tenía que trabajar en ello por su cuenta. En ese momento solo quería perderse en la calidez de su abrazo, que era lo único que le reconfortaba en ese instante.

—Tengo ganas de que este caso acabe —suspiró Ran algo preocupada por el moreno —no me gusta verte pasar por todo esto—.

Shinichi cerró los ojos oliendo la colonia dulce de Ran. Él también estaba cansado, la organización le seguía robando la energía y parte de su vida, no era como los típicos casos que resolvía en una tarde junto a Megure. Había imaginado las cosas más fáciles al recuperar su cuerpo, sin embargo, la angustia y el insomnio habían llamado a su puerta para instalarse desde entonces. Había recuperado su vida, el cariño de Ran y la oportunidad de acabar el curso junto con sus antiguos compañeros. Pero las cosas se veían algo distintas para sus ojos, y eso solo le provocaba más dolores de cabeza y complicaciones.

—Deberías descansar un poco y tratar de desconectar —comentó Ran con un tono suave y dulce.

—Pero…

—Creo que ella también te regañaría si te viese así, ¿no crees? —preguntó haciéndole sonreír de tristeza nuevamente. Tenía razón. Resignarse y culpabilizarse no iba a sacarla de donde se encontraba, debía estar sereno y poner la mentalidad fría. No tenía muchos recursos policiales a los que acudir hasta que acabase la carrera, pero si se había topado una vez con la organización en Tropical Land, estaba seguro de que podría asegurar otro encuentro tarde o temprano.

Era difícil, pero no imposible, y él sabía que podía hacerlo. Al principio de todo había estado solo, y si en ese entonces había logrado llegar hasta aquí, podía seguir y llegar a ellos de la misma forma. Le daba igual que su paso ahora sea algo cojo por la ausencia de su socia, caminaría más despacio, pero ayudaría a Haibara y la encontraría con tal de cerrarle la boca a Akai.

Durante la vuelta de Estados Unidos, el laboratorio se había convertido en el lugar donde más cómoda y libre me podía sentía, porque a pesar de tener que trabajar bajo vigilancia y una presión constante, podía trabaja a mi manera y pasar las horas sin tener que estar obligada a rodearme de los demás miembros. En el presente, era una de las cosas que también habían cambiado. Nunca me habían molestado las miradas de desprecio, ni me había parado a escuchar los susurros llenos de veneno que soltaban los compañeros cuando me miraban de reojo al pasar, aún así no dejaba de ser incómodo.

La sorpresa de mi presencia duró muy poco después de reincorporarme, y la rabia por esa incomprensible absolución, solo consiguió ponerme en el punto de mira de cada uno de ellos cuando el rumor corrió como la pólvora. No cruzaban miradas ni les importaba mi presencia, y si podían joderme en el proyecto, estaba claro que no iban a dudar en hacerlo.

—Esto es una mierda. Quiero que lo repitas —gruñó Vermouth antes de lanzar los papeles sobre el escritorio —. No nos des más motivos para querer prescindir de ti. Volveré mañana.

Me mordí la lengua para no mandarla a la mierda y recogí las hojas para ordenarlas de nuevo mientras ignoraba las risas que mi humillación había creado al resto del equipo. No sabía quién se creía que era, pero el jefe parecía seguir permitiéndole que metiese el hocico por donde le diese la gana.

Tener que soportar todo eso era el precio por mantener calmadas las aguas de la guerra que yo misma había provocado. Cada pequeño error y cada descuido podían desencadenar una nueva humillación o un nuevo disparo, y mi única intención, era aguantar hasta encontrar la forma de salir sin que nadie más acabase muriendo.

Me quedé trabajando hasta quedarme sola en el laboratorio y me aseguré de repetir meticulosamente los apartados que tanto le habían molestado a Vermouth a medida que entraba la noche y se comía mi tiempo.

—Llevo un rato esperándote abajo.

Me sobresalté de la silla sin esperar esa interrupción y fruncí el ceño hacia su dirección antes de suspirar lentamente.

—Todavía tengo trabajo que acabar —respondí volviendo a concentrarme en mi trabajo.

—Es tarde.

—Tengo que acabarlo, Gin —comenté sin querer sonar más molesta de lo que estaba. Yo tampoco quería estar ahí.

—Que puedas volver al laboratorio no significa que puedas seguir en las instalaciones a estas horas, sea lo que sea, tendrás que dejarlo para mañana —insistió sin alejarse ni un paso, observando la hora en su reloj de mano antes de volver a mirarme con cierta firmeza.

Él también cumplía órdenes. ¿Quien iba a dejar a dos traidores como nosotros a solas en un edificio de propiedad de la organización con toda la información y datos que contenían? Ya era bastante loco que volviesen a traerme a trabajar a ese laboratorio, no quería saber lo mal que habían ido las cosas como para acabar cediendo a dejar todo esto de nuevo en mis manos.

Resoplé guardando el progreso en el ordenador para copiar los informes y poder continuar una vez volviésemos. Vermuth iba a seguir molestando por más que repitiese el informe una y otra vez. Disfrutaba de poder manejarme como una marioneta, disfrutaba porque conocía como nadie la amistad que tenía con Kudo y esa doble vida que había llevado los últimos años. Esta era su oportunidad perfecta para jugar conmigo.

Me levanté de la silla esquivando a Gin y me dispuse a salir del laboratorio mientras escuchaba sus pasos hacer eco con los míos tas mi espalda.

—¿Mal día? —preguntó mientras nos acercábamos al coche.

—¿Cuándo hay uno bueno últimamente? —pregunté de vuelta, y él formó una mueca parecida a una sonrisa que fue lo más parecido a darme la razón.

El camino de vuelta fue corto y yo volví a escabullirme en el salón junto al portátil para mantener el silencio mientras continuaba el trabajo, sin embargo, Gin no tardó en volver a aparecer para sentarse en el otro lado del sofá con su habitual cigarro recién encendido sobre los labios.

Yo traté de hacer ver que estaba demasiado concentrada como para notar su presencia, pero en realidad, luchaba por no sonrojarme al recordar lo juntos que habíamos estado en ese mismo sofá hacía poco más de una semana. El humo de su cigarro llegó a mi olfato consiguiendo distraerme con más fuerza y le miré a escondidas de reojo por primera vez en varios días. Su mirada penetrante seguía en su cara, pero sus pómulos marcados y sus ojeras lilosas lo hacían ver peor que en mucho tiempo; me costaba apartar la mirada sabiendo que mi presencia ahí era lo que le había hecho perder su trono y parte de su dignidad.

—Tienes que cuidarte un poco, si te pones enferma otra vez, me meterás en problemas.

Incliné la tapa del portátil para mirarle fijamente durante unos segundos y finalmente me incliné hacia adelante para dejar el ordenador sobre la mesa antes de robar uno de sus cigarros por el camino.

—Si tú caes enfermo, también te meterás en problemas —dije de vuelta al saber que su aspecto no se veía mejor que el mío.

—¿Acaso estás preocupada por mí? —preguntó antes de meter su mano dentro del bolsillo interior de su gabardina para sacar un sobre y dejarlo sobre la mesita.

—Olvida lo dicho —comenté clavando mi mirada en el sobre—. ¿Qué es eso?

—Ábrelo.

—No lo voy a abrir si no me dices que es —dije con un tono convencido a la vez que apartaba la mirada para tratar de ignorarlo.

—Son las últimas fotografías que les han hecho a tus amigos, pero si no quieres verlas ni saber como están, puedo tirarlas a la basura y ahorrarme futuros problemas —comentó alargando la mano para volver a coger el sobre.

Yo me adelanté para cogerlo antes de que él lo hiciese y lo abrí con cuidado para sacar las fotos. Dudé unos segundos antes de revelar el contenido, me daba miedo que lo que llegase a ver fuese desagradable y que al final solo lograse hundirme todavía más.

No esperaba que ver el rostro de ese estúpido detective me hiciese sentir ese alivio. Podía ver su ceño fruncido en la mayoría de las imágenes, pero tanto él como el resto, parecían estar bien. Y eso era lo más importante de todo.

—¿De dónde has conseguido esto? ¿Los has visto?

—No, no he sido yo quien ha tomado estas fotos, aunque, si te revelase todos mis trucos se perdería el misterio —respondió exhalando el humo lentamente —. Supongo que, aunque no sean muchos, todavía tengo mis métodos.

Me entraron ganas de llorar cuando vi el rostro del profesor en una de ellas y me mordí el labio y guardé las fotos para no mostrar debilidad.

—Gracias.

Gin asintió lentamente con la cabeza sin decir nada, acabándose con calma el cigarro antes de levantarse y recoger el sombrero del perchero de camino a la puerta.

—Ponte el abrigo.

—¿A dónde quieres ir? —pregunté sin entenderlo. Acabábamos de llegar, era tarde y no me apetecía empezar con las adivinanzas. A primer momento, crucé los brazos y pensé en ignorar su petición, pero después de pensar en ese último gesto que había tenido conmigo facilité la situación y lo seguí tras agarrar el abrigo.

El frío y la humedad persistían esos últimos días de invierno, y la niebla que formaba la entrada madrugada acompañada de los ruidos nocturnos que se percibían de vez en cuando, creaba cierto ambiente de novela terror por las calles. Aceleré el paso para alcanzar el de Gin y caminamos un par o tres de minutos hasta dar con una calle más principal. Abrí la boca para volver a preguntar, pero Gin se adelantó agarrando mi brazo para dirigirme a la entrada de uno de los pequeños locales que permanecían abiertos a estas horas. Estábamos cerca de el puerto así que imaginaba que, un lugar con tanto movimiento turístico y comercial, necesitaba tiendas y servicios con horarios más amplios que los habituales.

Éramos prácticamente los únicos clientes que había a esas horas y la camarera nos atendió con rapidez y una sonrisa cansada en la cara. No solíamos cenar fuera, ni ahora ni antes, la vida en la organización nos había hecho algo ermitaños en la vida privada, ya había suficiente acción y fiestas en la profesional.

—¿No vas a comer? —preguntó Gin al ver que ni me había percatado de que ya tenía el plato sobre la mesa.

Me paré unos segundos para oler el contenido antes de probar bocado, no sabía lo mucho que me apetecía un plato caliente hasta que lamí mis labios.

Se escuchaban los golpes de pelota y el silbato del partido de tenis que el cocinero seguía de reojo dentro de la pequeña cocina y el cristal de las copas que la camarera abrillantaba. No era un lugar precisamente oscuro ni de ambiente tenue como los que solíamos frecuentar, pero tampoco parecía que fuese a aparecer nadie buscándonos precisamente aquí.

Un par de pescadores entraron al local poco después y se sentaron al otro extremo de la barra para pedir un par de copas mientras debatían sobre cual de ellos había pescado la mejor pieza esa última semana, yo volví mi atención a lo que quedaba de mi plato, y me lo acabé con calma recordando el ajetreado día que había tenido mientras Gin ya se encendía el habitual cigarrillo de después de comer.

—Pareces molesta—dijo Gin apoyando un codo sobre la mesa mientras me observaba sin disimular.

Yo resoplé antes de beber agua y dejé los palillos sobre el plato vacío antes de cruzar los brazos sobre la mesa.

—Vermouth es insoportable —solté frunciendo el ceño. No había encuentro con esa mujer que no lograse incomodarle, y mi pequeña declaración, provocó que una pequeña risa se escapase de sus labios —. No es gracioso.

—Lo sé, perdona —se disculpó intentando que su sonrisa no se viese descarada —. ¿Te apetece una copa? —preguntó alzando la mano para que la camarera se acercase.

La chica era joven, de tez morena y unos ojos azules que delataban su descendencia extranjera. Parecía extrovertida y amable, sin embargo, me hizo sonreír ver que no podía esconder lo cohibida que se sentía con la presencia de Gin. Acepté el trago y me mojé los labios para saborear el whisky que había escogido.

—Van a acabar matándonos tarde o temprano sin importar qué, ¿verdad? —pregunté conociendo la respuesta.

Gin asintió removiendo el contenido del vaso con una tranquilidad que me hacía fruncir el ceño.

—¿Y no vamos a hacer nada? —pregunté escondiendo el miedo detrás de la molestia que quería expresar —. ¿No vamos siquiera a pensar en nada?

—No serviría de nada, no tenemos poder alguno para cambiar nada. Lo único que tenemos que hacer, es seguir cumpliendo órdenes y no meternos en más problemas. El tiempo es lo más valioso que podemos conseguir por ahora.

El suspiro que se me escapó no mostró mucha aceptación de sus palabras, me ponía nerviosa saber que en cualquier momento podíamos acabar enterrados bajo tierra y se me hacía demasiado difícil impregnarme de su calma e indiferencia. Levanté la mirada para contemplar el verde de sus ojos y le di un sorbo más amplio a mi copa.

—Podríamos irnos lejos de aquí —solté sin apenas pensar.

—Tú no quieres irte a ningún lado —contestó él dejando un par de billetes sobre la mesa antes de saborear el último sorbo del whisky y levantarse —. No quieres alejarte de ese detective adolescente ni del viejo de su vecino.

Me mordí la lengua y le seguí al exterior. Me había acostumbrado en cierta manera a volver a compartir mis días con la presencia constante de Gin, sin embargo, ninguno de los dos parecíamos poder olvidar las razones que nos habían hecho empezar a odiarnos. Siempre había sido difícil estar cerca de Gin, nuestro carácter fuerte nos enfrentaba y chocaba constantemente y eso había sido uno de los motivos de que nuestra pasada relación fuese tan intensa y arrolladora.

Esta noche me sentía cansada y no me apetecía volver al apartamento evitándole y aparándole la mirada. No quería seguir haciéndolo, no quería vivir arraigada en la tristeza ni en la molestia si el reloj de arena sobre mi cabeza estaba por finiquitar mi existencia.

—Gin, espera.

Intenté agarrar la manga de su gabardina, pero su paso cambió de dirección al segundo siguiente, arrastándome hacia un lado del callejón más cercano para apoyarme contra la pared a la vez que me hacía un gesto para que no hablara. El momento se pareció demasiado a cuando nos reencontramos semanas atrás en el otro callejón, pero esta vez sus manos me rodeaban como si trataran de esconderme y su pelo largo me hacía cosquillas en la mejilla.

El sonido de una voz conocida nos hizo mantener el silencio y camuflarnos en la sombra.

Mi ceño frunció solo al reconocer la silueta de Akai y segundos después se suavizó cuando capté la figura de Shinichi.

—¿Están aquí por nosotros? —pregunté en un susurro.

—No —respondió bastante convencido —. Pasean demasiado tranquilos y su conversación no parece tener nada que ver con nosotros. Aún así, deberíamos alejarnos antes de que noten nuestra presencia.

Asentí lentamente inclinando la cabeza para observar a Shinichi. Su rostro parecía más serio a como lo recordaba, pero tampoco parecía encontrarse mal. Era raro verle desde tan cerca y no acercarme para saludarle ni despeinar su flequillo, pero era la casualidad que más me había logrado reconfortar. Las imágenes no mentían, estaban bien, y el FBI parecía que no les quitaba el ojo.

Gin puso una mano sobre mi hombro para llamar mi atención y yo agarré la solapa de su gabardina para acercarlo.

—¿Qué haces? —preguntó confundido sin perder de vista las dos figuras que todavía se sentían demasiado cerca.

Yo tampoco acabé de entender que estaba haciendo cuando sentí sus labios sobre los míos, era el peor momento para filtrear con nadie, sin embargo, a mi mente le pareció el perfecto. El segundo perfecto para confrontar el muro que no dejábamos de construir para distanciarnos. No podía pronunciar palabra ni protestar si quería que nuestras figuras siguiesen en la sombra. Y Gin no se alejó, apoyó una mano en mi cuello y dirigió el beso mientras yo trataba de no perder el equilibrio. No sabía si la presencia de Kudo me había incitado a hacer eso, a ser rebelde con mis actos para ignorar otros. Mi cabeza no se concentraba y me incliné más hacia Gin, haciendo que su espalda chocase ligeramente con uno de los contenedores, provocando un ruido inoportuno. Volví a la realidad al momento y me mordí el labio pensando en lo imprudente que había sido.

—¿Has oído eso? —preguntó Shinichi volviendo su mirada hacia donde nosotros nos encontrábamos —. Creo que deberíamos echar un vistazo.

Apreté los dientes cuando lo vi parar el paso para empezar a caminar hacia nuestra dirección y Gin me acercó hacia su cuerpo como gesto para tratar de esconderme. Shinichi nos encontraría en segundos si no desviaba la dirección. Su sombra se iba agrandando, indicándonos de que se acercaba cada vez más y apreté la gabardina de Gin y los dientes con fuerza como si eso lograse hacerme más invisible.

El ruido de un gran bufido hizo frenar a Shinichi antes de que un par de gatos aparecieran peleándose. Gin aguantó la respiración cuando vimos a Shinichi fruncir el ceño y yo me apreté lo que pude contra la pared cuando lo vi continuar sus pasos hacia nosotros.

—Kudo, déjalo ya. Solo vas a conseguir unos arañazos —comentó Akai antes de tirar la colilla al suelo —. Se nos está haciendo tarde, deberíamos continuar.

Shinichi paró el paso a una distancia demasiado peligrosa y suspiré de alivio cuando lo vi asentir con la cabeza antes de retroceder. Gin se acomodó el sombrero mientras los observaba marcharse y agarró mi muñeca para cambiar de dirección en cuanto vio que podíamos movernos.

—Eso ha sido muy imprudente, Sherry.

—Tú no me has apartado, así que también lo ha sido por tu parte.

Agradecí que su paso acelerado no le dejase pararse a mirarme porque el rojo de mis mejillas delataba la vergüenza que sentía. Todavía sentía su aliento en mi boca y a mis pies les costaba seguirle el paso después de lo que acababa de pasar.

Al final conseguimos volver sin toparnos con nada ni nadie extraño, y el encuentro con Akai y el detective del Este, parecía haberse quedado en otro plano. Gin parecía algo más serio y su ceño fruncido seguía marcado.

—¿Acaso querías que nos atraparan? ¿Pretendías llamar más su atención? —preguntó mientras dejaba su sombrero en el perchero.

—No, lo siento —contesté mordiéndome el labio. Bajé la mirada incapaz de mirarle en ese momento y él agarró mi barbilla con un extraño cuidado, alzando mi cabeza para que no tuviese lugar donde esconder la mirada —. Yo…Siento que voy a odiarte toda la vida, Gin… —confesé intentando ser sincera, aunque sonase brusca —. Sin embargo, esta noche he preferido besarte antes que gritar por ayuda en cuanto ha aparecido la oportunidad. Y...

Gin alzó ligeramente la comisura de sus labios, en un movimiento casi imperceptible, y nos quedamos unos segundos sin la necesidad de decir palabra, mirándonos por un momento sin rencores ni resentimiento. Afrontando una realidad que ninguno de los dos quería aceptar, pero que tampoco teníamos poder a cambiar. Por mi parte, no podía quitarme de la cabeza a la persona que más daño había causado en mi vida, y él, no podía arrancar de su vida a la persona que lo había traicionado. ¿Iba a conseguir cambiar algo entre ambos si me obligaba a ignorarlo? ¿Podía conseguir olvidar lo que todavía sentía? ¿Excluirlo definitivamente?