Jessica salió del baño, recién bañada, y colocó la maleta de mano sobre la cama para buscar la crema corporal. Ella no se había movido de la otra cama y ni siquiera la había mirado.

—No se cargará más rápido si lo sigues mirando de esa forma —dijo con un tono risueño. Ella la miró por un instante y solo pestañeó antes de volver a mirar el celular—. ¿No pudiste comunicarte?

—Regresé la llamada al número que llamó y me contestó Constance, pero creo que se volvió a desconectar la llamada y no he tenido suerte otra vez.

—¿¡Era Constance!? —exclamó sorprendida. No había reconocido su voz durante la llamada. Jessica terminó de cubrirse los brazos con crema y bajó la maleta para sentarse al otro lado de la cama, quedando delante de la rubia que no dejaba de mirar la pantalla apagada del celular cargando.

—Tengo un mal presentimiento, Jess.

—¿Lo dices por estar atrapada aquí?

Ella sacudió la cabeza y dijo:

—No sé cómo explicarlo.

Jessica suspiró y miró el celular de Ella.

—No creo que la recepción sea mejor en el teléfono fijo. Al menos puedes seguir intentándolo en ambos. Bajaré al lobby a chequear la tiendita que vimos, ¿te apetece algo de comer?

—No, gracias.

Cuando Jessica cerró la puerta, Ella volvió a agarrar el celular e intentó encenderlo. Finalmente. Suspiró aliviada al ver que la pantalla se iluminó. Las notificaciones comenzaron a bombardearla y se alarmó al ver que tenía varias llamadas perdidas de Elena y un mensaje pidiéndole que la llamara urgente.

Después de dos intentos, la llamada conectó.

—¿Están bien los niños? —preguntó Ella, caminando de un lado a otro en la habitación con el corazón en la garganta—. Recién se cargó mi celular y he visto tus llamadas. ¿Los niños están bien?

—Están bien. Se fueron a la habitación hace un rato, pero dudo que estén durmiendo. Estaban enojados.

—¿Enojados? ¿Por qué?

¿Por dónde empezar? ... ¿Estás con Jessica?

—Sí, pero ahora no está aquí. ¿Por qué me preguntas eso? ¿Cómo sabes que... qué está pasando, Elena?

—Oh, Dios. Hermanita, no sé cómo le harás, pero las cosas están hechas un desastre aquí. Los niños están enojados porque te vieron besando a Jessica. Sarah me ha llamado gritándome y no tengo idea de si Constance está al tanto o no. He intentado llamarla pero no contesta.

—¿Que me vieron besando a...? —Ella dejó de dar vueltas en la habitación y se detuvo en seco, soltando una carcajada ante esa barbaridad que acababa de escuchar. La risa se ahogó de repente ante el largo silencio de su hermana—. ¿De qué estás hablando? Yo no he besado a nadie y mucho menos a Jessica. ¿¡Por qué haría eso!?

—Hay fotos en Page Six. Las vi... estaban en el juego de béisbol y se estaban besando en la Kiss Cam.

—Elena, no sé si me estás intentando jugar una broma o qué, pero no es gracioso.

—¿Crees que bromearía con que te estés besando con otra mujer? ¿Con Jessica?

—¡No he besado a nadie! —gritó Ella, confusa—. Sí, fui al juego con Jessica y salimos en la Kiss Cam, pero no nos besamos. ¿Por qué haría eso? Sabes que mi relación con Jess es exclusivamente de amistad, y nunca traicionaría de esa forma a Constance. Elena, dime que me crees. —Ella se mordió el labio al escuchar el suspiro de su hermana.

—Te creo. Pero tienes que ver las fotos con tus propios ojos. Te las he enviado.

—Las comunicaciones no están muy bien. El huracán está pasando cerca de nosotras, pero intentaré ver la foto y comunicarme con Constance.

—He intentado comunicarme con ella, pero creo que apagó el celular.

Ella se sentó de golpe en la cama. La única explicación para que Constance hiciera eso era...

—¿Las ha visto, verdad? Las fotos... No las he visto aún, pero si incluso tú pensaste...

—Ella... —Elena suspiró. ¿Qué podía decirle? No le sorprendería si Constance hubiera pensado lo mismo que ella o peor—. Constance confía en ti.

—¿¡Mi propia hermana puso en duda mi lealtad al ver unas fotos y crees que Constance será diferente porque "confía" en mí!? —gritó en una mezcla de pánico e indignación.

—Ella, yo...

La llamada se cortó y Ella contuvo un grito de frustración al ver que había perdido la señal por completo otra vez. Por suerte, los mensajes de su hermana habían llegado.

La puerta de la habitación se abrió y Jessica entró cargando dos bolsas de compras.

—He comprado varias bebidas y algunas chucherías. Podemos pedir algo de comer directamente del hotel si nos da hambre luego, pero si... ¿Ella? —Jessica soltó las bolsas en el suelo al alzar la vista y ver que las manos de Ella temblaban y varias lágrimas caían de su rostro cabizbajo. Jessica se apresuró a ella, poniéndose de rodillas para poder verla a la cara y asegurarse de que estuviera bien—. ¿Qué pasa?

Ella la miró y abrió la boca, pero no dijo nada.

—Ella, me estás asustando.

La rubia giró el celular que sostenía entre manos temblorosas y le mostró la foto.

—Qué diablos...


Constance no esperaba ninguna visita. Su celular —ahora con una grieta a lo largo de la pantalla— se había mantenido apagado desde el día anterior. Cuando Aldo la dejó en la puerta de la casa, Constance le informó que no lo necesitaría por el resto del fin de semana y que podía descansar. El hombre la había mirado en silencio por varios segundos antes de asentir y desearle una buena noche. Constance había apreciado su discreción y el no haber intentado indagar con preguntas para saber qué era lo que estaba pasando.

Así que fue una sorpresa cuando el timbre de la casa sonó. Constance dejó la bolsa de pastelería a un lado y se limpió las manos en el delantal mientras caminaba hacia la puerta.

—¿Sorpresa? —saludó Rafael, alzando una mano con la botella de licor preferido de Constance—. ¿Qué te pasó? —preguntó alarmado al ver la curita en la frente de Constance.

Constance comenzó a cerrarle la puerta en la cara, pero Rafael la detuvo con su bota.

—¿Me vas a dejar aquí afuera en la lluvia? —se quejó, peinándose el cabello mojado, que había decidido dejar crecer y ahora casi le llegaba a los hombros, con la otra mano libre.

La mujer suspiró y abrió la puerta, dejándolo pasar.

—No mojes mi suelo.

El hombre se rio entre dientes y se quitó los zapatos rápidamente para seguirla hasta la cocina. Constance continuó decorando la torta con el merengue como si él no estuviera allí.

—Veo que ya comenzaste —comentó, señalando el vaso con un líquido ámbar intenso. Al no recibir una respuesta, Rafael se movió alrededor de Constance para buscar un vaso idéntico al que ella estaba usando. Se sentó al otro lado de la isla mientras abría la botella de whiskey y se servía un trago, mirando cómo Constance giraba la torta, ignorándolo.

—No sé por qué estás aquí.

—Intenté llamarte para avisarte de que venía.

—¿Y al no recibir respuesta pensaste que lo más apropiado era aparecerte en la puerta de mi casa? ¿No consideraste que tal vez no respondí porque no quería visitas ni hablar con nadie?

—Claro que sí —Rafael tomó otro sorbo, desafiándola con la mirada antes de mirar alrededor, notando que ya había tres tortas terminadas y decoradas por completo—. ¿Desde cuándo has estado haciendo eso? —preguntó, ignorando la indignación en la mirada de su amiga. Era un milagro que no le haya pedido que se largara—. ¿Al menos me dirás qué fue lo que te pasó en la frente?

—Me desmayé y me golpeé con la mesa en el recibidor. ¿Feliz?

—¿Feliz? ¡No! ¿Fuiste al hospital? ¿Puedes beber alcohol?

Constance forzó un suspiro y soltó la bolsa de pastelería para agarrar el vaso y tomar un sorbo de su bebida. Se quitó el delantal y le dio la vuelta a la isla para sentarse a su lado.

—Estoy bien.

Rafael apartó la mirada, volviéndose a enfocar en las tortas terminadas sobre la meseta de la cocina. Conocía a la mujer desde hacía muchos años y era consciente de que aquello no era absolutamente normal, y que no estaba bien, por mucho que ella quisiera convencerse a sí misma. Constance usaba la cocina casi como un escape. La repostería se había convertido en su refugio; ella misma se lo había confesado años atrás cuando comenzó a hacerlo. Él no lo había comprendido al principio porque nunca se había imaginado a su amiga en la cocina o que tuviera el tiempo para hacerlo. Constance le había confiado que le agradaba perderse en la meticulosa precisión de medir ingredientes y seguir recetas porque le ofrecía un escape temporal de sus preocupaciones. Esa actividad le permitía canalizar sus emociones de una manera tangible y, al final del proceso, siempre tenía una recompensa dulce y un recordatorio de que había creado algo hermoso a partir del caos.

Y qué caos era aquello. Rafael sostuvo el vaso con un poco más de fuerza.

—¿Hablaste con Ella? —preguntó él directamente.

—Rafael —dijo en forma de advertencia.

Rafael no dejó de mirarla a los ojos mientras le servía un poco más de alcohol. Constance entrecerró los ojos.

—Hablé con ella —confesó y, antes de que pudiera continuar, Constance lo interrumpió:

—No quiero saber nada.

—No puedes hacer lo mismo que hiciste antes.

—¿Y qué fue eso?

—Escapar y esconderte. Las dos son adultas y las cosas se solucionan hablando, no apagando tu celular e ignorando el mundo o a la mujer que está teniendo una crisis nerviosa debido a un gran malentendido.

—Pensé que eras mi amigo.

—Porque soy tu amigo te puedo decir esto a la cara. Nunca has sido una mujer de aceptar sandeces. Te diré las cosas como las veo y sí, soy tu amigo, y a pesar de todo estoy de tu lado y siempre tendrás mi apoyo, pero no por eso te ajustaré la venda a los ojos —se detuvo porque estaba seguro de que Constance había dejado de respirar. Podría matarlo con tan solo la mirada con la que lo estaba atravesando.

—No estoy preparada para hablar —admitió—. No entiendes... —dijo, delineando el filo del vaso con el dedo índice.

La morena se estremeció al sentir la mano sobre su hombro, y Rafael se inclinó un poco, acercándose a ella, casi susurrando.

—¿De verdad crees que Ella sería capaz de traicionarte de esa forma? Nuestra Ella, Constance.

Constance se enderezó de hombros y lo miró con la mirada en blanco. Rafael no se sorprendió al verla ponerse de pie para volver al otro lado de la isla y agarrar la manga pastelera para seguir decorando la torta. ¿De verdad iba a ignorar su pregunta de esa forma?

—Dices eso, pero fuiste tú el que me envió un mensaje preguntando si era cierto. Tú dudaste de ella. De nuestra Ella —repitió con sorna.

—Admito que tuve mi duda. Vamos, por eso entiendo tu—

—¡No entiendes nada! —Constance se congeló al caer en cuenta de que había gritado. Que había perdido la compostura.

—Tienes razón. No podría empezar ni siquiera a comprender lo que puede ser que sentiste y estés sintiendo al ver esas fotos... lo que intentaba decir es que Ella me explicó las cosas y—

—Y le creíste —terminó ella con un tono burlón.

Rafael se inclinó hacia atrás en el taburete y ladeó ligeramente la cabeza, pensativo.

—¿Es porque es Jessica, verdad?

Constance apenas pausó por un segundo lo que hacía, dejando el pétalo de merengue a medio hacer, y luego continuó. Rafael había notado que la botella en la esquina de la isla ya estaba por la mitad, y se preguntó desde cuándo Constance había comenzado a beber. Por lo menos aún estaba coherente, sorprendentemente.

—Ya para, Rafael —pidió en voz baja unos segundos después. No podría mantener sus emociones bajo control por mucho más tiempo.

—Vale. Solo ten en cuenta que tarde o temprano tendrás que enfrentar esto. Ella se está volviendo loca y me costó mucho hacer que no viniera conduciendo en pleno huracán.

Rafael se apoyó en sus codos cuando Constance siguió decorando como si no hubiera escuchado nada de lo que había dicho.

—¿Que piensas hacer con todas esas tortas? ¿Me puedo llevar una? —preguntó y no pudo evitar sonreír cuando Constance apartó la mirada de la torta para mirarlo con una expresión un poco más relajada. Al menos le haría compañía hasta que lo obligara a marcharse.


Lo primero que sintió al recobrar la conciencia fue el fuerte dolor de cabeza. La cabeza le zumbaba y un quejido escapó de sus labios cuando se sentó en el sofá. Rafael se había quedado a dormir la noche y apenas se había ido unas horas antes con una resaca increíble. ¿Desde cuándo no dormía hasta tan tarde? Eran las 10:15 a.m. y no tenía ningún plan para el día, así que se dispuso a acostarse en el sofá otra vez para pasar su resaca, pero el timbre de la casa volvió a sonar. Tal vez Rafael había olvidado algo.

—Hola —saludó la joven con una sonrisa nerviosa.

Constance tenía que estar soñando porque los mellizos estaban al pie de su puerta y no tenían a ningún adulto acompañándolos.

—¿Estás... —Constance se sintió demasiado consciente de cómo Izzy la recorrió con la mirada, apenas disimulando una mueca— ...bien? —preguntó Izzy, mirándola con preocupación.

—Estoy… ¿qué hacen aquí? ¿Dónde está Elena? —preguntó, peinándose con una mano el cabello, notando que Izzy no dejaba de mirarla como si estuviera viendo a un animal creído extinto. ¿Tan mal se veía?

—Te dije que esto no era buena idea —murmuró Noah, mirando a su hermana.

Constance no pudo hacer más que alternar la mirada entre ellos, haciéndose a un lado cuando Noah se hizo paso dentro de la casa. Constance cerró la puerta detrás de ellos, frotándose la sien. Tenía que tomar algo para el dolor pronto, antes de que la cabeza le explotara. Aún no estaba del todo segura de que los mellizos de verdad estuvieran allí.

—Yo cumplí con mi parte —le dijo el muchacho a su hermana, e Izzy hizo una mueca, pero no dijo nada mientras veía que su hermano subía por las escaleras, escapando a su habitación.

—¿A qué se refería tu hermano? ¿Cómo llegaron hasta aquí?

Izzy se mordió el labio inferior antes de atreverse a hablar.

—En el metro y luego caminamos unas cuadras… su parte era acompañarme porque no quería que viniera sola.

—Creo que no escuché bien —Constance se dijo a sí misma pero sin dejar de mirar a la niña, que retrocedió un paso al ver el cambio en su expresión—. ¿Vinieron solos en metro?

—Sabemos usarlo. Ma nos enseñó desde que éramos niños.

—¡Siguen siendo niños! ¡No pueden viajar en metro sin un adulto!

Constance respiró profundamente al ver que la niña se encogió, pero en vez de retroceder se irguió y dijo:

—¡Ya casi tengo 14 años! —gritó con frustración y luego pausó, apenas conteniendo las lágrimas—. No somos unos niños.

¿Qué está pasando? pensó Constance, desconcertada.

—Siéntate —ordenó con un tono tajante que hizo que Izzy tragara en seco y se sentara en el taburete de la isla de la cocina, cabizbaja—. Dime que al menos le dijiste a tu tía que vendrían —preguntó, aunque estaba segura de que Elena no hubiera permitido que viajaran solos... o eso le gustaría pensar.

Izzy no se atrevió a mirarla a los ojos cuando negó con la cabeza.

—Esperaba más de ti, Amelia —dijo Constance con un tono serio y le dio la espalda para buscar el celular que había mantenido apagado durante los últimos dos días. Durante el minuto que demoró en encender, Constance ignoró los sollozos de la niña—. Los mellizos están aquí. Sí. Lo sé. Estoy de acuerdo —tiró el aparato sobre la isla, haciendo que Izzy diera un brinco del susto, y Constance se agachó para buscar en el kit de emergencias unas pastillas para el dolor de cabeza—. Están castigados. ¿Lo saben, verdad? —anunció, deteniéndose de brazos cruzados al lado de la niña—. Tu tía estaba muy preocupada al ver que no estaban y ahora está muy enojada.

—Quiero quedarme contigo. Intenté llamar, pero no respondías.

—¿Por qué no le dijiste que te trajera?

—Porque no iba a estar de acuerdo.

—Amel—

—La escuchamos hablar con Ma cuando despertamos. Ma estaba llorando porque aún no puede regresar y no quieres hablar con ella. Lo ha arruinado todo y cuando se separen yo quiero quedarme contigo.

A Constance todo le empezó a dar vueltas y descruzó los brazos para sostenerse de la isla.

—¿Separarnos? ¿De qué estás hablando?

La joven puso los ojos en blanco, imitándola perfectamente, antes de secarse las lágrimas y resoplar.

—Te dije que ya no somos unos niños. Hace años que sabemos que están juntas juntas.

Constance quedó estupefacta y se tuvo que sentar en el taburete al lado de Amelia, sin dejar de mirarla boquiabierta.

—Ma le dijo a titi—tía que no había besado a Jess, y que todo era un malentendido, pero no quieres hablar con ella —explicó, jugando con sus manos nerviosamente antes de levantar la cabeza y mirarla a los ojos—. ¿Puedo quedarme contigo?

Constance se cubrió los ojos con una mano, intentando controlar su respiración.

—Amelia... Ella es tu mamá.

—Por favor... ¡No es nuestra culpa que Ma sea una estu—!

—¡No te atrevas a hablar así de tu madre!

Constance se quedó desconcertada al notar una leve sonrisa en los labios de Amelia. De verdad tenía que estar atrapada en una pesadilla porque toda la situación comenzaba a sentirse así.

—Te sigue importando entonces —dedujo la joven con una sonrisa más amplia.

Constance se frotó la sien con fuerza.

—No estoy de humor para juegos, Amelia. Si no quieres que te trate como a una niña, entonces no actúes como una.

—Han sido inseparables desde que tenemos memoria y se aman —dijo con simpleza, y Constance casi se cae del taburete—. ¿Se aman, no? —preguntó, dudando al ver cómo la mujer que consideraba su segunda madre comenzaba a respirar agitadamente y se ponía una mano sobre el pecho.

—Amelia... ¿cómo...? ¿q qué estás diciendo?

Izzy se quedó con los ojos abiertos de par en par al escucharla titubear de esa forma.

—Los adultos hacen las cosas tan complicadas —murmuró entre dientes y se cruzó de brazos, imitando la postura que Constance tenía antes.

Constance apoyó la frente en la isla. Esto no puede ser real. ¿Por qué tiene que pasar ahora? La mano sobre su hombro hizo que volviera a abrir los ojos y se enderezara para mirar a la joven —que siempre sería su niña— a pesar de lo que diga.

—¿Cuándo creciste tanto? —preguntó, notando que la visión se le comenzaba a nublar por las lágrimas que intentaba detener a toda costa—. ¿Han sabido... Maura también sabe?

—Nop —dijo con seguridad—. Hablé con Maura anoche porque me llamó para saber si tenías novio. Dijo que la habías llamado borracha desde el celular de Rafa y que le dijiste que la esperanza era cruel o algo así, entre otras cosas.

Constance se cubrió el rostro con las manos. No recordaba haber hecho eso.

—¿Por qué nunca nos han dicho algo?

Izzy se encogió de hombros.

—Siempre ha sido así. Ma y tú siempre han estado juntas. Duerme en tu habitación y tú haces lo mismo, pero vuelves a tu habitación antes de que despertemos. Y también las vimos besándose una noche.

Constance apenas podía procesar todo lo que Izzy le estaba diciendo.

—¿Y tu hermano y tú están bien con que tu mamá y yo... estemos juntas?

Izzy volvió a encogerse de hombros.

—Sería más raro para nosotros que no lo estén —dijo y escuchó a Constance inhalar con fuerza—. Ma está muy triste... tú también. No nos gusta verlas llor—umf.

—A mí tampoco, Izzy —confesó Constance, abrazándola con fuerza—. Los quiero tanto... pero más nunca vuelvan a viajar solos en el metro.

A Izzy se le escapó una risita, más sorprendida del hecho de que la volviera a llamar "Izzy" que porque la estuviera abrazando con tanta fuerza.


Nota: Saludos! No suelo hacer esto, pero quería preguntarles si les está gustando el fic hasta ahora :)