Hola, lectores.
No, no he regresado como escritor. Mi falta de tiempo sigue intacta.
Sin embargo, llevo un tiempo con una duda en la cabeza.
¿Que tal bien o mal escriben las nuevas IAs historias de fanfic?
Así que, ¿qué mejor para resolver la duda que probarlo?
Como tenía esta historia abandonada, decidí darle una oportunidad. Y usando Grok y creando un boceto de guión, le pedí que me escribiera un segundo capítulo.
Me gustó el resultado, así que tras unos retoques por aquí y por allá, me he decidido a publicarlo.
Técnicamente se puede considerar coautoría, ya que yo he escrito el guion, Grok el texto, y yo de nuevo algunos retoques.
Este es el resultado.
A pesar del estruendo permanente de las cascadas, la Batcueva se sentía más silenciosa que nunca. Un eco vacío de lo que solía ser.
Bruce ultimaba los detalles de su viaje pasando a modo reposo toda maquinaria innecesaria.
Las pantallas parpadeaban con mapas de evacuación, rutas trazadas hacia asentamientos rurales donde los supervivientes de Gotham y las demás ciudades podrían empezar de nuevo. Las imágenes satelitales confirmaban que la evacuación estaba en marcha y procedía según lo esperado.
Bruce Wayne, con el rostro endurecido por el cansancio, ajustaba los últimos detalles. Los drones prepararían recursos por el camino, antes de que las reservas almacenadas se agotaran. Sin nueva producción, las reservas durarían poco. Por eso era esencial poner en marcha esos asentamientos cuanto antes.
Pero eso ya estaba fuera del alcance de Bruce. Poco podía hacer por su antiguo mundo.
Para asegurarse de que quedara algo de Gotham en pie, Bruce había desplegado una red de robots por la ciudad. Basados en los androides que alguna vez Riddler usó contra él, los había reprogramado para mantener los servicios básicos —electricidad, agua— mientras los evacuados ganaban tiempo. Tal vez, algún día, serían la base para reconstruir. Pero eso no era su problema ahora.
Aseguró especialmente Wayne Industries, ya que era una pieza clave si Batman tuviera que regresar.
Terminadas las operaciones de apoyo a la evacuación, Bruce puso su atención en la preparación de su viaje.
No era una huida, se dijo a sí mismo. Era una pausa. Un respiro para encontrar algo —inspiración, respuestas, paz— en un lugar donde, según las pocas pistas que había ofrecido el artefacto, existía "un héroe".
Quizás eso le sirviera de nueva inspiración, de ofrecerle un nuevo camino en su vida.
La promesa en la que Alfred había insistido tantas veces también pesaba sobre sus hombros: "Tómese unas vacaciones, Master Bruce. El mundo sobrevivirá sin Batman por un tiempo."
Y ahora, con Gotham vaciándose, quizás tenía razón.
El nuevo mundo al otro lado del portal era un misterio. Lo poco que sabía sugería una era medieval, así que descartó cualquier tecnología avanzada. En su lugar, eligió un atuendo sencillo: un traje oscuro reminiscente de sus días con la Liga de Asesinos, capas de tela natural reforzadas discretamente, un diseño que imitaba la estética ninja sin delatar su origen. Nada de armadura brillante ni *gadgets* ostentosos. Llevaba shurikens afilados, un cuchillo artesanal oculto en la bota, y una mochila con víveres: pan seco, una cantimplora de cuero, un pedernal, y una manta tejida a mano. Todo meticulosamente diseñado para no destacar.
El cinturón, por supuesto, no podía faltar. Una versión rústica del Bat-cinturón, con compartimentos discretos: antídotos en frascos de arcilla, venenos en sobres de hierbas, agujas de hueso y utensilios varios. A su atuendo agregó una brújula camuflada como un colgante tallado. La única excepción a su regla de "nada moderno" era una pizarra de madera con una tiza, que en realidad, bajo la capa negra para escribir, ocultaba una tablet apagada, activable solo con su huella. Conectada con el artefacto alienígena, era su "línea de vida", su forma de volver a casa si lo necesitaba, además de obtener actualizaciones de información periódicas.
Si ocurría algo en la Tierra, podría estar al tanto y actuar remotamente, o reabrir el portal si fuera necesario. El único requisito autoimpuesto era usarlo con discreción, cuando no hubiera nadie observando.
En lugar de dinero, cargó con fragmentos de oro puro y gemas fabricadas en los laboratorios de Wayne Industries de gran pureza, imitando ser gemas naturales. Su tapadera sería simple: un mercader errante, hijo de comerciantes, que había protegido su ciudad hasta que una catástrofe la destruyó. No era mentira, solo una verdad a medias. Con todo listo, respiró hondo y cruzó el portal.
El aire al otro lado era fresco, cargado del olor a tierra húmeda y hierba. Bruce apareció entre arbustos a varios metros de un sendero polvoriento. El cielo era despejado, salpicado de nubes blancas, y a lo lejos se alzaba una torre colosal que perforaba las nubes. Orario. Su destino.
—Dioses, ¿eh? —se dijo Bruce a sí mismo.
Bruce era escéptico sobre esos autodenominados "dioses". En su ajetreada vida había tenido múltiples encuentros con diversos seres que se habían autodenominado "dioses", la mayor parte de ellos de fuerza extraordinaria y vidas extremadamente largas.
Podía entender que la gente pudiera confundirlos con dioses, pero su concepto de Dios era diferente. Aún así, estaba abierto a cualquier cosa. Después de todo, ¿quién puede dudar de la existencia de Dios tras conocer personalmente a Lucifer Morningstar?
Volviendo a mirar la torre, podía entender que la gente viera a esos seres como dioses. Él tendría la oportunidad de juzgar por sí mismo cuando llegara a la ciudad.
Tras sacudirse el polvo, ajustó la mochila y caminó hasta encontrar un camino más transitado. A una hora de distancia, divisó un puesto comercial improvisado: carpas de colores, carromatos cargados de mercancías, y un bullicio de voces. No era Orario propiamente dicho, sino un mercado temporal en las afueras, un punto de intercambio para quienes evitaban las estrictas reglas de entrada a la ciudad. Algunos eran comerciantes locales; otros, extranjeros de tierras como Rakia, que compraban bienes de reventa para sortear restricciones.
Bruce se mezcló entre la multitud, observando con ojos entrenados. Lo primero que lo golpeó fue el idioma: una mezcla extraña de japonés arcaico con retazos de otras lenguas, un rompecabezas lingüístico que su mente analítica comenzó a descifrar. Podría hablarlo en cuestión de minutos.
Pero los carteles estaban en inglés, aunque con caracteres extraños, innecesariamente sobreescritos, pero aún perfectamente legibles. ¿Dos lenguas diferentes, hablada y escrita?
"Poción de resistencia - 500 valis", "Espada de hierro - 2000 valis". La incongruencia lo desconcertó. Anotó mentalmente la rareza para investigarla después.
Se acercó a un puesto de joyería, regentado por un hombre corpulento con un delantal manchado. No tenía precisamente aspecto de joyero, pero su puesto no ofrecía dudas.
Bruce dejó un zafiro impecable sobre la mesa, su azul profundo captando la luz.
—¿Cuánto por esto? —preguntó, su tono firme pero tranquilo.
El comerciante lo tomó, sus ojos se abrieron por un instante antes de entrecerrarse. Giró la gema entre los dedos, admirando su perfección.
El comerciante la examinó, sus ojos brillando de codicia antes de disimularlo con una mueca.
—Cincuenta mil valis —dijo, con una mueca—. Es buena, pero no tanto.
Bruce sostuvo su mirada sobre los ojos del comerciante, estirando el silencio suficiente tiempo como para que su farol se resquebrajara.
Tomando el silencio de Bruce como una negación, se anticipó dejando entrever el margen de la negociación.
—Ok... Quizás he sido un poco tacaño... ¿Sesenta mil?
Bruce leyó fácilmente la mentira. No sabía los precios de este mundo, pero su error dejaba claro que el precio real estaba muy por encima. ¿Cinco veces? ¿Diez veces tal vez?
Podía presionarlo, pero nunca se sabe qué tipo de personajes puede uno atraer si cerrara la negociación en falso. Viendo los precios de la mayor parte de las cosas, ir con tanto dinero en el bolsillo sería un imán para ladrones.
—Ochenta mil —respondió, cruzándose de brazos.
El joyero gruñó, pero cedió tras un breve regateo. Bruce guardó una bolsa de monedas tintineantes. No era justo, pero suficiente para sus planes. Siempre podría regresar a casa y obtener más.
Con el dinero, compró provisiones: frutas secas, una cuerda trenzada y un mapa rudimentario de la región.
Agregó también un kodachi... una katana corta a su arsenal. Tras observar que la gente portaba armas a plena vista, agregar un arma nativa y más práctica sonaba como una buena idea. Incluso aunque solo sirviera para hacer presencia, anunciando al mundo: "Puedo defenderme si me atacas".
Cuarenta mil valis. Treinta mil tras el regateo. Claramente había un gran rango de precios y calidades entre las armas. Probablemente en Orario habría armas con precios de varios millones.
Entonces algo captó su atención: un puesto abarrotado de cachivaches diversos, casi todo chatarra, donde un hombre flaco exhibía lo que parecía un carburador oxidado, casi irreconocible por el desgaste.
Bruce se acercó, inclinándose para inspeccionarlo. Era primitivo, desgastado por el tiempo, pero inconfundiblemente un componente mecánico.
—¿Es eso un carburador? —preguntó, manteniendo la voz casual.
El comerciante sonrió, mostrando dientes torcidos. —¿Un experto en artefactos, eh? Sabía que alguien lo reconocería. Lo saqué de unas ruinas al oeste. Pensé venderlo a un estudioso o a la Familia Goibniu. ¿Tú eres uno de ellos?
¿Familia Goibniu? Goibniu. Ese nombre le resultaba conocido. Divinidad en la mitología irlandesa, ligada a la herrería. Tenía que estar relacionado con las divinidades que mencionaba el artefacto.
—No —respondió Bruce, seco pero cortés—. Solo soy bueno con maquinaria.
El comerciante insistió, alabando la pieza como un tesoro arqueológico. Bruce regateó por pura costumbre, bajando el precio a 300 valis. No era caro, y el objeto lo intrigaba.
¿Una civilización tecnológica en este mundo? No había mención de eso. Era un dato inesperado, uno que guardó para analizar más tarde.
Podría resultar útil si en este mundo pudiera tener tecnología, aunque fuera en forma de reliquias y artefactos. Podría ocultar más fácilmente su propia tecnología.
Con la mochila llena, Bruce buscó un transporte a Orario. Frente a un carromato destartalado, un chico joven de cabello blanco y ojos rojos discutía con el conductor, un hombre fornido con cara de pocos amigos.
—Quinientos valis es mucho —decía el chico, contando monedas en su mano—. Si compro comida, igual me sale más barato ir andando...
El conductor se encogió de hombros. —Paga o camina, pequeño.
El chico suspiró, resignado, y dio un paso atrás, mirando su dinero dudando.
—Viajar más lento también supone más provisiones. Si fuera un poco más barato... —murmuraba, como intentando dar pena al conductor, que permanecía impasible ante el joven.
Bruce intervino, acercándose al conductor. —¿Cuánto por el carromato entero? Quiero salir ya.
El hombre lo miró de arriba abajo. —Dos mil valis. Tengo espacio para cuatro pasajeros, así que, si quieres salir ya, me tienes que pagar todas las plazas.
Bruce asintió y dejó las monedas en su mano. Mientras el conductor preparaba los caballos, el chico de pelo blanco se acercó, nervioso.
—Perdone… ¿podría ir con usted? Quinientos es demasiado para mí, pero puedo pagar trescientos...
Bruce lo estudió: joven, delgado, con una energía inquieta pero sincera. Sonrió levemente. —Justo de dinero, ¿eh? ¿Qué tal si, en lugar de pagarme con dinero, me pagas con entretenimiento? Cuéntame cosas, y el viaje es gratis.
Los ojos del chico se iluminaron. —¿Es en serio?
—Siempre soy fiel a mi palabra. Además, ya está pagado.
—¡Genial! ¡Gracias! ¡Muchas gracias! Me llamo Bell, Bell Cranel.
—Bruce Wayne —respondió, subiendo tras él.
El carromato se puso en marcha, traqueteando hacia Orario. Bell comenzó a hablar, animado, mientras Bruce escuchaba con atención. No era solo compañía; era una ventana a este mundo. Y en lo desconocido, el conocimiento es poder.
