—¡Buenos días, señor Bruce! ¿Qué plan tenemos hoy? —preguntó Al, su voz cargada de una energía matutina que contrastaba con el aire aún fresco de Orario.

—Lo que dé tiempo —respondió Bruce, ajustando la bolsa sobre su hombro—. Tengo prioridad en dos objetivos.

—Usted dirá —dijo Al, inclinando la cabeza con interés.

—Primero, ropa —explicó Bruce—. Esta ropa es apropiada para el viaje, pero no puedo vivir solo con esto. Además, necesito mudas. Ahora que tengo algunos fondos, quiero un vestuario suficiente. También algo más elegante, por si surge un trato de comercio.

Al asintió. Era una demanda razonable, práctica para alguien que parecía asentarse en la ciudad.

—¿Y segundo? —insistió, curioso.

—Artefactos —respondió Bruce, su tono neutro pero firme.

Al ladeó la cabeza, extrañado, un leve fruncimiento en el ceño delatando su confusión.

En su mente, Bruce sabía por qué. Tras su paseo nocturno, había recordado cuán limitadas eran sus capacidades sin sus herramientas habituales. Conocer los artefactos de este mundo podía desbloquear sus restricciones tecnológicas, permitiéndole usar sus habilidades en todo su potencial. Pero mantuvo esa reflexión para sí, dejando que Al interpretara la petición a su manera.

—¿Artefactos? —repitió el chico, como si probara la palabra.

—¿No sabes nada de ellos? —preguntó Bruce, arqueando una ceja.

—Sé que hay de dos tipos —respondió Al, rascándose la nuca mientras ordenaba sus pensamientos—. Arqueológicos o mitológicos, que se encuentran en ruinas o se transmiten de mano en mano desde la antigüedad. Y modernos, fabricados por maestros artesanos. ¿En cuál está interesado?

Interesante, pensó Bruce. Ambos tipos —dispositivos avanzados en su mente— habían sido catalogados bajo el mismo término, pero separados por origen. Una distinción útil.

—Los dos, supongo —dijo tras un instante—. Pero centrémonos en los funcionales por ahora. Los modernos, o los heredados si aún sirven.

Al murmuró pensativo, frunciendo el ceño antes de confesar:
—Es una petición inusual, la verdad. Sé de tiendas de magia. Creo que algunas venden artefactos, pero no estoy totalmente seguro.

—No te preocupes —respondió Bruce, con un leve gesto de la mano—. Podemos probar y preguntar.

—¡Ok! ¡Vayamos entonces! —dijo Al, enderezándose con entusiasmo.

Bruce y Al volvieron a callejear, dirigiéndose esta vez a las zonas más comerciales de Orario, donde las calles bullían de actividad. Las tiendas de ropa se alineaban en hileras bien transitadas, libres de los problemas que acechaban en lugares como Daedalus Street.

El aire estaba cargado del aroma de pan recién horneado y el bullicio de voces negociando, mientras un grupo de niños corría entre los puestos, persiguiendo una pelota de cuero raída, sus risas cortando el murmullo de la multitud. Sus botas pisaban el empedrado pulido, y las conversaciones entre ellos fluían con ligereza.

Bruce, poco a poco, se relajaba, dándose cuenta de que no era raro que un extranjero como él desconociera los entresijos de este mundo. Los transeúntes no lo miraban con sospecha cuando preguntaba; al contrario, parecía algo esperado, casi natural. Esto lo animaba a indagar más, a dejar que su curiosidad tomara las riendas sin temor a delatarse.

Al, por su parte, respondía con una naturalidad que denotaba experiencia. No había vacilación en sus palabras, solo la confianza de quien sabe que su papel como guía va más allá de señalar direcciones.

Informar a sus clientes, resolver sus dudas, era tan parte del trabajo como conocer las calles. Entre ellos se asentaba una dinámica tácita: Bruce preguntaba, Al explicaba, y ambos entendían que así debía ser.

Hablaron del clima impredecible de Orario, de las mejores tabernas para una comida barata, de cómo los vendedores ambulantes siempre trataban de engañar a los recién llegados. Era una charla intrascendente, pero permitía a Bruce bajar la guardia, observar el ritmo de la ciudad y dejar que su mente descansara del peso de la noche.

A medida que avanzaban entre puestos de telas coloridas y escaparates con túnicas expuestas, Bruce decidió profundizar un poco más. Se detuvo frente a una tienda de ropa, fingiendo interés en un paño oscuro expuesto, y giró la cabeza hacia Al.

—Oye, Al, ¿cómo te va generalmente con este trabajo? —preguntó, su tono casual pero con un dejo de interés genuino.

Al se rascó la nuca, ofreciendo una sonrisa torcida que mezclaba orgullo y resignación. —Bueno, señor Bruce, no le voy a mentir. Sospecho que muchos me contratan por pena. Ya sabe, una forma de disfrazar una limosna. Pero yo siempre intento dar un buen servicio. Si me pagan, me esfuerzo por que valga la pena. —Hizo una pausa, como evaluando si añadir más, y luego continuó—. A veces, un antiguo cliente aparece y me da cien valis, la tarifa mínima, a cambio de información específica. Por eso intento estar al tanto de rumores.

—¿Rumores como qué? —preguntó Bruce, manteniendo la mirada en la calle mientras sus oídos captaban cada palabra.

—De cualquier cosa —respondió Al, animándose—. Quién está liado con quién… eso es muy habitual si es gente importante. Si hay peleas entre familias o han asaltado algún negocio. También si hay alguna oferta interesante.

—¿Asaltos? —insistió Bruce, arqueando una ceja con curiosidad controlada.

—Claro —dijo Al, asintiendo con convicción—. Es bueno para evitar "zonas calientes". Imagino que lo sabe, señor. A veces es mejor esquivar sitios donde la mala gente se asienta, hasta que el problema pasa.

Bruce inclinó la cabeza, apoyando una mano en la barbilla por un instante mientras procesaba, antes de dejarla caer relajada a un lado al reanudar el paso. —¿Quién se ocupa de la seguridad aquí? —preguntó, su tono neutro pero incisivo.

Al respiró hondo, como preparándose para una explicación larga.

—En general, la Familia Ganesha… pero es complicado. Oficialmente, es el Gremio de Aventureros. Este, a su vez, está bajo el mando del dios Ouranos. Pero este no tiene hijos. Creo que es un pacto entre dioses para mantener la neutralidad.

_—Ouranos renuncia a tener una fuerza personal y, a cambio, el resto de dioses lo respeta. Dicen que él puede comunicarse con la mazmorra, apaciguarla de alguna manera, pero no sé muy bien cómo funciona. Solo sé que generalmente está en Babel haciendo lo suyo, pero cuando hay conflictos o reuniones entre dioses, él es el árbitro principal.

_—En un Denatus, Ouranos delegó la seguridad general de Orario a Ganesha. Parece que los demás aceptaron, así que está bien. Pero Ganesha solo puede trabajar con lo que no compete a las familias. También pueden entrar en acción si consideran que una familia está saltándose las reglas. Pero es básicamente lo que ocurre entre gente de las familias contra otras, o contra ciudadanos no afiliados.

_—Todo lo que pasa dentro de las familias es competencia exclusiva del dios patrón de estas, así que la capacidad de la Familia Ganesha es limitada.

—¿Y si entran en conflicto unas familias contra otras? —preguntó Bruce, dejando la mano relajada mientras seguían caminando.

—La Familia Ganesha solo puede actuar si hay daños contra terceros —explicó Al—, pero probablemente actuarán intentando parar el conflicto. La resolución final se decide entre todos los dioses en un Denatus.

—Lo mencionaste antes… ¿Qué es un Denatus? —inquirió Bruce, aprovechando el hilo.

—Es una reunión de los dioses —respondió Al con naturalidad—. Cada tres meses, se reúnen en Babel y discuten lo que ha pasado, salvo que ocurra una emergencia y hagan un Denatus extraordinario.

Bruce asintió, archivando la información. Era una estructura compleja, un equilibrio de poder entre dioses y familias que explicaba por qué su intervención nocturna no podía resolverse con una simple denuncia. Aprovechó el momento para dar un giro calculado a la conversación, probando hasta dónde llegaba el conocimiento de Al.

—Por cierto, sobre esos rumores… —dijo, bajando la voz como si recordara algo de pasada—. Escuché a unos tipos que caminaban por la calle mientras te esperaba. Un asalto a un tipo llamado "Canoe". Creo que también mencionaron "Daedalus". ¿Te suena?

Al frunció el ceño, pensativo. —La ciudad es grande, señor. Debe haber cientos de "Canoes". Y "Daedalus Street"… que haya un asalto allí no es noticia. Lo raro sería que hubiera un día sin asaltos.

—También escuché el nombre "Coco" —añadió Bruce, manteniendo la expresión neutra.

Al parpadeó, y algo pareció encajar en su mente. —Lo mismo… Espera… ¿Canoe y Coco? No será Coco Collins, ¿verdad?

Bruce se encogió de hombros, fingiendo indiferencia. —Solo son unas pocas palabras que escuché de esos tipos. Tenía curiosidad. Por evitar gente problemática.

Al asintió, comprensivo. —No sé si hablamos de las mismas personas, pero no me extrañaría. Coco es una mediana joven. Probablemente tenga un par de años más que yo, pero siendo mediana, aparenta una edad similar. En el orfanato tenemos varios guardianes. Cuando está Mary, que es una buenaza, si Coco aparece dando pena, la deja pasar aunque ella tenga una familia.

—¿Y eso? —preguntó Bruce, inclinando la cabeza.

—El problema es su familia. La Familia Soma —dijo Al, bajando la voz como si el nombre trajera malas vibraciones.

Soma. El término resonó en la mente de Bruce. En la Tierra tenía múltiples significados: una bebida sagrada en la mitología india, una droga en *Un mundo feliz*. ¿Un dios dedicado al vicio? ¿Era eso legal aquí? Si el vino era tan potente, podría ser una herramienta de control… o un arma.

—¿A qué se dedica la Familia Soma? —preguntó, manteniendo el tono neutro.

—Vino —respondió Al—. Soma es un dios del vino. Y ese es precisamente el problema. El vino divino es capaz de nublar la mente de incluso los mismísimos dioses. Dicen que Soma mismo se ha vuelto adicto a su propio vino. Así que ya no hace otra cosa que fabricarlo.

_—El control de la familia ha recaído en un tipo llamado Zanis. Un mal tipo que hay que evitar como la peste. Usa el vino para mantener a su familia obteniendo dinero constantemente para su propio beneficio.

_—Y uno de los lugartenientes es un tipo llamado Canoe. Por lo visto, este Canoe extorsiona y roba a los miembros más débiles de la familia, como Coco Collins. Y por eso ella intenta no dormir en su hogar, o allí la apalizan.

_—Así que si Mary está de guardia, ella intenta dar pena para dormir dentro. Siempre duerme en el suelo, para no molestar. No la conozco bien, pero tiene amistades en el orfanato.

—No me extrañaría —confirmó Al tras una pausa, como si atara cabos—. Si alguien ha asaltado a Canoe, me alegro. Ese tipo es basura. Se merece una tunda… y con suerte, que le rompan ese hocico de mapache que tiene.

—Es posible que sean ellos —dijo Bruce, dejando la frase en el aire. Internamente, tomó nota: Al había descrito a Canoe como un hombre-mapache, una coincidencia demasiado precisa con el matón de la noche anterior. También la relación con una chica llamada Coco. Era casi seguro que se trataba del mismo tipo, pero mantuvo el silencio. A fin de cuentas, se suponía que él no sabía nada.

Bruce guardó silencio, asintiendo mientras seguían avanzando entre la multitud, su mente ya trazando el próximo movimiento.

Al se fijó en que entraron en una tienda de segunda mano. No era la más barata de Orario, pero sí estaba entre las opciones más económicas. Había cosas que no comprendía de este hombre —su aire de misterio, sus decisiones impredecibles—, pero tras la experiencia con la venta de la joya, decidió mantener el silencio y observar.

—Buenos días —saludó Bruce cordialmente a la tendera, una mujer de mediana edad que respondió con un asentimiento cortés y una mirada neutra, como si estuviera acostumbrada a ver de todo en su negocio.

Entonces, Bruce se puso a revolver entre las prendas con una soltura que sorprendió a Al. Sus manos se movían con precisión entre los montones de ropa usada, seleccionando, descartando y examinando telas como si hubiera hecho esto toda su vida. Probablemente era cierto, pensó Al; un mercader errante debía saber cómo encontrar lo útil entre lo desechado.

La primera sorpresa para Al fueron los precios. Hasta ahora, solo había conocido los del escaparate, que le habían hecho creer que esta tienda manejaba cifras bajas: quinientos valis por un pantalón, por ejemplo, o una camisa por trescientos. Pero al adentrarse en los pasillos abarrotados de estantes, vio que el rango real era mucho más amplio.

El escaparate mostraba las mejores ofertas, el suelo de los precios, mientras que las prendas más elaboradas —chaquetas bordadas, capas de lana gruesa— podían llegar a miles, incluso decenas de miles de valis, añadiendo ceros a las cifras que había imaginado.

—¿Tienen probador? —preguntó Bruce, sosteniendo un par de prendas en las manos.

—Al fondo, a la derecha —respondió la tendera, señalando con un gesto vago.

Bruce se dirigió al biombo y comenzó un ritual que dejó a Al boquiabierto. Entraba y salía a una velocidad digna de un aventurero entrenado, cambiándose con una eficiencia casi militar. Luego se plantaba frente al espejo, posando con una mezcla de seriedad y algo que parecía… ¿alegría?

A veces rechazaba una prenda con una leve sacudida de cabeza, otras pedía a la tendera una talla diferente de algo similar. Combinaba colores y cortes, apilando la ropa en montones separados que Al no lograba descifrar: uno a la izquierda, otro a la derecha, un tercero más pequeño cerca del biombo. ¿Eran categorías? ¿Preferencias? Al no tenía idea.

Finalmente, Bruce llevó los montones al mostrador y los colocó con decisión. —Esto lo devuelvo. Esto para llevar —dijo con soltura, como si hubiera hecho esto mil veces.

La tendera sonrió, satisfecha con una venta asegurada, y comenzó a contar en una máquina mecánica que descansaba sobre el mostrador. Bruce la observó en silencio, su mirada inquisitiva fija en el artefacto.

No dijo nada, pero sus ojos delataban fascinación. Para él, era una pieza intrigante: similar a las máquinas de escribir terrestres de antes de la era electrónica, completamente mecánica, sin rastro de piedras mágicas ni circuitos. Engranajes y palancas giraban con cada botón que la tendera presionaba, mostrando una sofisticación que contrastaba con la aparente simplicidad del entorno.

Bruce estaba cada vez más intrigado por la mezcla de niveles tecnológicos en este mundo —un carburador milenario, ahora esta máquina—, aunque se esforzaba por mantener su expresión neutra, ocultando el interés que lo consumía.

A medida que la tendera apretaba botones, unas piezas como pequeños carteles emergían, revelando números que subían sin pausa. El coste total, sin duda. Al pasó de la curiosidad inicial al asombro, y luego a una creciente incomodidad mientras la cifra ascendía más allá de lo que esperaba. Sus ojos se abrieron como platos, y un nudo se formó en su estómago.

—Treinta mil cuatrocientos treinta y siete valis, por favor —anunció finalmente la tendera, su voz tranquila pero firme.

Bruce pagó religiosamente, sacando las monedas de su bolsa con calma. Redondeó las últimas cifras a quinientos, dejando caer las monedas en el mostrador. —Quédate con el cambio —comentó, a lo que la tendera asintió con una sonrisa más amplia.

Al, mientras tanto, comenzó a hacer cálculos mentales, revisando lo que sabía de los gastos e ingresos de Bruce desde que lo conoció.

Había visto cómo Bruce ganaba 90,000 valis con la venta del rubí al joyero, un trato que aún le quemaba por lo bajo que había sido. En gastos, recordaba los 3,000 valis del mapa, los 1,250 valis que le había pagado a él —250 iniciales más 1,000 de propina—, y ahora 30,500 valis por la ropa. Eso sumaba 34,750 valis gastados de los 90,000 que Al sabía que tenía, dejándole unos 55,250 valis en mano si había calculado bien.

No sabía nada de ventas previas ni del oro que Bruce había traído de la Batcueva, y la esmeralda en subasta, valorada en millones, no contaba; ese dinero aún no estaba disponible.

Al se dio cuenta de por qué Bruce había elegido esta tienda de segunda mano. Si hubiera ido a una boutique lujosa, ¡ya se habría quedado sin fondos! Volvió a maldecir internamente el mal trato del rubí, pero sus pensamientos fueron interrumpidos por la voz de Bruce.

—Bien, Al. Ahora es tu turno. Elige la ropa que más te guste.

—¿Eh? —Al parpadeó, atónito, su mente todavía atrapada en los números.

La mirada sonriente de Bruce lo dijo todo.

—¡¿Vas a comprarme ropa a mí también?! —gritó Al, su voz subiendo de tono por la incredulidad.

—¿Por qué te extrañas? —respondió Bruce, tranquilo pero firme—. Eres mi empleado ahora. Tienes que ir acorde a mi apariencia.

—Pero… —balbuceó Al, aún procesando la idea.

—Pero nada —cortó Bruce—. Es una orden. Coge lo que quieras, pero asegúrate de que te quede bien o te obligaré a seguir probando.

Al dudó, sus pasos vacilantes mientras se movía entre las prendas. La oferta para su talla era menor que la de Bruce, con estantes menos abarrotados y opciones más limitadas. Aun así, miraba las etiquetas paralizado por la paradoja que giraba en su cabeza. Bruce le iba a pagar siete mil valis por sus servicios —mil valis por día durante una semana, según habían acordado—, ¿y ahora iba a multiplicar esa cantidad en ropa para él? La idea lo dejaba sin palabras.

—Tardas demasiado —le reprendió Bruce, rompiendo su trance—. Deja de mirar los precios y fíjate en las prendas. —Tomó la iniciativa por su cuenta, rebuscando entre los montones con esa soltura que ya había demostrado—. Prueba esto y dime tu opinión.

Le tendió una camisa sencilla pero bien cortada, de un azul oscuro que parecía nuevo a pesar de ser de segunda mano. La velocidad de Al era totalmente diferente a la de Bruce, torpe y lenta, y francamente, no sabía qué decir.

Mientras Bruce descartaba ciertas combinaciones con un leve gesto de negación, Al miraba preocupado el espejo, apenas reconociendo a la persona que le devolvía la mirada. La ropa que Bruce le pasaba —una chaqueta marrón gastada pero elegante, un pantalón gris que ajustaba sin apretar— lo transformaba de una forma que no esperaba.

—Tengo que reconocer que tienes ojo para esto —admitió Al en voz baja mientras Bruce seguía rebuscando—. Combinando las piezas adecuadas entre tanta ropa vieja, haces que parezca nueva y elegante. Más de lo que imaginaba viendo el escaparate. Esto no tiene mucho que envidiar a las tiendas caras.

_—Si regreso al orfanato así, no sé si se burlarán de mí llamándome "niño rico" o me atracarán —bromeó, intentando aligerar su propia incomodidad.

Bruce rió suavemente. —Si eso es lo que te preocupa, puedes cambiarte en la posada.

Al asintió, reflexionando. El comentario había sido una broma, una forma de llenar el silencio. Realmente no creía que le fueran a pegar por ello… probablemente. Pero la idea de cambiarse en la posada no era mala, práctica incluso. Guardó el pensamiento mientras Bruce seguía apilando prendas.

Un tiempo después, el ritual se repitió. Bruce llevó sus selecciones al mostrador, y Al lo siguió con las suyas, aún inseguro pero confiando en el criterio del hombre.

—Doce mil seiscientos valis —anunció la tendera tras teclear en su máquina mecánica, omitiendo los últimos veinticinco valis con una discreción que Al notó al instante.

¿Un honor entre comerciantes?, pensó. Bruce había perdonado el cambio antes, y ahora ella redondeaba a su favor. Una cortesía silenciosa.

—Muchas gracias por su compra —dijo la mujer con una sonrisa profesional.

—¿Le importa que nos cambiemos una última vez? —preguntó Bruce—. Me gustaría llevar puesta una de las combinaciones.

—Para nada. Está en su casa —respondió ella, gesticulando con amabilidad hacia el biombo.

Bruce indicó a Al con un movimiento de cabeza que lo siguiera. —Ponte la combinación que quieras —dijo mientras ambos se dirigían al fondo.

Tras el último cambio, salieron del establecimiento con algunas de las prendas recién compradas puestas: Bruce con una chaqueta oscura y un pantalón que le daban un aire discreto pero pulido, y Al con la camisa azul y el pantalón gris, todavía ajustándose a la sensación de verse diferente.

—Muchas gracias por su compra —repitió la tendera mientras salían—. Por favor, confíen en este establecimiento para futuras compras.

Al, sin embargo, caminaba pensativo, con una sombra de preocupación en el rostro.

—¿Tanto te molesta llevar ropa nueva? —bromeó Bruce, notando su expresión.

—No es eso —respondió Al, frunciendo el ceño—. Estoy preocupado por la velocidad a la que se vacían sus ahorros.

Bruce soltó una risa breve y despreocupada. —¿Acaso temes que no te pague?

—No… claro que no —se apresuró a decir Al—. Cobrará en una o dos semanas, ¿no? Pero a este ritmo, no llegará. Si no hubiera malvendido ese rubí…

—¿Aún estás dando vueltas a eso? —lo interrumpió Bruce, su tono ligero pero con un dejo de autoridad—. Ya te dije que no tenía importancia… Pero no estás equivocado. Me gusta ver que tienes cabeza para los números. Tenemos margen para un par de compras más, pero necesito más calderilla.

"¡Calderilla!" —gritó Al mentalmente, sin abrir la boca. ¡Llama a sus miles de valis calderilla!

—Creo que tenemos margen para comprar ropa interior —continuó Bruce, ajeno al torbellino interno de Al—. No necesito nada ostentoso. Lo práctico valdrá. Y si alcanza, un par de botas nuevas también estaría bien. Dejemos la ropa elegante para otro momento. Cuando nuestros fondos estén peligrosamente vacíos, deberíamos volver a la zona de las joyerías. Venderé algo más y volveremos a tener dinero a mano.

Al agitó la cabeza incrédulo y suspiró, rindiéndose ante la lógica impredecible de su empleador.

—Por aquí —dijo, aceptando las órdenes sin cuestionarlas, y guió el camino con un paso resignado pero firme.

Bruce salió satisfecho de la última compra. Esta vez no cambió su calzado inmediatamente. Las botas, adquiridas en una tienda orientada a aventureros, eran prácticas, hechas de materiales naturales pero de una calidad excelente y apariencia resistente. ¿Quizás con cuero o fibras de la mazmorra? Bruce lo consideró mientras las guardaba en su bolsa, notando cómo el peso empezaba a tirar de las costuras.

Esta última compra había erosionado su bolsa de dinero nuevamente. Tras adquirir varias mudas de ropa interior —esa vez Al rechazó que le comprara más, pero Bruce lo hizo discretamente, ocultándolo entre sus propias cosas—, unos jabones con aromas florales y las botas, sus reservas monetarias habían caído de las decenas de miles a una cifra mucho más modesta.

—Deberíamos parar —confirmó Bruce, revisando el contenido de su bolsa—. Necesitamos más dinero.

Al no pudo evitar sonreír irónicamente al oírlo hablar como si el dinero fuera algo que se consigue en minutos. Pero ya iba asumiendo la diferencia entre sus realidades, una lección que este hombre extraño le estaba enseñando a pasos agigantados.

Bruce revolvía su bolsa con cierta torpeza. El contenido abultaba demasiado, y las costuras parecían a punto de ceder bajo la presión de tantas prendas nuevas.

—Y creo que también necesitaré comprar una mochila nueva —dijo, frunciendo el ceño—. He subestimado el volumen de mis compras.

Suspiró y murmuró en voz baja, casi para sí mismo:
—Pero si fuera Alfred, seguro que la mochila aún estaría medio vacía.

Al lo escuchó y, con curiosidad, ladeó la cabeza. —¿Alfred? ¿Quién es?

Bruce sonrió, una mezcla de nostalgia y diversión asomando en su rostro. —Era… mi más fiel mayordomo y compañero. Un experto en mil tareas, que me hacía la vida más fácil… ¡como preparar maletas! —bromeó—. Soberbio de mí, asumí que sería capaz de meter en mi mochila la misma cantidad de prendas que en mis compras habituales. Un pequeño error de cálculo.

Al sonrió ante los comentarios, aunque no estaba totalmente seguro de a qué se refería. —¿Qué es un mayordomo? ¿Un ayudante?

—¿No conoces la palabra? —preguntó Bruce, intrigado—. Quizás por aquí no se use… Sí, puedes decir que es un tipo de ayudante. Un sirviente.

—¿Sirviente? —La cara de Al se endureció de pronto, su sonrisa desvaneciéndose—. Su amigo… ¿era un sirviente?

Bruce notó el cambio de humor al instante, la tensión que se coló en la voz del chico. —¿Quizás aquí haya matices diferentes que en mi hogar? —dijo con calma—. ¿Están mal vistos los sirvientes aquí?

—¡Quiero que sepa que no me voy a vender! — exclamó Al vehementemente, su tono subiendo mientras sus pensamientos se arremolinaban. En su mente, nublada por el desorbitado gasto de Bruce en él, encontró una respuesta fácil en la conversación actual. ¡Bruce quería comprarlo!

—¿Vender? —Bruce parpadeó, desconcertado, antes de captar el malentendido—. Espera… ¿Es posible que confundas sirvientes con esclavos? ¿O quizás aquí son sinónimos? Puede que sea una simple confusión cultural.

—Es… —Al titubeó, su seguridad tambaleándose. —¿No son lo mismo? —preguntó, frunciendo el ceño, genuinamente perdido.

—No sé cómo son las cosas aquí —explicó Bruce—, pero en mi hogar es claramente diferente. Un sirviente es un trabajador que hace la vida más fácil a otra persona, ocupándose de tareas mundanas para que quien lo emplea pueda centrarse en asuntos más importantes. Un esclavo es una persona que ha perdido su libertad, por el motivo que sea, y pasa a convertirse en propiedad de otra. Son dos cosas totalmente distintas. Al menos en mi hogar. ¿Está aceptada la esclavitud aquí?

Al reflexionó, su expresión suavizándose mientras procesaba las palabras de Bruce. Quizás estaba equivocado. En su cabeza, la confusión venía de historias que había oído: gente esclavizada por deudas, trabajando como sirvientes para saldarlas. Siempre había pensado que eran lo mismo, pero si Bruce tenía razón, podía haber sirvientes que fueran libres.

—No es habitual —respondió tras un momento—. A muchos no les gusta, pero familias importantes, como la Familia Ishtar, presionan para que no se prohíba.

—¿Ishtar? —Bruce arqueó una ceja. Diosa babilónica del amor y la guerra, recordó al instante.

—Es la diosa que controla el distrito rojo —explicó Al, bajando la voz como si temiera que alguien lo oyera—. Muchos miembros y aún más dinero. Dicen que su diosa puede doblegar a la gente con su belleza. Pero eso… no quieren provocarla.

*Una diosa prostituta. Genial*, pensó Bruce irónicamente, manteniendo su rostro impasible.

—Entonces… ¿me ves como un sirviente? —preguntó Al, todavía con un deje de cautela.

—No. Al menos no todavía —respondió Bruce, esbozando una sonrisa traviesa—. Eres mi guía y mi ayudante. Pero no serás mi sirviente hasta el día que te toque lavarme la ropa interior.

Al hizo una mueca de desagrado, exagerándola para el efecto. —¿En serio, señor?

Bruce rió. —Vamos, es una broma. ¿Te interesa el trabajo?

—Solo si me paga lo suficiente —replicó Al, entre la sinceridad y la mofa—. ¡No haría eso por mil valis!

—¿Y por diez mil? —insistió Bruce, alzando una ceja.

Al se retorció en una mueca, un ojo parpadeando en un reflejo incontenible mientras luchaba por mantener la compostura. —O sea… así se sienten las prostitutas —bromeó Al, soltando una risita nerviosa.

—Vamos… ¡No es para tanto! —dijo Bruce, riendo con él.

Siguieron bromeando por el camino, mientras Bruce comenzaba a explicarle las diferencias sutiles entre mayordomos, sirvientes, ayudantes y otros términos, siempre puntualizando que "así era en su hogar". Habló de cómo un mayordomo era más que un simple sirviente, un compañero de confianza que manejaba desde la cocina hasta las finanzas con una precisión impecable, mientras Al escuchaba, mitad intrigado, mitad divertido, dejando que la conversación aligerara el peso de sus preocupaciones.

Mientras caminaban, el estómago de Bruce crujió audiblemente sobre el eco de sus pasos en el empedrado.

—Mmm… No he desayunado —murmuró, llevándose una mano al abdomen.

Recordó cómo, focalizado en su trabajo, solía olvidar comer a tiempo, una costumbre que Alfred le recriminaba con frecuencia. El mayordomo, con su paciencia infinita, se resignaba a prepararle sándwiches rápidos que Bruce podía engullir sin detenerse. Desde que Alfred faltó en su vida, saltarse comidas —especialmente el desayuno— se había vuelto habitual, un hábito que sólo notaba cuando su cuerpo protestaba.

—¿Y tú? —dijo por reflejo, tirando de la conversación ligera que ya era rutina entre ellos.

Pero la mirada irónica y seria de Al le recordó al instante cuán absurda había sido la pregunta. El chico no respondió de inmediato, y Bruce sintió el peso de su error.

—Perdona —añadió rápidamente—. No quería ser insensible.

Al ignoró la disculpa, cambiando el tono con una agilidad que desarmó la tensión. —¿Desayuno? En mi mundo, no existe esa palabra —dijo, su voz cargada de sarcasmo mientras una sonrisa torcida asomaba en su rostro.

Bruce miró la bolsa que colgaba de su hombro y aspiró entre dientes, calculando mentalmente. —Por tres mil valis por persona, ¿tenemos algún sitio decente para comer?

Al dudó, frunciendo el ceño mientras echaba un vistazo a su alrededor. —Sí… pero esta zona es cara. Tendríamos que volver…

Y mientras divagaba mentalmente, su cara se iluminó de pronto, como si una bombilla invisible se hubiera encendido sobre su cabeza. —¿Qué le parece tomar unos snacks por ahora y comer más tarde? ¡Conozco un puesto que nos queda prácticamente de camino!

Bruce asintió, satisfecho con la propuesta. —Es una buena idea. Marca el camino.

Unos minutos después, Bruce divisó un pequeño puesto en la calle, encajado entre dos edificios de piedra. Lo regentaba una joven bajita y delgada, de cara risueña, con dos largas coletas negras que caían hasta su cintura y un traje blanco ceñido que realzaba exageradamente sus grandes pechos. El aroma de algo frito y especiado flotaba en el aire, atrayendo a unos pocos clientes que aguardaban su turno.

Esperaron pacientemente mientras la fila desaparecía con sus aperitivos, quedando únicamente Bruce y Al frente a la joven.

—¡Alc! ¡Te ves genial! — exclamó la chica, saludando al chico con una sonrisa brillante mientras agitaba una espátula en la mano.

—Hola, diosa Hestia —respondió Al, devolviendo el saludo con un gesto relajado—. Ya ves. Llevo un par de días en racha.

¿Diosa? Bruce se quedó atónito, parpadeando mientras procesaba las palabras. ¿Ella era una diosa? El nombre le resultaba familiar: Hestia, la diosa griega del hogar, una de las deidades más veneradas del panteón olímpico. ¿Y esta joven, con su puesto ambulante y su actitud despreocupada, era esa Hestia en este mundo? Algo no encajaba. Regentando un carrito de comida callejera, con harina en las manos y una sonrisa infantil, no parecía la figura divina que esperaba.

Hestia hizo un gesto exagerado de lástima, inclinándose hacia Al con las manos en las caderas. —Imagino que eso significa que has encontrado una buena familia.

—Nop. Sólo un buen patrón. Pero humano —dijo Al, señalando a Bruce con un movimiento de cabeza.

—¡Entonces sigues libre! — exclamó Hestia, sus ojos brillando con entusiasmo.

Al rodó los ojos, como si supiera exactamente lo que venía después. Hestia no lo decepcionó.

—¡Oh, vamos! No me mires así… ¡Soy la diosa del hogar! ¡Soy perfecta para ofrecer un hueco a un huérfano! —protestó, cruzándose de brazos con un mohín teatral.

Al gesticuló con la mano, abriendo y cerrando los dedos como si imitara una boca parlanchina. —Blablablá… El rollo de siempre —dijo en voz baja, burlándose.

—¡Eso es una falta de respeto, señorito! —replicó Hestia, apuntándolo con la espátula como si fuera una espada.

—Lo sería si fuera la primera vez… Ya he perdido la cuenta de cuántas veces me lo preguntas —respondió Al, encogiéndose de hombros—. No, no voy a entrar en tu familia. No tengo interés en ser el primer pardillo.

Hestia hizo un puchero gracioso, inflando las mejillas como una niña enfurruñada. —Un día, Alc. Un día… vendrás y me preguntarás si puedes entrar en mi familia. ¡Y yo te diré… lo siento! ¡La familia ya está completa!

—Me parece bien —dijo Al, imperturbable, con una sonrisa sarcástica.

Hestia repitió el puchero, exagerándolo aún más, hasta que finalmente cedió con un suspiro dramático. —Está bien… ¿Cuántas quieres?

—Eso depende del descuento —replicó Al, cruzándose de brazos con una ceja alzada.

—¿Descuento? ¿Con esa vestimenta? —Hestia lo miró de arriba abajo, incrédula—. ¡Tienes más dinero que yo! Cien valis, tarifa estándar. Ni se te ocurra regatearme.

—Dos para él, una para mí —intervino Bruce por primera vez, su voz cortando la discusión con calma.

—Oh… Perdona. Debería haberme presentado —dijo Hestia, extendiendo una mano cubierta de harina. Al darse cuenta de su estado, la retiró con una risita—. Mejor no —corrigió, levantando la palma verticalmente en un saludo amistoso.

—Bruce Wayne —respondió él, inclinando ligeramente la cabeza.

—Hestia. Diosa del hogar, la familia y la eterna llama sagrada, del panteón olímpico —anunció ella con una mezcla de orgullo y teatralidad, aunque su sonrisa risueña restaba solemnidad al título.

Bruce se mantuvo callado, sin saber cómo reaccionar. Era como si le estuvieran tomando el pelo, pero un paso en falso podía ser peligroso. Su rostro permaneció impasible, aunque sus ojos delataban una mezcla de escepticismo y cautela.

Hestia, algo más seria, pareció leer a través de su silencio. —No crees que sea una diosa —dijo. No fue una pregunta, sino una afirmación.

—No quería ofender —respondió Bruce, su tono neutro pero cuidadoso.

—No me ofende —replicó ella, ladeando la cabeza con curiosidad—. Me sorprende un poco. ¿Nuevo en Orario, quizás? ¿Acaso soy la primera divinidad que te encuentras? ¿O que se presenta, al menos?

—¿Eso sería raro? —preguntó Bruce, manteniendo la conversación en terreno seguro.

—Un poco —admitió Hestia, encogiéndose de hombros—. Debes venir de muy lejos. Pero déjame adivinar. Te imaginabas que los dioses fuéramos gigantes en templos, y que cuando entraras gritaría algo como: "¡Arrodíllate, mortal! ¡Estás en presencia de una divinidad!"

Bruce sonrió, una leve curvatura en los labios que suavizó su expresión. —Quizás… Pero no necesariamente. Aunque no esperaba alguien tan mundano como para estar sirviendo en un puesto callejero.

Hestia rió, un sonido claro que resonó sobre el chisporroteo del aceite en su sartén. —Son las reglas. Si queremos vivir aquí, tenemos que hacerlo sellando nuestro poder divino. Lo que significa que si no trabajas, no comes. Acabo de llegar hace poco, así que estoy básicamente en la ruina.

Bruce asintió, reflexionando. Podía ser una fachada, una actuación bien ensayada, pero si era sincera, eran unas reglas extrañas. ¿Por qué seres tan poderosos decidirían vivir como personas normales?

Bien pensado, quizás fuera un buen síntoma. Significaba que no buscaban someter a los mortales —no la mayoría, al menos— y que, en cierta forma, codiciaban la sencillez de una vida humana. Pero eso sólo sería cierto si eran lo que aparentaban ser.

Por ahora, no había ninguna señal clara de que esta joven risueña fuera algo más que una excéntrica con sueños de grandeza.

Como si pudiera leer su escepticismo, Hestia liberó su aura divina. Fue sutil al principio, un calor suave que envolvió el aire como el resplandor de una chimenea acogedora. Había calidez en ella, un toque de eternidad, pero la proyección era gentil, casi reconfortante.

—¿Me crees ahora? —preguntó Hestia, mirándolo con una ceja alzada.

Bruce la observó, impasible. Para él, se sentía muy similar a su propia "fuerza de presencia", una técnica que había perfeccionado durante años. —Eso también lo podemos hacer los mortales —dijo, su voz calma pero desafiante.

Sin perder el contacto visual, liberó su propia presencia, proyectándola en su forma más opresiva y aterradora, aquella que había entrenado para helar la sangre de sus enemigos. Era una sombra intangible, un peso oscuro que llenaba el espacio con una amenaza silenciosa, afilada como el filo de una navaja.

Hestia parpadeó, sorprendida, antes de soltar una carcajada. —¡Oh, wow! ¡Tenemos un mortal desafiante hoy! —bromeó, y aumentó progresivamente la fuerza de su aura. Lo que había sido una llama cálida se volvió sofocante, como el calor de un horno abierto, y luego ardiente, una intensidad que parecía presionar el aire mismo.

Bruce permaneció impasible, su rostro una máscara de acero mientras resistía el creciente torrente. No era humano, tuvo que admitir. Había conocido a seres capaces de proyectar ese nivel de poder —Darkseid, por ejemplo—, pero de una naturaleza distinta. Esto era más… primal, menos opresivo en intención pero abrumador en magnitud.

—Está bien, lo reconozco —dijo finalmente, relajando su propia presencia—. Ese nivel no es humano.

A su lado, Al estaba arrodillado en el suelo, jadeando. Presionado por la colisión de ambas auras, sus ojos estaban en blanco, a punto de desmayarse, con las manos temblando contra el empedrado.

—¡Lo siento, Alc! ¡Creo que se me fue de las manos! — exclamó Hestia, apagando su aura al instante y corriendo a su lado con una expresión de pánico infantil.

—Es culpa mía —admitió Bruce, retractando su propia proyección con un leve movimiento de hombros.

—¿Qué… qué diablos fue eso? —dijo Al, intentando recomponerse mientras se levantaba tambaleante. Parecía haber olvidado lo que había pasado apenas unos segundos antes, su mente todavía nublada.

—Es por eso que no me gusta liberar mi aura —explicó Hestia, suspirando mientras ayudaba a Al a estabilizarse—. Generalmente podemos proyectarla de forma gentil, pero cuando trabajo, prefiero ocultarla por completo. —Señaló el puesto con un gesto resignado—. Hay gente a la que le incomoda ser servida por una diosa. ¡Es malo para el negocio!

Bruce asintió, procesando. No necesitaba más pruebas. Quizás esta presencia, esta persona, no encajaba con su concepción tradicional de la divinidad —un ente omnipotente y distante—, pero desde luego no era humana. Era un ser con capacidades mucho más allá de las de un mortal como él, y eso era suficiente por ahora.

—¿Qué tal si os regalo una docena de croquetas como disculpa? —propuso Hestia, inclinándose sobre el mostrador con una sonrisa conciliadora mientras agitaba la espátula.

—El pago no es problema —respondió Bruce, sacando unas monedas de su bolsa con calma.

—¡Ese es el tipo de clientes que me gusta! —bromeó Hestia, soltando una risita mientras aceptaba los valis y comenzaba a preparar los snacks con renovado entusiasmo.

Bruce probó el suyo, una croqueta caliente y crujiente que desprendía un aroma especiado. Era sencilla, pero sabrosa, con un relleno que combinaba patata y algo cremoso que no pudo identificar del todo. Asintió satisfecho, y Hestia rió ligeramente, claramente complacida por la reacción de aquel hombre reservado.

Mientras seguía cocinando, la expresión de Hestia cambió, como si acabara de darse cuenta de algo. Se detuvo, la espátula en el aire, y lo miró con los ojos entrecerrados. —Espera… Si soy la primera divinidad que ves… significa que no perteneces a ninguna familia, ¿verdad?

Bruce simplemente asintió, aún masticando su croqueta con una calma que contrastaba con la creciente excitación de la diosa.

—Entonces, no tienes falna —continuó ella, divagando en voz alta—. ¡¿Y tienes ese control del aura sin falna?! ¡¿Quién diablos eres?!

—Sólo un mercader buscando inspiración en un nuevo lugar —respondió Bruce, su tono neutro mientras tragaba el último bocado.

Hestia frunció el ceño y lo señaló con la espátula. —No me vengas con eso, señorito. Los dioses podemos ver a través de las mentiras de los mortales.

—Pero no he mentido —insistió Bruce, mirándola fijamente.

En realidad, Hestia no había detectado ninguna falsedad en sus palabras. Su vehemencia era más un reflejo de su carácter apasionado que una acusación fundada.

Bruce, por su parte, tomó nota mentalmente. ¿Era sólo una bravuconada de la diosa, o había verdad en su afirmación? La idea de que los dioses pudieran leer la verdad en las palabras de los mortales era un dato crucial, algo que tendría que verificar con cuidado en el futuro.

—Quizás… —concedió Hestia, cruzándose de brazos con un mohín—. Pero es muy claro que has esquivado la pregunta. Eso es prácticamente lo mismo que mentir.

—No lo es —replicó Bruce, su voz firme pero sin perder la calma.

Hestia repitió su puchero característico, inflando las mejillas antes de cambiar de táctica. —¿Tienes enemigos aquí?

Bruce se extrañó por la pregunta, pero respondió con sequedad: —No.

—¿Eres algún tipo de asesino o criminal? —insistió ella, inclinándose hacia él con una mezcla de curiosidad y sospecha.

Bruce se endureció ante la pregunta, sus ojos estrechándose por un instante. —Tengo una norma personal. La vida humana es sagrada. Sólo me plantearía tal cosa si fuera para salvar más vidas, y eso en el hipotético caso de que no hubiera alternativa. Pero siempre la hay.

Hestia asintió, satisfecha con la respuesta, una sonrisa suave reemplazando su expresión inquisitiva. —Aquí viene —murmuró Al para sí mismo, apenas audible, mientras se preparaba para lo inevitable.

—¡Únete a mi familia, Bruce! — exclamó Hestia, levantando los brazos con entusiasmo renovado.

Al asintió cómicamente, como si hubiera predicho cada palabra, su rostro una máscara de resignación divertida.

—No estoy interesado —respondió Bruce, cortando la propuesta sin titubear.

—¿Por qué todos decís lo mismo? ¡No es justo! —protestó Hestia, dejando caer los brazos con un suspiro exagerado—. ¡Soy una diosa fantástica!

—En mi caso, no es nada personal —aclaró Bruce, su tono suavizándose un poco—. No tengo intención de unirme a ninguna familia.

Hestia continuó divagando, ignorando el rechazo de Bruce, sumida en su propia imaginación mientras gesticulaba con las manos como si pintara un cuadro invisible frente a ella.

—Imagínate… Alguien con tu fachada. Darías el aspecto de un capitán veterano. Sí… eres un poco mayor para iniciar tu carrera de aventurero, pero con tu porte sería suficiente. Además, no es raro que las familias más asentadas tengan capitanes cerca de su edad de retiro. Su labor es más administrativa que otra cosa… e inspirar a los jóvenes. ¡Te pega totalmente! Con un capitán como tú, ¡me lloverían las solicitudes de unión!

—Baja de la nube, Hestia. Ya te ha rechazado —interrumpió Al, su tono seco pero con un dejo de diversión.

Bruce se dio cuenta de la diferencia de trato entre él y la diosa. Mientras Al lo trataba con respeto, usando un tono formal y el "usted" que marcaba su relación laboral, con Hestia hablaba con una cercanía propia de amigos o familiares, una confianza que sugería años de conocerse en las calles de Orario, aunque según Hestia misma, llevaba poco tiempo allí.

Hestia, cómicamente, se acercó a Al y le susurró al oído: —¡No me sabotees! Aún no he terminado con él. —Sus esfuerzos por ser discreta fueron en vano; su voz era perfectamente audible y su descaro, evidente frente a Bruce.

—Si esta es tu forma de reclutar, no me extraña que no te vaya bien —comentó Bruce, haciendo una pausa devorando el snack.

—¡Tú qué sabrás! —replicó Hestia, apuntándolo con una croqueta como si fuera un arma.

—No he mentido cuando digo que soy mercader —respondió Bruce, imperturbable—. He sido hombre de negocios desde que soy adulto. De hecho, desde años antes de eso. Me encargué personalmente de contratar a cientos de empleados. Creo saber un poco de esto.

Hestia abandonó su tensión, su expresión volviéndose más seria. Volvió a concentrarse en sus croquetas, dándoles la vuelta en la sartén con un movimiento experto antes de hablar. —Está bien, señor "importante" —dijo, marcando la palabra con un tono burlón pero curioso—. Soy todo oídos. ¿Qué estoy haciendo mal?

—Para empezar, insistir en reclutar a alguien que no te quiere —respondió Bruce sin rodeos.

Hestia hizo una mueca falsa de dolor, llevándose una mano al pecho como si la hubiera herido, pero guardó silencio, esperando que continuara.

—Ya… ¿Y qué le voy a hacer, si nadie me quiere? —dijo finalmente, suspirando—. Algo tendré que hacer o jamás saldré de esta situación.

—Tienes que ofrecer lo que buscan o tentarles con algo que deseen —explicó Bruce—. La cuestión es… ¿qué puedes ofrecerles?

Hestia suspiró de nuevo, más profundo esta vez. —Te lo dije… Soy pobre.

—¿Vives en la calle? —preguntó Bruce, inclinando la cabeza.

—No… Una amiga me ha prestado un sitio. Pero… es básicamente un sótano. Sí… Techo… y croquetas —dijo, levantando una con una sonrisa débil—. Eso es básicamente lo que puedo ofrecer.

—De momento, el orfanato iguala tu oferta —comentó Al con un tono cómico, ganándose una mirada fulminante de la diosa.

—¿Nada más? —preguntó Bruce intencionadamente, su voz cortante pero cargada de propósito.

—Nada más. Eso es todo lo que tengo —respondió Hestia, encogiéndose de hombros con resignación.

—¿Y tu divinidad? —insistió Bruce, alzando una ceja.

Hestia se congeló por un segundo, sus ojos abriéndose ligeramente al darse cuenta de que había omitido algo tan obvio. —Cierto —dijo, enderezándose—. Techo, comida simple y mi falna. Eso puedo ofrecer.

—¿Y qué tal la promesa divina de que siempre tratarás a tus hijos bien, los escucharás, tendrás en cuenta sus deseos y os cuidaréis mutuamente como una auténtica familia? —continuó Bruce—. ¿Que serás digna de tu título divino y trabajarás incansablemente para que tu familia sea un verdadero hogar para sus miembros?

Hestia sonrió, una chispa de entusiasmo regresando a su rostro. —También. Techo, comida, mi bendición y mi promesa divina de ser una buena diosa para ellos. ¡Ya son cuatro cosas! —dijo alegremente, levantando cuatro dedos con orgullo.

—La palabra sincera de alguien confiable tiene más valor de lo que la mayoría piensa —añadió Bruce, su tono suavizándose mientras su mente evocaba a alguien como Bell—. Hay gente que se conformaría con eso. Ese es el tipo de personas que debes buscar. Gente que llega a esta ciudad sin experiencia, con el bolsillo justo para sobrevivir unos días y su voluntad de trabajar. Algunos incluso desean fervientemente ser aventureros.

—No es un mal consejo —intervino Al, asintiendo con una mezcla de sorpresa y aprobación—. No es como si las familias buenas aceptaran a cualquiera.

Bruce guardó silencio, su mirada perdiéndose por un momento mientras recordaba a Bell. Se preguntó cómo le estaría yendo al chico. Podría estar viviendo la situación opuesta a la de Hestia, vagando por Orario, incapaz de encontrar una familia que lo acogiera. La ironía no se le escapaba.

—¿Qué me dices, Alc? Mi oferta ya ha sobrepasado la de tu orfanato —insistió Hestia, cruzándose de brazos con una sonrisa triunfal.

Al la miró con ojos escépticos, sin inmutarse. —Ya… ¿Y qué tal las desventajas? —replicó, su tono cargado de sarcasmo.

—¿Qué desventajas? —preguntó Bruce, arqueando una ceja mientras observaba el intercambio.

Al suspiró, lanzando una mirada de reojo a Hestia antes de responder. —Hestia y yo nos conocimos hace un par de meses —contó—. Era un día muy lluvioso. Cuando hace mal tiempo, a veces me refugio en una biblioteca, como la que visitamos ayer. Leer es gratis, así que no es mal sitio para pasar el rato. Allí estaba Hestia, bien vestida, y nos presentamos.

Hestia resopló, pero no lo interrumpió, dejando que continuara mientras jugueteaba con la espátula.

—Ella me contó que acababa de descender —siguió Al—, pero que tenía la ayuda de su amiga Hephaestus. Así que le pregunté si me reclutaría. Me dijo: "Quizás más adelante. Necesito entender un poco mejor este sitio antes de decidirme". La segunda vez que la vi, ya estaba en la calle. Por lo visto, cierta diosa estuvo gorroneando a su amiga y no hacía otra cosa que leer novelas gráficas. Como comprenderás, no tenía ninguna intención de unirme a su familia tras saber eso.

Hestia hizo una cómica mueca de dolor, llevándose una mano al pecho como si una flecha invisible la hubiera atravesado. —¡Sólo fue un error tonto! —protestó—. En Tenkai no hacía más que trabajar, trabajar y trabajar. ¡Todos tenemos derecho a un pequeño descanso!

—¿Un mes? —preguntó Al, escéptico, alzando una ceja.

—Ok… —admitió Hestia, levantando las manos en rendición—. Reconozco que fui un poco insensible con mi amiga. ¡Pero fue sólo un desliz! ¡No significa que sea una vaga! Estoy trabajando ahora, ¿acaso no es prueba suficiente?

—No, porque la alternativa es morirse de hambre —respondió Al, implacable.

Hestia chasqueó la lengua, claramente molesta. —Para tu información —insistió—, eso no es cierto. Los dioses no podemos morir de hambre.

Aquella información captó el interés de Bruce, que decidió indagar más. —¿Sois invulnerables? —preguntó, su tono neutro pero cargado de curiosidad.

—¡Oh, no! —respondió Hestia, señalando con la espátula la espada oriental que Bruce llevaba en la cintura—. Si usaras esa cosa tuya, podrías matarme fácilmente.

—¿Matar a un dios? ¿Eso puede ocurrir? —preguntó Bruce, su escepticismo evidente mientras fruncía el ceño.

—Bueno… —Hestia inclinó la cabeza, buscando las palabras—. Es una forma coloquial de hablar. Significa que este cuerpo mortal dejaría de poder contener mi esencia. Mi cuerpo estallaría y regresaría a Tenkai en un gran espectáculo de luz. Por poder, podrías hacerlo; otra cosa serían las consecuencias para ti. Sin embargo, el hambre es diferente.

—¿Diferente cómo? —insistió Bruce, cruzándose de brazos.

—Los dioses somos inmutables —explicó Hestia, retomando un tono más serio mientras volvía a freír croquetas—. Nuestra apariencia es sólo un reflejo de nuestra existencia. Eso significa que nos curamos y tendemos a regresar al mismo estado. No envejecemos tampoco. Si me cortaras un brazo… por favor, no lo hagas —añadió con una risita en medio de la explicación—, tras cierto tiempo, mi brazo volvería a crecer. No tengo ni idea de cuánto tardaría, quizás años, pero acabaría pasando. Y con el hambre es parecido. Lo sientes y lo pasas mal si no comes, pero nuestra divinidad compensa eso. Así que no importa si comemos mucho o poco, seguimos estando igual. O, en el peor de los casos, es un cambio temporal.

Bruce asintió, procesando la información para sí mismo. No era tan diferente a los factores regenerativos de otras entidades que había conocido, o incluso algunos metahumanos. La idea de una esencia divina contenida en un cuerpo mortal añadía una capa intrigante a este mundo, pero también planteaba preguntas sobre sus límites reales.

—Bueno, tenemos que irnos —intervino Al, cortando la conversación antes de que Hestia se extendiera más—. Además, parece que tienes nuevos clientes —dijo, señalando con la cabeza una pequeña cola que se estaba formando detrás de ellos.

Hestia asintió resignada, volviendo a su tarea. Completó la bolsa con las croquetas que faltaban para la docena y se la tendió a Bruce. —Gracias… Bruce. Tendré en cuenta tu consejo —dijo con un tono más suave, casi agradecido.

Bruce inclinó la cabeza solemnemente en respuesta.

Mientras se alejaban del puesto, Hestia levantó la voz una última vez, su tono ahora más juguetón que serio. —¡Piénsalo, Alc! ¡Podrías estar perdiendo la oferta de tu vida! —se despidió, agitando la espátula animadamente en el aire.

Al respondió con un gesto burlón, un movimiento rápido de la mano que despidió a la diosa sin mirar atrás, mientras Bruce mantenía su paso firme y silencioso a su lado. La calle comercial los envolvió de nuevo, el sol ascendiendo en el cielo y proyectando sombras cortas sobre el empedrado. El bullicio del mediodía llenaba el aire: vendedores pregonando precios y olores a especias y cuero flotaban entre los puestos.

Al giró la cabeza hacia Bruce, la bolsa de croquetas aún bajo el brazo, cada vez más ligera por las que ya habían comido. —¿Repetimos la tienda de ayer, señor Bruce? —preguntó, su voz casual pero con un dejo de expectativa.

Bruce inclinó la cabeza, pensativo. —Estaba pensando en probar otras tiendas. Es bueno ampliar horizontes.

Al frunció el ceño, y su tono se endureció al enfatizar una palabra. —¿No lo hará eso excesivamente popular? —dijo, marcando "excesivamente" con severidad—. Podría acabar en manos de tipos como el comerciante que nos timó.

—Es por eso que esta vez voy a vender algo más mundano —respondió Bruce, su voz calma y sin titubeos.

Con un movimiento discreto, sacó algo de su cinturón y se lo pasó a Al: un objeto pesado envuelto en un trozo de tela raída. El chico lo tomó, desenvolviéndolo con cuidado bajo la capa de su propia túnica hasta que la luz del sol reveló un destello dorado. Era un lingote, compacto pero sólido. Lo volvió a tapar rápidamente, echando un vistazo alrededor para asegurarse de que nadie lo hubiera notado.

—Oro… Ya veo —dijo Al, su tono neutro pero con un dejo de comprensión.

Bruce lo miró de reojo. —No pareces sorprendido.

—Bueno… —Al movió el lingote envuelto arriba y abajo en su mano, pesándolo a ojo con una naturalidad que desmentía su juventud—. En comparación con su joya… Unos ¿veinte mil valis?

Bruce se detuvo por un instante, sus ojos entrecerrándose ligeramente. —¿Estás seguro de que es tan poco? Creí que no sabías de joyería.

—Y no sé —admitió Al, encogiéndose de hombros—, pero sí sé una cosa. Las monedas de mil valis son de oro. No es que haya tenido muchas oportunidades de tener una bolsa llena en mis manos, pero por el peso, no creo que pese más que eso. Si el lingote fuera más caro, ¿qué le impediría a un herrero fundir las monedas en un lingote y vender ese por más dinero? Tiene que ser más barato, si no, no tendría sentido.

Bruce se quedó en silencio, genuinamente sorprendido por el razonamiento del chico. Luego, una leve sonrisa curvó sus labios, un gesto raro que delataba su aprobación. Era ágil, más de lo que esperaba.

En su mente, las piezas encajaron con una precisión distinta a la de Al. Estaba acostumbrado a no usar el peso como referencia principal; en la Tierra, metales pesados de poco valor podían engañar a un novato, y el oro puro, maleable e inútil para monedas, solía aleizarse con otros metales para endurecerlo.

Las monedas de mil valis debían seguir un principio similar: una aleación rica en oro, pero no pura, lo que explicaba el cálculo aproximado de Al. Aunque el razonamiento del chico tenía lagunas —faltaba una balanza precisa o experiencia con metales—, su lógica básica era sólida, y eso lo impresionó.

Bruce suspiró, un sonido breve que marcó un cambio de rumbo. —En mi hogar, el oro vale más —dijo, su tono neutro pero con un dejo de resignación—. Supongo que tendremos que vender una joya entonces. Cambio de planes, regresemos a la tienda de ayer.

—¡Sí, señor! —respondió Al, enderezándose con una mezcla de alivio y entusiasmo, listo para guiar el camino de vuelta.

La campanilla de la puerta tintineó al entrar, un sonido agudo que resonó en la joyería y alertó al tendero tras el mostrador. El hombre mayor, de manos temblorosas pero ojos agudos, levantó la vista de una gema que examinaba bajo una lámpara.

—¡Oh! ¡Señor Wayne! — exclamó, su voz cargada de sorpresa—. No le esperaba tan pronto.

Bruce avanzó con paso firme, Al a su lado. —Imagino que la venta aún estará en marcha —respondió, seco pero cortés—. No vine por eso.

El tendero alzó las manos en un gesto de disculpa, las palmas abiertas como si quisiera calmar una tormenta que no existía. —No, no. Es perfecto. El propietario quería hablar contigo. Un momento.

Sin dar tiempo a Bruce para intervenir, el hombre se alejó del mostrador y se acercó a una escalera estrecha al fondo de la tienda. Subió unos pocos peldaños, apoyándose en la barandilla, y alzó la voz con una mezcla de urgencia y respeto.

—¡Vaeril! ¡El señor Wayne está aquí!

Desde el piso superior se oyó un crujido de madera, seguido de pasos fuertes y desiguales que resonaron en el techo. —¡Qué afortunado! —respondió una voz más tranquila, pero con una presencia firme que llenó el espacio incluso antes de que su dueño apareciera.

Un hombre bajó por la escalera, y Bruce lo observó con atención. Cada paso revelaba una cojera marcada: primero descendía con la pierna derecha, firme y segura, y luego arrastraba la izquierda con un movimiento más lento, como si cargara un peso invisible. A pesar de esa limitación, se movía con una soltura y rapidez que desmentían cualquier debilidad.

Bruce archivó el detalle en su mente, notando la fluidez de alguien que había aprendido a compensar una desventaja con habilidad pura. El hombre llegó al final de la escalera y se detuvo frente a ellos. —Señor Wayne. Encantado de conocerte —dijo, su voz profunda y medida, proyectando una autoridad natural.

Bruce lo evaluó en un instante. Era alto, de complexión delgada pero firme, con una presencia que exudaba experiencia y fortaleza.

En cierta forma, era como mirarse en un espejo: un hombre curtido, de agudeza mental afilada y, probablemente, una fuerza física que su cojera no lograba ocultar del todo.

Su rostro parecía el de alguien en sus treinta y tantos, con rasgos angulosos y una piel pálida que contrastaba con el cabello oscuro, recogido en una coleta sencilla.

Pero sus orejas, grandes y puntiagudas, delataban su raza. Un elfo.

Bruce recordó las palabras de Al sobre la longevidad élfica: este hombre podía tener décadas, quizás siglos, más de lo que aparentaba. Su edad real era un enigma.

—Vaeril Cenys. Encantado de conocerte —se presentó el elfo, extendiendo una mano con un gesto que era a la vez cordial y calculado.

—Bruce Wayne —respondió Bruce, repitiendo su nombre como un rito formal, a pesar de que ya lo conocían, estrechando la mano con firmeza.

—Y este es mi ayudante personal, Alc —añadió, señalando al chico con un leve movimiento de cabeza.

Al asintió en silencio, un gesto breve pero respetuoso, manteniendo su lugar un paso detrás de Bruce.

—¿Te importa si te llamo Bruce? —preguntó Vaeril, su tono suavizándose ligeramente, una invitación amistosa que buscaba bajar las defensas.

Bruce negó con la cabeza, su expresión imperturbable. —No —dijo, simple y directo, aceptando el trato de tú por reflejo. Sabía que responder de otra forma lo pondría en una posición de inferioridad social, algo que no convenía en un trato entre iguales.

Vaeril sonrió, una curva sutil en los labios que no alcanzó del todo sus ojos. —Me gustaría hablar contigo de la joya… No podrías haber venido en mejor momento. Pero hablaremos mejor en mi despacho.

Se giró hacia el tendero y se acercó un paso, bajando la voz a un tono más discreto. —Dean, cuando puedas, ¿puedes servir el té?

El tendero asintió con una complicidad silenciosa, una inclinación de cabeza que sugería rutina. Mientras Bruce y Al seguían a Vaeril hacia las escaleras, Bruce notó cómo Dean se movía con rapidez hacia la puerta principal. Con un giro de muñeca, cerró el cerrojo y colgó un cartel en el cristal, probablemente uno que decía "Cerrado". El sonido del metal encajando resonó en la tienda vacía.

La cojera de Vaeril se hizo aún más evidente al subir. Cada escalón era un eco del descenso: la pierna derecha lideraba con fuerza, la izquierda seguía con un retraso leve pero constante. Bruce lo observó sin comentario, su mente catalogando el patrón como un dato más.

La planta superior se abrió ante ellos como un hogar sencillo. No había nada extraño en ello: una mesa amplia cubierta de papeles y utensilios, estanterías repletas de libros y frascos, y un par de sillas desgastadas junto a una ventana que dejaba entrar la luz del sol matutino. Era el tipo de lugar donde negocio y vida se entrelazaban, común entre comerciantes que no podían permitirse separar ambos mundos.

—Disculpa el desorden —dijo Vaeril al llegar a la mesa, su voz tranquila pero con un deje de indiferencia fingida.

Con una velocidad casi sobrehumana, el elfo barrió los papeles y utensilios en pocos segundos, apilándolos en un rincón con una precisión que desmentía el caos aparente. La mesa quedó despejada, revelando una superficie de madera gastada pero sólida, lista para lo que viniera a continuación.

Con igual velocidad, apenas limitada por su cojera, Vaeril movió un par de sillas y las colocó frente a la mesa, opuestas a un escritorio donde una butaca desgastada aguardaba para él. El arreglo los dejaría cara a cara, una disposición que destilaba formalidad y control. Bruce y Al tomaron asiento en silencio, mientras el elfo se acomodaba en la butaca con un movimiento fluido que disimulaba su paso desigual.

Vaeril apoyó los codos en el escritorio, entrelazando los dedos, y fijó sus ojos en Bruce. —No me iré por las ramas —dijo, su voz calma pero cortante—. Imagino que tu tiempo es valioso. Bruce… ¿la joya que nos diste es artificial?

La pregunta golpeó a Bruce como un martillo invisible. Había subestimado a esta gente. No esperaba que fueran capaces de reconocer la diferencia, y menos aún porque no imaginaba que en este mundo existieran joyas artificiales.

En la Tierra, fabricarlas requería un proceso sintético avanzado, tecnología que parecía fuera de lugar en un entorno pseudomedieval como Orario. Su mente aceleró, buscando una respuesta que no lo expusiera.

—¿Insinúas que es falsa? —replicó, poniéndose a la defensiva, su tono firme pero con un filo calculado.

Vaeril alzó las manos en un gesto conciliador, aunque sus ojos brillaban con diversión. —Para nada. Si lo fuera, el error sería nuestro, en todo caso. La tasamos, ¿no es cierto?

Bruce asintió, un movimiento breve y contenido, mientras evaluaba al elfo.

—Dean me comentó que le dijiste que en tu hogar hay más —continuó Vaeril, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Y eso es lo que me ha interesado. La pregunta real de la que me gustaría saber la respuesta es: ¿sabes, Bruce, la fuente real de la gema que nos has traído?

Bruce se sintió atrapado. La pregunta era directa, un disparo al centro de su fachada. Mentir en este mundo era arriesgado. ¿Y si aquel elfo era más que un comerciante? ¿Y si era un dios disfrazado, capaz de detectar falsedades? ¿O si una deidad observaba desde las sombras, como había sugerido Hestia con su comentario sobre los dioses y las mentiras? Por ahora, decidió esquivar.

—¿Por qué esa pregunta es tan importante? —respondió, su voz neutra pero con un dejo de desafío.

El elfo claramente se estaba divirtiendo. Sus labios se curvaron en una sonrisa sutil, y bajó el tono como si hablara para sí mismo. —¡Genial! Por eso este momento es perfecto.

Con un movimiento deliberado, Vaeril colocó tres rubíes sobre la mesa, alineándolos con precisión. Eran pequeños pero llamativos, sus tonos rojos destellando bajo la luz que se filtraba por la ventana.

—¿Sabrías diferenciarlos? —preguntó, su mirada fija en Bruce, expectante.

Bruce los observó un momento, dejando que sus ojos entrenados recorrieran las superficies. Luego señaló uno con firmeza. —Este es falso —dijo, su voz segura.

Vaeril inclinó la cabeza, complacido. —¡Correcto! O bueno… quizás "falso" no es el nombre correcto. No es un verdadero rubí. Es un cristal tintado, una imitación excelente. ¡Bien! Has demostrado que conoces lo básico del negocio. ¿Y los otros dos?

Bruce los examinó con más detenimiento, inclinándose ligeramente hacia adelante. Los dos restantes parecían genuinos a simple vista: el mismo brillo intenso, el mismo tono profundo. Finalmente, negó con la cabeza. —A simple vista, no puedo distinguirlos.

El elfo afirmó con una sonrisa cómplice, captando la frase clave: "a simple vista". Con un gesto elegante, sacó una lente especial de un cajón y la colocó sobre la mesa, deslizándola hacia Bruce con una invitación silenciosa.

Bruce tomó la lente, una pieza de cristal pulido montada en un marco sencillo, y observó los rubíes a través de ella. La luz se refractó en patrones reveladores, exponiendo detalles que el ojo desnudo no alcanzaba. Tras unos segundos, levantó la mirada y señaló con precisión.

—Esta es natural. Esta es artificial —concluyó, su tono firme pero sin alarde.

Vaeril alzó una ceja, intrigado. —¿Por qué? —preguntó, como si buscara confirmar el razonamiento.

Bruce señaló el rubí artificial con un dedo enguantado. —Esta es demasiado perfecta —dijo, su voz plana pero cargada de certeza.

Vaeril juntó las manos con fuerza, produciendo un único aplauso seco que resonó en la habitación. —Correcto. Absolutamente correcto —dijo, su tono vibrante de aprobación.

Sin perder el ritmo, el elfo volvió a revolver en un cajón y sacó un cuarto cristal rojo, más burdo que los anteriores. Lo colocó en fila junto a los otros tres, formando una secuencia desigual. Señalándolos uno por uno, comenzó a enumerar.

—Quinientos valis —dijo, apuntando al nuevo cristal falso, su superficie opaca traicionando su baja calidad—. Cinco mil valis —continuó, indicando la imitación tintada—. Doscientos mil valis —siguió, señalando el rubí natural—. Seis millones de valis —concluyó, deteniendo su dedo sobre el rubí artificial.

Vaeril inclinó la cabeza, sus ojos brillando con una mezcla de curiosidad y desafío. —¿Sabes por qué la diferencia de precio? —preguntó, su tono ligero pero cargado de expectativa.

—Siempre es lo mismo… Oferta y demanda —respondió Bruce, seco y directo, su voz cortando el aire como una hoja afilada.

—Por supuesto —concedió Vaeril, gesticulando con un movimiento teatral de las manos—. Pero la cuestión es: ¿qué oferta y qué demanda?

El elfo, juguetón, lo invitó con un ademán a exponer su hipótesis, sus dedos danzando en el aire como si dirigiera una orquesta invisible.

Bruce lo miró por un instante antes de responder. —Joyería, de menor a mayor calidad —dijo, manteniendo su tono firme y sin rodeos.

—En parte, pero… —Vaeril señaló los dos rubíes auténticos, el natural y el artificial, con un movimiento pausado—. ¿Por qué la diferencia? ¿Por qué molestarse en pagar un precio mucho más alto por algo que a duras penas es distinguible?

—Exclusividad —replicó Bruce, su respuesta rápida pero medida.

Vaeril ladeó la cabeza, como sopesando la idea. —Quizás haya algún excéntrico dispuesto. Pero si no se puede distinguir, no habría muchos. ¿No sabes la respuesta?

Bruce quedó pensativo unos segundos, sus ojos fijos en los rubíes mientras su mente trabajaba a toda velocidad. La pregunta era una trampa, un anzuelo disfrazado de juego, y el elfo lo sabía.

—Te daré una pista —dijo Vaeril, su voz bajando a un tono casi conspirador—. Ese precio es difícil de conseguirlo fuera de Orario.

Orario… Ciudad de dioses y aventureros. Bruce procesó la pista en un instante. Si los ricos no estaban dispuestos a pagar un sobreprecio por joyería indistinguible, el valor debía venir de otro lado. Un mercado más allá de la vanidad.

—No es joyería —dedujo, su tono firme pero con un dejo de cautela—. No sé mucho sobre eso, pero… ¿quizás algún mercado ligado con la magia?

El elfo sonrió, una expresión satisfecha que iluminó su rostro como si hubiera ganado una apuesta consigo mismo. Volvió a señalar las joyas en el mismo orden, esta vez con una precisión casi pedagógica.

—Bisutería —dijo, apuntando al cristal falso de baja calidad.

—Bisutería de alta calidad y joyería barata —continuó, indicando la imitación tintada.

—Joyería de alta calidad, artefactos mágicos y encantamientos —siguió, señalando el rubí natural.

—Artefactos mágicos y encantamientos —concluyó, deteniendo su dedo sobre el rubí artificial.

Vaeril retrocedió un paso, apoyándose en la butaca con una calma deliberada. En lugar de ahondar en los mercados de compra, la demanda, giró el enfoque hacia los orígenes, la oferta. Señaló cada gema de nuevo, enumerando con el mismo orden.

—Artesanos —dijo, apuntando al cristal falso.

—Maestros artesanos —continuó, indicando la imitación.

—Minas —siguió, señalando el rubí natural.

—… —Finalmente, apuntó al rubí artificial y guardó silencio, su mirada penetrante fija en Bruce, esperando una respuesta.

Bruce se sintió en una encrucijada. El elfo había tendido la red con maestría, y cualquier palabra que dijera ahora sería tomada como la respuesta a la pregunta original: la fuente de su esmeralda. Respondiera lo que respondiera, revelaría más de lo que quería o caería en una mentira que podía costarle caro. El silencio pesó en la habitación, denso como el aire antes de una tormenta.

Al, observador en silencio hasta ahora, notó la tensión que flotaba entre los dos hombres y creyó entender el juego que se traían. Rompió el mutismo con una sola palabra, su voz cortando el aire como un cuchillo.

—Alquimia —dijo, firme y sin dudar.

Vaeril hizo un pequeño gesto triunfal con el puño, un destello de satisfacción cruzando su rostro. —¡Bien! ¡Bien! —exclamó, su tono vibrante—. Veo que tu ayudante no está aquí sólo de decoración. Alc, ¿verdad? Sí. ¡Es totalmente cierto! Pero si fuera alquimia normal, el mercado estaría totalmente inundado de gemas como esta.

Al reflexionó un instante, sus ojos entrecerrándose mientras lanzaba su hipótesis, una que Bruce no podía alcanzar por falta de conocimiento del mundo. Adoptó un aire teatral, imitando la gesticulación del elfo, como si estuviera desvelando un secreto en un escenario.

—Misterio —dijo, dejando la palabra suspendida en el aire.

Bruce hizo un esfuerzo monumental para mantener su rostro absolutamente neutral, apagando cualquier atisbo de la sorpresa que lo recorrió por dentro. Al, captando la señal implícita de Bruce de dejarlo intervenir, comprendió que su patrón carecía del contexto necesario. Con esa teatralidad fingida, reveló la información sin que pareciera dirigida a él.

—Una habilidad especial —continuó Al, su voz subiendo ligeramente como si recitara una historia—. Capaz de fabricar artefactos imposibles y conocimiento perdido a través de una habilidad proporcionada por la bendición de un dios. Una habilidad tan rara que sólo hay dos poseedores públicos en Orario: Asfi Al Andromeda, también conocida como Perseus, capitana de la familia Hermes, y Airmid Teasanaré, alias Dea Saint, capitana de la familia Dian Cecht.

—No podría haberlo explicado mejor —confirmó Vaeril, su sonrisa ensanchándose con una mezcla de aprobación y deleite.

En ese momento, Dean entró con una bandeja en las manos, el aroma cálido del té humeante llenando la habitación. Colocó la tetera y las tazas con cuidado, sirviendo primero al elfo antes de volverse hacia Bruce con una cortesía tranquila.

—¿Le gusta el té, señor Wayne? —preguntó—. ¿Té rojo, té negro?

La mente de Bruce procesaba a toda velocidad la nueva información. Creía entender el juego: el elfo sospechaba que tenía acceso a una habilidad casi única, algo que explicaría las joyas artificiales que traía. ¿El té? Podría ser una trampa, una bebida drogada para sonsacarle más. Pero no le parecía probable. Vaeril había sido escurridizo, sí, pero no acusador. Parecía más bien tantear a un potencial proveedor, no tenderle una emboscada.

—La verdad es que no he probado el té desde que estoy en Orario —respondió Bruce, diplomático, esquivando la elección.

—El rojo es mi favorito —dijo Vaeril, tomando su taza con un gesto casual.

—¿Y usted, señor Alc? —preguntó Dean, girándose hacia el chico.

Al esbozó una sonrisa, un brillo de orgullo asomando en sus ojos. Era la primera vez que recordaba que lo trataran con tal formalidad, como si fuera un hombre de negocios y no un simple guía callejero. —No, gracias —respondió, su voz firme pero con una nota de satisfacción.

—Ok —dijo Vaeril, dando un sorbo a su té antes de continuar—. Quizás tomando el té es momento de divagar un poco. Estoy contento de que estés aquí hoy, Bruce, porque estas joyas —señaló el rubí artificial con un movimiento de la mano— sólo pasan por la tienda muy de vez en cuando.

_—Piénsalo: seis millones de valis. Es sólo una pequeña pieza en un arma, en este caso. ¿Puedes imaginarte el precio final del arma? Probablemente multiplique por veinte o cien el precio de la joya. Las familias que pueden permitirse algo así son muy pocas.

_—La única razón por la que está aquí es porque, para usarla, necesita una forma concreta. Mañana o pasado estará lista y la devolveremos. Cada vez que usan una, requiere ser preparada meticulosamente. Es el motivo por el que la tengo hoy aquí. Probablemente no tenga otra en meses.

—Entonces debéis ser muy buenos tallando las joyas —dijo Bruce, su tono neutro pero con un dejo de curiosidad controlada.

—Por supuesto —respondió Vaeril, inclinándose hacia adelante con una chispa de orgullo—. Pero también son los contactos.

El elfo se puso de pie con un movimiento fluido, ignorando la leve cojera, y se quitó la camisa con un gesto rápido, revelando un tatuaje intrincado que cubría su espalda. Líneas negras y curvas delicadas formaban un diseño que parecía vivo bajo la luz del sol que entraba por la ventana.

Bruce tomó nota al instante. ¿Eso era la forma que tomaba la bendición de los dioses? Recordó la entrada a Orario, cuando los guardias revisaron la espalda de Bell con aquel líquido. Una falna, entonces.

—Familia Hephaestus. Nivel 3 —anunció Vaeril, su voz resonando con una mezcla de orgullo y desafío.

Dean le lanzó una mirada severa desde el rincón donde ordenaba la bandeja. —Estoy seguro de que el señor Wayne está asombrado por tu gran muestra de vanidad —comentó, su tono cargado de ironía pero entregado con una emoción perfectamente neutra.

Vaeril rió sin reprimirse, una carcajada abierta que llenó la habitación. Bruce esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible, rememorando a Alfred. Ese tipo de comentarios mordaces, envueltos en una fachada de cortesía impecable, eran puro eco de la herencia británica de su mayordomo. Quizás la relación entre Dean y Vaeril no era tan distinta de la que él había compartido con Alfred.

—¿Aventurero y joyero? —preguntó Bruce, su tono plano pero con un dejo de interés genuino.

—Ex-aventurero —confesó Vaeril, su risa apagándose en una nota más seria.

Con un movimiento deliberado, Vaeril levantó el pantalón de su pierna izquierda, revelando que la extremidad que mostraba problemas de movilidad era en realidad una prótesis.

No era una simple pieza de madera y metal tosco: la pierna brillaba con un acabado de plata pulida, suave como el filo de una espada ceremonial, con articulaciones incrustadas de gemas traslúcidas que destellaban bajo la luz del sol que entraba por la ventana.

Cada unión estaba diseñada con una precisión exquisita, permitiendo un movimiento fluido que casi imitaba la gracia natural de un elfo. Marcas de desgaste sutiles surcaban la superficie, testigos de su uso, pero no restaban elegancia a la obra maestra que era.

Bruce contuvo una mirada de lástima, impresionado por la calidad de la prótesis a pesar de sí mismo, pero no lo suficiente como para que Vaeril no lo notara. El elfo, anticipándose, respondió antes de que el silencio se alargara.

—No tengo derecho a quejarme —dijo, su voz firme pero sin rastro de amargura—. La mazmorra me perdonó la vida.

—Llevo tiempo recomendándole que la actualice —intervino Dean desde el rincón, su tono seco mientras ordenaba la bandeja del té—. Pero siempre está ocupado.

—Ya, ya —respondió Vaeril con un gesto despreocupado de la mano—. Ya no funciona con la agilidad de antaño. Pero es suficiente.

Dean negó con la cabeza en silencio, desaprobando sin añadir más, mientras Vaeril volvía a sentarse con un movimiento fluido que desmentía cualquier limitación.

—Voy a levantar mis cartas —dijo el elfo, apoyando los codos en la mesa y mirando a Bruce con una mezcla de franqueza y astucia—. Lo que realmente quiero saber es si puedes conseguir más joyas. Francamente, si tienes una habilidad especial, proceden de una mina con una pureza nunca vista, o tienes un contacto que es el que realmente las fabrica, no me importa.

_—Ese es tu secreto, y tienes derecho a mantenerlo. Lo que quiero saber es si podrías conseguirnos más. Y si fuera así, ¿son limitadas o podrían ser un flujo continuo?

Bruce reflexionó un momento, sopesando su respuesta con cuidado. —¿Buscas exclusividad? —preguntó, su tono neutro pero directo.

—¿Ser tu único comprador? —Vaeril negó con la cabeza—. No es un requisito. Pero tengo que avisarte. —Volvió a señalar el rubí artificial sobre la mesa—. Joyas como estas tienen una demanda limitada. Cuatro… seis al año como mucho. Por encima de eso, caerán los compradores dispuestos a pagar millones. Obviamente, si bajas el precio, no te va a faltar demanda. Pero destruirás el actual marco de precios.

Eso no era bueno. Saturar el mercado llamaría demasiada atención, algo que Bruce quería evitar a toda costa.

—Hay un truco con el que se pueden colocar algunas más —continuó Vaeril, rebuscando en sus cajones y sacando varios cristales falsos que alineó frente a los rubíes.

_—Si las corto, puedo convertir una de estas grandes en varias pequeñas. Una grande por ocho pequeñas. El problema es que las artificiales no se venden… hasta ahora. Es como dijo Al: sólo hay dos productores públicos, y además están ocupados con múltiples asuntos. Especialmente Dea Saint. Su familia gana mucho dinero con los servicios médicos, así que contratarla es muy caro y tiene cola de espera. Si colocas muchas piezas de procedencia desconocida, harán preguntas. A no ser que eso sea lo que te interese.

Bruce procesó las palabras en silencio, entendiendo la posición del elfo. Vaeril sabía que estaba ante un potencial suministrador, pero no había actuado con arrogancia ni exigencias. Intuía que Bruce buscaba discreción, y tenía razón.

—Así que esta es mi propuesta —siguió Vaeril, inclinándose hacia adelante con una chispa de entusiasmo—. Haz un contrato directo con Hephaestus. Puedo hacerlo en tu nombre, o puedes hacerlo directamente tú, tú decides. Hephaestus es una diosa estricta, pero justa.

_—Y si le explico que tengo un contacto, el negocio puede hacerse sin mostrar nada al público. Sus trabajadores no harán preguntas. Tampoco creo que la mayoría supieran ver la diferencia más allá del resultado. Sería un trato privado y discreto.

—Si lo hiciera directamente, ¿no te quedas fuera? —preguntó Bruce, probando los límites de la oferta.

—No realmente —respondió Vaeril con una sonrisa—. Ya te dije que hay que tallarlas, así que seguimos participando del negocio. Entonces… ¿estás interesado?

Bruce no quería llamar la atención, pero el negocio parecía discreto. Afortunadamente, la deidad involucrada, Hephaestus, era la misma que había ayudado a Hestia. Eso hacía poco probable que Vaeril le estuviera mintiendo, y siendo una familia de grandes recursos, todo el planteamiento tenía sentido. Era una buena oportunidad.

—Suena interesante —concedió Bruce, su tono calmado pero firme—. Aunque querría saber cada detalle, tenerlo por escrito.

—¡Estupendo! —Vaeril dio un pequeño golpe en la mesa, satisfecho—. Ahora la información clave… ¿Cuánto podrías suministrar?

Bruce consideró la respuesta con cautela. Ser prudente era sensato, pero mentir podía ser un error si una deidad estaba involucrada, especialmente si podían detectar falsedades como Hestia había insinuado.

—Sospecho que podría saturar el mercado —dijo, optando por una verdad ambigua.

Vaeril lo observó detenidamente, entre la sorpresa y la evaluación, como esperando que fuera un farol. Tras unos segundos de silencio, al ver a Bruce impasible, estalló en una carcajada sonora que llenó la habitación.

—¡Ya veo! Ya veo —dijo, divertido, recomponiéndose con un brillo en los ojos—. Pero eso no sería una buena idea. Además, estoy seguro de que mi diosa no querrá depender de un único suministrador.

—Eso es prudente —aceptó Bruce, inclinando la cabeza en reconocimiento al razonamiento.

—Pero una vez esté segura de que eres confiable —continuó Vaeril—, no me extrañaría que te diera el ¿cinco? ¿diez? ¿quince por ciento de su demanda? ¿Cuánto crees que sería eso, Dean?

Dean dejó la bandeja a un lado y cruzó los brazos, pensativo. —Es difícil decirlo con seguridad, pero… alguna cantidad entre veinte y cien millones semanales.

—¡Wow! —Vaeril rió de nuevo, golpeándose el muslo—. Realmente será un gran negocio. Incluso nuestro cinco por ciento sigue siendo una fortuna.

—Creí que era el diez —intervino Al, frunciendo el ceño mientras recordaba con precisión la comisión de la transacción anterior.

El elfo soltó otra carcajada, claramente disfrutando del momento. —¡Tu chico tiene buena memoria! —bromeó, señalando a Al con un dedo.

—Si las transacciones son mayores, es normal que bajen la comisión —explicó Bruce, su tono sereno pero con un dejo de autoridad.

Al asintió, procesando la lógica con una mezcla de asombro y aprendizaje.

Vaeril tomó un sorbo de su té, dejando que el silencio se asentara antes de continuar. —¿Cuál es tu familia, Bruce? —preguntó, su voz casual pero con un trasfondo que podía ser una trampa, aunque no pareciera intencional.

Bruce suspiró exageradamente, una maniobra para ganar tiempo sin mentir del todo.

—Se puede decir que ya no existe —respondió, su tono bajo y contenido—. En mi hogar, casi todos perdieron la vida en un ataque relativamente reciente. Los supervivientes nos hemos separado. Es por eso que he venido a Orario.

Vaeril asintió, su expresión suavizándose por diplomacia, evitando indagar más. —¿Vas a unirte a una nueva familia? —preguntó, manteniendo el tono ligero.

—No, no creo —dijo Bruce, firme pero sin brusquedad.

—¿Estás en el Gremio de Comercio? —insistió Vaeril, alzando una ceja.

—No —respondió Bruce—. Me dijeron que no era un requisito.

Vaeril inclinó la cabeza, aceptando la respuesta con un gesto pensativo.

—Técnicamente es cierto, pero no es práctico estar fuera. Incluso con las *gran blancas* —dijo, refiriéndose a las monedas de platino de cien mil valis—, hacer transacciones grandes en monedas no es práctico. Te hace blanco fácil de robos. Incluso para aventureros como nosotros, hay ladrones hábiles que se escurren en la noche. Por eso usamos cuentas.

—No he tenido tiempo de ver cómo funciona —comentó Bruce, manteniendo su fachada de novato sin delatar ignorancia.

—Es sencillo —explicó Vaeril, recostándose en la butaca con una sonrisa—. Tienes un depósito allí, y cuando quieres pagar a un comerciante, sellas un papel especial con la cantidad y el destinatario. El Gremio de Comercio mueve el dinero entre las cuentas, y así no sale de allí. También pueden operar con el Gremio de Aventureros. El sistema funciona transparente entre ellos. La única diferencia es que el Gremio de Aventureros tiene las cuentas de las familias, y el Gremio de Comercio tiene las de los ciudadanos o negocios no afiliados a familias.

_—Las cajas de custodia también pueden resultarte interesantes —añadió Vaeril, recostándose en la butaca con un aire relajado—. No son caras, especialmente las pequeñas, como la que necesitarías para las joyas. Plantéatelo así: si cada semana me entregas joyas, vendrás muy a menudo por aquí y puede ser que alguien que nos observe note el patrón y te señale como un potencial objetivo.

_—Sin embargo, podemos contratar una caja de custodia compartida. Dejas las joyas en la caja, nosotros las recogemos. Bueno… nosotros contrataríamos un mensajero. Si quieres evitarte ese trabajo también, puedes contratar uno a la Familia Hermes. Son discretos, no suelen hacer preguntas. En el Gremio, el acceso a las cajas es privado, por lo que se pierde el rastro. Así que no sabrán con quién estás haciendo negocios. Algunos de nuestros proveedores actúan así.

Bruce asintió, su mente procesando la propuesta con rapidez. —Parece que tengo aún mucho que preparar y aprender —dijo, su tono calmado pero con un dejo de reconocimiento.

—Y yo tengo que negociar con Hephaestus —respondió Vaeril, levantando las manos en un gesto despreocupado—. Tenemos tiempo, no te preocupes.

El elfo hizo una pausa, tamborileando los dedos sobre la mesa antes de añadir: —Si Hephaestus no aceptara una fuente desconocida… ¿aceptarías una negociación directa?

Bruce mostró un leve atisbo de incomodidad, una sombra que cruzó su rostro por un instante. —Si no quedara más remedio… —respondió, su voz baja y contenida.

Vaeril rió ligeramente, un sonido cálido que rompió la tensión. —Entiendo tus reticencias. Es difícil guardar secretos con ellos, ¿no es verdad? No tienes por qué contar lo que no quieras. De todas formas, no adelantemos acontecimientos. Preguntaré, y ella decidirá.

Bruce afirmó con un movimiento breve de cabeza, aceptando la postura del elfo.

—¡Oh! —Vaeril se detuvo, como si recordara algo de repente—. Y… ¿para qué viniste, por cierto? —preguntó, su tono curioso pero desenfadado.

—Estoy un poco corto de dinero —admitió Bruce, sacando el lingote de oro de su cinturón con un movimiento fluido—. Asentarse en Orario no sale barato.

Vaeril soltó una carcajada, golpeando la mesa con la palma. —¡Sí! Los extranjeros suelen llevarse una sorpresa al ver las cifras crecer en un cero cuando llegan a la ciudad.

Bruce dejó el lingote sobre la mesa, su brillo opaco contrastando con la luz que reflejaban los rubíes. —Lamentablemente, me fié de los precios de mi hogar. Si hubiera sabido que el oro no es tan valioso aquí, habría traído un metal mejor.

—Ya veo —dijo Vaeril, inclinándose para examinarlo brevemente—. Dean, ¿cuánto podemos darle?

—Un millón no sería un problema —respondió Dean, cruzándose de brazos con una seguridad tranquila.

—Ok. Olvídate del lingote —decidió Vaeril, levantándose con un movimiento ágil a pesar de su prótesis—. Dean, prepara el dinero.

Bruce lo miró, alzando una ceja. —¿No te firmo algo? —preguntó, su tono neutro pero con un dejo de sorpresa.

Vaeril adoptó una falsa seriedad, cruzándose de brazos y mirándolo con fingida indignación. —¿Acaso no piensas pagarme?

—Por supuesto que no —respondió Bruce, su voz firme pero con un toque de diversión que igualaba el juego del elfo.

El elfo rió de nuevo, relajando la postura. —En otras circunstancias te haría firmar un pagaré, pero como no perteneces al Gremio de Comercio, no serviría de mucho. Pero tengo tu palabra de que me pagarás, ¿verdad?

—Por supuesto —confirmó Bruce, inclinando la cabeza en un gesto solemne.

—Además, aún tengo tu joya —bromeó Vaeril, señalando con un guiño—. Encantado de hacer negocios contigo, Bruce. Espero que esto sea el comienzo de una gran relación… comercial —añadió la coletilla con una risita, como si la primera parte hubiera dejado un malentendido flotando en el aire.

Un par de minutos después, Dean regresó con una bolsa tintineante y se la tendió a Al. Mientras el tendero abría la puerta y retiraba el cartel que indicaba "Cerrado temporalmente", saludó desde el interior con un gesto cortés. Bruce y Al salieron a la calle, el sol del mediodía bañando el empedrado con un resplandor cálido.

—Señor Wayne… —dijo Al, caminando a su lado con la bolsa en las manos.

—¿Sí, Al? —respondió Bruce, girando la cabeza ligeramente.

—Usted no tiene falna —afirmó el chico, su voz segura, no como una pregunta sino como una conclusión.

—¿Y? —replicó Bruce, manteniendo su tono neutro.

—No puede tener la habilidad de Misterio —continuó Al, deteniéndose para mirarlo fijamente.

—Correcto —concedió Bruce, y luego, con un brillo juguetón en los ojos que rara vez dejaba ver, añadió—: Pero… ¿no es eso un misterio?

Al frunció el ceño por un instante, desconcertado, antes de bajar la vista a la bolsa que cargaba. No pesaba tanto como esperaba para un millón de valis. Abrió el cordón con curiosidad y sacó una moneda, sosteniéndola bajo la luz. Era una gran blanca, una pieza rara de oro blanco —platino en este mundo—, su superficie lisa y pálida reflejando el sol como un espejo. Valía cien mil valis cada una, y la bolsa estaba llena de ellas, menos numerosas pero más valiosas que las monedas de oro comunes que Al conocía. Por eso el peso era menor: no eran más ligeras, sino menos en cantidad, cada una cargando una fortuna en su densidad compacta.

Al suspiró, dejando caer la moneda al fondo de la bolsa con un tintineo grave antes de devolvérsela a Bruce. Recordó las palabras que él mismo había dicho a Hestia, resonando ahora con un peso renovado: "La palabra sincera de alguien confiable tiene más valor de lo que la mayoría piensa."

Ese era el valor de la palabra de Bruce Wayne. Un millón de valis al menos, respaldado no por un sello o una falna, sino por la confianza que inspiraba. Aunque también estaba la garantía de la joya, si Al hubiera traído algo así, probablemente lo habrían acusado de ladrón.

Para un chico como Al, criado entre la pobreza y las promesas rotas, donde convivía entre maleantes, mendigos, supervivientes e incluso dioses pobres como Hestia, aquel mundo se sentía más inalcanzable que el mismísimo Tenkai.

Un mundo donde se sentía un invitado temporal, del cual le expulsarían tan pronto como se acomodara a él.

El mundo rico, y el mundo pobre, separados no por muros, sino por valores prácticamente opuestos al sentido común que conocía.

Con una pequeña esperanza en el corazón, imaginó un futuro donde su palabra pudiera ser tan valiosa como la de Bruce Wayne.