¡Hola, mis amores!

¿Cómo les va? perdón por la tardanza, pero el capítulo ya está listo. Solamente los reviews se los quedo debiendo mis amores, será para el próximo capítulo ¿sí?

Y sin decir más, comencemos.

CAPÍTULO 13

EL SUEÑO ES REVELADO

*Perspectiva de Inuyasha*

Ni siquiera vi cuando el puño de Miroku se estampó contra mi mandíbula, haciéndome caer al suelo.

—¡Miroku, para!

—¡Suéltame, Sango, hazte a un lado!

Me levanté y llevé mi mano a mi labio sangrando.

—¡Inuyasha! —Kagome corrió hacia mí con preocupación en su mirada.

—Kagome, por favor, hazte a un lado. Esto es entre Miroku y yo.

—Pero...

No alcancé a hablar cuando otro golpe de Miroku me llegó en la cara.

—¿¡Qué mierda estabas haciendo con Kagome, maldito!? ¡Te estabas aprovechando de ella! ¿Cómo pudiste? —me gritó.

Y eso sí que me enojó. ¿Yo aprovechándome de ella? ¡Jamás!

Lo miré serio, sostuve su tercer golpe y lo empujé.

—Cuidado con lo que dices, Miroku. Jamás haría tal cosa con Kagome. ¿Estás demente acaso?

—¿Que si estoy demente? ¡Maldito! Te vi cómo la tenías. ¡Idiota! Te la confié porque eres mi hermano, pero jamás pensé que serías un...

—¡Miroku, no digas algo de lo que te arrepientas después! —gritó Sango, caminando hacia nosotros.

—Sango, llévate a Kagome dentro de la casa. Tengo que hablar con Miroku.

—Pero, Inuyasha, esto hay que hablarlo ahora.

—¿Cómo? ¿Tú sabías esto, Sango?

Vi a mi cuñada con determinación, mirando a mi hermano.

—Sí, Miroku, lo sabía. Y todo tiene un porqué. Solo escúchalos, por favor.

—No quiero escuchar ni una sola palabra. Y a ti... —me señaló con furia—, te voy a matar por ponerle las manos encima a mi hermana.

Lo vi caminar hacia mí una vez más. No me iba a quedar de otra que pelear con mi propio hermano.

—¡No! —el grito de Kagome me hizo voltear.

Corrió hacia mí, me abrazó y miró a Miroku.

—¡Por favor, ya no peleen! No quiero que lo hagan por mi culpa.

—Kagome, hazte a un lado.

—¡No, Miroku! Quieres golpear a Inuyasha y no puedo dejar que hagas eso.

—¡Pero él está...!

—¡Él y yo somos novios! —gritó Kagome, desesperada y temblando de los nervios.

La abracé para tranquilizarla, pero Miroku me miró con ojos de asesino.

—Suelta a mi hermana, Inuyasha —me advirtió.

Yo también lo miré con seriedad.

—No lo haré. —le respondí—. Tu comportamiento está logrando que Kagome entre en pánico, así que ya para, porque si ella tiene una crisis por tu culpa, se me va a olvidar que eres mi hermano, Miroku —sentencié con firmeza.

—¡No... ya no peleen...! —los sollozos de Kagome me hicieron abrazarla más fuerte.

—Shhh... tranquila, pequeña. Ya pasó, ¿vale?

Miré a Miroku, que seguía con cara de querer matarme, pero Sango se interpuso entre nosotros.

—¡Ya paren los dos! —ordenó—. A Kagome no le está haciendo bien ver esto. Así que todos vamos a tranquilizarnos. Vamos a entrar a la casa y hablar de esto civilizadamente. Miroku, —lo miró con los ojos entrecerrados—, si Kagome entra en crisis por tu culpa, jamás te lo voy a perdonar, ¿me oyes?

Fue su advertencia final, y al parecer había funcionado porque Miroku no dijo nada más..

*Perspectiva de Sango*

Miré a mi marido y había logrado tranquilizarlo un poco.

—¡Bien! Ahora llamaré a mis suegros, porque ellos tienen que estar aquí también.

—¿Ellos saben de esto, Sango?

Miré a Miroku y fui honesta. ¿Qué más podía hacer a estas alturas?

—Sí, ellos lo saben. Pero antes de que pongas el grito en el cielo, escúchalos primero, ¿vale?

Él solo guardó silencio.

—Bien —dije y llamé a Izayoi.

Esperé unos segundos hasta que me respondió.

Hola, linda.

—Iza, ¿estás desocupada?

Sí. ¿Pasa algo?

—Sí... Miroku ya sabe toda la verdad.

¿De qué verdad hablas, Sango?

—La de Inuyasha y Kagome.

¿Ellos les contaron?

—No, Iza. Miroku los descubrió. Necesitamos que ustedes estén aquí lo más rápido posible, en la casa de Inuyasha.

¡Por Dios! Vamos para allá.

—Ok. Adiós. —Colgué—. Mis suegros vienen en camino. Vamos adentro, ¿sí?

Los cuatro caminamos hacia la casa.

*Perspectiva de Miroku*

Mi cabeza era un completo caos, haciendo que viera a la persona que consideraba mi hermano de toda la vida como un total desconocido. El Inuyasha que yo conocía jamás se aprovecharía de una niña. Me froté el cabello con frustración porque no tenía nada claro. Lo único que sabía era que debía controlarme para que mi hermanita no sufriera una crisis, pero me costaba tanto hacerlo.

Kagome era una niña, e Inuyasha, un hombre hecho y derecho. ¿Por qué tuvo que acercarse a Kagome? Solté el aire que había estado conteniendo para seguir pensando en todo esto. Iba a escuchar lo que tuvieran que decirme, pero lo que sí tenía claro era que Kagome no pasaría ni una noche más a solas con Inuyasha. Hoy mismo me la llevaría de aquí, sí o sí.

El sonido del timbre me sacó de mis pensamientos y vi a Sango abrir la puerta.

Entonces vi entrar a mis padres.

—¿Todo bien? —preguntó mi madre.

—¡Todo mal! —exclamé con enojo—. ¿Me pueden explicar esta barbaridad?

—Hijo, cálmate y siéntate —pidió mi madre con serenidad—. Creo que llegó la hora de que todos sepan algo, incluyendo a ustedes dos… Inuyasha, Kagome.

—¿A nosotros? —preguntó Inuyasha, confundido.

—Sí, Inuyasha. Por favor, siéntense.

Me senté con impaciencia, esperando escuchar lo que mi madre tenía que decir.

—Bien, te escucho —pronuncié.

—Hace algunos meses tuve un sueño…

—¿Un sueño? —pregunté sin entender, y mi madre me sonrió.

—Hijo, aquí el impaciente de la familia es Inuyasha, así que, con toda la calma que sé que tienes, escúchame, ¿sí?

Asentí, y ella continuó hablando.

—Gracias. Bueno, hace mucho que tenía el mismo sueño todas las noches, hasta que llegó a ser torturador, porque no era nada bonito.

—¿Qué soñabas, madre? —escuché a Inuyasha preguntar.

—Mi sueño, hijos, era que yo estaba en un sótano. Era oscuro y muy sucio, pero eso no fue lo que me asustaba; lo que me partía el corazón era ver a un hombre maltratar a una pobre muchachita. La insultaba y la golpeaba sin piedad y yo no podía hacer nada, mi cuerpo estaba inmóvil viendo tan macabra escena, y solo podía llorar al ver a esa chiquilla gritar y suplicar por ayuda. Yo rogaba en mi sueño para que alguien la salvara, y justo en ese momento las puertas de aquel sótano se abrían de golpe. Entonces los vi a ustedes dos. —Me sorprendí con todo aquello. Esta era la historia de…—. ¡Sí, Miroku! Los vi a los dos: a ti y a Inuyasha, como dos héroes entrando en ese lugar. Golpearon a ese mal hombre y salvaron a la jovencita. Después de eso, el escenario del sueño cambió a uno más alegre, con risas por todos lados, y, frente a mí, veía a mi hijo casándose con la joven que ustedes salvaron. —Mi madre miró con ternura a mi hermana—. Esa joven es Kagome.

—¿Qué? —exclamé sin creerlo aún.

—Así es, hijo. Yo soñaba con Kagome antes de que ustedes la salvaran. La vi en ese sótano sucio, siendo golpeada por el hombre que se suponía debía cuidarla. Mukotsu. Cuando lo vi en la corte, era el mismo de mis sueños.

—Madre, eso es imposible de creer...

—Ese sótano sí existió… —susurró Kagome, y la miré asustado.

—¿Qué dijiste, Kagome?

—Ese sótano sí existía… Perdí la cuenta de cuántas veces mi tío me golpeaba hasta dejarme inconsciente en ese lugar. Cuando despertaba, todo mi cuerpo me dolía por los moretones y me quedaba ahí hasta que recuperaba las fuerzas para levantarme. Mi única compañía en ese sótano eran las ratas que andaban por ahí… —soltó Kagome, llorando, mientras Inuyasha la abrazaba.

—¿Por qué no nos contaste eso, pequeña? —preguntó Inuyasha con la voz quebrada.

—Solo quería borrar esos recuerdos de mi mente, Inuyasha… —Y el llanto se hizo más grande.

Quise ir a abrazarla, pero mi padre me tomó del brazo y me miró serio.

—Tu hermano es el indicado para consolarla, Miroku —me dijo, haciéndome señas para que volviera a mi lugar y siguiera escuchando el relato de mi madre.

—Bueno, la única que sabía de mi sueño era Sango. Por eso, cuando Sango me habló de la muchacha que ustedes rescataron, yo sabía que era Kagome. Mi Kagome, la de mis sueños. Y cuando la vi por primera vez, supe que era ella… Es la misma muchacha que soñé y la misma con la que mi hijo Inuyasha se casó.

Vi a mi madre levantarse y caminó hacia mí.

—Hijo, sé que Kag es como tu hermanita, yo misma la veo como una hija. Pero tienes que entender que esto no es una simple coincidencia. Ellos estaban destinados a conocerse, a estar juntos. Inuyasha luchó contra sus sentimientos por Kagome, pero el amor pudo más. Ella también está enamorada de él.

—Madre, Kagome es muy joven. Es fácil confundirse…

—Hijo, Sango tenía su misma edad cuando tú y ella se pusieron de novios, y mira, ahora están felizmente casados.

—Pero yo no le llevo diez años a Sango, madre…

—¿Quieres que otro esté con tu hermana? ¿Alguien que no la respete y no la valore, solo porque tenga su misma edad? ¿Eso te haría feliz, Miroku?

—No, claro que no, madre… —Levanté la cabeza y miré a Kagome. Estaba acurrucada entre los brazos de Inuyasha mientras él la consolaba.

—Inuyasha y Kagome ya son novios, hijo. No están haciendo nada malo. Tu hermano la respeta. ¿Acaso no conoces a Inuyasha, Miroku?

—Claro que sí, pero esto me supera…

—Lo sé, pero tienes que dejar que tu hermana sea feliz. Y su felicidad está con Inuyasha.

Me quedé pensando en todo lo que mi madre me contó. Todo fue tan rápido que aún no me hacía a la idea de que mi hermanita estuviera de novia… y con Inuyasha.

Solté un suspiro y miré a Kagome.

—Linda, ¿tú qué piensas de todo esto?

Ella me miró, aún con lágrimas en los ojos, y eso me desarmó completamente.

—Amo a Inuyasha… Pero prefiero mil veces alejarme de todos ustedes si así dejan de pelear. No quiero que discutan por mi culpa…

Sus palabras me dolieron profundamente.

—Kag, no vamos a pelear de nuevo… Pero quiero que seas sincera. ¿Qué es lo que sientes por él?

—Lo amo, Miroku… Lo amo más que a nada en el mundo. No puedo vivir sin él…

Me quedé en silencio, viendo cómo Kagome se abrazaba más fuerte a Inuyasha. Solté un suspiro, me puse de pie y los miré a ambos.

—Creo que ya no hay vuelta de hoja… Está bien, acepto este noviazgo.

Kagome me miró sorprendida, pero antes de que pudiera decir algo, agregué con firmeza:

—Pero Kagome se va a vivir conmigo y con Sango.

*Perspectiva de Inuyasha*

Por un segundo, estuve feliz cuando Miroku aceptó mi relación con Kagome, pero en seguida, cuando escuché lo último, me levanté de golpe.

—De ninguna manera, ella se queda acá.

—Ella se va con nosotros, Inuyasha. Es lo mejor.

—¿Para quién? ¿Para ti? —le reclamé, parándome frente a él.

—Para ella, Inuyasha. Estando aquí, los dos solos... No creo que sea buena idea, y sabes muy bien a qué me refiero.

—Hablas como si estuvieras hablando con un completo desconocido. Yo jamás le faltaría el respeto.

—Eso no fue lo que vi en el patio.

—¡Por Dios, Miroku! Tú y yo hacíamos cosas más graves que esas cuando empezamos a andar —exclamó Sango desde su lugar.

—Sango, eso no tiene...

—¡Claro que sí, Miroku! —exclamó muy enojada—¿Acaso quieres que cuente las cosas que me proponías cuando yo tenía 18 años, pervertido?

—¡Teníamos la misma edad!

—No hables como si mi cuñado tuviera 50 años. ¡Por el amor de Dios, tiene 28! Está en plena flor de la vida, al igual que tú, Miroku.

—Bueno, ese no es el punto. El punto es que es mejor tener la tentación alejada. Puedes ir a ver a Kagome cuando quieras a nuestra casa, Inuyasha.

—Ya te dije, Miroku. Kagome no da ni medio paso afuera de su casa, ¿te quedó claro?

—Inuyasha...

—Miroku —lo interrumpí mientras me frotaba la sien. Mi terco hermano quería saber algo, y yo iba a aclararle ese punto ahora mismo.

Miré a mi hermano, a mi mejor amigo del alma.

—Miroku, escúchame bien lo que te voy a decir. —Respiré hondo antes de continuar—. Amo a Kagome. La amo como no tienes idea. Si por mí fuera, aquí mismo te diría que pongas fecha para la boda, y yo, feliz, me caso mañana mismo con ella. Pero quiero que ella tenga un noviazgo lindo, como todas las chicas de su edad. Sé que le llevo diez años de ventaja, tampoco soy un tonto para no darme cuenta. Ese fue uno de los motivos por los que peleé contra mis sentimientos por ella, pero no pude... No puedo estar sin ella. Me enamoré de Kagome, así como tú de Sango, y quiero hacer las cosas bien. Quiero que ella viva un noviazgo como se lo merece y, cuando esté lista, yo mismo, feliz, voy a pedirte la mano de tu hermana. Porque sé que ese derecho te lo has ganado, hermano, y no soy quién para quitártelo. —Respiré profundamente y lo miré con firmeza—. Aquí, enfrente de todos —bueno, casi todos, ya que faltan Rin y Sesshomaru—, quiero pedirte permiso para ser el novio de Kagome. ¿Qué dices, hermano?

*Perspectiva de Miroku*

No podía negar que las palabras de Inuyasha hicieron que volviera a ver a mi hermano de siempre y no al extraño que vi hace unos momentos en el patio. Iba a decirle algo, pero Kagome se puso en medio y me sonrió.

—Miroku, yo quiero quedarme con Inuyasha. Por favor, ser su novia ha sido lo más bonito que he tenido en mi vida. Tú siempre serás mi hermano mayor, eso nadie lo podrá cambiar porque así te veo y te respeto como tal. Pero, por favor, no me separes de él… Por favor… —Me abrazó, soltando unos sollozos que me dolieron en el alma.

Cerré los ojos y la abracé. Me quedé pensando. Creo que el destino me bendijo con una hermanita, pero también tenía que dejar que ella fuera feliz.

—Está bien, Kagome. Te puedes quedar con Inuyasha.

—¿De verdad? —levantó el rostro, viéndome con una sonrisa, la cual le devolví.

—Sí, linda, puedes quedarte con Inuyasha.

—¡Gracias, hermano! —Me abrazó más fuerte, y yo, feliz, correspondí su abrazo. Pero luego levanté la mirada para ver a Inuyasha.

—Me la vas a cuidar con tu vida, ¿me oyes?

—No tengas dudas de eso, hermano.

—Bien, creo que es hora de que los hermanos se den un abrazo, ¿no creen? —habló nuestro padre acercándose a nosotros.

—Por mí no hay problema —dijo Inuyasha.

Solté a Kagome para caminar hacia Inuyasha y sonreír.

—Ven acá, hermano.

Nos abrazamos más tranquilos.

—Me debes una disculpa por los golpes —me susurró Inuyasha.

—En tus sueños, amigo. Tómalo como una advertencia.

Nos soltamos y comenzamos a reír.

—Cuida de mi hermana, ¿de acuerdo?

—No tienes ni que decirlo, cuñado.

—Ay, por Dios, aún es pronto para que me llames así, idiota.

Todos soltamos una carcajada. Finalmente había aceptado el noviazgo de mi hermanita Kagome con mi hermano Inuyasha.

—¿Qué les parece si celebramos con una cena, ya que estamos aquí? —exclamó mi madre, feliz.

—Me parece bien, madre —le respondí.

—Ok, voy a la cocina a preparar algo. Sango, Kagome, ¿me acompañan, lindas?

—Sí, Iza —respondió Sango.

Kagome y Sango fueron a la cocina, dejándonos a nosotros ahí.

—Hay que llamar a Sesshomaru y a Rin para que nos acompañen.

—Claro, padre.

*Perspectiva de Inuyasha*

—¡Salud! —Todos levantaron sus copas para brindar y seguir comiendo.

Por suerte, Sesshomaru y Rin estaban desocupados y habían llegado para celebrar con nosotros.

—Hijos, esto hay que hacerlo público. Tienes que presentar a Kagome ante la sociedad como tu novia —dijo nuestra madre.

—Estoy de acuerdo. Entre más rápido, mejor —habló Miroku, bebiendo de su copa.

—Por mí no hay problema, madre, pero lo que decida Kagome para mí está bien. Kag, ¿tú qué opinas?

—Mmm… lo que Iza decida para mí estará bien.

—Listo, no hay nada más que decir. Este sábado Kag será presentada ante todo el mundo.

—¿El sábado? ¿Este sábado? —preguntó Rin—. ¡Pero si es pasado mañana!

—¿Y qué tiene? —respondió de mi madre

—No tendremos tiempo para preparar todo…

—Tranquila, querida, eso déjamelo a mí.

Después de cenar, nos despedimos de todos. Claro, el que más trabajo costó que se marchara fue Miroku, hasta que Sango le susurró algo al oído y, entonces se fue. Puse los ojos en blanco; no quería saber lo que le había dicho. Quería dormir sin pesadillas.

Cuando al fin se fueron todos, cerré la puerta y miré a Kagome, mi novia. La abracé y la besé.

—Al fin, pequeña… al fin ya no tenemos que escondernos de nadie —le susurré entre el beso, mientras ella me abrazaba del cuello.

—Sí, Inuyasha, al fin podemos salir sin miedos.

—Así es, linda.

—¿Te duelen mucho las heridas? Miroku te pegó muy fuerte, ¿verdad?

Sonreí antes de besar la punta de su nariz.

—No, no duelen. Pero si me das un beso, se curarán más rápido.

—Entonces te daré muchos besos para que ya no te duela.

Los dos reímos mientras nos besábamos y caminábamos hacia el sofá. Me senté en él y coloqué a Kagome en mis piernas, sin dejar de besarla. Mi mano se quedó en su espalda para sujetarla, y sin darme cuenta, la otra quedó sobre su pierna. Seguimos besándonos, hasta que ella se movió un poco y me di cuenta donde estaba mi mano. La tentación me ganó, haciendo que mis dedos resbalaran por su cremosa piel. Ella suspiró en medio del beso y se pegó más a mí, moviéndose inocentemente sobre mis piernas. Entonces, la imagen del idiota de Miroku pasó por mi mente, haciendo que me separara de ella.

—Eh… ya es tarde. Mañana tienes clases.

—Sí, es verdad…

Ella se levantó y me dio un beso de buenas noches.

—Hasta mañana, Inu.

—Hasta mañana, pequeña.

La vi caminar hacia su cuarto. Esperé unos minutos y luego subí corriendo al mío para darme una ducha con agua fría.

"Dios… ¿por cuánto tiempo más podré aguantar?" pensé, ya con el agua cayendo sobre mi cuerpo.

*Perspectiva de Kagome*

Me cambié de ropa, me puse de pijama un peto y un short.

Me tiré en la cama, feliz.

Ya todos lo sabían, y sobre todo Miroku lo aprobó. Sonreí porque era la mujer más feliz del mundo, llevando la mano a mis labios.

—Inuyasha…

"Aún es temprano y no tengo sueño… y, para ser honesta, me quiero quedar un rato más con él."

Lo pensé unos segundos y me levanté.

—Lo voy a ver a su cuarto y, cuando me dé sueño, regreso al mío —me dije y caminé hacia su pieza.

Toqué la puerta.

—¿Puedo pasar?

—Sí.

La abrí, y él estaba con su pijama.

—¿Qué pasa, pequeña?

—¿Te desperté?

—No, claro que no.

Caminé hacia su cama y me subí hasta llegar a donde él. Me acurruqué en sus brazos.

—No tengo sueño. ¿Me puedo quedar contigo un ratito?

—¿Eh…?

—Porfis…

—Está bien, puedes quedarte.

—¡Gracias!

—Dime, Kag… ¿te gustó la idea de que mamá haga una fiesta el sábado?

—Sí, por mí no hay problema.

—Me alegra saber eso, Kag.

—Sabes, Inu, aún estoy sorprendida con el sueño de Iza.

—Yo igual. Jamás pensé que mamá habría soñado contigo.

—Sí, yo quedé igual de sorprendida… sobre todo cuando habló del sótano.

—¿Por qué no lo contaste en el tribunal, Kag?

Me encogí de hombros, restándole importancia.

—Esos momentos de mi vida fueron muy crueles, y solo quiero olvidarlos. Es lo único que deseo, Inu.

—Amor, te prometo que yo mismo me encargaré de borrar esos recuerdos de tu mente y reemplazarlos por hermosos momentos. Te lo prometo.

Levanté la mirada para verlo, y él me besó. Feliz, acepté su beso. Fue uno tierno, pero que me robaba el aliento a cada segundo. Me moví un poco para estar más cómoda, pero fue el propio Inuyasha quien me tomó de la cintura para que me sentara a horcajadas sobre él. Me sonrojé por la posición, pero él me estaba besando de una manera que me dejaba la mente en blanco.

Solo podía sentir sus besos, que dejaron mis labios para recorrer mi rostro y solté un suspiro cuando lo sentí sobre mi cuello. Por primera vez, Inuyasha me besaba ahí y, por Dios, se sentía tan bien. Sentí un calor en mi parte baja, y no sé por qué, pero mi cuerpo se movió por sí solo encima de él. Y eso… eso se sintió tan delicioso. Cerré los ojos apenada, pero sentía la necesidad de moverme sobre él. Por Dios, la sensación era increíble.

—Kagome… Mmm… eres exquisita…

—Inu… —susurré, escondiendo mi rostro en su cuello mientras lo abrazaba más fuerte.

Pero entonces sentí algo duro chocar con mi parte baja, y eso hizo que soltara un gemido. Inuyasha se separó de golpe dejándome algo confundida y apenada. ¿Acaso hice algo mal?

—Kagome, yo…

—¿Perdón? ¿Hice algo malo, Inuyasha? Yo no…

Pero sentí que él me volvió a abrazar.

—No, Kag. No hiciste nada malo. Al contrario, todo está bien contigo.

—Entonces… ¿por qué me separaste de ti? —susurré.

Él me miró a los ojos.

—Pequeña, aún es pronto para que demos ese paso.

—¿Paso? ¿A qué te refieres?

—¿Lo ves? Aún es pronto.

—Pero a mí me gusta estar así contigo —fui honesta, pero me sonrojé por decirlo.

—Amor, y a mí me fascina estar de esta manera contigo…

—Entonces… —pronuncié, sin entender.

—Aún es pronto, Kag. Tenemos que ir lento, ¿sí?

—Si tú lo dices, está bien.

—Gracias. —Me volvió a abrazar.

—Bueno… me voy a mi cuarto.

—Está bien, ve a dormir.

—Ok. Buenas noches, Inu. —Le di un beso y me bajé de la cama.

—Buenas noches, Kag.

Me despedí de él y regresé a mi cuarto. Me tiré en la cama, algo desilusionada, porque quería quedarme más tiempo. Suspiré frustrada y fruncí los labios.

Intenté remover las sábanas para acostarme cuando sentí algo extraño. Mis bragas estabas mojadas, y el calor subió a mis mejillas. Corrí al baño para cambiarme.

¿Por qué me pasó esto?

Estaba tan desconcertada, pero dejé el tema a un lado y me fui a dormir.

*Perspectiva de Inuyasha*

¡Maldita sea! Dos duchas con agua fría en menos de media hora… ya me estaba frustrando.

—Por suerte, Kagome no insistió más, o si no, otra historia se estuviera contando… —solté con pesar para salir de la ducha. Me sequé y me puse otra vez mi pijama. Me tiré en la cama, cerré los ojos y rogué para que el sueño llegara rápido.

Sonreí como un idiota y hablé a la nada.

—Kagome… eres lo que más amo, pero también eres mi más grande tortura…

Y con eso, me quedé dormido.

*Perspectiva de Kagome*

Solté un bostezo en plena clase con mi maestra.

Ya eran las 11 de la mañana. Inuyasha se había ido más temprano de lo normal porque tenía una junta muy importante, y yo, empecé mi clase a las 9 de la mañana. Por suerte, todo iba bien con mis calificaciones; solo me quedaba un poco rezagada con las matemáticas, pero en las demás materias era muy aplicada… bueno, por lo menos hasta ahora.

—Bien, Higurashi, eso es todo por hoy. Mañana vamos a estudiar más tiempo, ya que veo que has avanzado de una manera increíble en tan poco tiempo. ¡Felicidades!

—Muchas gracias, maestra. Todo es gracias a usted.

—Eso es porque tengo una gran alumna, señorita Higurashi.

—Muchas gracias —hice una reverencia para levantarme de mi asiento y acompañar a la maestra a la salida.

—Bien, recuerda repasar los ejercicios que te dejé. Son muy importantes y también recuerda hacerlos a mano. Tu caligrafía está mejorando de una manera increíble, así que no dejes de practicar, ¿vale?

—Sí, maestra. Haré los ejercicios a mano.

—Bien, nos vemos mañana, querida.

—Sí, hasta mañana, maestra.

Le abrí la puerta y nos despedimos.

—Hasta mañana, linda.

—Hasta mañana, profe —cerré la puerta y estiré mis brazos—. Mmm… —gemí cuando sentí mis huesos relajarse por el cansancio. Justo en ese momento, mi teléfono sonó. Corrí al living y contesté la llamada.

—¿Aló?

—Hola, Kag. ¿Estás ocupada?

—¡Hola, Sango! No, de hecho, terminé mi clase por hoy.

—¡Súper! Oye, ¿nos podemos ver acá, donde Jakotsu, para ver los vestidos del sábado?

—Sí. ¿A qué hora?

—En una hora.

—Listo, ahí estaré. Nos vemos.

—Nos vemos, Kag.

Colgué la llamada y miré el reloj.

—Tengo justo una hora. Me voy a dar un baño otra vez para que se me pase este sueño y después me voy con las chicas.

Caminé hasta mi cuarto, puse música en mi teléfono y me metí a bañar. Mientras el agua caía sobre mí, comencé a cantar K-pop.

Los minutos pasaron y, después de un buen rato en la ducha, apagué la regadera y salí envuelta en una toalla a mi recámara. Me sequé el cuerpo y abrí mi clóset para buscar ropa interior.

—Mmm… a ver qué me pongo…

Elegí un conjunto de lencería: un brasier morado con encajes muy bonitos y una braguita pequeña del mismo color. Me las puse y, ya con la ropa interior puesta, tomé una toalla pequeña para secar mejor mi cabello.

Justo en ese momento, la puerta se abrió de golpe.

—¡Kagome! ¿Estás aquí?

—¿Inuyasha...?

Lo miré, paralizada, y me di la vuelta, avergonzada, porque solo llevaba mi ropa interior y la toalla era demasiado pequeña para taparme bien.

No sé cuántos segundos pasaron hasta que pude pronunciar palabra.

—¿Q-qué haces aquí? —susurré, roja como un tomate.

El silencio se extendió hasta que, de pronto, sentí cómo me abrazaba por detrás. Su aliento cálido chocó contra mi hombro y mi cuello, haciéndome cerrar los ojos cuando una corriente me recorrió de pies a cabeza.

—I-Inuyasha… —susurré.

—Por Dios, qué hermosa eres, pequeña —murmuró contra mi piel, depositando un beso suave en mi hombro.

Me estremecí con solo ese beso, pero él siguió haciéndolo, besando mi hombros, mi cuello; sus manos se aferraron más a mi cuerpo, y solté un suspiro cuando sus caricias descendieron por mi abdomen y mis caderas.

—Inuyasha… —susurré otra vez, cerrando los ojos, dejándome envolver por estas sensaciones nuevas para mí, pero que se sentían tan bien que quería quedarme así con él todo el día.

Solté un gemido cuando algo húmedo acarició mi cuello. Pero cuando sentí una pequeña lamida en mi piel, mis piernas empezaron a temblar como gelatina por ese nuevo contacto con Inuyasha. Sin pensarlo, dejé que mi cabeza descansara hacia atrás, chocando contra su pecho.

Sentí cómo tomaba el tirante de mi brasier y, con lentitud, lo empezaba a bajar poco a poco por mi brazo.

—Mmm… Inuyasha… —susurré con mil emociones que aún no entendía completamente.

Pero, de repente, él se alejó de mí rápidamente. Abrí los ojos de golpe, volviendo a la realidad y me di la vuelta para verlo.

—Inuyasha —pronuncié con suavidad.

—P-perdón, Kagome. Yo... yo no debí haber... Perdóname.

Sin decir más, salió casi corriendo de mi cuarto, dejándome ahí sola, sin entender absolutamente nada.

"¿Por qué te acercas y después te vas, Inuyasha?" "¿Será que no le gusto?"

Esos tristes pensamientos me dolieron profundamente haciendo que mis ojos se humedecieran. Caminé hasta mi clóset y busqué ropa para ponerme, intentando borrar esas ideas de mi cabeza.

*Perspectiva de Inuyasha*

30 minutos antes

Estaba concentrado en el plano del nuevo edificio que estábamos construyendo, cuando entraron Miroku y Sesshomaru como si la oficina fuera de ellos.

—Miroku, ¿se te pegó lo de Sesshomaru de no tocar la puerta?

—Olvídate de eso y dile al necio de Sesshomaru que los contratos de Corea los tienes tú y no yo.

—¿Los contratos? —pregunté, confundido.

—Sí, idiota, tú los tenías.

—Ah, sí, yo los tengo. Están en mi casa. ¿Por qué?

—Inuyasha, esos contratos los necesito ahora, idiota —exclamó molesto—. Me están esperando para entregarlos en este momento.

—¿Y por qué no me avisaste antes, idiota?

—Si no tuvieras la cabeza en las nubes, recordarías que hoy tenía el almuerzo con los coreanos, pedazo de mierda.

—Oye, no me insultes. Se me olvidó.

—Sí, claro, ya veo el motivo por el que se te olvidó...

—Oye, sé por dónde quieres ir, y no permito que metan a mi hermana en estas discusiones. ¿Les quedó claro? —expresó Miroku con seriedad.

—Lo mismo digo, Miroku. —dije con seriedad—. Sesshomaru, no tenía la cabeza en las nubes, solo se me olvidó. No es el fin del mundo.

—Como sea, tienes treinta minutos para mover tu trasero y traer los contratos. ¿Te quedó claro?

—Sí, jefe —expresé con fastidio mientras él caminaba hacia la salida, pero Miroku lo detuvo.

—Sesshomaru, una pregunta... ¿Desde cuándo sabías que Inuyasha estaba babeando por mi hermana?

—La pregunta es, ¿dónde tenías tú la cabeza, Miroku, que no viste las señales? Desde la primera vez que vi a Kag en su cumpleaños, noté la cara de baboso que tenía Inuyasha —respondió Sesshomaru antes de irse de mi oficina, dejándonos solos a Miroku y a mí.

—¿Café? —le ofrecí.

—¿Qué café ni qué niño muerto? ¡Ve a buscar esos contratos, idiota!

—Ya, ya voy, caray... —Tomé mi saco y caminé hacia la puerta.

—Inuyasha.

—¿Sí? —me volteé a verlo.

—¿Cómo está Kag?

—Tan feliz como yo con ella, Miroku.

Lo vi sonreír mientras caminaba hacia mí.

—Perdón por lo de anoche, Inuyasha. Ahora veo las cosas mejor que ayer y me di cuenta de que tú eres la mejor opción para mi hermana, que contigo ella está bien. ¿Me perdonas, hermano?

—No tengo nada que perdonar, Miroku. Yo, en tu lugar, habría hecho lo mismo. Te prometo que la protegeré con mi vida, amigo mío.

—Lo sé, Inuyasha, lo sé. Ahora ve por esos malditos contratos, que no quiero hacer horas extras por tu culpa, desgraciado.

Y me dio una patada en el trasero.

—¡Maldito Miroku! Cuando regrese, me la vas a pagar.

—¡Ya vete! —me gritó sonriendo.

También sonreí por haber hecho las paces con mi hermano. Abrí la puerta y me fui a mi casa.

Cuando llegué, bajé del auto, abrí la puerta y entré.

—Kag, pequeña, ¿dónde estás? —No recibí respuesta.

Miré mi reloj, era mediodía, seguramente estaba guardando sus cosas de estudio en su cuarto. Corrí hacia las escaleras para ir a su habitación. Esos contratos que Sesshomaru me estaba pidiendo se los había dado a Kag para que los guardara, y ya se me estaba haciendo tarde.

Cuando llegué a su puerta, entré sin tocar.

—¡Kagome! ¿Estás aquí?

—¿Inuyasha...?

Me quedé estático en mi lugar al ver a una Kagome semidesnuda. Solo llevaba su ropa interior, que, por Dios, le quedaba exquisitamente bien.

—¿Q-qué haces aquí? —susurró ella, volteándose.

Pero eso no ayudó mucho, ya que me quedé observando su hermoso cuerpo por detrás.

¡Dios bendito…! Esta mujer era hermosa por donde la viera.

Sin pensar, caminé hacia ella y la abracé por detrás, dejando mi rostro entre su cuello y su hombro.

—I-Inuyasha… —me susurró.

—Por Dios, qué hermosa eres, pequeña… —susurré cerca de su piel, dejando un beso en su cremosa piel.

Su cuerpo se estremeció mientras la abrazaba y llevaba mis manos por su abdomen hasta llegar a sus caderas. La llené de besos y seguir acariciando su maravilloso cuerpo hasta que volvió a susurrar mi nombre, y no lo soporté. Le di una suave lamida en su perfecto y exquisito cuello, y ella gimió.

Dios… Estaba perdiendo la cordura con Kagome, y el deseo estaba creciendo en mí.

Recostó su cabeza en mi pecho y mi mano se movió automáticamente hasta el tirante que adornaba su hombro. Lo bajé poco a poco, lento, con delicadeza.

—Mmm… Inuyasha…

Fue su gemido el que, por un segundo, me trajo de vuelta a la realidad. Me separé de ella como si me quemara. La vi darse la vuelta y mirarme con confusión y me sentí el peor bastardo del mundo. ¿Cómo demonios estaba permitiendo esto? Se suponía que yo debía manejar los deseos en esta relación. Kagome aún no estaba lista para este paso, y yo me estaba comportando como una bestia en celo.

—Inuyasha… —musitó, haciéndome salir de mis pensamientos, sin quitar la mirada de ella.

—P-perdón, Kagome... Yo no debía... Perdón… —No podía seguir ahí. Me di la vuelta y salí como un rayo de su cuarto, bajando al primer piso para, frotándome el cabello con frustración.

—¡Maldición! —me recriminé a mí mismo—. ¿Qué estuve a punto de hacer? Soy un maldito idiota... ¡Soy tan débil con ella!

Caminé hasta el minibar y me serví un trago, bebiéndolo de golpe.

—¡Idiota, idiota! ¿Ahora qué va a pensar ella de ti, grandísimo idiota?

—¿Inuyasha?

Levanté la cabeza y la vi parada frente a mí.

—Pequeña... —susurré.

—Inuyasha

Me quedé viéndola como un tarado, admirando lo hermosa que se veía con ese vestido morado que llevaba puesto.

—Inu, ¿por qué te fuiste así de mi cuarto?

Salí de mis pensamientos de golpe. Di unos pasos hacia ella y tomé sus manos.

—Kag, perdóname... Yo debía tocar antes de entrar. Te juro que jamás pensé que te estabas cambiando. Si lo hubiera sabido, yo no…

—Descuida, sé que fue un accidente. No pasa nada.

—¿De verdad no estás molesta conmigo?

—No... Bueno, somos novios, es normal que estas cosas pasen, ¿no?

—Sí, pero...

—¿Pero? —pronunció ella, mirándome fijamente.

—Kagome, aunque sea tu novio, tengo que respetarte.

—A mí no me molestó lo que pasó, Inuyasha —dijo y, de pronto, me abrazó por la cintura.

Me quedé sin palabras. Si ella supiera lo que en mi mente quería hacer…

"No sé si pensaría lo mismo, pero, como sea, no la sigas embarrando, Inuyasha. Ella cree en ti, así que haz las malditas cosas bien".

Agaché la cabeza y deposité un beso en su coronilla antes de abrazarla.

—Eres tan perfecta, Kag, que a veces creo que estoy soñando cuando veo que estás conmigo.

—Lo mismo me pasa a mí, Inu. Siento que estoy en un hermoso sueño y que tú eres mi hermoso príncipe dorado.

—¿No es azul, linda?

—Sí, pero yo tengo a mi príncipe dorado, porque el mío tiene unos hermosos ojos dorados.

Sonreí con ternura y la besé mientras la abrazaba. Estuvimos así por un buen rato hasta que nos separamos por falta de aire.

—Inu... Inuyasha, hoy terminaste más temprano en tu trabajo…

—¿Más temprano? —Recordé por qué había venido—. ¡Mierda! Sesshomaru me va a matar —exclamé, separándome de ella.

—¿Pasa algo, Inu?

—Kagome, linda, ¿Recuerdas que te pasé unos contratos de Corea para que los guardaras?

—Sí, los tengo en tu oficina. Te los traigo.

—Sí, por favor.

—Ok —dijo antes de salir corriendo hacia mi oficina.

—Maldición… el idiota de mi hermano me va a matar.

—Ten, ¿son estos? —Kagome me extendió los documentos cuando regresó.

—Sí, linda, son estos. Ya me tengo que ir, Kag. Nos vemos en la noche.

—Ok, yo ahora me voy a ver a las chicas.

—¡Súper! Diviértete, amor.

Me acerqué y le di un beso. Más que un inocente beso, fue uno que nos dejó sin aire a los dos.

—Mmm... Inuyasha…

—Perdón, linda, pero este beso me tiene que durar lo que queda del día —respondí mientras ella reía—. Adiós, Kag.

—Adiós, Inu.

Salí corriendo hacia mi auto, subí y arranqué.

"Espero llegar a tiempo".

*Perspectiva de Kagome*

Iba en el taxi, perdida en mis pensamientos. ¿Por qué Inu se fue así de mi cuarto? ¿Y por qué mi cuerpo quería que él se quedara? Me sonrojé al pensar en las ganas que tenía de que siguiera bajándome el tirante de mi brasier.

—Señorita, ya llegamos.

Miré el lugar y era verdad, ya habíamos llegado.

—Tenga. —Le di el dinero al chófer—. Muchas gracias.

—De nada, señorita.

Me bajé del taxi y caminé hacia la entrada.

—¡Hola, chicas!

—¡Hola, Kag! —saludaron Sango, Rin y Jakotsu.

—Kag, me robaste a mi primor, y el sábado ya va a ser oficial, ¿eh? —dijo Jakotsu en tono bromista.

Solté una risita por lo gracioso que era.

—Perdón, amigo, pero prometo cuidarlo mucho, ¿vale?

—Está bien, sé que lo harás —me respondió sonriendo.

Todas reímos.

—Bien, Kag, vamos a ver vestidos. A la tienda de al lado le llegaron unos hermosos.

—Ok, vamos. Nos vemos luego, Jak.

—Nos vemos, lindas.

Salimos de la tienda para ir por los vestidos.

—Y cuéntanos, Kag, ¿cómo va tu noviazgo?

—Pues… bien.

—Ese "pues" no suena muy convencido. ¿Pasó algo? —preguntó Rin con preocupación.

—Sí, todo bien…

—Kag, sabes que puedes confiar en nosotras. Si hay algo en lo que podamos ayudar, no lo dudes, linda —dijo Sango con una sonrisa.

Me quedé pensando unos segundos. Las chicas tenían razón, había muchas cosas que aún no entendía. ¿Por qué mi cuerpo se sentía así? ¿Por qué Inuyasha parecía huir de mí en esos momentos? Y lo que pasó hace rato… Tal vez ellas sepan la respuesta. Después de todo, Sango está casada y Rin está a punto de casarse.

Las miré y tomé aire antes de hablar.

—La verdad, sí me pasa algo, y aunque he tratado de averiguarlo, no tengo respuestas.

—Cuéntanos, amiga. Tal vez nosotras podamos ayudarte —dijo Sango sonriendo.

Miré a mi derecha y vi unas bancas algo alejadas de la gente. Les hice señas para que me siguieran. Cuando llegamos, nos sentamos y les conté todo, absolutamente todo.

*Perspectiva de Inuyasha*

Corrí por esos pasillos como nunca hasta llegar a la oficina de Sesshomaru y entré de golpe.

—¡Aquí… aquí están los documentos! —exclamé, poniendo mis manos en las rodillas para tomar algo de aire.

—¿Están todos?

—Sí, sí, aquí están —se los entregué.

—Bien, veré si alcanzo a los coreanos. Miroku, tú vienes conmigo.

—¿Yo por qué?

—Porque este ya no tiene aire —expresó el idiota de Sesshomaru, señalándome.

"Idiota". Pensé, porque no podía hablar; de verdad estaba sin aire.

Me deje caer en el sillón para poder tomar un descanso.

—Inuyasha, no te relajes tanto, porque en 40 minutos nuestro padre viene a ver las cuentas del mes.

—¡Por Dios, dame un descanso!

—Mmm, no. Así que mueve el trasero. Y tú, Miroku, ya cambia la cara y vamos.

—Sí... —dijo Miroku entre dientes antes de seguirlo, dejándome solo en la oficina.

Respiré más tranquilo ahora que estaba solo y me quedé ahí, con los ojos cerrados, mientras pensaba:

"Kagome, ¿cuánto más podré resistirme a la tentación de estar contigo, mi pequeña?"

—¿Cuánto tiempo más podré resistirme a ti? —susurré, mientras las imágenes de su hermoso cuerpo pasaban por mi mente.

Continuará…

Si llegaron hasta aquí, gracias

Crédito de la ortografía a la bella autora Kayla Lynnet, ¡Gracias, linda!