Capitulo 9 - Acto 2

El demonio bajo el emblema

Volumen 2 - El némesis del dragón: la calamidad

Acto 2

El ocaso en la ciudad capital traía consigo una atmósfera única y evocadora: Mientras el sol se sumergía lentamente en el horizonte, pintaba el cielo de tonos dorados y anaranjados. En las calles concurridas, la gente comenzaba a salir de sus trabajos y a dirigirse hacia sus hogares, llenando las aceras con una marea constante de personas que se apresuraban a regresar con sus familias.

Los tranvías de las zonas modernas estaban repletos de pasajeros: cada vagón abarrotado de trabajadores cansados y estudiantes que volvían a casa después de un largo día. El bullicio y el murmullo de la gente llenaban el aire, mezclándose con el sonido de los motores de los vehículos y el tintineo de las campanas de las bicicletas.

En el distrito de Pazu, Hayate se movía de un tejado a otro saltando entre las elegantes casas y los edificios. Su silueta se recortaba contra el cielo dorado del atardecer mientras se desplazaba silenciosamente por lo alto, como una sombra en movimiento.

Al llegar a las distintas posiciones, Hayate comprobaba el equipo de sus unidades, asegurándose de que estuvieran preparados; preguntaba a cada unidad si tenían alguna información sobre Kaede o Ayane, buscando cualquier indicio que pudiera ayudarlos en su búsqueda. Sin embargo, sus esfuerzos en vano lo hacían retirarse para encontrarse con otra unidad.

La preocupación se reflejaba en sus ojos mientras esperaba con ansiedad alguna noticia sobre el paradero de su hermana.

Mientras el sol se ocultaba en el horizonte, sumiendo la ciudad en la penumbra del crepúsculo, él y su escuadrón se prepararon para moverse. La hora indicada se acercaba y sabían que debían estar listos para actuar en cualquier momento.

Dando un suspiro de frustración no tuvo de otra que esperar en silencio viendo el atardecer y las personas bajo sus pies moverse mientras volvían a sus hogares, tras él, los hombres afilaban las espadas, shurikens y kunais entre risas. El acogedor ambiente lo hizo cerrar los ojos un momento, visualizando el semblante de Hitomi en su traje de entrenamiento instándolo a entrenar junto a ella.

Las campanas del fin del ocaso resonaron con el lejano sonido del campanario del monasterio, que como un baldado de realidad lo devolvió a su misión mientras sus hombres se juntaban cerca de él esperando el momento de actuar.

Al mismo tiempo que esto ocurría, en una destrozada villa cercana a la capital, una única casa se mantenía en píe sirviendo como refugio para Bael, quien se deleitaba con los guturales sonidos del exterior de sus demonios consumiendo todo a su paso, como un eco de destrucción orquestado por sus propias manos.

Desde el interior de su improvisada morada, Bael observaba con satisfacción el escenario que se extendía ante él. Las bestias bajo su control habían arrasado con todo a su paso, reduciendo las hermosas y tranquilas casas a escombros y esparciendo el terror entre los habitantes de la villa.

Los cuerpos de familias, mascotas, niños y ancianos semidevorados yacían esparcidos por el suelo. Los pastizales que antes habían sido radiantes y verdes ahora estaban cubiertos de cenizas y desolación, marcados por las huellas de las indomables bestias.

Mientras las criaturas terminaban de devorar la poca vida en la aldea, allí en medio aquel hombre salido del portal al inframundo observaba con tristeza un nido de aves junto a un árbol despojado de su belleza. Su atención fue captada por los diminutos cuerpos sin vida de hermosos jilgueros esparcidos alrededor entre las ramas.

Apartando los restos y las plumas, rescato el cuerpo sin vida de uno joven y hermoso. Sus ojitos cerrados y sus alas quemadas tocaron las fibras más profundas de las almas que lo componían tanto como de su propio corazón. Abrió un hoyo en la tierra y junto al árbol enterró a las pobres criaturas y se marchó, no sin antes hacer una reverencia al lugar.

No paraba de mirar el nido y el destino de las aves y tras un corto suspiro se preguntó: — ¿Compasión? ¿Tristeza? Que raros son los humanos con estos sentimientos... que inconveniente —. Apretando los puños con enojo, agrego rechinando los dientes: — ¿Este es el destino que esperan aquellos que se resisten? Porque... ¿Porque simplemente no huyeron en vez de quedarse? simplemente... pudieron ser libres... —.

Los bramidos de los demonios eran lo único que rompía el silencio del lugar que, tras arrasar con el lugar volvieron junto a la casa donde Bael descansaba. Las pisadas quedaban marcadas en el suelo y sus espeluznantes alientos hacían que aquel hombre los mirara con asco y desprecio conteniendo las náuseas.

Desde el interior de la casa, Bael lo llamaba mientras reía: — Hey criatura, ven aquí —. Al ingresar al hogar, encontró a Bael jugando Shogi en la mesa junto a su cama, y con un ademán lo hizo ingresar al recinto. Apretando los dientes con frustración tras su mascara, contuvo la ira y pregunto: — ¿Que sucede? —.

Con un gesto indiferente, Bael señaló hacia el exterior y dictó su orden: — Ya es la hora, lleva a algunas de estas criaturas a la capital. Necesito que... hagas un trabajo especial —.

El hombre no pudo contener su confusión y preguntó: — ¿Y qué hay del plan del joven Noah? —.

Bael sin inmutarse por la pregunta, respondió con calma: — Olvida las órdenes de Noah por ahora. Tendrás una misión especial: ataca la capital desde el oeste con mis demonios. Deja que los hombres de Zayd se enfrenten al Mugen Tenshin, servirás de distraccion para eliminar de una vez por todas a esos malditos —.

Levantándose de la silla observo por una de las ventanas rotas al exterior la devastación al rededor y agrego: — Después de que Noah y Zayd completen su objetivo... regresa, no tienes permitido volver antes de que terminen ¿Entendido? —.

Aquel hombre apretó los puños al escuchar sus órdenes, sintiendo cómo la rabia bullía en su interior. El ardor del sello en su brazo solo intensificaba su frustración y a pesar de querer arrancarle la cabeza de una sola vez, inclino la cabeza y dijo con desagrado: — Así lo hare —.

Con los dientes apretados y los ojos llenos de desprecio, asintió con resentimiento ante Bael. Antes de partir hacia su destino, dijo amargamente: — Si eso quieres... convertiré la ciudad en el mismo infierno. Espero no te arrepientas después, maestro... —.

Al salir, azoto la puerta y frente a él una horda de bestias lo observaban con fulgor, hizo un gesto con la cabeza indicando que lo siguieran mientras su figura avanzaba por los destruidos campos en dirección a la capital.

Llegada la noche en el corazón de la capital, las escuadras Mugen Tenshin se movían por los laberínticos tejados del distrito de Pazu. Las sombras de los edificios les brindaban cobertura mientras se desplazaban hacia sus nuevos objetivos.

Los líderes de cada escuadrón impartían instrucciones de voz a voz, asegurándose de que sus hombres estuvieran en posición y listos para el asalto. En los callejones oscuros y en los rincones de lo alto, los miembros del clan aguardaban con el momento de una nueva cacería.

En un instante los relojes de bolsillo marcaron la hora señalada y sin más, cada grupo se lanzó a la acción. Desde distintos puntos de la ciudad, surgieron como sombras, avanzando hacia los objetivos designados con las armas empuñadas.

Pero aquella tranquila noche de caza, se vio interrumpida de manera abrupta ante la detonación de una ráfaga de fusil y un instante después el tranquilo barrio se convirtió en una escaramuza ante la emboscada por parte de los miembros de Zayd. El estampido ensordecedor de las armas resonó en todo el distrito, acompañado por los gritos de sorpresa y dolor de los que caían bajo el implacable fuego enemigo.

Los hombres de Hayate al momento que ingresaban a las viviendas o a las posiciones de los objetivos, eran sorprendidos por las ráfagas incesantes. Sin oportunidad para reaccionar, caían uno a uno siendo acribillados sin piedad.

Aquellos que lograban escapar de las balas eran recibidos en los tejados por más hombres que de igual manera abrían fuego y los despedazaban en el aire antes de que pudiesen escapar.

Ante la trampa que se desplegaba a su alrededor, Hayate se encontró sumido en un estado de incredulidad y desconcierto. La emboscada había sido tan repentina y brutal que apenas podía comprender lo que estaba sucediendo.

— ¿Cómo está pasando esto? N-no... Quien ¿Quién demonios está haciendo esto? —. Se preguntó a sí mismo, buscando desesperadamente respuestas que se le escapaban entre el estruendo de las armas y los gritos de los heridos.

Los líderes de escuadrón sobrevivientes hicieron sonar sus silbatos instando a los pocos hombres que quedaban a su alrededor a que huyeran del lugar en un intento desesperado por salvar sus vidas.

Pero su suerte estaba sellada: el rugido de los helicópteros resonó sobre ellos, rompiendo el aire con sus aspas. En un abrir y cerrar de ojos, múltiples ráfagas de ametralladoras y misiles fueron disparados desde los cielos, dirigidos hacia las posiciones de los heridos y aquellos que intentaban escapar.

El infierno se desató sobre sus cabezas y en medio de la lluvia de fuego y metralla, la esperanza se desvaneció mientras la muerte se cernía sobre los desafortunados grupos atrapados en el epicentro del contrataque.

Los miembros del clan, aun después de detener su ofensiva eran seguidos y buscados en cada rincón de la ciudad. Hayate, intentando que el puñado de hombres que huían tras de él se salvaran, se ocultó en un alto tejado mientras aguardaba el avance de sus enemigos.

Varias patrullas pasaron bajo sus pies y sobre su cabeza un helicóptero alumbraba con un foco los alrededores buscando más objetivos. Al localizar a los miembros que huían, giro su cola y apunto las armas listas para nuevamente ser detonadas. Sin embargo antes de lograr su cometido, tres kunais explosivos se adhirieron a la base de sus aspas y un segundo después explotaron.

De manera instantánea la aeronave se fundió en llamas y se precipito al suelo, cayendo sobre las patrullas que seguían a sus hombres. Sin dudarlo un instante, Hayate se lanzó en dirección del choque y uno a uno corto y decapito a los sobrevivientes que, aunque heridos y aturdidos seguían abriendo fuego contra él.

Mientras tanto, al oeste de la capital. Kasumi y Momiji observaron a lo lejos con horror cómo los helicópteros desataban su furia sobre las posiciones Mugen Tenshin. Los destellos de los disparos y los estallidos de los misiles iluminaban el oscuro cielo nocturno, especialmente cruel ante los ojos de Kasumi que no pudo contener las lágrimas mientras apretaba la empuñadura de su arma.

Decidida a ir a toda marcha hacia el lugar, fue detenida súbitamente por Momiji que la sostuvo con una mano diciendo: — Espera... ¿Escuchas eso? ¿Qué rayos fue eso, Kasumi? —.

Cerca de su posición, el fuego de una explosión se alzó a los cielos mientras el túnel que conectaba las salidas subterráneas de la ciudad era derrumbado. Desde las cercanías de los túneles, se escuchaban los escalofriantes rugidos de bestias acercándose cada vez más a la superficie. El suelo temblaba con su avance, y los edificios cercanos se desmoronaban bajo la fuerza de sus embates.

Las calles estaban envueltas en caos y miedo: Los habitantes de la capital corrían sin rumbo, buscando desesperadamente un refugio mientras las llamas devoraban sus hogares y los escombros bloqueaban sus caminos de escape. El ruido de los gritos y lamentos se mezclaba con el estruendo de la destrucción, haciendo que el horror que envolvía toda la ciudad se volviera un pandemonio de frenesí.

El caos tomo el control en el lugar, mientras que Kasumi se encontraba paralizada por la confusión y el desconcierto. No sabía qué dirección tomar ni cómo enfrentar la situación alrededor; deseaba apoyar a su hermano, pero no quería dejar a su suerte a los habitantes que huían rogando por ayuda. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por la dulce voz de Momiji:

— ¡Kasumi, despierta! —. Dijo Momiji sacudiéndola. — No podemos quedarnos aquí paradas, ¡Rápido! Hay que aniquilarlas o esto... se pondrá peor —.

Sus palabras resonaron en la mente de Kasumi, disipando en parte la niebla de confusión que la envolvía. Con un esfuerzo Kasumi asintió, aceptando la realidad de la situación: — S-sí... Tienes razón. Supongo es peor no hacer nada —.

A regañadientes, Kasumi se puso en marcha mientras observaba tras ella los ataques sobre las posiciones de su hermano. Sin embargo, en medio de la crisis, una pregunta se abrió paso en la mente de ambas: — ¿Dónde estaba Ryu? —.

Su camino fue detenido por el sonido de los gritos y el concreto derrumbándose a lo lejos, dos siluetas colosales emergieron de las profundidades de la ciudad: Un par de criaturas que avanzaban sin piedad arrastrando el asfalto y las casas.

Una era un gusano colosal con un rostro humano rodeado de tentáculos amarillentos. Cuando atacaba a una presa, los tentáculos se envolvían en la victima e inyectaba una sustancia que paralizaba a los objetivos y luego de unos minutos morían envenenados.

La segunda criatura era como una fiera salvaje, tenía como rostro las fauces de un oso combinado con el cuerpo de una cabra erguida. Las cuencas de los ojos permanecían vacías y un olor a sangre y podredumbre llenaba el ambiente tras su paso.

Viendo aquello y totalmente asqueada, Kasumi tomo un respiro para decir: — ¿Te gustan los tipos grandes y deformes o los insectos?, si tuvieras que escoger pareja entre esas dos ¿cuál elegirías? —. Momiji con una cara de asco, saco la lengua y dijo: — Ninguna, ambas son asquerosas. ¡Ni siquiera me hagas pensar en eso! Son horribles y realmente no quiero ni tocarlos ¡Que asco! —.

Kasumi, mostrando una postura seria y acusadora con la mirada dijo: — Le diré a Hayabusa que te obligue a comer insectos de cena y postre si no eliges a una rápido —.

Tras hacer una mueca y ver con disgusto a los seres que se escabullían a lo lejos dijo: — ¡Está bien, está bien! si tengo que escoger... supongo que... me enfrentaría a.… esa babosa asquerosa que se arrastra por el suelo. No hay caso, acabemos con esto pronto... odio este trabajo —.

Tras un salto separaron sus caminos en dirección a los objetivos, sus siluetas avanzaban al lugar mientras los seres devoraban a los pocos sobrevivientes que encontraban en su camino.

Al mismo tiempo, cerca de las principales calles donde otro grupo de criaturas avanzaban permanecía Ryu en mitad de la calle, cruzado de brazos esperando mientras los demonios se acercaban. A su lado, de forma caótica los habitantes huían alrededor, el estruendo de la destrucción resonaba en el aire mientras el fuego y los escombros marcaban el fin de la autopista.

Al percatarse de que no quedaban más personas huyendo, tomo un respiro llenando los pulmones y exhalo con decepción: — Así que... de nuevo el trabajo sucio. Pagaran con su vida... ahora, vamos a divertirnos un poco —. A paso lento se dirigió en dirección a las criaturas y de su espalda desenvaino su arma mientras reía plácidamente.

Sus centellantes ojos se encontraron a los lejos con las cuencas vacías de los demonios, que al divisarlo emitieron gruñidos y gritos mientras se dirigían a su posición.