Disclaimer: Todo Dragon Ball pertenece al legendario Akira Toriyama (Q.E.P.D.)

A veces se me olvida que Gohan tiene solo un brazo. Si ven que me equivoqué, díganme sin miedo y lo corrijo, jajaja. Mis ojos pasan cosas por alto sin querer XD

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Capítulo 15 Resiliencia (insuficiente)

Proverbios 3:27:

«No te niegues a hacer el bien a quien es debido, cuando está en tu mano el hacerlo».

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Era un espectáculo increíble. A Trunks solo le faltaba el paquete de palomitas de maíz en las manos mientras sus ojos viajaban, casi con ritmo metronómico, entre la expresión tranquila de su maestro y el torbellino de emociones que era aquella hembra saiyajin. Era una escena tan extraña como predecible: Gohan, con su paciencia inquebrantable, explicaba de manera sencilla y sin un atisbo de molestia por qué había ocurrido el desperfecto en la calefacción de la casa cápsula de Kioran: un mal movimiento, un poco de fuerza desmedida y, por supuesto, la válvula que terminó arrancada de su sitio.

—Lo que hiciste fue abrirla de golpe en lugar de girarla con cuidado —dijo Gohan, señalando con un gesto amable la pieza rota que ella aún sostenía en la mano, como si fuera un trofeo de su ineptitud.

—¡Pues lamento ser tan torpe! —exclamó Kioran a su vez, apretando los dientes, aunque su tono estaba lejos de sonar arrepentido—. ¡Voy a intentar no romper todo lo que toco, aunque parece una tarea imposible para mí!

Trunks tuvo que contener la risa, era imposible no notar la ironía en su tono de voz. Su grito de «lamento» no sonaba ni remotamente sincero. Más bien, parecía una declaración de guerra contra el universo entero… provocado por no ser la primera vez que ella rompía algo sin querer, y sus reacciones habían ido in crescendo hasta transformarse… en esto.

Gohan permaneció inmutable, con esa serenidad que hacía que Kioran pareciera aún más explosiva.

—No es para tanto, de verdad. —Y tenía que apretar los labios para no echarse a reír—. Yo puedo repararlo sin pedir ayuda a Bulma.

—Claro, porque tú lo haces todo bien y yo estoy maldita… —masculló en voz baja, más para sí misma que para él.

Luego gruñó algo ininteligible y cruzó los brazos, lanzando miradas furtivas a ambos, como si supiera lo mucho que les estaba costando no burlarse de ella.

Gohan, sin perder tiempo, le dedicó una pequeña sonrisa tentativa antes de darse la vuelta.

—Espera, voy por una válvula nueva. No tardo.

Menos de un minuto después, ya estaba de regreso. Trunks sabía que él guardaba repuestos en su casa para cualquier eventualidad, por eso no le extrañó que se demorara tan poco. Pero Kioran, que no estaba al tanto de este detalle, tenía en su rostro un marcado gesto de incredulidad.

—Aquí está —dijo, mostrando la pieza mientras se acercaba al sistema de calefacción roto—. Esto será rápido.

Acto seguido, se agachó y con una habilidad que parecía natural, cerró la llave de paso del circuito para comenzar a cambiar la válvula. Parecía completamente concentrado en la tarea, ajeno a las miradas de sus acompañantes. Kioran, sin embargo, no podía apartar los ojos de él, sus pensamientos una caótica mixtura de incredulidad y confusión.

Ya sabía bien que Gohan nunca se comportaba como un saiyajin. En realidad, ni siquiera parecía uno. Mestizo o no, carecía de las características más representativas de su raza: la arrogancia, el orgullo desbordado, la necesidad enfermiza de demostrar superioridad. Él simplemente… existía en ese estado de calma perpetua que la desconcertaba y terminaba por sacarla de quicio casi todo el tiempo.

Era increíble que, a pesar de todas las veces que había intentado provocarlo con comentarios sarcásticos, gruñidos de desdén o críticas directas, jamás hubiera logrado sacarlo de sus casillas. Quizás Gohan no tenía la capacidad de enfadarse, aunque eso era casi imposible de creer. Kioran no tenía idea de cuál era su problema, pero sí sabía una cosa: Gohan era un idiota exasperante. Siempre lo había sido. Un idiota con una sonrisa que nunca se apagaba, sin importar lo que ella hiciera o dijera. Si debía ser absolutamente honesta, no creía merecer su amabilidad, en vista de cómo lo trataba siempre.

No obstante ahí estaba, agachado frente al sistema de calefacción roto, reparándolo sin una sola queja, como si fuera la cosa más natural del mundo. Kioran torció el gesto, una punzada de incomodidad recorriéndola al darse cuenta de que, por mucho que le disgustara admitirlo, Gohan estaba resultando especialmente útil en ese momento.

Lo observó mientras sacaba con destreza la válvula dañada. Era evidente que sabía lo que hacía, pero no había rastro de altanería en su actitud, ni siquiera un poquito de esa condescendencia que Kioran habría esperado en cualquier otro guerrero saiyajin. Por alguna razón, Gohan parecía genuinamente dispuesto a ayudar, incluso en tareas que no tenían absolutamente nada que ver con el combate o el entrenamiento.

¿Era eso lo que lo hacía tan… diferente? ¿Tan desconcertante?

Kioran apretó los labios, apartando rápidamente la mirada cuando Gohan giró un poco la cabeza, como si percibiera su atención. Se concentró nuevamente en observar sus propios pies, pero el pensamiento seguía molestando: «Este híbrido es un tarado que jamás se niega a brindar ayuda, incluso a una hembra torpe y gruñona como yo».

Con un último ajuste en la nueva válvula, Gohan giró la llave de paso y se enderezó para probar la calefacción. El sistema respondió al instante, emitiendo un leve zumbido seguido de un cálido aire que comenzó a llenar la casa cápsula.

—Listo, ya está funcionando —anunció, limpiándose la mano en un trapo que había llevado de su casa con gesto despreocupado.

Ella alzó la vista bruscamente, sintiendo un impulso novedoso: quería agradecerle, pero las palabras parecían atorarse en su garganta como si cada sílaba fuera una barrera infranqueable. Abrió la boca una vez, luego otra, pero lo único que logró emitir fueron una serie de tartamudeos incomprensibles que hicieron que sus mejillas se calentaran de pura frustración.

—¿Gr-gr…? —intentó una última vez, sin éxito.

Trunks, que había estado observando toda la escena con evidente diversión, aprovechó el momento para intervenir. Dio un paso adelante, proclamando en tono burlón:

—¡Se dice «Gracias, Gohan»! —explicó con exagerada parsimonia, como si estuviera enseñándole a un niño pequeño cómo comportarse.

El rostro de Kioran pasó del rubor al rojo furioso en cuestión de segundos. Con un movimiento rápido, le dio un certero coscorrón en la cabeza que hizo que Trunks se encogiera, frotándose el lugar del impacto con rapidez.

—¡Auch! ¡Era broma! —se quejó, aunque no pudo evitar reírse al ver cómo Kioran gruñía entre dientes.

—Ya pueden largarse los dos —espetó, señalando la puerta con un movimiento de la cabeza—. Nos vemos más rato… Si me da la gana.

Gohan se levantó del suelo y caminó hacia la puerta con Trunks liderando el camino, todavía frotándose la cabeza. Ella los acompañó asegurándose de que salieran, como si no confiara en que se irían por su cuenta.

Cuando Gohan estaba a punto de cruzar el umbral, Kioran estiró una mano y tiró del borde superior de su gi, impulsada por algo que ni siquiera entendía del todo. El mestizo se detuvo al instante, girando la cabeza hacia ella con curiosidad, pero sin decir una palabra. La intensidad en esos ojos oscuros lo detuvo por completo. Había algo en su mirada, una visible amalgama de vergüenza, orgullo herido y gratitud que no necesitaba ser verbalizada.

Gohan la observó en silencio por un instante, y luego sonrió. No fue una sonrisa cualquiera; había algo cálido y comprensivo en ella, algo que le decía que entendía perfectamente lo que intentaba transmitir sin palabras.

Kioran asintió apenas, como si esa fuera la única forma en que podía devolverle el gesto sin sentirse completamente expuesta. Sin añadir nada más, lo soltó para que pudiera marcharse.

Esperó hasta que cruzó completamente el umbral antes de cerrar la puerta con un firme clic. Se quedó de pie frente a ella por un momento, con el corazón latiendo con fuerza, y no podía decidir si estaba furiosa, avergonzada, o aliviada de que Gohan hubiera entendido lo que no fue capaz de pronunciar en voz alta como una persona ordinaria.

«Híbrido… tonto», pensó, apretando los puños. Pero esta vez, las palabras carecían de la rabia que solía teñirlas.

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El refugio se hallaba enclavado en un rincón de aquella lejana ciudad, que parecía debatirse entre la desolación y la esperanza. Como muchas otras, los civiles sobrevivientes a los ataques de los androides habían construido un lugar en el cual seguir luchando, ayudándose los unos a los otros, mostrando una unión que en otras circunstancias jamás habrían experimentado.

Y es que aquellos sádicos humanos modificados eran el enemigo en común de los terrícolas que aún habitaban el planeta. No había mayor motivación que la de resistir a como diera lugar, hasta que se cumpliera el milagro de verlos caer aplastados gracias al héroe silencioso que todos habían visto alguna vez; unos de cerca, otros de lejos. Cada uno guardaba una imagen particular de él en sus corazones anhelantes de paz, imagen que buscaban con ahínco calzar cuando le veían llegar repartiendo sonrisas y ayuda.

Gohan descendió lentamente del cielo aferrando tres cápsulas en la mano, las cuales contenían alimentos y medicinas para los habitantes del refugio. Estaba solo, pues Trunks por su insistencia y la de Bulma se había quedado en casa cumpliendo con su horario de estudio, una obligación que ambos le exigían a pesar del mundo caótico que habitaban. Los estudios seguían siendo muy importantes. Kioran, por otro lado, aceptó acompañar a la científica al mercado, aunque no sin refunfuñar un buen rato antes de partir.

Gohan caminó oteando los alrededores por costumbre, y tras asegurarse de que todo se veía en orden, ingresó a las ruinas de un antiguo estacionamiento que escondía la entrada de la guarida.

Ya conocía los estrechos y rudimentarios pasillos de memoria, gracias a lo cual muy pronto identificó la lejana luz que provenía de una instalación eléctrica de emergencia realizada por los refugiados, que les servía para llevar una vida hasta cierto punto normal, considerando que estabas escondidos mayormente bajo tierra.

El sonido de sus pasos alertó primero a los niños que jugaban en las cercanías. Poco a poco, los adultos empezaron también a acercarse con sus rostros iluminándose al reconocerlo. Un murmullo de alivio y entusiasmo recorrió al grupo, pues aquel amable muchacho representaba para ellos un símbolo de esperanza en medio del horror.

—¡Es Gohan! —gritó un niño pequeño, rompiendo el silencio mientras corría hacia él con una amplia sonrisa en el rostro. Pronto, varios más lo siguieron, rodeándolo con entusiasmo.

Gohan les dedicó una sonrisa sincera. Era muy agradable presenciar sus caritas llenas de inocencia. Muchos de ellos habían nacido dentro de los confines del refugio y apenas si habían logrado atisbar el vasto mundo exterior. Pobrecillos… obligados a jugar en espacios delimitados por el peligro…

Cuando los encargados de recibir las ayudas se acercaron a él, les tendió las cápsulas explicando qué contenía cada una. Mayormente se trataba de alimentos y medicinas, pero también contaban con artículos de aseo y caramelos para los más pequeños.

Uno de los hombres, un poco más joven que el promedio del grupo, le ofreció agua fresca en un pequeño vaso metálico que había guardado con cuidado. Gohan aceptó, bebiendo un sorbo enseguida.

—Muchas gracias —dijo una mujer mayor, con voz quebrada por la emoción mientras apretaba el dobladillo de su camiseta—. No sé qué haríamos sin ti y Trunks. Son nuestra única esperanza.

Él asintió al tiempo que le dedicaba una breve reverencia, devolviendo el vaso al más joven. Las palabras de reconocimiento le llenaban de una sensación agridulce, dado que en sí mismas cargaban un peso que no podía ignorar.

Los niños lo seguían como si fuera un héroe sacado de las historias que alguna vez les contaron sus padres, aquellos que muchos de ellos ya habían perdido. Uno de ellos, un chiquillo de ojos vivaces y cabello despeinado, tiró de su brazo.

—¿Volviste a enfrentarte a los androides, Gohan? ¿Pudiste vencerlos?

Gohan se agachó hasta quedar a la altura del niño y le revolvió el cabello con suavidad.

—Todavía no —explicó sonriendo. Luego, su tono cambió hacia uno que reflejaba convicción—. Pero estoy entrenando para hacerme más fuerte y asegurarme de que todos puedan vivir en paz algún día.

La respuesta pareció bastar para el niño, quien asintió con confianza, como si creyera con todo su corazón que aquel guerrero podía lograr cualquier cosa. Sonrió y salió corriendo en dirección contraria, con los brazos abiertos, como si de alguna manera pudiera elevarse hacia el exterior. La visión hizo que a Gohan se le apretara el corazón.

Mientras los niños continuaban revoloteando a su alrededor y los adultos organizaban cuidadosamente los suministros que Gohan les había entregado, un anciano se abrió paso entre la multitud con movimientos pausados. Era una figura prominente entre los refugiados, tanto por su edad avanzada como por su conocida sabiduría y serenidad. Su rostro, surcado de arrugas que hablaban de años difíciles, se iluminó con una sonrisa agradecida al acercarse a Gohan.

—Siempre eres bienvenido, querido muchacho —musitó, dándole una palmada cariñosa en el hombro vacío—. Eres la única razón por la que todavía mantenemos las esperanzas de salir algún día de todo esto.

Gohan inclinó ligeramente la cabeza y le devolvió una sonrisa humilde.

—Solo hago lo que puedo, señor.

El anciano asintió. Una sombra cruzó su semblante al recordar algo que había escuchado.

—Dijeron en la radio que los androides atacaron otra ciudad al sur… —Su mirada se dirigió hacia los pasillos de la entrada, como si pudiera medir la distancia que separaba al refugio de aquel lugar devastado—. Se alejan, vuelven… se alejan otra vez… Y no podemos evitar pensar, ¿cuánto más aguantaremos? ¿Cuándo acabará esta tortura?

Las palabras golpearon al mestizo saiyajin con fuerza. Sabía que no estaban dirigidas a él en particular, pero no podía evitar sentirse responsable.

—Estoy entrenando cada día para volverme más fuerte —aseguró vocalizando con lentitud, como si probara cada palabra—. Voy a… tengo que derrotarlos. Los androides no van a seguir destruyendo vidas para siempre.

El anciano lo miró en silencio por un momento, algo preocupado por la dirección que había tomado esa frase. Entonces, su mano volvió a apretar el hombro de Gohan con fuerza.

—Perdóname, muchacho. —Su tono hablaba de una culpa innegable—. No quería cargar todo esto sobre ti, que ya haces demasiado por nosotros. Solo… soy un viejo muy cansado. Lo siento.

Gohan negó suavemente con la cabeza, intentando tranquilizarlo.

—No tiene por qué disculparse, señor. Yo también quiero que todos puedan vivir en paz otra vez, como antes.

A pesar de sus esfuerzos por mostrarse sereno, las palabras del anciano calaron hondo en su interior. Mientras contemplaba distraídamente a los refugiados continuar repartiéndose los suministros, no podía quitarse la sensación de que, a pesar de sus mejores esfuerzos, todavía no era suficiente.

El anciano permaneció junto a Gohan, estudiándolo con atención mientras este parecía algo abstraído en sus propios pensamientos.

—¿Sabes? —comenzó el anciano, apoyándose en su bastón—, conocí a Son Goku hace muchos años. Fue en uno de esos torneos de artes marciales que solían hacerse antes de que… bueno, antes de que todo se fuera al demonio.

Gohan volteó la cabeza hacia él, sorprendido por la mención. El anciano continuó, su voz impregnada de nostalgia.

—Era un joven muy especial, increíblemente fuerte. Lo vi derrotar a Piccolo Daimaō, y esa hazaña quedó grabada en mi memoria como una de las cosas más asombrosas que he presenciado en mi vida. Casi todos los asistentes escaparon del lugar cuando supieron quién era ese monstruo de piel verde, pero yo me quedé… me quedé en los alrededores, porque necesitaba ver con mis propios ojos el resultado del combate, y no me arrepiento. —Su mirada parecía oscilar entre los recuerdos y el presente. Entonces, volvió a enfocarse en Gohan—. Cuando escuché tu nombre por primera vez, no tardé en conectar los puntos: el apellido, la altura, el rostro… —Sonrió, señalándolo con el bastón—. Eres igual a él. ¿Verdad que Son Goku es tu padre?

Gohan sintió cómo el calor subía a su rostro, tiñendo sus mejillas de un tenue rubor. Nunca sabía cómo reaccionar cuando lo comparaban con Goku. Era un orgullo y una obligación al mismo tiempo.

—Sí… él era mi papá —balbuceó, bajando la vista al suelo por un instante antes de recomponerse.

El anciano asintió, complacido con la respuesta.

—Sabía que no podía equivocarme. Tienes su misma determinación, ese fuego en los ojos que solo poseen los grandes guerreros. Y no me cabe duda de que eres tan fuerte como él… No, miento: eres mucho más fuerte. Estoy seguro.

Aunque las palabras estaban cargadas de admiración y pretendían ser un consuelo, Gohan percibió una nueva oleada de presión cerniéndose sobre él. Desde su muerte, siempre había sentido que no lograba llenar los zapatos de su padre; que, a pesar de todos sus esfuerzos, no era lo bastante fuerte como para proteger a los humanos. Pero no permitió que sus pesares se reflejaran en su rostro. Debía ser fuerte por ese anciano, por los niños, por los adultos sobrevivientes. Por Bulma, Trunks… Kioran…

Forzó una leve sonrisa al tiempo que inclinaba la cabeza.

—Muchas gracias, señor. —Le dedicó una respetuosa reverencia—. Haré todo lo que pueda para que este planeta vuelva a tener paz, se lo prometo.

El anciano también sonrió.

—Lo sé, hijo. Todos contamos contigo.

Gohan asintió en silencio, aunque en su interior no podía evitar sentir que esa confianza era un peso más que se añadía a sus numerosas cargas. Entonces, se despidió del anciano y los refugiados agitando la mano y comenzó a caminar hacia el largo pasillo que llevaba a la entrada del refugio para poder marcharse. Su mente seguía ocupada con el agradecimiento de aquel hombre y la constante sensación de que, a pesar de sus esfuerzos, nada de lo que hacía era suficiente. A medida que caminaba, las risas de los niños se desvanecían tras él, dejándolo solo con sus pensamientos.

—¡Gohan! —una voz femenina interrumpió su marcha.

Se dio la vuelta y vio a Alatea corriendo hacia él. La niña, de largo cabello castaño y brillantes ojos verdes, tenía más o menos la edad de Trunks y por eso aún guardaba la energía de alguien que no se ha dejado vencer por el estropicio.

Gohan la reconoció de inmediato. Alatea junto a su abuelo —el anciano que conoció a Goku en su batalla contra Piccolo— era una de las tantas vidas que él había logrado salvar durante un ataque de los androides. Aquel día se encontraban a punto de morir y los androides no los detectaron; gracias a ese descuido, Gohan y Trunks pudieron rescatarlos.

—¿Alatea? ¿Está todo bien? —preguntó en voz baja, sin disimular su preocupación.

La joven se detuvo frente a él, intentando recuperar el aliento. Sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas por la carrera.

—Solo quería hablar contigo antes de que te fueras —explicó. Su voz era dulce, mas contenía una firmeza que Gohan no pasó por alto—. Yo… quería pedirte que no te tomes tan a pecho las palabras de mi abuelito.

El mestizo ladeó la cabeza hacia un costado.

—Es que… —Alatea bajó la mirada a sus manos, jugueteando a retorcer los dedos unos con otros—, parece que acarrearas con todo el peso del mundo, y realmente haces lo que puedes. Estamos muy agradecidos contigo y con Trunks. Derrotar a esos androides… parece una carga muy grande para una sola persona. —Alzó la vista y le sonrió con la dulzura de una niña que está frente a su ídolo de la infancia—. Gracias por protegernos. Sabemos que haces todo lo posible.

Gohan la miró por un momento, sorprendido por sus palabras. La sinceridad en esa voz tan tierna le tocó el corazón, y por primera vez desde que llegó al refugio, sintió que parte de la presión que cargaba se aliviaba un poco.

—Gracias, Alatea —respondió con una sonrisa cálida y genuina. Se acercó a ella y le acarició la cabeza—. Significa mucho para mí escuchar eso. Pero prometo que seguiré esforzándome a nombre de todos los que viven en este planeta.

Los ojos de la chica brillaron de emoción. El simple gesto de Gohan parecía haber llenado su pecho de alegría.

—Cuídate, por favor.

—Ustedes también —respondió él, en tono paternal y afectuoso.

Alatea asintió con entusiasmo y dio un par de pasos hacia atrás antes de girar y regresar al refugio dando saltitos juguetones. Gohan la observó mientras se alejaba. Había algo en esa chispa de juventud y esperanza que le recordó a los tiempos más simples de su infancia, cuando su mundo aún estaba intacto.

Suspirando, se giró hacia el pasillo para, ahora sí, marcharse definitivamente y enfrentar los pensamientos obsesivos que a veces se apoderaban de su cabeza. Incluso con el alivio que sintió gracias a la dulce Alatea, una parte de él no dejaba de darle vueltas a la conversación con el anciano.

Gohan ascendió dejando atrás el refugio que ahora parecía un punto minúsculo en la vasta extensión de tierra desolada y emprendió el vuelo hacia la Corporación Cápsula. El aire fresco golpeaba su rostro mientras mantenía una velocidad moderada, dándose tiempo para reflexionar. Sabía que esos momentos de introspección eran inevitables después de cada visita. Siempre había algo que se quedaba rondando en su mente, como si la carga emocional de los refugiados se sumara a la suya.

«Ojalá pudiera hacer más», deseó con fervor, los ojos clavados en el horizonte. En ningún caso las palabras del hombre mayor fueron una crítica, muy por el contrario. Sin embargo, Gohan peleaba duramente contra sí mismo para no caer en aquella espiral negativa que lo llevaba a concluir que nunca lograría ser ni la mitad de lo que logró Goku en vida.

Insuficiente. Así se sentía en secreto. Jodidamente insuficiente.

Y sabía muy bien que estaba siendo demasiado duro consigo mismo. No obstante, cada día que los androides seguían causando destrucción le llegaba al pecho como un fracaso personal.

El peso de las expectativas lo abrumaba. Visitar los refugios siempre terminaba hundiéndolo un poco más en esa espiral. Las personas lo observaban como si fuese la única luz en medio de la oscuridad que vivían, pero Gohan no se sentía como un salvador, ni un héroe, ni ninguno de esos conceptos que le parecían tan ajenos.

En cambio, si alguien hubiera sabido todo esto y le hubiera preguntado cómo se sentía en verdad, habría respondido «como una sombra». Ni más, ni menos.

«Pero papá nunca se habría sentido así», caviló con una punzada de tristeza. Goku siempre enfrentó los desafíos con una sonrisa, con una confianza inquebrantable que parecía inspirar a todos a su alrededor. Aunque tuviera todo en contra, aunque la situación fuese claramente desfavorable, aunque nada pareciera ir en la dirección correcta, Goku lograba lo imposible. Y Gohan intentaba imitarlo. En verdad se esforzaba por ser como él.

Era decepcionante que no hubiera logrado ni siquiera acercarse a su legado…

Fue en ese momento que la imagen de Alatea, el brillo en sus verdes ojos de niña, la dulzura de sus palabras, sus gestos de preocupación por él, terminaron por acaparar sus pensamientos y contrarrestaron la culpa que lo asediaba. Ella no era la única que pensaba así. Tener esa certeza le dio la calma que estaba necesitando para superar ese momento de culpabilidad involuntaria.

Al divisar la Corporación Cápsula en el horizonte, Gohan inspiró profundamente. El aire fresco invadió sus pulmones con la fuerza necesaria como para despejar la oscura nube que enturbiaba su ánimo. Sí, seguía sintiéndose insuficiente, pero eso no lo detendría. Sí, el mundo que lo rodeaba estaba indudablemente roto, pero había personas que creían en él con sus vidas.

Sí, de alguna forma, él también se sentía roto a veces, pero no se permitiría defraudar el recuerdo que su padre había dejado.

A como diera lugar, Gohan iba a pelear contra los androides para derrotarlos.

Y contra sí mismo si era necesario.

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El bullicio del mercado flotaba en el aire lleno de conversaciones, risas y el aroma de la comida mezclado con el calor del sol. Kioran caminaba junto a Bulma, observando de reojo cómo la científica negociaba con los comerciantes por frutas, verduras y otros productos que escaseaban cada vez más en ese mundo devastado.

Para Kioran, esto era un escenario completamente desconocido. Nunca antes se había encontrado rodeada así de personas comunes y corrientes, mucho menos tomándose el tiempo para observarlas detenidamente. Las vidas de esos terrícolas parecían frágiles, pero también llenas de una fuerza oculta que ella no lograba entender del todo. Los meses que vivió en ciudad Conton le habían ofrecido algún contacto con humanos, pero jamás se había sumergido en su día a día de esta manera, y mucho menos en un ambiente tan caótico. Desde que estaba atrapada en esa línea temporal, su existencia parecía haberse convertido en una serie de experiencias completamente ajenas a lo que había conocido hasta entonces.

Bulma acababa de seleccionar cuidadosamente un trozo de carne en uno de los puestos y ahora inspeccionaba unas frutas como si fuera una tarea de vital importancia. Sin embargo, Kioran notaba que, aunque parecía concentrada, había algo en su mirada que indicaba que su mente vagaba muy lejos de ese mercado. Probablemente estaba perdida en uno de sus pensamientos brillantes, reflexionando sobre algún nuevo proyecto que salvaría el mundo, o al menos eso era lo que Kioran pensaba. Después de todo, había aprendido que Bulma siempre tenía algo entre manos, algo importante que planificar. Si llevaba un cigarrillo colgando de los labios, era señal de que estaba profundamente inmersa en su proceso mental. Aunque claro, había algo confuso en ese razonamiento: Bulma parecía fumar tanto cuando las cosas iban bien como cuando iban mal.

Kioran no estaba muy lejos de la realidad en cuanto a su percepción de Bulma, ya que esta reflexionaba distraídamente acerca de una teoría bastante formada acerca de ella, precisamente. Después de haber tenido una conversación casual con Gohan algunos días atrás, en la que él sutilmente había dejado entrever que venía «de otra época», y que saber demasiado sobre su origen podría poner en peligro el futuro, Bulma había llegado a una conclusión bastante lógica: Kioran debía estar relacionada con los viajes en el tiempo. Esa posibilidad no solo la fascinaba, sino que también reforzaba una idea que venía madurando desde hacía tiempo: construir una máquina del tiempo.

Ya tenía los planos prácticamente terminados, y su idea era que Gohan pudiera viajar al pasado para salvar a Goku de aquella fatídica enfermedad del corazón. A pesar de que aún faltaban años para completar el proyecto, la presencia de Kioran le daba esperanza, como si fuera una señal de que su teoría era correcta y que, de un modo u otro, lograría su objetivo.

Por eso, Bulma decidió que era mejor mantener sus consultas dentro de límites seguros, evitando tocar temas que pudieran representar un peligro real, y con esa idea en mente, le habló a Kioran de manera casual mientras sostenía un melón en las manos.

—¿Sabes? Hace tiempo que quiero hacerte una pregunta —comenzó, con una sonrisa ligera en los labios—. Cuando despertaste por primera vez… parecías actuar como si ya conocieras a Trunks. Y pensé que podría ser por Vegeta, como era el príncipe de los saiyajin… lo conociste, ¿verdad?

El cuerpo de Kioran se envaró de inmediato. La mención de aquel nombre la descolocó por completo. No esperaba que ese tema surgiera en una conversación tan trivial como la compra de víveres en un mercado. Un torrente de pensamientos cruzó su mente en cuestión de segundos, buscando desesperadamente una respuesta que no revelara lo nerviosa que estaba.

«Qué estúpida… ¿Cómo no se me ocurrió que me lo iba a preguntar tarde o temprano?», se reprendió mentalmente, mientras trataba de encontrar una manera de contestar sin que su nerviosismo fuera evidente.

No lo logró.

—S-sí… —admitió finalmente, intentando sonar despreocupada, aunque su tartamudeo no ayudaba en lo más mínimo. Apenas había terminado de hablar cuando la imagen del príncipe Vegeta apareció en su memoria con una claridad sorprendente. Recordó aquellos días, que ahora parecían pertenecer a una vida completamente diferente, en los que había intentado seducirlo de forma descarada. Un calor repentino le subió al rostro, haciendo que sus mejillas ardieran de pura vergüenza.

Bulma, por supuesto, no pasó por alto el rubor evidente en la cara de la mujer. Con una ceja enarcada y una sonrisa divertida, decidió seguir con la conversación.

—Ya veo… Así que por eso reconociste a Trunks. —No era exactamente así, pero Kioran no iba a sacarla de su error. Entonces, un breve destello de picardía cruzó sus ojos al tiempo que dejaba el melón en su lugar—. ¿Y… pasó algo entre ustedes? —preguntó sin filtro.

—¡¿Qué?! —Kioran casi se atragantó al escuchar esas palabras. Su reacción fue inmediata y totalmente fuera de control—. ¡No! ¡Claro que no! —balbuceó apresuradamente, gesticulando de forma exagerada con las manos, como si intentara alejar físicamente la idea que ella había lanzado al aire—. ¡No hubo nada de nada!

Bulma no pudo evitar soltar una carcajada larga y sonora, mientras Kioran se quedó allí, estática, sin saber cómo lidiar con la situación.

—Tranquila, tranquila —dijo entre risas, palmeándole un hombro—. ¡Tu cara de incomodidad vale un millón de zenis!

Temblando de frustración, Kioran apretó la boca y se quedó en silencio frunciendo el ceño, luego desviando la mirada hacia el otro lado, tratando inútilmente de ocultar el intenso rubor que mantenía su rostro y sus orejas de un vívido color rojo.

—Te juro que no pasó nada, el príncipe… lo respeto muchísimo —murmuró, claramente incómoda.

—Y si hubiera pasado, ¿qué más da? No es algo que tenga que ver conmigo —respondió Bulma, agitando una mano despreocupadamente.

Para ella la conversación no tenía más relevancia. Quizás estaba interpretando mal las reacciones de Kioran, o tal vez había mentido, pero lo que le dijo lo pensaba de verdad: si hubo o no algo entre ellos no era de su incumbencia. Así que decidió dejar el tema de una vez, viendo lo incómodo que se había vuelto el ambiente.

Volvió a concentrarse en sus compras, eligiendo cuidadosamente lo que aún necesitaba, mientras Kioran intentaba deshacerse de la sensación de disgusto que le había provocado el comentario sin mala intención de Bulma. Habían pasado muchos años desde que Vegeta la llamó «hembra en celo». Se moría de vergüenza por el apodo, pero no podía dejar de reconocer que tenía razón: estaba en plena adolescencia y sus hormonas realmente habían hecho de las suyas. Lo de Nappa sí que no quería ni recordarlo, enterrando toda esa situación bajo siete columnas de cemento.

Todavía luchando contra la vergüenza, comenzó a observar su entorno, buscando cualquier distracción que la alejara de sus pensamientos.

Fue entonces cuando sus ojos se detuvieron en la gente que abarrotaba el mercado, por primera vez desde que vivía allí. Nunca les prestaba atención, y ahora, al hacerlo, notó detalles que antes había pasado por alto deliberadamente: las arrugas en los rostros, ojos cargados de tristeza, cicatrices en la piel y más profundas aún, en el corazón. Estos terrícolas llevaban más de diez años viviendo en constante sufrimiento a causa de los androides, y las huellas de esa guerra estaban grabadas permanentemente en ellos.

A pesar de todo, las risas seguían resonando. Las sonrisas aún se formaban en sus rostros, como si la vida no hubiera conseguido aplastarlos del todo.

Un nudo se le formó en el estómago. No pudo evitar recordar las civilizaciones que ayudó a derrotar durante los años que pasó junto a Raditz. Había observado de primera mano a innumerables seres, tan simples como estos terrícolas, que solo deseaban vivir en paz sin ser molestados; aun así, en nombre del emperador Freezer, ella había contribuido a su destrucción. Aniquilaba sin dudar, convencida de que no tenía más opción, pero esos recuerdos ahora ardían en su mente como si fueran brasas incandescentes.

Miró de nuevo a los terrícolas y una profunda inquietud se instaló en su pecho. Ellos también luchaban, pero lo hacían del lado correcto, mientras ella estuvo por años en el bando equivocado.

«Podría haber sido diferente», reflexionó, mientras las imágenes de los planetas aniquilados pasaban ante sus ojos como un desfile macabro. La culpa se instaló en su interior, silenciosa y pesada, pero rápidamente intentó sofocarla pues también se encontraba convencida de había hecho lo mejor que pudo con las cartas que le tocó jugar en ese entonces. Así como esos humanos, ella también era una superviviente… en circunstancias muy distintas, pero lo era. Preguntarse si podría haber tomado otro camino era tan inevitable como inútil.

Porque lo hecho, hecho estaba. Le gustara o no.

El ruido de Bulma regresando de hacer sus compras la sacó de sus pensamientos. La mujer frunció el ceño al notar el silencio inusual de Kioran y la sombra en su semblante, pero no dijo nada de inmediato. Finalmente, rompió el silencio con una pregunta:

—¿Todo bien?

Kioran levantó la mirada, intentando recomponerse. No quería que la notara afectada, mucho menos que hiciera preguntas que no sabría cómo contestar.

—Sí... es solo que... deberíamos irnos —respondió rápidamente, inventando una excusa apresurada—: Necesito comer algo antes de entrenar un poco más.

Bulma la miró por un segundo más, como si no terminara de creerse la respuesta, pero no insistió.

—Como quieras, pero recuerda que mañana vendremos otra vez —dijo con una sonrisa antes de invitarla a caminar hacia el aerocoche, estacionado a algunos metros de distancia.

Kioran se acomodó a su lado, en silencio, y no abrió la boca en todo el trayecto de vuelta. Su mente no dejaba de regresar a las imágenes del mercado, a los rostros de los terrícolas que, de una manera u otra, se aferraban a la vida. Era una mezcla extraña de emociones que no sabía cómo manejar: culpa, admiración, quizás incluso una pizca de envidia. Ellos seguían adelante, mientras que ella se debatía constantemente entre su pasado y el presente.

Luego de ayudar a Bulma a cargar las compras y meterse con Trunks por fingir que estaba muy ocupado estudiando en vez de ayudarlas, voló hacia su casa cápsula por costumbre. Sin embargo, ya frente a la puerta, prefirió no entrar. La idea de encerrarse en aquel espacio reducido le resultaba claustrofóbica. Así que pasó el resto del día deambulando por el claro donde entrenaban, practicando en solitario, intentando perderse en las profundidades del lago para distraerse con los increíbles colores de los peces que nadaban por allí. Pero ni el combate ni el agua lograron apaciguar las tormentas que rugían en su interior.

Cuando finalmente decidió volver, aún no se sentía lista para ingresar en la casa. El silencio dentro de esas cuatro paredes amplificaba lo vacía que se sentía a veces, como si las sombras de sus propios pensamientos la persiguieran. Así que se dejó caer afuera, apoyando la espalda contra la puerta, con las piernas recogidas y abrazadas contra su pecho. Su mentón descansaba sobre sus antebrazos, y su mirada se perdió en el horizonte mientras las imágenes del mercado volvían a invadir su mente. Esa gente... ¿Cómo podían seguir delante de esa manera? La muerte acechaba en cada esquina, pero ellos seguían luchando.

La admiración y el desconcierto se apoderaron de ella.

«Debería hacer las cosas de manera diferente… ahora», pensó, casi en un susurro para sí misma. Sí, había hecho lo que debía en el pasado. Había sobrevivido, había luchado, y quizás no había tenido otra opción. Pero este era un nuevo comienzo. Trunks le había dado una oportunidad al reclutarla en la Patrulla del Tiempo, y ella no podía permitirse desperdiciarla.

Esos terrícolas, que cada día enfrentaban el caos y la muerte sin perder su esencia, merecían algo más que ser simples espectadores en su propia lucha. Ellos no eran solo peones en un juego de poder entre seres más fuertes; eran personas que luchaban con dientes y uñas contra el estropicio. Y aunque Kioran se resistiera a la idea, esa resiliencia despertaba algo en su interior.

Tomó una decisión, tan simple como determinante: no solo protegería a Trunks para que cumpliera su destino de salvar a Kakarot en el pasado. También haría lo que estuviera a su alcance para mejorar ese maldito planeta, aunque aún no supiera cómo. Si tenía la oportunidad de hacer algo bueno, aunque fuera pequeño, lo haría. Su determinación le dio una pincelada de calma.

Pero había algo más: conforme el tiempo continuó su curso, Kioran fue asumiendo progresivamente la idea de que no volvería pronto a ciudad Conton, o que quizás nunca lo hiciera. Algo había pasado en ese último viaje, en donde el portal se cerró de forma tan extraña, que por lo visto no habían logrado solucionar. Dudaba que el Imperio Oscuro hubiera hecho mucho más que cortar el puente entre el pergamino y el Nido del Tiempo, de ser así, habría incontables consecuencias, pero la única para ella era encontrarse atrapada en esa realidad… Un hecho que la molestaba cada vez en menor medida, y que se obligaba a ignorar con todas sus fuerzas.

Estaba todavía sumida en sus pensamientos cuando escuchó unos pasos familiares, seguidos de una energía que conocía mejor de lo que le gustaría admitir: era Gohan, que se acercaba con su habitual calma, y sin necesidad de verlo, Kioran supo que estaba justo frente a ella.

—¿Qué haces aquí afuera? —preguntó, su voz aguda resonando como una melodía nada desagradable.

Kioran no levantó la cabeza de inmediato. En otro momento habría respondido con algún comentario mordaz, una palabra afilada o, simplemente, lo habría ignorado por completo. Pero esa noche algo dentro de ella no tenía la fuerza para seguir con la misma dinámica de siempre. Estaba cansada, más de lo habitual. Cansada en niveles muy profundos.

No sabía que Gohan se sentía de manera muy similar, aunque por razones distintas.

—Solo… pensando —murmuró finalmente.

Al percibir su estado de ánimo decaído, el mestizo decidió no presionarla. Simplemente se sentó a su lado sin hacer ruido, respirando de manera acompasada. No tenía sentido llenar el vacío con palabras innecesarias; el silencio también podía ser una forma de comunicación.

Ambos se limitaron a observar juntos cómo el cielo se iba tornando de un increíble tono lavanda oscuro mientras la noche se asentaba paulatinamente.

Después de lo que pareció una eternidad, Kioran fue la primera en hablar:

—¿Cómo lo hacen? —preguntó, a medio camino entre la curiosidad y el desconcierto.

—¿Cómo hacen qué? —Gohan la miró de reojo, intrigado, sin saber a qué se refería exactamente.

—Los terrícolas —respondió, sin apartar la vista del horizonte—. Después de todo lo que han perdido, de todo lo que han sufrido... ¿cómo pueden seguir adelante? ¿Cómo pueden sonreír y vivir como si nada?

Kioran suspiró. Como él no hablaba aún, decidió apartar la vista del cielo y voltear a verlo; su expresión era… difícil de descifrar, pues hablaba de emociones con las que no estaba familiarizada. Tragó en seco sin darse cuenta.

—No es nada fácil —empezó Gohan, hablando casi en susurros. Su voz parecía formar parte del ambiente, sin interferir en él—. Pelear por vivir, luchar por algo más… Encontrar una razón, por pequeña que sea. Incluso cuando parece que ya no queda nada.

Aunque Kioran no lo admitiera, esas palabras estaban resonando profundamente en su interior. Había vivido bajo una única regla: la del más fuerte. Para ella, la violencia era el medio y la supervivencia, el único fin. Pero esos terrícolas no se limitaban únicamente a sobrevivir.

Le resultaba incomprensible.

—Eso es absurdo —murmuró finalmente, más una declaración vacía que una verdadera objeción—. ¿Cómo se supone que vas a encontrar un propósito cuando todo lo que conoces está hecho polvo?

Gohan sonrió levemente, esa paciencia suya impregnando el aire. Era la misma tranquilidad que tantas veces la había sacado de quicio, pero en ese momento, le resultaba casi reconfortante.

—Puedes hacerlo por ti mismo, o por los demás. Ayudar a alguien para que no pase por lo mismo… asegurarte de que otro tenga una oportunidad… A veces, eso basta.

El silencio volvió a caer entre ellos, pero no era incómodo. Gohan volvió a observar el cielo con atención, ahora perdido en lo que había ocurrido en el refugio temprano ese día. El leve regusto de la frustración volvía a hacerse presente…

De pronto, escuchó un suave ronquido. Sorprendido, giró la cabeza y vio a Kioran con los ojos cerrados, su respiración profunda y constante. Se había quedado dormida abrazada a sí misma con una expresión de agotamiento en su rostro, alejada de la dureza habitual que siempre intentaba mostrar.

Gohan estuvo a punto de echarse a reír, pero logró dominarse. En ese momento, ella no era la guerrera indomable que desafiaba a todos, sino simplemente alguien que no sabía cómo gestionar lo que ocurría a su alrededor. Alzó la vista hacia el cielo que ya se oscurecía por completo, las primeras estrellas empezaban a brillar tímidamente, iluminando la noche en su quietud.

Mientras el viento nocturno acariciaba su rostro con suavidad, Gohan decidió dejarla descansar. No quería interrumpir ese momento de paz en el que, por fin, se permitía bajar la guardia. La observó una vez más, notando lo distinta que se veía en ese estado de reposo, antes de volver la vista al cielo. Sabía que aún quedaba mucho camino por recorrer, pero, de alguna manera, ese pequeño avance en su conexión se sentía real, sólido.

Permaneció así por mucho tiempo, acompañándola, sonriendo cuando sus ronquidos asemejaban un motor en ralentí pasando a primera marcha, y preocupándose cuando la escuchaba quejarse en sueños, como si hubiera algo que la atormentara.

Fue entonces que la noche, hasta ese momento tranquila y apacible, se vio rota por la súbita llegada de Bulma, que conducía su aerocoche a toda velocidad. Gohan se puso en pie de inmediato al avistar su rostro alterado, presintiendo que algo grave había ocurrido.

—¡Gohan! —gritó Bulma todavía desde el vehículo, su voz cargada de urgencia—. ¡Trunks se fue! —Acto seguido, lo detuvo y se bajó corriendo para llegar a ellos.

Kioran, sobresaltada por el grito, despertó de golpe algo aturdida. Frotándose los ojos con rapidez, apenas captaba la tensión que se había instalado de repente.

—¿Cómo que se fue? —preguntó Gohan con una calma engañosa, poniéndose de pie.

—Escuchó en la radio que los androides están atacando una ciudad cercana —explicó, su tono lleno de ansiedad—. Intenté detenerlo, pero simplemente salió volando hecho una furia. ¡Es igual a su padre! —Se acercó a Gohan, aferrando la tela de su gi con ambas manos, suplicante—. Por favor… tráelo de vuelta… —Su voz quebrada reflejaba todo el temor que sentía.

—¡Ese mocoso estúpido! —gritó Kioran, levantándose de un salto y tratando de localizar el ki de Trunks—. Tranquila, señora Bulma, nos encargaremos de él… Híbri...

Su frase quedó cortada en seco cuando, de un instante a otro, Gohan dejó escapar un rugido agudo al tiempo que el resplandor dorado de la transformación en Super Saiyajin lo envolvía por completo, iluminando la noche. La energía que desprendió fue de tal intensidad que Kioran se vio obligada a retroceder dos pasos, cubriéndose el rostro con una mano,

Entonces, se quedó petrificada. La fuerza que Gohan irradiaba era aterradora, tanto que su cuerpo reaccionó temblando de forma involuntaria. Ese no era el híbrido con el que había estado entrenando durante los últimos meses. No podía reconciliar al Gohan sereno y pacífico con el guerrero de cabello dorado y ojos esmeralda que la fulminaban con su intensidad.

Ese era Son Gohan, el Super Saiyajin.

Kioran sintió que algo dentro de ella se quebraba. Había pasado todo ese tiempo frustrada con él por ser demasiado pasivo, por no comportarse como debía hacerlo un guerrero de su raza. Pero ahora, experimentando la violenta energía que emanaba de su cuerpo, la ferocidad que marcaba cada contorno de su figura… no sabía cómo procesar lo que estaba viendo.

—Sígueme —ordenó Gohan en un tono firme, sin mirarla más que por un breve instante antes de elevarse hacia el cielo a una velocidad impresionante.

Kioran no se lo pensó dos veces. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, y sin cuestionar nada, salió volando tras él.

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N. de la A.:

¡Bienvenidos, mis queridos lectores, a nuestra actualización semanal! Os quiero, os amo, os adoro. ¡Gracias por sus votos, comentarios, y por mantener esta humilde historia en el top!

Para aquellos que leyeron «Donde mueren los astros», probablemente no lo notaron porque es un fic que tiene más de cinco años XD pero Alatea, la niña que habla con Gohan en el refugio, es un personaje reciclado de ese fic. Solo que allí terminó bastante mal la pobre, aquí al menos está viva y es razonablemente feliz, jajaja. Pobrecita, siempre me dio pena lo que le hice. Por eso quise darle un poquito de alegría.

Las reflexiones de Gohan sobre su «insuficiencia» como sucesor del legado de Goku son algo que también exploré en el fic de Los astros, sin embargo, en esta historia Gohan no está quebrado aún. Sufre, sí, y a veces sufre bastante por ello, pero no está roto. Y no habla de esto porque hablarlo lo hace real. Gohan no puede darse el lujo de mostrarse débil ante una humanidad que cuenta con él para volver a la normalidad antes de los androides.

Y Kioran, que ha pasado toda su vida aislada (sin quererlo o por propia voluntad), al enfrentar la resiliencia de los humanos se vio obligada a admitir sus propios fallos. Su propósito ya no es solo cuidar de Trunks, sino marcar la diferencia en un mundo hecho polvo.

Todo esto es parte de su evolución como personaje. Es una evolución algo lenta, considerando que ya lleva varios meses allí, pero consistente con su personalidad.

Por último, confirmo que la próxima semana tenemos acción con nuestro querido Diecisiete. Trunks, Trunks, pequeño Trunks, en dónde te fuiste a meter. Trunks, la concha de tu madre XD

Si te gustó el capítulo de hoy, ¡no seas tímido/a! Muéstrame tu entusiasmo con comentarios, estrellitas y kudos. ¡Incluso si solo me saludas, estaré muy feliz!

Nos vemos en el siguiente…

Amor y felicidad para todos.

Stacy Adler.