Bucky pierde la memoria después de caerse en una misión, desde entonces intenta reconstruir su vida, otra vez, mientras intenta resolver qué sucedió y si sus recuerdos son reales.


Temporal


Bucky respiró agitadamente mientras observaba su reflejo en la ventana del consultorio, a veces se distraía con las plantas del patio, pero no tardaba en volver a su reflejo.

—¿Pensaste en lo que te dije? —preguntó Marie, lanzando un vistazo a sus notas antes de concentrarse en Bucky.

—Sí —suspiró y miró a Marie—. Pero no lo hice.

—Okey —asintió ella—. ¿Sabes por qué?

Bucky se tomó unos momentos para pensar antes de negar, luego asentir y finalmente suspirar.

—Creo que tuve una cita, Doc —admitió sin mucho entusiasmo.

—Oh. Bueno, y dime, ¿fue algo positivo para ti?

De nuevo hubo una pausa silenciosa en el consultorio, Bucky miró su reflejo y se encogió de hombros.

—Estaba emocionado —admitió, parpadeó y observó a Marie para agregar: —Anticipación, curiosidad, felicidad, atracción, interés.

Marie tenía la bonita e irritante costumbre de hacerle poner nombre a sus emociones, al inicio de estas terapias incluso se había tomado el tiempo de explicarle algunas de ellas, le recomendó libros, audiolibros, y a lo que ahora llamaban podcast. Le había resultado útil en más de una ocasión fuera de estas paredes.

—Excelente —sonrió la terapeuta—, suena bastante positivo.

—Sí, bueno… —presionó sus labios en una línea y suspiró pesadamente—. Se lo conté a Sam. Y a su hermana, a Sarah. Primero se lo dije a ella y no… ella no parecía contenta, Doc.

¿Qué tú tendrás qué ? —preguntó Sarah, con un tono que Bucky podría catalogar como escandalizado, horrorizado y molesto.

¿No debí responderle? —murmuró confundido—. Sarah, ¿parece que estaba desesperado por responder inmediatamente a su mensaje?

Sarah tiene los ojos muy abiertos, ha dejado de batir la mezcla de pan y de parpadear. Bucky no está muy seguro de por qué.

George te escribió preguntando si querías salir a comer algo contigo —repitió Sarah, Bucky asintió todavía confundido—, como en una cita —añadió con voz chillona.

Ajá, incluso mencionó el lugar que…

Y tú —interrumpió, volviendo a mover la cuchara de la mezcla con fuerza interesante—, Bucky, le dijiste que aceptabas.

Es sólo un sándwich —afirmó, asintiendo y presionando los labios con nerviosismo—. ¿Crees que es mala idea? Sé que no lo conoces aún pero…

Aún —volvió a interrumpir Sarah, sacando la cuchara de la mezcla y olvidándose de ella por alguna parte de la tarja. Observó sus manos en silencio antes de sonreír pequeñito y hundir sus manos en la pegajosa mezcla—. Bueno, cariño, lo lamento. Supongo que no estaba lista para escucharte hablar sobre citas todavía —rió débilmente—, pero, si ese muchacho George está interesado y tú también, bueno…

Sarah no concluyó su frase, se dedicó a amasar con fuerza y dedicación la mezcla entre sus manos hasta que resultó en algo más consistente y de aspecto sólido. Bucky, sin embargo, se sentía de todo menos sólido.

Crees que es un error —concluyó el hombre.

Sarah respiró hondo, cubrió la mezcla con una manta húmeda y le dedicó una mirada tranquilizadora, como la que le suele dar a sus hijos cuando tienen un proyecto por presentar.

Creo que cada individuo camina a ritmos diferentes, y si estás listo para dar ese salto, bueno, deberías hacerlo. Pero, sin olvidarse de las personas que han ayudado a ponerse de pie. Eso es lo que creo, Bucky —sonrió Sarah—. Por un momento se sintió como si fueras AJ. Advierte sobre una bomba como esas la próxima vez, cariño.

—Tal vez ella te estaba comparando con uno de sus hijos, ¿no crees? —sugirió Marie—. Se preocupa por ti, sin duda.

—Sí, lo sé, es sólo que… —Bucky negó y apuntó a su cabeza con un ademán flojo—. No se siente bien, ¿entiende? Ella parecía estar…

Y después de pasar varios días pensando en el suceso, finalmente llega la palabra a su mente.

—Estaba indignada.

—¿Y eso provocó que cambiaras de opinión? Sobre la cita.

—No totalmente, creí en su palabra, en que tal vez estaba preocupada de que yo fuera muy rápido y que no tomara en cuenta a los que me han ayudado —explicó entre asentimientos—. Y pensé en Sam, en que él me ha ayudado un sin fin de veces, y sobre todo después de esta última vez. Él estaba fuera. Así que lo visité en DC, tomé un vuelo y todo, porque no es la clase de cosas que me gustaría escuchar en una videollamada o mucho menos.

—¿Tuviste problemas en el avión? —preguntó Marie.

—Insistí en estar en un asiento junto a la ventana —respondió con voz baja, avergonzada y descubierta—. Y pagué por el asiento a mi lado para tener más espacio.

—¿Y el trayecto?

—Escala en Denver, sin turbulencias y sin llantos alrededor —respondió con voz monótona—. No pude dormir, necesitaba estar despierto durante el viaje, por si necesitaba, ya sabes, salir de ahí.

Marie asintió y le sonrió.

—¿Prefieres que lo hablemos después o ahora?

—Después, quiero… debes saber lo de Sam, debes saber por qué no hice lo que dijiste.

—Bien. Entonces, ¿Sam sabía que irías a DC?

—No, le dije que estaba en la ciudad hasta que salí del aeropuerto —recordó con los ojos puestos en su reflejo—. Le dije que no era necesario pasar por mi, que sólo estaba de paso para saber si estaba bien, quizá escuchar su grupo de Veteranos. Me quedé en su casa después de escuchar su charla, fue extraña.

—¿Tu estadía?

—La charla —aclaró—. Sam hablaba sobre una tarima y aún así había algunas personas mirándome.

—Bueno, nunca habías ido a sus reuniones.

—No —respondió de inmediato. Parpadeó a su reflejo y suspiró—. No lo sé, Doc.

—Eras un nuevo rostro —resolvió Marie, sonriendo con amabilidad y propósito tranquilizador.

—El Capitán América estaba dando una charla sobre el estrés postraumático. El Capitán América, Marie —enfatizó con las cejas elevadas—. Y aun así había sujetos saludándome o lo que sea.

—Bueno, ya lo has dicho. Esas personas sufren de estrés postraumático, quizá no estaban listas para escucharlo del Capitán América, un héroe y un soldado más de este país.

Bucky observó a Marie, conteniendo la necesidad de decirle lo asombroso que es Sam siendo un soldado y el Capitán América y muchas cosas más, pero esa no era la intención de la sesión.

—Mi estancia fue… corta —mencionó audiblemente decepcionado—. Sam no parecía muy animado, tenía trabajo y creo que estaba preocupado por mí. Por la cita y su trabajo.

—¿Podrías ser más específico, Bucky? —pidió Marie, con el entrecejo fruncido en confusión.

Bucky asintió y respiró hondo antes de declarar sus pensamientos por primera vez en voz alta.

—Creo que Sam se culpó, de alguna manera, por estar ausente en mi recuperación. Creo que él piensa que mi cita con George fue un error y, además, piensa que fue su culpa.

—Es una interesante perspectiva —asintió Marie—. ¿Cómo es que llegaste a esa conclusión?

—Él lo dijo —murmuró Bucky, volviendo a su tono avergonzado y descubierto—. Lo escuché, Doc.

Bucky definiría el rostro y anatomía de Sam como en shock, completamente estático. Sin embargo, su pecho se movía y era capaz de escuchar su respiración: pesada, entrecortada.

Saldrás en una cita —repitió Sam, con voz temblorosa, inestable, casi rota—. Conociste a un hombre en la biblioteca y saldrás en una cita con él.

Porque por más que Bucky le dijo que sólo irían a un restaurante barato a comer sándwiches, beber jugos y hablar sobre el libro que ambos estaban leyendo, Sam seguía diciendo que saldría en una cita.

Bueno, Marie dijo que estaba bien distraer mi mente con actividades fuera de casa —mencionó con un encogimiento de hombros.

Bucky puede escuchar perfectamente el momento en que Sam traga.

Así que saldrás en una cita para distraer tu mente —asintió Sam, como si hablara consigo mismo en lugar de con él.

Sam… —comenzó, pero la realidad es que no tenía nada que decir. No sabía por qué era tan impactante que saliera con un conocido o en una cita, lo que sea—. Sarah dijo que estaba bien —reveló como último recurso.

Sam parpadeó un par de veces y soltó las sábanas que cargaba entre manos. No dijo nada mientras preparaba la cama donde Bucky dormiría, extendió la sábana, amoldó las almohadas y dejó una frazada en el medio de la cama con extremo e innecesario cuidado, hasta entonces miró a Bucky.

Por supuesto, Buck, salir con personas está bien, ayuda mucho a distraer la mente —concedió con una sonrisa honesta y diminuta, definitivamente la más chiquita que Bucky recordaba jamás había visto en Sam—. Gracias por decírmelo.

Bucky no entendió y se sintió fuera de lugar. Porque las palabras de Sam eran amortiguadoras, seguras, honestas y reales, pero su rostro y su cuerpo no paraban de lanzar señales de tristeza y decepción. La curvatura de su columna, los hombros caídos, las cejas fruncidas, las comisuras tensas hacia abajo, los ojos brillantes, el arrastrar de sus pies, su andar medio perezoso y las zancadas apresuradas. Algo andaba mal.

Mi vuelo sale mañana, Sam —mencionó durante la cena—. No es… está bien si voy sólo al aeropuerto, sé que tienes trabajo.

De ninguna manera, Buck. Iré contigo —aseguró con una sonrisa—. Seguro Joaquín puede manejar mi ausencia unas horas.

Bucky imitó la sonrisa de Sam lo mejor que pudo, al mismo tiempo que hacía lo posible por no mirar todas las señales en Sam que gritaban que algo no estaba bien. Porque si lo hacía, si tenía la osadía de pensar un poco más allá, tal vez descubriría que era su culpa.

No fue necesario mirar un poco más.

Bucky pudo oírlo.

Era tarde, tan tarde que quizá ya era temprano.

Llanto. Un llanto ahogado, silenciado por algo sollozante, roto y completamente desgarrador. El llanto de Sam, el llanto de la habitación de al lado, el llanto más cruel que Bucky jamás había oído en alguien más.

Se acabó —dijo Sam, con voz ronca, débil, quizá apenas audible para una persona no-mejorada—. Esta vez es en serio. Es real. Se terminó.

Silencio, bullicio. Una llamada telefónica. Sollozos ahogados.

No estás escuchando. No. No quiero la baja. Todo lo contrario —pidió entre dientes—. Ya no puedo, Rhodes. Se acabó.

Llanto. Bullicio telefónico. Sollozos.

¿Qué se supone que le dijera? Es familia, es familia, ¿entiendes? No se necesita de un estúpido papel de adopción, él es familia —repitió con voz rota.

Bullicio telefónico. Llanto.

No. Se acabó. Ha pasado demasiado tiempo, Rhodes. Se ha ido, no hay… —bullicio telefónico, sollozos—. ¡Quiero que me ayudes! ¡Eso quiero, carajo!

Bullicio telefónico. Llanto. Llanto. Sollozos. Llanto.

No estuve cuando me necesitaba. Lo dejé cuando debí quedarme a su lado y pelear, lo solté. Dejé que cayera y casi lo pierdo. Y ahora ya lo perdí. Merezco esto. Él merece eso. Merece conocer a alguien, superar la mierda y ser feliz.

Bullicio telefónico. Hipidos, sollozos.

Volveré al trabajo, Rhodes —dijo contundente, tragando y sorbiendo—. Bucky ya no me necesita. Haré el papeleo pertinente. Expresaré la situación extraordinaria. Lo que sea.

Bullicio telefónico. Llanto. Resoplido.

El gabinete puede besarme el trasero. Estoy advirtiéndote que estaré cerca, Rhodes, no estaba pidiendo tu consentimiento —silencio—. Se acabó, ¿oíste?

Suspiro.

Tendrá una cita —bullicio telefónico—. Significa que está mejorando. No me necesita. Funciona. Así estará fuera de peligro. Wakanda no… esto ya no es así, Rhodes, es… es Bucky, no el Soldado.

Bullicio telefónico. Llanto ahogado. Sollozos.

Debo dejarlo ir. Hoy, más tarde. Joaquín irá.

Silencio. Bullicio telefónico. Suspiro.

Se acabó. Seguro. Te veré a las tres.

Bullicio telefónico.

Gracias.

Corazón acelerado, el suyo. El corazón de Bucky late como loco contra su pecho mientras la habitación de Sam está ahora en silencio, a veces con el eco de un sollozo.

—Mi vuelo salió a las seis de la mañana —suspiró Bucky—. Le dejé una nota a Sam y me fui.

—Escapaste.

—Era un vuelo sin escala.

—No lo llamaste.

—La alerta llegó a mi teléfono.

—No te despediste.

—Él lloraba por mi culpa —gruñó.

Marie parpadeó y lo observó en espera de algo.

—Me sentí culpable, triste, decepcionado. No creí que estuviera escapando, no se sintió como todas aquellas veces que estaba huyendo, no. Esta vez… esta vez sentí que debía irme, sentí que era mi culpa. Sentí… —pausó, mirando a Marie directamente a los ojos—. Tenía un peso en el pecho, y sólo disminuyó cuando me subí al avión y volví aquí. Él lloraba por mi culpa.

Marie respiró hondo y tomó una de las hojas de su mesa, leyó superficialmente y asintió para sí misma.

—¿Has hablado con Sam desde entonces? —preguntó con voz neutral. Bucky tragó y negó, omitiendo que sólo envió un mensaje de texto asegurando que estaba vivo y bien—. ¿Y por eso no hiciste lo que sugerí?

—¡Él tampoco ha llamado, Doc! —exclamó con el entrecejo fruncido—. Pensé que era por la cita o lo que sea, pero él no ha llamado, y Sarah tampoco. No he hablado con nadie.

—¿La cita cómo fue?

—Desencadenante. Fue el martes.

George es un hombre moreno, de cabello castaño y ojos azules, alto, ligeramente musculoso y de sonrisa encantadora. La clase de hombres que Bucky sin duda evita porque son brillantes, encandilantes. Pero George no.

Bucky había generado el hábito de ir a la biblioteca todos los días sin falta, tomaba algún libro de ciencia ficción y pasaba su tarde junto a la ventana que daba a los locales vecinos. Nunca le prestaba atención al tablero de actividades y anuncios de la entrada, así que se perdió por completo la firma de libros que haría una tal Lauren M.

Cuando entró a la biblioteca supo que había sido un error pasar por alto los anuncios: estaba abarrotada. Y en tan sólo quince minutos pudo conseguir información de la autora y sus obras por medio de los fanáticos que no lo dejaban pasar a la sección de ficción espacial. Chocó con George entre las guerras espaciales y los reinos de hadas.

George era un gran fan de Lauren, autora de una increíble trilogía de viajes en el tiempo. Bucky se fascina con escuchar las reseñas y accede a pasarle su número para hablar más sobre el primer libro de la trilogía. Doce días más tarde se encontraría preparándose para salir a almorzar con el chico.

Debo admitir que no soy de aquí, James —reveló George—. Nací y crecí en Filadelfia, solo he venido por una propuesta de trabajo. La firma de libros y conocerte fueron un extra muy atractivo —rió—. Pero debo ser honesto, James. Me dedico a la historia, por eso me obsesioné con los viajes en el tiempo.

Vaya, ¿siendo profesor?

No lo sé aún, por ahora sólo hago investigaciones para el museo del estado —admitió comenzando a sonrojarse—. Y sé quien eres. Es decir, sé tu historia, James.

La historia de James Buchanan Barnes, el Sargento, el Soldado y el hombre.

Creí que debías saberlo —comentó bajito—, porque tu historia no es algo que me intimide. Creo que es asombrosa. Creo que tú lo eres. Asombroso y… sí.

—¿Qué desencadenó? —alzó una ceja Marie, inclinándose al frente con curiosidad.

—Casi tuvimos sexo —confesó con voz estrangulada, y continuó antes de que Marie soltara más preguntas—. No pude hacerlo. Tuve una… fue como un destello… un momento estaba con él… y al siguiente estaba en otra parte. Creí que estaba soñando, pero sabía que estaba despierto. Hasta después entendí que era un recuerdo.

Su cuerpo estaba hirviendo, el clima a su alrededor era húmedo, el espacio era estrecho y tenía un cuerpo pegadisimo al suyo. Lo estaban besando. Él devolvía el beso y recorría la mandíbula lisa del hombre que lo tenía preso en el reducido espacio, entre una pared y sus bien formados pectorales. Bucky los recorrió con sus manos y siguió bajando hasta llegar a la cinturilla del pantalón. Es un pants y sólo necesitaría deshacer un ridículo nudo para poder sentir la erección del hombre entre su mano.

Se apartó del beso y escuchó respiraciones agitadas, la suya y la de él. No se detuvo y se escurrió por su mandíbula y cuello para probar la piel de ahí, huele a jabón y se siente suave.

Déjame tocarte —se encontró pidiendo Bucky mientras jugueteaba con el elástico de unos boxers—. Sólo esta noche, te prometo que haré que disfrutes de cada minuto.

Su voz es agitada, ronca, suplicante.

Déjame tocarte, déjame hacerte sentir bien —repitió como ruego, arrastrando la voz y la lengua sobre la piel del pecho.

Follame —ordenó el hombre con voz grave, profunda, deseosa.

Y justo cuando Bucky alzó la vista para reconocer tal orden de los propios ojos ajenos, como era debido, se encontró con la mirada expectante de George.

¿Puedo quitarte la playera? —preguntó él con una sonrisa ladina y las manos en el dobladillo de su playera, su voz simplemente agitada, diferente a la que había escuchado ordenar.

No. Lo siento, no. No puedo.

—Me disculpé hasta que salí de ahí —admitió con hombros caídos.

—Y no has hablado con nadie desde entonces —dedujo Marie—. Ni George, ni Sarah, ni Sam.

Bucky negó y dejó caer sus codos sobre sus piernas.

—No he parado de recordar, Doc, pero… —suspiró—. Busqué ser mi propio desencadenante. No, no me mire de esa forma, no me he hecho daño. Sólo he ido a los sitios que deberían traer recuerdos, funciona.

—¿Qué recordaste? ¿Dónde?

—Trabajé con Joaquín Torres en el Hangar de Iowa, una misión de rastreo. Ayudé a reparar la casa del señor Lenne en la Avenida Bronx. Mi traje táctico está en algún complejo, hay más de uno. Tenía una casa en Brooklyn. Pasaba ratos libres en un albergue de animales. Mi equipo de búsqueda y rastreo está confiscado por Rhodes, sólo conservo una computadora portátil.

Bucky se detuvo y se encogió de hombros. Observó su reflejo antes que a Marie.

—Aún tengo espacios en blanco.

—La recuperación no es lineal, Bucky.

—Tampoco tan larga —se quejó.

—Es un caso extraordinario —sonrió Marie. Bucky bufó y se enderezó.

—Llamaré a la princesa de Wakanda, Doc —confesó derrotado. Marie parpadeó y ladeó la cabeza con una mueca pensativa.

—¿Qué pasaría si esa no fuera la respuesta?

—Supongo que la veré en la próxima sesión —suspiró Bucky, mostrando una sonrisa apretada. Marie asintió y suspiró.

—Llámame, Bucky. Aunque no lo puedas ver ahora, tu recuperación va muy bien —animó ella, con su característica sonrisa suave y ojos brillantes—. Estoy para apoyarte.

—Gracias, Doc.

Y un tintineo proveniente del teléfono de Marie les anunció que la sesión había terminado.

Es un sueño lo que lo llevó a aquel puente. El sueño en realidad está formado de un recuerdo que sí conoce, un recuerdo que puede escuchar, ver y sentir vívidamente sin problema. Pero también tenía partes difusas, borrosas, distorsionadas. Diferentes.

En el sueño camina con Sam y Zemo, su ropa es extraña y las voces son distantes. Ve a Sam con claridad, usando un traje llamativo, luego busca a Zemo y Sam sólo trae puesto su traje del Capitán América. No hay un olor peculiar a Madripoor alrededor, ahora solo huele pólvora, cuero y humo.

—Están debajo —susurró Sam, pero Bucky lo puede escuchar perfectamente en su oído.

La siguiente vez que Bucky lo observa están en un bar y hay una serpiente en la barra. Bucky parpadea y sigue las indicaciones de Zemo para golpear. Sam sostiene su brazo, parpadea y ya no es Sam. Es un sujeto con el rostro cubierto, un cuchillo en las manos y a centímetros de sus ojos.

—Se acabó el tiempo, Soldado.

Luego corre acompañado. Sharon sostiene un arma frente a ellos. Sam se acerca. Sharon dispara a su brazo. Corren de nuevo. Cae del puente entre golpes. El agua inunda sus pulmones. Steve lo saca del agua. No. Él saca a Steve del agua. Sam lo observa porque su brazo de metal está atrapado. No. Lo observa desde una silla. No. Desde el asiento del avión. No. Desde el muelle. No. Desde una banca. No. Desde una tarima. No. Desde las alturas. No. Desde el sillón de su departamento. No. Despertó.

Bucky sabía lo que pasó porque Sam se lo explicó. Pero no lo recordaba realmente.

—El puente de Zenca tiene muchos cables, Buck, herrería y grilletes en toda la estructura. Tuviste múltiples contusiones —explicó Sam con la mirada en sus manos—. Al parecer es un milagro que hayas despertado.

Las múltiples contusiones, al parecer, fueron importantes porque Bucky no es capaz de recordar con claridad cómo mierda cayó al agua.

Y por eso termina ahí.

En el puente de Zenca.

Tiene herrería, grilletes y cables enormes, pesados e impresionantes. Los cables se entrecruzan unos con otros entre varillas y fierros, hay tornillos, grilletes y tuercas fuertemente ajustadas. Sabe que la pelea no fue ahí. Lo sabe porque visitó las noticias de internet y estuvo siguiendo la reparación de los verdaderos daños, mínimos, pero daños a final de cuentas.

Bucky camina por un costado, evitando estar al medio del paso de autos. Y sabe que quizá tome horas, pero también sabe que la respuesta debe estar aquí.

Ha dejado a Sam varios metros atrás, pero Bucky no se detuvo, corrió detrás de las figuras que se apresuraban hacia un extenso puente. Los vió intercambiar palabras, pero no alcanzó a escucharlos.

¿Buck? —llamó Sam por el intercomunicador.

Sigo una pista —gruñó—. Voy al puente. Todo en orden.

Frente a él se extendía un amplio y verdoso paisaje, escuchaba el agua y cuanto más se acercó más distinguió la gran forma de un puente de hierro alzándose imponente y firme.

Las dos figuras detuvieron su carrera frente a otras dos, hubo más intercambio de palabras que no alcanzó a escuchar, pero tampoco necesitó hacerlo para lanzar un cuchillo al brazo de la primera figura y enterrarlo en su piel. Su gruñido salió muy fuerte y no detuvo la carrera de Bucky, por el contrario, la aceleró.

Tres de las figuras corrieron hacia él, hombres altos y aparentemente fornidos, con armas en manos y gestos aterradores. La cuarta figura se detuvo inclinada en el piso inspeccionando un cubo metálico.

Bucky golpeó con su brazo, los alejó y desarmó, detuvo las dagas, recibió las balas en el brazo de metal y golpeó con su brazo de carne. Entonces la cuarta figura se incorporó sin el cubo y giró la cabeza hacia Bucky.

Es Sharon. Sharon Carter.

Metió la mano en la gigantesca chaqueta y sacó un arma indudablemente extraoficial, Bucky sabía que ningún agente de la CIA cargaba con ese tipo de arma. Le apuntó a su brazo de metal y disparó.

El brazo falló. Chisporroteó y perdió su fuerza y movilidad. Dos hombres se lanzaron contra su espalda y Sharon volvió a disparar, esta vez a su pierna. Pensó en los teaser que Joaquín le mostró la semana pasada, también pensó hija de puta, y pensó que debería moverse porque lo estaban estrangulando, pero no se podía mover. Sharon disparó dos veces más y entonces sintió muchos golpes. Intentó cubrir su cabeza, aunque en realidad no sabía qué mierda estaban haciendo sus extremidades.

Sintió espasmos, electricidad, golpes, presión y después una caída libre.

Estaba cayendo de verdad. Dos de sus extremidades temblaban incontrolables y Bucky sólo podía ver el cielo brillante alejarse cada vez más, opacándose con rapidez hasta que sólo hubo oscuridad y después sus sentidos estaban bajo el agua. Agua en los oídos, en sus manos, en su cuerpo, en su boca, en su nariz, en sus pulmones. Y había tanto, tanto silencio.

Bucky respira agitado y recuerda.

La siguiente vez que estuvo consciente estaba en el hospital del complejo, altamente monitoreado, sin brazo y con Sam a su lado.

Hola —sonrió Sam—. Llamaré a Russell.

Russell era un doctor, su doctor, aparentemente especializado y entrenado específicamente para atender a los súper soldados. Revisó estudios, signos, reflejos y movimientos, y todo estaba bien hasta que no lo estuvo.

¿Tienes dolor en el cuello? —preguntó Russell.

Un poco —bufó—. Será la cama, ya estoy bien.

Señor Barnes…

De verdad. Sólo fue una pequeña explosión, estaré bien. Escucho a la perfección y no hay mareo —aseguró con labios apretados.

Sam parpadeó y observó a Russell con ojos enormes antes de volver a mirar a Bucky.

¿Qué explosión, Buck?

La del Hangar 13. ¿Cómo está el niño, eh? Debiste verlo, ha practicado y vuela decentemente —comentó—. El niño está bien, ¿verdad?

Sí, sí, Joaquín, sí. Él está bien —aseguró Sam, tragando y mirando nuevamente entre Russell y él—. Buck, ¿esa es la misión que recuerdas?

Pues sí, Wilson, yo no hago los reportes pero sí los leo.

Russell tomó la carpeta de su cama y revisó un par de cosas antes de observar a Bucky con seriedad.

Señor Barnes, ¿me puede repetir la fecha de su misión con el agente Torres? —pidió el doctor.

Bueno, no sé la fecha de hoy pero salimos el primer jueves de agosto —se encogió de hombros y miró a Sam—. El archivo debería estar en agosto del 2025.

Y ahí, cuando terminó de hablar, es cuando se volvió evidente que todo estaba mal.

El rostro de Sam se descompuso y miró a Russell en espera de una explicación, el doctor escribió en la carpeta y suspiró cuando vio una pizarra en la pared. La pizarra tenía notas adheridas con chinchetas, había colores muy llamativos y recuadros que marcaban palabras como "Luisiana", "Cumpleaños de Gil", "Los Angeles", "Prensa de Georgia". Pero Bucky se congeló cuando encontró la parte superior de la pizarra y leyó: Febrero 2028 - Wilson.

No estamos en el 2025, ¿verdad? —preguntó con voz gélida, incapaz de mirar más allá de cada recuadro y cada evento que este marca. Nada le es familiar ni siquiera el que dice "Cita Bucky".

Me temo que no, señor Barnes.

El puente de Zenca queda a una hora y media del complejo a donde llevaron a Bucky cuando cayó al agua. Cuando fue lanzado por el puente.

—Niño —saludó Bucky por teléfono—, ¿estás en el Complejo Este?

—Sí, estoy en la sala de monitoreo —respondió con cautela—. ¿Todo en orden?

—Mantén la puerta abierta para mí, llegaré a las seis.

—Claro, sí —dijo de inmediato—. Uh, ¿debo avisar a alguien?

—En absoluto, Torres. Nadie debe saberlo.

A Bucky le agrada Joaquín porque sabe hacer su trabajo muy bien, incluso cuando no se lo pide. Esta vez no es la excepción. Bucky recuerda vívidamente una última misión, una de rastreo con Joaquín y sin Sam, recuerda la comunicación aprendida entre ambos para no perder tiempo y anticipar situaciones de pelea, y las usa para entrar al Complejo con nada más que su teléfono y Joaquín al otro lado de la línea.

—Debo llegar a mi módulo, Torres, en la sala de clínicas. Guíame.

—Correcto — murmuró al teléfono—. No hay tanto movimiento, puedes llegar más rápido por la estancia.

—Sin testigos, niño —pidió sin moverse de su sitio.

—Bueno… entonces supongo que daremos un paseo por el taller de Banner, señor —se burló.

Vale la pena la interacción entre bromas, incertidumbre y mala señal. Joaquín lo guía entre salas, puertas, corredores y ventanas para llegar a su módulo. Todo está solo y en silencio a excepción de la respiración de Torres al otro lado del teléfono.

—¿Debería llamar a alguien, Bucky? —preguntó con voz baja—. ¿Quieres que Sam venga?

—No —murmuró rotundamente—. Yo me encargo, Torres, gracias. Manténme en la sombra.

—Mantén el teléfono cerca.

Y cuelga. La camilla donde pasó un par de semanas entre inconsciente, consciente y confundido está en la misma habitación. Quieta, pulcra y aparentemente intacta. Ya no hay nada en la pizarra de la pared. Ahora solo dice Mayo 2028 pero no hay eventos marcados en las casillas, ni siquiera números.

Bucky desliza la puerta, cierra la cortina y se acerca con cautela a la pizarra, a la cama, la ventana y la silla. Él recuerda sin necesidad de estar aquí.

¿Qué pasó?

Buck, no creo que…

Dime qué pasó, Sam —exigió.

Es mucho tiempo, Bucky, tú no… —masculló entre dientes.

¡DIME QUÉ MIERDA PASÓ! ¡DILO, SAM! ¡¿POR QUÉ CARAJO NO PUEDO RECORDAR OTRA VEZ?! ¡DIME QUÉ PASÓ!

Su garganta ardía, su cuerpo dolía y sus ojos derramaban lágrimas. Su respiración estaba agitada, su mano temblaba y su labio sangraba.

Hill nos envió información sobre una esfera "D514", sirve como batería para un barco armado que puede explotar con la fuerza de una bomba nuclear. Sin la esfera es inutil, sólo un pedazo de metal —comenzó a explicar—. Joaquín dijo que había habido interacciones extrañas durante su creación y traslados. Fuimos a investigar y nos encontramos en medio de una persecución por robo.

¿La consiguieron? —interrumpió.

No —dijo inmediatamente—. Pero tú… te fuiste, en algún momento saliste corriendo detrás de alguien y sólo dijiste que era una pista. Les quitamos la esfera, Joaquín dijo que Sharon estaba ahí, junto a tí. Luego desapareció tu señal, después la de Sharon. Cuando fuimos a buscarte todavía nos estaban siguiendo. Seguimos la última señal hasta el puente. Sharon nos gritaba desde abajo, gritaba que no podía alcanzarte, que estabas herido y no nadabas. Ella… ella no podía llegar a tí. Y yo tampoco. Joaquín se lanzó al agua. Yo podía manipular a Redwing para que mantuviera la esfera a salvo mientras peleaba con el resto de los ladrones.

Hizo una pausa muy larga, Bucky no se atrevió a romper el silencio. Esperó con la mandíbula apretada y la mirada en las sábanas.

Joaquín logró sacarte. Sharon ya había pedido transporte y nos fuimos. La esfera estaba a salvo, los ladrones libres y tú inconsciente. Te… te trajimos aquí y… pasaron horas, Buck, yo… ni siquiera he hecho el reporte —rió sin gracia. Entonces hizo algo insólito: tomó su mano entre las suyas y acercó su rostro hasta que pudo sentir perfectamente su respiración. Bucky está bastante seguro de que eso que tocaba su dedo índice eran los labios de Sam.

Luego sucede algo inaudito: Sam lo soltó. Lo soltó bruscamente y se alejó, como si se hubiera quemado, Bucky lo sabía a pesar de que Sam intentaba disimularlo con una falsa corrección de postura y sacando el teléfono de su bolsillo.

No recuperamos tu teléfono —mencionó con voz baja y rota—. No te preocupes, me encargaré de recuperar los números y lo que sea…

Pero su voz se perdió mientras observaba la pantalla de su teléfono.

Uhm… Russell dijo que estabas bien porque el suero había hecho lo suyo, pero… bueno, la cabeza es… complicada, supongo.

No hubiera podido contener su resoplido ni aunque hubiera querido.

No recuerdo ni una mierda de los últimos tres años, Sam, complicado no es… complicado sólo…

Oye, oye —interrumpió Sam—, esto puede ser temporal, puede…

¡NO LO SABES! —gritó, porque no sabía de qué forma hacerle entender a Sam que esto ocurría una y otra y otra vez: le arrebatan su vida de cualquier forma, toman sus recuerdos, los pierden, los distorsionan y después, cuando todo está realmente jodido, se los devuelven.

Le diré a Sarah que estás bien —anunció después de un silencio largo y aplastante.

Bucky volvió a resoplar. Al menos ella es alguien a quien recuerda.

Él no está en esta habitación por lo que ya sabe que pasó, sino por lo que se perdió pero que definitivamente había sucedido.

Estás vivo —saludó Sharon, con una mueca poco complacida para tal hecho.

Eso parece —respondió, con el mismo rostro que le ha mostrado a todo el mundo desde que algo tuvo sentido nuevamente.

¿Y Sam? —preguntó con una ceja enarcada.

Fuera.

Sharon asintió y cerró la puerta con cautela.

¿Qué intentabas, Barnes? ¿Qué estabas pensando? —exigió saber con la mandíbula apretada. Bucky rodó los ojos y dejó caer la cabeza sobre la almohada para mirar al techo.

No vengas con esa mierda, Carter, no la necesito —gruñó—. He tenido suficiente con las oraciones a medias de Sam, no te necesito con estúpidas preguntas retóricas.

No hubo respuesta, pero tampoco se fue. Bucky suspiró y la miró, lucía cautelosa.

Yo qué sé, Sharon, tal vez estaba siendo un idiota arrogante, no lo sé, Sam dijo que fui tras una pista, no lo recuerdo.

No… ¿no lo recuerdas? —repitió con el rostro contraído.

No —hizo un ademán flojo a su cabeza y negó—. Tres años en blanco —y sonrió, porque Sharon es la única que le mostró una variedad de emociones que no incluían la lástima. De hecho, casi podía ver en su mirada las mismas emociones turbias que sus propios ojos reflejaban.

¿Y Sam? —repitió tentativamente.

No sé, salió y ya —suspiró y frunció los labios antes de añadir: —Creo que nos hicimos suaves en algún momento de los últimos años porque parecía preocupado —comentó con tristeza, más para sí mismo que para Sharon.

Ella ni siquiera le respondió, simplemente murmuró algo de ir a buscar a Sam y se fue. A Bucky le agradó un poco más.

Las piezas estaban correctas en su sitio. Encajaban en todas sus formas. Pero no lograba entender qué imagen estaban mostrando. No lograba comprender lo que veía.

—¿Joaquín? —preguntó al teléfono.

—Todavía aquí —respondió de inmediato.

—Llama a Sam —pidió con voz distante. Joaquín se mantiene en silencio unos momentos que a Bucky le parecen una eternidad.

—Enseguida.

—Niño —llamó rápidamente antes de perder la línea—. ¿Podrías encargarte de las cámaras y micrófonos? ¿Asegurarte que no lo vean?

Un nuevo silencio.

—Seguro, señor. Te haré saber cuando esté aquí.

Podrían ser horas.

Pero tal vez no.

Si tiene razón.

Será pronto.

Lo primero que hizo Bucky, después de que las rabietas terminaron y le devolvieron su brazo reparado, fue preguntar por su casa.

Bueno, tu departamento está en Brooklyn —dijo Sam, mirando a Joaquín brevemente antes de mirarlo con una sonrisa—. Definitivamente está mejor amueblado a como debes recordarlo —rió.

Brooklyn está lejos de aquí —mencionó con el entrecejo fruncido.

Yo te mantengo al tanto de las actividades —intervino Joaquín—, incluso más que a Sam, él es más… burócrata.

Sam le lanzó un pañuelo arrugado y resopló.

Pero de todos modos pasas más tiempo por aquí —rió Joaquín—. O con Sam.

Otro pañuelo.

Somos equipo —habló Sam—. Hacemos las misiones juntos y, bueno, obviamente te invito a casa cuando todo sale bien.

O muy mal —añadió Joaquín.

Otro pañuelo.

Como sea, puedes quedarte conmigo mientras te recuperas —sonrió Sam—. Te molestaré un par de semanas, después debo volver al trabajo.

Y Bucky sólo asintió, decidido a ignorar las miradas entre Joaquín y Sam, parecían tener una buena comunicación con nada más que sus cejas. Bucky no necesitaba de esa mierda.

Sólo lo necesario, Sam —suspiró—. Después me iré a casa. O volveré al trabajo. Lo que sea que haya estado haciendo.

Bucky está sentado en uno de los sillones de la habitación cuando la puerta es abierta sigilosamente y de inmediato entra un hombre de la misma forma, no se demora en cerrar la puerta.

—Ya está, Joaquín —avisó Sam con los dedos puestos en su oreja. Giró y sus miradas se encontraron—. Bucky.

No sabe cuánto tiempo ha pasado, pero el alivio en el rostro de Sam insinúa que ha pasado una eternidad.

—Estás aquí —respiró Sam con alivio.

Bucky respira hondo y se incorpora, se acerca con cautela y observa por el cristal el oscuro camino por el que Sam debió llegar.

—¿Alguien sabe que estás aquí? —preguntó, deteniéndose de indagar qué pretexto debió darle a Rhodes para dejar el trabajo.

—Sólo Joaquín —respondió con el entrecejo fruncido—. Escucha, si necesitas ayuda…

—Necesito que me escuches —interrumpió—. Necesito que me ayudes a entender. ¿Confías en mí, Sam?

—Por supuesto, Buck —afirmó de inmediato.

Bucky asiente y no dice nada por varios segundos, observa a Sam a pesar de la poca luz que hay en el lugar y respira hondo antes de hablar: —Me mentiste —declaró sin más, contundente y seguro de sus palabras, Sam no se movió en absoluto—. Sobre nosotros.

—¿Qué?

—Estoy seguro de que estábamos saliendo o algo así, Sam. Como saliendo o en una relación. No puedo recordarlo con claridad, pero había algo… y tú… —contuvo la respiración y se encogió de hombros antes de volver a respirar—. No dijiste nada.

—¿Qué estás…? ¿Cómo sabrías…? ¿Por qué dices eso? ¿Por qué…?

—¡Porque no he parado de recordarte! —exclamó en un grito medio ahogado—. Cada rincón del mundo en el que he estado desde la última vez que volví lo he recorrido contigo, pero mi casa… Sam, tú estuviste ahí, cruzando la puerta, en la cocina y en mi cama, debajo de las sábanas y tan, tan cerca.

No se avergüenza por el quiebre de su voz, por el temblor de sus manos ni la rigidez de su cuerpo, Bucky está desgarrado de adentro hacia afuera porque, de todas las personas en el mundo, él estaba seguro de que Sam sería la única que jamás le mentiría.

—Tu y yo… —continuó agitado— tu y yo estuvimos juntos, Sam.

Sam traga visiblemente nervioso, pero no aparta la mirada, la sostiene y se mantiene serio, firme y ajeno a la devastación que Bucky siente en cada fibra de su ser. Él respira hondo, resignado, atrapado, y asiente firmemente.

—Era algo nuevo, supongo —dijo bajito, sereno e impasible. Bucky quiere lanzarse sobre él para sacarle las palabras, las explicaciones y las razones con sus propias manos—. Apenas fue la primera misión que tuvimos juntos después de comenzar a salir, Buck, yo…

—¡Estábamos saliendo! —gruñó Bucky, indignado y furioso en partes iguales—. ¡No me interesa si ese mismo día por la mañana te invité a salir, Wilson, tú me mentiste! ¡Elegiste por mí y decidiste que yo no necesitaba saber nada de eso! ¡Te atreviste a mirarme y lanzarme a los brazos de alguien más! ¡LO HICISTE SABIENDO QUE YO TE HABÍA ELEGIDO A TI!

—¡YO NO LO SABÍA! ¡NO SABÍA SI ME HABÍAS ELEGIDO! ¡NO SABÍA NADA! ¡TÚ NO ME RECORDABAS! —gritó de vuelta, finalmente mostrando los ojos húmedos y el cuerpo tembloroso.

—¡¿Y NO PLANEABAS DECÍRMELO NUNCA?! ¡¿SIMPLEMENTE ME BOTARÍAS COMO SI NO HUBIERA PASADO?! ¡¿DIRÍAS QUE ESTABA LOCO CUANDO MENCIONARA RECUERDOS A TU LADO?! ¡¿EH?! ¡¿QUÉ PENSABAS HACER ENTONCES?!

—¡ME IBA A ALEJAR, CARAJO! ¡IBA A DEJARTE!

Y eso es lo que finalmente logra silenciar el escándalo de Bucky, sólo superficialmente, porque está seguro de que Sam le ha pateado justo en el pecho, está seguro de que acaba de enterrar su mano entre sus costillas y ha estrujado todo lo que sus manos pueden sentir, sus pulmones, su corazón, su tráquea, su estómago, todo.

Traga a duras penas y retrocede los pasos que ni siquiera notó que había recorrido para alcanzar a Sam, tal vez su cuerpo sí estaba intentando estrangularlo o algo por el estilo. Ahora ya no quiere nada.

—Yo sabía que algo estaba mal, ¿sabes? —murmuró Bucky, desviando su mirada de Sam hacia sus zapatos—. Podía sentir que algo estaba mal y que algo faltaba. Tu eras diferente a lo que recordaba, más suave, más cercano, más… tierno. Pero tenías todas esas miradas con Joaquín, pensé que había sido algo de equipo, que tal vez ahora éramos suaves entre nosotros. Pero seguías mirándome tanto todo el tiempo, como si estuviera a punto de decir algo importante o como si fuera a explotar, no podía decidirme por una. Y lo entendí, creí que estabas preocupado. Pero luego estaba Sarah, Joaquín, Rhodes, tú y todo lo demás, ¡mierda! No tenía ni idea de qué creer.

Niega para sí mismo y, armado de valor, levanta la mirada para encontrarse con los ojos inundados de Sam.

—Tuve esta cita y todo el mundo parecía confundido, como si no tuviera sentido que yo siguiera con mi vida. Y tú estabas tan triste, habías llorado y yo sentía que había sido mi culpa —suspiró y soltó una risa carente de gracia—. Estuve a punto de tener sexo con este tipo de la biblioteca —reveló todavía sonriendo sin diversión, Bucky no se pierde el rostro descompuesto de Sam y las pesadas lágrimas que caen por su rostro—. Y de alguna manera pude verte antes de hacerlo. De pronto eras tú el que estaba sobre mí, el que me pedía tocar y quedarme toda la noche, eras tú el que me besaba sin pretextos y tus manos estaban sobre mi.

—Buck…

—Debiste decírmelo —interrumpió bruscamente, cortante y roto—. Debiste decirme que estábamos juntos y que tú no querías eso. Debiste decirme porque ahora no conozco nada más, Samuel, tengo un montón de recuerdos inconexos y la certeza de que eras tú a quien quería a mi lado, por todo el mundo y en especial en casa. Debiste decirme que esto se había acabado y que…

—¡Detente! —pidió Sam, se escuchaba casi como una súplica, con la voz rota y un corto sollozo escapando desde su pecho.

Bucky respira entrecortado y niega: —Debiste decirme que te recordaría, pero que ya había pasado y no querías volver a eso, debiste…

—¡Tú nunca dijiste nada de esto, Barnes! —exclamó Sam, tembloroso y atónito.

—¿Qué?

—Tu jamás dijiste nada de lo que hablas justo ahora —repitió con los labios hundidos en una mueca triste, completamente abatido y genuinamente confundido—. Bucky, yo no sabía si tu me elegirías al final del día. Comenzamos a salir y no tomó demasiado tiempo terminar en la cama juntos porque siempre hemos estado juntos, yo siempre he querido estar contigo, yo… —respiró hondo y se acercó un par de pasos—. Yo creí que no era importante para tí, que en realidad no sentías nada por mi porque, ¡por Dios! Nunca hablaste de tus sentimientos conmigo y ni siquiera recordabas que habíamos estado juntos, yo no… ¿qué se supone que debía hacer?

—Pudiste decirme —respondió de inmediato.

—Podrías haber creído que estaba mintiendo, que había perdido la cabeza o qué sé yo. Podrías haberte asustado y haber desaparecido y entonces, ¿cómo te encontraría?

—Ya lo has hecho antes.

—Antes no había compartido tanto contigo como ahora. Antes no estaba enamorado de tí y antes no me preocupaba darte tu espacio, antes sólo quería arrastrar tu estupido trasero con Steve.

Bucky niega para sí mismo y suspira derrotado, intentando que las emociones salgan de su cuerpo a través de suspiros y se lleve con ellos la rigidez de sus extremidades.

—Debiste decirme —insistió débilmente.

Sam luce como si hubiera recibido un puñetazo en el rostro, completamente descompuesto y desorientado, confundido y quizá un poco arrepentido, pero no dice nada por un largo rato. Es hasta después de un par de suspiro que vuelve a hablar en un susurro: —De verdad lo siento, Buck. No quería hacerte daño, no quería obligarte a una vida que no recordabas y ahora no quiero interrumpir la vida que estés formando. Sólo quería que fueras libre de elegir una vez más.

—Pues qué imbécil —dijo inmediatamente, mordaz y cortante. Sam acepta sus palabras con una mueca dolida y ojos caídos, totalmente resignado.

Comparten un nuevo silencio, apenas roto por suspiros y el susurro de su ropa con cada movimiento que se atreven a hacer.

—Sharon quería la esfera —reveló Bucky finalmente, porque ese debió ser el único motivo por el cual llamar a Sam. Él lo observa ceñudo—. Ella estaba en ese puente con otras personas. Tenía un cubo que no dejaba de mirar. Y luego me disparó, prácticamente me electrocutó hasta que no pude defenderme. Luego me golpearon hasta lanzarme al agua. Ella vino a verme cuando desperté, me preguntó a qué rayos estaba jugando, luego le dije que no tenía recuerdos y nada ocurrió. Se fue. Pero ella quería esa esfera, lo sé.

—Ella trabaja para la CIA —recordó Sam tentativamente, como si con el recordatorio Bucky fuera a retirar su declaración.

—El arma que llevaba no era de la CIA —replicó—. Y te recuerdo que vivió en Madripoor, nadie vive ahí por tanto tiempo sin corromperse aunque sea un poco, Sam.

—Ella… —pero nunca termina de decir algo sobre ella, se mantiene callado, pensativo y finalmente derrotado—. Haremos algo. Le diré a Rhodey y a Joaquín —aclaró con prisa, casi temiendo que Bucky se sienta involucrado—. Gracias.

—Mmm —susurró con falso desinterés.

Observa a Sam por largos segundos antes de entrecerrar sus ojos y hacerle una mueca interrogativa.

—¿Y qué haremos aquí? Tu y yo —aclaró, imitando la prisa cómica de Sam, quien le sostuvo la mirada confundida.

—Bucky…

—Tal vez no me creas porque hay un diagnóstico de pérdida de memoria, pero yo siempre te he querido en mi vida, Samuel —aseguró—. Puede que sólo tenga recuerdos fugaces de lo que es tenerte como un amante, pero sé que yo estaba ahí para algo más que sólo pasar la noche. Y creo que tú también lo sabes.

—Sólo quiero que seas libre —insistió débilmente, como si se estuviera aferrando a la última soga que lo salva de caer por un acantilado.

—Bien —resopló Bucky de mala gana. Se acercó a Sam con aire peligroso, como si de pronto su cuerpo fuera a cumplir el pensamiento que ceder ante el arrebato de destrozar a Sam tanto como se sentía Bucky—. Elijo estar contigo, Wilson. Quiero recuperar lo que teníamos.

—Ni siquiera recuerdas…

—Entonces empieza de nuevo —insistió—. Déjame decirte todo lo que no hice antes, déjame acercarme, déjame ser libre y elegirte.

Su voz suena tan suplicante e insistente como en algún momento lo hizo la de Sam, Bucky puede reconocer un deje de esperanza en su petición, pero no se retracta. Su corazón acelerado sólo se agita un poco más cuando Sam recorre la distancia que los separa y toma el rostro de Bucky entre sus manos, lo sostiene por la mandíbula y la base de su cráneo; Sam pasea la mirada por cada uno de sus ojos, como si buscara algo, como si leyera algo en ellos. Bucky no le pregunta, no lo interrumpe, sólo espera.

—¿Estás seguro? —preguntó finalmente, titubeante e inseguro.

Bucky sonríe lentamente, como si la misma sonrisa se estuviera arrastrando contra su voluntad hacia su rostro. Ni siquiera espera a terminar de sonreír, simplemente se acerca y une sus labios en un beso que le sabe a gloria porque silencia las voces de su cabeza, desata chispas en sus extremidades y espasmos emocionados en su estómago. Felicidad, tranquilidad, diversión, esperanza, realidad.

Se apartaron con lo que seguramente era la copia de una sonrisa boba en los labios, Bucky encontró su mirada y retó con un susurro altivo: —Convénceme.

Ya tendrían tiempo de resolver el resto.