CAPITULO 1
El autobús avanzaba con un suave traqueteo mientras Isabella intentaba acomodarse en su asiento, aunque el esfuerzo parecía fútil. Los asientos eran incómodos, como todos los que había utilizado en viajes anteriores, y su cuerpo ya entumecido protestaba por las largas horas de trayecto. Aunque estaba acostumbrada a viajar de esta manera, nunca lograba sentirse completamente cómoda.
De reojo, observó a Ethan, quien seguía dormido a su lado. El pequeño parecía ajeno al cansancio que ella sentía. Un bostezo escapó de sus labios antes de mirar el celular: 6:30 a. m. Llevaban más de 13 horas desde la última parada y más de 24 horas en total desde que iniciaron el viaje. Solo otras cuatro personas permanecían en el autobús, lo que le daba una sensación de extraña tranquilidad. Isabella exhaló profundamente, ajustándose en su asiento mientras dirigía la mirada hacia la ventana.
Afuera, la lluvia caía con suavidad, y una ligera neblina cubría el paisaje, podía percibir el exquisito aroma a lluvia, cerro los ojos y aspiro el olor. El verde exuberante dominaba el entorno, y los primeros rayos del sol iluminaban los gigantescos árboles que parecían tocar el cielo. Isabella no recordaba la última vez que había visto un paisaje tan hermoso y sereno.
Ethan se movió ligeramente y, frotándose los ojos, susurró con voz somnolienta:
—¿Falta mucho? Me gustaría comer algo.
Las palabras del pequeño la llenaron de una mezcla de culpa y tristeza. Durante el último año, habían vagado de ciudad en ciudad: Chicago, Maine, Carolina del norte y el ultimo Nebraska. Cada intento de establecerse había sido un fracaso, y ahora Seattle representaba su última esperanza. Había disfrazado el constante movimiento como una aventura emocionante para Ethan, pero sabía que su paciencia comenzaba a agotarse.
—Ya casi acabamos, amor, pronto haremos una parada para comprar el desayuno —le respondió mientras despeinaba suavemente su cabello castaño y tomaba su pequeña mano entre las suyas—. Mira este paisaje. Todo es verde.
Con renovado entusiasmo, Ethan se subió al regazo, apoyando sus manitas contra el cristal mientras admiraba el paisaje.
Isabella observó su reflejo en el cristal de la tienda a la que acababan de entrar, sintiendo una punzada de nostalgia al ver su cabello negro y corto. Suspiró, recordando con añoranza su larga melena castaña que solía caer en ondas por su espalda.
"Cómo extraño mi cabello", pensó con amargura, desviando rápidamente la mirada de su imagen. La palidez de su rostro parecía acentuarse aún más contra el contraste del negro, algo que siempre había detestado.
Ethan, ajeno a los pensamientos sombríos de ella, tiró de su mano con impaciencia.
— ¿Podemos llevar esto también, mami? — preguntó, mostrándole una pequeña caja de jugo con ojos esperanzados.
— Claro, cielo — respondió, forzando una sonrisa mientras intentaba apartar sus preocupaciones.
Tomó los productos y se dirigió hacia la caja.
No pudo evitar pensar en todo lo que habían dejado atrás. En cómo habían huido en medio de la noche, cambiando sus nombres y apariencias. En cómo había tenido que cortar y teñir su amado cabello para no ser reconocida. En cómo Ethan había tenido que dejar atrás sus juguetes y amigos sin entender realmente por qué.
"Es por nuestro bien", se recordó a sí misma mientras salían de la tienda. "Es la única forma de mantenernos a salvo".
Pero una parte de ella no podía evitar preguntarse si algún día podrían dejar de huir, si algún día podrían tener una vida normal sin mirar constantemente por encima del hombro.
Compró un sándwich, agua y un par de golosinas para ambos. Una chica castaña con gafas le entregó la comida con una sonrisa amable antes de devolverle el cambio. Mientras salían de la pequeña tienda, Ethan señaló los árboles cercanos con entusiasmo.
—¡Mira! ¿No parecen pinos de Navidad? —preguntó con ojos brillantes.
Isabella sonrió ante su entusiasmo.
—Sí, se parecen mucho —admitió mientras abría su barra de avena y le daba un mordisco, agradeciendo el alivio en su estómago.
El lugar era pintoresco y rodeado de vegetación. Ella cerró los ojos por un momento, inhalando profundamente el aire fresco y sintiendo cómo sus pulmones se llenaban antes de soltarlo lentamente. Era una sensación pura, reconfortante. Entonces, sintió un tirón en su pantalón. Ethan la observaba con la cabeza inclinada hacia atrás.
—Este es el lugar —susurró el pequeño, con una mirada de súplica—. Aquí me gusta. ¿Por favor?
Ella lo miró durante unos segundos, luego volvió la vista hacia el autobús. Aunque no era lo que Jasper había recomendado, sentía una extraña conexión con aquel lugar. Tal vez su fascinación por la vegetación o la tranquilidad del entorno la impulsaban a quedarse. Después de todo, habían probado suerte en grandes ciudades sin éxito. Quizá un cambio radical podía ser la solución.
Ethan necesitaba empezar la escuela pronto. Aunque Isabella le daba clases en casa, sabía que no podía sustituir la socialización con otros niños ni la estructura de un entorno educativo. Además, ambos necesitaban un lugar al que llamar hogar.
—No se diga más. Si te gusta aquí, entonces nos quedaremos —dijo mientras lo abrazaba. Ethan respondió con besos en la mejilla.
Inmediatamente después, el pequeño se soltó de los brazos de de su madre y salió corriendo a gran velocidad en dirección al autobús.
—¡Señor chofer! ¡Espérenos! ¡Queremos nuestras maletas! —gritó con toda la energía que su pequeño cuerpo podía reunir, mientras ella lo seguía con grandes zancadas para alcanzarlo.
Observó al niño mientras este agitaba los brazos en un intento de llamar la atención del conductor. La escena la hizo sonreír levemente, aunque el peso de sus dudas seguía rondando en su mente. ¿Estaba cometiendo un error al quedarse en aquel pueblo? Jasper no habría aprobado esta decisión; él siempre le recomendaba que buscaran oportunidades en grandes ciudades, lugares con más opciones y mejores posibilidades. Pero ya lo habían intentado a su manera, y el resultado nunca había sido el esperado.
Sin embargo, había algo diferente en ese lugar, algo que no podía explicar. Quizá era el verde abrumador de los paisajes, la tranquilidad que parecía envolver el lugar, o tal vez era la mirada de súplica en los ojos de Ethan cuando le pidió quedarse. Lo que le daba miedo no era estar equivocada, sino que esta vez no lo sentía como un error.
Exhaló profundamente mientras alcanzaba a Ethan, quien ahora esperaba junto al autobús con una sonrisa triunfal. La idea de empezar de nuevo en un lugar tan distinto a todo lo que conocía le parecía extrañamente liberadora, casi como si el aire puro del pueblo hubiera comenzado a desvanecer las sombras de su pasado.
—Muy bien, cariño. Vamos por nuestras cosas antes de que cierren la compuerta del autobús —le dijo con suavidad, tomando su pequeña mano.
Aunque la incertidumbre seguía presente, había una chispa de esperanza que comenzaba a crecer en su interior. Quizá Forks sería el lugar donde, finalmente, podrían encontrar estabilidad.
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Las primeras semanas, Isabella y Ethan exploraron cada rincón del pueblo. Hallaron un pequeño hotel donde guardaron sus pertenencias y disfrutaron de un desayuno en el restaurante local, "Clearwater", por fin disfrutaban de buena comida. El lugar era acogedor y pintoresco, atendido por una familia que parecía notar de inmediato la llegada de forasteros. Entre preguntas amables sobre su procedencia y sugerencias sobre qué visitar, Isabella comenzó a familiarizarse con el ritmo del pueblo.
Ethan estaba encantado con la biblioteca local, especialmente con la sección infantil, mientras que ella exploraba las opciones laborales. Las posibilidades no eran muchas, y algunas implicaban horarios que no se ajustaban a sus necesidades como madre soltera. Sin embargo, estaba decidida a encontrar algo que les permitiera establecerse.
Durante uno de sus paseos, se encontró con una tienda de jardinería que captó su atención. Con una amplia puerta central y ventanales que exhibían plantas de todo tipo, el lugar tenía un encanto especial. Al entrar, fue recibida por una mujer de cabello caramelo y ojos verdes que la saludó con una sonrisa cálida.
—¡Buen día! ¿Puedo ayudarte en algo, cariño? —preguntó la mujer, mientras se quitaba unos guantes manchados de tierra.
—Solo estaba curioseando. Su lugar es hermoso—ella sonrió con timidez.
—Gracias. Era de mi tía abuela. Lo heredé hace tiempo y trato de mantenerlo —explicó la mujer—. Soy Esme Cullen.
—Marie Dwyler —respondió ella, estrechando la mano que la señora de mediana edad le ofrecía.
Esme le dedicó una sonrisa cálida, de esas que parecían iluminar incluso los rincones más oscuros de un alma atormentada.
—Es un placer conocerte, Marie. Escuche que eres nueva ¿Te estás adaptando bien al pueblo? —preguntó con genuino interés, inclinando ligeramente la cabeza como si quisiera captar cada matiz en la respuesta de su interlocutora.
La joven vaciló un momento antes de responder. Había algo en la mirada de la mujer que invitaba a la confianza.
—Todavía me siento un poco… fuera de lugar —admitió con una sonrisa tímida, casi disculpándose por su honestidad.
Esme asintió comprensivamente.
—Es normal. Cambiar de entorno nunca es fácil—dijo con suavidad.
—Si, supongo nunca lo es —murmuro la pelinegra.
—Si necesitas ayuda para adaptarte o simplemente alguien con quien hablar, estaré aquí. Incluso si necesitas adornar tu nuevo hogar, las flores son una buena solución.
Ese simple ofrecimiento encendió algo en ella: una chispa de esperanza que hacía mucho tiempo creía extinguida. Por primera vez desde su llegada al pueblo, se sintió más segura.
—Gracias, Esme —dijo finalmente, con una pequeña sonrisa que parecía prometer nuevos comienzos.
De repente, el sonido agudo de una alarma interrumpió el momento entre ambas. Marie sacó apresuradamente su celular del bolso y apagó el ruido con un rápido movimiento del dedo.
—Lo siento mucho —dijo con una sonrisa apurada mientras guardaba el teléfono—. Es mi recordatorio… Tengo que ir a recoger a Ethan.
Esme arqueó una ceja con curiosidad.
—¿Ethan? ¿Tu hijo? —preguntó suavemente.
Ella asintió mientras suspiraba y acomodaba el celular de vuelta al bolsillo.
—Sí, está por cumplir los cuatro años.
La expresión de ella se iluminó aún más al escuchar eso.
—Oh, qué edad tan encantadora… Espero poder conocerlo pronto.
Isabella sonrió ante el comentario y asintió antes de despedirse.
—Ha sido un placer.
Ella le devolvió la sonrisa mientras la veía alejarse.
—El placer ha sido mío —murmuró para sí misma.
Días después, Isabella se reunió con Jessica en uno de los límites del pueblo. A su alrededor, las casas estaban separadas por amplios terrenos cubiertos de árboles, y la vegetación parecía envolver todo en una quietud casi solemne.
La casa que Jessica le mostró no estaba mal, al menos no tan mala como ella había temido. Era de dos pisos, con un color blanco deslavado que claramente necesitaba una nueva capa de pintura. Dos grandes ventanas adornaban el frente, y un porche amplio ofrecía espacio suficiente para colocar un columpio o un par de sillas para disfrutar de las tardes. Las columnas, aunque algo desgastadas, todavía parecían firmes, como si hubieran resistido la prueba del tiempo.
Subieron las escaleras del porche y entraron. Lo primero que notó fue la amplitud del lugar. Las paredes y el piso de madera tenían un tono marrón envejecido que reflejaba los años de abandono. En el centro, unas escaleras dividían la sala de estar del comedor, y al fondo se veía la cocina, algo pequeña pero funcional, que la dividía del comedor con una barra. Había un sótano que podría incluso funcionar como un cuarto adicional. Cada paso que daban hacía crujir el suelo, un recordatorio de la edad de la casa.
Jessica guio a Isabella al segundo piso. Allí, dos habitaciones esperaban su inspección. La primera daba al patio trasero, pero estaba repleta de polvo, y los vidrios estaban tan opacos que apenas se podía distinguir el paisaje. La segunda habitación, en cambio, era más acogedora. Un hermoso ventanal con una puerta daba al balcón con vista al patio delantero. Aunque no era tan espaciosa como la anterior, contaba con un clóset y tenía un aire cálido que a Isabella le resultó reconfortante.
—¿Y bien? —preguntó Jessica cuando regresaron a la sala.
Isabella desvió la mirada hacia el ventanal que daba al patio trasero. La casa era amplia, sí, pero estaba bastante descuidada. Sin embargo, nada de eso parecía insalvable. Con algo de mantenimiento, podría convertirse en un verdadero hogar.
—No es tan pequeña como mencionaste. ¿Estás segura de que aceptan mi oferta? —preguntó Marie, todavía con cierta duda. Jessica asintió con confianza.
—Así es. No se ha habitado desde hace más de diez años. Los dueños no quieren venderla, pero están dispuestos a rentarla en las condiciones actuales. Dadas las circunstancias, aceptaron lo que ofreciste.
—¿Sabes si tendrán problemas con que la arregle un poco? —giró sobre sus talones para mirar a Jessica. Su mente ya trabajaba en una lista mental de lo que necesitaría hacer: pintar las paredes, reparar los hoyos en el piso y dar un mantenimiento general.
—No creo que haya problema —respondió Jessica—. Puedo hablar con ellos para confirmarlo, pero me parece que estarán de acuerdo.
—En ese caso, creo que tenemos un trato. — Isabella dejó escapar un suspiro, aliviada.
—¡Excelente! —Jessica sonrió ampliamente y aplaudió con entusiasmo.
Espero les haya gustado este primer capitulo, cuéntenme que les pareció ¡Las leo!
Estaré actualizando cada semana :)
