CXLV
Dos años, seis meses y cuatro días luego de la desaparición de Henry
Querido diario:
Hoy, cuando llegué del colegio, me encontré con papá, mamá y un hombre desconocido en la sala. Mi primera reacción fue saludar cortésmente y refugiarme en mi habitación, pero mamá me pidió que me sentara a hablar con ellos. Me pareció raro, pero como ella me lo pidió, tomé asiento entre papá y ella.
El hombre tenía cabello blanco y brillantes ojos azules. Vestía un pantalón de franela, una camisa azul a cuadros y un chaleco de hilo blanco.
—Así que tú eres la famosa Jane —me saludó con una sonrisa—. Mi nombre es Sam Owens; encantado de conocerte.
—Él es el doctor Owens —me presentó papá, pasando un brazo por encima de mis hombros y apretándome contra sí—. Trabajó… con Brenner.
Comprendí por qué me abrazó cuando dijo eso. Al instante el hombre puso una cara compungida.
—Reemplacé al doctor Brenner como director del Departamento de Energía durante un tiempo —explicó con calma—. Luego de tu escape —aclaró entonces—. Me reinstituyeron en el cargo hace aproximadamente dos años, tras su desaparición.
Mi corazón latía desaforadamente. Mis puños sudaban. ¿Venía a buscarme? ¿A encerrarme de vuelta en el laboratorio? Y… ¿mi familia lo permitiría, acaso?
Como si leyera mi mente, papá frotó su mano repetidamente contra mi brazo en un claro intento de confortarme.
—Está bien, Jane —me dijo, presionando un beso contra mi sien izquierda—. El doctor Owen está aquí para ayudarnos.
¿Ayudarnos?
Advertí que formulé la pregunta en voz alta cuando mamá tomó mi mano derecha entre la suya.
—Hay… indicios que no podemos ignorar. ¿Tal vez tú puedas ayudarnos a comprenderlos mejor?
Y me contaron una historia… Un muchacho llamado Steve Harrington desapareció. Lo recuerdo porque Dustin lo mencionó un par de veces: trabajaba en la heladería de Starcourt, el centro comercial de Hawkins. Aparentemente, aunque al principio Dustin se burló de él por haber pasado de ser un «chico popular» a trabajar en una heladería, terminaron por convertirse en amigos.
Lo raro, sin embargo, no es solo que haya desaparecido…
—Las marcas de los dientes en el cadáver del mapache nos hacen pensar… en esas criaturas, Jane. Las que tú y… Henry combatieron hace dos años. —Papá raras veces pronuncia su nombre; cuando lo hace, pareciera creer que con un tono de voz lo suficientemente suave su ausencia me herirá menos.
—¿Creen que… uno de esos monstruos se llevó a Steve? —les pregunté.
—No podemos afirmarlo con seguridad —admitió el doctor Owen—. Como lo entiendo, Henry y tú son las únicas personas que pueden abrir las puertas entre dimensiones.
—Nosotros se lo explicamos todo —confesó mamá—. Él nos contactó poco después del… incidente, y nos ayudó a… borrar tu rastro de todo posible registro. A cambio, tan solo nos pidió… información.
Es decir, estaba al tanto de todo; posiblemente, incluso de lo de Brenner…
—Tus padres me contaron lo que ocurrió allí —dijo entonces él, y no vi en su sonrisa rastro alguno de maldad—. Una verdadera lástima lo que acaeció al doctor Brenner y a su equipo.
La forma en la que lo dijo, sin un ápice de verdadera pena, me convenció de que sabía más de lo que dejaba entrever. Por las miradas impactadas de mis padres, supuse que ellos no le habían revelado este secreto en particular. Pero bueno: tampoco me sorprendió que un científico atara los cabos y descubriera la verdad.
Si no pensaba utilizarla contra mí…
—¿Y qué es lo que quiere? —Debía estar al tanto, después de todo, de lo que había ocurrido con mis poderes.
El doctor Owen entrelazó los dedos de las manos y las apoyó sobre su estómago, acomodándose mejor en su asiento.
Y entonces, respondió:
—Quiero ayudarte a recuperar tus habilidades.
Esta vez, los latidos inquietos de mi corazón no se debieron al terror, sino…
… a la emoción.
—¿Puede… hacer eso?
El doctor suspiró y apretó los labios en una fina línea.
—No puedo. —No tuve tiempo ni de desilusionarme cuando agregó—: Pero conozco a alguien que sí.
Sentí como nunca el brazo firme de papá presionándome contra sí y los dedos de mamá estrujando los míos.
—Me… Me encantaría —admití con una sonrisa tímida.
El científico se puso de pie al instante, juntando las palmas en un gesto que delataba su entusiasmo.
—¡Perfecto! —Y con paso apresurado y resuelto, se dirigió hacia la puerta—. Espérenme un momento, por favor, no hay tiempo que perder…
No pasaron dos minutos cuando el doctor atravesó de vuelta la puerta de la entrada, esta vez seguido por una muchacha de piel oscura e intensos ojos negros.
Al verla, me puse de pie yo también. Y recordé…
Recordé el Cuarto Arcoíris. Y recordé a mamá, y lo que vi a través de sus ojos.
Recordé la amistad infantil, los abrazos tímidos, las lágrimas enjugadas por manos pequeñas y la incertidumbre de no saber qué ocurría, quiénes éramos, qué pasaría con nosotras…
La recordé a ella.
—Hermana —me dijo la joven, extendiéndome una mano con una perfecta manicura negra.
El corazón me latía tan, pero tan fuerte, que no me permitía hablar. No me permitía reaccionar. Aun así, ella, temeraria como había sido desde siempre, tan solo me sonrió, paciente en su espera.
Al fin me sentí más en control de mí misma y acepté el gesto, mis dedos cerrándose en torno a los suyos.
—Hermana —respondí, porque se sentía como lo correcto.
Porque era eso lo que nos unía: una hermandad que no había sido creada por lazos de sangre, no, sino…
… con nuestro sufrimiento.
