CXLIX
Dos años, seis meses y seis días luego de la desaparición de Henry
(continuación)
El hombre frente a mí sacudió la cabeza con una expresión resignada.
—Pensar que me descubrirías gracias a un detalle como ese…
—¿Dónde está Henry? —lo interrumpí, porque solo eso me interesaba saber.
Como toda respuesta, él me ofreció una sonrisa cansina.
—Alguna vez soñé con que mi Eleven me viera así. Así, como me miraste antes de descubrirme.
Fruncí el ceño, frustrada. Era como si estuviéramos teniendo dos conversaciones distintas.
Aprovechando mi distracción, esta imitación sorteó la distancia entre ambos con un par de zancadas y atrapó mi mano derecha entre las suyas.
Ya iba a usar mis poderes cuando se arrodilló sobre el pasto, sus labios presionados contra mis dedos.
—¿Por qué no me eliges? —me preguntó entonces—. Yo podría ser él; mejor dicho, ya lo soy, aunque una versión diferente.
La sola idea me resultó ofensiva. De un tirón, retiré mi mano.
—Jamás serás él —repliqué. Y entonces, aprovechando su atención, insistí—: ¿Dónde está Henry?
Guardó silencio mientras sus ojos me escrutaban detenidamente. Sentía el corazón en la garganta, aterrorizada por su posible respuesta.
—A salvo —me dijo al fin—. Pero aún no puede acudir junto a ti.
Tal vez porque —por admisión propia— este hombre también era un Henry, pude distinguir en su voz cuán sincero estaba siendo. Me llevé una mano al pecho, aliviada. Él, por su parte, volvió a ponerse de pie y palmeó suavemente sus rodillas para limpiar el césped de sus pantalones.
—Eso está bien —repuse con una sonrisa trémula. Rápidamente me llevé la mano a los ojos para enjugar las lágrimas de alivio que amenazaban con sobrepasarme—. Está bien —repetí—; puedo ir a buscarlo yo.
Este otro Henry me miró largamente y, al fin, dejó escapar un suspiro.
—Fuego —dijo entonces. Debió notar la confusión en mi rostro, pues agregó—: El fuego es la debilidad de las criaturas de la otra dimensión.
Si esto era verdad… Apreté los puños, inquieta. Sí, debía serlo; una vez más sentí, en lo profundo de mi pecho, que el hombre frente a mí no mentía.
Si esto era verdad…, ahora mi familia tendría la posibilidad de defenderse incluso sin mí.
No obstante, si bien no dudé de él, tuve que preguntar:
—¿Por qué me dices esto?
A mi pregunta, este Henry respondió con un encogimiento de hombros y las siguientes palabras:
—A diferencia de él, puedo atravesar dimensiones sin que se me detecte. Le prometí traerte este mensaje.
—E intentaste engañarme —apunté lo obvio.
Mi acusación no hizo mella en él; sencillamente ladeó la cabeza, una media sonrisa en su rostro. Si bien no dijo nada, recordé sus propias palabras de hace un rato:
«Bien, él me lo advirtió, después de todo».
—Él no lo ha notado aún —dijo en voz baja, un murmullo en medio de la noche—. La manera en que lo miras.
Sentí las mejillas arder ante sus palabras. ¿Qué iba a decir a eso?
—Es hora de que me marche —anunció de pronto, volviendo a enderezarse, sus ojos paseando por las tenues luces doradas que empezaban a pintarrajear el azul marino del cielo.
—Dile que iré por él —le pedí—. Por favor.
Con el índice, palpó un par de veces uno de sus hoyuelos.
—Hm. Lo consideraré.
Iba a insistirle, pero la realidad a nuestro alrededor empezó a distorsionarse, deshaciéndose en volutas de humo.
Y entonces, antes de siquiera reparar en lo que sucedía, desperté, el eco de sus palabras aún vibrando en mi mente.
