Capítulo 22: Autenticidad
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—Kyoko-chan, por favor, cuéntame qué pasó.
Ai se sentó en cuclillas frente a su amiga.
Kyoko no había parado de llorar, ni había soltado una palabra desde que llegó. Sentada y acurrucada en el sofá, había dejado de sollozar, pero las lágrimas seguían corriendo por sus mejillas.
—Dime algo, por favor, Kyoko-chan —suplicó Ai una vez más. Ver su expresión de suplicio le dolía y la hacía sentir impotente al no poder ayudarla—. Solo dime una palabra —le pidió sintiendo que sus ojos ardían. No era una mujer sensible, pero cuando se trataba de las personas que amaba no podía evitarlo.
—Lo siento…—bisbisó. Su cara se contrajo y las lágrimas se intensificaron—. Lo siento, Ai-san.
Ai se sentó a su lado, atrayéndola entre sus brazos. Se secó las lágrimas que se asomaron por sus parpados y la acarició la espalda por tantos minutos que perdió el sentido del tiempo hasta que quedaron dormidas.
Se despertó al sentir un ligero movimiento. Parpadeó y vio a Kyoko despierta, a punto de levantarse.
—Mi princesa —la llamó haciendo que ella se giré.
—Ai-san, lo siento, ya me siento mejor —le dijo con una débil y diminuta sonrisa. Tenía la voz ronca y los párpados horriblemente hinchados y rojizos.
—¿Quieres darte un baño? —Era mejor que por el momento no le preguntase que había ocurrido. La miró agachar la mirada, avergonzada, así que se levantó y se acercó—. Kyoko-chan, somos amigas, así que ponte cómoda —le dijo severa.
—Pero vine a tu casa, y siquiera he pedido tu permiso antes de llegar aquí con mi maleta…—murmuró ruborizada—. Lo sien…
—Gracias, dilo —la interrumpió con el ceño fruncido—. Eres mi amiga, así que nada de eso me importa. Me ofendería si ahora te abochornas por acudir a mí.
—Ai-san, gracias —susurró con una leve pero sincera sonrisa.
Suspiró y le devolvió una sonrisa. Su amiga al menos podía sonreír aunque sea un poco.
Miró la hora, ya casi comenzaba la madrugada, así que aún faltaba menos de media hora para bajar al sótano y trabajar.
Preparó el baño y la ayudó a cubrir el yeso con una bolsa de plástico. En todo momento la observó discretamente, preocupada de que en su ausencia recayera.
—Cuando termines ve a dormir en mi habitación. Puedes comer cualquier cosa de la cocina si te apetece.
Kyoko asintió, agradeciéndole, pero Ai no se marchó. Sabía que era intrusiva, pero la preocupaba, así que le echó una corta ojeada a su aura. Lo primero que distinguió fue su dolor, así que miró un poco más que solo su aura y descubrió algo que la dejó inmovilizada.
—¿Ai-san?
Ai la miró a los ojos, afligida.
—Kyoko-chan… —Se acercó a ella y besó su mejilla. Kyoko se sonrojó y la miró, confusa—. Te quiero mucho. Eres una amiga muy especial para mí, eres una persona increíble, hermosa por dentro y por fuera, tierna, inteligente, muy fuerte y luchadora. No temas ni dejes de ser quien eres, eres perfecta tal y como eres, no lo olvides.
Kyoko la miró perpleja por unos segundos. Había dicho palabras que la dejaron aturdida, pero había algo a lo que sí quería responder.
—Yo también te quiero mucho, Ai-san —dijo, un poco tímida.
Ai cogió su cachete y lo estiró, haciendo que Kyoko suelte un pequeño quejido.
—Tampoco hace falta que actúes esa cara de "ya me encuentro bien" —suspiró, cuando ella cambió su rostro a su verdadera expresión—. Hoy a la tarde hablaremos, pediré a una compañera que me sustituya en el bar, así que quiero verte aquí cuando yo despierte, ¿entendido?
Kyoko asintió y entonces la dejó a solas.
Antes de bajar al sótano, se maquilló y se puso la capa negra.
Esperaba que sus palabras la hayan alcanzado o al menos la hayan infundido algo de valor.
…..
…Eres perfecta tal y como eres, no lo olvides.
Kyoko se quedó abstraída en el sofá. Sus palabras flotaban aún en el aire, pero aquella frase fue lo que la dejó más ensimismada, al percatar algo de lo que no fue consciente hasta ese momento.
Había resentido el sentimiento del amor por culpa de Shotaro, pero cuando padeció del suplicio y el daño que arraigó Kuon en su corazón, había recluido una parte de sí que le disgustaba. No supo cuándo, pero había refrenado aún más sus emociones y sentimientos de su antigua yo, intentando ser otra persona.
Se rió amargamente.
—¿Antigua yo?
Pensó, desmintiéndose.
Ella aún estaba ahí, esa chica ingenua, una empedernida romántica que adoraba las hadas y los cuentos de príncipes y princesas. Odiaba esa parte de sí que cayó ante la cucaracha de Shotaro, pero se odió aún más cuando cayó por segunda vez ante Kuon Hizuri.
Abrirse, sentir y responder de acuerdo a sus verdaderos sentimientos era algo que reprimía cuando recordaba su aborrecible ingenuidad, o simplemente cuando presentía que ese algo le dolería.
Solo te estás convirtiendo en un caparazón vacío
Apretó los labios y se abrazó sintiéndose repentinamente fría.
Esas palabras la habían carcomido hasta el fondo del alma porque sabía que él tenía razón.
Se estaba convirtiendo en una persona vacía que se rechazaba a sí misma por temor al dolor. Ya no era ella, era la Kyoko que se forjaba en convertirse para repeler todas las heridas y lesiones emocionales que traía la vida. Una falsa Kyoko indiferente y desinteresada a los sentimientos, una Kyoko que, sin darse cuenta, comenzó a depender emocionalmente de un hombre que la amaba pero del cual no estaba enamorada.
Ante tal realidad, sintió que un nudo se alojaba en su garganta.
Se sentía avergonzada consigo misma, de aquella mujer que aunque no se sintiese colmada, se satisfacía con un hombre que por primera vez, le ofrecía amor. Quería saber cómo era sentirse amada, y quería refugiarse en él, entregarse y hacer de menos sus sentimientos, anteponiendo la carnalidad.
Una melodía tétrica la hizo sacudir los hombros con brusquedad. Le dolió un poco el brazo derecho, pero lo ignoró fijando la mirada en su cartera, dónde se hallaba su celular. Era Reino, lo sabía por el tono.
Sacó su celular justo cuando dejó de llamar, y se quedó mirando la pantalla, sin saber qué hacer. No sabía porque la llamaba, no sabía si contestarle y decirle que se fue de la casa. Aunque se haya enfadado con él, él no merecía lo que le hacía.
Volvió a llamar y esta vez, respirando hondo, contestó.
—¿Por qué has salido de casa? —interrogó él molesto, apenas llevó el celular a su oreja.
Calló unos segundos, más sosegada y debilitada después del llanto.
—Siento no haberte avisado, Beagle. Esta noche me quedaré con Ai —dijo sin fuerzas—. Pensé que trabajarías hasta largas horas de la madrugada.
—Te vi por la cámara, saliendo con tu maleta —reveló enfadado—. ¿Acaso pensabas irte sin decir nada?
Los ojos de Kyoko se agrandaron.
—¿Cómo que tienes cámara? ¿Me estabas espiando? —exclamó impactada.
—Que seas ciega, despistada y atolondrada no es mi culpa, Kyoko.
Kyoko gruñó. Justo cuando se sentía con el deber de ser benevolente, él venía y lo estropeaba.
—Sí, escapé, pero recapacité —masculló enojada—. Volveré hoy al atardecer, después de todo falta pocos días para que esto termine, Beagle del infierno.
Al no oír nada, se arrepintió al instante. De nuevo, se había sobrepasado.
Apretó el celular en su mano.
—Beagle… No es que yo…te odie —dijo en un bajo murmullo—. Has sido muy atento, me has ayudado y protegido. Y aunque algunas veces me saques de quicio, en realidad…—Se ruborizó—. Te a-aprecio, eres im-importante para mí —tartamudeó con dificultad. No entendía porque se lo dijo, aunque en escasas veces le había demostrado algo de afecto, aquello era algo que jamás pensó confesarle. Tal vez era culpa de las palabras de Ai el que se comportase extraño—. ¿B-B-Beagle?
Le había costado mucho revelarle sus sentimientos y él no decía nada. Estuvo por cortar, abochornada, hasta que lo volvió a escuchar.
—Déjalo ahí —lo oyó algo lejano, haciendo que frunza el ceño—. ¿Qué decías? —dijo él, volviendo a atender su celular—. Lo último que te oí decir es que recapacitaste, Kyoko. Me complace oír que razonas.
Su rostro quemó hasta llegar a la punta de sus orejas.
—¡Te decía que volveré mañana al atardecer! —exclamó rabiosa—. ¡¿Entiendes, perro del infierno?!
Cortó la llamada y se levantó enfadada, yendo directamente al baño. Era mejor que dejase de pensar y fuese a dormir pronto.
…
Era un martirio que no podía acabar, y del que ya le comenzaba a irritar. La tenía en su cabeza en casi todo el maldito día.
Bajó la velocidad de la cinta y trotó unos diez minutos más. Pese a que se ejercitaba hasta quedar postrado en el piso, no podía dejar de pensarla. La segunda opción por la que siempre optaba, era escribir, pero escribir pensado en ella le daría el efecto contrario.
Soltó una maldición cuando estando en la ducha, sintió una tensión familiar en la entrepierna.
Pero para aquello había solución.
—Rana a la plancha —La comida que una vez fue obligado a probar—. Las acosadoras que me siguieron al sanitario —Un mal recuerdo que no quería revivir—. Tío Lory en tanga...
Arrugó el gesto y siguió con la ducha de agua fría.
Aún no tenía ninguna noticia de ella después de que le haya enviado el obsequio. No quería ser codicioso, pero necesitaba oírla y saber que estaba bien, tal vez de esa manera podría pensarla menos.
Salió en toalla, tomó su celular, pero lo dejó de nuevo sobre la mesita. Era demasiado temprano y siquiera tenía motivos para llamarla, así que solo se vistió, salió y condujo hasta llegar a Lme.
Esperó en su coche hasta que dieron las siete y luego esperó lo más paciente posible unos minutos más, hasta que ya no pudo con la ansiedad. Entró y se dirigió al ascensor, subiendo hasta llegar en el piso del despacho del presidente. Para su infortunio, cuando preguntó por él lo hicieron pasar sin rodeos para esperarlo.
—Tío Lory, buenos días —dijo cuando lo vio entrar con un mono de lentejuelas inspirado en la moda disco. Lory, sin embargo, lo recibió con un saludo y una mirada suspicaz.
Sabía que su impulsividad podía ser un problema, pero no podía controlarlo; así que apenas lo vio, recién razonó y entendió que era raro que este ahí. Lory Takarada era demasiado perspicaz y muy seguramente lo descubriría pronto si es que ya no lo hizo.
Comenzó a hablarle sobre cómo iban con la película e incluso halló otra tema de excusa, el próximo cumpleaños de su sobrina.
—Takuma, espera. Hablemos de lo que en verdad viniste a hacer aquí —dijo Lory con gesto impávido—. Sé que entraste a las siete con cuatro minutos, no pudiste esperar siquiera cinco minutos para aparentar naturalidad, además tienes la camiseta al revés y se te están formando las ojeras.
—¿De qué hablas? —Fingió ignorancia, y se sacó la camiseta para ponérselo bien.
—Hay algo que te da ansiedad y quieres contármelo. Es lo primero que pensé cuando llegaste, pero viendo que te empeñas en aparentar, supongo que llegaste aquí con la intención de escuchar algo de ella o tal vez solo me usarás de excusa para luego bajar e ir a buscarla en la sección Love me.
Takuma se quedó paralizado por unos segundos. Se ruborizó y se levantó rápidamente para salir y evadir otras preguntas.
—Por favor, solo no me digas nada —pidió abochornado.
—Takuma —Lo detuvo cuando éste dio media vuelta. Volvió a girar y lo miró impaciente—. Esa chica llamó muy temprano hoy. Le ha avisado a Sawara que hoy tomará reposo.
—¿Ella se encuentra mal? —exclamó sin pensarlo.
—No lo ha comentado —dijo cogiendo un puro—. Solo se ha tomado su día de reposo.
—Tengo que investigarlo —murmuró para sí mismo, mientras se iba—. ¡Ah!, tío Lory, gracias —exclamó en la puerta antes de despedirse.
Takuma suspiró aliviado de que él no le hubiese insinuado unos sentimientos que no tenía, ya tenía suficiente problema con sus pensamientos intrusivos.
Fue al aparcamiento, entró en su coche y fue rumbo al trabajo, pensando en qué sería lo primero qué le diría cuando la llamará.
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