Resplandor entre Tinieblas

Por
WingzemonX

Capítulo 162.
Será la Voluntad de Dios

Luego de cenar, la pequeña Loren de doce años se había sentado en la estancia frente al televisor, saltando entre los canales en busca de algo que captara su interés. En su primera casa no tenían un televisor, o al menos no uno que ella tuviera permitido ver. Así que todo resultaba una experiencia nueva para ella. Había tomado cierto gusto por algunos dibujos animados que, en opinión de Katherine, eran para un público un poco más joven que ella; manera bonita de decirle que eran caricaturas demasiado infantiles para alguien de su edad. Pero quizás Loren no pensaba o veía las cosas del mismo modo que alguien de su edad, así que no debería haber nada malo con que se entretuviera de esa forma.

Esa noche Katherine y ella esperaban una visita. Gran parte del tiempo que había estado viviendo ahí en Baton Rouge, se le había pasado prácticamente escondida. Y si algún vecino o conocido de Katherine llegaba a verla, ésta la presentaba como una sobrina que había ido a pasar una temporada con ella, sin entrar en más detalles. Ambas sabían que esa mentira no sería sostenible por mucho tiempo; tarde o temprano alguien se haría preguntas.

Por suerte, si todo salía bien, esa visita que estaban por tener podría darles una solución. Como fuera, ella estaba conforme con ver a alguien más. Aunque su vida anterior el Haven la había acostumbrado a la soledad, había adquirido rápidamente un gusto por estar cerca de la gente; en especial aquella que no lo deseaba directamente la muerte…

Loren logró sentir al visitante en cuanto su taxi se estacionó frente a la casa. A su mente llegaron una marea de pensamientos y sensaciones que supo de inmediato que no le pertenecían ni a Katherine ni a ella. Desvió su mirada ligeramente hacia la ventana que daba al frente de la casa, pero no se asomó por ella. No lo necesitaba; aun así en su mente pudo visualizar claramente la imagen de aquel hombre avanzando hacia la puerta. Pero Loren no sintió en ningún momento amenaza alguna viniendo de aquel individuo. De hecho, su presencia parecía venir cargada de cierta paz.

Escuchó escuetamente la conversación de Katherine y el invitado en el vestíbulo, pero cuando fue claro que irían a la cocina primero, decidió enfocarse de nuevo en el show animado que se proyectaba en el televisor ante ella. Sabía que bien podría espiar un poco aquella conversación sin moverse del sillón, con tan sólo concentrarse un poco. Pero no lo hizo. Sabía bien también que Katherine compartiría con ella lo que sentía que debía saber; confiaba en ella.

De todas formas la plática de los dos adultos no fue muy larga, y no tardó en escuchar sus pasos aproximándose por el pasillo. Loren desvió su mirada del televisor hacia la entrada de la estancia, en donde Katherine y el invitado aparecieron tras un rato. La niña se enfocó principalmente en este último.

Era un hombre alto, de cabellera de un negro muy oscuro, salvo por la presencia de algunas canas que comenzaban a brotar por aquí y por allá, y un bigote elegantemente recortado, en el mismo tono y cantidad de canas que su cabello. Usaba un atuendo totalmente negro de saco, camisa y pantalón, con esa pieza de vestimenta blanca alrededor del cuello que ella había visto usar a los sacerdotes en la televisión. El hombre se paró en el umbral de la estancia, la miró, y le sonrió con gentileza.

A Loren por un instante aquella sonrisa le recordó al profesor Doug, y cómo solía sonreírle parecido… Pero intentó desterrar esa idea de su cabeza lo más pronto que pudo.

—Loren —pronunció Katherine con voz suave, aproximándose hacia ella hasta tomar asiento en el sillón a su lado—. Él es el amigo del que te hablé; el padre Alfaro, de la Santa Sede. Viene a conocerte.

—Hola, pequeña dama —pronunció el sacerdote con voz alegre, atreviéndose en ese momento a avanzar hacia ellas—. Un gusto conocerte.

Le extendió entonces su mano a la niña, ofreciéndosela. Loren la miró un instante, pero casi de inmediato volteó a mirarlo de nuevo a los ojos, sin ninguna intención aparente de estrecharle la mano, como él parecía querer.

—Eres de pocas palabras, ¿cierto? —pronunció Jaime, y bajó su mano, pero sin dejar que su sonrisa menguara.

—Es que ha pasado por mucho —se justificó Katherine, colocando una mano sobre la espalda de la pequeña de forma protectora.

—Lo entiendo —comentó el sacerdote, asintiendo—. No hay motivo para estar nerviosa. Por hoy, sólo quiero que conversemos un poco y nos conozcamos. ¿De acuerdo?

Jaime dejó una pausa en el aire para darle oportunidad a Loren de responder, más ésta siguió en silencio.

No era que no quisiera responderle, sino que simplemente no entendía bien qué o cómo debía hacerlo. No desde que "eso" dentro de ella despertó. No desde que era capaz de sentir y saber cosas de la gente incluso antes de que abrieran la boca. No sabía qué podía y qué hacer en esos casos. Así que la acción más segura, la mayoría de las veces, era guardar silencio.

Pero pudo sentir que aquel sacerdote no lo interpretaba de esa forma, o no del todo. Sólo le inundó en ese instante la idea de que aquello sería un poco más complicado de lo que había previsto; y Loren igualmente lo pensó por su propia cuenta.

—¿Podría dejarnos solos unos minutos? —pidió Jaime, dirigiéndose hacia Katherine. Ésta vaciló un momento, dudando entre sería una buena idea o no. La mirada de Jaime, sin embargo, le indicaba que no era del todo una petición; no sí quería seguir adelante con ese proceso.

—Sí, por supuesto —masculló Katherine, aunque no sonando aún del todo convencida. Se giró entonces hacia Loren, y comenzó a pasar la mano que tenía sobre la espalda de la niña de arriba hacia debajo de forma reconfortante—. Estaré cerca, ¿de acuerdo? —le preguntó con voz dulce, a lo que Loren respondió con un ligera sentimiento de su cabeza—. No te asustes, pequeña. Recuerda: pase lo que pase, será la voluntad de Dios.

Coronó su comentario con una amplia sonrisa, misma que Loren terminó regresándole de modo parecido, aunque más moderado.

Katherine se inclinó hacia ella para darle un pequeño beso en su frente, y se puso de pie, batallando un poco al principio por el peso extra. Jaime tuvo el impulso de querer ayudarla a alzarse, pero Katherine le indicó que ella podía sola, y así lo hizo. Se dirigió entonces hacia la salida de la estancia. Jaime y Loren permanecieron en silencio mirándose uno al otro, hasta que la profesora se retiró por completo.

—Sabias palabras —indicó el sacerdote, asintiendo—. Pase lo que pase, será la voluntad de Dios… ¿Qué opinas tú de eso?

Loren sólo se le quedó mirando sin decir nada. A lo mucho, lo que le ofreció de respuesta fue un ligera encogimiento de hombros.

Jaime suspiró, y se aproximó hacia el sillón, pero no al mismo de Loren sino al individual a unos metros de ella. Loren lo siguió con la mirada en silencio, hasta que se sentó.

—¿Sabes por qué estoy aquí? —le preguntó Jaime a continuación. Y, para sorpresa del sacerdote, en esa ocasión sí recibió una respuesta.

—Para descubrir si soy o no un ángel, como dice Katherine —murmuró Loren en voz baja; su voz era aguda y suave, como un silbido.

—Es una manera de resumirlo —indicó Jaime, asintiendo—. ¿Tú qué crees? ¿Estás de acuerdo con la opinión de la Profesora Winter?

De nuevo hubo silencio, al menos en un inicio. Jaime pensó por un momento que de nuevo no diría nada, pero de pronto pronunció con la misma voz inexpresiva de hace unos momentos:

—¿Y usted? ¿Usted lo cree?

—Lo que yo crea no es relevante para los fines de esta conversación.

—¿Por qué no? —preguntó la niña con curiosidad.

—Porque mi deber es juzgar lo que eres capaz de hacer desde una perspectiva objetiva. Y para lograrlo, mis ideas o creencias no deben influir. ¿Lo entiendes?

—No —respondió Loren sin pensárselo mucho—. Lo siento.

—Descuida.

—Pero Él dice que puedo confiar en usted —soltó Loren abruptamente, tomando al padre totalmente por sorpresa; tanto que le fue imposible decir cualquier cosa, antes de que Loren prosiguiera—. Que es de los buenos —añadió—. Dice que ha cometido muchos errores, y se esfuerzas por remediarlos. Pero que debería dejar de atormentarse por ellos. De lo contrario, lo terminaran llevando… a su muerte.

Ahora fue el turno de Jaime de guardar silencio. Observó atento el rostro de la pequeña, intentando analizar cualquier pista en éste que le indicara que lo que acababa de decir era algo ensayado o preparado. No lo detectó a simpe vista. Y no sólo eso, sino que además la jovencita ni siquiera desvió la mirada ni un poco mientras él la observaba; como si igualmente lo estuviera analizando a él, y quizás no iba tan mal encaminado con esa idea.

—¿Quién te dijo todo eso, Loren? —cuestionó Jaime con cautela—. ¿La profesora Winter te dijo que lo dijeras? —No hubo respuesta—. ¿Fue Dios? ¿Escuchas su voz en este momento?

—No —se apresuró Loren a responder, en esa ocasión sin vacilar ni un momento en su respuesta—. Nunca he oído su voz, en realidad. No es así como funciona.

—¿Y cómo funciona?

—No lo sé —masculló con voz más apagada, agachando además rostro hacia la alfombra bajo sus pies—. Son como ideas que me surgen de repente, como si se me hubieran ocurrido a mí, pero sé que no es así. De repente sé cosas o comprendo cosas que no creo que debería saber. Y no entiendo bien de dónde vienen. Ni siquiera estoy segura que sea Dios quien me las envía.

Aquella descripción le pareció más que interesante a Jaime. Había conocido ya a otras personas que aseguraban escuchar la voz de Dios, o que Éste les transmitía algún tipo de mensaje o visión. Pero nunca le había tocado que alguien lo describiera de esa forma tan… peculiar. Aunque claro, que nunca lo hubiera escuchado, no era indicativo de que su afirmación fuera cierta.

Aunque tampoco de que no lo fuera.

—Bueno, intentemos descubrirlo juntos —propuso Jaime con actitud optimista, inclinándose un poco hacia adelante—. ¿Te parece bien?

Loren lo miró de nuevo en silencio por un rato, pero tras ese tiempo asintió lentamente con su cabeza como afirmación. Y Jaime pensó entonces que su misión se tornaría al menos un poco menos problemática a partir de ese punto.


—Eminencias —pronunció Loren en alto, y su voz retumbó en el eco de la silenciosa sala, sin necesidad de un micrófono—. Como muchos sabrán, he estado bajo su cuidado por ya casi diez años. Han sido también diez largos años de estar aislada y escondida, ayudando en lo que pueda a la causa de la Iglesia desde las sombras; llena de prohibiciones y restricciones. Pero he aceptado mi papel con gusto, con la promesa de que mi labor ayudaría a construir un mundo mejor. Pero también con la promesa de que se me preparaba para algo grande que llegaría; un momento de tribulación donde sólo yo, y mis habilidades únicas, podrían salvarlos a todos. El padre Alfaro así me lo dijo, y yo siempre creí en él. Nunca me ocultó nada, y nunca me dijo mentira alguna. No era un hombre perfecto, y muchos aquí lo saben bien. Pero siempre fue un soldado leal de Dios, hasta el final.

»Sé muy bien lo que están discutiendo esta tarde. Sé que muchos aquí están poniendo en tela de duda las últimas palabras del padre Alfaro. Y también sé que lo que decidan en este momento y lugar, podría decidir el futuro de nuestro mundo entero. Por ello les pido que no hagan menos lo que el cardenal Montgomery les ha expuesto. Y en especial, no hagan menos las palabras del padre Alfaro. Él dio su vida para descubrir al Anticristo, y su sacrificio no debe ser en vano. No pueden permitir que Damien Thorn y su séquito sigan causando más muerte y maldad en el mundo. Su inacción al respecto, traerá más dolor del que pueden imaginarse.

—¿Esto que nos dices es producto… de una de tus visiones? —preguntó el Papa, un una inevitable vacilación en su voz.

Loren no respondió de inmediato. Su mirada se desvió ligeramente hacia un lado, como si buscara la respuesta en algún rincón.

—Sería sencillo decirles que sí, pero sería una mentira —admitió sin más—. Me temo que se trata de un presentimiento más convencional. Pero lo que les puedo decir con seguridad, es que antes de partir a Estados Unidos, el padre Alfaro vino a verme, y me enseñó una foto del muchacho que iría a ver, peguntándome si podía percibir algo al verlo.

—¿Y lo percibiste? —preguntó el Santo Padre intrigado.

—No —respondió Loren con pesar, negando con la cabeza—. No percibí nada.

—¿Y entonces por qué nos cuentas esto? —cuestionó el cardenal Erasmus con impaciencia.

—Eso es precisamente lo extraño, eminencia: no percibí nada. Incluso en estos momentos, al mirarlos a cada uno de ustedes, puedo llegar a sentir al menos una pizca de lo que brota de sus corazones; sus sueños, sus anhelos, sus deseos…

Aquella afirmación puso visiblemente incomodos a varios de los presentes, aunque intentaron a su manera disimularlo. Loren no hizo caso de aquello, y prosiguió con su explicación.

—Es como si cada ser en este mundo fuera una pequeña vela que puedo contemplar fijamente, admirando como danza y se mueve, logrando descifrar lo que intenta decirme con cada movimiento. Pero con esta persona, con este chico que el padre Alfaro investigaba, no ocurre así. Es como si fuera una gran mancha de oscuridad en un mar de luces. Una mancha que no me deja ver más allá de la negrura absoluta.

—¿Y todo eso qué significa exactamente? —preguntó curioso el cardenal Robles.

—No lo sé… No sé qué cause tal fenómeno. Es como si fuera un ser oculto a los ojos de Dios. Pero por eso mismo, estoy convencida de que el padre Alfaro vio algo esa noche al enfrentarlo, algo que sólo fue capaz de ver al estar frente a frente. Así que si quiero saber realmente lo que se oculta detrás de esa oscuridad, necesito hacer lo mismo. Y por eso, es mi deseo ir a los Estados Unidos, y encarar a Damien Thorn.

Un apreciable rastro de confusión y exaltación se extendió entre los cardenales presentes, como una pequeña ola que recorría la sala de un lado a otro. El más afectado, aunque había permanecido en silencio desde la llegada misma de la chica a la sala, debía ser el cardenal Montgomery. En cuanto Loren pronunció tal declaración, su rostro se petrificó en una expresión de espanto que, al menos a ojo de Greta Fraueva, resultaba incluso divertida.

—Claro que no —exclamó el cardenal Eramsus, encolerizado—. Es absurdo, ¡no vamos permitir tal cosa!

—Lo siento, eminencias —masculló Loren, impasible—. Me temo que quizás me expresé de forma incorrecta. No he venido aquí a pedir su permiso: vengo a informarles cuál será mi accionar, nada más.

—Loren —exclamó Montgomery, alarmado. Su reacción no fue muy distinta a la de los demás, incluso la del Papa, aunque todos ellos se quedaron callados en su lugar.

Pese a la reacción, la jovencita no titubeó y continuó firme en su declaración.

—He estado bajo su protección todos estos años; me han cuidado, y me han enseñado. Y por todo eso, estoy enormemente agradecida desde el fondo de mi corazón. Pero ya no puedo seguir escondiéndome, pues ha llegado el momento de que cumpla mi labor final en este mundo. Y me temo que si tengo que hacerlo sin ustedes, lo haré. Así que, decidan lo que decidan este día, yo iré tras este muchacho. Y descubriré la verdad sobre lo que el padre Alfaro vio.

—Eso es casi un chantaje, jovencita —le recriminó el cardenal Robles con severidad.

—Sólo les informo las cosas como son, eminencias. Si no les parece, pueden intentar detenerme.

Y aquello último ya no sonó tanto como un chantaje, sino más parecido a una amenaza…

Y dejando aquellas palabras revoloteando en las cabezas de todos los presentes, sin más Loren se dio media vuelta y comenzó a subir los escalones con paso tranquilo hacia la puerta. La madre Valentina, sobresaltada y pálida por todo lo que acababa de ocurrir, tardó un momento en reaccionar y ordenarle a sus pies que la siguieran.

—Esperaré paciente su respuesta. Paciencia es lo que más he tenido estos años; un poco más no me hará daño.

Y antes de que cualquiera pudiera reaccionar lo suficientemente rápido como para decir o hacer algo para detenerla, la jovencita en hábito blanco y su acompañante desapareció de sus vistas, atravesando la puerta de la sala.

Al pasar a su lado, Greta volvió a seguirla con su mirada, contemplando en esa fracción de segundo con más cuidado las facciones de su rostro, el singular brillo de sus ojos, y de nuevo esa extraña presencia que arrastraba consigo. Una vez desapareció en la puerta, una amplia sonrisa de satisfacción se asomó en sus labios.

—Me agrada —masculló con jactancia.

—No me digas —murmuró De Carlo, irónico.

La partida de Loren poco a poco fue sacando a los cardenales de su trance, y sus voces de descontento y arrebato comenzaron a cubrir el sitio. Antes de que todo se cubriera de nuevo en el caos, el Papa tomó a iniciativa, poniéndose de pie y alzando sus manos hacia todos pidiendo orden.

—Creo que ya hemos oído suficientes puntos de vista por hoy —exclamó en alto en Santo Padre, procurando que su voz se hiciera escuchar por encima de todo el barullo—. Por favor, que todo aquel que no pertenezca al Colegio de Cardenales se retire de la sala. Analizaremos y deliberaremos este asunto a profundidad hasta llegar a una decisión.

Aquella era su señal para que Greta, De Carlo y todos los demás invitados se fueran de una buena vez. Y por lo menos de parte de Greta, no lo lamentaba. Ya había visto y escuchado suficiente; más de lo que se hubiera podido imaginar, en realidad.

—Se hizo lo que se pudo —masculló De Carlo con pesar, mientras ambos caminaban hacia la puerta.

—¿Quién es esa chica exactamente? —preguntó Greta, más que curiosa—. ¿Cuál es su historia?

Leonardo dejó escapar un largo suspiro.

—Es alguien que nunca debimos haber conocido.

—¿Otro misterio oscuro del Vaticano?

—Todo lo contrario…


—Loren, ¿qué acaso has perdido el juicio? —le reprendió la madre Valentina con notable dureza, una vez las dos estuvieron fuera del edificio y avanzaban por la plaza—. ¿Cómo se te ocurre hacer algo como eso, muchacha?

—¿Por qué lo dice? —preguntó Loren con falsa inocencia—. Yo creo que salió muy bien, ¿usted no?

El rostro severo y la mirada chispeante de enojo de la monja, le dejó más que claro que no compartía ni un poco de lo divertido que a ella le parecía. Loren se obligó por lo tanto a borrar su sonrisita confiada, y adoptar una posición más seria.

—Lo siento, sé que fue un poco imprudente —admitió, apenada—. Pero incluso desde antes de entrar pude sentir sus intenciones de descartar todo el asunto y no hacer nada. Tenía que portarme un poco dramática para que me escucharan y cambiaran de opinión.

—Fuiste demasiado dramática —señaló la madre Valentina, exasperada—. Sentí por un momento que el corazón se me saldría del pecho de los nervios.

—Yo también —confesó Loren, aunque rio al hacerlo—. Aún sigo algo acelerada, en realidad. Fue intimidante hablarles así a personas tan importantes. Pero al final, sin importar las ropas o títulos que utilicen, siguen siendo personas. Bellos e imperfectos como todos.

La madre Valentina no tenía armas para contradecirle tal afirmación; eran las palabras más ciertas que había escuchado en mucho tiempo.

El enojo de la monja se fue aplacando poco a poco conforme se fueron alejando del epicentro de toda aquella hecatombe a punto de ocurrir. Allá afuera entre la multitud, a la vista de cualquiera sólo eran dos religiosas más, como tantas otras que caminaban por ahí.

En parte la madre Valentina sólo podía reprocharse a sí misma lo ocurrido; ¿en serio pensó que ocurriría algo distinto al llevar a esa muchacha hasta ahí? En todo caso, todo había salido incluso mejor de cómo podría haber salido.

Pero tarde o temprano les llegarían las consecuencias; buenas y malas por igual.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó la madre superiora, ya más tranquila, o quizás más bien resignada a lo que tuviera que venir.

Loren alzó su mirada y meditó un momento, para al final encogerse de hombros.

—Supongo que volver al convento y esperar su respuesta —concluyó, no muy segura.

—¿Eso es lo que Dios te dice? —susurró la monja con discreción.

—Hoy está muy callado, en realidad —indicó Loren con tono relajado—. Estamos por nuestra cuenta.

—Qué alivio… —masculló la madre Valentina con ironía.

—No es tan malo como parece. ¿Pasamos a la panadería antes de volver?

—No sé si tus acciones sean meritorias de un premio, jovencita.

—¡Por favor! —exclamó Loren en alto con voz de súplica—. Un pandoro es justo lo que usted también necesita para tranquilizarse… Dios me lo acaba de decir justo en este momento.

—Loren… —masculló la madre Valentina, clavando una mirada de completa reprobación sobre ella. La joven sonrió nerviosa, y miró de soslayo hacia un lado.

—Sólo bromeo, no se moleste.

—Lo haces muy difícil…

—Vamos, admítalo —añadió con tono jocoso, rodeando a la madre con un brazo alrededor de sus hombros, en un gesto fraternal—. Me extrañará cuando ya no esté; ¿a qué sí?

Una sonrisita más tranquila y gentil se hizo notar en el rostro de la monja.

—Eso nunca lo he negado, hija mía.

Loren también le sonrió de regreso.

Y aunque al principio se había resistido, al final la madre Valentina terminó cumpliéndole su pequeño capricho, y las dos terminaron pasando por la panadería en su camino de regreso.


Un par de horas después, los cardenales seguían aún encerrados, discutiendo todas las implicaciones del tema en cuestión, añadiendo a la lista de puntos a revisar la repentina advertencia de aquella jovencita, Loren McConnell. De Carlo se había quedado cerca de la sala por si surgía algo, mientras que Greta se había ido por su cuenta a "encargarse de algunos asuntos". De Carlo no se atrevió a preguntarle de qué asuntos hablaba.

Tras esas dos horas de espera, la puerta de la sala se abrió, y De Carlo se puso de inmediato en alerta. Sólo un cardenal salió por ella, aunque era justo el que el sacerdote esperaba. El cardenal Montgomery se aproximó hacia él, con una expresión abatida, o quizás más bien cansada.

—Me temo que esto aún tomará un tiempo —le informó en voz baja, notándose un poco de frustración en su voz al hacerlo—. El Santo Padre no lo dice, pero presiento que se siente inclinado a aceptar nuestra petición; en especial después de la tan inapropiada, pero de cierta forma beneficiosa, intervención de Loren. Sin embargo, la oposición de gran parte de los otros cardenales es bastante difícil de ignorar, y todos piden que se escuche su punto de vista sobre la cuestión.

De Carlo asintió. No necesitó preguntar nada más para entender en qué panorama se encontraban.

—¿Hay algo que pueda hacer para ayudarlo, eminencia?

—Sólo rezar, me temo —le respondió Montgomery, aunque no sonando muy convencido—. De aquí en adelante, lo que pase será Voluntad de Dios.

De Carlo asintió de nuevo, aunque en el fondo aquella declaración le causó una ligera molestia en la boca del estómago. No le parecía que realmente algo de todo eso estuviera dependiendo de la Voluntad de Dios, sino de la de diferentes hombres mortales, todos con sus propios intereses, todos temerosos y confundidos. Y esa era una voluntad en la que De Carlo no se podía sentir seguro.

Al ya no poder hacer nada más ahí, decidió retirarse de momento de regreso a las oficinas del Ministerio de Exorcistas, para revisar de nuevo los archivos del caso, y quizás contactar al padre Babatos en Los Ángeles para informarle de la situación; aunque ignoraba qué hora sería allá en esos momentos.

Al ingresar a una de las salas de reuniones de las oficinas, en busca de tener un poco de privacidad para su llamada, no le sorprendió demasiado ver que ésta no se encontraba precisamente sola.

Greta estaba sentada en una de las sillas de la larga mesa, con sus botines atrevidamente subidos sobre ésta, mientras se apoyaba por completo contra el respaldo de su silla. En sus manos, sujetaba un grueso expediente color azul, que leía con bastante atención, apoyada en sus lentes de armazón grueso, como si de una novela se tratase.

—Veo que te has puesto cómoda —comentó De Carlo con ligera molestia, al tiempo que se aproximaba a una de las sillas y colocaba su saco sobre el respaldo de éste.

—Estoy teniendo una lectura muy interesante —fue la escueta y rápida respuesta de la religiosa, justo antes de pasar a otra página.

—¿Es el expediente de Damien Thorn?

—No, el de Loren McConnell.

De Carlo se sobresaltó, sorprendido, pero también alarmado.

—¿De dónde lo sacaste?

—El cardenal Montgomery lo tenía bajo llave en su despacho, pero yo lo encontré.

El sacerdote dejó escapar un largo suspiro, y se dejó caer como piedra contra la silla más cercana.

—Quisiera poder creer que estás bromeando —masculló despacio, mientras recorría su frente y ojos con una mano.

—¿No quieres saber lo que dice aquí?

—¿Y volverme cómplice de tu pecado?

—Dios comprenderá —fue la explicación de más simple de Greta, y ciertamente sonaba bastante convencida de ello—. Al parecer nuestra chica misteriosa nació en Haven, un pequeño y casi desconocido pueblo de Luisana, en los Estados Unidos, que resultó ser la fachada para una enorme secta satánica radical que había tomado por completo el control del pueblo desde hace generaciones, casi aislándose del mundo entero. La doctrina de esta secta se basaba en el sacrificio del segundo hijo de cada familia, llegado a cierta edad. Esto, según creían, les aseguraba la bendición del Oscuro, y los protegía de cualquier amenaza externa. Esto fue una práctica que estuvieron haciendo en secreto por muchos años. Loren era precisamente la segunda hija de una mujer perteneciente a esta secta, y de un hombre desconocido. Vivió durante toda la primera parte de su vida asilada y sola, hasta que llegara el día en que sería sacrificada, de mano de su propio hermano mayor. Pero cuando el día llegó, cosas extrañas comenzaron a ocurrir en el pueblo. El río se convirtió en sangre, el pueblo fue invadido por ranas y moscas, y el ganado comenzó a morir…

—Las plagas bíblicas —señaló De Carlo, incapaz de ocultar que la había estado escuchando con interés. Greta se limitó a sonreír conforme, y siguió con su resumen.

—Los sucesos terminaron llamando la atención de la profesora Katherine Winter de la Universidad de Luisiana, ex misionera católica que abandonó su fe tras la trágica muerte de su esposo e hija en la última misión en Sudán en la que participó. Después de eso, dedicó su carrera a investigar y desmentir cualquier supuesto milagro, hecho divino o paranormal que llegara a su conocimiento, analizándolos y refutándolos por medio de la ciencia. Pero su experiencia en Haven, según dice aquí, no fue para nada como lo que había visto durante sus otras investigaciones. El pueblo culpaba de los sucesos a Loren, en ese momento de doce años. Al inicio la profesora Winter ignoraba la verdadera naturaleza de los habitantes de Haven, pero conforme su investigación fue avanzando se dio cuenta de las prácticas que habían estado llevando a cabo durante todos estos años. Y estas plagas, a palabras de esta profesora, eran un castigo divino que Dios les mandaba por sus actos, ejecutadas a través de la pequeña Loren. A partir de este momento la profesora Winter comenzó a reconocer a la pequeña como una verdadera enviada de Dios; un ángel… O una Iluminada.

Greta alzó su mirada por encima del expediente en sus manos, echándole un vistazo a su compañero. De Carlo no reaccionó de forma notable a aquello, por lo que al menos ciertas partes de esa historia sí debía conocer.

Bajó la vista de nuevo al expediente y siguió leyendo.

—El pueblo entero terminó siendo destruido por una lluvia de fuego que cayó del cielo, matando a todos los habitantes, excepto a Loren. La profesora Winter acogió a la niña, y se contactó con la Santa Sede en busca de apoyo y guía. Tras algunos meses de deliberación, mandaron a un Inspector de Milagros para que revisara el caso. Y el elegido, por supuesto, fue nuestro querido amigo Alfaro. Tras semanas analizando a la niña y realizándole diferentes pruebas, Alfaro concluyó que no había nada que pudiera determinar que sus habilidades únicas, y su supuesta conexión con Dios, fueran falsas. Y al parecer es el primer caso en sus veinte años como Inspector de Milagros que Alfaro catalogó como real.

»Alfaro y la profesora Winter dedicaron mucho tiempo a intentar catalogar y entender las diferentes habilidades que la niña poseía. Entre la larga lista de las que Alfaro identificó, se encuentra una capacidad empática natural para comprender las intenciones y emociones de aquellos que la rodean; la capacidad para ver y percibir personas y sucesos en lugares apartados de ella; ciertos rasgos de psicometría, habilidad que le permitía obtener información y recuerdos impregnados en ciertos objetos o lugares; y, la más importante, visiones sobre sucesos del futuro, que llegan a ella repentinamente, supuestamente enviadas por Dios. Esas son las más usuales, pero en sus experimentos demostró también en ocasiones cierto grado de telequinesis y telepatía más avanzadas, pero que se desencadenan no de forma voluntaria. Sin embargo, las capacidades que la profesora Winter describió sobre los sucesos ocurridos en Haven en lo que supuestamente pudo invocar las plagas bíblicas a voluntad, no pudieron se replicados en ninguno de sus experimentos. Y concluyen que podría haber aún otras capacidades escondidas en ella que aún desconocemos.

»Tras terminada esta investigación, fue puesta al cuidado de la Santa Sede, oculta de la vista de cualquiera. Fue pasada de un convento de monjas a otro, escondida como una más de ellas. Por eso usaba ese atuendo de novicia, supongo. En estos diez años, diferentes cardenales, en especial el jefe de la Oficina de Exorcistas, han acudido a ella con frecuencia, para recibir guía por medio de sus visiones. Y esta niña al parecer les ha indicado sitios o situaciones en las cuales la Iglesia debía poner su atención. Increíblemente, y si lo que dice este expediente es cierto, al parecer incluso algunas de mis misiones más importantes de los últimos años fueron guiadas por la información que esta niña les dio. Ese niño en Bagdad, la secta que estuve rastreando en Irlanda, el caso de Borneo… Todas ellas supuestamente llegaron a conocimiento del cardenal Montgomery por visiones que esta niña le compartió. Curioso, ¿no?; al parecer hemos estado trabajando juntas y yo ni siquiera estaba enterada.

—Mejor para ti, ¿no? —comentó De Carlo con tono irónico—. Considerando que odias trabajar con alguien más.

Greta hizo un gesto de falsa risa ante su comentario.

—Pero tal parece que hay un caso específico en el que esta muchacha nunca les ha podido dar ni una sola pista —añadió—: La Orden Papal 13118. Por más que lo ha intentado, y cito, "Dios nunca le ha proporcionado ninguna visión sobre la identidad del Anticristo." Supongo que a eso se refería con lo que dijo en esa sala, sobre que este muchacho era alguien oculto a los ojos de Dios.

Cerró en ese momento el expediente, y lo lanzó hacia la mesa, con actitud un tanto despectiva. Se retiró justo después también los lentes, y lo lanzó sobre el expediente de forma similar.

—Qué buena historia —masculló, sarcástica—. Deberían hacerle una película.

De Carlo no resistió en ese momento la tentación, y alargó el brazo lo suficiente para tomar el expediente y poder entonces echarle un ojo él mismo.

—Supongo por tu comentario que no crees que lo descrito en este documento sea real, ¿o sí? —preguntó el sacerdote con curiosidad, mientas comenzaba a hojear las primeras hojas.

—¿Tu sí? —preguntó Greta, sorprendida—. ¿Sabías algo de todo esto?

De Carlo se encogió de hombros.

—Había escuchado rumores, pero nunca la había visto en persona. Y si te refieres a si creo o no que sea un Ángel, o una Iluminada… La verdad no lo sé. No la conozco lo suficiente para hacerme un juicio de ella o de lo que es capaz. Pero creo que ambos hemos visto suficiente en este trabajo, y sabemos que hay muchas personas allá afuera capaces de hacer cosas increíbles.

—Pero eso no significa que alguno de ellos escuche la voz de Dios —replicó Greta categóricamente, bajando al fin los pies de la mesa—. Y mucho menos que sea un Ángel, o aún peor: un mesías.

—Nadie ha usado esa palabra —respondió De Carlo, un tanto sobresaltado al oírla decir eso.

—Está implícita, y lo sabes.

—No podría decirlo con tanta seguridad como tú. Sin embargo, la Iglesia ha esperado por más de dos mil años la Segunda Venida. ¿Quién dice que no podría ocurrir en una forma de una jovencita?

Greta soltó una carcajada irónica, y a Leonardo no le quedó del todo claro lo que intentaba decirle con eso. La mujer se puso de pie en ese momento y caminó hacia una de las ventanas. Jaló el cordel para hacer que la persiana se alzara, y echar un vistazo al exterior, en dirección a la Plaza de San Pedro.

—¿Y quién dice que esta chica no es el Anticristo que hemos estado buscando todo este tiempo? —soltó de pronto, tan casual como si estuviera preguntando si iba a llover—. Escondido como una falsa mesías, como algunos siempre han especulado, y en la apariencia de una joven mujer; algo que nadie se esperaba.

—Es una posibilidad que de seguro más de uno ha considerado —indicó De Carlo—. Pero no concuerda con los parámetros.

—¿Cuáles parámetros? —exclamó Greta, casi exasperada, girándose hacia él—. ¿Qué tiene que ser un varón, nacido en el año 2000, en el seno de una familia influyente? ¿En verdad estamos tan seguros de estos parámetros que hemos descartado en los últimos diecisiete años a cualquiera que no los cumpla?

—No te entiendo, Greta —exclamó De Carlo, confundido—. ¿Crees en lo que la chica es capaz de hacer? ¿O no?

—Sólo me planteó preguntas, eso es todo. En el pasado cualquier loco podía salir a decir que escuchaba la voz de Dios, y justificar sus acciones horribles en base a eso. ¿Cómo saben que no es el caso de esta niña? ¿Qué vio exactamente Alfaro en ella cómo para determinar que no es sólo una persona con habilidad psíquicas como las que hemos encontrado en otras ocasiones?

—Incluso con ese tipo de personas, la Iglesia no ha llegado a un consenso. ¿Cómo es que existen personas que pueden hacer ese tipo de cosas y otras no? ¿No sería ese un indicativo de la mano de Dios dando pinceladas de un plan más grande?

—¿Insinúas que todos los psíquicos son Iluminados de Dios?

—No, sólo insinúo que Dios es quién dio vida a las condiciones y piezas para que en este mundo existan personas como éstas. ¿Por qué no aprovecharlas para que un enviado suyo tenga las capacidades necesarias para cumplir su labor?

Greta arrugó el entrecejo, claramente inconforme con la idea, aunque no lo suficiente como para expresarla tan enérgicamente como solía hacer.

—¿Por qué no las aprovecharía también el Diablo, en cualquier caso? —masculló en voz baja, aunque no dejó claro si era un pensamiento sólo para sí misma.

Se giró de nuevo hacia la ventana, y contempló a la gente que iba y venía por la plaza; cientos de personas, ignorantes de toda marejada de problemas se estaba intentando resolver en esos momentos, a sólo unos metros de ellos.

Bendita ignorancia.

—Algo es seguro —comentó tras un rato de silencio—. Sin importar quién o qué sea realmente esa chica, es claro que su presencia infunde cierto grado de influencia en los cardenales, e incluso en el Santo Padre. Y eso sí que es interesante, y preocupante

—Bueno, dijiste que te había agrado —señaló De Carlo.

—Una cosa no quita a la otra —explicó Greta, encogiéndose de hombros—. ¿Viste sus caras cuando entró así? No les debió haber agradado que su Iluminada secreta se revelara de esa forma. Pero, ¿qué esperaban de una muchacha tan joven a la que mantienen aislada tanto tiempo? Iluminada o no, me sorprende que no se les haya rebelado antes.

De Carlo no tenía nada que agregar a dicho comentario, por lo que se limitó a sólo seguir repasando el expediente, aunque en general era sólo más detalles de lo que Greta le había dicho hace un rato. Incluso a él le sorprendía ver la cantidad de misiones que habían sido encaminadas por las supuestas visiones de esta chica; él no tenía conocimiento de siquiera la mitad de ellas.

Ambos se quedaron en silencio por unos minutos, cada uno enfocado en sus propias cavilaciones. A Greta le llamó particularmente la atención una paloma blanca que pasó muy cerca de la ventana. Intentó seguirla con la mirada, y alcanzó a ver cómo se elevaba alto por el aire, por encima de los edificios del Vaticano.

Esperaba que aquello fuera una buena señal.

—Y hablando de los cardenales, ¿qué pasó con su deliberación? —preguntó curiosa, virándose de nuevo a la mesa.

—Siguen ahí —suspiró De Carlo con resignación—. El cardenal Montgomery me dijo que se extenderán aún más; quizás todo el día.

—¿Aún no llegan a ningún acuerdo? —exclamó Greta, sorprendida.

—Aún no. De momento creo que el Santo Padre pedirá un receso para comer, pero el cardenal utilizará este tiempo para intentar hablar y convencer a sus colegas por separado.

—Ni un Cónclave tendría tantos problemas.

—La diferencia es que en este caso la decisión final será sólo del Santo Padre.

—Aun así, es claro que no la tiene fácil.

Bajó de nuevo la persiana frente a la ventana, y se aproximó a la mesa, sentándose en una de sus sillas. En esa ocasión no subió los pies, pero sí sus codos. Apoyó el rostro con su mano, y miró con aburrimiento en dirección a la pantalla apagada de la sala, que se solía usar para conferencia en muy raras ocasiones.

—Menudo lío el que nos dejó Alfaro antes de morir —musitó con marcado desdén—. Con su Iluminada y con sus supuestas palabras finales, tiene a todo el Vaticano patas arriba. Siempre causando un desastre hasta el final.

—¿Quieres dejar ya eso? —pronunció De Carlo con irritación, bajando el expediente lo suficiente para poder fijar su mirada en ella—. El pobre hombre ya está muerto, y te puedo asegurar que en vida sufrió bastante por todos sus pecados. Si aún le queda algo por seguir pagando en muerte, no nos corresponde a nosotros el juzgarlo.

—Juzgo al pecado y no al pecador, como todo el mundo —se excusó Greta, encogiéndose de hombros—. Excepto cuando el pecador arrastra consigo a un inocente en el pecado.

De Carlo soltó un largo suspiro de resignación, y bajó el expediente hasta colocarlo sobre la mesa.

—¿Lo dices por Gema Calabresi? —preguntó con voz cansada.

La expresión de Greta se ensombreció notablemente.

—¿Tú qué crees?

—No me resulta del todo justo. Que yo sepa, ella tampoco era precisamente muy inocente en el asunto.

—No te atrevas a culparla a ella —exclamó Greta con dureza, girándose a mirarlo casi con indignación—. Él era su superior, ella una joven inocente que todo lo que deseaba era entregarse a Dios. Él debió ser su guía, no…

La sola idea de pronunciarlo pareció causar una reacción aversiva en Greta, similar al asco, y fue incapaz de terminar su frase. De Carlo la observó con expresión serena.

—Yo no estoy culpando a nadie —se defendió el sacerdote—. Pero más allá de la indiscreción de Alfaro, él no hizo que esa chica se uniera a la Hermandad.

—La alejó de Dios lo suficiente para ser tentada por el Diablo.

—¿En serio crees eso?

Greta no respondió, pero no fue del todo claro si lo hacía porque en efecto no estaba del todo segura sobre la cuestión que discutían, o simplemente carecía del temple suficiente para decir algo más al respecto. De Carlo lo aceptó, y optó por mejor dejar el pasado un poco de lado, y enfocarse más en el presente que tanto les angustiaba.

—Lo que haya ocurrido entre Jaime y esa muchacha, no debería influir en su credibilidad como Inspector de Milagros.

—En eso no estoy del todo de acuerdo —bufó Greta, irónica.

—Pues gracias a Dios esa no es decisión tuya. El Santo Padre será quien determine qué pasará el final.

—¿Y qué hay de la chica?

La pregunta tomó un poco desprevenido a De Carlo, que tardó unos segundos en identificar de quién hablaba. Pero el expediente sobre la mesa justo delante de él, fue la pista que necesitó para que su mente volviera hacia el tema inicial con el que habían empezado toda esa conversación.

—¿Qué con ella?

—Ya la oíste, a ella no le importa lo que ellos elijan. Ella quiere ir tras Thorn por su cuenta sí o sí. Y aunque admiro su espíritu proactivo, si la mitad de las cosas que dice ese expediente son ciertas, no creo que queramos a alguien así andando por sus anchas, cazando a alguien que, tal vez, también tiene su propio arsenal de habilidades peligrosas.

—No creí nunca escucharte a ti sugerir mesura, Greta —bromeó De Carlo, permitiéndose incluso reír un poco—. Espero que también los cardenales y el Santo Padre decidan bien qué hacer con ella. Pero en ambos casos, nosotros dos no tenemos ni voz ni voto. Como el cardenal Montgomery me dijo: lo que pase, será la voluntad de Dios.

—La voluntad de Dios —repitió en Greta en voz baja, como si aquellas palabras le supieran extrañas al pronunciarlas. De Carlo no podía recriminarle su reacción; él mismo no estaba del todo de acuerdo con la afirmación, pero estaba prácticamente obligado a acatarla.

Ambos se quedaron en silencio un largo rato después de eso. De Carlo pensó que su compañera quería decirle algo más, pero se abstenía de hacerlo, por sus propios motivos. Por su parte, él no tenía nada más que agregar, así que pasó a retomar su lectura del expediente de Loren McConnell. Y como si aquello hubiera disparado algo en ella, en cuanto De Carlo tomó el expediente, Greta se paró abruptamente de su silla y caminó presurosa hacia la puerta de la sala.

—¿A dónde vas ahora? —preguntó De Carlos con confusión.

—A pasear por ahí —fue la respuesta sencilla de Greta, que no aminoró ni un poco el paso.

—¿A pasear por ahí?

—Sí, ya que estoy en la ciudad, quiero ver algunos lugares interesantes. Por ejemplo…

Hizo una pausa, teniendo ya la mano en el pomo de la puerta.

—He oído que el Convento de Santa María de los Ángeles es encantador.

—Greta —suspiró De Carlo con agotamiento, frotándose su rostro con una mano.

—Relájate, De Carlo. La guerra aún no comienza… Que nosotros sepamos, al menos.

Antes de que su compañero pudiera decirle algo más, Greta abrió rápidamente la puerta y salió por ella.

FIN DEL CAPÍTULO 162

Notas del Autor:

—En este capítulo se hizo un resumen rápido de los acontecimientos ocurridos durante la película de The Reaping (2007), que sirven de trasfondo para el personaje de Loren. Aunque algunas cosas están a interpretación de quien escribió el expediente en cuestión, en general los hechos de la película se consideran que ocurrieron como se muestran en ésta, salvo que se diga lo contrario (como en el primer flashback del Capítulo 160).