—¿Os gusta la mansión?
Alyssa y Bradley pegaron un respingo.
—¡Oye! No nos asustes así… —La voz de Bradley tembló al decir eso.
—Lo siento, lo siento, no era mi intención asustaros. Soy Lucius, y creo que vosotros estáis aquí investigando la mansión, ¿no?
—Pues sí, estoy buscando una historia interesante para un artículo… ¿Y usted qué hace aquí?
—Soy escritor, de novelas de terror principalmente. Y no hay mejor sitio que la Phantom Manor, ¿no?
—¿La qué? —Alyssa preguntó intrigada, con la mirada completamente atenta al hombre.
—Es el apodo que le dieron al lugar, por el Fantasma. ¿No conocéis la historia?
Alyssa negó con la cabeza.
—Vaya… Dejad que os la cuente. Se rumorea que esta mansión está encantada por el Fantasma, un ser malvado que controla el lugar. Y no sólo eso, si no que mantiene a 999 fantasmas encerrados entre sus paredes.
—¿El Fantasma? No leí eso en el libro que encontré.
—¿El libro?
—Sí, uno que encontré en mi Biblioteca local, con el logo de una tal S.E.A.
Los ojos de Lucius brillaron con fuerza.
—¡Oh, la Sociedad de Exploradores y Aventureros! Tiene sentido…
—¿La qué? —Preguntó Alyssa confundida.
—Es una sociedad secreta, o era mejor dicho. Las mentes más brillantes estaban ahí dentro.
—¿Como Henry Ravenswood?
—No, creo que él no era miembro… —Dijo mientras se frotaba la barbilla.
—Me encantan estas charlas de información, en serio. —Interrumpió Bradley—. Pero, ¿quiénes son los tíos que están con Melanie en la sala redonda ésa?
—¿Te refieres a la Sala de los Retratos? Fueron los prometidos de Melanie, antes de desaparecer claro.
—¿D… Desaparecer? —Las piernas le empezaron a temblar a Bradley.
—Sí, sin dejar ni rastro. Otro de los misterios de la Phantom Manor.
—¿Y cómo ha descubierto usted este lugar, señor Lucius? —Preguntó Alyssa.
—¿Mmmm? Oh claro, lo leí en un libro también.
Sin previo aviso, las luces de los móviles se apagaron de golpe.
—¡Mierda, la batería!
—Imposible, yo la tenía cargada al máximo.
Las luces de los candelabros de la sala se encendieron de golpe.
—Vale, esto es raro. ¿Usted qué opina, señor…? —Antes de concluir, Alyssa se dió cuenta de que Lucius ya no estaba con ellos.
—Oye, ¿dónde se ha metido este tío?
—Quizá esté en la Sala de los Retratos…
Los dos amigos volvieron a la enorme sala circular.
—No parecer estar aquí.
—Esto no me gusta, Alyssa, vámonos…
De pronto, las paredes empezaron a estirarse.
—¿Pero qué narices?
Ojiplática contempló cómo los cuadros se hacían más grandes.
—Nuestro tour comienza aquí, en esta galería, donde podéis admirar la dulce inocencia de la juventud… —Dijo una voz grave, rasposa, que rebotó por toda la sala.
—¿Quién está hablando?
Melanie iba desapareciendo de los cuadros poco a poco.
—Oh, pero las cosas no son como parecen… ¿Acaso esta sala está creciendo? —La voz ponía la piel de gallina sólo al escucharla.
El cuadro mostraba ahora cuatro nuevas escenas, la de un hombre que estaba encima de un barril de dinamita a punto de explotar, otro que estaba escapando de un enorme oso trepando un árbol, otro que estaba a punto de llegar a una sierra mecánica atado a un tronco, y otro que estaba a punto de caer por un acantilado.
—¿Q… Qué significa esto?
—¡Ni lo sé ni lo quiero saber! —Exclamó Bradley.
—Y atentos: esta sala no tiene ni ventanas ni puertas, lo que os deja un reto muy interesante: ¡buscar una forma de salir! —Una risa diabólica inundó la sala, burlándose de los dos amigos.
—¡Yo me largo! —Bradley empezó a darle golpes a las paredes, desesperado.
Alyssa miró hacia arriba y vió algo que no se le borrará de su mente: lo que parecía un hombre con un traje elegante y sombrero de copa, pero que en realidad estaba en los huesos… Literalmente.
Las luces se apagaron de golpe.
Alyssa y Bradley salieron de golpe de la habitación, sin saber muy bien cómo.
—¡T… tenemos que irnos de aquí!
—¿Y qué pasa con ese tal Lucius? ¡Tenemos que ayudarlo! —Alyssa contestó.
—No le conocemos de nada. Tenemos que salir de aquí, lo siento…
Alyssa miró a su alrededor, y se dió cuenta de que estaban en un nuevo pasillo.
—Espera, no es posible, estábamos en un lugar diferente antes. ¡¿Qué está pasando?!
Su corazón latía a mil, y sus piernas temblaban como dos flanes. Pero tenía que tranquilizarse, tenían que pensar con claridad.
—Vale, Bradley, tenemos que avanzar. No podemos quedarnos aquí… No sabemos qué está pasando.
Bradley asintió.
Ante la vista de los dos, una mujer joven apareció al fondo del pasillo, con un candelabro en la mano.
—No es posible… —Bradley la reconoció de inmediato—. Es… Melanie Ravenswood.
