17. Noria

Tras unas horas de trucos sucios de cartas, que Aziraphale gane a todos los juegos a pesar de ello y unas cuantas horas más de "es esta tu cartaaaaa" hasta que Crowley está planteándose que tan mala idea es saltar de un tren en marcha de VERDAD es que finalmente llegan a Valentine.

Bajan con sus bolsas y la planta en brazos yendo a buscar un carro para que los lleve al centro de la ciudad. Aziraphale le pide al chofer que los lleve a una buena posada donde puedan alojarse para la desesperación Crowley que por lo visto cree en encontrar las cosas por… inspiración divina.

Cuando los ve discutir al respecto, el conductor comenta un "no se preocupe, conozco el lugar perfecto, usted y su esposa van a sentirse como en casa" que los hace callarse y sonrojarse a ambos como si acabaran de encontrarlos… Bueno, en opinión de Crowley, en la cama, desnudos con Aziraphale a cuatro patas y él detrás. En opinión de Aziraphale, en la cama, vestidos y tomándose de las manos por debajo de las sábanas.

No se puede decir que no sea una manera efectiva de tener un viaje tranquilo hasta dicho lugar. Ambos se bajan en silencio, de manera diligente y sin cruzar mirada con nadie.

El rubio le paga de igual manera, porque, por otro lado, pues está claro que los disfraces de Maggie han sido un éxito.

Crowley se apresura a entrar primero a la posada mientras el otro hace ese intercambio, intentando que no los vean juntos ahora y pide una habitación, esperando que Aziraphale pida otra, pero este solo se acerca mirando al suelo con un "¿Ya está, querida?" así que el hombre de la recepción se disculpa diciendo que había entendido que era una habitación para ella sola y les asegura que van a sentirse como en su luna de miel.

El pelirrojo parpadea porque esta vez ni siquiera han abierto la boca siquiera y el rubio aprieta los ojos tapándose un poco la cara.

El posadero le pasa el libro de registro donde Crowley se limita a firmar como Smith por costumbre y Aziraphale intenta preguntarle por el abogado sin mirarle a los ojos.

El pelirrojo le fulmina porque mira lo que han hecho tus preguntas antes, Fell. ¿Qué coño?

El rubio le devuelve una mirada de advertencia porque no sabe que espera que haga si no preguntar. A lo que el otro le pone los ojos en blanco. Porque definitivamente no esto.

El posadero le explica a Aziraphale que no sabe, pero seguramente va a estar en la plaza del pueblo para la fiesta del 4 de Julio. Todo el mundo va a estar ahí.

Crowley levanta las cejas con eso y el posadero le sonríe, asegurándoles que habrá una gran fogata, comida abundante, una feria y fuegos artificiales.

A Aziraphale se le ilumina la cara con eso y mira a Crowley de reojo que solo se queda ahí un poco paralizado con la boca semiabierta.

—Oh, Crowley... —susurra Aziraphale encantado—. Una feria...

El nombrado le fulmina, porque... por todo en general. Con que le llame Crowely, por ejemplo. Y ¿qué hace sonando tan emocionado con esto?

Toma su planta, su bolsa y las llaves que le han dado para irse hacia las escaleras.

Aziraphale le sigue, pensando en esto. O sea, parece muy romántica la idea de ir con Crowley a cenar a la feria y a ver los fuegos... y luego a lo mejor hasta bailar una o dos canciones con él ahora que además está vestido de mujer... Nadie iba a darse cuenta o decirles nada. Esa había sido una gran idea, gracias, Maggie.

Crowley sube las escaleras frente a él también pensando. Otra cita encantadora. O sea... ir a cenar algo por ahí en la plaza, ver la feria y los fuegos y tal vez hasta bailar... y luego a la mañana siguiente a convencer al abogado de que solo es su colega de negocios como si nada hubiera pasado.

¿Podía o no podía dejarse a sí mismo enamorarse de él? O sea, no iba a enamorarse de él, claramente, no seas ridículo, pero no podía disfrutar de la velada sin... sentir algo. Aunque fuera un poquito.

Y si sentía algo, aunque fuera solo un poquito chiquitito de nada, pues no es como que pudiera apagarlo en la mañana para volver a ser frío y distante.

Abre la puerta del cuarto, entrando y viendo que hay solo una cama, obviamente. Aprieta los ojos.

Ahí va Aziraphale cínicamente a rodearle yendo directo a su lado de la cama. ¿Quizás cuando volvieran de la feria podían volver a hacer eso de esta mañana? Le gustaría repetirlo estando un poco más despierto y pudiendo hacer algunas preguntas, aunque no se atrevía del todo a pedírselo.

¿Tal vez pedirle un beso? No estaba muy seguro de que fueran a gustarle, porque con Muriel habían sido un poco decepcionantes, pero... no se sentía así con Muriel. Se sienta en la cama.

Crowley deja la planta en una mesita y toma la jarra de agua para regarla un poco. Es que era absurdo que además fueran otra vez a compartir cama sin siquiera besarse o mirarse ni nada. Vamos que estaba claro que este hombre tenía un problema grave de intimidad y compromiso emocional.

Más le valdría mantenerse distante en todo momento para evitar romperse el corazón. O sea, ya le había dicho por activa y por pasiva todo lo que tenía que decirle y la respuesta era NO cada vez. Mejor dejar de intentar presionar, no sé qué más claro que tenía que ser el asunto. Suspira un poco.

Aziraphale finge buscar algo en su bolsa para cambiarse mientras sigue dándole vueltas al tema, tal vez podría darle la mano mientras estaban en los fuegos artificiales, de manera un poco escondida. Entrecruzar los dedos para sentirle ahí a su lado.

Se imagina el color dorado de la luz del fuego brillando en su pelo pelirrojo y luego aprovechar que todo el mundo estaría distraído mirando el cielo y los fuegos para que le tomara suavemente la barbilla hacia sí... primero fingiendo quitarle de la cara un pequeño grano de maíz o algo así de una mazorca que se estaría comiendo, pero luego juntar los labios con los suyos. Primero suavemente y luego... se sonroja y se tapa la cara con esta idea.

Crowley acaba con la planta y suspira un poco porque mantenerse frio y distante es una mierda y aún más en un ambiente romántico como el que les estaban prometiendo. Iban a estar ahí viendo los fuegos artificiales y en vez de tomarse la mano y besarse iban a estar... viéndolos.

Hasta se imaginaba a Aziraphale con su tonito agudo de sabelotodo "¿sabes que se usan distintos componentes químicos para hacerlos de colores? por ejemplo, el rojo se hace con grafofosforfanato y el verde con cicloradomagnetofono. Es fascinante. Y el amarillo se hace con la mezcla del rojo y el verde porque en los colores de la luz es el verde el que es el color primario y..." mientras él se quedaba ahí plantado como un imbécil, sin oírle ni mierda por culpa de la gente gritando y de... bueno, el sonido de las explosiones. Besando una estúpida mazorca cubierta con mayonesa con exagerada forma fálica a su parecer. Ugh.

Aziraphale nota la biblia sobre su mesita de noche y se sonroja más mordiéndose el labio. La toma y cínicamente, levantando la barbilla, abre el cajón de abajo del todo de la mesita y la mete dentro porque ojos que no ven, corazón que no siente.

Y luego piensa que quizás al regresar, Crowley podría volver a hacer eso de esta mañana, pero de cara hacia él... mirándole a los ojos y susurrando su nombre suavecito.

El pelirrojo se mira al espejo y se arregla un poco el pelo, cepillándoselo con cuidado para no deshacerse los tirabuzones y luego se arregla el pintalabios.

Y luego piensa que, al regresar, este imbécil diría que estaba muy cansado, se pondría su absurdo pijama con su gorrito y le pediría que le contara un estúpido cuento de forajidos. Ya tendría que contarle un maldito relato erótico a ver si despertaba algo en él.

—Ehm... Uhm... —empiezan ambos a la vez como habitualmente. Nueva discusión a gestos. Gana Crowley, así que habla Aziraphale—. ¿Quieres... ir a la plaza como ha dicho el hombre de abajo a ver si encontramos al abogado?

—Pues a eso hemos venido, ¿no? —replica un poco agresivo ahora y se levanta la falda para fijarse un revolver al muslo en un movimiento del que Aziraphale no pierde detalle. T-Tal vez... él debería ser el que hiciera eso que... hizo ayer Crowley.

—¿Qué? —el rubio sacude la cabeza saliendo el de esos pensamientos. Le da una vergüenza infinita que Crowley vea eso. Seguramente se resolvería solo en la noche como cada vez, no hacía falta exponerse.

—Que sí —responde el pelirrojo sin notarlo, volviendo a dejar caer la falda y haciéndole sonreír por haber aceptado, aunque este no le sonríe de vuelta.

—¿Has estado alguna vez en Valentine? —Aziraphale se acerca y le toma del brazo, con mucha más comodidad y naturalidad de lo que cabría esperar, tirando de él a la puerta.

—Alguna vez —responde desinteresado y aprieta los ojos porque se suponía que iba a mantenerse frío y distante. Solo amigos. ¿De dónde sacaba ahora que era buena idea tomarle del brazo? Apenas si se habían tocado las últimas semanas.

—¿Por negocios ilícitos? —pregunta sonriendo un poquito—. ¿O a hacer buenas obras? —añade para molestarle.

—¿Cuáles buenas obras? —frunce el ceño entrándole a trapo, como siempre.

—Asmodeo me contó lo del tren de los niños —sonríe un poquito avergonzado.

—¿Qué? —exclama escandalizado.

—Me dijo que por eso dejaste a los Diablos, que les estropeaste el plan porque te rehusabas a meterte con los niños por principios —sigue.

Crowley se sonroja de muerte atragantándose con su propia saliva.

—En realidad me pareció encantador —añade Aziraphale—. Y me tranquilizó un poco saber que tienes principios y en el fondo un lado un poco… tierno.

—¿Qué demonios…? —Crowley se gira a él en un revuelo y lo empuja contra la pared del pasillo—. ¡Yo no tengo ningún lado tierno! —protesta muy enfadado, hablando a unos cuantos centímetros de su cara mientras Aziraphale se queda sin aire por un segundo mirándole a los ojos y luego baja la vista a sus labios porque es que están muy cerca—. Ni tengo ningún principio que…

—Disculpen —les interrumpe una camarera con un carrito de la limpieza para poder pasar.

Ambos se giran a ella. Crowley suelta a Aziraphale, bufando y este se arregla la camisa y su corbata de bolo relamiéndose un poquito inevitablemente, sin siquiera saber por qué.

—Vamos —murmura el pelirrojo frunciendo el ceño porque por un momento, cuando le ha mirado los labios, se le ha olvidado completamente lo que estaba diciendo y… UGH.

Aziraphale saluda a la mujer con un gestito con el sombrero con un suave "Howdy" al pasar por su lado en lo que salen a la recepción, de la que Crowley pasa de largo directo a fuera porque ahora está de malas y no quiere hablar con nadie.

El rubio nota un cartel suyo de "Se busca" colgado en el tablón de anuncios que antes no han visto y vacila un instante con eso, poniéndose nervioso, pero prefiere sacudir la cabeza y simplemente ignorarlo como si nada, confiando en sus prótesis.

Sale tras Crowley, sonriendo y oliendo palomitas en el aire, casi puede decir donde está la fiesta solo siguiendo el olor como si fuera un personaje de dibujos animados.

—Oh, Crowley, mira… ¡Hay una noria! —exclama Aziraphale cuando ve la parte alta sobresalir por encima de los tejados a lo lejos, tomándole del brazo otra vez casi sin pensar—. ¿Quieres subir conmigo? —pregunta, porque quizás podría volver a decirle lo muy bueno que es cuando estén arriba y se conseguiría ese beso que antes, estaba seguro, casi le da.

El pelirrojo se paraliza con eso porque las norias… las norias significan ferias. Y las ferias: feriantes.

—Seguro venden manzanas de caramelo y algodón de azúcar —sigue Aziraphale relamiéndose—. ¿Lo has probado alguna vez? Yo lo probé el año pasado en Saint Denis, no lo había visto nunca. Ya verás, te va a encantar —le toma de la mano para tirar de él y que se apresuren.

—Espera, espera, Fell… Quizás esto no es una buena idea —le detiene, porque además antes ya ha arrancado de la pared otro cartel de "Se busca" de Aziraphale mientras esperaba a que saliera.

—¿Qué? ¿Te dan miedo las alturas? —deduce levantando las cejas.

—¿Cómo? ¡No! —protesta dejando de mirar la noria y mirándole a él.

—No pasa nada si te dan miedo, a muchas personas les dan miedo —le consuela pasándole la mano por el brazo.

—No me dan miedo las alturas, me dan miedo los suelos —replica—. Pero ese no es el punto.

—¿Los suelos? —parpadea.

—Lo que te mata no es la altura, es el suelo —explica—. Pero es que si hay una noria hay un noriero. ¿Noriero? ¿Noriador? ¿Noriante?

—Operario de la noria —explica con paciencia, empezando a andar de nuevo.

—Lo que sea. El operario es el problema entonces—señala para allá mientras igualmente le sigue.

—¿Cómo va a ser el operario el problema? No seas tonto, seguro sabe lo que se hace, no hay porque desconfiar.

—No, no, Fell… Es que… ¿Recuerdas cuando te conté de que los Diablos y en general la gente que pertenece a bandas a veces tiene trabajos y todo eso?

—¿Qué quieres decir? —frunce el ceño.

—La… Noria, suele ir acompañada de otras casetas. ¿Sabes? Esas de juegos amañados en las que se dispara a los patitos —hace gesto de sostener una escopeta en las manos—. O las que se tiran aros a los cuellos de botellas vacías.

—¿A-Amañados? —pregunta abriendo la boca incrédulo y Crowley le mira con cara de circunstancias porque ese no es el punto, otra vez—. ¡No están… amañados! No les permitirían estar cara al público si lo estuvieran.

—De todos modos — el pelirrojo sacude la cabeza porque no es eso lo que quiere discutir ahora—. Lo que digo es que esas casetillas suelen ser parte del trabajo "honrado" que hacen esas personas, les permite moverse de un lado a otro sin levantar sospecha y es fácil y barato montar una.

—¿C-Crees que esté ahí alguno de tus excompañeros de trabajo? — Aziraphale levanta las cejas.

—P-Pues… Podría —asiente.

—Pero vamos disfrazados, ¿no? No van a reconocernos así vestidos —le mira de nuevo. Crowley traga saliva, porque solo faltaría que lo reconocieran en un vestido de mujer—. Vamos, igualmente habrá mucha gente, nadie se va a fijar en nosotros.

El pelirrojo se deja tirar y efectivamente, a medida que se acercan al lugar es que se nota que hay más personas en todos lados y se hace más fuerte el olor de la comida y el griterío general.

Hay una banda cantando canciones que más tarde se convertirían en country sobre un escenario de madera, envuelto en fardos de paja. Todo está decorado con banderitas azules rojas y blancas por todos lados y nadie parece estar fijándose en nadie, como siempre, el mejor lugar para esconderse es a la vista de todos.

Aziraphale localiza el puesto de dulces como si tuviera un radar especialmente entrenado para esto en la cabeza y ahí se dirige como si una cuerda tirara de él. Crowley le sigue de cerca viendo a las casetas desde ya, discretamente y por encima de las gafas a ver si acaso reconoce a alguien, pero, aunque todos parece que podrían estar perfectamente en los diablos, no le suena ninguno.

Mientras el rubio compra las existencias completas de productos azucarados del estado de New Elizabeth, Crowley nota como hay unos chavalines rondándole.

No es fácil verlos si no es con ojos entrenado. Son demasiado pequeños, llevan ropas rotas y gastadas que les van grandes y un exceso en ausencia de zapatos.

Crowley sabe quiénes son. No sabe QUIENES son, pero sabe qué son. Él mismo fue uno de ellos en otro momento. Aprieta los ojos porque por supuesto que Aziraphale parece el objetivo perfecto y habían tardado menos que canta un gallo en darse cuenta.

No quiere montar un espectáculo porque bastante mal suele irles a estos chavales para que él les eche a perder una noche como está haciendo que los arresten, en otro momento les dejaría desplumarle por la ley del equilibrio universal de la riqueza, pero Aziraphale está siendo buscado por la justicia y ya hablaron antes de que no podía ir al banco pronto.

Aprieta los ojos y hace lo único que se le ocurre en este momento.

En un par de grandes zancadas acorta la distancia entre ambos hasta abrazarle posesivamente por la cintura desde la espalda y evitar manitas metiéndose dentro de su ropa.

Aziraphale se paraliza completamente con eso, primero sin entender y luego sonrojándose al notar que es Crowley. A penas si puede articular palabra, balbuceando cuando le preguntan si quiere algo más.

El pelirrojo mira a los pilluelos con el ceño fruncido, riñéndoles, sin notar lo que está provocando en el rubio, que acaba por negar para el tendero, carraspeando.

Este le mira con cierta mirada de desaprobación porque venga, ya no tienen quince años para ser así de obvios con su esposa, pero no dice nada más que el monto total.

Aziraphale no se mueve porque siente que, si busca ahora su dinero, Crowley le va a soltar y le gusta la sensación de sus manos en su cintura y su cuerpo a su espalda. Carraspea de nuevo.

El pelirrojo les hace gestos a los chavalines con la cara para advertirles que se larguen si no quieren que esto vaya a peor y que Aziraphale está fuera del límite. Cuando nota el carraspeo del rubio es que se gira hacia él y se sonroja al notar que es lo que ha hecho. Soltándole como si fuera una brasa ardiente.

El de ojos azules le mira por encima el hombro un poco decepcionado de eso y vuelve a carraspear, sacando ahora si su dinero para pagar.

—Ehm… y una bolsa de palomitas dulces extra —pide Crowley antes que lo haga. Él le mira de reojo un poco sorprendido, pero asiente para el tendero.

Cuando la transacción acaba le pasa a Crowley su nube de azúcar y su bolsa de palomitas. Mientras recoge todo lo otro que se ha comprado para él, el pelirrojo le pasa la bolsa a uno de los chavalines y vuelve a tomar a Aziraphale de la cintura para llevárselo de ahí.

Los niños levantan las cejas sin haberse esperado eso y sonríen con sus bocas melladas porque casi nunca nadie les da nada voluntariamente, agradeciendo a Crowley que ni siquiera los mira ni les hace más caso.

—Uh, Querid…a. Querida, no me molesta este asunto de la cercanía, pero quizás haya ocasiones mejores para ello—comenta Aziraphale mientras se van.

—Ah… —vacila y se sonroja sin mirarle—. Sí, sí. Vale. Lo que tú digas. Camina.

—Entonces… ¿Noria o no noria? —pregunta sonriendo de lado.

—¿No teníamos que buscar al abogado?

—Le pregunté al tipo de la caseta de dulces. Dice que es un tipo alto, de pelo oscuro y que siempre suele vestir muy elegante —explica quitándose la prótesis de los dientes para poder comerse su manzana.

—Le… ¿le preguntaste? —vacila—. No deberías quitarte eso.

—No puedo comer con ello puesto y claro que le pregunté, ¿cómo vamos a encontrarle si no? —mastica—. ¿Puedo probar tu algodón de azúcar?

Crowley suspira y le tiende lo que lleva en la mano, así que ahí va él a darle un pellizco. Se lo lleva a la boca tan contento y ahí se va luego directo a la noria.

El pelirrojo le sigue suspirando un poco y notando esta cosa rara toda rosa y esponjosa que le ha dado, frunce un poco el ceño intentando darle un mordisco para descargar la frustración y notando que no puede.

Trata otra vez y parpadea, porque siente que le ha llenado la cara de cosa pegajosa y le ha manchado las gafas, se las quita para limpiarlas.

—¿Qué te pasa? —pregunta Aziraphale cuando le ve.

—Es esta cosa, ¿la quieres tú? —le pasa la nubecita.

—Oh, ¿no te gusta? —la toma.

—Ni siquiera he podido comerla —se limpia la cara.

—Eso es porque no sabes, mira —Aziraphale se ríe un poquito y pellizca un poco de algodón, tendiéndoselo a Crowley mientras hacen cola para subir a la noria.

Ahí va este a entreabrir los labios para que se lo ponga en la boca y el rubio vuelve a tragar saliva con eso, pero… pues ahora son pareja, es lógico que hagan esa clase de cosas, ¿no? Vacila pensándoselo y finalmente ahí va con los dedos.

Crowley le captura estos con los labios, con suavidad y Aziraphale le mira bastante hipnotizado.

El pelirrojo se sonroja con esa mirada y el otro le imita en espejo sin darse cuenta.

Lentamente acaba por soltarle la mano y Aziraphale se gira, dándole la espalda sin haber podido aguantar eso, llevándose los dedos sobre sus propios labios y pensando en un beso indirecto.

Crowley está ahí atrás sujetándose de algo, respirando como si viniera de correr y sorprendiendo que no haya entrado en combustión espontánea. No es como que podamos considerar esto mantenerse distante y solo amigos.

El operario de la noria les carraspea para que se apresuren porque les toca subir, exactamente lo que necesitan ahora mismo, que los suban a una cabina de dos metros cuadrados, solos, los encierren ahí y los levanten a quince metros del suelo.

Aun así, ahí va Aziraphale delante y Crowley le sigue, en silencio, sin siquiera atreverse a mirarle.

—¿Estás bien? —pregunta Aziraphale abrochándose el cinturón de cuero de la cabina.

—¿Eh? Sí, sí, claro —no le mira, haciendo también lo propio.

—Eso del algodón… eh —empieza porque quiere hablar de ello, pero no sabe ni cómo.

—¿Aja? —pregunta, tan duramente.

—Ha sido… Uf —le sonríe un poco.

—¿Uf? —entrecierra los ojos.

—¿No? —Aziraphale se sonroja un poco mientras la noria se pone en marcha.

—No sé qué es lo que te parece "uf" —insiste.

—O-O sea, digo que ha sido un poco… —se mira las manos—. Ya sabes.

—No, no sé —sigue, duramente.

—Lo que digo es que… ¿Te ha gustado? —le mira de reojo.

—¿Gustarme? ¿Lamerte los dedos? —se sonroja un poco por ponerlo de una forma así de bestia.

Aziraphale le mira, sonrojado y con la boca abierta porque claramente no se refería a eso, pero puesto así esa pregunta parece bastante mejor y más interesante que la que él ha hecho.

—Y-Yo…

—Meh —responde Crowley sin mirarle, brazos cruzados, viendo el paisaje.

—O-Oh… —Aziraphale baja la cabeza, avergonzado con ello porque a él si le ha gustado.

—Mejor cómetelo tú, creo que te ha gustado más —añade fingiendo desinterés. El rubio levanta la mirada ahora sí y frunce el ceño porque… ¿Está hablando del algodón o de sus dedos ahora? Traga saliva sin saber y sin atreverse a preguntarle.

—S-Se ve una bonita vista desde aquí, ¿no? —pregunta el rubio cambiando de tema y por hacer conversación porque está súper nervioso pensando que querría un beso ahora que estén arriba y no sabiendo cómo conseguirlo—. ¿A-Aun te da miedo el suelo?

—No —responde el pelirrojo secamente, porque si no fuera un imbécil que va por ahí diciendo "sili is in amigui nidii impirtinti" podría girarse ahora a besarle, pero no, aquí iban a estar comiendo una estúpida maraña rosa pegajosa como las manos de un niño pequeño, que ni siquiera era lo bastante fálica como la mazorca a su parecer.

Aziraphale suspira un poco con eso sin saber del todo qué hacer o decirle, sintiendo que Crowley es como si estuviera en Europa a pesar de estar ahí sentado junto a él. Mira de reojo los tejados de las casitas de Valentine y toda la gente apelotonándose en la feria.

Mira las montañas a lo lejos y suspira.

—C-Cuando… —empieza, mirando los cerros medio borrosos por la distancia y la neblina, traga saliva—. Cuando Oscar se fue a Europa me sentí más solo de lo que me había sentido nunca y sentí que debía yo seguirle, por eso siempre he dicho que me gustaría conocer París —explica de la nada y Crowley parpadea un poco sin haberse esperado esto ahora.

—¿Se fue a París? —pregunta suavemente volviéndose a él.

—No —Aziraphale sonríe un poco sin mirarle—. Eso es lo más divertido de todo. Se fue a Irlanda, pero yo quería conocer París, así que pensaba que estando yo allí, él podría venir a verme.

Crowley suelta el aire suavemente en una pequeña risa porque claro que Aziraphale esperaba que el mundo girara un poco a su alrededor a pesar de todo.

—Pero nunca contestó a mis cartas, así que nunca traté de organizar ese viaje —sigue el rubio—. Me pareció un poco cínico pedirle a Muriel que fuéramos a París en nuestra luna de miel.

—¿Y a dónde fuiste?

—A la casa de campo, en Strawberry —le mira de reojo.

—Que romántico —se burla un poco.

—Pues lo fue… un poquito —se defiende—. Fuimos a comer a lugares caros, montamos en globo al atardecer. Fuimos a conciertos elegantes y al teatro —explica, recordándolo.

—Y luego llegar a la casa a decir que estás cansado —replica sarcásticamente levantándose para salir de ahí porque… ya. A la mierda con esto.

—¿Qué? —Aziraphale parpadea con eso paralizándose un poco dentro de la cabina y luego teniendo que saltar en el último momento porque está casi se lo lleva para arriba otra vez.

—¿Por lo menos intentaste acostarte con ella una sola vez o algo? —le mira de reojo, caminando, brazos cruzados.

—¿A-Acostarme? —piensa en que durmió con ella cada noche, pero nunca pasó ni remotamente nada parecido a lo de esta mañana—. No.

—Por lo menos es frustrante para todos. ¿Y Oscar? ¿Él sí tuvo el placer? —continua, un poco agresivo.

—¿O-Oscar? No. Claro que no, ¿por qué iba a acostarme con él? —le sigue, acariciándose las manos la una a la otra, como un pequeño pangolín.

—No lo sé, Aziraphale, ¿porque eso hace uno con la gente que le gusta? —le riñe, a casi gritos, desesperado.

El rubio se sonroja y aprieta los ojos sin entender el problema, ¿ahora le molesta que no se hubiera acostado con Oscar o con Muriel como con él?

Crowley le mira fijamente y bufa por la falta de respuesta, porque de verdad parece que esto es lo que hay. Tómalo o déjalo. Se humedece los labios porque… no. Esto no está bien, no es…

—¿Crowley? —oye que alguien le llama desde el otro lado, levanta las cejas de golpe y sin siquiera girarse o pensar en lo absoluto se echa sobre Aziraphale y le besa.