Al día siguiente, padre e hijo compartieron el tiempo que se habían prometido. Aunque no era mucho, para ambos resultó valioso. Después de sus terapias y consultas, Benjamin y Grant aprovecharon para conocerse mejor. Intercambiaron preguntas, gustos y algunas anécdotas. Ben llevaba la mayor parte de la conversación, mientras Grant escuchaba con paciencia y respondía dentro de sus posibilidades físicas. Beth observaba impresionada, como si esa aura oscura que había rodeado a su esposo hasta hacía un día se hubiera disipado.

Sin embargo, Ben tuvo que regresar, prometiendo a su padre que lo llamaría con frecuencia y que volvería a la primera oportunidad en la que estuviera libre, decidido a continuar construyendo su relación.

Al regresar de llevar a Ben al aeropuerto, Beth se estacionó en la clínica, lista para reunirse con Grant y llena de felicidad por haber presenciado la reunión entre padre e hijo. Sin embargo, esta vez no solo la esperaba Grant. A la entrada de la clínica, un grupo de reporteros esperaban ansiosos obtener información. A solo unos pasos de entrar, Beth se vio abrumada por una ola de preguntas y empujones. Todos querían la primicia del único sobreviviente, y no había mejor fuente que su esposa. Las preguntas, más allá de ser molestas, resultaban incómodas.

—¿Por qué estrelló la nave? —preguntó uno.
—¿Es cierto que ha quedado irreconocible? —interrogó otro.
—¿Es cierto que el copiloto y él eran cómplices? —insistió un tercero.

Beth luchaba por ignorarlos y alcanzar las puertas de la clínica. De repente, una mujer adulta de unos 35 años la interceptó entre la multitud. Sus rasgos asiáticos estaban distorsionados por una expresión de odio y repulsión.

—¡Su esposo es un asesino! —acusó la mujer ante ella, con un tono cargado de rencor—. ¡Él mató a mi hermano!

El corazón de Beth se aceleró al escuchar la vil acusación; el cúmulo de emociones que experimentaba en ese momento le impedía articular palabra.

—¡Él va a pagar caro! ¡Haré que se pudra en la cárcel!

La respiración de Beth se volvió agitada mientras los periodistas la rodeaban, lanzando más preguntas y empuñando sus cámaras. Sin embargo, de repente, una mano salvadora la sujetó y, sin tener noción de su entorno, la guió hacia el interior de la clínica mientras la mujer seguía lanzando gritos acusadores.

—¿Estás bien? —preguntó David una vez que estuvieron a salvo en el interior.

Beth tomó aire profundamente, su corazón latía tan fuerte que creía que podía escucharlo.

—Sabía... —dijo, tratando de calmarse mientras miraba afuera, donde un gran número de periodistas era retenido por el personal de seguridad—. Sabía que esto ocurriría, pero no imaginé que sería así.

—Tranquila, no durarán mucho. —David la miró con una expresión tranquilizadora, intentando infundirle calma.

—Están diciendo cosas... —respondió Beth, mirando hacia la entrada donde los reporteros seguían gritando.

—Lo sé... No vale la pena ni mencionarlo. —Él sacudió la cabeza, manteniendo la vista fija en la puerta.

—Señora Curly... —llamó una voz autoritaria.

Dos hombres en traje se acercaron a ambos. Beth los miró con un aire de confusión en su rostro, aunque podía imaginar de quiénes se trataba. Su corazón comenzó a latir con más fuerza.

—¿Es usted la señora Curly? —reiteró uno de ellos, con un tono profesional.

—Sí, soy yo —contestó desconfiada—. ¿Y usted es?

—Soy el detective Holt, y él es mi compañero Pierce. Estamos aquí para hacer algunas preguntas sobre el caso del Tulpar y su esposo, el ex-capitán Curly.

Beth sintió que su cuerpo se tensaba al escuchar esas palabras. Su extraño equilibrio se había roto de nuevo; la tranquilidad que había logrado encontrar se desvaneció, dejándola con la sensación de que todo se desmoronaba a su alrededor.

—Mi esposo no está en condiciones para un interrogatorio —contestó Beth, con un tono serio, casi ofendida por la desconsideración que mostraban—. Su estado es delicado, aún se está recuperando.

Ambos sujetos se miraron entre sí, evaluando la situación antes de volver su atención a ella.

—Puedo mostrarles un informe si lo desean, o podrían ver su estado físico y comprobarlo por ustedes mismos —argumentó Beth, todavía ofendida, cruzando los brazos y manteniendo la mirada firme.

—No, no, señora Curly, no hace falta. Comprendemos la situación, pero necesitamos saber si al menos hay alguna posibilidad —respondió Holt, con un tono conciliador.

—Eventualmente la habrá —habló ella, con determinación, sintiendo que debía defender a su esposo.

—¿Y qué hay de usted? ¿Podría respondernos algunas preguntas? —preguntó Pierce, inclinándose ligeramente hacia adelante, tratando de mostrar empatía.

Esta vez fueron David y Beth quienes se miraron a los ojos. Ella vaciló por un momento, su mente luchaba entre el deseo de proteger a su esposo y la necesidad de ayudar en la investigación.

—No quiero dejar a mi esposo —dijo finalmente, con un atisbo de angustia en su voz.

—Descuide, podemos conseguir un área privada acá mismo —intervino Holt, tratando de tranquilizarla—. Será algo rápido.

—Creo que deberías llamar al abogado —dijo David, susurrando al oído de Beth, preocupado por lo que podría suceder.

Ella lo miró pensativa, sintiendo el peso de su mirada. Hizo una señal a los hombres con la mano y se apartó unos pasos junto a su cuñado.

—Si llamo a mi abogado, de inmediato creerán que tengo algo que ocultar —respondió Beth, con voz baja y tensa.

—Lo que digas podría perjudicar a Grant —replicó David, frunciendo el ceño, su preocupación era evidente.

—Créeme, es lo último que quiero. En este momento, él no puede defenderse, así que siento que, de alguna manera, puedo ayudarlo —dijo ella, con su voz cargada de emoción y determinación.

Beth notó cómo la preocupación se apoderaba del rostro de David. Sus ojos transmitían una mezcla de miedo y responsabilidad.

—Quiero que confíes en mí... por favor —le imploró, buscando en su mirada un rayo de comprensión.

David titubeó, observándola fijamente, y aunque la duda aún lo asaltaba, al final no hizo más que asentir.

Beth acompañó a los hombres hacia una sala que facilitó el personal de la clínica. Sentía el peso de los nervios sobre sus hombros; sería la primera vez que hablaría directamente con alguien más sobre lo sucedido. Mientras entraban, tomó una profunda respiración, tratando de calmar la tormenta de emociones que la embargaba.

—Muy bien, señora Curly, como le hemos dicho, esto será breve —dijo uno de los detectives, mientras sacaba una carpeta y la colocaba en la mesa. El otro sacó una grabadora y la colocó a un lado, provocando más tensión en el ambiente.

—Háblenos sobre su esposo —continuó el primero, mirándola con atención.

Beth pensaba en las palabras de su cuñado. Cualquier cosa que dijera sobre Grant podría ser utilizada en su contra, pero su miedo era contrarrestado por la calma que le daba conocer realmente al hombre con el que se había casado.

—Mi esposo era... es un buen hombre, muy gentil y servicial —comenzó, dejando que sus sentimientos fluyeran mientras recordaba momentos de felicidad compartida—. Siempre estaba dispuesto a ayudar a otros, era demasiado optimista a veces, siempre buscando soluciones y no problemas.

Los detectives tomaron notas, mientras ella se concentraba en mantener la voz firme, resistiendo el impulso de enrojecer ante la vulnerabilidad de hablar de Grant.

—¿Alguna vez mostró inquietud sobre su trabajo? —preguntó el segundo detective, con una mirada penetrante.

—Mostraba preocupación por las condiciones laborales a las que lo sometían, pero nunca dejó de lado su sentido del deber. Eso lo ayudó a subir de rango, más bien era yo quien siempre se quejaba y le insistía que abandonara ese trabajo —explicó Beth, sintiendo la mirada de los detectives en ella.

—¿Por qué? —preguntó uno, inclinándose un poco hacia adelante, como si esperara una respuesta reveladora.

—Creo que no hace falta que lo explique —dijo Beth, dejando entrever con su expresión la mala fama de Pony Express, la compañía para la que Grant trabajaba.

—¿Su esposo alguna vez mostró conductas erróneas con otras personas? ¿Quizás con sus compañeros de trabajo? ¿Algún indicio que le preocupó? —interrogó el segundo detective, con un semblante serio.

—Grant solía llevarse bien con todos, incluso con los compañeros de carácter difícil; él sabía cómo manejarlos —respondió Beth con firmeza, recordando las muchas veces en las que su marido había resuelto conflictos con su carácter comprensivo y amigable.

—¿Y con usted? ¿Algún comportamiento alarmante? —insistió el primer detective, sin dejar de anotar.

Beth sintió un nudo en el estómago.

—¿Lo que me quiere sugerir es si Grant era violento conmigo? —preguntó, sintiendo cómo la indignación comenzaba a brotar.

—Solo necesitamos información que nos ayude a resolver algunas incógnitas —replicó el detective, manteniendo su tono neutral.

—No, no lo era —respondió ella, aunque su voz sonaba más baja—. Siempre fue un esposo amoroso.

—Se refiere a él en pasado —intervino el segundo detective, su tono un poco más suave, como si estuviera intentando entender mejor la situación.

—Después de lo que sucedió, espero que quede algo de esa misma persona —dijo Beth, voz temblaba ligeramente. La tristeza y la confusión envolvían sus palabras, y sintió que el dolor de la pérdida se apoderaba de ella. Era una lucha constante entre la esperanza y la realidad que enfrentaba.

—Señora Curly, sé que ha pasado mucho tiempo, pero antes de que el señor Curly se marchara, ¿mostró alguna conducta que pudiera considerar alarmante? ¿O recuerda si le mencionó algo que pareciera fuera de lugar? —preguntó uno de los detectives, su tono era sereno pero insistente.

Para Beth no era difícil remontarse a aquel momento. Recordaba ese último día como si fuera el día anterior: la conversación en la noche, el abrazo cálido de Grant, y un asunto que habían acordado hablar al regresar, un tema que finalmente nunca supo. Y del cual pasó parte de los años siguientes pensando en ello. Finalmente, negó con la cabeza.

—Hace un momento nos dijo que se llevaba bien con sus compañeros de trabajo, incluso con los de carácter difícil... eso incluye a su copiloto, Jimmy, ¿verdad? —indicó el segundo detective, tomando notas con atención.


Nos acercamos cada vez mas al final.

Gracias por leer.