A la mañana siguiente, Relena pasó nuevamente por la pequeña bahía que se extendía frente al modesto hotel que resguardaba su privacidad. Los primeros rayos de sol teñían el horizonte, y el aire salado parecía más fresco que de costumbre, como si la naturaleza conspirara para regalarle un respiro en medio del caos de su vida.

Antes de salir, sus pasos la llevaron al estar del pequeño hotel, donde una vieja televisión iluminaba la penumbra con titulares del mundo del espectáculo. Los rumores ya habían cambiado de protagonista. Ahora, la gran noticia era el supuesto romance entre Misato Katsuragi y su coprotagonista, un joven actor diez años menor, con quien compartía la serie más popular de la temporada. Relena suspiró aliviada; al menos, su tormenta mediática parecía haber pasado un segundo plano.

Con pasos ligeros y casi en puntillas, dejó atrás el albergue familiar y salió a disfrutar de su paseo matutino. Necesitaba desconectar, aunque sabía que el tiempo para hacerlo se estaba agotando. Muy pronto tendría que regresar a la ciudad, enfrentarse a la realidad que había dejado atrás y decidir qué rumbo tomar.

El muelle, con su madera desgastada y crujiente, la acogió una vez más. Se sentó al borde, dejando que sus pies colgaran sobre el agua tranquila. El reflejo del sol bailaba en las pequeñas olas, pero su mente estaba lejos de aquel paisaje sereno. Sacó su móvil, aquel pequeño dispositivo que había mantenido apagado durante días. Dudó antes de encenderlo, como si con ello rompiera el hechizo de su aislamiento. Finalmente, presionó el botón y la pantalla cobró vida.

El corazón le dio un vuelco al ver la notificación: más de cincuenta llamadas perdidas. La mayoría provenían del número de Heero Yuy.

"Debo devolverle la llamada", pensó, pero su dedo se detuvo antes de marcar. "No…debo hablar con él en persona".

Sabía que el tiempo era escaso, que el reloj seguía avanzando sin tregua. En pocos días, partiría a Nueva York, persiguiendo su sueño de brillar en Broadway. La distancia entre ellos se haría aún mayor, y con cada segundo que pasaba, sentía más cerca esa inevitable despedida que amenazaba con dejarla vacía.

Meditó su decisión sentado en el muelle mirando nuevamente el anillo entre sus manos. La locura y torbellino de todos esos meses juntos fue un completo huracán de sentimientos que jamás antes había sentido, todo lo que vivieron los traspiés, su reciente compromiso y la forma en que todo estaba sucediendo ahora era doloroso. Ahora su imagen pública estaba excesivamente expuesta ante los medios y para colmo la de él estaba peor.

Suspiró con desaliento y se levantó. Era tiempo de volver a la realidad, de empacar y enfrentar lo que había dejado atrás. Sin embargo, al girar hacia el final del muelle, su corazón dio un vuelco. Una figura la esperada allí, apoyada en un pilar de madera desgastada. Relena la reconoció de inmediato.

—¿Qué quieres? —preguntó, su tono frío y hostil, mientras reconocía sus zapatos y comenzaba a caminar por la arena, intentando ignorarla.

—Vine por ti, Relena —respondió Noin, dando un paso hacia ella.

Relena no se detuvo, sus pasos eran firmes, aunque su pecho latía con fuerza.

—Odín te dijo dónde estaba —concluyó, su voz cargada de reproche.

—Le rogué que lo hiciera. Al principio se negó, pero necesitaba hablar contigo. Necesitaba que escuches de mis labios la verdad. Relena, yo... —la voz de Noin se quebró, y sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas— lo siento. Lamento no haber tenido el valor de dar la cara, de ser tan cobarde. Pero estaba entre la espada y la pared, y… y tomé la salida más fácil.

Relena se detuvo en seco y giró, sus ojos clavándose en los de Noin con una mezcla de incredulidad y furia.

— ¿La salida más fácil? —repitió, su voz temblando de indignación—. ¡Debiste pensarlo mejor! ¿Tienes idea del daño que has causado? Ahora todos hablan de Heero como si fuera un infiel, y yo quedé como una desconsolada que no puede ni sostenerse en pie. ¡La farándula, los fotógrafos, la gente! Todo el mundo se alimenta de este escándalo.

Noin intentó acercarse, pero Relena retrocedió un paso, su mirada era un muro infranqueable.

— ¿Y qué debía hacer, Relena? —preguntó Noin, su tono cargado de desesperación—. ¿Subir al escenario y decir que el bebé es de Miliardo, si no estoy segura? ¿O de Treize, para que luego resulte que tampoco lo es? ¿Qué opción tenía?

—¡La opción de ser honesta! —replicó Relena, su voz alzándose con una mezcla de rabia y tristeza—. ¡La opción de no usar a Heero como tu escudo! Yo no tengo todo el contexto, no sé cuanto estuviste en la cama con Treize ni cuando con Miliardo, solo sé que cuando Odín me contó la verdadera situación me sentí muy traicionada por ti.

—Heero se irá al extranjero —continuó Noin, casi suplicando—. En unos meses, nadie recordará esto. Tendrá su carrera en Estados Unidos, y todo quedará atrás. Aquí, en Japón, su vida comenzará lejos de los escándalos.

—Lo usaste —susurró Relena, su voz quebrándose, pero cargada de firmeza—. Lo admite, ¿verdad? Lo usaste para tu conveniencia, sabiendo que él nunca te traicionaría. Porque no es un traidor, Noin. No es como tú.

El silencio que siguió fue insoportable. Noin bajó la mirada, derrotada, mientras Relena, con los ojos llenos de lágrimas contenidas, volvió a girarse y caminó hacia el hotel. Pero Noin no se rindió siguió caminando cortándole el paso.

- Sé que ya no puedo redimirme, sé que ya es tarde, pero al menos habla con Heero. Conversa con él para arreglar las cosas entre ustedes, solo así el tendrá algo de paz en estos momentos. Relena sé que lo amas porque no hay dudas de él, crees en su fidelidad.

—No te niego que, cuando te vi sobre el escenario señalándolo a él como el padre de tu hijo, dudé por un instante —confesó, con la voz temblando de rabia contenida—. Pero él eligió seguir tu juego, y eso también me duele. Prefirió protegerte a ti, su mentora, en lugar de defendernos a nosotros, nuestra relación, frente a todos. ¡Podría haber terminado con todo ahí mismo! ¡Él pudo…!

Relena ahogó su respuesta en un suspiro y dejó que el silencio llenara el espacio entre ambas. Las únicas palabras que se escuchaban eran las de las olas rompiendo contra las rocas, como un eco distante de sus propios sentimientos. La brisa marina agitó su cabello dorado, y ella limpió rápidamente una lágrima solitaria que se deslizó por su mejilla. Con Valentía, siguió su camino descalza sobre la arena, aunque esta vez sus pasos eran más inciertos, más pesados.

Noin finalmente rompió el silencio, su voz cargada de un tono grave, casi derrotado.

—Algún día entenderás que este rubro es cruel y está lleno de decisiones difíciles. Admito que me equivoqué. Fue un error terrible por mi parte. Sé que Heero me siguió el juego porque, en ese momento, con todas las miradas y focos sobre él, no vio otra salida. Por favor te pido que hables con él y...

— Hablaré con él, pero no porque tu me lo pides, lo haré porque quiero hacerlo. Deja de entrometerte en este asunto Noin. No quiero verte la cara.

Con eso Zanjó la conversación dando la vuelta y caminando hacia el hotel para empacar sus cosas y volver al centro de Tokio.


Los periodistas se lanzaron como una jauría implacable de hienas sobre Dorothy, quien descendió con estudiada elegancia de su reluciente limusina. La fachada de la imponente casa de su tía Mareen Darlian servía como telón de fondo para el tradicional almuerzo dominical, un evento que ella había aprendido a sobrellevar a pesar de la pompa y el ruido mediático que solía rodearlo. Sabía perfectamente que los reporteros, armados con cámaras y micrófonos como si fueran armas de aterrizaje, estaban ahí para arrancarle declaraciones sobre su prima. Sin embargo, Dorothy, con esa mezcla de frialdad y astucia que la caracterizaba, se limitó a lanzar un saludo despreocupado con la mano desde la distancia. Frente a la reja que protegía la entrada a la mansión, los periodistas de farándula se agolpaban, tomando frenéticamente fotos y registrando cada uno de sus movimientos.

—¡Díganos, señorita! ¿Es cierto que está de novia con el heredero de la familia Winner?—gritó uno de ellos, alzando la voz por encima del barullo.

—¡La vieron ayer acompañada! —vociferó otro, mientras disparaba una ráfaga de flashes en su dirección.

La rubia arqueó una ceja con una sonrisa que destilaba un toque de malicia y suficiencia. Entre ella y Quatre habían orquestado un plan maestro, un intrincado juego de distracción destinado a desviar la atención de los periodistas del escándalo que tenía a Heero, Noin y Relena como protagonistas indiscutidos de los titulares de la semana. La noche anterior, Dorothy y Quatre habían salido a cenar a un exclusivo hotel de cinco estrellas, asegurándose de ser captados por las cámaras en un escenario cuidadosamente calculado. La estrategia había dado frutos: al día siguiente, su aparición adornaba las portadas de varias revistas y encabezaba los matinales, alimentando los comentarios de los programas de chismes matutinos.

Pero Dorothy no se detuvo ahí. Consciente del poder de la percepción y la narrativa, invirtió generosamente en un par de voces que difundieron deliberadamente rumores sobre ella. Además, en un movimiento aún más audaz, hizo llegar una jugosa oferta económica a Misato Katsuragi, una de las figuras centrales de una serie rival, para que finge estar involucrada sentimentalmente con su co-protagonista. La maniobra, que algunos podrían considerar poco ética, fue aceptada sin reparaciones por Katsuragi, y pronto un nuevo escándalo competía por la atención de los tabloides.

Mientras los periodistas continuaban especulando fuera, Dorothy atravesó los amplios salones del palacio hasta llegar al patio interior. Allí, su tía Mareen la esperaba junto a una delicada mesita de hierro forjado, dispuesta con una selección de bocadillos, un brunch exquisito y un té servido en porcelana fina. Mareen, siempre elegante, se abanicaba con su sombrero, observando cómo Dorothy se dejaba caer con un aire de dramatismo estudiado sobre la silla frente a la jardinera.

—Querida, como siempre, tu entrada es digna de un escenario—comentó Mareen con una sonrisa ladeada, mientras vertía té en una taza para su sobrina.

Dorothy suspiró, tomando una copa de jugo y dejándola reposar en sus labios antes de beber. En su mente, la satisfacción por su reciente jugada mediática se mezclaba con un nuevo pensamiento: la próxima jugada, siempre la próxima jugada, era lo que realmente importaba en su mundo.

— Son tan molestos — comentando con complacencia mordiendo un macarrón - ¿será posible apartarlos de la entrada? ¿cuánto llevan aquí?

—Al menos desde que explotó el escándalo. Admito que prefiero que estén aquí que persiguiendo a Relena o peor inventando otro rumor absurdo que perjudique nuestro apellido ¡Esto es un horror! siempre supe que trabajara en esa producción traería solo desgracias.

— Le recuerdo, tía querida, que en algunas de las desgracias de su hija usted tuvo injerencia - corrigió Dorothy ocultando su rostro detrás de su té — independiente de eso. Creo que lo ha hecho muy bien manteniéndose al margen y dejando todo en mis manos.

— No quiero involucrarme más. Mi instinto ya me dice que Relena debe estar pasando por un momento muy difícil.

Mareen sospechó mirando su pequeño campo. Su culpabilidad por haber puesto la vida de Relena en riesgo en el pasado ya era suficiente, no quería seguir arruinando la relación con su hija y la última llamada que tuvieron el día anterior, abrió una pequeña esperanza de retomar el contacto. Prefirió continuar con la charla matutina:

— Vi por televisión que tuviste una cita mediática con el joven Winner ¿es real?

— Cincuenta por ciento. Quería tener una excusa para estar a solas con él, pero él parece que solo aceptó porque quería ayudar a sus amigos — suspiró decepcionada — Creo que no entiende lo que estoy sintiendo ¡¿Acaso se puede ser más directo?¡ soy increíblemente sexy y expresiva , ¿acaso no lee mi interés?

— Sin duda debe ser un estúpido — comentó Mareen sonriendo compasiva.

Dorothy se sorprendió con esa última frase. Era casi un cumplido para ella desde su tía, porque siempre sus halagos eran directos hacia Relena y compararla con ella, sin duda se esforzó esta de no cometer el mismo error que la última vez cuando terminaron en tensión.

Juntas almorzaron tranquilas hasta compartir la brisa agitaba con suavidad las cortinas de la terraza, donde la señora Mareen reposaba junto a una mesita de té. La porcelana aún conservaba el calor de la infusión que se enfriaba lentamente en su taza. Un silencio casi solemne envolvía el lugar hasta que unos pasos apresurados resonaron en la galería.

De pronto, una sirvienta apareció en el umbral de la sala. Su expresión era de inquietud contenida, y sus manos se entrelazaban en un gesto nervioso.

—Señora... —susurró con tono urgente.

Mareen alzó la vista con calma, dejando la taza en su platillo con un tintineo apenas perceptible. Se levantó con parsimonia y, sin decir palabra, caminó hacia el interior de la casa. Sus movimientos tenían la gracilidad de quien ha atravesado muchas tormentas y ha aprendido a enfrentar las malas noticias con dignidad.

Dejó atrás la terraza y se dirigió hacia el televisor apagado, arrinconado en una esquina de la amplia sala. Con un ligero temblor en los dedos, tomó el control remoto y encendió la pantalla.

—¿Tía, qué sucede? —preguntó Dorothy, su sobrina, quien acababa de entrar en la habitación.

La mujer no respondió de inmediato. Sus ojos, oscurecidos por la preocupación, se reflejaron en el brillo frío de la pantalla. Finalmente, habló con un susurro cargado de resignación:

—Parece que nos llueve sobre mojado, sobrina querida.

El televisor iluminó la estancia con el fulgor de una transmisión en vivo. Una reportera se encontraba frente a los tribunales, con el micrófono en mano y un semblante serio. En la parte inferior de la pantalla, una franja roja destacaba las palabras "Último Minuto".

La periodista, con voz firme pero llena de expectación, comenzó a leer su reporte:

"Se ha informado en las últimas horas que nuevos antecedentes han surgido, lo que obliga a reabrir la investigación sobre la tragedia aérea que enlutó a la familia Darlian y a la clase política del país. El caso, que hasta ahora se creía cerrado, vuelve a cobrar relevancia tras la aparición de nuevos testimonios que podrían esclarecer si el siniestro del avión 212, ocurrido hace exactamente un año, fue producto de un desperfecto técnico o si, por el contrario, se trató de un acto deliberado.."

Dorothy se llevó una mano al pecho, su corazón palpitando con fuerza.

—Tía... justo después de un año...

Mareen tomó un pañuelo de su bolsillo y lo llevó a su rostro, como si el gesto pudiera contener el peso de la noticia. Sus labios temblaron antes de articular palabra.

—Dios mío... ¡qué dolor! —musitó con la voz ahogada por la angustia—. No quiero ni pensar en cómo debe estar viviéndolo Relena...

El silencio que siguió fue denso, opresivo. Pero de pronto, una voz grave y serena rompió la quietud.

—Estoy igual que tú, madre.

Las dos mujeres se sobresaltaron. Mareen giró bruscamente, su respiración contenida. En el umbral de la puerta, emergiendo de las sombras del pasillo, se encontraba una figura alta y firme. Sus ojos, sombríos y cargados de emociones reprimidas, se clavaron en los de su madre con una intensidad que erizaba la piel.

Mareen se llevó una mano al pecho, aún sorprendida por la repentina aparición de su hija. Su silueta recortada por la luz del pasillo le recordó a la niña que una vez había sido, pero el filo de su voz y la dureza en su mirada le demostraban que aquella época había quedado muy atrás.

—Relena, hija mía… ¿por dónde entraste?

La joven dejó caer su bolso de cuero en el suelo con un golpe seco. Luego levantó los brazos en un gesto de fingida despreocupación, pero la tensión en sus hombros delataba que no estaba tan tranquila como aparentaba.

—Por la puerta de servicio —respondió con frialdad, sacudiendo levemente su abrigo—. Tony me ayudó a entrar.

Con un leve movimiento de la barbilla, señaló al hombre alto que permanecía en la penumbra de un rincón. Él, siempre discreto, asintió con un gesto apenas perceptible. Su presencia era casi imponente: el porte erguido, la mirada penetrante, las manos cruzadas en la espalda en una actitud de vigilancia silenciosa.

Relena avanzó unos pasos, clavando los ojos en la pantalla del televisor, donde la reportera seguía hablando con tono grave.

—Bien… —continuó con una voz medida, aunque en el fondo vibraba de ansiedad—. Acabo de enterarme de las novedades por la radio. No me oculten nada. Quiero saber si esto que aparece en televisión es un simple tongo mediático o si es real.

El silencio que siguió pareció más denso que el aire de la estancia. Mareen frunció los labios con una expresión que mezclaba tristeza y resignación.

—¡Prima! —exclamó de pronto Dorothy, ofendida, llevándose las manos al pecho—. ¿Nos crees capaces de llegar tan leeejos?

Relena entrecerró los ojos en un gesto suspicaz y dejó caer su mirada sobre su prima, observándola de arriba abajo con una lentitud calculada. No necesitó decir nada: su expresión lo decía todo. Dorothy, sintiéndose de pronto como una niña sorprendida en falta, desvió la vista y carraspeó incómoda antes de recomponerse.

—Ejem, ejem… —se aclaró la garganta, irguiéndose con dignidad—. Te aclaro que nos acabamos de enterar por la prensa, al igual que tú, primita.

El ambiente seguía cargado de tensión. El eco del noticiero aún vibraba en la habitación, como un recordatorio de que aquella tormenta no había hecho más que comenzar.

— Quiero creerles, aunque me cueste.

— Es la verdad Relena — afirmó la madre temblorosa — por cierto Bienvenida a casa.

— No tienes por qué fingir cordialidad. Sí vine aquí es porque este es el único lugar seguro, a pesar que el frente está atestado de periodistas, mi departamento está repleto de paparazzis aún y mientras no pase esta ola mediática no puedo andar tranquila. Ahora se suma esta noticia, es preferible estar escondida aquí por un día.

Relena dijo esto último sin emoción, cansada, casi como en automático. Eran demasiadas emociones: la serie terminada, lo sucedido con Noin, ahora el caso otra vez abierto de su padre y además el asunto de Heero...

"Heero" pensó mirando por la ventana.

Tenía poco tiempo para llegar hasta él, menos de 28 horas para poder sortear a los paparazzis, cruzar la ciudad y llegar a donde sea que estuviese.

- Con su permiso iré a descansar a mi antigua habitación.

- Te subiré unos refrigerios, Relena.

- No es necesario madre, no tengo hambre.

Subió lentamente las escaleras ante las miradas preocupadas de todos y desapareció en el ala superior.

- Dios mío - Suspiró Mareen.

- Es un fantasma.

Un silencio cruzó entre ellos. Tony apareció en el umbral del jardín dudando como interrumpir la deprimente reunión familiar. Finalmente se acercó con respeto

- Madame, si me permite el atrevimiento, quisiera hacer uso de mis contactos para averiguar de la reapertura del caso de mi señor.

- Tony, hablas como si aún viviese.

- Mientras no tengamos claridad del caso ni cierre definitivo, para mi la herida sigue abierta.

Mareen sollozó sacando un pañuelo.

- Haz lo que estimes conveniente - sugirió triste- en cuanto a Relena - mantente a su lado y atento a lo que necesite.


Después de una larga siesta, Relena meditó sus siguientes decisiones y próximos pasos. También tuvo el atrevimiento de prender la tv para ver las noticias reconociendo al fiscal a cargo de la reaparición del caso de caída del avión de su padre "¿Querrá Fama?" se cuestionó " ¿Realmente tendrá antecedentes reales que afirmen que fue un asesinato?".

En medio de la oscuridad del atardecer Relena se levantó de su cama y fue a su armario buscando ropa negra que la ayude a mezclarse con la noche. Botas negras, chaquetón largo y sweater oscuro fue lo más sombrío que encontró para desplazarse escalera abajo.

Al llegar a la planta baja vió la chimenea prendida y nadie cerca. No estaba escabulléndose, pero si prefería no dar explicaciones. No quería decir que estaba desesperada por aclarar las cosas con la única persona que en ese momento no dejaba libre sus pensamientos.

Una mucama cruzó por la cocina.

- Mary ¿Haz visto a Tony ?

- Señorita, está en la cochera.

"Perfecto, mejor aún " pensó.

-Lo llamo enseguida...

-No, no, yo voy por él.

Dió zancadas por el salon cruzando la cocina pero antes de salir al exterior la vocesita intrusa de siempre la detuvo cerrando los ojos.

- Te veo sigilosa querida prima.

- Tengo un deber que cumplir y se acaba mi tiempo. Por favor no me detengas Dorothy.

- No lo haré. Me estaba preguntando que decisión tomarás, si no bajabas iría por ti.

Ambas se vieron incómodas, Dorothy continuó resignada.

- Tony te está esperando en la cochera trasera. Hay paparazzis por todo el camino, tendrán que ir por una ruta alterna. Te recomiendo que te recojas el cabello abajo de esta gorra, si no serás reconocible a distancia.

Dorothy entregó una boina negra a Relena. Ella se la puso cuardando su cabello en el interior subiendo el cuello del abrigo.

- Tony sabe donde ir - comentó Dorothy- no es que estemos atentos a tus pasos es solo que...mmm bueno, ya sabes nos tienes preocupados. Quatre me ha llamado para saber de ti, incluso la desagradable de Hilde y bueno, todos saben dónde ...está...él.

Relena la miró con suspicacia. Dorothy daba a entender que todos esperaban una reconciliación. Presionada por su entorno ella tomó una bufanda del colgador colmada de la situación. No estaba para pensar en cuento de hadas, no en ese momento.

- Pero...- prosiguió Dorothy - quiero que sepas que sea cual sea la decisión que tomes, yo estaré aquí para escucharte y me esforzaré por entender tu visión de la situación.

Relena sintió el apoyo de su prima por primera vez ¿acaso la comprendía?

- Gracias - susurró.

Relena tomó la fría manilla y fue a la cochera.

Allí estaba Tony limpiando el auto con un cigarrillo en la boca.

- Su madre me encomendó llevarla sana y salva a donde me indique.

- Hotel Sunmanstre - contestó decidida subiendo al coche.

- Ya me parecía a mí - zanjó pisando la colilla.

El camino oscuro entre la salida de la mansión y la loma escondida era mas difícil. Entre la oscuridad Relena se escondió bajo la altura de las ventanas por petición de Tony. Gotas de lluvia comenzaron a caer haciendo más lento e avance por el camino secreto.

De pronto el teléfono de él hombre sonó. Susurró "entiendo" y luego cortó la llamada.

- Señorita Relena, hubo un cambio de planes. Lowe ha llamado advirtiendo que el perímetro del hotel está con visitantes diplomáticos,eso lo hace más vistoso a la prensa. El punto de encuentro será en Yokohama.

- Eso es más lejos, demoraremos más.

- Acelero lo más posible para estar ahí antes de la media noche.

Y así fue, con las habilidades de Tony en la conducción, llegaron en un par de horas a la zona.

El vehículo avanzó lentamente por entre las calles hasta llegar a una fábrica a la orilla de un muelle, al lado de una gran playa de arenas iluminadas por las estrellas. El coche estacionó y al tomar la manilla para salir de el,la puerta se abrió inmediatamente para Relena.

-Me alivia que estés aquí - estiró su mano Odin Lowe.

Ella salió a la luz aceptando su ofrecimiento.

- ¿Cómo te sientes?

Relena lo miró sin expresión, para que por si mismo leyera el ambiente. Dió dos pasos para avanzar, pero Odin se interpuso un poco ansioso.

- Pero qué demo..?!

- Relena, sé que esto no me incumbe - interfirió tratando de morderse la lengua- pero... por favor no seas muy dura.

- Me extraña viniendo de ti.

- Lo he visto estos últimos días. Por favor, solo que...ya sabes - hizo un movimiento con la cabeza señalando el muelle cerca del faro que iluminó la bahía - soy un padre preocupado después de todo, no ha provocado bocado, no duerme bien , solo sé buena.

Relena suspiró asintiendo.

Caminó cruzando la acera hacia la playa. Cruzó por la arena guardando nerviosa sus manos en el bolsillo hasta llegar al muelle solo iluminado con tenues faroles por la orilla. Sus tacones tocaron la madera haciendo ruido sobre el sonido de las olas hasta llegar hasta él.

Relena lo vislumbró nervioso hasta más delgado después de no saber de él durante cinco días.

Heero esperaba al final del muelle, con sus manos guardadas en la chamarra y sintió nervios al escuchar los tacones atrás de si mismo. Volteó.

- Heero.

- Relena

El se acercó a ella con ánimos de tocarla, pero la joven levantó su mano para calmar su ánimo.

- Espera

Heero tragó, su mazana de Adán se volvió pesada ante la frialdad de Relena.

- Antes de todo, tenemos que hablar.

- Quiero hablar primero - pidió él.

- Te escucho.

- Lo arruiné. Procedí mal con la situación, fui un idiota. Seguí el juego a Noin porque le debo favores en mi carrera actoral y por la oportunidad en Broadway. En ese momento no medí consecuencias para ti, para mi, para nosotros como pareja. Por favor perdóname.

Relena asintió.

- Entiendo, te perdono Heero.

Los ojos prusianos del actor quedaron perplejos ante tal respuesta. El tomó el rostro de la joven

- ¿De verdad me perdonas?

- Sí, es algo que he meditado estos días. No seguiré molesta por la situación que no puedo manejar. No corresponde.

Heero levantó una ceja, no estaba convencido su resolución, aun así se acercó abrazarla y enterró su faz su cuello impregnandose del aroma de su perfume

- gracias, gracias - susurró - por entender.

Ambos se abrazaron un minuto hasta que...

- Sin embargo, que yo te perdone, no significa que nuestra relación siga adelante Heero.

Una brisa fría recorrió la bahía y una ola rompió en el roquerrío. Leves gotas de tormenta comezaron a caer en la bahía mojando sus cabelleras.

-¿ Qué? ¿Relena?

- He estado reflexionando todo lo que hemos vivido, han sido meses caóticos.

- Sé que irá mejor, ahora que terminó la producción tendremos menos problemas ¿es porque me voy lejos?

—No, no es solo por ti, soy yo. No creo soportar la presión de la prensa, los chismes y una relación a distancia. Además, el caso de mi padre se ha reabierto. Todo es demasiado y quiero tomarme un tiempo.

La voz de Relena sonó firme, pero en sus ojos se reflejaba un conflicto interno. La lluvia arreciaba, golpeando las maderas del puente con un murmullo constante, como si la ciudad también estuviera conteniendo la respiración.

—¡No! —Heero palideció, su desesperación se hizo tangible cuando dio un paso adelante—. La gente se olvidará, esto pasará, ¡si es necesario, cancelaré el viaje de mañana!

Una brisa fría recorrió la bahía y una ola rompió en el roquerrío. Leves gotas de tormenta comezaron a caer en la bahía mojando sus cabelleras.

—¡Heero Yuy, no se te ocurra hacer tal locura! —Su voz se alzó con un matiz autoritario, pero teñido de tristeza—. Si no viajas a Nueva York, esto se acabará para siempre.

Los ojos de Heero se oscurecieron, perplejos, intentando descifrar el significado detrás de sus palabras.

—No logro entenderte, Relena…

La lluvia seguía cayendo, ahora con más intensidad, empapándolos por completo. Sus mechones dorados pegados a su rostro la hacían ver más frágil de lo que quería admitir.

—Tan solo dame un tiempo. Yo solo quiero pedirte un espacio para respirar antes de seguir. ¿Puedes entenderlo, Heero?

Él calló. En su interior, una parte de él no quería comprenderlo. A pesar de la distancia, deseaba aferrarse a ella, mantener un lazo, aunque fuera delgado y frágil.

—Sé que es difícil de aceptar, Heero, yo…

—Ven conmigo.

Relena parpadeó.

—¿Qué?

—Como lo oyes —dijo con firmeza—. Acompáñame. Empecemos desde cero, olvidémonos de todo esto, de la farándula, de Japón, de Gundam Wing… Empecemos al otro lado del mundo, solos… tú y yo.

Relena sintió un latido doloroso en su pecho. Quiso imaginarlo: huir, escapar de todo y empezar de nuevo junto a él. Pero su deber, su causa y la verdad sobre la muerte de su padre la anclaban a la realidad.

Negó con la cabeza, rechazando la tentadora idea.

—No puedo, Heero… No quiero irme. Debo quedarme con mi familia, al menos por un tiempo mientras este lío se resuelve. ¿Puedes comprenderme? ¿Puedes hacer eso por mí?

Él no respondió. Solo miró el anillo que ella, con manos temblorosas, se quitó del dedo anular y le extendió.

No lo tomó.

Relena sintió un nudo en la garganta al ver su expresión vacía, como si en ese instante una barrera invisible y fría hubiera vuelto a erigirse entre ellos.

Heero guardó las manos en los bolsillos de su chaqueta gris y desvió la mirada.

—¿Heero? ¿Me escuchas?

Pero el silencio fue la única respuesta.

- ¿Heero?

- Puedes quedarte con el anillo - susurró en voz baja desalentado.

La lluvia cayó por su cabello mojado su pelo. Su corazón dolió, pero en el fondo entendía lo que la chica que tanto amaba necesitaba. Espacio y tiempo, conceptos que tendría de sobra los próximos meses cuando estuviese lejos.

— Gracias, por comprenderme Heero.

—No es algo que haga con gusto. Preferiría tenerte cerca —murmuró Heero, con la voz quebrada apenas por la tensión contenida. Alzó la vista hacia el cielo encapotado, donde la lluvia comenzaba a caer con un ritmo lento y constante, como si incluso el cielo se negara a contener el llanto—. Te libero de todo compromiso conmigo, Relena

El tono fue como en los viejos tiempos: frío, preciso, casi mecánico. Pero algo en sus ojos, en ese fugaz temblor de sus labios, traicionaba la verdad. Había dolor, aunque disfrazado. Siempre lo disfrazaba.

Relena sintió cómo la humedad de la lluvia no podía compararse con el peso que se instalaba en su pecho. Lo miró un instante más, esperando una grieta, un gesto, algo que la detuviera. No hubo nada.

Heero comenzó a alejarse por el muelle de madera, sus pasos firmes resonando como disparos apagados en la niebla. No miró atrás. No vaciló. Como si ya no hubiera nada más que decir, como si la despedida fuera una misión fallida.

Pero Relena no se movió. No podía. Luego, impulsada por un impulso que ni ella misma entendía, dio un par de pasos hacia él.

—Heero... —su voz se quebró, apenas audible entre el murmullo de la lluvia—. ¿Eso es todo? ¿Así termina?

Él se detuvo, de espaldas, con los puños apretados. El silencio entre ambos se alargó, denso, cargado de palabras que nunca llegarían a pronunciarse.

—No sé amar como tú mereces —respondió finalmente, sin girarse—. Y no voy arrastrarte conmigo a un mundo que no quieres. También asumiré las consecuencias de mis errores.

—¿Y qué hago con todo lo que siento? —susurró, dando un paso más hacia él, la voz temblorosa—. ¿Dónde pongo lo que fuimos?

Heero no se volvió aún. Sus hombros tensos, su respiración contenida. Finalmente habló, con una calma que dolía más que un grito.

—Tú decidiste alejarte. No te culpo. Sé que lo hiciste por tu bien... y probablemente también por el mío.

Alzó el rostro al cielo, dejando que la lluvia le escurriera por el rostro como si quisiera borrar algo.

Finalmente se giró hacia ella. Y aunque su rostro era el mismo de siempre —serio, contenido, impenetrable— sus ojos eran un campo de batalla en ruinas.

—Quizás algún día… —hizo una pausa, como si la frase se le atascara en la garganta— quizás nos volvamos a encontrar. En otro momento. En otras circunstancias. Cuando no duela tanto.

Relena lo miró con un nudo en el pecho. Quería gritar que aún lo amaba, que nada de eso cambiaba lo que sentía, pero las palabras eran cuchillas que se le quedaban entre los dientes.

—¿Y si no hay otro momento? —preguntó con un hilo de voz.

Heero apenas sonrió. Una sombra de sonrisa. Dolorosa. Hermosa. Verdadera.

—Entonces este será nuestro último acto de amor. Dejarnos ir… antes de destruirnos.

Y sin más, dio media vuelta y se alejó por el muelle. Cada paso un adiós. Cada metro un pedazo menos de lo que fueron.

Relena no lo siguió.

El mar los separaba.

El silencio también.

Pero el amor… ese seguía ahí. Intacto. Aunque no bastara.

Los pasos de Heero se perdieron entre la bruma y la lluvia, hasta que ya no quedó ni su silueta. Solo el sonido del agua golpeando suavemente la madera del muelle y el crujido leve del viento entre las velas de los botes anclados.

Relena se quedó quieta, como si el tiempo hubiera decidido congelarse solo para ella. Luego, sus piernas cedieron, y cayó de rodillas sobre la madera húmeda, con los puños apretados contra el pecho, conteniendo un sollozo que pronto se volvió imposible de detener.

Lloró.

Lloró por lo que perdía, por lo que nunca sería, por haber tomado la decisión correcta aunque la destrozara por dentro. Porque sabía que él no la habría dejado... y que si alguien debía tener el valor de irse, ese peso caía sobre ella.

El cielo lloraba con ella, gris y cerrado, testigo mudo de una despedida que no tenía héroes ni culpables, solo dos corazones rotos.

—Lo elegí por amor —susurró entre lágrimas, con la voz hecha pedazos—. Pero duele como si lo hubiera perdido todo.

Y allí se quedó, sola en el muelle, abrazando su propia tristeza, mientras el eco del adiós se desvanecía con la lluvia.