Ran aceptó el gofre con una sonrisa que iluminaba su rostro. Shinichi, como siempre, pagó sin dudar, y juntos se alejaron del puesto, caminando por las sendas del parque. Él disfrutaba de esos momentos como nunca. El tiempo a solas con ella era un respiro en medio del caos que solía ser su vida.
—¿Quieres un poco? —le ofreció Ran, sintiendo que su mirada la seguía con atención.
—Es todo tuyo —respondió él, sus ojos brillando con una sonrisa cómplice. —Prefiero verte disfrutar.
Ran se sonrojó, mirando de reojo a Shinichi, como si intentara escapar de su mirada.
—¡Deja de mirarme mientras como! —protestó, girando la cabeza, pero no sin antes tomar otro bocado, incapaz de evitar sonrojarse aún más.
Pasearon en silencio, el viento acariciando sus rostros y el ambiente impregnado con el dulce aroma a primavera. Finalmente, se sentaron en el césped, bajo la sombra de un cerezo. El verde de la hierba parecía más vibrante bajo sus dedos, y aunque Shinichi deseaba haber traído un libro, sabía que en ese instante, lo único que necesitaba era disfrutar del silencio compartido.
—Hace mucho que no te veía tan relajado —dijo Ran, apartando las manos de su cuero cabelludo para acariciar suavemente su rostro.
—Es porque tú me haces sentir así —respondió Shinichi, deteniéndose un momento para besar la palma de su mano.
Deseaba que sus días fuesen como ese preciso instante, reproduciendo esos momentos una y otra vez. Pero la vida real no podía ser tan perfecta, y su trabajo acababa alejándolo de su casa y de su relación más veces de las que le gustaría.
Todavía tenía que hacer un gran esfuerzo, pero empezaba a conseguir disfrutar de su vida privada, aunque su vida laboral fuese un desastre. No es que estuviese desmotivado, tampoco había dejado de esforzarse en los casos y mucho menos se había rendido en buscar a Haibara, pero sí que había empezado a no tomarse las cosas de una manera tan personal, a no tratar de cambiar a las personas, ni traerse los casos al ámbito de su casa y de su relación.
Había aprendido a base de palos, y el caso de la "desaparición" de Haibara, le había ayudado a verlo todo con más nitidez. Las acciones de los demás no estaban en sus manos, y aunque tuviese intenciones de ayudar y de hacer pagar la ley en las situaciones en las que se topaba, no podía cambiar ni modificar las acciones ni emociones de otras personas. Tenía que ignorar demasiadas cosas para poder ayudar a Haibara como necesitaba, y cada vez se derramaba más sangre.
Los meses habían pasado, y con ello, su amistad y sus emociones también habían evolucionado. Al principio no entendía porque no hacía nada por volver o intentar escapar, por volver a la vida que habían empezado a construir todos juntos, y más tarde, las dudas se transformaron en rabia apretado los dientes cuando Akai le comentó como Furuya le había dicho lo bien que ella parecía estar junto a Gin. Era una mujer impredecible, y por más que la hubiese considerado una buena amiga, había vuelto a sentir rabia e incomprensión al sentir que nada de lo que habían avanzado juntos había servido de algo. ¿Era real lo que había conocido de Haibara o no era más que un papel que se había dedicado a bordar a la perfección?
—¿Has tenido novedades de Haibara? —preguntó Ran al notarlo repentinamente pensativo.
Su ceño se frunció y sus labios formaron una mueca algo molesta.
—No tenemos que hablar de ello si no quieres —contestó Ran al notar que su pregunta parecía haberle incomodado un poco—. Es tu día libre, no tenemos porque hablar de trabajo.
—Está bien, no pasa nada —respondió después de suspirar lentamente —. Hemos tenido noticias de la organización, Jodie me comentó que se dejaron ver hace un par de noches, cerca de Kioto, pero parece ser que ella sigue igual de escondida.
Ran frunció el ceño, como si notara algo más.
—Pareces más molesto que preocupado —comentó, fijándose en el tono en su voz.
—Y lo estoy —respondió con dureza, dejando escapar un suspiro cargado de frustración—. Me siento… estafado, por ella, por todo. ¿Pero sabes qué? Que me da igual, si lo que quiere ella es estar junto a un hombre tan despiadado como ese, que se lo encuentre ella misma en el futuro.
Ran rodó los ojos peinando su flequillo para calmar su ceño fruncido y se arrepintió de haberle sacado el tema al ver lo serio y molesto que todavía conseguía ponerle. Incapaz de quedarse quieta, se inclinó hacia él, intentando entender la raíz de su enfado.
—No digas eso, habéis sido muy buenos amigos. Incluso la catalogabas como tu socia y compañera —le recordó con un tono suave.
—¿Qué más da? A ella no parece importarle lo más mínimo —respondió con amargura—. Llevamos meses intentando hacer un operativo para recuperarla, y de repente, parece estar perfectamente trabajando en ese laboratorio para luego acabar por las noches en el apartamento que Gin. Es decepcionante.
—Deberías intentar comprenderla, tú la conoces. Siempre me haces saber que hay respuestas para todo, y si no recuerdo mal, la obligaron a trabajar con ellos la primera vez, ¿no te has parado a pemsar que esta vez también haya pasado algo parecido?
—No le intentes buscar lógica, Ran…incluso puede que se haya ido por su cuenta, ahora mismo no tengo nada claro. Ni siquiera sé si todavía puedo decir que la conozco…
Ran le miró unos minutos pensativa y propuso que reanudasen su camino de vuelta a casa después de ver que su tranquilidad mental había vuelto a desaparecer. Era todo un reto para ella tener a Shinichi como pareja, no era un hombre con una mente sencilla y eso le creaba que nunca sabía bien como abordar una conversación con él, ni saber que palabras exactas son las que necesita escuchar en momentos como ese. Era un reto que le traía demasiados dolores de cabeza, pero a la vez le calentaba el corazón y la hacía sentir querida. Ran sabía que el amor podía ser muy extraño, y pese a todo lo que había escuchado de Haibara desde que había desaparecido, no se sentía que pudiese opinar por lo que eran o no eran errores. La había conocido como una niña, y pese a las mentiras y diferencias que tenían entre ellas, había reconocido que era una persona tan emocional como podía serlo ella misma, por más que observase como trataba de ponerse una dura coraza frente a todo el mundo.
Las mujeres tienen cierta intuición femenina, y Ran se guiaba muchas veces por ella.
—Lo que te molesta es esa cercanía con ese hombre que tanto odias, ¿verdad? —preguntó mirándole sin parar el paso a la vez que entrecerraba los ojos intentando recordar el nombre —. Te molesta que, pese a verla visto como le temía, también tiene otras emociones por Gin que nunca ha compartido contigo.
La cara de sorpresa que puso Shinichi, le hizo saber que había tocado en fibra sensible. Ran no tenía intención de enfadarle, pero sabía que había muchas veces en las que le costaba ponerse de la perspectiva de otra persona, y más cuando se trataba del sexo contrario.
—Shinichi…el amor es extraño. Míranos a nosotros, también somos personas muy distintas.
—No es lo mismo. Ese tipo de amor solo consigue hacer que pases tu vida en la cárcel, Ran —contestó Shinichi con un tono serio—. Sé que tú eres una persona que percibe amor y bondad, Ran. Pero perdóname si yo no soy capaz de creerme que ese asesino quiere algo más de Haibara que aprovecharse de ella. Sé que Haibara no es estúpida y que tiene que tener razones que no me ha contado para sentir aprecio por él, pero no confío en él.
Ran asintió continuando su trayecto, cerrando la boca al sentir que no podía opinar más de lo que había hecho. No la conocía como Shinichi, ni había tenido la unión que ellos habían tenido.
Estaba dispuesta apoyarlo en lo que necesitara y a seguir hablando con él de todos esos temas que tanto lo incomodaban y que tanto le constaban compartir, pero en ese momento, se sentía algo triste después de notar que el dolor que parecía arrastrar Shinichi era por un sentimiento de traición de una mujer. Y no tenía nada que ver con los celos.
La luz del sol atravesó las cortinas como una lanza, clavándose en mis ojos y arrancándome un gruñido de molestia. La sensación de sus dedos acariciando mi espalda fue lo único que me mantuvo en el presente, me hizo suspirar. Intenté levantar la cabeza, pero mi cuerpo seguía pidiendo dormir un poco más
—¿Por qué el sol tiene que ser tan jodidamente insoportable? —pregunté con voz rasposa, más por costumbre que por verdadera indignación, mientras me dejaba caer de nuevo en su pecho, sin ganas de moverme.
Él soltó una risa leve, casi imperceptible, y continuó acariciando mi espalda, esa calma suya que siempre me molestaba y me atraía al mismo tiempo.
—Dormir de más no parece sentarte muy bien —bromeó él sin dejar de acariciar mi espalda.
Sus palabras, aunque ligeras, me hicieron sonreír, pero la desgana seguía en mi interior. La idea de enfrentar otro día más de trabajo me pesaba, como una sombra que se arrastraba sobre mí.
—¿No podemos hacernos los dormidos un rato más? —protesté, sintiendo que el sueño aún me llamaba.
Él suspiró y se separó ligeramente de mí, como si la realidad empezara a entrar. Se estiró y, antes de responder, ya se estaba levantando de la cama con agilidad.
—Bourbon nos recogerá dentro de unas horas —dijo mientras se peinaba la melena con los dedos, mirando a su alrededor en busca de su ropa. —Deberíamos desayunar y estar listos para cuando venga.
Me quedé unos segundos más tumbada en la cama, procesando la información. La mención de Bourbon y lo que implicaba me hizo olvidar momentáneamente la comodidad de las sábanas. Miré mi teléfono. Nueve de la mañana. Era algo tarde, y yo ya debería estar trabajando.
—¿Recogernos? —pregunté extrañada, pretendiendo que especificara.
Yo resoplé inconscientemente al sentir su lejanía y me quedé algo sorprendida cuando agarré mi teléfono y vi que eran las nueve de la mañana.
—¿A dónde tenemos que ir? —pregunté sin saber si debía preocuparme.
—A Sendai —respondió agarrando una muda limpia e interrumpiéndome al ver que abría la boca para volver a preguntar —. Deja de preguntar y ve a desayunar. Te dejaré la ropa que tienes que ponerte en el baño.
—Claro, como no —resoplé rodando los ojos antes de levantarme.
No podía hacer nada en contra de las incógnitas de la organización por más que me molestasen. Me dirigí a la cocina todavía con la camisa ancha con la que había dormido y esperé a que la cafetera estuviese apunto peinando mi pelo revuelto con los dedos. El café estaba algo caliente, pero tenía un sabor amargo perfecto. Me senté en el sofá después de preparar otra taza y la dejé sobre la mesa para cuando Gin saliese del baño.
—¿De verdad tengo que ponerme esto? —pregunté cuando vi el vestido negro colgando en la percha en mi turno de ocupar el baño.
—Vamos a ir a una fiesta, y vas a cumplir veintidós años, no esperes que los vestidos que te escojan sean inocentes ni encantadores —explicó Gin brevemente conociendo demasiado bien como funcionaban todas esas pequeñas cosas.
—Entonces, ¿esto significa que hoy voy a ser tu chica trofeo? —le cuestioné, cruzando los brazos, sintiendo cómo mi rostro se endurecía.
—No tardes en arreglarte —respondió Gin marchándose del baño sin responder a mi pregunta.
Me metí en la ducha con un poco más de lentitud que de costumbre y me entretuve en maquillarme para molestar un poco más a Gin. No me gustaba llevar un maquillaje cargado, ni pintarme para tener la misma forma de cara que todas las chicas del momento, pero sí que me gustaba poner un poco de rojo en mis labios y marcar un fino eyeliner que resaltase lo justo mi mirada. Me puse el perfume antes de contemplar mi aspecto final en el espejo y me quedé unos segundos sorprendida al ver que lucía una apariencia más adulta de lo que era. No me desagradaba la imagen que aparentaba que tenía, pero como había dicho Gin momentos atrás, no parecía nada dulce, encantadora, ni inocente.
Me quedé parada nada más salir del baño y apreté los labios al ver que Bourbon y Vermouth ocupaban un lugar en el sofá con la apariencia de llevar ya un rato esperándome. Los ojos de Vermouth me analizaron más de lo que hicieron los ojos de Gin, con su peculiar desprecio y la mirada afilada y amenazante.
—Deberíamos marcharnos ya, tenemos cuatro horas de camino —intervino Bourbon levantándose del sofá para salir del apartamento justo antes de que el silencio empezase a animar la lengua viperina de Vermouth.
Gin agarró su sombrero justo después de comprobar su beretta y Vermouth se paseó descaradamente delante de él siguiendo el paso de Bourbon, como si fuese una gata callejera haciendo bailar su cola para conquistar a su objetivo. Gin esperó a que yo saliese delante de él y gruñó cuando salimos al exterior y se dio cuenta de que teníamos que ir los cuatro en un mismo coche.
Bourbon ocupó el asiento conductor y Vermouth se dirigió a la parte trasera para mantenernos separados durante el trayecto y así poder incordiarnos con más facilidad, ocupando justo el asiento detrás de Gin. Bourbon arrancó el coche nada más ocupar nuestros asientos y encendió la radio con algún tipo de intención de no hacer ese trayecto tan incómodo. Gin se encendió un cigarro colocando bien su sombrero y Vermouth se acomodó apoyando sus manos en el asiento delantero. Su mirada se veía divertida, no perdía oportunidad para acercarse a él, acariciando su cabello, jugando con su paciencia, y con la mía. Me entraron ganas de agarrar sus manos para apartarlas con desprecio, pero sabía que ella esperaba todas esas reacciones y no me apetecía jugar a las batallitas con ella. Noté que Gin se veía algo incómodo y que trataba de apararse sutilmente de su agarre, pero, aunque ella apartase las manos, minutos antes o después volvían a buscar su pelo. Yo apoyé la cabeza en la ventana y me hice la dormida intentando no pensar más de la cuenta y alejarme de ese ambiente como podía. Notaba la mirada de Vermouth sobre mí aunque tuviese los ojos cerrados y escuchaba el sonido que hacían sus uñas sobre la pantalla de su teléfono cada vez que enviaba y respondía un mensaje.
Paramos a repostar a menos de cincuenta quilómetros de Sedai y el sonido de las puertas abrirse me hicieron despertar después de haberme quedado dormida de verdad. Me apresuré para no quedare atrás cuando ellos salieron y los seguí hasta la tienda de la gasolinera para buscar algo de cafeína entre las bebidas frías. Bourbon pidió que le llenasen el deposito y Gin aprovechó para comprar un paquete de tabaco. Yo cerré la nevera después de encontrar una marca de café conocida y me dirigí a la cola justo cuando Gin contaba las monedas ante de dejarlas sobre el mostrador. Hice un esfuerzo por no reírme por lo bajo al ver que la simpatía e insistencia de la alegre dependienta no conseguía cambiar ni una pizca la seriedad del rostro de Gin, pero la gracia que me hacía el momento, despareció cuando Vermouth se agarró del brazo de Gin de una manera más que acaramelada.
—Perdona a mi marido, su seriedad es encantadora, pero sin embargo también algo intimidante para la mayoría —sonrió Vermouth calmando la incomodidad con su perfecta sonrisa ficticia.
Gin intentó tomar distancias al agarrar el paquete de tabaco y se dio media vuelta para darme un vistazo rápido y volver al coche.
No sé que pretendía Vermouth o si todo lo que hacía era parte de sus bromas de siempre, pero nosotros cuatro no dábamos mucha imagen de familia feliz, ni a simple vista, ni con unas gafas bien graduadas.
Cuando llegó mi turno la dependienta me atendió con más rapidez y se quedó con el ceño fruncido, aliviada de vernos marchar. Apenas había tardado poco más de un minuto, y los tres volvían a estar esperándome dentro del coche cuando volví. Gin estaba más serio, pero a Vermouth no parecía importarle. Sabía que no iba a dejarlo en paz hasta que el día y el evento acabasen.
El resto de quilómetros en autopista pasaron bastante rápidos, y para suerte de todos, pudimos salir de ese coche al poco rato después. El aparcamiento se notaba húmedo y caluroso y yo aparté el flequillo de mi cara sin saber bien que dirección tomar. Estábamos rodeados de decenas de coches lujosos y eso me daba una idea del ambiente con el que podía encontrarme.
Vi a Gin posar un cigarro sobre sus labios mientras me miraba de reojo como si esperase mi paso, pero Bourbon apoyó una mano sobre mi hombro frenando la iniciativa de mis pies a la vez que Vermouth volvía a ocupar el lado de Gin.
—Nosotros entraremos por otro lado—comentó Bourbon ofreciéndome su brazo para guiarme por un lado opuesto al que se iban a dirigir ellos dos.
Yo asentí sin rechistar y volví a mirar a Gin con el ceño algo fruncido. Gin no era precisamente de los que necesitaban ser salvados, sin embargo, yo seguía insistiendo en querer mantenerlo a salvo bajo el abrigo protector del que nunca había conseguido amparar a nadie por mucho tiempo. Mis inseguridades y mis miedos eran los que normalmente nos metían en problemas, así que traté de olvidar cada una de las razones que tenían para deshacerse de nosotros y aparté la mirada a la vez que agarraba el brazo de Bourbon para alejarnos de Gin y Vermouth.
Subimos por uno de los ascensores y salimos por la planta de recepción antes de subir un par de pisos por otras escaleras. El evento parecía ser discreto, no había muchos camareros y la música no sobrepasaba el tono de ambiente. Yo no reconocí ningún rostro y agradecí cuando Bourbon nos hizo parar por una de las barras para describirme la situación con disimulo a la vez que pedía un par de bebidas para ambos. Intenté prestar atención mientras mi mirada buscaba a Gin con el disimulo que podía y mis cejas se relajaron cuando lo vi al otro lado del salón, agarrando la cintura de Vermouth mientras parecían hablar con un pequeño grupo de hombres.
—¿Ves al hombre de la corbata gris? —preguntó Bourbon haciéndome apartar la mirada de Gin.
—¿El que está balanceando una copa de champán mientras parece estar aburriendo a todos con los que habla? —pregunté fijando la mirada en otro punto antes de darle el primer sorbo a mi vino.
—El mismo —contestó con una pequeña sonrisa —. Lleva un rato esperándote ver aparecer. Es de la familia Shimizu y es lo que suelen llamar un nuevo rico. Es uno de los que invirtieron grandes cantidades en el coin y ahora posee una agradable fortuna y tiene acciones en empresas nacionales e internacionales de estatus excesivo.
—¿Es el objetivo de hoy? —me atreví a preguntar, tratando que no se notase mi aburrimiento.
—Uno de ellos, sí, lo es —confirmó entregándome con disimulo una tarjeta de las habitaciones de ese mismo hotel —. Tienes que ganártelo y convencerle para que te acompañe a la habitación, las habladurías dicen que es un tipo algo mujeriego, así que no creo que te cueste mucho trabajo lograrlo.
—No voy a acostarme con él —negué con rapidez.
—No tienes que acostarte con él.
—Entonces...¿Quieres que lo seduzca para convencerle de que se una a la organización o algo parecido? —pregunté sin dejar de observar a ese nuevo objetivo—. ¿Habéis mantenido al margen a Gin como mi acompañante para que sus celos o su enfado no se interpusieran?
—No ha sido precisamente por eso, aunque sé que también hubiese complicado las cosas —comentó dando un pequeño sorbo a su bebida mientras observaba a la otra pareja hacer su trabajo a otro lado de la sala—. La razón por la que estás sentada aquí conmigo, es porque tu deber de esta noche es matar a ese hombre.
—No voy a matar a nadie —me negué notando como mi vello se erizaba.
—No recuerdo haber mencionado que tuvieses opción a negarte, Sherry —comentó con un tono que me heló la sangre —. Este es el precio por seguir adelante…no puedo ayudarte con esto.
Maldecí interiormente decenas de veces y entendí al segundo siguiente que hacerme matar a alguien era lo que más me esclavizaba a la organización, lo que me mantendría alejada a la idea de querer huir tras la justicia y me mantenía arraigada al pasado a la vez que borraba mis esperanzas de futuro. No era más que otro método para tenerme bajo control y asegurarse de que no me desviara del trabajo y de las obligaciones que ellos me imponían.
—No voy a hacerlo, Bourbon—volví a negar intentando no exteriorizar el repentino nerviosismo.
Si algo me había enseñado Shinichi, era que yo también podía tener voz y voto en mis acciones, que también importaba y que tenía poder.
—Lo harás, y después de eso, le robarás el teléfono y el disco duro que guarda en su americana.—insistió con firmeza—. Hay un coche fuera de la casa del profesor con un par de hombres que solo necesitan una señal para entrar e irrumpir la cena que está teniendo con tu amigo Kudo y su novia enamorada —explicó haciendo que mi vacilación se esfumase —. Tú les pusiste las condiciones, y ellos también tienen las suyas. No van a dudar en actuar en tu contra si fallas y tomas un paso en falso.
Me dio rabia y al mismo tiempo tuve que reconocer que parecían haber mantenido su palabra hasta el momento, y que si seguía así, nada tenía porque cambiar.
—Es el momento de demostrar, Sherry —dijo entregándome una beretta por debajo de la barra con mucho disimulo —. Pero dime algo primero…¿valen la pena las consecuencias? —preguntó girando la cabeza para observar a Gin desde la lejanía.
Sabía que Furuya me estaba presionando, que yo estaba cavando mi propia tumba y que con esas acciones solo conseguía ensuciar más el futuro que tanto había querido limpiar, pero también era consciente del poder que tenía la organización sobre la justicia, y aunque las intenciones de Bourbon fuesen buenas, el trabajo policial seguía siendo insuficiente, no era estúpida, yo no era más que un utensilio para ellos, no podían prometerme protección ni un futuro digno cuando la guerra era con un sindicato como ese. Me hacían creer que yo los necesitaba, pero eran ellos los que siempre me habían necesitado a mí.
Iba a morir una persona, eso era una realidad de la que no libraba culpa, pero ese muerto no iba a ser Kudo, ni Ran, ni mucho menos el profesor.
Así que agarré la pistola y la escondí en mi tobillo antes de dejar a Bourbon atrás para dirigirme al objetivo con la mente fría y la mirada de Sherry en la cara.
La adrenalina recorrió cada vaso sanguíneo de mi cuerpo en el momento en el que mi acompañante se percató de que lo apuntaba con una beretta. Sus manos seguían tratando de descorchar una botella de champán cara, la sonrisa burlona todavía colgaba en sus labios y la rabia apartó rápido la confusión de su rostro. Intenté no darme tiempo para dudar, pero él logró apartarse del primer disparo al captar la indecisión en mis manos y se abalanzó sobre mí. Su lenguaje corporal me había advertido nada más verle que debía ser cuidadosa, era un hombre corpulento y apenas le costó unos segundos desarmarme y agarrar mis manos para bloquear mis movimientos.
—Vaya, vaya…así que eres de las que calientan el asunto y luego traen problemas, ¿verdad? —comentó apretando su agarre para lastimar mis muñecas, acercándose a mi cuello para lamer mi clavícula haciéndome ver que no había dejado de controlar la situación.
Fue repugnante sentir su lengua caliente recorrerme el cuello hasta la mejilla y yo me zarandeé tratando de recuperar mi libertad. Odiaba verle sonreír y disfrutar mientras ejercía ese poder sobre mí y gruñí sintiendo impotencia de no tener la fuerza suficiente como para apartarlo.
—¿Quién te ha enviado? —preguntó acercando sus labios a mi oreja a la vez que apretaba mi cuello para hacerme reaccionar.
—Na...nadie.
El tirón de pelos que recibí me hizo inclinar la cabeza hacia atrás y apretar los dientes para no volver a gruñir y su fría mano aprovechó para intentar hacerse hueco entre mi ropa.
—Acabarás diciéndome lo que quiero…todas lo hacen —comentó con una sonrisa orgullosa justo antes de plantar un beso agresivo sobre mis labios—. Hasta entonces, me voy a dedicar a divertirme un poco.
Las alarmas de emergencia resonaban dentro de mi cabeza y mis manos palparon mi alrededor esperando encontrar algo con lo que defenderme. No podía fracasar, era él, o yo. Y las imágenes de cada una de las personas que me habían acompañado hasta el día de hoy aparecieron en mi cabeza recordándome que no podía bloquearme por el miedo, que no podía quedarme quieta tratando que otros salvaguardasen mi vida marchando sus manos de sangre para que yo no manchase más las mías.
Su peso me aplastaba y me hacía difícil no perder los nervios y que me entrasen ganas de gritarle, pero en cuanto pude mover un poco las piernas, le golpeé en la ingle consiguiendo hacerle encogerse y escabullirme de su agarre.
—Te voy a matar, zorra.
Me agaché rápido para recuperar mi pistola a la vez que lo vi acercarse a una de las mesitas de noche para desenfundar un revolver del interior, esta vez no dejé correr los segundos, disparé un par de veces con los ojos cerrados, esperando que fuese suficiente para acabar con él. Las manos me temblaban y el arma estaba por resbalarse de mis dedos.
Me quedé quieta un par de minutos con la mirada fija a la sangre que empezó a manchar el suelo de la habitación y solté la pistola a la vez que apretaba los labios para controlar las nauseas y la sensación de querer vomitar el corazón por la boca.
—¿Sherry?
La voz de Bourbon volvió a mis oídos poco después y me sacó del pequeño trance recordándome del pequeño auricular que me había entregado el rubio antes de seguir a la víctima a su habitación.
—Ya está hecho —dije como pude tratando de que no notara el temblor de mi voz ni mi respiración nerviosa.
—Comprueba su americana y sus pertenencias para localizar su teléfono y el disco duro y sal rápido de la habitación. Tienes ocho minutos para reunirte con nosotros de nuevo en el aparcamiento antes de que la situación se vuelva sospechosa y complicada para ti, así que date prisa —comentó Bourbon antes de dejarme de nuevo en silencio rodeada del peculiar olor a hierro que desprendía la sangre que manchaba las alfombras, los cojines y gran parte del suelo.
Me agaché para recoger mi beretta y me acerqué para rebuscar en su americana, aliviada de encontrar lo que buscaba con rapidez y ahorrarme tener que rebuscar por toda la habitación. Eché un vistazo rápido a la habitación antes de decidir marcharme y me escabullí entre las escaleras de emergencia camino abajo hasta llegar al aparcamiento. Bourbon encendió las luces del coche cuando me vio y arrancó el motor para recogerme y salir del edificio con ligereza.
La lluvia de verano nos pilló cuando volvimos al exterior, y agradecí su llegada, porque aliviaba las ganas repentinas que me habían entrado de llorar. Vermouth acercó su mano esperando a que le entregase las cosas y yo abrí mi bolso para que las recibiera y me dejase tranquila. Quería bajar la ventanilla para que la brisa me ayudase a apartar el malestar que mis actos me acababan de provocar, pero no quería parecer una loca frente a ellos dejando que mi cara se empapase por la lluvia, así que intenté parecer una persona fría y madura y escondí mis manos para tratar de ignorar la sangre y el temblor que me hacía estar más inquieta.
Bourbon condujo una hora larga antes de estacionar el coche en un complejo de apartamentos cerca de la playa y volví a salir del coche sin saber ni importarme a donde se suponía que íbamos.
No me apetecía hablar con nadie ni hacer nada, solo concentraba todas mis fuerzas en tratar de esconder ese desagradable recuerdo que acababa de crear y de no perderle la pista a mis compañeros mientras los seguía. El cielo ya oscurecía y yo solo tenía ganas de encerrarme bajo las sábanas recordándome la mierda de persona que era actuando así, no podía decir que era diferente a ellos cuando también acababa apretando el gatillo.
Evité la mirada de Gin todo el camino y entramos en uno de los apartamentos del segundo piso.
—Pasaremos aquí esta noche y volveremos a Tokio a primera hora de la mañana —explicó brevemente Bourbon con una tranquilidad que a mí me costaba mantener.
Estaba segura de que en algún momento en el que nos encontrásemos a solas me acabaría diciendo algo como "te lo advertí" , y no negaba que tuviese razón al tratar de echarme la bronca. Estaba segura de que podía equivocarme, pero ya no podía retroceder para deshacer el momento, ni podía devolver a ese hombre de vuelta a su casa.
Gin me agarró de la mano haciéndome dar cuenta que me había quedado parada en medio del pasillo y me dirigió al baño para abrir la llave del grifo y poner mis manos bajo el agua, que rápido se tiñó de rojo. Lo dejé lavar mis manos y cerré la boca para no estar tentada a preguntarle como era capaz de apretar el gatillo con esa facilidad sin que la angustia y el malestar le invadiesen el cuerpo como me pasaba a mí. No sabía ni como sentirme, ese disparo había significado traición y lealtad al mismo tiempo, e incluso podía catalogarlo como acción de enemistad y acto de amor para los más románticos.
Las dos caras de una moneda, dos caras igual de verídicas.
—Trata de no darle más vueltas. Ese hombre no era una persona inocente —habló Gin acercando mis manos a la toalla, a lo que parecía, tratando de consolarme.
Me miré en el espejo y vi mi pelo algo despeinado y el rostro pálido y volví a agachar la mirada cuando Gin apartó la toalla de mis manos.
—Estoy bien.
—Claro —contestó saliendo del baño para dirigirse a la pequeña cocina que había, rebuscando entre los armarios, para lo que a mi parecer parecía, preparar algo de té o café.
Me quedé cerca, observándole, agradeciendo de que Bourbon y Vermouth se hubiesen retirado de la escena y del agradable olor a café que poco después impregnó el apartamento. Gin acercó una de las tazas para mí y bebió de la suya después de encender un cigarro apoyado en la encimera. Intenté obviar el sonido de los disparos que se reproducían sin cesar dentro de mi cabeza y el olor a sangre parecía haberse quedado impregnado en mi nariz. Me bebí el contenido de la taza y agarré el asa con fuerza para que no se notase mi temblor. Escuché el sonido de los tacones de Vermouth acercarse de nuevo a la puerta para salir del apartamento y ninguno de los dos alzó la cabeza para preguntarle a donde iba, ni mucho menos nos interesaba. Bastante agradecidos nos sentimos con prescindir de su presencia por un rato.
Me acerqué al fregadero para dejar la taza vacía y me quedé delante de él apoyada en el taburete mientras él acababa el cigarro con lentitud.
—Tu gabardina apesta —comenté después de percibir el olor de la colonia de Vermouth entre el humo de su cigarro, sin sorprenderme de que se quedase impregnado en su gabardina después de ver lo acaramelada que había estado todo el día con él.
Gin inclinó la cabeza para oler el cuello de su gabardina y sonrió ligeramente antes de volver a alzar la mirada.
—Ha sido un evento algo teatrero, ¿no crees? —contestó antes de aplastar el cigarro en un cenicero improvisado.
—Te habrás divertido —traté de bromear aliviada de no tener la obligación de hablar de la sangre que había manchado mis manos.
Podía ver el rostro de todas las personas a las que había decepcionado con esos disparos e incluso podía escuchar los gritos de rabia de Kudo recriminándome todas las cosas que seguía haciendo mal. Pero Gin no parecía tener nada que recriminarme.
Me entraron unas ganas repentinas de quitarme esa ropa y de tratar de limpiar mi culpa bajo el agua de la ducha así que me separé de él para dirigirme al baño y abrí el agua caliente antes de desvestirme. No me sentí mejor cuando salí del baño con el pelo húmedo y por más que sintiese el cuerpo caliente, los escalofríos persistían.
El apartamento estaba oscuro, así que no tardé en escabullirme a las habitaciones. Sabía que teníamos una habitación para cada uno, pero mis pies se encaminaron a la puerta de Gin. Su habitación también estaba a oscuras, pero pude percibir su silueta iluminada por el nuevo cigarro que colgaba en su boca, estaba apoyado en la ventana con el rostro igual de serio que siempre.
—¿No ha dejado de llover? —pregunté al escuchar el leve sonido de las gotas de lluvia que se escuchaban del exterior, dirigiéndome a dónde se encontraba Gin para robarle el cigarro de sus dedos y darle una larga calada antes de devolvérselo.
—No tiene pinta de que vaya a parar en toda la noche —contestó inhalando el último calo del cigarro antes de apagar la colilla en el cenicero y alzar la mirada para mirarme.
Levantó su mano para apoyarla en mi cuello y yo contuve la inercia de apartarme al notar la zona dolorida, estaba segura de que debía tener marcas que no me había visto y los dientes apretados de Gin me dijeron que él tampoco se sentía muy contento con ellas.
—Cualquiera de nosotros podría haberse encargado de ese tipo, ha sido algo arriesgado dejarlo en tus manos —dijo con el ceño fruncido y los labios apretados —. ¿Quieres hablar de ello?
—No.
Negué lentamente, alejándome de su mano para dirigirme a la cama, y me cubrí entre las sábanas con la culpa sobre mis hombros sintiendo poco después el calor de Gin tras mi espalda. Yo nunca había sido el miembro idóneo para desenfundar un arma y disparar a bocajarro sin importarle la sangre que se derramase, todos lo sabían, era inteligente y tenía otros conocimientos igual de necesarios, pero eso nunca había quitado que en los momentos difíciles me forzasen a empuñar una pistola. No estaban tras mi espalda recordándome mis fatalidades si no apretaba el gatillo, pero no era necesario después de la muerte de Akemi, me había quedado más que claro que no servía nada tratar de ser una rebelde en ese mundo.
Me pasé los siguientes minutos tratando de entender porqué seguía haciendo eso. Parecía que siempre acababa escogiendo el camino más pantanoso, era una duda constante al preguntarme si era cosa de mala suerte o malas decisiones.
