N/A: Hola, ¿cómo andan? Acá ando, otra vez tras dos semanas sin actualizar. Pasaron muchas cosas en este tiempo y escribir se ha vuelto aún más difícil. Para más inri, este capítulo tuvo que ser modificado porque mi prometida (a quien le vuelvo a agradecer, como en todos los capítulos, dado que es una pieza crítica en cada uno de mis proyectos) y yo consideramos que una de las perspectivas no estaba acorde al contexto y la velocidad a la que se desarrolla el fic.
Originalmente no iba a escribir más de diez capítulos, pero con tanta construcción de mundo es imposible no extenderse. Dudo mucho que pueda quedarme en quince, pero vamos a ver cómo se desarrolla la cosa.
Gracias a la poca gente que me lee, con o sin traductor automático. Esto es para ustedes, disfruten:
Capítulo 11:
Perspectiva: César
Las tres legiones caminan en perfecta sincronía a mis espaldas. Ocupamos cientos de metros de ancho, dado que somos un ejército de quince mil efectivos. Mucho más de la mitad de mis fuerzas están depositadas aquí; si no logramos derrocar a Menacius, se desencadenará una reacción en cadena que muy seguramente acabará con la República.
—¡Legión! —exclamo tras llegar a cincuenta metros de aquella gran sombra que oscurece los cerros y valles—: ¡nos plantamos aquí!
—¡Segunda legión, deténgase! —comanda Gerard tras de mí.
—¡Tercera legión, paren! —culmina Morgana.
La susodicha me alcanza y contemplamos juntos el imponente reino construido en las alturas.
—Ya sabes qué hacer.
Mi pretora y amante asiente y extiende sus brazos al cielo:
—Rujan entre las tempestades, muéstrenme su-
La detengo en seco ante una visión que me perturba; un montón de fulgores aparecen entre las nubes y, en un instante, nos llueven rocas incandescentes. Despliego mi hechizo de escudo para protegernos, pero nada puedo hacer por las legiones.
—¡ESCUDOS! —grito a toda voz.
—¡Primera línea, escudos! —repite Gerard—; ¡Cohortes de tercera fila en adelante, formen el testudo!
Los legionarios más cercanos a la acción son impactados por estas rocas. Unos cuantos mueren, otros resienten las duras quemaduras. Tras el primer ataque, una horda con centenares de catafractos desciende para dar pelea.
—¡Termina el hechizo! —le ordeno a Morgana.
—¡¿Qué vas a hacer?!
—¡Lo que mejor sé! —la hoja de magia es invocada en la palma de mi guantelete—, ¡conquistar!
Perspectiva: Gerard
Los catafractos galopan entre los truenos de Morgana y logran conectar con la primera fila de legionarios. Aunque muchos mueren tras el primer impacto, las tres legiones se recuperan y comienzan a ganar terreno. Los quinientos equinos ensartan con sus cuernos y dan patadas que abollan nuestras armaduras, pero los soldados se relevan muy bien entre sí. Mi legión y la de Morgana se adelantan por los laterales para encerrar a los quinientos enemigos, pero dos regimientos el doble de grandes golpean a las legiones por un costado y fuerzan dos frentes nuevos.
«Esto está mal…», pienso.
—¡Arquería legionaria! —le grito al soldado más próximo para que corra la voz—, ¡flechas incendiarias al frente!
Los proyectiles viajan con gracia por sobre nuestras filas hasta dar con esas pesadas armaduras de unicornio, pero entre las tres legiones no hacemos más que mil quinientos arqueros veteranos.
César comienza a luchar contra decenas de catafractos él solo; la moral es alta y hay muchas expectativas. Desenfundo mi espada corta y me abro paso en mi legión, que mantiene el frente de la izquierda. Cuando llego a la primera fila, socorro al soldado que intenta abrirse paso por el lateral exterior y en un corte horizontal consigo rebanar al catafracto que nos bloquea. Asimismo, mi escudo se levanta justo a tiempo para bloquear dos rayos de magia que los unicornios detrás suyo me disparan.
—¡No los dejen avanzar!
Cargo en un corte arqueado tan preciso que cerceno el cuerno de un catafracto, pero el otro me embiste de lleno. Mi escudo ataja parte de la estocada, pero siento que su punta y algunos centímetros lograron meterse en la carne de mi brazo. El legionario a mi lado se desliza bajo el semental y le abre la barriga de un tajo, lo que sentencia el frente a que avancemos por la izquierda y los rodeemos.
—¡Ya casi! —los aliento—, ¡sigan empujando!
…
«¿Y ahora, qué…?», me pregunto ante la nueva táctica de los malnacidos; al verse rodeados, se juntan en un círculo parecido a nuestra formación en orbe, y vuelven a estancar el frente.
Aunque nuestras espadas son tan efectivas como el escudo, ahora su defensa es férrea. La única forma de hacerles daño es tratar de conectar los cortes a sus cuernos y patas, pero es muy complicado debido a que llevan las armaduras que nosotros fabricamos para Dacius. Dirijo cinco cohortes para rodearlos; cualquier acercamiento lo bastante osado acaba en que los catafractos patean a mis hombres y los expulsan por los aires. Aunque estamos ganando, lo cierto es que están cumpliendo con su labor de retrasarnos.
Perspectiva: Morgana
Mis rayos se multiplican dentro de la enorme nube que sostiene al reino. Cuando me preparo para lanzar otro hechizo de gran magnitud, me veo rodeada por cientos de cabezas flotantes de unicornio que me rodean con sus cuernos fulgentes.
—El rey conservará tu cabeza como trofeo, bruja —escucho en alguna parte cerca de mi retaguardia.
Ante la nueva amenaza, suspiro y cierro los ojos; recuerdo mi entrenamiento, incluso el día en el que me prepararon para esto.
Perspectiva: Morgana (Flashback: año 51 a.S)
Nattereri no tiene piedad de mí, ni siquiera por mi edad. Si mi madre viera que otra mujer golpea a su hija de catorce años, sin duda alguna me defendería. Me gustaría poder lamentar que murió antes de yo siquiera aprender a caminar, pero el dolor me impide concentrarme.
—¿Te lastimé? —carcajea ella desde alguna parte entre los árboles.
Creo ver su cabello por la izquierda, así que expulso un hechizo explosivo en esa dirección. En respuesta, una magia del mismo tipo me golpea por la espalda; luego por la derecha, y remata con otra frente a mí.
—Eres patética. —Sus uñas largas y duras se clavan en mi cuello cuando me dejo caer sobre el césped— Comienzo a creer que pierdo el tiempo educándote.
Soy levantada como un saco de maíz y la presión de su agarre me impide respirar. Cuando siento que estoy a punto de desmayarme, de milagro consigo forzar la distancia entre nosotras con un hechizo repulsor.
—¡Basta! —alcanzo a rogar en un ataque de tos—. Por favor…, un respiro...
—Los druidas no se detendrán para que descanses —me reprende—. Aunque, si no aprendes a desviar ataques de varias direcciones, los mismos mewmanos te harán pedazos antes que ellos.
Casi como si fuera un acto de piedad, me deja recuperar la guardia y volvemos al mismo entrenamiento.
«Tengo que sentir…», fuerzo mi respiración a tornarse lenta, «… sus hechizos desde cada dirección».
Nattereri dispara cuatro hechizos al frente, atrás y a mis costados. Siento la proximidad de cada uno y los desvío sucesivamente con mis manos. La intensidad aumenta y me veo forzada a saltar entre los troncos de los árboles. El último hechizo me persigue de frente cuando aterrizo sobre la rama de un pino, lo que me da tiempo de contraatacar y destruirlo antes de que llegue.
—Esa fue una buena primera vez—la escucho detrás mío.
Intento dirigir un rápido hechizo repulsor a su pecho, pero me patea y caigo al césped otra vez.
Perspectiva: Morgana (actual)
«Tengo que sentir…»
Mis manos desvían los hechizos con ayuda de mi cuerpo. Mi velocidad es tan alta que puedo cubrir todos los ángulos por los que soy agredida. La magia de los unicornios no cesa, pero pasado un minuto de disparar inútilmente, veo sus primeras gotas de sudor. Basta con un solo descuido para que pueda responder con un hechizo repulsivo tan fuerte que el círculo se rompe de un lado. Volteo para desviar todos los hechizos frente a mí, pero al menor descuido, vuelvo a repelerlos con tanta fuerza que la (ahora) formación en arco se rompe. Los unicornios se levantan para volver a encerrarme, así que decido acabar con ellos en una demostración de fuerza:
—Ludicio Aimmobilus Gelynii.
Todos los cabezas de poni que me atacan al unísono se detienen ante la fuerza de mi magia. Una infinidad de hilos negros se encarnan en sus cuernos y los extremos se enredan suavemente entre mis dedos
—Este es el hechizo más fuerte de Nattereri —explico a los enemigos— .Cada hilo es una ruta para que mi magia llegue a su destino.
Todos intentan quitárselos, pero es inútil, dado que no alcanzan a igualar ni siquiera la mitad de mi magia.
—Por favor, salúdenla en el infierno. —Dibujo una mueca de absoluto repudio, tal y como lo hacía Nattereri cuando me castigaba— "Mortifera Siphonum"...
Perspectiva: César
Pese a la resistencia de los Pony Head, la batalla está volcada a nuestro favor. Los últimos catafractos que me interceptaron se retiran derrotados. A un costado mío, Morgana está barriendo el suelo con los unicornios de cabeza flotante, proyectando una demostración de fuerza tan grande que incluso los refuerzos de Menacius dan media vuelta y ascienden su reino de nubes.
—¡Sigan avanzando! —comando a toda voz.
Una pequeña silueta se dibuja en la entrada principal del reino; su cuerno brilla con intensidad cuando invoca siete esferas, tres en cada lado y una más grande en la punta. Al percatarme de que es Menacius, esprinto con todas mis fuerzas rumbo a Morgana, quien parece ignorar el tremendo peligro que la acecha.
—¡NO! —exclamo cuando las seis esferas y el cuerno expulsan delgados rayos que convergen en un punto para formar un único bláster. Puedo ver el brillo en los ojos de ella cuando se percata del ataque mortal. Consigo llegar justo a tiempo, embistiéndola para que salga del camino. El bláster me hace sentir un dolor fugaz, como un pinchazo en mi pecho; un extraño calor me invade, pero éste desaparece y da paso a un frío que se queda en lugar de mi conciencia. Me desplomo y puedo escucharlos:
—¡El César ha caído!
..
—¡César! —creo escuchar a Morgana—: ¡César, despierta! ¡Amor!
Perspectiva: Gerard
El destello rojizo me encandila por un instante. Cuando mi vista vuelve, puedo ver la frondosa melena de César desplomarse con él.
—¡César! —grito desesperado y, como si la propia Soupina se apoderase de mi brazo, comienzo a cercenar todo lo que está a mi paso.
Rápidamente acabamos con los catafractos, a lo que yo me abalanzo sobre César con mi escudo alzado y espero a que nos rodeen los legionarios.
—¡Cohortes! —grito al aire—, ¡formación de anti-caballería!
Cuatro cohortes se aglomeran en un poderoso cuadrado; una fila de hombres agachados alzan sus escudos por el suelo, mientras que otra detrás los cubre y apunta al frente con sus pilas. Es una barrera impenetrable que debería soportar cualquier carga de los catafractos. Para cubrirnos de Menacius, Morgana también Invoca un escudo que nos resguarda de la magia enemiga.
—¡César! —se arrodilla para sujetar sus mejillas, y sigue—: ¡Despierta, César! ¡Amor!
Analizo su cuerpo intentando guardar la calma que ella perdió; hay un agujero en su pecho, pero éste ha dado en su lado derecho.
—Morgana —interrumpo su llanto—, su corazón está intacto, pero el pulmón derecho debe estar perforado; lo traspasó hasta el otro lado. ¿Tienes alguna magia para esto?
La bruja se tranquiliza y asiente.
—¡Legionarios! —alzo el estandarte de la República para que Menacius lo vea—:¡aguanten, por lo que más quieran!"
Perspectiva: César
«¿Dónde estoy?», me pregunto al verme dentro de un mar de oscuridad.
—¿Y éste qué hace aquí? —puedo oír una voz grave y poderosa.
Trato de nadar en la nada misma hasta dar con los dos hombres que conversan sentados, compartiendo una mesa repleta de pudín.
—¿Quien? —Reconozco a Glossaryck de inmediato— ¿Qué haces aquí, César?
Me encojo de hombros, tan confundido como ellos.
—Él es Omnitraxus, mi hijo —señala a ese poderoso ser que pareciera albergar un universo en su cuerpo.
Consigo estrechar manos con él pese a su tamaño intimidante. Con un chasquido suyo, podemos ver el campo de batalla en Mewni, donde mi cuerpo está tendido.
—Vaya, eso está muy mal —comenta Glossaryck—: parece ser que recibiste un golpe mortal ahí afuera.
Exploro mi pecho para encontrar ese agujero que ha traspasado mi peto de acero.
—¿Y ahora? —pregunto.
Padre e hijo se miran al unísono, como si estuvieran maquinando alguna suerte de plan divino.
—¿Qué quieres hacer? —me pregunta Glossaryck—. ¿Quieres volver, o prefieres quedarte?
—No puedo quedarme —espeto con decisión—; mi obra está lejos de terminarse. Dejaría un Mewni a la deriva, la dinastía Butterfly se extinguiría.
Ambos asienten comprensivamente.
—¿Cómo es que… estoy aquí?
—Modo seguro —responde el azul—: cuando la varita detecta que los signos vitales de su portador se apagaron, emite su consciencia a esta dimensión de bolsillo.
Me tomo unos instantes para analizar mejor el espacio a nuestro alrededor; puedo percibir que hay una suerte de abismo que nos rodea, aunque no puedo estimar su profundidad.
—Bueno, tengo que regresar —me dirijo a un borde—. Disfruta las vacaciones, Glossaryck. Cuando vuelvas a Mewni, seguramente solo habrá una bandera ondulando.
—¡Espera! —se levanta Omnitraxus—, ¡no vayas a salta-
Me arrojo al vacío en busca de mi propio camino hacia la vida. Millones de luces comienzan a rodearme conforme desciendo; rostros de varias mujeres se presentan a mi alrededor, todas con marcas en sus mejillas.
«¿Reinas Butterfly?», me pregunto mientras sigo descendiendo.
—No debiste lanzarte —la imagen de un monstruo jirafa se proyecta y desciende conmigo—: el conocimiento del tiempo se ha revelado ante tus ojos.
Efectivamente, estuve mirando el pasar de los siglos encarnado en los rostros de mi descendencia.
—Quiero ver más —murmuro—… La vida de un mewmano es efímera, sin importar cuánto poder o riqueza tenga.
La silueta de una joven chica, de cabello largo y un vestido acorazado por placas de metal, alza su varita hacia la silueta de un septariano.
—¿Adónde quieres llegar con esto? —me sigue cuestionando este ser.
No respondo al principio; sigo descendiendo hasta ver a una chica aún más joven, de una melena rubia tan larga que le llega hasta las piernas. Caigo sobre mis pies en un suelo invisible; el hechizo rosado que nos une está bloqueado por un vidrio del mismo color. Ambos extendemos una mano en nuestro extremo del cristal, y éste comienza a desintegrarse.
—Guau… —murmura la jovencita, con esos grandes ojos azules envueltos en un manto de brillo.
—Star —la llama un chico de cabello castaño y tez morena—, esto no me gusta…
—Él es… es…
Separamos nuestras palmas y le sonrío:
—¿Tú eres una Butterfly? —le pregunto.
Asiente con una expresión de asombro y casi pavor. Cuando estoy a punto de atravesar su hechizo, el mismo Glossaryck se interpone entre los dos. Éste se ve idéntico al de mi tiempo, solo que lleva una gema púrpura en su frente, justo donde iría su cicatriz.
—No. —Con un chasquido, el vidrio se repone— Tú, vuelve por donde viniste.
—¡Pero Glossaryck! —protesta la rubia.
—Star, ya habíamos hablado sobre esto —le reprocha y dirige otro chasquido a mi dirección.
Intento golpear el cristal de nuevo, pero una fuerza extraña me repudia lejos. Comienzo a ser envuelto por las estrellas, como si fueran garras celestiales que me devuelven a mi cuerpo.
Perspectiva: Morgana
Mi magia no parece dar resultado; me desespero para aumentar la potencia del hechizo y, aunque la hemostasis ha comenzado, César sigue sin dar señales de vida.
—¡Despierta! —le pido entre lágrimas, sin detenerme ni por un instante.
Sus ojos rosados se abren débilmente. Acaricio su mejilla, sin poder evitar el llanto, y junto nuestras frentes:
—Creí que te había perdido… —murmuro.
—Jamás —me sonríe y acaricia sus labios sangrantes con los míos—. Necesitarán más que eso para matarme.
—¡Legionarios! —escuchamos la poderosa voz de Gerard— ¡Prepárense para el impacto!
En un cobarde movimiento del enemigo, somos embestidos por las cuatro direcciones de la formación. Aunque no nos movemos ni un centímetro, está claro que no aguantaremos mucho tiempo. Dejo a César descansando en el césped y extiendo mi puño, harta de ver cómo estos pretenciosos equinos atentan contra nuestro trabajo.
—¡Fortior statim nunc! —conjuro en un radio que cubre solamente a nuestros soldados.
Sus cuerpos se potencian con mi magia y la ira hace hervir la sangre de sus venas. Rápidamente comienzan a estocar con sus pilas en frenesí; cuando éstas se clavan en la carne enemiga y se parten, desenfundan sus espadas y rompen la formación como fieras desesperadas por una presa.
—Yo también… —César intenta levantarse, pero lo detengo—. No, Morgana, yo quiero seguir…
—Quédate ahí —le doy una mirada inquisidora que consigue provocar ese temor que solía tenerme cuando tenía dieciocho—. Yo me encargaré de Menacius.
Tras decir su nombre, el maldito dispara siete rayos a todas direcciones. Aunque muchos legionarios se cubren con sus escudos, otros acaban incinerados por su magia escarlata; los que están en la primera línea son los más afectados, dado que, al intentar protegerse, son empalados por los cuernos de los catafractos. La ira de ver a mis soldados caer despierta un sentimiento que Nattereri había implantado en mí hace mucho tiempo.
—¡¿Cómo te atreves?!
Asciendo con mi cuerpo bañado en un aura púrpura y negra. Extiendo mis manos al reino detrás de su condenado rey; los rayos que había conjurado se multiplican de tal forma que caen refuerzos y civiles como si fuera una lluvia de cadáveres.
—¡¿Qué haces, maldita bruja?! —escupe Menacius entre gritos.
Conjuro y disparo un rayo especial, negro como una sombra, que roza la mejilla de Menacius y se introduce entre las enormes nubes del reino Pony Head. La tormenta, que ya de por sí era nefasta, ahora provoca rugidos que habrán de resonar por todo Mewni. Las masas caen por centenares detrás del usurpador de su trono.
—Por cada mewmano que mates, me aseguraré de matar a cien de los tuyos —sentencio con mis ojos rutilando en púrpura.
—Maldita zorra. —Su cuerno brilla con la misma intensidad que un incendio y me dedica una mirada tan despreciable como las que me daban las otras brujas de mi aquelarre— ¡Desaparece!
Un bláster gigantesco se precipita en mi dirección; con la palma de mi mano extendida en su dirección, respondo con mi propio hechizo. Mi bláster oscuro se mezcla con el suyo de tal forma que el cielo se tiñe con los colores de nuestras magias.
—¡Le pondré el último clavo a las brujas contigo adentro de su ataúd! —carcajea extasiado por nuestro choque.
Aunque su magia es intensa y me gana terreno rápidamente, me concentro en evitar que me alcance. En cuestión de segundos, toda esa privilegiada magia de unicornio comienza a flaquear por haber consumido demasiada energía. Cuando siento que no puede avanzar más, exploto en un grito que pone toda mi magia en superar su empuje. El impacto no sólo consigue envolverlo, sino que mi bláster traspasa su cuerpo y abre un gran agujero que ahora divide al reino Pony Head en la mitad. Cuando las llamas se disipan, el rey sangrante y con la armadura cayéndosele a trozos escupe una vaporosa saliva y contempla su reino aullante y en ruinas antes de caer inconsciente.
Perspectiva: Gerard
Mi fuerza se ve incrementada anormalmente como el resto de los legionarios. Un oficial catafracto se abalanza con su cuerno en dirección a mi pecho, pero me hago a un lado, y apuñalo su cuello repetidas veces hasta que cae inerte. Al caer también Menacius, los catafractos realizan una retirada por tierra. Las legiones gritan llenas de moral por la victoria, pero en mi cabeza sólo está la imagen imaginaria de cómo Soupina reaccionaría al ver que su hijo tiene un pulmón perforado.
—¡César! —llego hasta él para comprobar su estado—, ¡¿cómo te sientes?!
—He estado mejor —me sonríe débilmente—. Pero viviré para otra batalla.
—Nada de eso. —Dedico toda mi fuerza y atención en levantarlo y que su peso caiga en mis hombros— Tú vas derecho al castillo.
Los legionarios nos siguen entre gritos y llantos.
—¡El César vive! —vociferan a nuestro alrededor —¡Vive!
—¡Eterno!
—¡Salve César!
La devoción es tan grande que incluso forman paredes de escudos a nuestras espaldas.
—Gerard, espera —murmura—. Tenemos que subir al reino, buscar a Dacius…
Me detengo por un instante y compruebo su estado: parece al borde de otro desmayo, pero sé que no puedo desobedecer en un momento tan importante.
—Está bien —cedo—, pero no me apartaré de ti.
—Gracias —me sonríe de nuevo—, ojalá mamá pudiera vernos ahora.
Sus palabras cortan mi alma. Conocí a esa mujer tanto como su marido lo hizo. Sé que si viera todas las atrocidades que su hijo ha hecho con este mundo, sentiría más dolor que orgullo. Aún así, asiento para que el joven corazón de su hijo halle la paz que quizá perdió desde que ella murió.
Perspectiva: Abbeas
¿Puedes verlo?, me pregunta Belias desde mi bola de cristal.
—Sí, cada maldito movimiento.
La batalla tiene un claro vencedor: la República Butterfly. Con esto no sólo habrán conseguido aumentar su poder, sino también terminar de fragmentar el continente de norte a sur.
—Esto es un desastre…
—No, son demasiados —lo interrumpo—; sería una masacre.
Pienso en las posibilidades; atacar directamente a la urbe Butterfly también sería difícil, dado que seguramente han quedado refuerzos para custodiarla. No obstante, es el mejor momento para atacar por bandas.
—Vuelve al castillo —ordeno—: vamos a dirigir dos ejércitos por el este y oeste.
—Así será, Abbeas —responde antes de disipar la imagen en mi bola de cristal.
Contemplo el mapa que está a mi espalda, tratando de imitar el mismo brío que empeña César en sus conquistas.
«No dejaré que ganes».
La puerta de mi habitación se abre; Willow me estudia con esos hermosos ojos mewmanos.
—¡Willow! —Hago una verdadera gimnasia motriz para esconder los documentos militares—. Creía que hoy ibas a monitorear la construcción del muelle sobre el Lago de Fuego.
Ella se acerca, ladeando esa refinada cabellera que acaricia su espalda; antes de poder enunciar algo más, uno de mis pergaminos regresa hasta mí a través de sus manos.
—¡¿Se puede saber qué estás haciendo?!
Suspiro ansioso por haber sido atrapado in fraganti.
—Escucha, yo-
—¡Se suponía que íbamos a buscar la paz!, ¡¿y ahora me ocultas que le haces nigromancia a mis compatriotas?!
Me tomo unos instantes para devolverle la mirada:
—Valoro tu corazón puro, Willow; sin embargo, todo apunta a que César jamás querrá la paz.
—¡Eso no lo sabes, Abbeas! —me sigue cuestionando—, ¡yo conozco a César desde qu-
—César conquistó el Reino Nuboso Pony Head —espeto—. En este momento, Menacius está siendo capturado. Lo siento, Willow, pero yo debo velar por mi soberanía antes que nada.
Hay un largo silencio incómodo entre los dos. Intento levantarme para tocarla, pero ella da media vuelta y abandona nuestra habitación. Quisiera seguirla, pero sé que necesita tiempo a solas. No irá a ningún lado de todas formas.
«Yo sé qué hacer», pienso entre tanto que camino hacia los enormes sótanos del castillo.
Con César malherido y la superficie más fraccionada que nunca, la guerra de mayor escala en toda la historia de nuestro mundo se acerca.
Perspectiva: Carrion
Las humaredas de la batalla se ven desde aquí. No somos el objetivo (al menos por ahora).
"¿Dónde está el plumífero?", me llama esa voz rasposa.
—¡Pero miren nada más! —volteo con una falsa sonrisa y los brazos abiertos—, ¡el reo Zamenhoff, maestro de los desnudos!
Centenares de rebeldes protegen su espalda; al fin acudieron a nuestro llamado.
—No pude resistirme a tu oferta —me ofrece su mano, a lo que estrechamos como caballeros—. Cada vez es más difícil encontrar a otros partisanos.
—Como podrás ver, nada puede matar la hiedra de la revolución —apunto a mi pico prostético de acero.
Nuestros hombres conversan entre sí. En pocas horas compartimos un almuerzo hecho con las reservas de ambos bandos.
—¿Qué tienes planeado, monstruo? —Zamenhoff se sienta sobre un tronco que está frente a mí.
—Las guerrillas están bien, pero no son suficientes —espeto—. Necesitamos pensar en dar un paso grando, como ocupar una ciudad.
Su barba frondosa acompaña una mueca de negación y escepticismo:
—Difícil… tomar el reino Johansen es imposible para nosotros, y ustedes todavía siguen lidiando con los septarianos.
—Ese problema está casi resuelto —carcajeo—; César es quien les provee de alimentos y armas. Queremos derribar el castro al noroeste para cortarles el suministro, pero no sabemos cómo enfrentar a las legiones.
—Ese plan me gusta más —sonríe antes de zamparse una jarra de cerveza—. Podría servir, pero necesitamos más apoyo.
Golpeo mi pico de acero, pensativo. Negociar con los Lucitor es difícil en estos tiempos, y hace mucho que no sé nada sobre el reino Picaraña.
—Estamos haciendo nuestras propias rutas hacia el norte —me comenta—; conseguiremos la ayuda del rey Picaraña si los Lucitor se unen, o al menos eso dijeron.
—Ya veo por dónde vas —lo acompaño en otra ronda de cerveza—. Debemos conseguir esos contactos entonces. Ésta será la primera Gran Guerra de Mewni.
Alzamos las jarras para que nuestros soldados griten en vítores de esperanza.
—¡Muerte a la República!
Perspectiva: Draig
Vuelvo al anochecer tras haber atestiguado la gran batalla por el reino nuboso Pony Head. Alterno a mi forma mewmana antes de llegar a la aldea y, con mucha cautela, me introduzco en nuestra casa. Ingrata es mi sorpresa al ver que mi esposa y mi hijo no están, pero Kaile se encuentra sentada en mi escritorio, escribiéndole a quién-sabe-quién.
—¿Y mi hijo? —pregunto algo alarmado.
—¡Ay! —exclama la chica— ¡Me asustaste!... N-no lo sé, creo que fueron al cerro…
Salgo sin mediar más palabras. Me resulta extraño que estén solos allí, dado que es un lugar doloroso para mi padre y también especial para Astrid y yo.
«Algo no está bien…»
Me llevo cerro arriba con mucha cautela de no ser visto entre los árboles. En la cima, la silueta de ambos se dibuja sobre una de las lunas, con sus voces expuestas gracias al silencio de la noche.
—A veces me cuesta mirarlo a los ojos —confiesa ella—; me siento tan… culpable…
—Lo importante es que no le digas, Astrid —le responde papá—: Draig es el Elegido, puedo percibirlo. La profecía del Aquilifer dice que solo él podrá matar al Emperador.
—Lo sé, pero… ¿Cómo podemos jugar así con su corazón? Todos los días hacemos que vea a nuestro hijo y piense que es suyo…
—Astrid, no sigas.
Estoy en shock, no sé cómo reaccionar. Mi corazón es apuñalado mil veces desde dentro hacia afuera.
—¿Y si Drago es el Elegido?"
—No, no… es Draig, estoy seguro.
—Me hubiera gustado que fuera mi hijo —sonríe mi amada con melancolía.
Sus frentes se juntan y opacan la luna con un beso. Mi cuerpo tiembla incontrolable por la escena y, como si mi corazón rogara por negar la realidad, doy media vuelta y huyo despavorido.
«No… no, no pudieron hacerme esto. Papá y Astrid no serían capaces…»
Las lágrimas no salen; es tanto dolor que no sé qué hacer con él. Me dirijo a la fuente que está en el centro de la aldea, de donde brota esa poderosa agua de manantial, que por alguna razón emerge de las profundidades con una magia tan pura que sólo puede consumirse por un druida receptivo con la naturaleza.
—Draig, hermano —me saluda un veterano—, ¿sed de medianoche?
—Sí —asiento con una sonrisa fingida—, la necesito más que nunca…
—No hay druida más puro que tú para beberla.
Junto mis palmas para sorber el agua de nuestra gente, el regalo que la naturaleza de Mewni le da a sus guardianes; un regalo que, de ser bebido por alguien indigno y despreciado por la madre naturaleza, le provocaría un rechazo inmediato y el vómito.
—Vaya, estás sedien- —sus palabras se cortan ante mis arcadas— ¡¿Qué pasa, Draig?!
No puedo contener el agua en mi estómago; por primera vez, la naturaleza me rechaza.
«No puede ser…» Volteo a un lado para vomitar todo lo que bebí. La imagen de un mejunje de comida sin digerir y el agua druídica terminan de romper mi moral
—¡Debe ser un error! —palmea mi espalda—, ¡es imposible que te haya rechazado!
No puedo aguantar más; huyo de nuevo, sintiéndome como un fracaso, un cobarde. Nadie intenta detenerme. Entro en mi forma de dragón y vuelo tan lejos como puedo. No tengo padre, ni esposa, ni hijo, ni hogar. Ni siquiera Mewni, por quien vivo para protegerlo, ha querido aceptarme. Estoy abandonado en un pozo sin fondo, y por más alto que intente volar, solo me hundo más.
