Con su cuerno encendido, Dawn Star apretó los dientes con fuerza. Sentía el cosquilleo de la adrenalina corriendo por sus venas, impeliéndola a actuar, a atacar a la Viajera. Pero sus propias dudas internas se lo impedían. ¿Qué debía hacer? ¿Qué hechizo debía usar? ¿Cuál de ellos le daría más probabilidades de éxito?

La Viajera no albergaba tales dudas en su cerebro. Encogió las patas traseras para dar un poderoso salto en el aire, y sin previo aviso disparó un potente rayo mágico de color azul zafiro en dirección al cuerpo de Dawn Star.

Dawn Star chilló, asustada, y se tiró rápidamente a un lado. Rodó sobre su cuerpo, esquivando la polvareda y las pequeñas esquirlas que había levantado el rayo mágico al golpear el suelo, y se puso en pie. Miró el cráter del impacto con el rabillo del ojo, y un escalofrío recorrió su cuerpo.

La Viajera iba en serio. Y si ella no se ponía en serio también el duelo no duraría ni diez segundos.

Vio el cuerno de la Viajera iluminarse por segunda vez, pero ya estaba preparada. Recitó el hechizo tan rápido como su boca se lo permitía, y conjuró un espejo mágico delante de su cuerpo.

— ¿Es todo lo que sabes hacer? —rio la Viajera, burlona y desafiante.

Volvió a saltar en el aire, y lanzó el mismo rayo mágico cuando alcanzó el punto más alto. Con una gota de sudor gélido bajando por su frente, Dawn Star apretó los dientes y se preparó para el impacto.

El hechizo de la Viajera golpeó el centro del espejo mágico de Dawn Star, con tal fuerza que hizo que retrocediera unos centímetros; pero Dawn Star logró aguantar su asalto. Reflejado por su hechizo, el rayo azul zafiro impactó contra el suelo de parqué del gimnasio, levantando astillas y dejando un surco de aproximadamente un centímetro de profundidad a medida que hacía recular al hechizo de espejo.

La Viajera cortó su magia antes de que sus cascos tocaran el suelo, y miró con superioridad a Dawn Star, que acababa de disipar su defensa y levantaba la vista del suelo. Fijó su mirada en la de su oponente, tratando de mostrarse fiera y confiada. Pero el brillo de preocupación que mostraban sus ojos delataba sus verdaderos sentimientos.

La Viajera cerró los ojos durante una fracción de segundo.

Si todo seguía así, Dawn Star no le duraría ni tres minutos.


— Hola, hijos míos.

Comet Nova dobló sus cuatro patas, y bajó su cuerpo hasta que su vientre tocó el suelo e mármol. Estaba frío, pero Comet Nova lo ignoró.

Los cinco ramos de flores que flotaban juntos en su magia turquesa se separaron por primera vez desde que los recogió. Con las lágrimas rodando libremente alrededor de su hocico, los colocó cuidadosamente sobre el suelo, uno delante de cada tumba.

— ¿Cómo estáis, mis pequeños?

Ningún sonido llegó a sus oídos. Tuvo tan solo el silencio más absoluto por respuesta.

— Yo estoy bien. Sigo trabajando para Equestria.

Sorbió con fuerza, y tragó con dificultad. El pesar y la congoja oprimían poderosamente su pecho. Le dolía respirar, y solo con un gran esfuerzo conseguía pronunciar las palabras:

— Vuestras hermanas están bien. Os hubiera…

Un fuerte sollozo la silenció en el acto, y se cubrió los cascos con los ojos. Los echaba tanto de menos. A su pobre Iron Anvil. A su potrilla muerta en el parto. A sus tres pequeños a los que jamás había tenido la oportunidad de conocer.

Sus labios se abrieron, y un lastimero sollozo cargado de dolor y angustia llenó los muros del panteón real. Sus pequeños. Su pequeño Iron Anvil.

Maldita adenitis equina. Maldita enfermedad que le había arrebatado a su hijo. Ni siquiera había cumplido tres años.

Si tan solo hubieran podido prevenirla. Si tan solo hubiera existido la vacuna que ahora protegía a los potros equestrianos…

Hubiera dado cualquier cosa por haberla tenido.

Y pensar que ahora había padres que la rechazaban… Si hubieran sufrido las consecuencias de la enfermedad como Iron Anvil lo había hecho…

¿Y sus otros cuatro hijos? Una lágrima rodó por su mejilla mientras alargaba un casco hacia la lápida de uno de sus potros sin nombre. ¿Habrían podido nacer? ¿Les habría permitido la medicina moderna tener la oportunidad de vivir que en su época se les había negado?

Sabía que era una pregunta que nunca tendría respuesta. Sabía que era una pregunta que solo le causaba dolor, que solo retorcía un poco más la espada de sus muertes que atravesaba su corazón; pero nunca era capaz de no hacérsela.

Posó con suavidad sus cascos delanteros sobre la tumba de Iron Anvil, y lloró amargamente.


Dawn Star apretó los dientes, y tomó una bocanada de aire. La cosa iba mal. Muy mal.

La viajera sonrió con suficiencia. Iluminó su cuerno, y lanzó una bola de magia azul zafiro que Dawn Star esquivó simplemente dando unos pasos hacia su derecha.

Tenía que hacer algo. Tenía que atacar. No podía estar defendiéndose eternamente.

Urgida por su situación desesperada, cerró los ojos e invocó a toda velocidad un hechizo. Su magia azul zafiro cubrió su cuerno, y enseguida fue canalizada como un fino rayo de energía mágica hacia su contrincante.

La Viajera asintió brevemente, y no vaciló en responder con el mismo conjuro. Los dos rayos mágicos colisionaron en el aire, en un punto más cercano a su enemiga que a Dawn Star, pero que iba acercándose más a la unicornio parda con cada segundo que pasaba.

Dawn Star tragó saliva, y fijó la mirada en el lugar en que se encontraban los dos rayos de magia azul zaf…

Una idea, una repentina y terrible idea, atravesó repentinamente su cerebro. Y aquel diminuto instante de vacilación fue todo lo que necesitó la Viajera para que su hechizo se impusiera definitivamente al de Dawn Star. Con su oposición debilitada, el rayo azul de la Viajera no tuvo problema en avanzar por el espacio que ocupaba el de Dawn Star, penetrando por su mismo centro y disipándolo hacia los laterales a medida que reducía la distancia que lo separaba de la unicornio parda.

Ella apenas tuvo tiempo de reaccionar. Vio venir el hechizo, y echó cuerpo a tierra mientras emitía un agudo chillido de terror. Justo a tiempo; el haz de energía mágica pasó a apenas dos centímetros de su pelaje.

— ¿Eso es todo de lo que eres capaz? –rio de nuevo la Viajera con su voz horriblemente distorsionada. Pequeños hilos de vapor emanaban de la superficie de su cuerno—. Vas a tener que hacerlo mucho mejor si quieres salvar a Twilight Sparkle.

Con sus cuatro patas temblando como flanes, Dawn Star se puso lentamente en pie. Invocó de nuevo su espejo mágico para defenderse de un posible ataque de la Viajera, pero ella no aprovechó aquel instante para atacar de nuevo. En su lugar, se limitó a mirarla con expresión divertida y burlona.

¿Qué hechizo usar, se preguntó Dawn Star mientras apretaba los dientes? ¿Cuál de los conjuros que había aprendido sería el más apropiado?

Sacudió la cabeza, y recurrió de nuevo a su poder interno. Intuía que no sería la mejor elección, pero necesitaba desesperadamente atacar.

Un pequeño círculo de diámetro similar al de su casco brilló al rojo vivo unos pocos centímetros delante de ella. Crepitó audiblemente mientras finas volutas de humo gris ascendían por el aire, y un segundo después unas altas llamas azuladas surgieron del parqué.

La Viajera, sin embargo, no reaccionó. Se limitó a observar el camino del fuego mientras se acercaba a ella. Ni siquiera hizo movimiento alguno cuando las llamas la rodearon, formando una elipse alargada a su alrededor que ardía fieramente a pocos centímetros de su pelaje.

Iluminó su cuerno con su magia azul zafiro, y el parqué y el suelo que rodeaban a la línea de fuego se levantaron. Impulsadas por su magia, la madera, el cemento y los ladrillos, rotos en finos trozos, se precipitaron sobre las llamas, ahogándolas en la lluvia de polvo y material.

Dawn Star contempló las nubes de polvo con los ojos muy abiertos y la mandíbula desencajada. Miró al techo sin comprender, y luego de nuevo a la polvareda.

No tenía sentido. ¿Por qué había…?

Sacudió la cabeza. No había tiempo para distracciones. Luego pensaría en ello.

Tenía un duelo mágico que ganar.


Spring Breeze retrocedió un par de pasos, y posó su mirada sobre la magnífica estatua sedente de mármol que cubría la tumba de Platino VII de los unicornios y I de Equestria, primera monarca equestriana. Representaba a la reina sentada en su trono ricamente decorado con los emblemas de su linaje, vestida con su capa y con su corona reposando sobre sus sienes. Miraba a los visitantes con una expresión de orgullo y altivez.

Estatua de principios del siglo IX, advertía un cartel explicativo colocado enfrente de la tumba, a poco más de un metro de distancia. El sarcófago que la cubría, en cambio, sí era original del siglo I. Labrado en mármol albo y de dimensiones descomunales para el cuerpo de la reina, mostraba en su superficie exterior bellísimos bajorrelieves con escenas de la vida de la reina. Su nacimiento, su infancia, su educación mágica bajo la tutela de Starswirl el Barbudo, su juramento como heredera de la corona unicornia, las más importantes batallas de su reinado… Todos los momentos que habían definido su vida se hallaban representados en su sarcófago. Y, enmarcados en grandes óvalos de marmórea hiedra en el centro de las caras laterales, los dos momentos culminantes de su larga vida: la victoria sobre los Windigos en los lados cortos, y su coronación como primera reina de Equestria en los largos.

Spring Breeze casi ni se atrevía a respirar mientras rodeaba el sepulcro de Platino VII de los unicornios y I de Equestria. Se sentía como una intrusa, como si en cualquier momento la antigua reina fuera a levantarse de su tumba y maldecirla por perturbar su descanso eterno.

Sabía que los fantasmas no existían, pero la mera presencia de la reina fallecida imponía lo suficiente como para intimidar.

Tragó saliva, y pasó al sarcófago situado a su derecha. Mucho más pequeño, apenas una tercera parte, que el de Platino I, y labrado en el mismo material, contenía los restos de su maga y amiga Clover la Inteligente. No lo cubría una estatua yacente, sino una simple tapa con su nombre y fechas de nacimiento y muerte grabadas; y solo mostraba bajorrelieves en el centro de las caras laterales: escenas de la derrota de los Windigos en las más largas y de su aprendizaje como aprendiz de Starswirl el Barbudo en las más cortas.

Spring Breeze agitó las alas un par de veces. Como pegaso que era, le hubiera encantado poder contemplar las tumbas de los fundadores de Equestria de su raza, el comandante Huracán y su soldado y hermana Pansy. Pero tales tumbas jamás habían existido. Como mandaba el ritual funerario de los pegasos, ambos habían sido incinerados tras el fin de sus vidas, y sus cenizas esparcidas a los cuatro vientos desde la torre más alta de Cloudsdale para que ambos pudieran volar para siempre llevados por los vientos, sin bajar nunca a la tierra.

La pequeña se encogió de hombros, y pasó a la fila contigua. La enorme poni de tierra que coronaba el sarcófago central con expresión serena y decidida pregonaba a los cuatro vientos la identidad de su ocupante: Luna I "la Valiente", primera y única reina poni de tierra, libertadora de Equestria de la tiranía de los grifos.

Había dispuesto en su testamento no ser enterrada en el Panteón Real junto al resto de reyes y reinas de Equestria, sino ser sepultada en su aldea de nacimiento, en la que había crecido y pasado su infancia. Su deseo se había cumplido en su época, hasta que la reina Platino VIII, a finales del siglo VIII, había juzgado más decoroso contravenir su última voluntad y trasladar sus restos a aquella hermosa sepultura de mármol negro como la noche en la que Luna I jamás había deseado reposar eternamente. Tan solo dos bajorrelieves la adornaban, ambos en el centro de las caras más largas. La declaración de independencia de Equestria y el arresto del viceemperador grifo como cómplice de la tiranía extranjera en el lado izquierdo; el Decreto de Integración de los Thestrales en el lado derecho. El grabado la mostraba sentada majestuosa en su trono, rodeada de jefes de kölonȋas thestrales mientras declaraba que desde aquel instante los thestrales eran tan súbditos suyos como las otras tres razas.

A su izquierda, el sarcófago de su hijo adoptivo, Bullion II. Yacía en una tumba de granito, y sus relieves, dorados y plateados alternativamente, mostraban diversas batallas de la Guerra de Independencia Equestriana.

Había llevado sobre su grupa el peso de la práctica totalidad de la guerra, desde el asesinato de su madre adoptiva a las pocas semanas de comenzada hasta la victoria final y la plena independencia del Imperio Grifo; pero la historia y el pueblo equestriano consideraban a Luna I y no a él su libertadora.

Y a la izquierda… ¿Qué había a la izquierda, casi incrustado en la esquina de la Cámara de los Reyes?

Movida por la curiosidad, Spring Breeze se acercó a paso ligero y con las alas zumbando al objeto para descubrir que era un monolito de mármol blanco, tan largo como ella, y aproximadamente el doble de alto. Ninguna escultura adornaba su parte superior, ni mostraba en sus laterales los característicos grabados alegóricos que mostraban los demás sepulcros.

La potrilla ladeó la cabeza, intrigada, y trató de leer las letras y fechas talladas sobre el mármol. No era una tarea fácil en absoluto; la escasa luz de las lámparas mágicas que llegaba a aquel rincón de la cámara complicaba sobremanera su objetivo.

— ¿Ren… Rena…? ¿Crena…?

No tuvo mucho más éxito con las dos fechas grabadas, una sobre la otra. Solo logó deducir que el primer número de ambas era un 5.

Spring Breeze frunció el cerro, enfurruñada. Tenía tantas ganas de saber quién ocupaba aquella minúscula y austera tumba, y no conseguía leerla…

Una idea atravesó de repente su cerebro, y tuvo el tacto suficiente como para no echar a correr en busca de Comet Nova.

Sabía que ninguno la maldeciría, pero no quería perturbar el descanso eterno de los antiguos reyes y reinas de Equestria.


Dawn Star inspiró rasgadamente a través de sus dientes apretados. ¿Qué podía hacer? ¿Qué hechizo utilizar?

A unos tres metros de distancia, la Viajera la contemplaba con una retorcida sonrisa en su hocico. Su cuerno estaba recubierto de magia azul zafiro, lista para ser utilizada en cuanto ella quisiera.

— ¿Quieres jugar con fuego? —se burló—. ¡Esto es fuego!

Apuntó directamente al cuerpo de Dawn Star, y liberó un potente chorro de fuego en su dirección. Dawn Star emitió un agudo chillido de terror. Sin dejar de chillar, se lanzó al suelo y rodó hacia su izquierda para evitar la furia de las llamas.

La Viajera sonrió con malicia, y siguió con su cuerno la trayectoria de la unicornio parda. Esta cerró los ojos con fuerza. Empezaba a sentirse mareada. Y no se lo podía permitir. Si se mareaba, estaba perdida.

Pero, por suerte para ella, la Viajera no pudo mantener su hechizo mucho tiempo. Apenas llevaba unos quince segundos persiguiendo a Dawn Star cuando un agudo dolor en la base de su cuerno extinguió repentinamente su lengua de llamas. Gruñó, y masculló entre dientes una maldición antes de llevarse su casco derecho a su cuerno, dolorido y enrojecido.

Tan pronto como lo tocó, retiró el casco mientras se mordía el labio inferior para no gritar de dolor. Ardía. Su cuerno se había sobrecalentado por usar demasiada magia.

El calor de las llamas que Dawn Star podía sentir en su piel se apagó de repente. Plantó sus cuatro patas en el suelo para frenarse, y se levantó tan rápido como podía sin marearse. La cabeza aún le daba vueltas, y necesitó un par de segundos para recuperarse por completo.

Su mirada cayó sobre el cuerno enrojecido de la Viajera, y sus pupilas se dilataron de golpe. Cuerno sobrecalentado. Había usado demasiada magia en poco tiempo.

Era su oportunidad.

Profiriendo un grito inarticulado, invocó su magia y lanzó un poderoso rayo azul zafiro en dirección a la Viajera. Ella apretó los dientes, y se lanzó a su derecha para esquivarlo.

Rodó sobre sí misma, y se puso en pie con rapidez. Frunció el ceño, y miró a Dawn Star, que la observaba con expresión decidida y un brillo triunfal en los ojos.

La situación acababa de dar un vuelco.


El rápido y suave repiqueteo de unos cascos acercándose llegó a los oídos de Comet Nova. Sus orejas se irguieron de golpe, y se puso en pie lentamente.

Inspiró profundamente un par de veces, y se enjugó las lágrimas con su casco derecho. Spring Breeze se acercaba, y no quería entristecerla con su aspecto.

— Volveré pronto, hijos míos —susurró, pasando afectuosamente una pezuña sobre sus lápidas de mármol—. Os quiero.

Giró la cabeza hacia la izquierda, y fijó la mirada al final del pasillo. Efectivamente, pocos segundos después apareció Spring Breeze, que giró a la izquierda y se acercó a Comet Nova a paso rápido. La unicornio blanca sonrió con calidez, y bajó la vista para mirar a los ojos a la potrilla.

— ¿Qué te ha parecido el panteón real? ¿Has visto las tumbas de los antiguos reyes y reinas?

Spring Breeze asintió con una sonrisa de oreja a oreja en su rostro.

— ¡Sí! —exclamó emocionada; sus alas se agitaban tan rápido a ambos lados de su cuerpo que Comet Nova pensó que en cualquier momento echaría a volar—. ¡La de Platino I es muy bonita con todas esas estatuas alrededor! ¡En la de Luna I salen siete, no, nueve thestrales! ¡Y la de Ígnor IV tiene una escultura de un alicornio encima!

Comet Nova rio brevemente, con ganas, mientras una sensación cálida y confortable llenaba su corazón. El entusiasmo de la pequeña Spring Breeze era como una sinfonía para sus oídos. Se sentía tan dichosa al contemplar y escuchar cómo se maravillaba ante aquellas tumbas…

— ¿Por qué la tumba de Platino IV no tiene ninguna escultura?

La unicornio blanca se mordió la cara interna de la mejilla. ¿Cómo se lo explicaba a una potra de siete años?

— Platino IV… No fue una reina muy querida en su tiempo. Ella…

— ¿Era mala? —la interrumpió Spring Breeze, su vocecita llena de curiosidad—. ¿Metía a los ponis en la cárcel?

Comet Nova sonrió antes de continuar.

— No. Ella... Su reinado fueron unos años muy complicados para Equestria. Hubo una sequía, y los ponis no tenían qué comer. Además, sus padres, Diamante I y Perla I, habían perdido la guerra contra los grifos. Ella no tenía la culpa de la situación, ni de ser hija de quien era; pero el pueblo equestriano le echaba la culpa del estado del país y quería que dejara el trono.

La parte en la que el pueblo también la odiaba por haber sido la hija incestuosa de la violación de Diamante I a su hermana Perla I mejor no se la comentaba. Ya tendría tiempo para descubrirlo en las clases de historia del instituto.

— Al final, uno de sus generales la mató y subió al trono como Tifón I. Platino IV… Tuvo suerte de ser enterrada aquí.

Spring Breeze ladeó la cabeza y bajó las orejas, aparentemente apenada por el destino de aquella reina, pero enseguida las irguió de nuevo antes de preguntar:

— ¿Y por qué la tumba de Platino IX es tan rara?

La tumba de Platino IX, última reina de Equestria antes de que Discord se hiciera con el poder en Equestria, era sin duda alguna la más extraña y llamativa de todas las que se hallaban en la Cámara de los Reyes. De formas curvilíneas e irregulares en lugar de rectas y rectangulares, construida en múltiples piezas de diferentes piedras en lugar de una sola del mismo material y con bajorrelieves tallados en arenisca que mostraban su fracasada insurrección contra Discord en el año 843 en lugar de sus triunfos, todo en ello chocaba con el resto de tumbas del panteón real. Incluso su tapa colisionaba espectacularmente con las demás, al mostrar al mismísimo Discord de pie en actitud triunfal en lugar de una estatua de la depuesta reina.

En suma, era una tumba digna del mejor artista del nuevo régimen… o del mismísimo espíritu del Caos.

— Porque Discord le quitó el trono a Platino IX, y seguía gobernando cuando murió. En su reinado, se impuso el arte caótico.

— ¿Arte caótico? —repitió Spring Breeze con interés.

— En el arte normal el artista intenta encontrar una cierta armonía de conjunto. Que las partes peguen bien unas con otras y quede un todo bonito —se apresuró a explicar al ver que Spring Breeze la miraba con cara de no haber comprendido una sola palabra—. ¿Verdad que las tumbas, aunque tengan partes distintas, todas juntas forman un objeto mayor y más bello?

La joven pegaso asintió con energía.

— En el arte caótico es justo lo contrario. Busca el caos. La desarmonía. Que las partes desentonen entre sí todo lo posible. Crear una obra que impacte al ojo, que choque por la falta de armonía entre sus partes.

— ¿Cómo la tumba de la reina Platino IX? —preguntó tímidamente Spring Breeze.

— Como la tumba de Platino IX. Los colores, las formas, los grabados… Nada encaja entre sí. Cada pieza choca con todas las demás. Y todas juntas forman un gran esperpento que te revuelve el estómago y al mismo tiempo te impide apartar la mirada de él.

La cabeza de Comet Nova se inclinó unos grados hacia la izquierda, y preguntó:

— ¿Hay algo más que quieras saber?

— Sí —respondió Spring Breeze, asintiendo con energía—. ¿Quién es Rena?

— ¿Rena? —repitió la unicornio blanca con expresión extrañada—. ¿Quién es…? —Sacudió la cabeza antes de contestar—: Lo siento. No me suena de nada ninguna Rena.

— Um… Bueno… Estaba en la esquina… Estaba muy oscuro… —murmuró la potrilla con la cabeza baja, como si quisiera disculparse por la cuestión—. Ponía algo así como Rena… Renat…

El corazón de Comet Nova dio un vuelco en su pecho. Rena. Renat. ¿Podría tratarse de la pequeña Grenat?

— ¿Podrías enseñarme la tumba?

Spring Breeze asintió.


La Viajera frunció el ceño. Tocó su cuerno con un casco, pero lo retiró al instante, en cuanto sintió el latigazo de dolor bajando por su cabeza. Caliente y dolorido. Seguía sobrecalentado. Su situación acababa de complicarse sobremanera.

Todo lo contrario que la situación de Dawn Star. Por primera vez en todo el duelo sentía que podía ganarlo. Su oponente estaba, mágicamente hablando, completamente indefensa. Solo necesitaba tiempo y no caer en el mismo error que había cometido su enemiga.

Bajó la frente, y disparó un nuevo rayo mágico a la izquierda de la Viajera, menos potente que el anterior. Ella dio un salto a la derecha, y aterrizó segundos antes de que un nuevo rayo mágico la obligara a dar un brinco hacia atrás para esquivarlo.

Dawn Star sonrió con satisfacción. Acababa de colocarla contra una de las esquinas del gimnasio. Solo faltaba el golpe definitivo.

Apretó los dientes mientras invocaba de nuevo su magia. Con un fuerte crujido que castigó los oídos de las dos yeguas, varias planchas del suelo de parqué del gimnasio se levantaron del suelo y se cernieron sobre la Viajera, que apenas tuvo tiempo para ver cómo se cerraban a su alrededor, encerrándola en una pequeña celda cuyos muros posteriores eran los del gimnasio.

No estaba completamente cerrada, algo de luz era capaz de colarse por pequeños huecos en las zonas de rotura del parqué, pero era suficiente para lo que Dawn Star pretendía: mantenerla encerrada hasta que Rainbow Dash hiciera su primer Sonic Rainboom y Twilight eclosionara el huevo de Spike.

Durante unos interminables segundos, nada sucedió. Ningún sonido ni movimiento provino del interior de la improvisada celda, ni tampoco fue emitido por Dawn Star. Sin quitarle el ojo de encima a la madera, apagó su cuerno para evitar que se sobrecalentara, y se limitó a esperar con desconfianza.

Contó hasta diez. Luego hasta quince. Nada. Tomó aire, y preguntó con voz potente:

— ¿Te rin…?

Un golpe seco en la madera resonó por el gimnasio, y la plancha vertical de parqué que encerraba a la Viajera salió volando por los aires. Dawn Star cortó de repente su frase, y se lanzó al suelo para evitar ser golpeada por el trozo de madera.

La Viajera se dio la vuelta, y salió de la improvisada celda con expresión seria en su rostro. Se había liberado de su encierro con una simple coz. Dawn Star masculló una maldición antes de encogerse de hombros.

Solo eran dos planchas de madera. Era demasiado pedir que aguantaran la fuerza física de la otra unicornio. O la mágica.

Mascullando entre dientes una maldición, levantó la cabeza, e invocó de nuevo su magia cuando llegó al punto más alto. De la punta de su cuerno brotó un rayo mágico azul zafiro, a medias entre advertencia y verdadero ataque, que la Viejera esquivó con un simple salto a su izquierda.

— Enhorabuena —se burló con aquella voz horriblemente distorsionada por el hechizo que usaba para ocultar su identidad—. Eres la primera poni que consigue atraparme. —Se encogió de hombros antes de añadir, sin cambiar en absoluto su tono ni su expresión—: Aunque solo haya sido por dos segundos.

Dawn Star apretó los dientes, y apuntó con su cuerno a su enemiga, pero no lanzó ningún hechizo. Se limitó a observarla con atención, preparada para reaccionar a cualquier movimiento que hiciera.

— Siempre supe que serías tú.

— ¿Siempre supiste que sería yo? ¿Qué quieres decir con eso?

La Viajera cerró los ojos, solo para volver a abrirlos al cabo de varios segundos.

— Piénsalo. ¿Quién más podría ser? Huyo de tus jefes. Paralizo a tus compañeros en cuanto los veo. —Dawn Star inspiró rasgadamente, y poseída por una repentina rabia bajó su cuerno hasta apuntar al pecho de la Viajera—. La poni azul, la que no deja de hacer chistes del tiempo… Es dura, pero acabé derrotándola.

— ¿Por qué me cuentas todo eso? —No la miraba a los ojos, seguía manteniéndola en el punto de mira de su magia—. ¿Quieres intimidarme?

— Ni tú huyes de mí, ni yo huyo de ti. Eres la poni que más veces se ha enfrentado a mí —continuó, ignorando por completo las palabras de Dawn Star, y se encogió de hombros—. Es pura estadística. Si lo intentas muchas veces, alguna vez, por pura probabilidad, lo acabarás logrando.

— ¿Muchas veces? —replicó Dawn Star, que seguía sin cargar ningún hechizo—. Es nuestro segundo duelo.

— Comparados con los demás, son muchos.

¿Muchos? Dawn Star sacudió la cabeza, pero sin perder nunca de vista a su rival. Lo que decía no tenía ningún sentido. ¿Sabía que la encerraría entre cuatro planchas de madera porque se había enfrentado dos veces a ella? Se mirara como se mirara, era una afirmación descabellada, si no rayando directamente en lo delirante.

— Aunque la poni azul aguantó más tiempo que tú.

— ¡Claro que aguantó más tiempo que yo! ¡Me atacaste a traición!

— ¿Y qué esperabas? —replicó la Viajera con sorna—. ¿Una declaración formal de ataque? Estaba a la fuga.

Dawn Star resopló con fuerza. No podía negar que llevaba razón.

— ¿Por qué me cuentas todo esto? —preguntó de nuevo—. ¿Quieres que me avergüence? ¿Qué piense que soy una una inútil?

Pero la Viajera negó lentamente con la cabeza. Cerró los ojos, y esperó unos segundos antes de volver a abrirlos.

— Tengo una razón para ello. Y una buena razón, además.

Dawn Star ladeó la cabeza. ¿Buena razón? ¿La guerra psicológica era una buena razón?

El cuerno de la Viajera se iluminó de repente, y lanzó un rayo mágico que Dawn solo logró esquivar en el último segundo. Mientras se ponía sobre sus cuatro patas, sintió cómo un gélido abismo se abría en su estómago. Quería golpearse la cabeza contra el suelo de rabia, pero se contuvo.

¿Cómo podía haber sudo tan estúpida de permitir que el cuerno de su enemiga se enfriara?


— Es aquí —dijo Spring Breeze, señalando la esquina de la Cámara de los Reyes en la que había encontrado la tumba de la heroica Grenat—. Es esa de ahí.

Llevada por la curiosidad, Comet Nova se acercó a paso rápido al monolito de mármol. Lo ojeó cuidadosamente de arriba abajo. Ningún adorno, ningún grabado, ninguna statua yacente, nada de lo que mostraban las tumbas de los antiguos reyes aparecía en ella. Solo sus fechas de nacimiento, defunción, y las letras doradas que formaban su nombre. Grenat. Nacida en 582, asesinada a traición por un traidor cobarde en 593.

Comet Nova extendió la pata delantera derecha, y posó su casco respetuosamente contra el frío mármol antes de cerrar sus ojos.

Pobre potrilla. Había dado su vida por Equestria, y ahora yacía olvidada en una esquina de la Cámara de los Reyes, en la tumba más apartada e ignorada de todas. Ni una estatua, ni un grabado, ni nada que celebrara su vida. Solo albo y anguloso mármol.

La unicornio blanca suspiró. Al menos Bullion I había cumplido su promesa de enterrarla con honores. Ahora descansaba eternamente en un lugar en que jamás habría imaginado reposar.

— ¿Sabes quién es? —preguntó Spring Breeze con ojos llenos de curiosidad.

Comet Nova se dio la vuelta para mirarla a los ojos, y negó lentamente con la cabeza.

— No. Lo siento mucho.

Apartó la mirada para no ver la expresión de decepción que había aparecido en la cara de Spring Breeze. Odiaba tener que mentirle, pero era más fácil que tener que explicar por qué conocía a una potrilla que no aparecía en ningún libro de historia.

— Puede que fuera una princesa. Una princesa que murió siendo una potrilla. Antes… —Cerró los ojos, e inspiró rasgadamente, tratando de acallar el dolor que asaltaba su corazón—. Antes no había medicina. Muchos ponis morían jóvenes por enfermedades que hoy se curan bien.

— ¿De verdad? —murmuró Spring Breeze, con las orejas gachas. Su joven e inocente cerebro apenas podía procesar la idea de tantos potrillos muriendo por enfermedades que ella había superado—. ¿Se morían?

Comet Nova asintió lentamente.

— Por desgracia sí. Antes… Antes era muy normal morirse de una enfermedad. Incluso una simple herida podía mortal si se infectaba.

La expresión de Spring Breeze se llenó de espanto, pero no dijo nada. Comet Nova inspiró rasgadamente antes de continuar.

— Tampoco había vacunas. ¿Tu papá y tu mamá te han puesto vacunas, verdad? —La potrilla asintió con energía—. Antes no las había. Muchos potros se ponían malos, y algunos…

No fue capaz de continuar. El peso de sus recuerdos era demasiado para ella. Su voz se quebró, y sus ojos se humedecieron con lágrimas.

Sintió algo apretando con fuerza su pata delantera izquierda, y al bajar la mirada vio que era la pequeña Spring Breeze, que se había abrazado a ella. Tan pequeña, tan adorable… Inspiró profundamente, y trató de mostrar en su rostro la expresión más parecida a una sonrisa maternal que pudo.

— ¿Quieres que vayamos a tomar algo? Hay una cafetería muy buena cerca del palacio.

Sin soltarse de la pata de la unicornio, Spring Breeze asintió con la cabeza.


Dawn Star vio el rayo mágico azul zafiro brotar de la punta del cuerno de la Viajera. Con seguridad y un gesto rápido, invocó por enésima vez su espejo mágico.

¿Cuántas veces lo había usado ya durante el duelo? No lo sabía, y tampoco le importaba mucho.

No lo colocó en vertical, sino ligeramente inclinado hacia arriba, apenas un par de grados. Una vez más, el haz de energía impactó contra la protección de la unicornio parda, y salió reflejado hacia la cabeza de la Viajera. Ella se limitó a agachar la cabeza, y volvió a erguirla en cuanto escuchó el ruido de su hechizo al impactar contra la pared del fondo.

Si aquello la contrarió, la Viajera no lo mostró en absoluto.

— ¿Por qué haces esto? ¿Por qué quieres destruir Equestria?

Ahora sí le convenía hablar; una vez su oponente había recuperado su cuerno, pretendía ganar todo el tiempo posible hasta que Twilight Sparkle aprobara su examen.

— ¿Quieres saber porqué estoy haciendo esto?

— ¡Claro que quiero saberlo! ¡Quiero saber por qué intentas acabar con la historia equestriana!

En lugar de responder, la Viajera cerró los ojos. Dawn Star no pudo evitar emitir un breve respingo al ver que su expresión no era de superioridad, sino que estaba llena de tristeza.

— Todavía no es el momento —murmuró.

— ¿Cómo que no es el momento? ¿Qué quieres decir con eso?

Pero la Viajera ya no respondió. Sacudió la cabeza, e invocó una vez más su magia.

Sin embargo, esta vez Dawn Star estaba preparada. Lanzó su propio hechizo, y al instante cuatro espejos mágicos, dispuestos en forma de cuadrado y de un metro y medio de alto, se materializaron alrededor de la Viajera. Ella se limitó a sonreír.

— Buen movimiento.

Sacudió repentinamente la cabeza, y un brillante destello blanco ocultó a la Viajera de la vista de Dawn Star. Alarmada, la unicornio parda giró en redondo sobre sí misma mientras eliminaba su hechizo de espejo. Se había teletransportado. Su rival podía reaparecer en cualquier parte.

Un nuevo destello a su derecha, a unos tres metros de su cuerpo, captó su atención. Se volvió en la dirección del estallido luminoso, y disparó un rayo mágico sin apuntar.

Para su sorpresa, salió rebotado en su dirección, y no pasó muy lejos de su cuerpo.

— No esperabas ser la única que conociera ese hechizo, ¿verdad?

Delante de la Viajera, casi rozando su pelaje, flotaba un espejo mágico como el que había invocado ya en varias ocasiones Dawn Star.

No; por supuesto que no lo esperaba. Cualquier poni que pudiera comprar un libro de hechizos defensivos intermedios y tuviera una cierta habilidad mágica sería capaz de usarlo. Lo único que le decía a la unicornio parda era que la viajera no era una mala maga. Lo cual, gracias a los hechizos oscuros que la había visto usar, ya sabía.

— No, claro que no. Nadie con tu nivel tendría problemas para usarlo.

La Viajera rio.

— ¿Sabes mi nivel mágico por un hechizo?

— No. Por todos.

La Viajera parpadeó, y lanzó un ardiente chorro de fuego hacia la unicornio parda. Ella lo detuvo con un simple encantamiento de barrera, sin molestarse siquiera en devolvérselo.

— Puedes usar magia oscura a voluntad. Puedes usar en el tiempo, igual que yo. —Disparó un rayo mágico, que su enemiga desvió contra el techo—. Necesitas bastante habilidad mágica para las dos cosas. No todos los unicornios son capaces de hacerlo.

— Enhorabuena, Shercolt —respondió la Viejera, no sin cierta sorna—. Soy buena en magia.

— No solo eres buena en magia. También sabes cómo usarla, así que has tenido que tener educación mágica.

— ¿Algo más, Hayrcule Poitrot?

Dawn Star frunció el ceño durante unos segundos.

— No ha sido aquí. Sé que ninguno de los ponis con los que he compartido esta Academia sería capaz de querer acabar con Equestria.

La Viajera permaneció unos segundos en silencio. Sus ojos, cerrados; su expresión, inescrutable.

— Veo que conoces bien a tus compañeros —dijo finalmente.

— Lo suficiente como para saber que ninguno de ellos sería capaz de traicionar de esa manera a Equestria —replicó Dawn Star, rabiosa.

Un nuevo e incómodo silencio; una vez más, los ojos de la Viajera cerrados.

Abrió los ojos de golpe con expresión decidida, e iluminó su cuerno.

— Y yo conozco muy bien mis motivos.


— ¿Te ha gustado la visita al palacio?

Spring Breeze levantó la cabeza de su enorme vaso de batido helado para asentir con fuerza.

— ¡Sí! ¡Los cuadros de la princesa eran preciosos! ¡Y las estatuas del patio eran muy chulas!

— Y por lo que he visto te han encantado las tumbas de los antiguos reyes.

— ¡También! ¡Son tan grandes! ¡Y las estatuas son tan bonitas! —Dio un gran sorbo a su bebida, y después de tragárselo añadió—: Las tumbas de ahora son mucho más feas.

Comet Nova parpadeó, extrañada.

— ¿Feas? ¿Qué quieres decir?

Las mejillas de Spring Breeze enrojecieron, y bajó los ojos a su copa de batido.

— Um… Cuando… Cuando se murió el bisabuelo de mi amiga Pine Needle, lo enterraron en una tumba en el suelo. Solo había una lápida. —Se mordió el labio inferior con vergüenza—. No es fea… Pero las de los reyes son más bonitas.

— Claro —respondió Comet Nova, con una sonrisilla divertida en su hocico—. ¿Sabes cuánto dinero cuesta una tumba como la de los reyes? —La potrilla sacudió la cabeza—. Muchísimo dinero. Solamente los más ricos podían, y siguen pudiendo, permitírselas. Como los nobles, o los reyes.

Spring Breeze asintió lentamente. Todo cobraba sentido.

— ¿Y si hago yo una?

Comet Nova la miró sin comprender.

— Quiero decir… Para mi abuelito… O para mi abuelita…

Enternecida, Comet Nova pasó un casco por su crin.

— ¿Te gusta hacer esculturas?

— ¡Me encanta! —exclamó Spring Breeze, con sus pequeñas alitas lila zumbando de emoción—. ¡Mi hermanita me regaló un juguete para hacer esculturas del museo de Canterlot, y ya he hecho muchas! ¡La he hecho a ella, a mi papá, a mi mamá, a la amiga de mi hermanita…!

— Ya veo que te gusta mucho esculpir. Seguro que haces unas estatuas preciosas para tus abuelos.

Completamente colorada, la potrilla bajó la mirada y tomó un nuevo sorbo de su batido.

— Mu… Muchas gracias —musitó en apenas un susurro.

— No es nada, cariño. Estoy segura de que algún día serás una escultora famosa en toda Equestria.

— ¿De… De verdad? —le preguntó ella, con los ojos brillantes de emoción.

— Estoy convencida de ello.


Dawn Star vio la luz azul zafiro concentrarse en el extremo del cuerno de su rival, y se lanzó al suelo para esquivar el rayo mágico. No se levantó en cuanto el hechizo terminó de pasar sobre su cuerpo; sabía que tenía a sus espaldas el espejo mágico que había colocado sobre la puerta rota del gimnasio.

Apenas un segundo después, el rayo mágico surcó de nuevo el aire por encima de ella, esta vez en sentido contrario.

Su trayectoria apuntaba directamente al pecho de la Viajera, pero ella ni se inmutó. Se limitó a extinguirlo contra una barrera mágica que invocó a poco menos de medio metro de su pecho; la misma barrera que Dawn Star había invocado anteriormente.

— Buen intento —dijo la Viajera con su voz horriblemente distorsionada.

¿Intento?, pensó Dawn Star con sorna. No había sido ni siquiera un intento.

Pero no había tiempo para la autocompasión. Tenía un duelo que mantener vivo.

Ni siquiera esperó a que la Viajera disipara su barrera para lanzar su siguiente ataque, un ancho chorro de llamas amarillas y azules no demasiado diferente del que su oponente había usado contra ella unos minutos antes. Ella, por su parte, simplemente, dejó que se extinguieran contra su barrera mágica, unos dos metros por delenta de su cuerpo.

Sin dejar que aquel fracaso la desalentara, apagó su cuerno antes de invocar un nuevo hechizo. El suelo bajo los cascos de la Viajera comenzó a temblar con fuerza, como un terremoto. Sin embargo, no pareció sorprendida en absoluto. Con una expresión de absoluta concentración en su rostro, levantaba las patas en algunos sitios y las plantaba sobre el suelo en otros, tratando con éxito de no perder el equilibrio.

Pero mientras mantenía su atención en no caer al suelo, no podía mantenerla en Dawn Star.

Dawn Star lanzó un rayo mágico al cuerpo de la Viajera con una sonrisa victoriosa en su rostro.

Que enseguida se borró al ver cómo su oponente lo hacía estrellarse contra una barrera mágica sin ni siquiera girarse para mirarlo.

— ¿Cómo… Cómo has hecho eso?

La Viajera volvió la cabeza en la dirección de Dawn Star, y sonrió con malicia. El suelo había dejado de temblar bajo sus patas.

Sin mediar palabra, bajó la cabeza y le lanzó tres grandes bolas de fuego.

Dawn Star esquivó las dos primeras corriendo hacia su derecha, y reflejó la tercera con su espejo mágico. Pasó a pocos centímetros del rostro de la Viajera, que, sin ni siquiera inmutarse, iluminó su cuerno para repetir su conjuro.

Apretando los dientes, la unicornio parda invocó su magia. Un fuerte crujido resonó por el gimnasio, y un fragmento irregular del parqué alrededor de las patas de la Viajera giró sobre su eje, hacia arriba la parte frontal y hacia abajo la trasera. Repentinamente desestabilizada, la Viajera falló su objetivo por mucho: las esferas ígneas se estrellaron directamente contra el techo pintado de morado.

— Buen movimiento.

No había terminado de decirlo cuando una gigantesca llama en forma de estrella de cinco puntas surcaba el aire en dirección a Dawn Star. Pero ella, sin inmutarse, hizo levitar los trozos de parqué que le habían servido para encerrar a la Viajera contra la esquina del gimnasio, y los colocó a modo de barrera entre su cuerpo y el fuego.

El hechizo se estrelló con fuerza contra las delgadas planchas de madera. Las ardientes llamas lamieron su superficie, ennegreciéndola con hollín, pero la magia de Dawn Star fue suficiente para hacerlas resistir.

Cuando el fuego mágico finalmente se extinguió, había logrado prender la parte superior de las planchas. Ardían, como una suerte de antorchas delgadas y aplanadas. Dawn Star frunció el ceño, y las blandió como una suerte de espadas flamígeras, tratando de golpear con ellas a la Viajera.

Sin embargo, su oponente no se sintió intimidada en absoluto. Encendió su cuerno, apuntó cuidadosamente, y con un solo rayo mágico redujo las dos armas a una espesa nube de astillas.

Dawn Star no pudo reprimir una maldición al ver caer a sus cascos los diminutos fragmentos. Aunque tampoco había esperado que sus improvisadas armas le sirvieran de mucho.

Al verla indefensa, la Viajera lanzó el mismo ataque. Otra ardiente estrella cruzó el gimnasio, y Dawn Star la detuvo invocando una barrera mágica. Ni siquiera esperó a que las llamas se hubieran extinguido para disiparlas; cargó su propio hechizo mientras los últimos coletazos del fuego lamían y chamuscaban la punta de los pelos de su hocico.

Una pequeña llama nació en el suelo, entre sus patas delanteras. Avanzó aproximadamente medio metro en línea recta, quemando el parqué en su trayectoria, y se detuvo.

La Viajera inclinó la cabeza, y la observó sin ninguna emoción en su rostro..

Dawm Star sacudió la cabeza, con su cuerno todavía encendido, y la llama se hinchó hasta multiplicar varias veces su tamaño. La Viajera parpadeó, sin mostrarse en absoluto sorprendida. Aquella lengua de fuego ya era tan grande como ella misma.

Y entonces, en apenas una fracción de segundo, las llamas la rodearon.

El fuego se expandió hasta cerrar un círculo alrededor de su cuerpo, ocultando a Dawn Star de su vista. Las llamas avanzaron por encima de ella hasta crear una cúpula ígnea, cerrando la trampa. La Viajera parpadeó. Sacudió la cabeza, e invocó un escudo mágico.

Justo a tiempo. Ni tan siquiera un segundo después, un rayo mágico golpeó su protección. Un grito ahogado de Dawn Star llegó a sus oídos, y sonrió.

La unicornio parda masculló un juramento. Era comprensible. Su rival iba a protegerse. Incluso si no sabía de dónde le vendría el ataque.

Dentro de su llameante jaula, la Viajera se llevó un casco a su frente y se enjugó el sudor. No estaba tan cerca como para quemarse, pero sí comenzaba a sentir el aumento de temperatura. Un nuevo rayo mágico golpeó en su defensa. Inspiró profundamente, y el humo la hizo toser.

Estaba claro. No podía seguir allí dentro mucho más.

Bajó la barrera que la protegía, y lanzó un hechizo.

Como impulsadas por una onda de choque, las llamas volaron en todas direcciones, extinguiéndose a medida que volaban por el gimnasio. Dawn Star gruñó, frustrada. Después, volvió sus ojos hacia la Viajera. Ella también la miraba a ella, con superioridad en su rostro.

Levantó la cabeza. Su cuerno se cubrió con su magia azul zafiro. Dawn Star se preparó para repelerlo.

Y un destello arcoiris brilló a través de las estrechas ventanas del gimnasio.

Dawn Star cayó al suelo de rodillas. Levantó la vista al cielo, y sorbió para contener las lágrimas.

Lo había logrado. Había conseguido distraer a la Viajera el tiempo suficiente.

Spike iba a nacer. Twilight Sparkle iba a aprobar su examen. Equestria estaba salvada.

La Viajera canceló su hechizo, y cerró los ojos. Suspiró largamente. Si estaba decepcionada por su fracaso, no lo demostraba en absoluto.

El edificio tembló al recibir la onda de choque del primer Sonic Rainboom, pero la Viajera se mantuvo en pie. Se dio la vuelta, y echó a andar hacia la pared del fondo mientras su cuerno se iluminaba. Su tarea en aquella época había terminado. No tenía sentido quedarse.

— ¡Ah, no! —exclamó Dawn Star. Había reconocido al instante el hechizo de teletransporte que cargaba la Viajera—. ¡Tú no te vas!

Invocó a toda prisa un rayo mágico, y lo lanzó a una de las patas traseras de su enemiga. La energía azul zafiro surcó el aire, y pasó de largo de su objetivo, apenas rozando su pelaje. La Viajera no emitió sonido alguno.

Antes de que Dawn Star pudiera reaccionar, la Viajera quedó envuelta por su hechizo, y desapareció de su vista con un chasquido.

Cuando la magia se disipó, la Viajera ya no estaba allí.

Dawn Star apretó los dientes con fuerza. La había tenido tan cerca. Si tan solo hubiera apuntado un poco mejor…

Volvió a iluminar su cuerno, buscando la boca de salida del teletransporte de la Viajera. Unos segundos después, lo apagó con expresión frustrada y contrariada.

Tenía que ser verdaderamente buena si era capaz de teletransportarse a tanta distancia.

Se dio la vuelta, y echó a andar hacia el exterior del malogrado gimnasio.

Tenía dos compañeros a quien liberar de sendos hechizos oscuros y un ministro al que informar.