CAPITULO 12: Del amor y otros demonios I
Las últimas dos semanas Satoru había estado especialmente cariñoso y atento con ella. A veces, lo encontraba como perdido en sus pensamientos mientras la miraba fijamente. Aparecía en medio de sus labores con cualquier excusa tonta llevándole dulces "que le sobraban" o flores "que no conocía" para que ella le dijera el nombre.
Después de dar una vuelta por el jardín estaban en el césped a la sombra de un árbol, escondidos por algunos arbustos de alrededor. Él tenía la cabeza en su regazo y jugaba con su collar mientras ella tejía unas enredaderas y flores.
—¿Cómo está tu papá? Hace tiempo no lo mencionas ¿Está todo bien?
Él hizo una mueca y respondió escueto. —Sin novedad, enfermo como siempre.
—¿Hay algo que se pueda hacer por él?
—Aparte de conseguirle un cuerpo nuevo, no, creo no. —Y rio, aunque no con la alegría de siempre. —Hablando del tema. Me has comentado mucho sobre tus paseos por el bosque y Shoko dice que tienes buen conocimiento en plantas y sus usos.
Siempre era lo mismo. Él sabía todo sobre ella. Ella había respondido todas sus preguntas, abriéndose a él, mientras que cuando ella intentaba hacer lo mismo, él siempre la esquivaba cambiando de tema. Apenas le había comentado que su padre estaba enfermo y que su madre había fallecido. No tenía problemas para contarle sus travesuras de niño, pero jamás hablaba de sus relaciones con otras personas que no fueran sus amigos Suguru y Shoko. En parte lo entendía, porque no tenía a nadie más y aunque le dolía que aún no confiara en ella, tenía la esperanza de que aquello cambiaría.
Ella sonrió tímida. —Sólo le dije dónde podía encontrar algunas que estaba buscando.
—Pero no cualquiera se aventura en el bosque y puede sacarle provecho como tú. Hace falta buena memoria y mucho cuidado en los detalles. Tú misma me has dicho varias veces que hay plantas que son muy similares a las venenosas.
—Yo me guiaba de lo que me indicaron mis padres y las notas…
—¿Y esas notas de dónde salieron? —Ella guardó silencio. —Las hiciste tú, fue por eso que aprendiste a leer y escribir. Tus padres te enseñaron lo básico y lo demás lo aprendiste por ti misma cuando te hacían pedidos en el mercado.
—Bueno, en los últimos años… mis hermanos añadieron un par de cosas porque yo ya no tenía tanto tiempo como antes. —Su mirada se llenó de tristeza y la voz le tembló al hablar de ellos, pronto serían tres meses desde la última vez que los fue a visitar.
Satoru se dio cuenta del cambio. A él tampoco se le había pasado por alto el tiempo que llevaba sin salir. Entre los entrenamientos, el problema de su técnica y sus arrumacos había acaparado todo su tiempo sólo para él. Ella no se había quejado, pero ahora notaba que no podía seguir reteniéndola. Estaba entre la espada y la pared. Ella aún no había conseguido ningún avance con el muñeco, pero tampoco quería agobiarla con la pena de no ver a su familia. —Me gustaría ver esas notas, puede haber algo que nos sirva, sobre todo a Shoko ¿Podrías traerlas? De paso visitas a tu familia, te puedes quedar el tiempo que quieras, ya no creo que haya peligro.
—¿De verdad, me puedo quedar con ellos? —Dejó la corona de flores que había terminado de tejer, a un lado, para verlo a los ojos. —Si quieres puedo hacer una copia y darte el original a ti.
Él se levantó de su regazo para sentarse. —Me gusta la idea, pero el original es tuyo, ha sido tu esfuerzo, yo me puedo quedar con la copia.
Ella le puso la corona de flores en la cabeza y se lanzó a sus brazos para darle varios besos en las mejillas y terminar con uno en la boca que ya conocía bien. —¡Gracias! Eres el mejor, no sé cómo agradecerte… pídeme lo que quieras antes de irme…
—Pero, yo voy contigo.
Ella se detuvo en medio de los besos que le daba por el rostro y lo vio sorprendida. —¿Tú quieres ir?
Él le devolvió la mirada, un tanto divertido, por su reacción. —Sí, para asegurarme que estés bien. Si quieres sólo te acompaño hasta que te instales y dejo algunos hombres encubiertos, ya que por lo visto te avergüenzas de mí. —Terminó con burla poniendo cara de ofendido.
Ella rió. —No es eso, es que… nunca he ido con un chico a mi casa. —las mejillas se le fueron tiñendo de un rosa suave. —Mi padre puede pensar… tú sabes que él estaba loco por casarme con cualquiera y yo… conozco tu posición, no quisiera que te incomode… con alguna petición u ofrecimiento…
—¿Yo soy cualquiera?
—¡No! No, no eres cualquiera. —le dio un beso suave y se quedó abrazada a él, contemplando su rostro con detenimiento, como si fuera la primera vez que lo viera como realmente era. —Precisamente por eso, porque eres tan... —su rostro terminó por encenderse sin poder decir las palabras correctas. —…tan… imponente…
Satoru sonrió, pero no pudo contener la carcajada que le siguió. —¿Imponente?
Desde que lo conoció supo que era guapo; sin embargo, cuando empezó a tratarlo y a compartir con él, aquello pasó a segundo plano, porque disfrutaba más de su compañía y sus gracias. Ahora que lo veía tan cerca se daba cuenta que no sólo era guapo, era alguien imposible de pasar por alto con esos colores y aquel porte, por no decir que además era el heredero de una de las familias más poderosas.
Su antigua timidez la invadió al darse cuenta con quién había estado tratando con tanta familiaridad. En otro momento hubiera salido corriendo, pero ahora el cuerpo no le obedecía. La comodidad que sentía entre sus brazos había superado a la vergüenza hace ya un tiempo. Su mirada alegre y juguetona le dio la confianza para continuar. —Eres muy…llamativo… quizás te reconozca por el cabello blanco…
Él siguió riendo al verla luchando por describirlo. —¿Llamativo? Que no te de pena, dilo en voz alta. Es porque soy alto y guapo y quizás me reconozca como parte de los Gojo ¿Quién no querría casar a su hija conmigo?
Ella lo vio con la cara roja, pero asintió. Esa era una de las cosas que le gustaba y admiraba de él, aquel descaro y confianza para decir las cosas que ella jamás se atrevería. Esa soltura para quitar la tensión de los temas más difíciles, como si fuera lo más natural del mundo. —Si te pone más tranquila me puedes teñir el cabello y puedo usar algo más sencillo, pero con los ojos no puedo hacer nada, siempre serán iguales. ¿Tú crees que sea buena idea decirle que soy el heredero de los Gojo o sería demasiado para él? —terminó riendo.
¿Cómo no iba a quererlo, si siempre había una solución acompañada de sus bromas para allanar el camino? Ella quería corresponder aquel entusiasmo, pero no sabía cómo hacerlo más que entregándole lo que él buscaba en ella.
Kasumi sonrió apenada. —Si quieres que te persiga todo el camino de regreso y se quede viviendo en tu puerta, puedes hacerlo.
Él volvió a reir. —No será necesario que me persiga, pero lo tendré en cuenta. —La echó sobre el pasto para volver a jugar con su collar y darle un beso. —Y te tomaré la palabra de hace un momento, quiero los masajes que me ofreciste hace un tiempo.
—Estas sacando provecho, no es justo. —Le dijo Kasumi mientras él bajaba sus besos por su cuello.
—Me vas a tener abandonado quién sabe cuántos días. Me gustaría un buen recuerdo para poder sobrevivir hasta que vuelvas. —le dijo mientras hundía la nariz entre sus cabellos y jugaba mordisqueando su oreja despacio.
Se le escapó un suspiro tembloroso al sentir su aliento tibio haciéndole cosquillas detrás de la oreja. —Qué… exagerado… si quieres… —sintió su mano presionando su cadera —quédate… en mi casa.
—Si dormimos juntos lo puedo considerar, si no, prefiero los masajes y después cuando regreses puedes hacer con este jardín lo que quieras. Será tuyo.
Ella le tomó el rostro para verlo. —¿Estás hablando en serio?
—Por supuesto, nadie mejor que tú para decidir que hacer con estas plantas.
Ella acercó sus labios a los suyos, dejando que él se colocara sobre ella completamente y ambos rodaron por el pasto mientras él la envolvía entre sus brazos.
Estaba en la bañera con ella tallándole la espalda. Le hacía gracia que le hubiera puesto más espuma de lo normal como si no quisiera verlo desnudo. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo había ayudado a bañarse, ya que, con los entrenamientos, gran parte de sus labores habían recaído en Ijichi, sobre todo las más pesadas.
Su toque seguía siendo suave, pero la sentía nerviosa e insegura. Por momentos él aprovechaba para agarrar la mano que tenía en su espalda y ponerla en su pecho para que lo acaricie. Hasta que la sintió acercarse a él obediente y descansar su rostro en su hombro. Él se estiró un poco para darle besos en la mejilla y se quedó frotando su nariz entre sus cabellos, mientras sujetaba la mano que tenía en el pecho y la bajaba lentamente por su abdomen para tentarla.
Ella reaccionó en el último momento y volvió a su tarea, esta vez, lavando su cabello. Sus movimientos eran torpes por la ansiedad que le causaba su cercanía. Antes no había tenido problemas en hacer estas cosas, porque su determinación y resentimiento por lo de Mei-san eran más fuertes que el gusto que sentía por él. Sin embargo, ahora todo era distinto.
El tiempo y los momentos compartidos los tenía grabados en el corazón y en la piel. No había día que no esperara por su presencia. El problema ya no era él, el problema era ella que cada día necesitaba un poco más y apenas si ponía resistencia. Aún sus negativas eran más por la vergüenza de su inexperiencia, que porque no quisiera continuar.
Ella no se lo había dicho aquel día en el jardín, pero también estaba apenada por dejarlo. Extrañaba a sus hermanos, pero ahora su corazón estaba dividido entre él y su familia y ya había planeado con sus hermanos pasar una semana con ellos. Hacía dos días había ido a su casa con una mini escolta. Yuji y Nobara se presentaron como sus amigos, mientras que Nanami y Haibara se mantuvieron encubiertos, pues Nanami, el segundo al mando de Satoru, no quería llamar la atención.
Hoy, él la acompañaría a su casa y sería su último día juntos hasta que volviera. Estaba nerviosa al pensar qué diría su padre al verlo, ya que no había forma de disimular sus ojos celestes, ni su altura, su sola presencia era sobresaliente. Tenía miedo que la ofreciera en matrimonio, especialmente porque sabía la posición de Satoru con respecto a ese tema. Por eso había aceptado darle los masajes, aunque ahora se arrepintiera de tenerlo cerca, en una situación tan íntima.
Le enjuagó el cabello y él le sujetó la mano. —Extrañaba tus manos. Ijichi siempre me mete el jabón a los ojos. Tú eres más cuidadosa.
La jaló para ponerla frente a él dándole un beso en la mano y luego subiendo por la muñeca. Ella ya no se resistía a sus avances, al contrario, estaba aprendiendo a seguirle el ritmo. Le había costado bastante fuerza de voluntad controlar sus ansias e ir despacio. Geto había tenido razón al decir que era un mano larga. Pero, con el tiempo se acostumbró a tratarla con suavidad. En un inicio lo hizo por él, porque no quería asustarla y regresar al punto de partida. Sin embargo, ahora lo hacía por inercia cuando se dio cuenta de lo frágil que era. Ella había entrenado y mejorado mucho en combate y resistencia; pero, jamás sería oponente para alguien como él, Suguru o tan siquiera Haibara, aunque entrenara una vida.
Hoy era distinto, el saber que no estaría con él por varios días lo tenía ansioso por empaparse de ella antes de dejarla ir. Con una mano sujetó la de ella para ponerla en su pecho y con la otra la acercó para darle un beso. Era un castigo tenerla tan cerca y no poder hacer lo que su cuerpo le decía. La acercó un poco más para bajar por su cuello, escuchando como su respiración se agitaba y el pecho subía y bajaba con más rapidez. Su mano aprovechó para guiar la suya hacia abajo, pasando por sus abdominales marcados hasta llegar a su parte más sensible y hacer que lo acariciara para calmar la dureza que clamaba por ella.
Soltó un gemido bajo y grave de satisfacción a la vez que ella gemía en sorpresa. Sintió su mano queriendo escapar, pero él no la dejó. —No… por favor, quiero que sepas lo que provocas en mí. —Siguió su camino de besos alrededor de su cuello con más intensidad para distraerla, acariciando y perdiéndose en su aroma. La vio abriendo la boca para decir algo, pero no la dejó, volvió a sus labios con un beso cargado de deseo mientras que con la otra mano le sujetaba de la cintura para acercarla más a él.
Tenía un remolino de emociones en el estómago. Estaba inquieta por aquel movimiento. Podía sentir su piel caliente a pesar del agua fría que envolvía sus manos. El temor de su inexperiencia quería hacerla retroceder, pero los besos y caricias de él se habían convertido en un fuego que amenazaba con consumirla. Su respiración pesada acariciando su piel y la necesidad en sus besos la terminó por convencer de quedarse donde estaba, relajando su agarre y dejándose guiar por él para reconocer aquella parte de su cuerpo desde la punta hasta la base, acompañándolo de gemidos de sorpresa por parte de ella y placer por parte de él.
La espuma, que casi había desaparecido, dejó ver ambas manos envolviéndose alrededor de aquella erección para empezar un vaivén de arriba hacia abajo, lento pero firme. Por momentos, él salía de sus labios para tomar aire mientras respiraba con dificultad y ella lo seguía devolviéndole los besos que él había dejado por su cuello sin darle tregua a su corazón que parecía estar a punto de estallar. Después de unos minutos el ritmo se hizo un poco más rápido, mientras los labios de él jalaban los suyos con pequeñas mordidas y gemidos cada vez más graves.
Ya no aguantaba más, la quería ahí y ahora con él. Sujetó su cintura y la jaló hacia él con más fuerza haciéndola resbalar del borde donde estaba sentada, perdiendo el equilibrio y casi terminando en la tina con él, si no fuera porque en el último momento la empujó de nuevo a su sitio.
—Discúlpame ¿Estás bien? Yo… me ganó la emoción ¿Te golpeaste?
Ella con la respiración agitada y la mirada nerviosa volteó a verlo. —No, no, todo bien. Sólo me mojé un poco… atrás, pero estoy bien… creo que aquí ya está todo, iré… al cuarto a preparar el aceite ¿Podrás salir solo… o necesitas algo más?
La decepción y el arrepentimiento le dieron una punzada en el estómago y las aceptó por su arrebato, pero su determinación se mantenía firme, sólo faltaba un pequeño empujón más, ella lo deseaba y ni qué decir de él a ella. —Está bien, puedes ir avanzando, ahora te alcanzo. —La dejó ir mientras pensaba en su siguiente paso.
Después de la conversación con Shoko sobre la técnica de Kasumi había quedado intranquilo pensando en lo que le podía pasar. Aquellos días habían sido simplemente insoportables. Cuando no estaban juntos, la iba a buscar a donde estuviera para cerciorarse de que estaba bien y no se había vuelto loca y cuando la tenía entre sus brazos se concentraba en sentir su respiración con miedo de que cayera muerta de un momento a otro. Casi no podía dormir por las noches por la incertidumbre que lo invadía al pensar si la vería al día siguiente. Le hacía berrinches y trataba de convencerla de que se quedara a dormir con él. No para que se acostaran, sino para aplacar la angustia que le carcomía los nervios y asegurarse de que llegara viva y en sus cabales al día siguiente.
Ella sólo se reía al verlo así y le preguntaba si estaba todo bien, ignorante de la gravedad de su problema, seguramente pensaba que era un juego. Él no respondía porque no quería mentirle, pero tampoco quería preocuparla con la verdad y empeorar las cosas. Fue en esos días en que aprendió a tomarse su tiempo para disfrutar de sus momentos a solas. Deleitándose al memorizar sus besos, sus caricias y su cuerpo por si el día de mañana ya no estaba más.
Había aceptado dejarla ir con su familia en un momento de debilidad al verla triste. Una vez con la cabeza fría, el arrepentimiento lo inundó junto con el temor de que, si algo le pasaba, él no estaría ahí para ayudarla. Por eso, el día que el muñeco por fin cedió y empezó a dar señales de quedarse quieto por momentos, el alma le volvió al cuerpo y no le importó que la sala de entrenamiento estuviera llena. Se acercó hasta ella que estaba al otro extremo celebrando con Yuji y con Nobara y la levantó en el aire dando vueltas para después plantarle un beso que dejó a la sala silenciosa hasta que Geto y Haibara improvisaron una pelea con sus técnicas activas para llamar la atención de los demás.
Estas semanas habían sido un torbellino de emociones y tortura constante, así que tenía bien merecida la paz que buscaba en sus brazos. Decidió envolverse sólo una toalla alrededor de la cintura en lugar de la bata de siempre y salió a darle el encuentro en el cuarto, donde la encontró nerviosa, poniendo algunos tallos y cascajos sobre las velas llenando el ambiente de un aroma dulce y floral.
Ella volteó a verlo y la vio pasar con dificultar al verlo semi desnudo, la mirada esquiva y nerviosa como cuando se conocieron. Tartamudeó al hablar para pedirle que se siente al borde de la cama para empezar con los masajes y le bastó el primer toque para darse cuenta de lo mucho que temblaba. No quería verla así. No quería que le temiera. Habían avanzado mucho como para regresar al inicio. —Espera.
Se volteó y la tomó de la mano. —Ven, quiero que veas algo.
Ella lo vio entre recelosa e inquieta. —No te voy a hacer nada, ya te lo he dicho varias veces… Nada que no quieras, claro. —Terminó con una sonrisa burlona.
Él se paró y ella lo siguió, ambos agarrados de la mano. —Quería que fuera una sorpresa para cuando regresaras, si es que planeabas hacerlo.
—No digas eso, claro que voy a regresar ¿Cómo no voy a hacerlo?
—¿De verdad? ¿No me estás mintiendo? —Se volteó y la agarró de ambas manos. —Pensé que ya te habías aburrido de mí e ibas a aprovechar para escapar.
—No, claro que no ¿Por qué piensas esas cosas?... —Y con voz baja añadió. —Es imposible aburrirse contigo. Además… también dije que quería quedarme aquí… a tu lado. —Las mejillas se le tornaron de un rosa suave.
—Me alegra escuchar eso. —Le subió el mentón con un dedo para que lo viera a los ojos. —¿Puedo?
El celeste y el azul se vieron unos momentos antes de que ella cerrara los ojos para aceptarlo. Inició con un beso suave reconociendo sus labios como si fuera la primera vez que se encontraban, poco a poco sus manos fueron bajando desde su cuello, por su hombros estrechos hasta llegar a su cintura y quedarse ahí para acercarla a él sin dejarla escapar.
A ella le gustaba estar así con él. Sentir su abrazo fuerte y seguro. Había visto varias veces en el entrenamiento de lo que eran capaces esas manos, pero cuando llegaba a ella se volvían suaves como plumas sobre su piel a pesar de poder quebrar su cuerpo en mil pedazos si así lo quisiera. El contraste de sentirse débil y protegida al mismo tiempo le aceleraba el corazón haciéndole sentir un cosquilleo en las manos. Las llevó a su pecho desnudo sintiendo su piel suave y ardiente, ella volaba llena de emociones y él era el sol que la quemaba con sus caricias.
El beso subió de intensidad, agitándoles la respiración, buscando más contacto en la piel del otro, las manos de ella, una en el cuello de él para corresponder su abrazo y la otra revolviéndole el cabello, mientras que el recorría su cintura y delineaba sus caderas para acercarla más a él, nuevamente excitado.
Un gemido suplicante salió de la voz agitada de Kasumi. —Satoru… yo…
Él tomó aire, descansando su frente en la de ella, respirando profundo para calmarse. Debía ser paciente, si seguía insistiendo probablemente le daría alguna negativa. —Disculpa, tienes razón, me dejé llevar de nuevo. —Le dijo, mientras se separaba y la agarraba de la mano para llevarla al armario. Sin darse cuenta del rostro de decepción de ella. —No estoy llevando bien el trauma de la separación. —Terminó riéndose. —Ven, vamos a ver la sorpresa antes de que haga más locuras.
Fueron al armario, que era un cuarto con varios compartimientos, muebles y espejos. Satoru se paró frente a uno cubierto con una tela y con la mano libre la retiró, dejando ver un baúl con tallados y pinturas.
El rostro de ella se iluminó al ver el fino labrado y los dibujos de flores azules al viento que decoraban todo el baúl. Se agachó para verlo más de cerca, pasando sus dedos sobre el relieve sin dejar de sonreír. —¡Es hermoso!
Satoru rio por lo bajo. —Es bonito sí, pero creo que te gustará más lo que hay adentro. Ábrelo.
Ella lo vio interrogante e hizo lo que él le dijo. Su rostro quedó perplejo al ver una gran cantidad de kimonos de diferentes colores con bordados asombrosos, todos doblados con cuidado junto con los cinturones a juego. —Son increíbles… pero… no puedo aceptarlos, es demasiado, no debiste…
Él le puso los dedos sobre los labios, con el ceño ligeramente fruncido. —Quiero que los aceptes, me costó bastante trabajo hacerme con un juego de tu ropa para poder hacerlos a tu talla. Hace tiempo quería que cambies esa vestimenta, pero se retrasaron con las telas y los bordados. —Ella seguía negando, pero el insistió. —Pruébate algunos. Si no los aceptas pensaré que no te gustaron y los quemaré.
Kasumi lo vio escandalizada. —Eso es chantaje. No puedes hacerlo… son muy bonitos, pero no te hubieras molestado…
—No ha sido ningún problema, vamos pruébatelos, quiero ver cómo te quedan. —Revisó los colores y sacó tres. —Te espero afuera, a menos que quieras que te ayude a cambiarte. —Le dijo con una sonrisa pícara.
Kasumi le agarró el rostro y le dio un beso suave. —Muchas gracias, son hermosos.
Satoru cerró los ojos al sentir sus manos. —Entonces ¿Me quedo a ayudarte?
Ella rió. —No es necesario, ahora salgo. Dame un momento.
Salió a regañadientes y se sentó al borde de la cama como un niño esperando por su regalo. Tenía calor a pesar del aire fresco y solo la toalla en la cintura. Pensar que en unas horas tendría que dejarla en su casa para luego esperar quién sabe cuántos días a que regresara se le hacía eterno y ella ni siquiera había partido.
Estaba pensando en alguna manera de sortear la espera o convencerla de regresar antes, cuando la vio salir con el kimono rosado y blanco dando una vuelta cuando llegó frente a él. —¿Qué te parece? ¿Te gusta?
Sus ojos brillaban acompañando su sonrisa, mientras daba un par de vueltas más. —Me gusta, sí, pareces una flor de cerezo. —Ella se sonrojó, siempre era igual cuando le hacía algún cumplido, reticente a escuchar en voz alta alguna cualidad suya. Aquellos colores eran los que mejor reflejaban su forma de ser, inocente y tímida.
—Esas flores son muy bonitas, jamás podría competir con ellas. —Sonrió mientras veía el kimono. —El patrón y los bordados son preciosos.
—Me alegra que te gusten, los escogí yo. No deberías avergonzarte por escuchar la verdad, realmente esa ropa te hace parecer una flor de cerezo.
—Gracias. —Agachó la cabeza sin saber dónde esconderse y tratando de mantener la calma. Sus besos anteriores la habían dejado con las sensaciones a flor de piel y ansiosa por más. Quería decirle que no era ella, que eran sus ojos los que la veían de esa forma. Así como para ella no había nadie más perfecto que él, pero no tenía el valor de decírselo. —Tienes buenos gustos para estas cosas.
—Por supuesto que tengo buen gusto y no sólo para la ropa. —La quedó mirando fijamente y pareció que ella entendió su mensaje porque se puso aún más roja.
—Iré a cambiarme, ya vuelvo.
Cuando salió con el kimono rojo no pudo resistirlo, se puso de pie y fue donde ella a darle un beso. Estaba arrebatadora con aquel rojo vibrante. El contraste entre su cabello celeste y el vestido hacían que pareciera una gota de agua cayendo sobre el fuego. —Tu moño está un poco suelto, lo voy a sujetar bien. —Se puso detrás de ella y pasó sus dedos entre sus cabellos suaves una y otra vez hasta que no soportó más y los jaló firme hacia un lado haciéndola jadear en sorpresa, pero quedándose quieta, echando la cabeza a un lado para ofrecerle su cuello terso que él lleno de besos y suspiros, apretando su pecho contra su espalda delgada.
Se atrevió a acariciar uno de sus pechos sobre la tela, bajando despacio y con cautela hasta perderse entre sus piernas, encendiéndolo una vez más haciendo que se frotara despacio en sus caderas, causando que ella gimiera su nombre suplicante. Le dio unos últimos besos y con toda la fuerza de voluntad de la que fue capaz se separó. —Disculpa, entiendo que quieres ver a tus hermanos y te estoy retrasando, pero ¡Es demasiada tentación!
Le pareció ver una mueca de fastidio en su rostro antes de desaparecer en el armario. Quizás se había excedido en su toqueteo, se estaba comportando como un animal, pero esta vez se controlaría y la llevaría a su casa como le había prometido, ya en soledad vería como aliviar el dolor de aquella erección que se resistía a desaparecer después de verla en rojo. Ella estaba usando los kimonos que él había escogido, si no se equivocaba, ahora le tocaba el azul.
Lo peor ya había pasado con el rojo o eso fue lo que pensaba hasta que la vio salir con el cabello recogido; definitivamente el azul era su color. Si era arrebatadora con el rojo, con el azul estaba simplemente deslumbrante, tan bella que le quitaba el aire. Los hilos plateados del bordado daban la ilusión de un manto plagado de estrellas, haciéndole recordar a aquellas ninfas y deidades de las que le contaba en sus historias. Sus pies se movieron solos hasta ella para tomarla de las manos. —Estás hermosa, eres una princesa… —Y por primera vez en su vida la timidez lo invadió haciendo que bajara la voz. —Eres… mi princesa.
Ella sonrió tímida mientras él le besaba las manos, vio su rostro y sus ojos grandes y azules devolviéndole la mirada como si no existiera nada más que él.
Kasumi le acomodó los mechones blancos que caían sobre sus ojos. Le gustaba verlos, eran tan celestes como el cielo, rodeados de sus pestañas largas y espesas. —Satoru… yo…
Él cerró el espacio que había entre ellos con un beso suave en sus labios. —Kasumi, no te vayas, quédate conmigo… —le susurró cerca al oído y siguió con un beso suplicante, rodeando su cintura y su espalda, rogándole con caricias lo que no podía decir en voz alta.
Sintió sus manos suaves acariciando sus cabellos para bajar por su cuello y perderse en su espalda para sujetarse mejor. Sintió su pecho junto al suyo y su voz jadeante. —Sí… me quedo contigo Satoru, siempre.
Todos se lo habían dicho, primero Nobara y los nervios de Yuji cuando tocaban el tema. Sus amigos Suguru y Shoko ya no disimulaban cuando le tomaban el pelo delante de ella. Incluso sus antiguos compañeros de trabajo la trataban con respeto y presteza cuando pedía algo para Satoru. Él no había dicho nada en voz alta, pero tampoco lo había negado como sucedió con el supuesto compromiso con Mei-san. Y la confirmación de los rumores había llegado hacía unos días cuando el muñeco por fin cedió en sus manos y él atravesó la sala de entrenamiento llena de soldados, para cargarla y besarla sin reparos ante la mirada perpleja de todos. No había vuelta atrás, no había dudas, ella era la novia de Satoru Gojo, de la que hablaban los rumores y todos lo sabían.
El corazón le decía que estar ahí con él era lo correcto, quería quedarse y descubrir todas las sensaciones que sus caricias prometían. Después se disculparía con su familia y los compensaría de alguna forma. Ahora, su lugar era ahí, al lado de Satoru.
Los besos fueron subiendo de intensidad mientras él la guiaba lentamente hasta el borde de la cama. Podía sentir su figura y sus curvas bajo la tela, apretándose contra él. Sus labios eran el único alivio al fuego que lo consumía. Con dedos ágiles y expertos deshizo el lazo del cinturón, dejándolo caer.
El kimono se soltó lo suficiente para permitirle dejar un camino de besos desde el cuello hasta su hombro bajando la tela despacio y con cuidado. La sintió temblar entre gemidos tímidos y apretar el agarre en su espalda. —Kasumi, eres tan suave… dime si quieres que pare y lo haré…
Estaba nerviosa, tenía miedo de no estar a la altura por su falta de experiencia, pero esta vez estaba determinada a llegar hasta el final. —No… continúa… —respondió en un suspiro.
Él volvió a sus labios mientras una de sus manos se colaba bajo el kimono para aferrarse a su cintura estrecha y con la otra le soltaba el cabello. Sentía su pecho subir y bajar cada vez más rápido con cada respiración. Su cabello, su piel, su aroma, todo lo de ella le inundaba los sentidos, haciéndolo perder la noción del tiempo y el lugar. Ella le devolvía los besos y caricias, a veces con duda, pero con una devoción que jamás sintió de ninguna de sus amantes.
Cuando salió de sus labios para continuar el camino en su hombro desnudo ella se aventuró por su mejilla con besos cortos que llegaron hasta el lóbulo de su oreja, haciendo que sintiera un escalofrío recorrerle la columna hasta llegar a su entrepierna, encendiéndole aún más el calor que sentía; mordió suavemente su hombro y la escuchó gemir su nombre con su aliento rozándole el oído.
Cerró los ojos con fuerza para no perder el control y sus manos bajaron a su trasero para acariciarlo y presionarlo contra sus caderas, donde sólo la toalla y el camisón de ella separaban su piel caliente. Él empezó un vaivén suave, arrancándole suspiros trémulos mientras una mano mantenía su agarre y la otra lo ayudaba a terminar de deshacerse del kimono que finalmente cayó; dejándola con un camisón delgado de tiras, casi transparente.
Ella llevó las manos a su pecho para cubrirse, pero él las sujetó, recuperando el contacto perdido cuando cayó el kimono. La vio avergonzada con la mirada esquiva. —Eres hermosa… —La tomó del mentón con gentileza para besarla, llevando sus manos de vuelta a su cuello para que se sujetara de él.
Kasumi le devolvió el beso, al principio vacilante y poco a poco recobrando la seguridad entre sus brazos. Siempre era así, sus brazos eran su refugio y su protección, le daban la confianza para continuar y le quitaban las dudas. Aquellos brazos capaces de derribar a todos y cada uno de sus soldados, la envolvían con cuidado, como protegiéndola de cualquier daño, incluso de él.
Él le sujetó el cabello con cuidado, pero con firmeza para llevar su rostro a un lado y poder bajar por la piel de su cuello una vez más, mientras volvía a su vaivén para aplacar las ansias de aquella dureza que deseaba hundirse en ella. La sintió temblar una vez más, a pesar de su respiración profunda y los gemidos que escapaban de ella. —No tengas miedo. —Se agachó para levantarla entre sus brazos y ella lo vio con una mezcla de deseo y ansiedad.
—Es que… —Kasumi escondió su rostro en el cuello de él, avergonzada. —…yo… no sé nada de esto… y… no quiero decepcionarte.
Él se dio cuenta de lo que se refería con aquellas palabras y sintió la inquietud de ella en él mismo. Había estado con muchas mujeres, pero todas más desenvueltas o experimentadas. Nunca con alguien como Kasumi. Su miedo se contagió. Quería que ella disfrutara aquello, quedar como un buen recuerdo y no un simple arrebato. Tenía que controlarse y esforzarse para aprender a leer su cuerpo.
Le sonrió para deshacerse de los nervios. —Bueno, yo tampoco sé mucho. —Ella lo vio incrédula haciéndolo reir. —No sé cómo explicarlo, pero para mí también es algo diferente. Si quieres que me detenga sólo dime.
Ella le sujetó el rostro con cuidado para darle un beso cándido. —Yo quiero.
Él la colocó en la cama y la quedó mirando unos momentos, perdido en su belleza. Podía notar sus pezones rosados y erguidos, sus caderas redondas y sus piernas blancas a través del camisón semi transparente. Se agachó para colocarse encima de ella y llenarla de besos donde cayeran. —Estas aquí conmigo, no te has ido y con eso me basta.
Una de sus manos se coló bajo el camisón para acariciar la piel tersa de sus piernas, arrastrando la tela hacia arriba hasta llegar a los muslos, donde se quedó unos momentos jugando con la suavidad de su piel mientras se iba haciendo espacio entre ellos poco a poco.
Subió un poco más la tela hasta llegar a su cintura, tan pequeña que podía cubrirla con ambas manos con facilidad. Dejó los besos húmedos de sus labios para recorrer su cuello y bajar poco a poco hasta sus pechos para besarlos sobre la tela y convencerla así de quitarse de encima aquella barrera de una vez por todas. Sus manos se unieron al juego con sus pezones mientras aspiraba el aroma de su pecho.
La besó una vez más metiendo su lengua mientras sus manos acariciaban sus pechos y retomaba el vaivén de sus caderas. La sintió gemir en el beso y aprovechó para retirar el camisón en una última caricia que se llevó la tela.
Parecía que el aire escaseaba a pesar de que la puerta del balcón estaba ligeramente abierta. El sol de media tarde era cálido y los árboles se fueron tiñendo poco a poco con motas de un color negro intenso. Sus caricias la obligaban a abrir los labios para poder respirar mientras sentía sus labios y su lengua bajando lentamente por su piel hasta llegar a sus pechos.
Quedó cautivado al ver su piel blanca y sus pezones rosados invitándolo a continuar. Por fin la tenía sólo para él. Rodeó uno de sus senos con la mano y se tomó su tiempo para recorrerlo con sus labios y lengua hasta prenderse de su parte más sensible haciéndola gemir. Ella se sujetó de su cabello mientras él preparaba el otro con su mano libre. Sintió un poco de presión en la nuca y sonrió para luego succionar con un poco más de fuerza y jalar suavemente el pezón haciéndola gemir más fuerte y pasar al siguiente.
Estaba perdida en la sensación de sus labios lamiendo la piel sensible de sus senos, cuando sintió sus dedos largos bajando por su vientre para perderse entre sus piernas e iniciar su camino entre sus pliegues, recorriendo con lentitud aquel espacio en el que nadie más se había aventurado. Cerró los ojos con fuerza al sentir como subía y bajaba, mientras el pulgar hacía presión y jugaba en un punto que parecía encenderle hasta el último nervio del cuerpo.
La sintió húmeda, pero no lo suficiente aún. Hundió los dedos en la suavidad de su piel dedicándose a reconocer cada centímetro, jugando en su interior primero con un dedo, seguido de otro. Su respiración era pesada por el esfuerzo que le llevaba contener sus ansias, pero al escuchar su nombre escapar entre gemidos no pudo más y se sacó la toalla para poder unir su piel con la de ella, en preparación a lo que sucedería.
Se separó de la piel de su pecho jalando el pezón suavemente, para bajar por su cintura dejando en un trazo de besos y mordidas hasta el lugar que sus dedos habían preparado para él. La vio unos momentos echada con la respiración agitada y los ojos cerrados. Tomó una de sus piernas para besarla desde la punta de los pies. Sólo esta noche no le bastaría para saciarse de ella. Había tantas cosas que quería hacer, que dejarla ir después sería un suplicio. Besó sus muslos, mientras la sentía agitada nuevamente.
La vio abrir los ojos y sus miradas se encontraron; ella asintió ligeramente con la cabeza e inició los besos en su interior, haciéndola gemir aún más fuerte. Se ayudó con la humedad de su lengua para recorrer el camino que sus dedos habían marcado como sensibles, perdiéndose en su sabor con la música de su voz llamando su nombre.
Las manos de ella se estiraban arañando el colchón buscándolo, se sentía sola sin el calor de su piel sobre ella. Veía sus cabellos blancos entre sus piernas, con los ojos cerrados y sentía su respiración caliente en su parte más sensible. Su cuerpo se arqueó cuando lo sintió prenderse de aquella protuberancia donde sus besos la hacían vibrar como la hoja de un árbol. No pudo contener los gemidos que salían más fuertes cada vez. Se inclinó hacia un costado hasta alcanzar una de sus manos que tenía entre sus piernas y lo llamó una vez más.
Él abrió los ojos al sentir su mano sobre la suya sujetándose con fuerza. La vio a los ojos y le inquietó ver algo más que se agitaba además del deseo. Entrelazó los dedos con los de ella y apretó su mano con firmeza para que supiera que él aún estaba ahí obedeciendo sus órdenes. Después de eso la vio cerrar los ojos de nuevo con una sonrisa, dejándose llevar por él.
Continuó con sus besos, preparando el camino una vez más. Se prendió de ella lamiendo y succionando aquella protuberancia que la hacía retorcerse y despeinarse en el proceso. Le gustaba verla así, perdida en el placer y libre de su timidez.
Su lengua se aventuró dentro de ella recorriendo cada pliegue, viendo cada una de sus reacciones para conocer sus puntos débiles. Finalmente, le dio paso a sus dedos mientras su boca volvía a aquel punto que la hacía estremecer. La sintió arquearse, para terminar gimiendo su nombre mientras apretaba su mano con fuerza. Bebió el sabor de su interior, satisfecho de sí mismo al lograr su objetivo. Sintió aflojarse el agarre de sus dedos, pero él la sujetó con fuerza. Dio un último recorrido con sus labios a modo de triunfo y subió lentamente aspirando cada parte de su piel, grabando su sabor.
Besó sus pechos agitados una vez más y sintió los brazos de ella envolviéndose en él como dándole la bienvenida, buscando sus labios para besarlo con necesidad. Entre gemidos y besos fue acomodándose sobre ella, sintió sus manos en su rostro y abrió los ojos para verla sonrojada y jadeante. Encontró sus ojos azules y brillantes traspasándolo como tantas veces antes con aquella sombra que no logró descifrar a tiempo y una sonrisa radiante. —Satoru, te quiero.
Cerró los ojos y lo besó para entregarse a él por completo. Ya no tenía miedo, ni dudas, su corazón le decía que cualquier cosa que viniera de él sería buena para ella. Se quedaría con él pasara lo que pasara. —Te quiero mucho.
No lo vio quedarse con los ojos abiertos mientras su mirada recorría la habitación en busca de una salida. No había previsto aquello y no sabía qué hacer con esas palabras. Las voces de sus amigos empezaron a resonar en su cabeza haciendo que se desconectara de la situación en la que se encontraba. Casi podía ver la sonrisa burlona de MeiMei y recién las palabras de los ancianos empezaron a cobrar sentido ¿Qué estaba haciendo? No podía continuar. Hacerlo significaría aceptar sus palabras y él no estaba preparado para explorar esos terrenos.
No necesitó ver su mirada para sentir que algo estaba mal. El fervor de sus besos no era igual, sus caricias eran flojas. Sentía que se deslizaba lentamente colina abajo y no podía hacer nada para evitarlo. El miedo se hizo presente ante la falta de respuesta y su corazón trató de explicarse a sí mismo en voz alta. —Yo… sé que tú no quieres casarte, ni hijos, siempre lo supe y no pido nada de eso… —Dejó de besarlo para verlo y encontró unos ojos celestes que no eran los suyos. Vio alrededor nerviosa ante el extraño que tenía entre sus brazos. Empezó a ser consciente de su cuerpo y se aferró a él en un abrazo porque no tenía a nadie más en quién apoyarse, con la esperanza de que cuando lo viera nuevamente fuera el mismo de siempre. —…yo sólo quiero estar a tu lado, nada más.
Todo se volvió frío. El fuego en su interior se apagó, llenándose de culpa al darse cuenta que no podría terminar lo que había desatado. Tragó desesperado pensando en alguna manera de escapar de sus brazos. El tiempo se estaba agotando antes de que ella empezara a sospechar que algo iba mal, cuando escuchó un graznido escandaloso similar a una risa conocida.
Había tres cuervos al pie de la cama y un cuarto en la puerta, uno detrás de otro entrando a hurtadillas en fila. Se habían colado mientras ellos estaban ocupados en sus caricias. El segundo cuervo imitó al primero y así sucesivamente haciendo un coro de graznidos, que parecían risas y que, por el escándalo, reveló que había muchos más en los árboles de alrededor.
Ahí estaba su oportunidad de escapar y estaba agradecido. No importaba de quién venía la ayuda, la tomaría.
—¡Estos malditos cuervos! ¡Largo! —Los cuervos gritaron con más fuerza y hasta se atrevieron a jalar las sábanas con las que Kasumi trataba de cubrirse. —¡He dicho que se larguen! —Entraron un par más mientras Satoru buscaba su toalla. Dos cuervos más grandes que los demás agarraron el kimono azul y lo rasgaron a la mitad, arrastrando ambas partes hacia afuera donde otros cuervos se unieron al juego rasgando y jaloneando la tela ante la mirada aterrada de Kasumi que veía como el vestido quedaba hecho añicos con tanta facilidad.
Satoru se levantó cubriéndose con la toalla y empezó a caminar hacia los cuervos que empezaron a huir, aunque sin dejar de graznar en burla. Él sabía lo que aquello significaba, esa era la declaración de victoria de MeiMei y lo peor era, que él mismo se la estaba dando. Cerró la puerta del balcón con furia haciéndola rebotar. —¡Animales de mierda! ¡Me tienen harto! Pero esa mujer me va a escuchar. —Se dirigió al baño para salir envuelto en una bata mientras se dirigía a la puerta del cuarto.
Aquello parecía una pesadilla, nada de eso era verdad. Abriría los ojos y despertaría al lado de él, sólo que ese hombre no era él. Su reacción la sorprendió, jamás lo había visto así y hasta podría jurar que parecía exagerada, pero lo que más le dolía era su actuar con ella, como si no estuviera ahí. Todo había sucedido tan rápido que no sabía que era lo que la asustaba más. Las lágrimas empezaban a quemarle los ojos y lo llamó con la esperanza de encontrar refugio en sus brazos.
Él volteó a verla y se encontró nuevamente con esos ojos celestes tan fríos que le congelaron el corazón y hasta la última gota de sangre. Se sintió desnuda a pesar de haberse cubierto con la sábana. El cambio era más que obvio y el cuerpo se le llenó de un cosquilleo de agujas completamente distinto al que había sentido hacía unos momentos.
Volvió sobre sus pasos y se sentó a su lado abrazándola. —Perdón, no fue mi intención. Esos pajarracos y su dueña cruzaron la línea. —Le acarició el cabello y la sintió temblar, hasta le pareció ver un intento de esquivarlo. —Tranquila.
A pesar de tenerlo a su lado, se sentía lejos de él. Los brazos que habían sido su refugio tantas veces ahora se sentían fríos y vacíos. Las lágrimas empezaron a salir al darse cuenta y no pudo más que llorar ante su amante perdido, aceptando el consuelo de aquel extraño.
—No va a volver a pasar. Hablaré con ella. —Le secó las lágrimas, aunque Kasumi parecía asustada ante su toque. ¿Qué pasaba? —Aún tenemos tiempo para ir a tu casa. Ve a prepararte y luego vienes a ayudarme con el tinte.
La tomó del mentón para verla y se encontró con sus ojos azules, brillantes de lágrimas, pero con una mirada extraña entre desprecio y decepción. Lo que había tratado de evitar se había hecho realidad, se sintió regresar en el tiempo a aquellos días donde ella lo ignoraba y apenas le dirigía la palabra. Se sintió traspasado una vez más, pero esta vez no le gustó. Sintió que había hecho algo muy malo y no sabía ni por dónde empezar para arreglarlo. Ella se levantó dándole una última mirada de lástima y envuelta en la sábana se fue al armario de donde salió con su ropa de siempre y se fue sin decir nada dejando sus cosas atrás.
Notas:
No pensé que saliera tan largo, otra vez tocar partir el capítulo, pero aprovecharé lo que queda del fin de semana para encerrarme a escribir y no paro hasta terminar de arreglar y agregar más cosas a los capítulos que tengo.
Ay MeiMei, se la pasó tranquilita esperando su momento y cuando apareció fue directo a la yugular.
Gojo, si no arruina las cosas no es Gojo xD pobre Miwa, me dio pena escribirla al final, me recordó la canción de Dido, "My lover's gone".
"Del amor y otros demonios" es un libro de Gabriel García Marquez, que trata de un sacerdote en sus 30 que se enamora de una mocosa de 12 en la época de la inquisición. Si, lo sé, suena mal muy mal, pero hay todo un contexto donde se cuenta la situación de ella, sin padres que se interesen por ella, pensando en cómo usarla para sacar provecho, enferma y condenada a muerte. Aparte de su nana, el amor que nace entre ellos es lo mejor que le sucede. Y antes de que se asusten, el se rehúsa a tocarla a pesar de que ella lo busca y lo tienta que da miedo.
He estado recordando el libro últimamente, porque tiene algunos tintes de Gojo y Miwa xD obvio por la edad (aunque en el caso de Gojo y Miwa no es tanto), pero además porque el sacerdote enamorado (Cayetano) dice que "el amor es el peor de los demonios" y gege prácticamente le puso la misma frase en la boca a Gojo cambiándole demonio, por maldición.
Si les interesa, pueden leerla, no es muy larga, creo que apenas unas 150 hojas y exagerando.
