Disclaimer: Naruto no me pertenece.
Aclaraciones: Mundo Alternativo. Fantasía. Cazadores de Demonios y Espectros.
Advertencias: Este trabajo tendrá contenido maduro, dominación, actos explícitos, distintas parafilias y muchos más. Y MadaHina así como IndraHina. Sobre aviso no hay engaño. Ustedes dieron clic, no me culpen.
No Mercy
Cuarta Noche de Caza
Escapó exitosamente de la zona de peligro, ningún soldado de la Guardia Nocturna la detectó y supuso, aun escondida en los rincones secretos de la ciudad, que la pelea protagonizada por el Cazador atrás era la verdadera razón para que las calles se vaciaran y le permitieran rondar hasta las afueras.
Hinata no tenía la energía suficiente para emprender el vuelo, ni siquiera la magia para ocultar las características de su especie. Caminaba con sigilo, memorizando las rutas tomadas y no perderse, eso sería lo último que necesitaba.
El cuerpo lo tenía sensible, todo se agitaba dentro de sí de una manera turbulenta que ella dudaba ser capaz de controlar. Adentro de esa pequeña habitación el Cazador de ojos oscuros desató una energía monstruosa que le jugaba en contra.
Hinata volvió a esconderse al escuchar pisadas acercarse, pegándose completamente a la pared y pausando la respiración. Sintió un alivio en cuanto el grupo de personas desaparecía detrás de un eco. Avistó la distancia que le faltaba para llegar al refugio que compartía con sus amigos, más al dar el primer paso y sentir la marca en el vientre arder al rojo vivo irrumpió la intención de llegar.
Cayó de rodillos al no soportar la sensación, llevando las manos a la zona y descubrir el cómo los trazos del tatuaje emitían un brillo enceguecedor; hizo todo lo posible por esconderlo, llamaría la atención de quienes podrían darle muerte. Empero no llevaba nada puesto capaz de cubrir el mal que padecía, sería fácil detectarla a kilómetros de distancia.
Corrió hasta un callejón solitario, buscando la manera de calmar la sensación al respirar hondamente repetidas veces, dominar las sensaciones de su propio cuerpo para no perder las riendas otra vez, tal cómo lo hizo en presencia del Cazador.
Más Hinata sabía perfectamente las consecuencias de no terminar con el ritual. El cuerpo le pedía a gritos ser saciado y el paladar exigía comida, energía vital y poderosa de hombre viril con la habilidad de no perecer en el acto. La idea aterraba a Hinata de sobremanera por la poca fuerza de voluntad. No merecía llevar sobre los hombros la tarea encomendada por su Señor de la Oscuridad, siquiera verla en tal estado haría que éste se sintiera asqueado de pertenecer a la misma especie.
Era una causa perdida, ni siquiera sabía por qué llegó a imaginar el llevar a cabo la encomienda. Todavía era virgen y eso ya era un motivo para ganarse las burlas de sus hermanos. Temari la miraría con decepción y una latente furia, consideraría el tiempo que se dedicó a aconsejarle antes de partir de su hogar como una pérdida irrecuperable.
Pensar que podría sobrevivir al Mundo de los Vivos sin consumir energía vital había sido una idea estúpida que ahora mismo le cobraba severas consecuencias. El ritual se activó y ella no tenía otra alternativa que buscar a una víctima, con la esperanza de que aquello fuera lo ideal para su malestar.
Sin embargo, tal idea le hacía recordar las manos del Cazador aun tibias sobre la piel. La voz susurrándole cerca del oído y la esencia pura del deseo que despertó en él. Hinata mordió sus labios al ser consciente de cómo cierta parte de su anatomía reaccionaba a las memorias aun frescas de lo sucedido.
No iba a engañar a nadie, aun si encontrara a un hombre con quien continuar el rito podía estar segura de que no podría compararse con lo que pudo ser al lado del Cazador. ¡Por supuesto que eso no significaba que tenía una fijación! Ella entendía la funcionalidad de la atracción entre dos cuerpos, era pura lógica y eso le convenía, de saber cómo trabajar con sus encantes y ponerlos en práctica.
Le resultaba a Hinata decepcionante descubrir que un mortal fue capaz de ponerla contra la pared, jugar con su cuerpo sin importarle ser un ser capaz de destruirlo y matarlo. Él ni siquiera se vio preocupado de perder la vida con tal de probar el néctar dulce que desprendía la fuente de sus deseos. Se le vio emocionado, desafiante a dominarla y conquistar lo paranormal que haría a cualquier otro huir. Hinata tenía el orgullo herido a pesar de no ser alguien con el ego alto, más bastaba recordar la sonrisa torcida, arrogante y sensual del hombre de cabello negro para frustrarla.
Lo detestaba, un poquito. Pero también le gustaba, aunque eso le avergonzaba admitirlo.
—Tiene que ser al revés, yo debo hacerle perder la cabeza —se decía a sí misma, enojada por la debilidad que se pegaba como lacra a su ser, envidiando las cualidades naturales del resto de su especie, queriendo ser como ellos.
¿Qué hizo mal para nacer con tal naturaleza?
Decidió quedarse escondida en el lugar en espera de que el malestar disminuyera, pero eso no parecía tener tal efecto. La luz provenir de su vientre ahora parpadeaba, emitiendo reflejos luminosos que ella apenas cubría con sus dos manos abiertas. Tarde o temprano sería hallada con facilidad, además el alba no tardaría en aparecer en los cielos y quedaría expuesta ante los ojos de los humanos quienes, sin dudarlo, le darían cacería.
Tenía que ponerse de pie, salir de la cocina y lidiar con su problema en la seguridad de su refugio. Probablemente con ayuda de Shino y Kiba eso fuera posible. Empero recordar la presencia de sus dos amigos la hizo dudar si sería una buena idea llegar en tales condiciones. No debía ignorar el hecho de que un hombre lobo como Kiba se vería afectado por su aroma. Después de todo, los lycans tendían a ser sensibles, quizá podría excitarlo por accidente y las cosas terminarían para mal. Hinata no quería que su amistad con el joven lobo se hiciera añicos por no controlar sus poderes.
Observó las calles solitarias, con miedo e incertidumbre de qué hacer. Era obvio que ir a casa estaba descartado, al menos hasta que diera solución al ritual, de ese modo no importunaría a sus amigos, causando una situación incómoda en la que su convivencia se viera obligada a romperse.
A pesar del miedo, Hinata sabía que continuar escondida no serviría de nada si el Sol salía. Era hora de buscar otro escondite. Se puso de pie, ignorando el temblor en sus piernas y cómo el roce entre sus piernas despertaban la estimulación entre las paredes de su vagina todavía húmeda. Le avergonzó intensamente saberse excitada y no poder detenerlo. Veía a todos lados, llena de paranoia de que alguien pudiera llegar a oler su esencia. Avanzó unos cuantos pasos cuando algo atrapó su tobillo.
Con el corazón latiendo a mil Hinata bajó la mirada para descubrir que las propias penumbras la hicieron prisionera con un agarre firme. Intentó zafarse, patearlo, más sus intentos por ser libre eran patéticos. Se tomó de las paredes cercanas, casi arañando los ladrillos para resistirse, pero la fuerza que la jalaba hacia las sombras era mayor. Hinata no pidió auxilio porque eso sería suicidio, aun así luchó, sabiendo que era algo inútil por cómo ahora sentía todo su cuerpo atrapado por cadenas pesadas que le quitaban el aliento. Cerró los ojos por puro instinto, quizá su hora llegó. Otra criatura la había atrapado y decidió hacerla su bocadillo de media noche, algo que no se le hacía extraño; demonios se comían entre ellos, algunos tendían a ser caníbales cuando la carne humana escaseaba.
El viaje fue turbulento, como caer por un profundo hoyo. Escuchó voces distorsionadas, risas macabras y al final un zumbido que desconectó sus oídos para sumirla en un peligroso silencio. Aun temiendo el escenario delante de ella, Hinata se aventuró a abrir los ojos, encontrándose con una dimensión distinta al del Mundo Terrenal. Flotaba aunque el cuerpo no reaccionaba a las ordenes, quedando como una muñeca de trapo sobre el aire. Todo se tiñó de oscuridad y pequeñas luces, similares a las estrellas colgando del cielo nocturno, se hicieron presentes. Una de ellas se halló tan cerca de su mano que pudo sentir su calor, de alguna manera eso la tranquilizó, como si su presencia fuera reconfortante.
Lamentablemente el escenario cambió drásticamente, una fuerza la abrazó por la cintura y la arrastró a una velocidad inhumana, lo suficiente para creer que la partirían a la mitad, buscando protegerse de cualquier daño.
Un chasquido de dedos retundo en todo el espacio vacío que Hinata vio por primera vez, empero esa segunda vez que se atrevió a ver a dónde cayó, ahora estaba habitado y tenía forma. Estaba de rodillas, cadenas adornando sus muñecas con una energía negra desbordar como flamas que no quemaban.
El piso reflejaba la confusión en la expresión de Hinata quien no entendía qué pasó para haber terminado en ese desconocido lugar.
Pesados pasos vibrar le anunciaron que no estaba sola. Alarmada de haber ignorado una presencia amenazante, Hinata alzó la vista para encontrar al posible responsable, más solo halló la nada. Estaba confundida porque escuchaba los pasos, alguien estaba ahí. Posiblemente tenía la habilidad de hacerse invisible a voluntad. Quiso prepararse para dar batalla, pero el recordatorio de su estado solo la hizo darse cuenta de que no tenía ventajas a su favor.
Entonces la figura de su raptor se materializó delante suyo. Plumas negras cayeron a los alrededores y el susurro de las sombras acompañaron su presencia. Hinata abría los ojos desmesuradamente al reconocer el rostro de quien le veía desde lo alto, esos ojos teñidos de rojo granate, rodeados de sombra oscura que solo los resaltaba aun más y con el brillo de una suma molestia palpable.
—Mi... Mi Señor —inmediatamente pegó la frente con el piso sin importarle estar encadenada.
Indra, el Señor Absoluto del Círculo de la Lujuria, dueño y gobernante del Castillo de las Delicias. Un Señor Oscuro del Infierno que ocupaba un puesto en los Altos Mandos, su absoluto amo. Tenerlo tan cerca era una honra, pero dadas sus circunstancias tal encuentro no era para resaltar sus victorias; lo contrario.
Podía contar las veces que se lo había topado con una mano. Pocos tenían tal privilegio, solo aquellos quienes habían dominado varias artes del combate podían llamarse guerreros de su Maleficencia. Seres como ella eran considerados simples peones que ejercían una labor: alimentar el poder de su Señor. Por ello la importancia del consumo de la energía de los mortales a través de los rituales de alimentación, por ello la importancia de pulir sus habilidades.
Hinata temblaba ante la idea de ser aniquilada por mano de Indra-sama. Lo aceptaría porque esa era la voluntad, más la idea era aterradora. No justificaba su pésimo desempeño ni tampoco las circunstancias desarrolladas, más le era injusto que su performance no hubiera tenido éxito como el de sus hermanos.
—Pido disculpas por no haberlo reconocido, nunca imagine ser merecedora de estar en su presencia...
—¿Hace cuándo rondas en el Mundo de los Vivos, Hinata?
Ella tragó grueso al escuchar la voz ronca de Indra-sama pronunciar su nombre; las sensaciones en el vientre aumentaron, y con ello esa mezcla de dolor y deseo.
—A-Alrededor de tres temporadas de Luna, mi Señor...
—Tiempo suficiente para desempeñar tus tareas.
Lo escuchó caminar a sus alrededores, sentir el roce de la tela de sus ropas sobre la piel expuesta a su cercanía, haciéndola tener escalofríos incontrolables.
—No he tenido reportes satisfactorios de tu parte. De hecho, no me ha llegado ninguno hasta la fecha.
Hinata cerró los ojos con fuerza, sabiendo que cualquier cosa que saliera de su boca no la ayudaría a aplacar la furia de su Señor con respecto a ella.
—¿Se puede saber el por qué?
—No tuve... No tuve la oportunidad, mi Señor...
—Oportunidad dices...
Antes de añadir alguna defensa hacia su persona el cuerpo de Indra-sama se movió en apenas un parpadeo, volviendo a su lugar del principio pero ahora con sus manos sobre su barbilla, ejerciendo una fuerza apenas contenida que logró estancarla en un estado de absoluto miedo cuando los ojos antes apacibles ahora ardían furiosamente.
—Es la excusa más estúpida que he escuchado en los últimos milenios —masculló con el aliento pegarle en la cara—. El simple hecho de tu existencia, una virgen —tal palabra la escupió con desprecio—, es una ofensa para los de tu especie. Una abominación.
Hinata no fue capaz de cerrar los ojos al escuchar las verdades. Ya se las había repetido ella misma, pero escucharlas directamente de la boca de alguien lo hacía más doloroso. Por supuesto que sabía que era un fracaso, más imaginó que estando en el Mundo de los Vivos tendría la oportunidad de remediar los errores y su condición, pero se equivocó.
—Lo lamento...
—No quiero míseros lamentos, Hinata, quiero resultados —el agarre se cernía con más fuerza que la joven temió que el demonio pudiera romperle la mandíbula.
Cuando Indra observó las expresiones de dolor reflejarse en las facciones de la súcubo, éste la soltó. Apenas podía soportar verla. No acostumbraba darle atención más de la necesaria a sus súbditos por tener una agenda demasiada ocupada ante el avance de las tropas de los humanos a sus escondites. En el Consejo no paraban de apuntar el tema. Mientras algunos se relajaban en sus castillos al rechazar la idea de que un humano pisara el Inframundo, otros se preparaban para una batalla. Indra lo hacía, pero no para proteger la población, sino para tener un entretenimiento. Ser demasiado poderoso tenía sus desventajas.
Hinata había sido un punto recurrente en su escritorio. Primero los docentes encargados de educar a las nuevas generaciones le habían señalado la naturaleza de la joven que, pese a su edad, a comparación del resto de sus hermanos ella parecía quedarse atrás. Habían aconsejado el eliminarla para evitar un problema a futuro, más Indra no tenía el lujo de tales movimientos al saber la importancia de cada elemento en su ejército. Y no importaba la cantidad, toda porción de energía extraída de los humanos era requerida para su poder.
Pensó que el enviarla al Mundo de los Vivos ayudaría a prepararla. Ante la necesidad de alimento esa timidez que tanto le criticaron sus tutores desaparecía y su comportamiento se adaptaría como el de sus hermanos.
Erró al pensar positivamente de ella.
Un picor abundante en su piel que resultó molesto lo hizo fijarse en las actividades de la susodicha, observando a través de su visión omnipresente el performance de Hinata y el Cazador. Por un momento tuvo fe en la súcubo que aceptaría el poder despertado y devoraría al hombre, con tanta hambre guardada era natural que el hombre terminara muerto.
No obstante, Hinata salió siendo la perdedora.
Indra despreciaba a los mortales, le asqueaba la idea de tenerlos cerca. La Guardia Nocturna era una burla de la cual fácilmente se ocuparía sin levantar un dedo, pero aquel hombre capaz de sobreponerse por encima de la naturaleza de una súcubo, la lujuria encarnada, le hizo enfadar.
Si tipos como él abundaban en la Tierra, Indra debía eliminarlos. El hecho de que lograra dominar a Hinata y ponerla en tal estado —activar el Rito de Alimentación— significaba una posible amenaza a su especie.
No debería considerar tales escenarios extremistas, especialmente de un humano; Hinata era débil, pero la cuestión de si las tácticas del Cazador funcionaría en otra súcubo la asaltaron. Ya había enviado a unos cuantos a investigar la historia del hombre mientras él se ocupaba personalmente de Hinata.
Resultaría fácil matarla, no sería la primera vez que eliminaba a uno de los suyos con sus propias manos, no obstante aquello sería considerado una derrota.
La responsabilidad de aquel fracaso le pesaba en los hombros, la idea de convertirse en la burla en la próxima junta del Consejo era inaceptable. Debía remediar el problema desde la raíz.
—Me asquea el hecho de que un humano haya sido capaz de doblegarte.
Hinata intentó esconder la mirada por la verguenza, pero Indra no se lo permitió al atraerla más a él.
—Eres un ser demoníaco, hecho para tentar al hombre, burlarte de sus moralidades y consumirlo hasta la última gota, de esa manera nos reímos de la deidad a la que tanto adoran. Tienes fuerza, poder y un don otorgados por mí. ¿Cómo puedes desperdiciarlos de una manera tan deshonrosa?
—Ruego me perdone, yo...
—Calla —gruñó Indra al soltarla y reponerse, elevándose sobre la figura arrodilla de Hinata—. No quiero escucharte.
Ella calló, esperando su castigo. No tenía cómo defenderse y no le serviría rogar piedad. Ellos como demonios carecían de ésta y dudaba de que eso ayudara a limpiar su imagen.
—Tu falla no será olvidada por mí. La única manera en que logres rescatar algo de orgullo y no dejarme en verguenza es regresar con ese hombre y asesinarlo.
Hinata le miró sorprendida, sin creer ninguna palabra dicha. Indra enarcó una ceja, apenas conteniéndose de que ella se mostrara perpleja de su petición.
—Él es poderoso... —contestó al no ocultar aquel hecho—, cuando probó mi... —se sonrojó al escucharse a sí misma relatar algo tan intimo como eso a alguien más— mi néctar no enloqueció... Pienso que él, d-de alguna manera, es inmune...
—Ningún mortal es inmune a pecar, no digas idioteces.
—Mi Señor...
—¿Acaso pido demasiado? Especialmente considerando tu situación y rango. De ser una tarea imposible, dilo y estaré gustoso de eliminarte —Indra ladeó el rostro, hablando seriamente— con la completa certeza de que no habrá resurrección para ti, será el punto final de tu vida.
—Por supuesto que no. S-Si con ello consigo contentarlo, haré lo imposible... P-Pero... —Hinata bajó la mirada, ignorando por un segundo el miedo y los latido acelerados de su corazón retumbar debajo de su pecho—. Dadas... mis habilidades y condición, v-veo difícil cumplir con sus deseos... En verdad... De verdad deseo no defraudarlo más, pero... El hecho de que yo sea una virgen es...
Indra alzó una ceja al escuchar lo que Hinata decía entre susurros. Un picor en la costilla le hizo poner atención. Las venas debajo de su piel se iluminaron, calentando la zona. Entendió. La marca de Hinata seguía activa y a no ser que el cuerpo de ella quedara satisfecho ésta no pararía de palpitar ni enloquecer la mente de Hinata. Podría dejarla lidiar con ello, pero la idea de tener una súcubo desquiciada no le agradó.
—Sigo preguntándome el cómo lograste sobrevivir ignorando tu apetito. Era obvio que llegarías a un límite.
Hinata se negó a contestar, estaba segura que si mencionaba el no querer lastimar a inocentes para alimentarse le haría ganarse otro desprecio de parte de Indra-sama.
—Me confíe en habilidades que claramente no tengo.
Indra bufó sin contradecirla.
—Al menos lo reconoces.
Él chasqueó los dedos y la enorme sala en la privacidad de su castillo cambió abruptamente a una habitación más pequeña, pero adornada con lujos y paredes rojizas. Hinata rebotó en la comodidad de una cama amplia, forrada de terciopelo rojo. Miró confundida a todos lados sin entender qué ocurría, más lo ligera que se sintió la hizo verse a sí misma y descubrir que no traía prenda alguna. Se abrazó apenada, sintiendo el pelo cosquillearla en los pezones.
—Uhm... Indra... ¿Indra-sama?
Indra apareció de la nada, sumiendo la cama y sacándole un grito a Hinata cuando éste la tomó nuevamente de la barbilla y unió sus bocas. Ella se quedó petrificada, sintiendo cómo él abría su cavidad a través de la lengua, saboreando un elixir dulce. El líquido se escapó de entre la unión de sus bocas, manchando la piel de leche de Hinata que respingó con la sensación.
Ella cerró los ojos por impulso, tratando de seguir el ritmo. El palpitar en su vientre pareció calmarse, pero todo el cuerpo estaba sumido en una sensibilidad que reaccionaba con la mínima ráfaga de aire.
Indra la continuó besando hasta que la existencia de la bebida desapareciera; asegurándose de que ella había bebido lo suficiente, la separó para observar el pecho agitado y sus mejillas sonrojadas. El brillo en la mirada perlada había cambiado, la lujuria se reflejaba con facilidad y por el ardor debajo de su propia piel era obvio que el deseo encerrado en ese pequeño cuerpo explotaría pronto.
—Indra-sama... U-Usted... ¿Por qué...?
—Tu pésimo desempeño no solo es culpa tuya, también de quienes tuvieron la responsabilidad de educarte. Claramente no lo hicieron bien —Indra chasqueó la lengua.
Al entender lo que él decía, el rostro de Hinata ardió como las llamas en la chimenea cerca a ellos.
—¿U-Usted está dispuesto a...?
—Finalizar tu rito —completó.
Sin preocuparle las reacciones de la pequeña súcubo, Indra empujó a Hinata sobre la cama, escuchándola ahogarse cuando la espalda chocó contra el mullido colchón y él colocó las piernas alrededor de su cintura. La humedad atrapada en su intimidad resbaló en los muslos internos y el aroma impactó a Indra. Hizo una mueca, pero no era porque fuera desagradable, sino diferente; había tenido encuentros con súcubos, era el Demonio de la Lujuria, el sexo formaba parte de su vida diaria aun siendo una entidad del mal, más nunca había olido algo similar. Era dulce, cautivador y con una fragancia misteriosa que no podía descifrar.
Nunca había estado con una virgen. Ni siquiera las doncellas mortales tenían un aroma como ese. La existencia de Hinata era un fenómeno que no lograba comprender del todo, así como su esencia. Debería comportarse desinhibida, sin ser tan tímida, le daría el placer que ella tanto ansiaba si es que no se rompía antes, y a pesar de eso ella le veía con esos singulares ojos de Luna que en lugar de darle un aspecto demoníaco le otorgaban un aire inocente.
Como un ángel.
Respiró hondo para tranquilizar esa incipiente desesperación, acercándola más, escuchándola lloriquear por la sorpresa, elevando sus piernas mientras la acechaba, llevando las manos hasta la protección de ella.
—¿Lo estás haciendo a propósito?
—¿D-Disculpe? —preguntó ella sin entenderle.
Indra quitó los brazos de Hinata, revelando sus senos. Los botones rosados y erectos apuntándole a la cara, invitándolo a explorarlo. El sonrojo en Hinata se extendió hasta la clavícula.
Él rio.
—Fingir esa inocencia. Es irónico.
La barrera que mantenía ocultas su cola y cuernos se disipó nuevamente. Igualmente Hinata observó que con Indra-sama ocurría algo similar. Soltó otro grito cuando la cola de él, más larga y con una punta más afilada que la propia se enredó con la de ella. La imagen le resultó erótica y demasiado intima. Los súcubos e íncubos recurrían a esas caricias cuando se unían, que Indra-sama hiciera algo como ello la hizo sonrojar nuevamente.
—Aunque entretenido también —susurró él cerca de su cara, quitando los mechones de cabello negro azulado con gracia, haciendo a Hinata cerrar los ojos por sentirse intimidad de la experiencia de Indra.
Sentir la lengua de Indra-sama sobre su mejilla le provocó violentos escalofríos, sobre todo cuando el agarre entre sus colas se apretó, rozándose mutuamente. Él comenzó a desprender un aroma también que despertó el ardor en su vientre nuevamente. El peso de la realidad la golpeó, eso realmente estaba sucediendo. Indra-sama la tomaría y eso la hizo sentir extremadamente nerviosa.
Hinata no paraba de preguntarse si su cuerpo sería capaz de resistirlo, era Indra-sama después de todo, la posibilidad de terminar muerta no eral del todo imposible. Siendo una virgen no ayudaría a que doliera menos, aunque por cómo se estaba comportando su cuerpo existía la posibilidad de que el dolor quedara opacada por el placer que recibiría de parte de Indra-sama.
No negó las sensaciones porque estaba tan cansada de soportarlo. Le haría bien dejar de ser virgen. Ahora tenía una tarea, una que podría ayudarle a adaptarse a lo que ella era. Y salvarle la vida también. Si Indra-sama le estaba dando otra oportunidad, Hinata no iba a desaprovecharla.
—Debo advertirte, Hinata...
Aun mareada por las sensaciones Hinata pudo escuchar la voz de él, las manos grandes posarse en sus costados, las ropas que Indra usaba raspándole la piel no ayudaban a mantenerse enfocada.
—Que no pienso ser gentil contigo.
Y en lugar de sentirse asustada de lo que esas palabras significaban del Señor de la Lujuria, lo único que Hinata pudo contestar fue con un gemido.
