Disclaimer: Naruto no me pertenece.
Aclaraciones: Mundo Alternativo. Fantasía. Cazadores de Demonios y Espectros.
Advertencias: Este trabajo tendrá contenido maduro, dominación, actos explícitos, distintas parafilias y muchos más. Y MadaHina así como IndraHina. Sobre aviso no hay engaño. Ustedes dieron clic, no me culpen.
No Mercy
Quinta Noche de Caza
Era vergonzoso la facilidad con la cual Indra-sama podía sacudir a todo su cuerpo con apenas un roce de dedos. La dejaba temblorosa, expectante y ansiosa al mismo tiempo, negándose a siquiera verle a la cara por temor a quedar prendada de sus ojos carmines y deambular en la perdición que éstos ofrecían.
Hinata apenas controlaba los suspiros rebeldes salir de la boca, siguiendo el ritmo de los besos de su Señor Oscuro cuando los labios de ambos se encontraban. Él comenzó a acariciar la zona erógena de Hinata en suaves movimientos, sin dificultades para hallar el punto clave, aquel botón rosado del cual gustaba torturar con círculos, sintiendo entre las yemas el néctar cálido y pegajoso.
Con cada caricia Indra descubría lo virginal que la súcubo era. Cualquier otra en su lugar se habría abalanzado hacia él, decidiendo apresurar el encuentro y montarse encima suyo y dominar la situación. Más Hinata era una contrariedad, ahora mismo lo descubría al pasar sus manos por la silueta apetitosa de su cuerpo, invadiendo su lengua entre sus pliegues azucarados, robándole suspiros trémulos apenas contenidos.
—No te des por vencida tan rápido, da pelea —regañó Indra cuando Hinata le miró con sus ojos nacarados, tratando de recuperar el juicio de entre la neblina de lujuria a la cual la sometía—. Si te dejas ganar tan fácil, tu presa se aburrirá —señaló al unir nuevamente sus bocas, exigiéndole a la súcubo una activa participación.
Hinata siguió el consejo y sacó, tímidamente, su propia lengua al encuentro de la de Indra-sama, buscando ser un rival, pero la estrategia con la cual él atacaba, sumiéndola en un estado de derrota, era demasiado.
Aun así lo intentó, esperando que fuera aceptable y no ganarse otro regaño de parte de Indra-sama. Sin embargo, éste se separó, observándole fijamente con el brillo rojizo tornarse estricto en sus singulares irises.
—¿Es lo mejor que puedes hacer? —cuestionó después de chasquear la lengua.
Hinata se avergonzó.
—Mis disculpas, yo... No he besado a casi nadie...
—Eso es más que evidente —Indra suspiró. Tenía mucho que trabajar con Hinata para moldearla en una súcubo decente—. ¿Alguna vez has saboreado un caramelo? —preguntó, llamando la atención de la azabache.
—Sí —confesó con timidez sin entender la razón de la pregunta.
—Bien —Indra chasqueó los dedos y entre éstos un caramelo de tonalidad rojiza apareció en sus yemas—. Abre la boca.
Hinata, más confundida que al principio, hizo lo que pidió. Dejó caer la golosina en su lengua.
—No lo comas todavía —susurró al acercarse nuevamente a ella—. Tu tarea será no soltarlo; si logro arrebatártelo, recibirás un castigo. ¿Entendido?
Ella quiso ahogarse por la repentina amenaza, más no pudo buscar otra solución cuando la boca de Indra-sama volvió a caer sobre sus labios, chocando su lengua contra la suya, buscando en el encuentro arrebatarle el dulce, algo que intentó evitar al envolverlo en su lengua, evitando que los ataques de Indra lograran debilitar su fortaleza.
A pesar de lo nerviosa que estaba ante la idea de ser castigada por Indra-sama, Hinata sintió que toda su piel se erizaba por las sensaciones de enredar su lengua cálida contra la de Indra-sama, restregándose y con el sabor de la golosina instalarse en sus papilas gustativas, haciéndola salivar. Luchó contra el instinto natural que le exigía respirar, más la pelea entre sus lenguas era demandante.
Indra se separó y vio, satisfecho, que el dulce continuaba en la lengua de Hinata, quien respiraba y salivaba un poco, una apariencia que haría a los humanos perderse sin poner resistencia.
—Muy bien —halagó—. Si sigues practicando, lo harás mejor. Solo recuerda la sensación del dulce en tu boca.
—Ah... —Hinata apenas recuperaba el aliento, perdida en las sensaciones—, g-gracias, Indra-sama...
—Ahora cómelo, no me gustaría que te ahogaras en medio de la lección.
—Uhm.
Era un alivio que hubiera evitado el castigo, pero la noche continuaba e Hinata desconocía el tipo de sorpresas con las cuales se enfrentaría.
—He de suponer que en tu tiempo en la Tierra de los Vivos nunca viste una verga, ¿verdad, Hinata?
La forma tan cruda con la cual él empleó la pregunta le coloreó el rostro a Hinata quien no imaginó a Indra-sama preguntarle ese tipo de cosas.
—Ah, bueno... N-No tuve la oportunidad —se excusó, tratando de recordar si había llegado a ese nivel, no obstante, lo único que le llegaba a la mente era el encuentro con el Cazador y su mano rozar contra su entrepierna, sintiendo el tejido despertar, caliente y endurecido—. Solo los he visto en las páginas de los libros... —musitó, apenada, observando a su Señor quien bufó.
—Debí suponerlo —dio como respuesta, dejando de lado la constante decepción que le generaba Hinata y su comportamiento—. Arrodíllate —ordenó con voz ronca.
Hinata ignoró la vergüenza de hallarse desnuda y se sentó sobre sus piernas, manteniendo una postura firme, con la espalda recta y las manos cosquilleándole por la ansiedad. ¿Qué le pediría su Señor hacer a continuación?
La respuesta llegó cuando Indra-sama le enredó los dedos en sus cabellos azulados, orillando a su cabeza a bajar y así encontrarse con la punta de lo que ella pudo confirmar era una virilidad masculina.
Ahogó el grito por lo inesperado del movimiento, tratando de no perder el conocimiento ahí mismo y ser fuerte para soportar el calor inundarla. La presión causada por su marca pujaba con fuerza en su vientre y el apetito que pensó quedaría apaciguada despertó de golpe ante la visión de la punta del miembro de su Señor.
—¿Ind...? ¿Indra-sama...? —susurró sin saber qué hacer.
—No todos los humanos tendrán la misma longitud, pero es el mismo modelo en todos los hombres. Tómalo como un ejemplo para que practiques —al sentirla temblar bajo su agarre, Indra frunció el ceño—. No te atrevas a desmayarte.
—H-Haré mi mayor esfuerzo, pe... pero sigo sin entender qué desea que yo haga.
—Acarícialo.
—P-Pero... —Hinata tragó grueso, le daba pavor hacerlo y en el transcurso lastimar a su Señor—. No sé cómo hacerlo...
Indra volvió a suspirar y reincorporó a Hinata para que ésta le viera y notara la exasperación que lentamente se dibujaba en su rostro. Se recordó que debía ser paciente y no perder los estribos por culpa de esa pequeña súcubo.
—Lo haré yo mismo y te enseñaré los lugares correctos. Después tú lo imitarás —explicó y ella asintió.
—S-Sí, Indra-sama.
—Asegúrate de poner atención.
Hinata observó fijamente las manos de Indra-sama bajar hasta el erecto miembro que la apuntaba. Solo hasta ese momento pudo darse cuenta de la longitud y aquello la alarmó e igualmente excitó al imaginarse todo eso adentro de ella. Seguramente dolería, pero también la haría tocar las estrellas.
Puso especial atención en cómo Indra-sama comenzó a acariciar la base, cerrando la mano entorno al grosor y subiéndolo lentamente hasta la punta donde abrazó a ésta para darle un apretón y repetir el mismo gesto.
—Cuando la verga de tu presa esté dura, recuerda pasar tus manos de manera lenta, no rápido. No importa cuánto te rueguen, lo haces lento al principio, solo para enloquecerlos. Cierras tu mano entorno a su pene y aprietas —decía Indra al seguir él mismo las instrucciones, controlando su propia respiración ante las punzadas en la punta de su virilidad—. Repites las veces que sean necesarias, o hasta que exista humedad. Tal cómo ahora.
Indra hizo círculos sobre la punta de su propio pene, pendiente del rostro de Hinata quien mantenía su mirada fija en su miembro, sonrojada y con la respiración agitada. Sonrió. Al menos estaba poniendo suficiente atención para ignorar su timidez. El líquido pre seminal no tardó en aparecer e Indra buscó expandirlo por la zona, humedeciendo la cabeza de su virilidad. Notó también el temblor en todo el cuerpo de la súcubo, imaginando que el aroma que él desprendía hacía efecto en Hinata.
—¿Quieres intentarlo? —invitó con seductora voz.
Hinata asintió y no se cuestionó qué fuerza siniestra la orilló a ser tan honesta con sus propios deseos. Existía una probabilidad de que fuera todo el deseo acumulado en su cuerpo, o la influencia de la marca. O simplemente fuera Indra-sama y su poder.
—Usa tus manos y repite los mismos movimientos que hice.
—E-Entendido —respondió ella, posicionándose en frente de él y colocando sus manos en el miembro palpitante de su Señor.
Tembló ante la idea de sentir el pulso de aquel pedazo de carne sobre su propia piel, más la curiosidad ganó sobre su inseguridad y abarcó la base con ambas manos. Era grueso y grande, sin duda dolería cuando lo tuviera adentro, pero la imagen tuvo el efecto de que la humedad en su interior se disipara con más fuerza.
Hinata empezó a masajear desde la base hasta la punta. Sintió el pulso en todo el tejido, así como la humedad de Indra-sama quedarse en sus dedos y expandirse por la longitud, creando una vulgar sinfonía que despertaba sus más bajos instintos.
Indra lo sintió, el costado le cosquillaba; la marca en Hinata debía estar palpitando con fuerza ante el deseo. Incluso en esas circunstancias ella se negaba a abrazar su verdadera naturaleza, necesitaba hacer más que eso para liberarla del yugo que Hinata se auto impuso. Porque si no lo hacía, no serviría de nada que él la ayudara con el término de su Ritual de Alimentación.
Las manos de ella eran pequeñas, necesitaba de ambas para poder abarcarlo. Subía y bajaba, generando una sensación llena de placer por lo bien que se sentía. Pero no era suficiente. No estaba ni cerca de correrse.
—Ponlo entre tus pechos.
—¿Uh? —Hinata le observó desde abajo sin entender.
Indra señaló los senos desnudos de Hinata.
—Pon mi verga entre tus pechos —repitió—. ¿De qué sirve que estés bien dotada si no planeas usarlos cómo se deben?
Hinata intentó no ahogarse e hizo lo que Indra-sama le pidió. Elevó sus senos y los cerró entorno a la virilidad masculina, con la mano de él sobre su cabeza cerniéndose alrededor de sus cabellos. No supo interpretarlo como una buena señal, pero al no recibir regaño alguno, Hinata dedujo que no lo estaba haciendo tan mal.
—¿Así está bien...? —preguntó al verle de regreso a la cara desde su posición, nerviosa.
Indra ignoró el cómo esa mirada de aparente inocencia tuvo el poder de estremecerlo, sobre todo por la vivida imagen de ella ahogar su verga entre sus abundantes pechos, tan acolchonados como la misma seda.
—Haz más presión —solicitó y ella, obediente, así lo hizo.
Indra encajó los dedos en los cabellos de Hinata, enredando entre los dedos un par de mechones negruzcos al sentir cómo lo apretujaba. Era lenta, pero aprendía bien, solo bastaba guiarla con buena mano para desapegarla de esa actitud tan cohibida.
—Desliza mi pene entre ellos, como un vaivén —dio la indicación e Hinata asintió, dispuesta a seguir cada uno de los pasos que él le mostraba.
Indra aspiró el aire, siseando ante las nuevas sensaciones. Ésta no era la primera vez que lo hacía, muchas otras habían estado en el mismo lugar que ahora Hinata ocupaba, con más experiencia y sin tantas dificultades. No obstante, con ella era peculiar el disfrute. Desconocía si era debido al comportamiento obediente, tan entregada a su palabra, o esa confusión que mostraba cada cuando le exigía hacer algo nuevo.
Tampoco era afín a practicar el celibato, siendo un Señor Oscuro, como Reinante del Círculo de la Lujuria ser partícipe de los más vulgares y placenteros ritos sexuales era parte de su vivir. Se divertía a costa de quienes prometían encarar las más viles tentaciones creadas por el mismo Ser Maligno, solo para ver cómo se retorcían en medio de violentos espasmos, con la mirada ida y el orgullo por los suelos. Por ello la confusión ante las nuevas sensaciones en manos de Hinata. No quería catalogarla como un caso especial, aun dada su condición, pero le causaba cierta curiosidad describirla como interesante.
Hinata continúo con el proceso, tranquilizando el ritmo de su corazón para no estallar por cómo sus senos hacían resaltar aun más la cabeza brillante de la virilidad de su Señor Oscuro. Era tan tentador el pensamiento de dar una probada, jugaba con su mente aun cuando procuraba mantenerse cuerda para no dejarse deslizar hacia la locura y emprender un camino sin retorno.
Pero la marca en el vientre y los constantes ataques de Indra-sama hacían añicos su voluntad.
Tanto tiempo soportando, salivando, dejando de lado la naturaleza que por derecho debía abrazar solo por pensar en el bienestar del prójimo por encima del suyo. Jamás podría asemejarse a los humanos, ni siquiera toleraba la luz solar para sobrevivir en la Tierra de los Vivos. De nada servía el esfuerzo de mitigar la fuerza que despertaba desde su interior. Era a Indra-sama a quien debía agradar, a nadie más.
Ahí no importaba la opinión de ningún Cazador. Tenía que limpiar su nombre, demostrar su valía y evitar la eliminación de su existencia al probar ser de utilidad.
Tenía que destruir lo que evitaba que fuera ella misma.
El costado de Indra volvió a cosquillear, pero ésta vez con un ardor acompañarlo. Hizo un gesto por el ligero dolor, más no lo consideró grave para darle importancia, sin embargo, al no sentir la presión de los abultados senos de Hinata cobijarlo cálidamente, bajó la mirada para recordarle a la súcubo que no le dio ninguna orden de parar, encontrándose con la sorpresa que sus ojos perlados ya no tenían aquel tinte inocente del principio, sino un hambre voraz.
—Perdone mi osadía, Indra-sama —reveló ella con dulce voz, aun así el tinte seductor logró reconocerlo, especialmente por cómo ella se reincorporaba para quedar a la altura de su barbilla, con la mirada conectada con la suya, paseando los dedos sobre el pecho desnudo de Indra—, pero no creo que poder soportarlo —ella bajó la misma mano, llevándola hasta la punta del pene que tomó confianza, sacando del Demonio Superior una sonrisa ladina por el comportamiento atrevido de la joven súcubo quien sonrió contenta de su fechoría—. ¿Me permitiría saborearlo?
—No veo por qué no. Hazlo, muéstrame que puedes hacer con esa pequeña boca.
Él se recostó sobre sus antebrazos, dando fácil acceso a Hinata quien, sin dudarlo, se puso en cuatro, acercando su boca a la base de la intimidad de quien era su Señor Oscuro y Amo Supremo, sacar la lengua y lamer la longitud sin descanso.
Indra esperó encontrar el performance decepcionante, empero se halló gratamente sorprendido de los movimientos de Hinata sobre su falo.
Desconocía qué fuerza maligna habría sido la responsable de tan drástico cambio, más no iba a buscar culpables si con ello la naturaleza de Hinata florecía sin dificultades.
Indra cerró los ojos, entregándose al placer que la boca de ella, caliente y húmeda, le dedicaba a su longitud. Ella añadió al juego la participación de sus manos, marcando un ritmo con sus caricias mientras se dedicaba a repartir lametones sobre la punta, remojándola más y más, mezclando con gracia la saliva de Hinata con la esencia de Indra.
—Es un buen truco —felicitó, acariciando los cabellos de la súcubo quien aplastaba sus pechos sobre su vientre bajo, completamente enfocada en su tarea de darle una buena felación—, pero sigue siendo insuficiente.
Escuchando la honesta reacción de Indra, Hinata separó sus labios de la punta y le miró, buscando en su rostro de facciones hermosas el deje de desilusión. Lamió sus labios, saboreando la esencia atrapada en éstos y regresó abajo, abriendo la boca para abarcar el grosor de la virilidad, aventurándose a meterlo todo.
Indra apretó los labios por lo ajustada que era la boca de Hinata y cómo el tejido hinchado de su miembro rozaba con las mejillas internas de Hinata quien buscaba succionarlo. Un escalofrío le acarició la espalda baja y tuvo que sentarse para tratar de controlar el temblor que le causaba sentir la boca caliente de Hinata. Quemaba, literal lo hacía. Y no entendía la razón. Causaba cierto estrago de dolor, pero también de placer que lejos de incomodarlo lo impulsaban a tomar la nuca de la súcubo y hundirla.
Los ruidos que Hinata hacía al adentrar más y más la virilidad de Indra a su garganta eran increíblemente eróticos; el eco se repetía entre las altas paredes de los aposentos del demonio quien luchaba por mantener el control, ignorando lo caliente que su cuerpo se tornaba con cada segundo que Hinata lo chupaba, sacando y volviendo a meter su falo, acostumbrándose al tamaño y ensanchando su cavidad para abarcar la totalidad de su grosor.
Y fue hasta que sintió el calor húmedo cobijarlo completamente, empaparlo. Indra abrió ligeramente los ojos, sorprendido de que ella pudiera concretar con la tarea en una sola sesión. Incluso las súcubos más experimentadas tenían dificultares para abarcarlo completamente, ¿cómo pudo esa pequeña súcubo hacerlo en la primera vez? El misterio lo dejaría sin resolver por el momento, más concentrado en cómo ella movía su cabeza, dándole miradas furtivas mientras regresaba a su tarea de complacerlo y mostrarle lo capaz que podía llegar a ser.
El aroma de la intimidad de Hinata llegó hasta él y era más dulce, casi tóxico. Los tatuajes escondidos bajo su piel comenzaron a palpitar y su respiración a descontrolarse.
Indra no sabía qué sucedía con él, no era así cómo debería actuar. Era él quien tenía el control, no una pequeña súcubo quien apenas sabía dar una buena felación. Instintivamente comenzó a mover las caderas al ritmo de Hinata, con la lengua de ésta buscando el encuentro y la cabeza de ella siguiendo el vaivén. Indra aspiró profundamente al sentir una conocida sensación instalarse en sus testículos, algo que lo hizo mirar con suma atención a Hinata por no creer que estuviera cerca del clímax.
«Esta mocosa está... » la idea era bizarra, más lo sentía en carne propia. Tenía que existir una explicación de por qué una súcubo de bajo nivel le orillaba a casi correrse usando su lengua inexperta. El cambio que pensó sería gratificante ahora ponía a Indra en aprietos al sentir cómo los músculos de su cuerpo se tensaban en sincronía a la fuerza que pulsaba en la punta de su miembro, buscando desesperadamente la salida de su semilla.
Separó a Hinata de su virilidad, escuchándola toser ruidosamente por el brusco movimiento. Más Indra ignoró aquello y la tumbó de vuelta, posicionándose encima suyo, buscando el mirar perlada, encontrándose con el mismo brillo de inocencia que se teñía de constante lujuria cada cuando ella pardeaba.
Indra se sintió atraído por tal fenómeno, pero el ardor en su entrepierna era complicado de ignorar aun siendo un experto en el arte del sexo, sabiendo que ignorar los instintos que gritaban debajo de su piel no lo llevarían a nada bueno.
Las marcas en el cuerpo de Indra vibraron y se hicieron visibles, trazos que se conectaban con otros, formando distintos símbolos que llenaron cada pedazo de piel de su cuerpo; las pupilas se afilaron y los cuernos que decoraban los extremos de su cabeza se alargaron, así como las garras en las puntas de sus dedos, manteniendo a Hinata en su sitio, abrazando su delicado torso con posesividad.
Ella gimió, luciendo desconcertada, como si estuviera en un sueño que ella no pidió ser parte. No le permitió decir palabra alguna y simplemente conectó sus labios con los de ella, robando su aliento sin importarle matarla en el proceso, separando las piernas femeninas para permitirle acomodarse en la entrada.
Entraría. Daba igual si ella aprendió algo o no, podría buscar otro espacio entre sus ocupaciones para dedicarse a ello.
La urgencia por adentrarse a ella era mayor, poderosa y una compleja necesidad que Indra no entendía. ¿Qué era esa fuerza que lo hacía comportarse así? Debería estar preocupado; el poder de una simple súcubo no tenía la más mínima oportunidad de someterlo a un encanto como ése.
Quizá debía ir con los Viejos Entes para hablar acerca del tema, investigar si existía la posibilidad de que la existencia de un ser como Hinata fuera posible, pero no en esos momentos; lo único que ansiaba era adentrarse en su interior y sacudirla por completo.
No fue cuidadoso, respetando la promesa de su nula gentileza. Ella le observó, asustada, a punto de decirle algo, pero Indra la ignoró deliberadamente y colocó sus agraciadas piernas alrededor de sus hombros, colocándola en una posición más que perfecta para dar el empujón necesario e ingresar por aquella cavidad jugosa y rosada esperándolo.
Hinata encajó las uñas en la piel de Indra debido al dolor que le causó la invasión a su intimidad siendo hecha añicos. Le resultaba drástico el cambio en el comportamiento de su Señor Oscuro, no entendía por qué habían llegado repentinamente a esa situación.
Con cada nuevo tramo que él abarcaba, Hinata sentía que la muerte estaba llamándola. No pudo controlar sus lágrimas y cerró los ojos fuertemente, escuchando los jadeos de Indra encima suyo, haciéndose camino a través de la carnosa barrera interponerse.
—¿Cómo puedes...? Mierda —mascullaba él, incluso su tono de voz se veía alterado, apegándose a ella, sintiendo el temblar de los músculos de Hinata sobre su agarre—. Eres tan... putamente estrecha —y eso era increíblemente delicioso.
De la boca de Hinata no salió nada inteligente que pudiera argumentar o responder a las interrogantes de Indra; solo podía limitarse a morder los labios y esforzarse por no desfallecer ahí mismo.
Y entonces sintió cómo la punta de la virilidad de Indra-sama rompió algo en ella, aquello que la había convertido en un elemento débil dentro de la armada de su Señor Oscuro, la mayor causante de sus estragos y dificultades para sobrellevar sus tareas en el Mundo Mortal que debía dominar.
El rasgar del tejido que mantuvo protegida su pureza llegó a sus oídos y el calor ajeno de Indra invadió todo su útero de un solo empujón, chocando contra la humedad de sus jugos y sangre, haciéndola soltar un largo sollozo debido a la nueva sensación.
Indra permitió que ella le abrazara fuertemente alrededor del cuello; no era la única quien no podía controlarse. Estaba adentro de ella, su pene encajó a la perfección en el pequeño cuerpo que pensó romper con su intrusión. Cada tejido en Hinata lo abrazaba deliciosamente que lejos de sentirse aliviado, casi le hacía terminar; un verdadero desespero colarse debajo de su piel lo incitaba a iniciar con un violento ritmo capaz de saciar su hambre.
—Hinata —la llamó aun estando en espera de su respuesta, deseoso por moverse y descubrir los encantos que ella ocultaba—. No te atrevas a desmayarte.
—L-Lo siento... Duele... —se quejaba ella a modo de respuesta, escondida en la curva del cuello de Indra, tratando de ocultar su rostro lleno de lágrimas—. Indra-sama es... Muy grande.
Indra soltó una risa por sentir cómo su ego y pene engrandecían gracias al halago.
—Felicidades —susurró cerca de su oído—, dejaste de ser una virgen al fin —señaló al mover sus caderas y sentir a través de la conexión de sus cuerpos el estremecimiento de parte de Hinata—. Ahora puedes cumplir con tus misiones —Indra sacó su lengua bífida y la pasó por la oreja sensible de Hinata quien se quejó de la inesperada caricia, apretujando su interior entorno a Indra quien siseó—, no sin antes satisfacerme.
Hinata apenas reaccionó cuando Indra comenzó a empujar, escuchando el pecaminoso ruido que la unión de sus cuerpos generaba, tiñéndola de rojo por lo bestial que Indra-sama lucía con esa nueva apariencia; una más salvaje.
La marca en el vientre de Hinata palpitaba, pero en su lugar ya no era el mismo dolor que la acechó desde el encuentro con el Cazador, era un calor intenso inundarle cada músculo y una sed por la esencia natural de Indra-sama caer en su interior.
Cada poro de su piel quedó al descubierto y con ello la sensibilidad arrebatadora en el cuerpo de Hinata que Indra aprovechó a su beneficio al acariciar sus pezones endurecidos, jugar con la piel de su cuerpo, besar, morder y apretar.
Salía y entraba, escuchando con deleite los gemidos de Hinata quien se sostenía de sus hombros para no perder el equilibrio ni dejarse llevar por el mareo que padecía con cada embestida.
El dolor dejó de atormentar su zona intima; en cambio el placer le prometía sanar las heridas causadas y ella se dejaba abrazar por aquello que no quiso aceptar desde un principio.
El brusco ritmo de Indra tuvo el efecto de hacerla olvidar y dedicarse exclusivamente a sentir los beneficios del encuentro y gratitud de su Señor. De no ser por la intervención de Indra-sama habría perecido en alguna de las esquinas de la Capital a manos de la Guardia Nocturna o del inusual Cazador.
Recordar el rostro y los ojos negros acecharla, dedicado a arrinconarle e imponer su poder sobre ella aun siendo un simple mortal encendió el interior de Hinata. Las manos masculinas tomarla, llevarla a la cúspide con la participación de sus ojos y voz, la virilidad despertarse debajo del pantalón y la esencia. Aun podía aspirarla en el aire. El desenlace del encuentro seguía mortificándola. De no haber sido por la intervención de la Guardia Nocturna, Hinata no dudaba que quien yaciera encima suyo no fuera Indra-sama, sino el Cazador.
Inconscientemente apretó sus interiores ante las vívidas imágenes e Indra-sama pudo sentir el estrechamiento, orillándolo a ir más profundo, sacando más gemidos de Hinata quien a esas alturas no le cohibía permitirse tales libertades.
En un abrir y cerrar de ojos Indra colocó a la súcubo boca abajo, tomando con firmeza de las caderas femeninas antes de retomar las embestidas, pero a partir de un nuevo ángulo que causó en Hinata una oleada de violentos espasmos.
—Indra... ¡Indra-sama! —gritó por lo bien que se sentía.
Lo único que podía hacer para no permitirse volar era sujetarse firmemente de las sábanas y rezar por su aguante.
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Los ruidos no pusieron en duda la fuente de donde tal escándalo provenía. Ignoró en el camino a los soldados caídos y los llamó débiles internamente por lo fácil que su caída resultó ante las manos de un vulgar Cazador.
Tales fechorías efectuados por un hombre sin el permiso oficial de la Iglesia llegaron a los altos mandos. El Cardenal de la Capital puso en sus manos la tarea de detener al Cazador y la ocasión era la excusa perfecta para ponerlo en los calabozos hasta que un juicio se levantara en su contra.
Toneri llegó al inicio de la caótica habitación, siendo testigo de la victoria aplastante del Cazador sobre los tres ingenuos quienes se creyeron capaces de superar la experiencia e inteligencia del azabache. Bastó que éste diera una estocadas con la espada aun enfundada para tener a los hombres en el piso.
Se limitó a observarlo en silencio, esperando a que el Cazador fuera consiente de su presencia.
—Vaya —el Cazador exclamó, dedicado a la tarea de limpiar las armas usadas— enviaron a alguien con un cargo alto —los ojos negros del hombre lo fijaron, indiferente a sus medallas y armadura—. ¿Debería sentirme honrado de tener a un miembro de la Familia Santa en mi presencia?
—Por favor, no, compórtese cómo lo ha hecho —comentó con gracia, sonriendo ante el comportamiento desinhibido del azabache—. Así no sentiré remordimiento de enviarlo a los calabozos.
—Calabozos, eh —él deletreó la palabra sin temor alguno, considerando la idea como un beneficio en lugar de una tragedia—. Eso significa resguardo y comida gratis.
—Los Cazadores no son bienvenidos a la Capital —empezó Toneri, adentrándose a la habitación con paso firme, siendo seguido de sus dos mejores guerreros—. Estoy seguro que los carteles en la entrada fueron muy claros.
El Cazador rio y Toneri trató de mantenerse sereno.
La Iglesia lo quería vivo, temporalmente. Su experiencia y conocimiento eran de gran valor, eso podría ayudar a los escribanos a detallar la anatomía de la Maldad y entrenar a los soldados para la batalla contra las bestias infernales que seguían atormentando al prójimo. Los anteriores Cazadores no sirvieron de mucho, la información era escasa e incompleta. Con este hombre las cosas podrían cambiar. La Iglesia tenía una buena corazonada, además de que el Papa confiaba en las señales que la Santa Divinidad le ofrecía en sus oraciones.
Él ponía fe en ello.
—Mi error por no poner la suficiente atención —respondió con falta de sinceridad.
—Se me ha informado sobre sus cacerías ilegales en la Capital —informó Toneri—. Realizar las funciones de un soldado de la Guardia Nocturna se considera un grave delito.
—¿Hm? ¿Lo es? No tenía idea. Con tantos monstruos matando con libertad en las calles, pensé que se debía a lo débiles que son, no a que fuera una ley. Mis disculpas por interferir con su honorable trabajo.
—Igualmente se me comunicó sobre actividad sospechosa en la habitación que ocupaba la noche anterior —señaló los destrozos en ésta, los cuales podía confirmar no eran gracias a la paliza que les brindó a sus hombres—. Sin duda una bestia infernal causó tal alboroto y no su ebriedad cómo le comentó a uno de los soldados en turno. ¿Por qué ocultarlo y no reportarlo con la Guardia Nocturna?
—Mis asuntos son mis asuntos, conozco mis límites y fuerzas, claramente no necesitaba ayuda de absolutamente nadie para ocuparme del asunto que interrumpió mi descanso —el Cazador dio unos pasos directos hacia él sin preocuparle la pose de guardia en los otros dos armados—. Y así fue.
—Al no tener evidencia de su victoria, me temo que dudaré de su palabra. Con la autoridad que la Iglesia me ha proporcionado yo, Toneri Otsutsuki, lo acuso de complot contra la humanidad por permitir la huida de un espectro, así como de los anteriores delitos ya mencionados —más pisadas y armaduras se adentraron a la habitación hasta desbordar, todos los hombres listos para someter el Cazador quien se mantenía a la espera de la penalización de sus oraciones—. Será enviado al calabozo hasta que un juicio se levante y las autoridades correspondientes decidan el castigo que, por sus actos, merece. Escolten al prisionero.
El Cazador no puso resistencia alguna. Dio la orden a los hombres de no bajar la guardia y mantenerse en absoluta vigilancia ante la más pequeña señal de rebeldía. Hombres como él no se daban por vencido tan fácilmente, algo debía estar planeando el azabache. Lo intuía. Por ahora lo mantendría en el calabozo, daría las órdenes necesarias para debilitar su cuerpo con una recortada alimentación, de esa manera podrían convencerlo fácilmente de una cooperación.
Sin embargo a Toneri no le agradaba el tipo. Había algo podrido en él, podía sentirlo en los huesos.
—Capitán —uno de los soldados arribó al lado del albino, mirándolo de reojo—. Las pertenencias del hombre —señaló lo que llevaba en las manos.
Toneri tomó una daga, desenfundándola y encontrando el material de dicha arma peculiar.
—¿Hueso...? —musitó, extrañado de la singular arma, especialmente por los símbolos grabados en la superficie—. Claramente es hereje —bufó al guardar el arma y colocarla de vuelta en los brazos de su lacayo—. Llévenlas al cuartel y que las bendigan, no queremos que ninguna fuerza oscura nos cobije con su mala fortuna.
—Hai, capitán —expresó el mismo hombre, haciendo un saludo formal y saliendo rápidamente.
Toneri observó por última vez la habitación hecha un desastre, cuestionándose sobre el paradero del demonio y por qué un Cazador como Madara Uchiha lo habría dejado ir. La evidencia que ayudaba a confirmar los hechos ocurridos eran los nulos restos de la bestia. Su armadura santificada no había tenido reacción alguna, eso solo le hacía sospechar aun más del Cazador y su comportamiento.
Cada reporte llegado a sus manos sobre las actividades del Cazador informaba sobre el éxito de sus misiones, igualmente la baja de un elemento de las tropas enemigas. Lo que ahí veía no cuadraba con lo leído.
Suspiró. No llegaría a nada viendo aquella habitación vacía.
Tendría mejores resultados interrogando al dichoso hombre, solo así podría conseguir algo beneficioso.
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Ella todavía temblaba cuando Indra retomaba el ritmo de sus embestidas, ignorando el hecho de estar corriéndose adentro del interior de Hinata. Nada iba a detenerlo de seguir sumergiéndose en el apetitoso néctar que era la entrada carnosa de la súcubo, tan llena de su esencia que desbordaba afuera y en las sábanas.
Desconocía el tiempo transcurrido desde que la tomó por primera vez, extasiándose de todo lo que ella era. La había puesto en tantas posiciones, incluso colgando del techo, sintiendo la gravedad acogerla en sus manos mientras se adentraba una y otra vez, apretado por ella a través de brazos, piernas y el calor de su vagina.
Aprendió que Hinata era multiorgásmica. No importa cuántas veces la hiciera correrse, ella volvía hacerlo. Aun con su expresión de agotamiento, Hinata podía someterlo a la misma lujuria que inicialmente lo sometió a tal estado. Los pensamientos relacionados a tal acto de su parte se desechaban en la parte más profunda de su cabeza, dedicado a besarla, acariciarla y escuchar jovialmente cada exclamación, gemido y lloriqueo que ella daba, gritando su nombre con tanto jubilo que lo impulsaba a empujar y empujar.
Indra llegó al orgasmo e Hinata sincronizó con el suyo. Fue una explosión de fluidos. La vulva de ella quedó impregnada de su líquido blanco, convulsionando en sacudidas violentas que la hacían agarrarse de su cuello para no caer. Él escondía el rostro en el pecho femenino, buscando calmarse al aspirar el perfume natural resbalar de su aperlada piel.
Solo hasta que la escuchó calmar la respiración fue que Indra volvió a colocarse para iniciar nuevamente, más la irrupción en sus aposentos por parte de un sirviente lo detuvo.
—Mi Señor —el leal súbdito no se sobresaltó de la posición en la cual encontró a Indra ni con quién compartía el lecho, entró con normalidad e hizo una educada reverencia—, mis disculpas por interrumpirlo, claramente está ocupado, pero hay un asunto que requiere de su pronta intervención.
—¿Acaso a quienes dejé al mando ante mi ausencia no son capaces de hacerse cargo? —masculló Indra, oculto en el pecho de Hinata quien mostró pudor ante un tercero en la habitación. Él arrimó más el cuerpo de ella al suyo—. Estoy cogiendo.
—Lo sé, mi Señor, y realmente no quisiera hacerlo, pero me temo que este asunto está fuertemente relacionado con usted.
Indra gruñó antes de retirarse del calor de Hinata, saliendo de ella en un movimiento limpio, escuchando para su deleite el salpicar de sus intimidades humedecidas. Se encaminó a las afueras de la cama y cogió una bata, caminando sin pena alguna hacia el sirviente, atándose un nudo.
—Iré —masculló. El espectro asintió, esperándolo. Él viró hacia donde la súcubo—. Esperarás aquí —señaló e Hinata quedó sorprendida de que Indra le pidiera aquello—, aun no termino contigo —sentenció.
Ella apenas asintió, aun anonada de recibir esa petición, viendo a su Señor Oscuro marchar en compañía su sirviente, no escuchando más allá después del sonido de las enormes puertas hacer eco en el interior de los aposentos.
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Al arribar al lugar que su súbdito buscaba mostrarle, Indra halló sorprendido la cantidad de demonios reunidos en el Salón Principal del Castillo de las Delicias participando en una masiva orgía.
—¿Alguna explicación sobre este comportamiento? —preguntó Indra por encima de los gemidos.
No tenía problema alguno, aquel era un comportamiento usual en sus lacayos, más no a esa escala. Todos parecían ignorar su presencia, cegados por una lujuria mayor.
—Si mi suposición es correcta —habló el demonio fiel a Indra, dando un vistazo a la explícita escena de cuerpos desnudos unidos a otros y después a la piel de Indra con sus tatuajes visibles—, encuentro razonable que todo esto haya sido causado por usted, mi Señor.
—¿Por mí? —Indra bufó—. Yo no di la orden.
—No voluntariamente, mi Señor, pero sí inconscientemente. Quizá su sesión con aquella súcubo despertó su poder sin que pudiera darse cuenta. Después de todo, usted se encuentra unido a todo súcubo e íncubo existente a través de sus tatuajes. Sus encuentro sexual despertó un deseo desbordante en sus tropas.
Tal explicación sonaba ridícula, más no imposible. No admitiría que un demonio de inferior categoría tenía razón sobre algo que dudaba, más su comportamiento con Hinata despertaba dudas sobre la veracidad de aquel acto involuntario. Tendría que consultarlo con los Viejos Entes, así como la naturaleza de Hinata, por ahora se haría cargo del asunto que necesitaba solución.
Indra chasqueó los dedos y una ola de poder se expandió por todo el salón así como los límites más allá del Castillo de las Delicias. Las miradas idas de los demonios que conformaban sus tropas parecieron enfocarse y despertar de un sueño. Hubo exclamaciones de sorpresa y cuchicheo antes de que todos fijaran la mirada sobre su figura.
—¡Indra-sama! —todos exclamaron a una sola voz, pegando la frente al piso ante la autoridad del gobernante del Círculo de la Lujuria.
—Regresen a sus tareas —ordenó con voz indiferente, sin llegar a considerar tal acto como uno de gravedad que mereciera a todos ganarse un castigo.
—¡Ha! —una respuesta dicha a una sola voz.
El salón quedó vacío e Indra meditó lo visto hace un momento.
—Solícita una reunión con los Viejos Entes —ordenó el demonio a su lado—, quiero consultar algo con ellos.
—Como usted ordene, mi Señor.
—Y trae a Ino.
—¿La señorita Ino? —preguntó desconcertado.
Indra gruñó al ver al demonio.
—Sí, a ella —masculló malhumorado por tener que repetirse—. Necesito de sus habilidades.
—Claro, mi Señor.
Dio vuelta sobre los talones para marcharse, dejando atrás al demonio con tareas de las cuales encargarse. Podía hacerlo él mismo, pero el ardor en su miembro seguía palpitando, ansioso por sumergirse nuevamente en las carnes de Hinata.
Esperaba que al salir de sus aposentos pudiera tener la cabeza menos liada, igualmente su verga satisfecha.
