Disclaimer: Street Fighter no me pertenece.
El sol comenzaba a esconderse tras los árboles altos del parque de Londres, tiñendo todo de un dorado tenue. La brisa movía suavemente las hojas, y el murmullo de la ciudad apenas se colaba entre los arbustos. Era un rincón apartado, alejado de los caminos principales, protegido por matorrales espesos y una vieja glorieta de madera casi olvidada.
Cammy White, antigua agente de la organización Shadaloo estaba ahí, apoyada contra una de las columnas de la glorieta, el corazón le latía con fuerza mientras sentía cómo la adrenalina le recorría el cuerpo.
Estaba excitada, no solo por lo que iba a pasar, sino por dónde iba a pasar. Sabía que había gente cerca, a unos metros. Caminantes, parejas, niños jugando... y sin embargo, allí, entre sombras y madera, iba a vivir una fantasía que llevaba tiempo imaginando.
Uno a uno los hombres fueron llegando. Cuatro en total, siendo sus subordinados de Delta Red. Sabían las reglas dadas por la rubia: sin nombres, sin preguntas. Solo obedecer a sus indicaciones y deseos. Ella los había elegido cuidadosamente al ser discretos, respetuosos, atentos... pero hambrientos de su cuerpo durante los entrenamientos. Se miraron entre ellos, cómplices y luego a ella, que ya respiraba agitada, la mirada brillante y la piel erizada.
En la posición donde se encontraba Cammy los hombres podían ver su culo con detalle, agradecidos de que estuviera llevando su característico leotardo tipo tanga de color verde, el cual marcaba mucho su atributo trasero.
Uno se acercó primero, acariciándole el cuello, luego bajando lentamente la mano por su pecho. Ella soltó un suspiro cargado y sintió cómo un segundo hombre usaba su mano para hacer a un lado su leotardo en la zona genital. Los dedos ásperos le rozaban la piel de sus muslos, deteniéndose al sentir que su entrepierna ya estaba húmeda.
— Estás lista… — susurró uno al oído, y ella asintió sin decir palabra, mordiendo su labio inferior mientras su cuerpo temblaba con deseo.
La ropa de los individuos comenzó a desaparecer. Los pantalones de los soldados descendieron junto a sus bóxers, los senos de Cammy estaban expuestos al aire endureciéndose al instante. Unos labios los atraparon, succionando con hambre sus pezones mientras unas manos la giraban, obligándola a apoyar las palmas contra la columna, la espalda arqueada y la intimidad descubierta se mostró ante los ojos de los hombres hambrientos.
La rubia estaba expuesta al aire libre. El sonido lejano de gente hablando, el crujido de hojas a lo lejos, todo le disparaba el pulso. Cualquier persona podía doblar la esquina del sendero y verlos. Ese peligro la encendía aún más, más que cualquier misión o enfrentamiento cuerpo a cuerpo.
Sintió cómo un par de manos le separaban las piernas y luego la punta caliente de un miembro la rozaba deslizándose por su humedad.
— Mmm! — gimió Cammy.
La polla entró en ella con un gemido ahogado, profundo y firme, marcando el ritmo contra su cuerpo mientras otro hombre le tomaba el cabello y guiaba su boca hacia su erección, la cual ella recibió encantada, lamiendo, succionando, mientras gemía con cada embestida.
Estaba rodeada, invadida por todos sus sentidos. Caricias, suspiros, gemidos masculinos a su alrededor. Otro hombre se arrodilló detrás de ella y empezó a estimularla con su lengua la entrada anal haciendo círculos a su alrededor y provocando que sus piernas le temblaran. Estaba al borde, su cuerpo era un hervidero de placer.
— No pares... — susurró la rubia entre gemidos, y al instante sintió cómo le embestían con más fuerza, más profundo, mientras alguien jugaba con sus pezones y otro se deleitaba en su boca.
Todo era calor, deseo, un caos placentero donde ella era la reina, adorada, tomada, complacida.
El hombre detrás de ella se levantó, alineó su erección en su culo para ingresar de una estocada en su zona anal.
— Ahhh! — gimió Cammy experimentando la doble penetración.
Cammy estaba de pie entre los dos sujetos, uno la tomaba por la vagina y otro por el culo. Ambos se movían con coordinación entrando y saliendo de ella en un vaivén qué calentaba los agujeros inferiores de la rubia gracias a la fricción.
Los otros dos hombres se posicionaron a cada lado de la rubia, haciendo que ella tomará sus penes para comenzar a masturbarlos.
— Mmm! — gimió Cammy cuando el soldado a la derecha la beso con intensidad, mientras el sujeto detrás suyo le besaba el cuello.
Se sentía rodeada y adorada, con los cuatro machos queriendo complacerla y al mismo tiempo complacerse con su cuerpo. Los agujeros estaban completamente llenos, sintiendo como el pene en su coño llegaba hasta su útero y el miembro en su culo se introducía más y más.
— Sigue. — susurró el sujeto a su izquierda, queriendo que la fémina hiciera más presión contra su polla.
Las embestidas de los hombres eran cada vez más fuertes y rápidas, sintiendo en lo más profundo de su ser que los hombres en su interior estaban por acabar.
— Mmm! — gimió la rubia.
El orgasmo la golpeó como una ola, haciéndola arquearse, soltar un gemido ahogado que fue callado por una boca hambrienta mientras su coño y culo eran llenados por el semen de los sujetos.
Sin embargo, no pararon. Cambiaron de posición, la levantaron y colocaron sobre uno de los bancos en posición de perrito, con los cuatro sujetos tomando turno.
Todos querían sentirla, saborearla y llenarla. Ella lo deseaba todo. Lo merecía todo.
El primer sujeto apodado "Eco" se posicionó detrás de la rubia para embestir su coño, ganando gemidos por parte de Cammy con sus demás compañeros esperando su turno.
— ¡Sigue! — gimió la chica del sensual leotardo verde.
Con cada movimiento, con cada mirada lujuriosa de ellos, ella se sentía más viva, más poderosa y deseada. Y mientras el cielo oscurecía, y las luces lejanas del parque se encendían. Ella ardía inmersa en su fantasía, en su placer, sabiendo que nunca olvidaría esa tarde en el parque con sus soldados predilectos.
Eco salió de ella y "Cobra" tomó su lugar, sólo qué está vez decidió penetrar el culo de la mujer.
— Mmm! — gimió Cammy mientras su boca era usada por el tercer sujeto "Blitz", quien metía su pene en su cavidad bucal.
Eco junto al último soldado "Fang" se masturbaban a la espera de su turno.
Las piernas de Cammy seguían temblando mientras la colocaban acostada sobre uno de los bancos de la glorieta, con la espalda contra el respaldo, las piernas abiertas, los muslos brillando de humedad y deseo. Cobra le seguía penetrando el culo y Blitz la boca.
Cammy no podía pensar, solo sentir: los labios de uno succionando su cuello mientras las manos de otro le masajeaban los pechos con avidez, pellizcando y girando sus pezones erectos, enviándole descargas de placer directo al centro del cuerpo.
— Mmm! — gimió Cammy por la gran estimulación que sentía por parte de ese escuadrón en todo su cuerpo.
Cobra se arrodilló entre sus piernas, y su lengua caliente se hundió en ella con desesperación, lamiéndola como si fuera lo más delicioso que hubiera probado. La forma en que alternaba entre círculos suaves y succiones profundas la hacía arquearse, apretar los muslos contra su cabeza, gimiendo sin poder contenerse.
— Más... no pares… — jadeó Cammy, teniendo la polla de Blitz frotándose en su cara y usando su cabello rubio para darse placer.
Mientras tanto, Eco la besaba en la boca profundo, invasivo, saboreando sus gemidos. Fang había colocado junto a su rostro, su erección palpitante a centímetros de sus labios.
Ella lo miró, lujuriosa, y lo envolvió con la boca sin dudar, saboreándolo mientras su lengua seguía siendo castigada por la otra boca entre sus piernas. Sentía que se derretía.
Y entonces, lo escuchó. Voces. Risas. Pasos.
Se tensó un segundo, los ojos bien abiertos, mirando hacia el sendero más allá del follaje. Dos personas, quizás más, se acercaban caminando por el camino principal, a apenas unos metros de la glorieta, separados solo por unos arbustos y la penumbra.
— Callados… — susurró la rubia con urgencia, jadeando, con la respiración agitada.
Todos se detuvieron, pero no se apartaron de su cuerpo. Cobra levantó la cabeza, sus labios estaban mojados y su lengua lamía su propio labio superior con una sonrisa de travesura. Luego, volvió a posicionar su polla en su entrada para hundirse en ella, aún más lento, con una intensidad que la hacía morderse el puño para no gritar.
— ¡Nos pueden ver! — dijo ella entre dientes, mientras el hombre a su lado le guiaba la boca nuevamente hacia su erección, que no había bajado ni un segundo.
— Entonces sé silenciosa —susurró Fang, empujando suavemente sus labios hacia él.
Los pasos se acercaban, las voces ahora nítidas, comentando algo sobre una fiesta, riéndose. Estaban al otro lado del follaje, a menos de tres metros, sin saber lo que ocurría allí, tan cerca.
El riesgo, la adrenalina, le dispararon un segundo orgasmo. Las piernas se le cerraron sobre las caderas del que la embestía, ahogando su gemido contra la polla de Fang, mientras su cuerpo se estremecía sudando, estremeciéndose en una ola de placer silenciosa pero devastadora.
El grupo de personas pasó, sin detenerse, y sus voces se desvanecieron. Ella soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo, con los ojos desenfocados, la boca húmeda, la piel enrojecida.
— Todavía no has terminado. — dijo Eco con voz ronca, levantándola del banco como si no pesara nada, girándola para apoyarla contra la baranda de la glorieta.
Su sensual trasero quedó expuesto al aire, el cuerpo inclinado hacia adelante. Le penetró el coño sin preámbulo, profundamente, arrancándole un gemido que se perdió entre los labios de Blitz que la besaba al mismo tiempo.
El sonido de sus cuerpos chocando, de respiraciones pesadas, de gemidos bajos, llenaba la glorieta. Pero ahora había una euforia extra, la adrenalina del peligro reciente, la sensación de que cualquier paso fuera del sendero podía exponerlos.
Mientras Eco la embestía, Fang acariciaba su espalda, bajando la mano hasta su clítoris, frotándolo con movimientos rápidos y precisos, haciendo que su cuerpo se arquease aún más, al borde de la locura.
Blitz aprovechó para usar la boca de Cammy y que ella le diera una mamada, con Cobra dándole nalgadas en el culo coordinadas con las embestidas de Eco.
— Mmm! — gimió la chica en medio de los hombres.
Los cuatro soldados estaban muy atentos a su jefa, la cual en cierta manera no veía una diferencia en ellos y eran simplemente herramientas de placer y confianza.
— No paren, por favor, no paren. — gimió ella perdida en el torbellino de placer, sin importar nada más que esas manos, esas bocas, esos cuerpos que la llenaban, la tomaban y la adoraban.
Ese momento era empoderador para ella, diferente a cuando estaba en Shadaloo. Ella ya no servía a nadie, tenía libertad y ese acto de gangbang en el parque representaba a la perfección lo que sentía y quería seguir sintiendo. Control sobre ella misma.
Y en ese instante, un haz de luz de una linterna cruzó fugazmente el borde del follaje. Un guardia. Una linterna. Se detuvo un segundo. Todos se quedaron congelados, jadeando, sudando. El corazón de ella latía como si fuera a romperle el pecho.
— ¿Escucharon eso...? — preguntó la voz del guardia a lo lejos.
Unos segundos de silencio. Nadie se movía. La linterna se desvió, y los pasos se alejaron.
— Mierda… — susurró Eco, aún dentro de ella.
Y entonces, todos rieron, una risa baja, cargada de deseo y de triunfo. Ella también rio, temblando, y luego gimió cuando Eco volvió a moverse, sin parar, llevándola otra vez al borde, entre placer y peligro, entre el deseo de ser descubierta y la necesidad de no serlo jamás.
Ella apenas podía sostenerse de pie, las piernas le temblaban, los sentidos alterados, la piel empapada en sudor. El cuerpo de él la embestía desde atrás, firme, brutal, marcando el ritmo con fuerza, sus manos sujetándole las caderas con posesión, clavando los dedos en su piel.
Otro la tomaba del cabello, tirando suavemente de su cabeza hacia atrás, haciéndola mirarlo mientras acariciaba su rostro, su cuello, bajando luego hasta sus labios hinchados.
Ella jadeaba, sus ojos llenos de lujuria, sabiendo que estaba al borde. Sentía cada centímetro dentro de ella, cada caricia, cada respiración pesada de esos hombres que la rodeaban. Estaba tomada, dominada, pero todo bajo su control.
En ese momento, Cobra se colocó frente a ella, guiando su erección hacia su boca abierta, deseosa. Ella lo recibió sin dudar, succionando, lamiendo con desesperación, gimiendo contra su carne.
Su lengua se movía rápida, húmeda, ansiosa, como si quisiera devorarlo por completo. Sus manos no paraban de recorrer los cuerpos masculinos, tocando todo lo que podía, sintiéndose en el centro de un torbellino de deseo.
Fang hizo que Cammy se pusiera de costado sin molestar a Eco, dejando su culo expuesto para poder penetrarlo.
— Mmm! — gimió la rubia teniendo sus tres agujeros ocupados.
Eco penetraba su coño, Cobra su boca y Fang su culo. Blitz se acercó para tomar la mano de Cammy y dirigirla a su pene y así los cuatro pudiesen disfrutar de su cuerpo.
Ella estaba al borde de la explosión, el cuerpo rígido, las caderas temblorosas, los labios emitiendo gemidos cada vez más ahogados.
— ¡Voy a correrme! — susurró Cammy, aprovechando de tomar algo de oxígeno antes de volver a chuparle el pene a Cobra.
— Hazlo… — le respondieron al unísono, con voz ronca, cargada de deseo.
Y entonces todo se desbordó. El orgasmo la atravesó como una corriente eléctrica, haciéndola gritar en el pene en su boca, retorcerse, arquearse con fuerza.
Sus músculos se contrajeron alrededor de ellos, que también gimieron y jadearon, acelerando sus embestidas hasta que se dejaron ir, llenándola con su calor en una serie de sacudidas profundas e incontrolables.
— MMM! — gimió Cammy White a todo pulmón.
En ese instante todos llegaron al límite. El que estaba en su boca se tensó, sujetando su cabeza, gimiendo al descargar en ella, caliente, denso, mientras ella lo tragaba todo, sin apartar los ojos de él, dominándolo con la mirada. Blitz se corrió sobre su leotardo verde, mientras que Fang y Eco le llenaban el culo y coño respectivamente. Ese clímax fue una forma de marcar el momento como si fuera un trofeo, como si su cuerpo fuera un altar sagrado al placer.
Estaban jadeando, sudando, riendo en voz baja, aun tocándola sin querer que terminara.
Y entonces pasó.
— ¡¿Qué mierda...?! — una voz fuerte, masculina, que retumbó en la penumbra.
Ella se giró, aún con el cuerpo temblando por la gran corrida, el cuerpo brillando bajo la luz tenue de la luna, y lo vio. El guardia. Había regresado, y esta vez estaba allí, en la entrada de la glorieta, con la linterna encendida e iluminando la escena.
Su expresión era una mezcla de shock, incredulidad… y algo más. Morbosidad.
— ¡¿Qué están haciendo?! Esto es… ¡es ilegal! ¡Voy a tener que llamar refuerzos! — gritó, pero su voz temblaba, y no apartaba la mirada del cuerpo de ella, sensual, manchada, respirando con dificultad, aún con restos de placer en su cuerpo.
Ella se levantó lentamente, sin cubrirse ni limpiarse, caminando hacia él. La linterna tembló en su mano, su respiración se aceleró al verla tan cerca, tan llena de deseo, tan sin vergüenza.
— ¿Vas a detenernos… ahora? — preguntó Cammy con voz baja, ronca, la boca aún húmeda, los pechos erguidos, el cuerpo marcado por el deseo.
El guardia tragó saliva, bajando la linterna, intentando desviar la mirada… pero no pudo.
Uno de los hombres se acercó a ella por detrás, acariciándole la cintura, besándole el cuello. Ella no se detuvo. Otro se agachó frente a ella, lamiendo su piel con lentitud, limpiándola con la lengua. El guardia dio un paso atrás, su rostro enrojecido, pero no se movía.
— ¿Quieres que paremos? — preguntó Eco, mirando directo al hombre.
Silencio. El guardia parecía paralizado.
— O… ¿quieres mirar? — preguntó Cobra.
La tensión se volvió insoportable. Nadie se cubría. Nadie se disculpaba. El pecado ya estaba consumado. Ella, en el centro de todo, atractiva, marcada, resplandeciente, se acercó más al guardia, su cuerpo a centímetros del suyo. Extendió la mano y le acarició la entrepierna, notando el bulto creciente.
— Parece que… te gustó — dijo la rubia, con una sonrisa sucia y cargada de poder.
El guardia retrocedió, tembloroso, sin poder responder, y finalmente huyó, desapareciendo en la oscuridad.
Silencio.
Y luego, risas. Risas nerviosas, eufóricas, al borde de la locura. Todos se miraron, el corazón latiendo a mil por hora. Cammy cayó de rodillas, jadeando aún excitada, aún con ganas. No quería que acabará esa noche.
— Tenemos que irnos. — dijo Blitz.
— No todavía. — respondió la rubia, mirándolos con fuego en los ojos. — Vamos a hacerlo de nuevo… y si vuelve, que mire.
Y todos se lanzaron sobre ella otra vez, hambrientos, como si el peligro los hubiera alimentado, como si el descubrimiento los hubiera enloquecido.
La noche recién empezaba.
Fin.
Espero que les haya gustado, comenten que les pareció.
