Un pequeño pastelito de fresa.

Mizuki Koizumi decidió que no le diría a nadie en su escuela que ese día era su cumpleaños.

No porque no fuera importante, no porque no considerara que era un día especial, sino porque era un día de escuela y entrenamiento en el club de volibol y no había tiempo para perderlo en celebraciones. O al menos eso era lo que Mizuki creía. Además, sus cumpleaños solían resumirse a una celebración pequeña en casa, con su madre y sus primas, cuando éstas podían acompañarla, pero en caso de no ser así, Mizuki siempre festejaba con su mamá sin importar lo que sucediera. Ese año, sin embargo, la señora Koizumi tendría que trabajar hasta tarde, así que no podría estar en la noche para celebrar a su hija. ¿Para qué entonces perder el tiempo en contarles a sus compañeros que ese día era su cumpleaños?

Por supuesto, su madre sí que lo sabía y estaba esperándola ya en el comedor con un delicioso desayuno, sorprendiendo a Mizuki porque por lo regular ella comía sola, ya que la señora Koizumi se iba muy temprano a trabajar. Sin embargo, ese día la mujer seguía en el departamento cuando su hija se despertó e incluso se tomó el tiempo para cocinar su desayuno favorito para sorprenderla.

– Lamento mucho no poder llegar temprano hoy –dijo la señora Koizumi a su hija, mientras desayunaban–. ¿Estás segura de que estarás bien?

– No tienes por qué preocuparte, mamá, de verdad –aseguró Mizuki–. Ya haremos algo el fin de semana.

– Sí, mi amor, iremos a donde tú quieras y te llevaré a comer algo delicioso –asintió su madre.

– Hablando así, pareces más mi novio que mi mamá –se rio Mizuki.

– No sobrepases tus límites, querida –replicó la mujer, pero se echó a reír.

Ella y Mizuki llevaban ese tipo de relación relajada entre madre e hija en donde cada una le hacía bromas ligeras a la otra de manera frecuente. Fue una de las muchas maneras que las ayudaron a ambas a superar la pérdida del padre de Mizuki.

– Lo siento –se disculpó Mizuki, aunque sin mucha seriedad–. Y en verdad, no necesitas preocuparte, estaré bien.

– ¿Por qué no te vas con tus primas? –sugirió la mujer–. Tu tía Sora estará encantada de recibirte en su casa.

– Tengo mucha tarea y no quiero molestar a mi tía –negó Mizuki–. Además, seguro que Suzume también estará ocupada con sus actividades, no tiene caso que las moleste. Mejor me quedo en casa a hacer mis deberes, ya festejaremos después.

La madre de Mizuki suspiró y se dio por vencida. No le gustaba que su única hija pasara sola el día de su cumpleaños, pero tampoco podía obligarla a salir si no lo deseaba. Así pues, lo único que hizo fue prometerle que haría todo lo posible por salir antes de su trabajo, para después darle un abrazo y salir de su pequeño departamento. Mizuki todavía tardó un rato más en terminar de arreglarse antes de salir hacia la escuela Karasuno, en donde cursaba el primer año de preparatoria.

Firme en su propósito, no le dijo a nadie acerca de su cumpleaños, ni siquiera a Hitoka Yachi, su compañera de clases, quien se acercó a darle los buenos días como de costumbre. Ambas eran estudiantes destacadas, así que estaban en una clase que reunía a los alumnos más aventajados. Yachi entonces le habló de la práctica que los chicos del club de volibol tendrían ese día y Mizuki, como tercera asistente del club, se dispuso a tratar con ella las labores que le correspondería hacer, pero no pudo ni decir dos palabras antes de que la puerta del salón de clases se abriera para dar paso a Shoyo Hinata, quien entró como bólido y con la misma energía expansiva de una explosión nuclear.

– ¡Yachi! –exclamó–. ¡Ayúdame otra vez, me fue mal otra vez!

Porque era bien conocido que Hinata, una de las nuevas estrellas del club de volibol varonil, era malo en sus estudios y había necesitado pedirle a Yachi que lo ayudara a estudiar para poder pasar las materias. Hitoka era una chica responsable que había puesto todo su empeño en ayudar a Hinata, pero por alguna razón el chico pelirrojo seguía reprobando.

– Ay, pero si volviste a fallar en cosas que ya habías aprendido –suspiró Yachi, acongojada–. ¿Cómo es eso posible?

Mizuki soltó una risita, mientras Hinata le daba a Yachi una explicación atropellada, que no pudo terminar porque la puerta del aula, que alguien había vuelto a cerrar, volvió a abrirse para dar paso a Tobio Kageyama, el nuevo colocador estrella del equipo de volibol varonil de la escuela Karasuno.

Sin poder evitarlo, el corazón de Mizuki empezó a latir más rápido y ella sintió que sus mejillas se teñían de un rojo tan intenso como el de su cabello color borgoña. Por supuesto, se negó a reconocer que la causa de ese sonrojo era la presencia de Kageyama, a pesar de que cada vez era más difícil para ella el ocultarlo. Tobio se dirigió sin dudar hacia el sitio en donde estaba sentada Mizuki y le mostró una hoja de papel, que resultó ser uno de sus últimos exámenes, calificado con una muy baja nota.

– ¡Mizuki, volví a reprobar! –exclamó el muchacho, mostrando la calificación que había sacado–. ¿Me ayudarás otra vez?

Y como si repentinamente se hubiese acordado de que debía ser más cortés, hizo una reverencia rápida, que Hinata repitió varias veces para Hitoka.

– ¿Tú también? –La pelirroja suspiró, mientras Yachi le hacía señales a Hinata para que parara de hacer reverencias–. Ya sabes que sí te ayudaré, no sé cómo es que les puede ir tan mal a los dos.

– Yo saqué más calificación que él –replicó Kageyama de inmediato y señaló a Hinata.

– Sólo fueron unos cuantos puntos más –bufó Hinata, indignado.

– Da lo mismo si ambas calificaciones son malas –los interrumpió Mizuki–. Ambos son un caso perdido.

Acordaron que se reunirían a la hora del almuerzo para dar un repaso general mientras comían. A Mizuki no le molestaba ayudar a Tobio, por mucho que algunos dijeran que era perder el tiempo. De hecho, a ella le gustaba ayudar al chico y era una buena manera de pasar la mañana de su cumpleaños. ¿Quién no disfrutaría de estar acompañada el día de su cumpleaños por el muchacho que le gusta?

– Bueno, espero que ahora sí les haya quedado todo en claro –comentó Hitoka, al finalizar la sesión de estudio–. En algún momento tendrán que hacerlo ambos por su cuenta.

– Será la última vez, lo prometo –aseguró Hinata.

– No deberías de hacer promesas que no puedas cumplir –se burló Mizuki.

– Te lo recompensaré, Mizuki –dijo entonces Kageyama–. Te voy a regresar el favor.

– No es necesario –aseguró ella–. De verdad que no, para mí no es molestia ayudarte.

Hinata y Yachi se miraron entre sí con complicidad; se notaba que él se moría de ganas de hacer un comentario, pero ella le hizo señas para que se quedara callado.

Al finalizar las clases, como era lo habitual, los jóvenes se reunieron con sus compañeros de grados superiores en el gimnasio para el entrenamiento del club de volibol varonil. La práctica transcurrió sin grandes contratiempos, exceptuando el hecho de que Daichi había regañado a Hinata y a Kageyama por haber vuelto a reprobar los exámenes. Según palabras del propio Daichi, ellos ponían a prueba la buena voluntad y la paciencia de Hitoka y de Mizuki.

Por lo regular, después de la práctica Mizuki se quedaba a recoger y guardar los balones y en esa tarde Kageyama se ofreció a ayudarla. Mizuki ignoró deliberadamente los comentarios y miradas burlonas que Nishinoya y Tanaka hicieron con respecto al interés que Kageyama mostraba por ayudar a Mizuki, pues quedaba claro que Tobio no lo hacía con segunda intención, sólo buscaba corresponder al favor que ella hacía al ayudarle con las materias de la escuela, según sus propias palabras. Por supuesto, esto no evitaba que ellos fueran blanco de burlas de los otros dos, hasta Daichi y Asahi hicieron algunos comentarios mordaces. Por supuesto, Mizuki los ignoró, aunque tuvo deseos de lanzarles un balón de volibol a cada uno.

"Y si no lo hago es porque ambos los detendrían muy fácilmente", pensó, enfurruñada.

Una vez que Mizuki y Tobio terminaron de guardar el equipo faltante, la pelirroja recogió sus cosas y se despidió de sus compañeros sin tardanza, dispuesta a llegar a casa para hacer lo que le aseguró a su mamá que haría, sus deberes escolares. Si se hubiese esperado al menos tres minutos, habría podido encontrarse con sus primas, pero la suerte quiso que las cosas sucedieran de otra manera.

Daichi hablaba con Asahi y Sugawara acerca de algunas tareas escolares que tenían pendientes cuando hicieron acto de presencia en el gimnasio tres chicas pelirrojas que hicieron saltar a Hinata cuando las vio. Se trataba de las hermanas Kobayashi, Suzume, Hibari y Tsubame, las primas de Mizuki; Suzume, la mayor de las tres, estudiaba en la Academia Shiratorizawa y era la novia del capitán del club de volibol varonil, Wakatoshi Ushijima, lo cual seguramente era la razón por la cual Hinata había reaccionado como reaccionó. Daichi las saludó a las tres como si las conociera de toda la vida y le sonrió con más amabilidad a Tsubame, la más pequeña (o al menos eso le pareció a ella) y la niña se ruborizó hasta la punta de las orejas. Tsubame sabía que él era mucho mayor que ella, pero eso no la salvaba de tener un enamoramiento infantil por el capitán del Karasuno. Las tres muchachas llevaban paquetes con objetos de fiesta en las manos, incluyendo un pastel decorado con fresas que Suzume cargaba con mucho cuidado.

– Buenas noches –saludó Suzume con su voz suave y amable–. ¿Estará Mizuki por aquí?

Mientras tanto, Mizuki se dirigía sin tardanza a su departamento, el cual no se encontraba muy lejos de la preparatoria. Si hubiera revisado su teléfono, se habría dado cuenta de que Suzume llevaba rato buscándola, pero Mizuki no lo había checado debido a que no había tenido tiempo. Así pues, llegó a su departamento sin darse cuenta de nada, puso agua a calentar para prepararse un té y comer algo mientras comenzaba con su primera tarea de la noche. Dejó las puertas del balcón abiertas para que entrara la brisa y puso música tranquila para sentirse acompañada. Estaba terminando de servirse el té cuando el timbre sonó tres veces y la hizo saltar de la sorpresa. Sin embargo, como no estaba esperando a nadie, se dijo que seguramente la persona que tocó cometió un error y procedió a seguir con lo suyo, pero entonces el timbre volvió a sonar y después escuchó que alguien gritaba su nombre a través de la puerta.

– ¿Pero qué…? –La muchacha pelirroja se sobresaltó otra vez, pues le pareció reconocer la voz de Kageyama.

Se puso en pie rápidamente y corrió hacia la puerta para echar un vistazo a través de la mirilla, su corazón casi se detuvo cuando vio que, efectivamente, Tobio Kageyama estaba del otro lado de la puerta. Sin pensarlo dos veces, Mizuki quitó los cerrojos y abrió, descubriendo a un agitado Tobio quien, al verla, le puso una bolsa mediana de papel frente a la cara.

– ¿Por qué… no me dijiste… que hoy… es tu cumpleaños? –cuestionó Kageyama, jadeante. Era evidente que el joven había dado una carrera a toda velocidad y se había quedado sin aliento como consecuencia.

– ¡Ah! –Ella se sobresaltó y de primera intención no atinó a tomar la bolsa–. ¿Cómo lo supiste? ¿Quién te dijo?

– Kobayashi… me lo dijo… –contestó él.

– ¿Hablaste con Suzu? –exclamó la chica, sorprendida–. ¿Cuándo la viste?

– Hace rato, en el gimnasio. –Tobio pareció recobrar el aliento–. ¿Es tu cumpleaños entonces?

– Eh, sí. –Mizuki bajó la mirada, avergonzada–, pero no lo dije porque…

Se calló cuando vio que él insistía en entregarle la bolsa de papel, así que la tomó y la abrió. Dentro había un pequeño pastelito de fresa, cuidadosamente guardado en una cubierta plástica para protegerlo. Mizuki sintió, una vez más, como el rubor teñía sus mejillas.

– Es para ti –aclaró Tobio, simplemente.

– ¿Por qué? –fue lo único que ella atinó a preguntar.

Por respuesta, Kageyama se encogió de hombros. A él le había parecido que era lo correcto y lo más natural, pero si alguien le preguntaba la razón de por qué creía que eso era lo correcto, se quedaría sin saber qué responder.

– Gracias –dijo la pelirroja, conmovida–. Eh, ¿quieres pasar?

No se detuvo a preguntar si estaba bien que recibiera a un muchacho a solas en su departamento de noche, ni siquiera pensó en que podría ser considerado como algo malo, y aparentemente Kageyama lo vio de la misma manera porque aceptó entrar. Mizuki lo condujo entonces hacia la pequeña sala de su apartamento, en donde Tobio se sentó a la mesa en la que Mizuki había estado haciendo sus deberes. Ella sacó el pastelito de la bolsa y se dio cuenta de que, junto a éste, había otros dos objetos: una pequeña vela de cumpleaños y un adorno para pastel con la forma de un cuervo, que podía ser usado también como llavero. ¿Todo había sido idea de Kageyama, él lo había comprado para ella? La sola posibilidad puso el corazón de Mizuki a latir rápidamente, así que ella se apresuró a sacar dos platos para distraerse.

– Gracias por el pastelito de fresa, me gustan mucho las fresas –dijo–. ¿Quieres la mitad? Es demasiado para mí sola.

– Sí. –Kageyama asintió con la cabeza, tan cohibido como ella–. Pero primero usa la vela.

Mizuki llevó el pastelito, la vela y el pequeño adorno en forma de cuervo a la mesa y se sentó junto a Tobio, quien la ayudó a acomodarlo todo para que pudieran encender la vela y que ella la apagara. Kageyama entonó entonces una torpe versión de alguna canción de cumpleaños que la hizo reír por lo mal que se le daban a él ese tipo de cosas. Pero, al menos, había tenido una buena intención, quiso hacer un detalle por ella, y eso la hizo sentir muy bien. Una vez que sopló la vela, Mizuki la quitó junto con el cuervo y sirvió después las dos mitades del pastelito en los platos.

– ¿En qué momento mi prima te dijo que hoy es mi cumpleaños? –quiso saber la chica, curiosa.

– En el gimnasio, hace un rato –respondió Tobio, sin dejar de comer–. Fue a buscarte para darte un pastel, pero ya te habías ido; nos contó que hoy es tu cumpleaños y que tu mamá no va a estar, por eso he venido.

– ¡Ah! ¿Suzu fue a buscarme? –Mizuki se sorprendió–. ¡Pero si no me avisó que iría…! De haberlo sabido, me habría esperado para verla y…

En ese momento tomó su teléfono para comprobar que no tenía mensajes y se quedó callada al ver todos los que le había enviado Suzume y que ella había ignorado sin querer. Avergonzada, Mizuki dejó el teléfono a un lado y desvió ligeramente el tema.

– Bueno, ya está, Suzume te lo contó –continuó ella–. ¿Pero por qué viniste a verme? Ya es tarde y no había razón para que lo hicieras.

Tobio comió otro trozo del pastelito de fresa antes de responder. Tal parecía que estaba preguntándose si debía ser sincero, o quizás simplemente sus dos neuronas funcionales no eran suficientes para realizar dos actividades a la vez.

– Sé lo que es estar solo en tu cumpleaños porque tu familia está ocupada –respondió, después de un rato–. Y sé lo que se siente cuando ya no está alguien que es importante para ti… Por eso no quería que hoy estuvieras sola.

Mizuki supuso que ese "alguien" de quien él hablaba era su abuelo, fallecido hacía muchos años; ella sabía que, desde que el hombre se había ido, Tobio solía pasar mucho tiempo solo. Eso era algo que ellos tenían en común, los dos eran hijos de padres ocupados que, aunque los amaban y procuraban que no les faltara nada, no tenían mucho tiempo para ellos. Y los dos habían perdido a alguien muy importante, una pérdida que acabó afectándolos de una forma u otra. Mizuki no pudo evitar pensar en su padre, quien murió cuando era muy niña y las dejó a su madre y a ella intentando seguir adelante sin él. Kageyama sin duda que resintió tanto como Mizuki la pérdida del hombre que se encargaba de velar sus pasos y seguro que lo extrañaba mucho cada vez que se acercaba su cumpleaños.

– Bueno, ya estoy acostumbrada a estar sola –dijo ella, conmovida–. No es la primera vez que pasa, pero de verdad que te agradezco mucho que hayas querido venir.

"Me alegra que estés aquí…".

– Nadie debería de pasar su cumpleaños a solas. –Kageyama asintió con la cabeza y se acabó de un bocado el último trozo de pastelito–. Además, me has ayudado mucho a estudiar y quería agradecértelo.

Otra vez él puso el pretexto de querer devolver el favor que ella le hacía, pero a diferencia de lo de los balones en el gimnasio, este gesto parecía tener otra intención.

– No tenías por qué hacerlo, pero gracias. –La pelirroja notó entonces que el chico tenía crema del pastel en la comisura de la boca y tomó una servilleta–. Espera, que se te ha embarrado la crema, deja que te ayude.

Mizuki no esperó a que él respondiera y se acercó para limpiarle la cara; pero en vez de dejarse ayudar, Tobio tomó una pequeña porción de crema que había quedado en su plato y se la embarró en la nariz. Ella protestó, pero se echó a reír y él la secundó. Lo que sucedió después era algo que pudo haberse visto venir por cualquiera que tuviese la cabeza menos ocupada en otras cosas, pero que para ellos fue totalmente inesperado: tras reírse, ambos se dieron cuenta de que habían quedado muy cerca uno del otro, tanto que Mizuki pudo ver las líneas azules de los iris de Kageyama y él pudo verse a sí mismo reflejado en los ojos gris oscuro de Mizuki. Entonces, ambos cerraron los ojos y juntaron sus labios, con la emocionante inexperiencia del primer beso.

Fue algo nuevo y totalmente desconcertante, pero sobre todo muy satisfactorio. A pesar de que fue un beso sencillo, sin la pasión que caracteriza las relaciones de las personas adultas, fue estimulante y maravilloso a la vez. Era el beso de dos personas que se gustaban, que llevaban tiempo gustándose, y que gracias a eso pueden al fin aceptarlo. Si quedaba alguna duda de lo que Mizuki sentía por él, con eso quedaba totalmente despejada. Y en el caso de Tobio, ese beso le abrió los ojos a una realidad que siempre tuvo en frente pero que nunca supo ver. Cuando se separaron, se miraron nuevamente a los ojos, sorprendidos y ruborizados, y la primera intención de cada uno fue balbucear una incoherente disculpa. Sin embargo, pronto volvieron a quedarse callados al reconocer que ese beso les había gustado y se miraron con duda, como preguntándose en silencio si debían volver a repetir la experiencia. Pero cuando ya ambos habían decidido ceder a sus deseos, un grito proveniente de la calle les cortó el momento.

– ¡Mizuki, abre, ya estamos aquí! –exclamó un coro de voces conocidas.

– ¿Pero qué…? –La sorpresa hizo que esfumara cualquier rastro de vergüenza que ella pudiera haber tenido–. ¿Qué están haciendo ellos ahí afuera?

Porque había reconocido las voces, pertenecían a varios de los miembros del club de volibol del Karasuno. Mizuki se puso en pie y se asomó al balcón, desde donde vio a Daichi, Asahi y los demás, junto con Kiyoko y Yachi, pero también vio a Suzume, Hibari y Tsubame, quienes venían acompañadas por alguien que parecía ser el capitán del club de volibol varonil de la Academia Shiratorizawa.

– ¿Ése es Ushiwaka? –gritó Tobio, quien se asomó al balcón detrás de ella–. ¿Qué está haciendo aquí?

– Eso parece –farfulló Mizuki–. Seguro que viene con Suzu.

– ¿Qué hacen ustedes dos solitos allá arriba? –se mofó Nishinoya–. ¡Déjennos pasar para que podamos comenzar la fiesta!

– ¡Perdón, Mizu! –gritó Suzume, apenada–. Les conté a tus compañeros que mis hermanas y yo organizamos algo para ti y quisieron cooperar.

– Todos, menos Hinata, quien al parecer se ha perdido –explicó Daichi, con cara de resignación–. Les dije que no corrieran tan rápido, pero él y Kageyama hicieron lo que quisieron y ahora no sabemos en dónde está Hinata.

– Hacen lo que quieren, como siempre –replicó Mizuki.

"Aunque al menos Kageyama sí supo llegar a mi casa", pensó.

– ¡Ya déjanos entrar! –gritó Tsubame, deseosa de llamar la atención.

– Pues suban y les abro la puerta –se rio Mizuki–. A menos que quieras ir a buscar a tu novio Hinata.

Tsubame protestó, pero empezó a caminar junto con los demás, lanzando quejas contra su prima por sus "comentarios inapropiados" sobre Hinata (más porque Daichi los había escuchado y se había reído con ellos). Los jóvenes entonces entraron en el edificio y Mizuki reingresó al departamento para abrirles la puerta, no sin antes guardar el llavero del cuervo en el bolsillo de su pantalón (era algo que, de momento, no quería compartir con alguien más, ya después le enviaría un mensaje a Suzu), al tiempo en el que Kageyama recogía los platos y se burlaba del hecho de que Hinata hubiese sido más lento y despistado que él. Ahora Mizuki entendía el por qué Tobio había llegado sin aliento: debió de correr muchísimo más rápido que el resto para llegar con ella con tanto tiempo de anticipación, aunque seguramente el grupo se detuvo en otro sitio antes de aparecerse por ahí.

Era la primera vez que su pequeño apartamento recibía a tanta gente, pero a pesar de que el sitio era más o menos reducido, a nadie le importó, lo único que todos tenían en mente era celebrar como se debía. Debido al alboroto, Mizuki ya no tuvo oportunidad de hablar con Kageyama sobre lo ocurrido, así que por el momento puso el asunto en pausa para cuando tuviera la ocasión de pensar en eso y emocionarse como era debido. Él se la pasó el resto de la velada lanzándole miradas furtivas y desviando la cara cuando notaba que Mizuki lo veía, aunque por fortuna nadie pareció notar el extraño comportamiento de Tobio.

Y a pesar de que Mizuki Koizumi había decidido no contarle a nadie que ese día era su cumpleaños, tuvo una celebración que habría de recordar durante mucho tiempo.

Fin.


Notas:

– Los personajes de 'Haikyuu!' son propiedad de Haruichi Furudate ©.

– Mizuki Koizumi es propiedad de Elieth Schneider.

– Suzume, Hibari y Tsubame Kobayashi son propiedad de Lily de Wakabayashi.

– Escribí este fic como regalito sorpresa de cumpleaños para mi querida Elieth Schneider, quien cumplió años el pasado 27 de marzo. Este año, para variarle un poco, quise usar a la parejita que Elieth tiene en 'Haikyuu!', ya que me encanta y desde hace tiempo que quería usarlos en un fanfic.

– Gatita querida, me hubiera gustado haber hecho esto antes, pero tú sabes bien el por qué no pude terminar este fic a tiempo. Espero que sea de tu agrado, lo escribí con mucho amor, deseo que sigas cumpliendo muchos años más y que podamos seguir celebrando juntas. ¡Muchas felicidades, mi adorada hermanita!