Capítulo 1: El Ángel de Guadalupe
El aire en la mansión Mathers estaba tenso. Los recientes eventos, especialmente el duelo de Subaru contra Julius, habían complicado los delicados lazos con Crusch Karsten. Las acciones impulsivas de Subaru aún dejaban sus huellas en el ánimo de todos. Emilia, visiblemente afectada, necesitaba tiempo sola para reflexionar, sentir la tranquilidad que solía buscar en los jardines de la mansión. El aire seguía impregnado de tensión.La reciente discusión con Subaru aún pesaba en el corazón de Emilia. Sus palabras, su desesperación... todo había sido demasiado. Había querido ayudarlo, pero en su impulsividad, él solo había empeorado las cosas.
Intentó sacudirse esos pensamientos mientras paseaba por el jardín de la mansión. Las flores y el viento fresco solían tranquilizarla, pero esta vez, la calma no llegaba.
-¿Emilia-sama, desea algo de té? -preguntó Ram, quien la observaba con discreción.
-No, gracias... Solo quiero caminar un poco._respondió emilia aun desganada y con un poco de depresión.
Con eso, se dirigió a los bosques cercanos de la propiedad, un lugar privado y tranquilo donde los sonidos de la naturaleza podrían ayudarla a aclarar sus pensamientos. Puck dormitaba en su joya, dándole espacio para estar sola mientras se ocupaba de sus emociones.
Al Caminar sobre las hojas crujientes del bosque siempre había sido algo reconfortante para Emilia, pero ese día, la serenidad no llegaba a su corazón. Sus pensamientos giraban en torno a lo que debería hacer ahora. Como candidata para el trono, no podía permitirse decisiones emocionales ni errores.
Sin embargo, mientras avanzaba entre los árboles, una presencia mágica desconocida comenzó a envolver el ambiente. Emilia se detuvo de inmediato, alerta. Este no era un tipo de magia que ella conocía.
De repente, un resplandor intenso la cegó. Antes de que pudiera reaccionar, sintió cómo la tierra bajo sus pies desaparecía. La envolvió una fuerza abrumadora, distorsionando todo a su alrededor en un remolino de colores.
Cuando la luz disminuyó, Emilia se encontró de rodillas sobre tierra seca y cálida. Era un paisaje completamente desconocido. Levantó la vista y vio casas de adobe, un cielo despejado con un sol abrasador y construcciones extrañas hechas de piedra blanca. Cerca de allí, un sonido peculiar -campanas resonando tranquilamente- llamó su atención.
Confundida y manteniéndose alerta, siguió el sonido hasta llegar a una gran estructura con una cruz tallada en la fachada. Las puertas estaban abiertas, y voces de decenas de personas llenaban su interior con un murmullo solemne. Puck, todavía en su joya, permanecía silencioso, probablemente absorbiendo la magia del entorno al igual que ella.
En el interior de la iglesia, la gente escuchaba a un hombre hablando desde un altar adornado con velas, flores y estatuas extrañas. Aunque Emilia no entendía nada del idioma que hablaban, detectó que el lugar estaba repleto de emociones: respeto, reverencia y algo de esperanza. Intentó alejarse en silencio.
Sin embargo, un nuevo aumento en la presencia mágica estalló desde lo alto del edificio. El suelo se sacudió, y en un abrir y cerrar de ojos, Emilia fue atrapada nuevamente por una onda etérea que la lanzó hacia el aire y la dejó caer pesadamente frente a la iglesia.
El ruido de su caída detuvo la ceremonia dentro. Hombres y mujeres vestidos de manera sencilla comenzaron a salir apresuradamente, dirigiendo su atención hacia la figura frágil pero elegante de Emilia, quien luchaba por levantarse.
"La Sainta... un ángel..." murmuró alguien entre la multitud, y las exclamaciones rápidamente escalaron a gritos de asombro. El sacerdote, un hombre delgado con ropas negras y una mirada impresionada, fue el primero en postrarse de rodillas frente a ella.
-¿Ángel? -Emilia susurró mientras retrocedía un poco, sin comprender lo que decían. Sus orejas puntiagudas y su cabello plateado parecían ser prueba suficiente para reforzar las creencias de la multitud.
Antes de que pudiera intentar comunicarse, una suave brisa flotó alrededor de su hombro. Puck despertó, percibiendo el caos a su alrededor. Apareció en su forma habitual, estirándose mientras bostezaba.
-Lia, ¿dónde estamos ahora? -preguntó, observando a su alrededor con ojos brillantes y fríos a la vez.
La aparición de Puck provocó más gritos entre los presentes. "¡Su espíritu familiar también está aquí, sirviendo al ángel celestial!"
-Esto se está saliendo de control... -murmuró Puck mientras flotaba cerca del rostro de Emilia. Con un suspiro, utilizó su magia para crear un hechizo básico de comunicación.
La voz de Puck resonó clara en el idioma local: -Mi nombre es Puck, y esta es Emilia. Estamos perdidos en un lugar extraño y necesitamos ayuda.
El sacerdote, aún conmovido, se adelantó tímidamente. -Están en Guadalupe... en México pequeño ser, pero gracias a el llamado de nuestro padre eterno por mandar una señal .
-¿México? -repitió Emilia, claramente confundida. Aquello no le decía nada, y no se parecía a ninguna región registrada en Lugunica.
Mientras todos seguían observándola con asombro, Emilia decidió mantener la calma. Tragó saliva, levantó sus manos en un gesto conciliador y ayudó a la multitud a levantarse de rodillas. Aunque no compartían un idioma, parecía que sus gestos comunicaban lo suficiente.
Puck, con una sonrisa traviesa, le susurró: -Es curioso, Lia... parecen verte como una figura casi divina. Quizás podamos usar esto a nuestro favor.
Emilia no respondió, mirando al cielo con un ceño pensativo. No reconocía absolutamente nada en este mundo extraño, pero sabía que, de alguna manera, debía mantenerse firme.
Fin del prólogo.
Capítulo 1, Parte 2: El Ángel de Guadalupe
Los labios de Emilia temblaron ligeramente al escuchar el título que la multitud le otorgaba. "Ángel...", repitió en voz baja, demasiado suave como para que alguien más la oyera. En su mente, la confusión se arremolinaba como un tornado, pero decidió mantener la compostura. No sería de ayuda entrar en pánico ahora, no cuando estaba rodeada por un pueblo entero que la miraba con tanta devoción.
Reverencia y misterio
Puck, plantado en su típico aire de burla, murmuró a su oído mientras sacudía juguetonamente la cola. "-Lia, admito que esto es un poco extravagante, incluso para nosotros. Pero con esas miradas, podríamos empezar a cobrar por autógrafos"
Los labios de Emilia se torcieron en un gesto desaprobador, aunque mantuvo la sonrisa para no alarmar a los campesinos -Puck, esto es serio. No quiero que piensen algo que no es.
Puck se cruzó de brazos, flotando frente a ella. "Oh, ¿y cómo aclararás las cosas? ¿Vas a decirles que fuiste arrastrada por un remolino mágico desde otro mundo? Oh, espera. Podría funcionar. 'Hola, soy Emilia, candidata a Reina en un reino lleno de dragones y brujas asesinas. ¡Encantada de conocerlos!' Seguro que eso los tranquiliza," ironizó con un deje de sarcasmo.
Emilia no respondió, pero el leve ceño entre sus cejas decía lo suficiente. Quería deshacer este malentendido, pero estaba claro que explicarse sería complicado, por no decir imposible, con la barrera del idioma, el desconocimiento mutuo y el aura extraña que la situación había creado. Por ahora, decidió seguir el consejo, aunque extraño, de Puck: adaptarse.
Los ecos del miasma
Mientras el Padre Miguel los conducía hacia la casa parroquial, Puck se frotó el mentón con sus patas delanteras, adoptando una postura pensativa poco común en él. "Lia, no quiero alarmarte... pero hay algo que no cuadra aquí."
Emilia ladeó la cabeza ligeramente hacia él, su ansiedad creciendo con cada palabra.
-¿De qué hablas? -preguntó en un susurro bajo, que no interrumpía la explicación del sacerdote al grupo que los seguía.
-Este lugar... hay algo raro en el aire, algo que no pertenece aquí. Al principio pensé que sería la magia residual por el portal, pero hay otra cosa. -Puck la miró directamente a los ojos, y su tono adoptó una gravedad inusual. -Es un rastro. No, más bien... es un eco de algo que reconozco. Es tenue, pero está.
A Emilia se le heló la sangre ante las palabras de Puck.
-¿Podría ser... el miasma...? -preguntó con voz temblorosa.
El pequeño espíritu asintió.
-Sí, pero no es tan concentrado como lo que hemos enfrentado antes. Es más débil, pero también más... expansivo. Como si se hubiera esparcido lentamente, mezclándose con el flujo natural de este lugar extraño. Es preocupante, Lia. No es un lugar donde me gustaría quedarme mucho tiempo."
El miasma. La marca inconfundible de la Bruja de los Celos. Emilia conocía demasiado bien esa presencia ominosa, esa sensación inquietante que siempre la seguía debido a su conexión con Satella. Pero aquí, en este mundo extraño, donde la magia era limitada, ¿qué significaba su presencia?
Antes de que pudiera reaccionar, el grupo llegó a la casa parroquial, una construcción sencilla de madera y piedra. El Padre Miguel abrió la puerta y los invitó a entrar.
-Ángel Divino -dijo, con una mezcla de reverencia y alegría en sus palabras-, humildemente les ofreceremos todo lo que tenemos. Aquí podrán descansar y estarán a salvo de los peligros del exterior.
Emilia asintió con cortesía, aunque aún se sentía fuera de lugar ante tanta solemnidad. Al entrar, su mirada cayó en una colección de objetos religiosos: velas, cruces, y una estatua de piedra, claramente desgastada, de una figura femenina cubierta con un manto estrellado. La decoración le recordó un poco los antiguos ídolos de Lugunica, aunque el estilo era claramente diferente.
El sacerdote notó su interés.
-Ella es Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de nuestra gente. Una madre protectora, guía en los momentos de oscuridad. -Su tono se suavizó, casi como si estuviera compartiendo un secreto-. Mi pueblo cree que usted ha venido en su nombre.
-Pero yo no soy... -comenzó Emilia, insegura de cómo responder.
Puck intervino, flotando frente al sacerdote con un tono más diplomático:
-Mi amiga y yo aún no comprendemos del todo cómo llegamos aquí. Somos viajeros de tierras lejanas y... algo ocurrió en el camino. Confiamos en que sus respuestas nos ayudarán a entender este lugar.
El sacerdote inclinó la cabeza en señal de respeto.
-Haremos todo lo posible para ayudarles, ángel y espíritu santo.
Puck rodó los ojos discretamente ante el nuevo título que le asignaron, pero a Emilia aún le preocupaba el eco de miasma que sentía débilmente en el aire... y la posibilidad de que no estuviera allí por accidente.
Planificando el retorno
Después de comer un sencillo pero cálido almuerzo ofrecido por el sacerdote -tortillas recién hechas, frijoles y queso-, Emilia y Puck intercambiaron impresiones.
-¿Crees que Satella podría... alcanzarnos aquí? -preguntó Emilia en voz baja, mirando al cielo por una de las ventanas. La sensación de un mundo tan grande y diferente la hacía sentir más vulnerable que nunca.
-Es poco probable -respondió Puck, aunque su voz sonaba cautelosa-. Este lugar parece estar alejado del alcance de la Bruja de los Celos, al menos por ahora. Además, si su miasma es tan leve aquí, probablemente solo sea algún residuo dejado por la distorsión que nos trajo. Pero hay algo que no me cuadra.
-¿Qué? -preguntó Emilia, aunque temía la respuesta.
Puck le dirigió una mirada firme mientras flotaba frente a ella.
-La energía que te transportó aquí no era magia de Lugunica. Ni siquiera era magia comprehensible. Fue algo completamente diferente, pero aun así, cuando llegaste, el eco del miasma ya estaba aquí. No es una coincidencia, Lia. Algo en este mundo está conectado con Satella, aunque no entiendo cómo.
La mención de aquella entidad hizo que un escalofrío recorriera el cuerpo de Emilia. Ella no podía permitirse ser un riesgo para este pueblo. Si la presencia del miasma crecía, significaba que sería un peligro para todos aquí... y no podía permitir que ocurriera.
"Lo primero es averiguar qué conexión tiene este lugar con el miasma," decidió Emilia con firmeza. Miró a Puck, quien le devolvió un asentimiento serio. Se había convertido en el "Ángel de Guadalupe", pero ahora, su prioridad era proteger a estas personas mientras encontraba la manera de regresar a su hogar... y quizás, evitar que algo peor la siguiera de vuelta.
Así, Emilia dio su primer paso hacia lo desconocido en un mundo que prometía desafíos tan grandes como los de Lugunica, con Puck a su lado y la sombra del miasma acechando silenciosamente.
